Fauna no recordaba exactamente los años que tenía. Recordaba, sin embargo, haber venido al mundo durante una época convulsa, cuando los habitantes de lo que más tarde habría de llamarse Glenhaven luchaban desesperadamente contra un invasor llamado Roma. Junto a sus hermanas habían cuidado de los campesinos, de los bosques y los ríos. Habían sido consejeras de reyes e incluso se las había venerado como semidiosas, antes que el dios sureño se apoderase de su tierra. Tanto ella como sus hermanas habían vivido incontables batallas, pero ninguna situación anterior podía equipararse a esta. Siempre habían visto los combates en la distancia, desde la linde de un bosque o en la seguridad del círculo del monarca de turno.
Hasta ese instante, si hubieran preguntado, el hada habría respondido muy segura que, a pesar de su naturaleza pacífica, ella y su gente tenían experiencia en el campo de batalla. Pero verse en esa situación le abrió los ojos. Se vio en mitad de un baño de sangre, indefensa e impotente. No sabía qué hacer, salvo agarrar su varita con todas sus fuerzas. Flora habría trazado un plan en segundos, mientras que Primavera se habría lanzado contra los duendes sin dudar un segundo. Pero Fauna no sabía qué hacer. Su mente estaba bloqueada por el miedo, un terror muy humano para un ser centenario.
"¿Qué hago, qué hago? ¿Oh, Flora, qué puedo hacer?"
Se descubrió buscando a sus hermanas con los ojos. Pero ni Flora ni Primavera estaban allí. Por primera vez en su vida, el hada se sintió completamente sola.
La joven princesa se permanecía a su lado, debatiéndose entre los brazos de su madre. Ésta la apretaba tan fuerte contra su pecho que Fauna no supo si la niña lloraba de terror o de dolor. El hada bajó los ojos durante un instante para ver a su pequeña ahijada, compungida. ¿Cuánto mal había padecido esa criaturita que ni siquiera llegaba al año?
La voz del rey buscando desesperadamente a su familia le devolvió a la realidad, al igual que a la reina. Apoyó una mano contra la pared y se puso en pie a trompicones, sujetando a la cría con la mano libre. La princesa lloraba y ella lloraba, aunque quizá ni siquiera fuera consciente de ello.
-¡Stefan! –gritó, con la voz a punto de quebrarse. Se puso a buscar por la sala, con la mano todavía apoyada contra la pared. Fauna la vio buscar desesperadamente; sus ojos pasaban de un extremo a otro de la sala a la velocidad del rayo, buscando en cada figura, en cada negra silueta, entre luchadores y caídos. El hada se unió a su exasperada búsqueda. El rey volvió a gritar, pero era tal el griterío que ninguna de las dos pudieron determinar su posición.
-¡Fleur! ¡Aurora!
-¿Dónde está? ¿Dónde está? –gimió la mujer, al borde de la histeria.
"¿Dónde puede estar?", se preguntó Fauna. Volvió a examinar la sala, forzando su cuerpo a tranquilizarse a marchas forzadas. La reina volvió a llamar a su marido, pero el grito se ahogó entre el llanto de la niña.
-¡Ahí está, ahí! –chilló al cabo de unos segundos. Fauna imitó el gesto de la monarca y por fin lo vio, en mitad de la lucha. El rey, como casi todos los hombres, luchaba solo. Un duende había reptado por el suelo, con un puñal dentado que sujetaba con los dientes, y en ese mismo momento trataba de reptar por la pierna del rey. Un segundo duende gruñía feliz mientras le azuzaba con una lanza de mango roto. Stefan retrocedió como pudo para evitar una acometida mientras que el segundo duende se aferraba a los pliegues metálicos de la cota de malla. Su compañero siguió hostigándole y el duende hizo un alto para quitarse el cuchillo de las fauces. Y justo cuando quitó una manaza para agarrar la empuñadura, el soberano dio un oportuno traspié que le hizo soltar el arma. El animal soltó un berrido de furia y Stefan decidió aprovechar. Agarró al duende con la mano libre, lo tiró al suelo y le clavó la espada en el cuello.
Al verle luchar, durante unos instantes Fauna se sintió segura. Pero cuando vio como la reina se soltaba finalmente del muro y echaba a correr a través de la batalla, sintió renovarse su miedo.
-¡Mi señora, no! –chilló.
Sabía que no la escucharía, pero aún así gritó. La mujer volvió a gritar el nombre de su marido mientras avanzaba, con la niña en su brazo izquierdo y el otro extendido hacia él. El rey se giró y sus miradas se encontraron, un oasis en aquel desierto sanguinolento. Antes de que la soberana rebasara a Fauna, ésta creyó ver un atisbo de sonrisa.
Sin embargo, apenas había avanzado cuando una manaza salió de la nada, agarró a la mujer y la hizo tirarse al suelo. La reina cayó de rodillas, aturdida, mientras que un duende gordo y deforme se situaba delante de ella, blandiendo un hacha enorme cuyo filo estaba teñido de sangre escarlata. Arrodillada frente a la bestia, la mujer no pudo hacer otra cosa que inclinarse para proteger a la pequeña de un golpe directo. Fauna la vio mover los labios, esforzándose por gritar, pero de ellos solo salía aire. Sin embargo, al final pudo gesticular el nombre de su esposo una vez más. "¡Stefan!", chilló, depositando sus últimas fuerzas en su desesperada súplica. Fauna se tapó la boca con las manos para no gritar ella también. El rey acababa de deshacerse de su atacante y se dirigía hacia su mujer cuando otro duende salió de la nada y le asestó un fuerte golpe con una maza. Mientras tanto, la otra criatura levantaba el hacha, presta a acabar con la madre y la hija de un solo tajo.
Aquel gesto renovó súbitamente las energías del hada. Alzó la varita y la agitó en el aire, deseando fervientemente sacar a la familia real de aquel atroz escenario. Todas las personas que había visto y conocido antes de la sangrienta velada pasaron por su cabeza un instante antes de desaparecer, y el hada cerró los ojos. No podía hacer absolutamente nada por aquellos desgraciados.
Nada más oler el hechizo, el duende cerdo dejó de atacar. Volvió a olfatear. La presa, tan cercana hasta hacía pocos momentos, había desaparecido. Aun así quedaba un rastro de magia en el aire que la criatura no supo identificar. El hombre con el que peleaba trató de aprovecharse para atacar, pero el duende se volvió, furioso consigo mismo y con la presa, y le asestó una puñalada que penetró por la barbilla. Por un instante, deseó haber tenido a la presa en sus manos. No para entregársela al ama, sino para descuartizarla él mismo.
Sus compañeros disfrutaban de la matanza, pero era evidente que habían perdido la batalla.
-¡Fuera todos! –Ordenó, empujando al duende que tenía más a mano- ¡Fuera!
Él mismo encabezó la retirada. El Ama los esperaba impaciente desde una posición segura, oteando el horizonte mientras su cuervo vigilaba desde el cielo. El animal acabó por posarse en su hombro, y ella misma lo espantó con la súbita brusquedad de movimientos. Se acercó al duende cerdo casi a la carrera, oteando entre sus brazos. Pero, cuando los vio vacíos, su sonrisa se desvaneció.
-¿Y bien?
-Se…Se desvaneció, Ama –informó el duende, aclarándose la garganta.
El Ama cerró los ojos y suspiró. Pero, cuando los abrió, ardían de furia.
-¡Pork, eres un inútil!
Alzó la vara y los duendes echaron a correr para huir de la salva de rayos invocada a modo de castigo. El duende cerdo corrió como los demás y buscó asilo tras una roca. Aquellos más lentos se retorcían de dolor mientras trataban de escapar a la furia del Ama, y algunos rayos conseguían atravesar incluso los improvisados escondites. Cuando el Ama bajó por fin su vara, disuelta ya su ira, todos sus secuaces yacían en el suelo echando pequeñas columnas de humo negro.
-¡No fue nuestra culpa, Ama! ¡Desapareció!
El Ama se le acercó lentamente, a la par que el duende luchaba por volver a respirar.
-¿Desapareció? –Repitió con voz tensa- ¿Cómo?
-No lo sé, Ama. La teníamos, pero de pronto el olor desapareció. ¡Se esfumó!
El Ama bufó, pero una sombra se fue formando en su rostro. Ya no sonreía, ni siquiera para burlarse de sus siervos.
-Vamos, Fiel Amigo –musitó llamando al cuervo. Acto seguido se giró para ver al duende cerdo-. Vosotros, a la Montaña enseguida.
Y entonces desapareció, fría y oscura como la noche.
Fauna no había deseado encontrarse en ningún lugar concreto. Aparecieron en un lugar boscoso, tenuemente iluminado por la luz del amanecer. El rey estaba desplomado, inconsciente y con una brecha manando sangre. Su esposa seguía arrodillada, con la niña entre sus brazos y los ojos fuertemente cerrados. Aurora seguía berreando envuelta en el chal violeta.
-Majestad –balbuceó el hada, tendiendo la mano a la mujer. Fleur abrió los ojos, pero apenas podía hablar. Primero bajó la vista hacia su hija y, al verla bien, se dedicó a buscar a su marido. Trató de gritar, pero apenas conseguía pronunciar un confuso balbuceo.
-Id con él, mi señora. Yo me quedo con la niña.
Sin embargo, la mujer se negaba a soltar a la pequeña. Gentil pero firme, el hada metió los brazos entre los suyos y le quitó a la nena. Su madre ni siquiera se movió. Fauna la examinó con cuidado. La niña estaba bien, solo muy asustada.
-Dios Mío, Stefan…-susurró por fin la reina, incorporándose torpemente. Fue hacia su esposo y, con manos temblorosas, lo tendió en su regazo. Un hilo de sangre corría a través del cabello y de la cara y había manchado el cuello de la túnica. Desesperada, la mujer se retorció las manos.
-¿Qué hago? –fue lo único que acertó a decir. Fauna se acercó, examinó la brecha y acto seguido apartó la mirada, sintiéndose mareada. Pero no iba a volver a dejarse llevar por el pánico otra vez. Sacó de nuevo la varita, adoptó su verdadero y regio aspecto, e invocó una venda que se enrolló sobre la cabeza del rey.
-¿Dónde estamos? ¡Hay que buscar un médico enseguida!
Ninguna sabía dónde estaban. Fauna meditó acerca de posibles destinos, mientras que la reina no hacía otra cosa que tratar de reanimar a su marido. "Por favor, majestad, calmaos", suplicó mentalmente.
-Os llevaré al castillo, mi señora…
-¡No! –Chilló Fleur- ¡A Glenhaven no! ¡Quiero ir a casa, quiero ver a mi madre y a mi padre!
Fauna sintió encogérsele el corazón. Volvió a fijarse en cada uno de los miembros de aquella familia rota y desgarrada por el dolor. El padre inconsciente, la madre desbordada y la pequeña heredera al trono con la voz ronca de tanto gritar. Decidió concederle a la mujer aquel pequeño capricho. Volvió a menear la varita y el paisaje se disolvió en torno a ellos.
Aparecieron en los jardines del palacio lexovien. No había guardias, pero sí descubrieron a una joven pareja semiescondida entre los setos. Al ver el brillo de la varita salieron alarmados, y echaron a correr, más por vergüenza que por temor. Alertados por los gritos de la joven pareja y por los gemidos de la pequeña, los guardias invadieron el parque. Aun a pesar de la tenue luz del amanecer, los reconocieron enseguida. Arrancaron suavemente al monarca de los brazos de su esposa y se lo llevaron adentro. Alguien corrió también a buscar a los padres de Su Majestad. Varias voces gritaban buscando al médico real.
-Señores –ordenó el hada, señalando a la reina-. Por favor, llevadla con su madre.
El hada mantenía a la niña en su regazo, y antes de que irrumpieran los soldados la había envuelto casi por entero en el chal violeta. Aurora parecía haberse cansado de gritar y llorar, pero seguía inquieta. Clavaba sus ojitos en cada rincón, en cada persona y objeto. Aparecieron sus abuelos maternos y vio cómo se dirigían a su madre, cómo su abuelo la recogía en brazos y cómo su abuela trataba de arrancarle algún sonido entre abrazos y besos. Cuando su abuelo entró en la fortaleza con su hija en brazos, Fauna lo siguió. Aurora observó atentamente los infinitos pasillos de techos altos, los tapices y los cortesanos. Fauna bajó los ojos y, al verla, se preguntó qué estaría pasando por la mente de la joven princesa. ¿Estaría recordando su antiguo hogar?
La pequeña comitiva se detuvo ante una pequeña habitación. El anciano rey ordenó con un seco murmullo que vigilaran la puerta, y una vez hubieron entrado ésta se cerró y se echó el pestillo. El hada reconoció la estancia como la antigua alcoba de Su Majestad.
-Hija, ¿qué ha ocurrido? –inquirió suavemente el viejo rey, depositando a su primogénita sobre la colcha. Ambos monarcas se sentaron a los bordes de la cama, esperando pacientemente. Pero la reina se negaba a decir una palabra. Se oyeron golpes al otro lado de la puerta.
-Mi señor –dijo una voz. Los golpes prosiguieron durante unos momentos, pero fuera quien fuera no llegó a entrar-. Mi señor, el maestre se encuentra con Su Majestad, cosiéndole la herida. Os manda extracto de adormidera para vuestra hija.
-Bien. Lárgate –le increpó el anciano rey, molesto por la interrupción. Su mujer se apresuró a recoger la medicina, un cuenco lleno de caldo humeante en el que habían vertido la droga. La anciana lo llevó con cuidado hacia el lecho, pero prefirió dejarlo sobre la mesilla de noche. Cuando pasó por el lado de Fauna vio al bebé.
-¿Aurora?
Aquella palabra pareció devolver las pocas fuerzas de la reina. Miró al frente, al hada y a su hija.
-¿Aurora? –repitió en un susurro. Luego alzó un poco más la voz-. Aurora…
Parecía un amnésico tratando de recordar toda una vida. Se llevó una mano a la sien y, de pronto, sus ojos se agrandaron de forma casi antinatural. Levantó una mano hacia su hija mientras hacía ademán de incorporarse.
-¡Aurora! ¡Stefan! ¿Dónde está Stefan?
El anciano rey agarró a su hija por los hombros y la obligó a recostarse de nuevo. Le cogió una mano.
-Tranquilízate, pequeña lutine. El maestre Adalric le está cosiendo la brecha en la cabeza.
La anciana recogió la adormidera mientras Fleur se agarraba al brazo de su padre, sofocada.
-Padre –balbuceó, con los ojos fijos en la niña-. Había gritos y la gente corría y Stefan estaba en el suelo y había sangre por todas partes…
-Mi pequeña lutine, por favor cálmate –repitió el anciano, ayudándola a recostarse. La mujer puso delante de la reina el cuenco y se lo llevó a los labios-. Ahora estás en casa. Bébete la sopa, anda.
Fleur obedeció dócilmente porque apenas le quedaban fuerzas. Una vez hubo bebido su madre la cubrió con las sábanas de seda. Empezó por fin a respirar con normalidad.
-Quería a la niña, Padre. Quería llevarse a mi niña –dijo entre sollozos-. Stefan luchaba lejos de mí y yo no podía…
-¿Quién quería llevarse a tu niña, lutine?
La reina abrió la boca por última vez antes de caer rendida. Susurró una palabra, tan bajo que Fauna no escuchó, pero que adivinó fácilmente al ver las arrugas de odio que poblaron el rostro del anciano rey.
Por las ventanas llegaban los trinos madrugadores de los gorriones. El hada caminó hacia una de ellas y un pájaro se posó en el alféizar, curioso. El hada se inclinó ante el y le pidió, tanto al pajarillo como a los de su estirpe, que buscaran a sus hermanas. Terminó su mensaje con una nota urgente.
-Temo que este episodio sea el preámbulo de algo mucho más cruel.
La pequeña princesa, mientras tanto, se había limitado a observar en silencio. Sin embargo, cuando vio a la mujer desfallecerse a causa del somnífero alzó los bracitos y llamó:
-Mamá.
Aquello hizo que la atención de sus abuelos reparase completamente en ella. Su abuela se acercó al hada a grandes pasos y Fauna se la tendió, consciente de que probablemente fuera la última vez que los dos ancianos sostenían a su única nieta. Aurora recibió a su abuela con una fría indiferencia fruto del cansancio.
-Mamá.
La mujer decidió dejarla sobre la cama, junto a su madre. Aurora se deshizo del chal mientras daba cabezadas de cansancio, luego se tumbó junto a su madre dormida, parpadeó y colocó el puñito junto a su cabeza. Acabó por dormirse ante la atenta mirada de los tres ancianos. Pero antes de dormirse, la niña creyó escuchar un tenue susurro de la misteriosa desconocida.
-Se parece tanto a su madre…
