CAPA

Hacía años que no usaba esa capa. No recordaba la extraña sensación de estar debajo de esa tela vaporosa. Era genial como la capa se adaptaba a las necesidades de quien la llevara puesta. Cuando a penas era un crío de doce años la capa me iba justo a medida y ahora seguía sin sobresalir ni un milímetro de mi piel por debajo de la tela.

Con cautela abrí la puerta y, rezando para no chocar con Ignotus, me acerqué a la mesa y me senté en silencio en mi silla. La única cosa que había delatado mi presencia había sido el leve movimiento de la silla.

—¿Quién eres? —oí detrás de mí al tiempo que la punta de un afilado cuchillo se posicionaba en mi cuello.

—Ignotus soy yo —dije espantado.

No había contado en que él, asustado, podría responder de aquella manera.

—¿Cuáles fueron mis primeras palabras? —preguntó para confirmar que decía la verdad. De repente me vinieron a la mente todas las historias que los abuelos y los tíos explicaban a menudo sobre la época de la guerra y de cómo hacerse preguntas de ámbito personal era la única manera de saber que quien hablaba era quien decía ser.

—Te quiero, Severus —respondí—. ¿Ahora, puedes bajar el cuchillo por favor? Si dañas la capa de mi padre…

—¿Se puede saber a qué juegas Severus? —preguntó enfadado separándose de mí.

—No juego a nada —intenté sonar inocente y como si no supiera realmente a qué se refería.

—Quítate la capa, haz el favor.

Yo me mordí la lengua para no decirle que se quitara él la suya.

—Intento demostrar una cosa.

—¿Intentas provocarme una parada cardíaca para demostrar que se puede ser de mi familia y tener corazón, quizá? —de repente su voz grave volvió a sonar más que nunca como la del Scorpius Malfoy que yo conocía del colegio.

No sé quien de los dos se sorprendió más por aquél exabrupto.

—No —respondí secamente, a la defensiva, sin saber como reaccionar. Hasta ahora Ignotus había sido siempre muy respetuoso, dulce y correcto conmigo.

Un silencio incomodo nos envolvió.

—¿Por qué no cenamos? —propuse al fin queriendo hacer como si nada hubiera pasado. Se trataba de hacerle entrar en razón y no de terminar peleados.

Él no dijo nada. Yo no sabía si restaba mudo molesto todavía porque no me hubiera sacado la capa, cuando me lo había pedido, incómodo por la respuesta que se le había escapado, o simplemente porque no tenía nada que decir.

—Me lo tomaré como un sí… —murmuré mientras abría lentamente los paquetes de comida China para podernos repetir su contenido.

Entonces la silla delante de mí se apartó y un par de bastoncitos se alzaron en silencio.

—¿Qué me recomiendas que pruebe primero? —preguntó tranquilamente haciendo petar los bastoncitos expertamente por encima de los distintos platos.

En una calma relativa empezamos a cenar. Pero no era nada fácil comer sin salir de la capa.

—Te mancharás —dijo él pasado un rato de verme peleándome con los bastoncitos y un trozo de cerdo agridulce que no lograba que dejara de gotear para llevármelo ala boca por debajo de la capa.

—¿Cómo diantre te lo haces?

—Práctica —respondió con cierta petulancia—. Venga Severus, no seas tozudo y quítate la capa. Ya has demostrado que vivir así lo hace todo más difícil de lo que… —suspiró—. No hace falta que destroces la capa de tu padre, quítatela y cena bien —dijo con su tono de preocupación por mí que tanto me gustaba y a la vez tanto me desconcertaba.

—¿Crees que esto es lo que intento demostrar? —dije haciendo un bufido al final para remarcar mi incredulidad. El trozo de cerdo olvidado encima de la mesa en un pequeño charco de salsa.

—Pues sí, sino no sé… —pero su réplica murió en sus labios— Oh —hizo entonces en tono de comprensión después de unos instantes de silencio—. Muy astuto. Pero pensaba que no querías forzarme a quitarme la capa, que entendías porqué no me la he quietado. Pensaba que…

—Entiendo perfectamente porqué no te la has quitado, Ignotus —le corté dejando los bastoncitos con un golpe seco en la mesa, muy enfadado sin saber muy bien con quien o por qué—. Lo que no sé es si tú entiendes porqué quiero que te la quites.

—Es muy fácil adoptar tu postura Severus. Tú no te has encontrado entre la espada y la pared, tú no… —temblorosos sus bastoncitos quedaron quietos encima de la mesa de un modo mucho más suave que los míos—. No quiero tener que huir, no quiero volver a ser perseguido… —murmuró

—Pero no… —intenté decir yo atónito por la angustia que su tono grave no podía esconder que sentía, como la capa invisible no había podido esconder el temblor de su mano al dejar los bastoncitos.

—Sí —me cortó él—. Si me quito la capa, esto es exactamente lo que pasará.

—No lo permitiré Ignotus. No te dejaré solo. Lucharé contigo —le aseguré—. Los errores del pasado no se pueden ignorar, ni tampoco puedes dejar que dominen tu futuro. Sé que te da miedo. ¿Piensas que no lo sé? —no me respondió—. Pero yo estaré contigo. Estaré a tu lado en cada paso del proceso. Y te prometo que todo saldrá bien. Te prometo que pase lo que pase… —luchando para no sacarme la capa de un plumazo y abrir los brazos para que viniera a mí, hice una respiración profunda para intentar recordar mis ideas—. Lo más importante es que estaremos juntos, al fin, sin barreras de ningún tipo.

De nuevo el silencio. ¿A caso no podía ver a lo que me refería? ¿No podía entender que necesitaba verle? Exasperado por su manca de respuesta me levanté de la silla.

—Me da igual si bajo la capa eres rubio, moreno o pelirojo, me da igual si tienes un tercer ojo, si eres más guapo que yo o si… ME DA IGUAL, porque te amo a ti, no por tu cuerpo sino por como eres. Y sí, necesito saber como eres físicamente para sentirme completamente feliz, pero te prometo que verte finalmente no hará que lo que siento por ti disminuya en ninguna medida.

—¿Cómo puedes prometerme nada di ni siquiera te atreves a decirle a tu familia que…? —su reclamo en voz rota murió en sus labios.

—¿Qué tiene que ver mi familia en todo esto? Yo hablo de ti y de mí. De… —Estaba desconcertado por su cambio de tema.

—¿Que qué tiene que ver tu familia? —dijo en tono irado y se levantó de repente, la silla cayendo al suelo detrás de él—. Severus si hay algo que nunca he envidiado y que a la vez siempre me ha molestado de ti es tu familia. Eres un Potter y eres un Weasley, hecho que quiere decir que por encima de todo eres un miembro de tu familia —aquel tipo de acusación me sonaba a reproche sobre algo que yo no creía que tuviera nada de malo, me hizo callar, a medio camino de sentirme dolido, a la espera de una explicación—. Ellos siempre han sido y serán la parte más importante de tu vida. ¿Cómo puedes prometerme apoyarme cuando sé que mi mera existencia enervará el pelo de toda tu familia? ¿Cómo se supone que me lo he de creer, que…? Lo siento. Si ni siquiera te has atrevido a corregir a tu hermano sobre mí y decirle que soy un hombre, como he de creerme que me amas…

—¿Espera un momento, crees que…?

—No, déjame acabar —me cortó él—. Sé que tú lucharías por mí contra mi familia si te diera la oportunidad, no quiero que pienses que no lo sé o no lo creo así. Sé que serías capaz de luchar contra todo el mundo por mí si creyeras que así hacías lo correcto. Pero el resto de tu familia… ellos no, no creo que vieran las cosas como tú y no sé si… Y entre otras cosas no puedo pedirte que te enfrentes a ellos por mí, no…

—¿Quien ha dicho nada de enfrentarse a ninguna familia? Yo hablo de ti y de mí. Hablo de lo que siento por ti. De lo que quiero que tú y yo seamos. De lo que necesito que seamos. De lo que necesito y lo que quiero. Olvídate por un momento del mundo que hay fuera de estas cuatro paredes, ¿quieres?

—¡Es lo que intento!

—¡No! Te escondes, que no es lo mismo. Pero no me refería a eso. Necesito que seas consciente de una puñetera vez de las implicaciones de lo que te pido.

—¿Piensas que no soy consciente de lo que quitarme la capa conllevará? ¿Por qué crees que no me la he quitado aún?

—Sé que eres muy consciente de lo que te espera fuera de estas cuatro paredes cuando des el paso. Pero también pienso que no eres totalmente consciente de qué significará para nosotros, o más bien qué significará para mí.

Después de unos instantes de silencio oí una pequeña disa ahogada.

—Todo esto es para decirme que quieres poder follar conmigo sin impedimentos Potter? —me dijo con una arrogancia que me encendió la sangre en todas las interpretaciones posibles. Mucho más cerca de su voz tal y como la recordaba de la escuela que nunca.

—Vete a la mierda Mal… —la frase murió en mis labios al darme cuenta de mi metedura de pata.

Por suerte o por desgracia llevaba la capa puesta así que él no me pudo ver cerrar los ojos y morderme los labios maldiciéndome los huesos. Intentando disimular la errada seguí como si hubiera estado a punto de insultarle con un "Mal nacido" en vez de haber estado a punto de llamarle por su apellido: Malfoy.

—Y para tu información no. No hablaba de sexo —dije intentando parecer dolido—. Y Merlín sabe lo que pagaría para poder tener una sesión de sexo contigo sin la capa en medio —no pude evitar añadir susurrando, no solo hablaba de sexo, pero estaba bien que él tuviera ese aspecto en mente, quizá eso jugaría a mi favor—. Hablaba de la vida en general. No me quiero conformar con lo que tenemos ahora. No me quiero conformar con saber que estás ahí aunque no te vea ¿Y sabes porqué? —evidentemente no respondió—. Porque podría hacerlo Ignotus. Me conozco y… Sólo llevamos juntos una semana y sé que si dejo que pase una semana más sin hacerte ver como me siento acabaré sucumbiendo y me conformaré, porque lo que tenemos, a pesar de ser menos de lo que quiero, ya es genial y si tengo que escoger entre esto o nada, absolutamente siempre, me quedo contigo aunque sea bajo una capa. Y lo que me aterra más de todo es que no me parece algo tan grave; No me preocupa no verte nunca más siempre que te quedes comigo; No me quita el sueño no saber tu nombre de antes, porque eres Ignotus y te amo y…

—¿Me amas?

La pregunta me cogió un poco a contrapié. Lo cierto era que no se lo había dicho ni una vez directamente, no como él me lo había dicho a mí. Pero la verdad era que sí, le amaba.

—Por supuesto que te quiero. Y me mata que no lo veas. Tengo la sensación de que me he rendido a tus pies y no puedo no luchar en contra de eso cuando sé que, a pesar de que con lo que tenemos podría ser feliz el resto de mi vida, si lucho para que salgas de aquí debajo lo que resulte puede ser… —sin palabras para describir todo lo que mi hiperactiva imaginación planeaba delante aquella posibilidad decidí callar.

Ignotus restó en un silencio absoluto y temí por un instante estar hablando solo.

—No te has dado cuanta —seguí hablando, sin poder detener la avalancha de sentimientos que se había desbocado dentro de mí al confesarle finalmente que le amaba—. Sé que después de la carta te sentiste como si finalmente te hubieras rendido a mí completamente, pero el caso es que me tienes completamente a tu merced. Fui yo quien quedó desarmado completamente sin poderlo evitar con esa confesión. Soy un león rendido a los pies de una serpiente y en vez de sentirme avergonzado me siento como un gatito a quien le hacen mimos y ronca de felicidad. Dices que mi familia es la parte más importante de mi vida y es cierto. Pero tú les has desplazado a todos de golpe a un rincón, a todos los Weasley y a todos los Potter; Y quizá es culpa mía que no lo sepas, quizá te lo tendría que haber dicho antes, pero el caso es que me muero de ganas de que tú y yo formemos ya una familia por nosotros mismos y creo que de esto no te has dado cuenta. Creo que crees haberme dado todo lo que tienes dentro, pero también creo que en el fondo no confías del todo en mí aún, como mínimo no lo bastante para decirme quien eras antes de ser Ignotus, y eso me duele —era conciente de que a pesar de que la capa de papá impedía que Ignotus me viera las lágrimas que se acumulaban en mis ojos, mi voz no las podía esconder con la misma efectividad—. No te pido más que… que confíes en mí. Y entiendo que quizá no puedo ver, como lo haces tú, todo lo que conllevará que des el paso de salir a la luz, pero necesito que también tú entiendas lo que comportará para mí que no lo hagas —mi experimento no había salido para nada como yo lo había planeado. Pero hacía rato que había cruzado el punto de no retorno con aquella verbalización de lo que sentía así que intentar guardarme nada dentro no era una opción, por eso, intentando que la voz no se me rompiera definitivamente, seguí hablando—. No conozco tu rostro y ya lo hecho de menos con tanta intensidad… Creo que por primera vez comprendo como se siente papá cuando habla de los abuelos a quien no conoció nunca y no obstante les ha echado de menos cada día de su vida.

No puede evitar un pequeño sollozo ahogado. Y avergonzado me quedé en silencio; Temiendo haber echado por la borda toda posibilidad de una vida con Ignotus a mi lado.

—Habría sido más fácil que me hubieras dicho que ya sabías quien era, Potter —hizo la voz de Ignotus no demasiado lejos de mí pasados unos agónicos instantes.

Entonces, finalmente una cabeza rubia de pelo corto y mal cortado apareció en medio de la sala. Sus pómulos eran más acentuados de lo que recordaba, sus ojos brillaban intensamente y seguían siendo de un gris que no había visto en nadie más. Lucía bolsas bajo los ojos de cansancio y nervios, que probablemente parecían mucho más profundas de lo que eran debido a la extrema palidez de su piel; Pero iba bien rasurado y limpio. Sus facciones seguían siendo elegantes, pero eran mucho más adustas y marcadas que años atrás; Había crecido, se había hecho hombre. Fue como si de golpe la imagen de un Scorpius Malfoy niño se hiciera añicos para dar paso a un hombre adulto, joven, fuerte, todavía más atractivo que su padre.

Miraba hacia mí pero sus ojos desenfocados denotaban mi invisibilidad.

Imitando sus movimientos también me quité la capucha de la capa.

—¿Por qué? —le pregunté, sonriendo, la felicidad escapándose por mis ojos aún llenos de lágrimas, incapaz de contener la emoción dentro de las comisuras de mi boca que se curvaban solas en una sonrisa de tonto enamorado —¿Por qué habría sido más fácil?

—Habría sido más fácil saber que lo sabías porque una parte de mí no podía creer que no te importaba saber quien era, especialmente después de que te ofreciera que me quitaras tú mismo la capa y que te negaras —añadió en tono de reproche.

—Solo intentaba que lo hicieras tú mismo, sin que te sintieras presionado.

—¿No se te ocurrió que quizá mi manera de rendirme a ti literalmente era dejar que me quitaras la capa? —El tono dolido y esa mirada de dolor me dejaron paralizado un segundo, pues no, no se me había ocurrido—. ¿No se te ocurrió pensar que, el hecho de que no me la quitaras, podía significar para mí que quizá estabas asustado de lo que encontrarías debajo?

—Pero ya te dije que… —intenté disculparme.

—¡Pero no tenía sentido! —Estalló él—. No tenía sentido que estuvieras tan dispuesto a confiar, tan entregado, cuando no siquiera sabías quien era. Especialmente porque yo sí sabía quien era. He llegado a pensar que no eras tan inteligente como siempre había creído, que quizá no eras capaz de ver el peligro real de mantener en tu casa a alguien invisible que huía de la ley… Pero sabías perfectamente a quien estabas dejando meterse en tu cama, ¿verdad?

—Sí —admití sonrojándome.

—¿Desde cuando? —preguntó suavemente, sin ningún tipo de reproche en la voz.

—Desde la noche que intentaste irte —respondí en un susurro.

—¿Tanto? —Dijo sorprendido frunciendo las cejas intentando encajar todas las piezas.

Era fascinante poder leer todas las emociones, que hasta ahora había aprendido a escuchar en su voz, reflejadas también en sus ojos.

—Me has acusado injustamente de incauto Ign… —me paré de golpe—. ¿Te molesta que te llame Ignotus? ¿Prefieres que te llame Scorpius? —él negó con la cabeza a las dos preguntas y yo no pude evitar sonreír. Para mí él siempre sería Igotus—. La verdad es que cuando apareciste contacté con mi padre casi inmediatamente. Cuando me hubiste contado quien eras le dije a papá que un amigo necesitaba que hiciera unas indagaciones sin hacer demasiadas preguntas. Le dije que me buscara en los registros cuales herencias de fortunas cuantiosas habían sido modificadas recientemente. Y que me obtuviera permisos para acceder a la biblioteca del Ministerio y a la de Hogwarts. De pasada le pregunté por el tema de la legislación actual en temas de compraventa de personas. Creía que había sido lo suficientemente críptico para que no sospechara remotamente nada parecido a lo que pasaba pero… bueno supongo que no ha llegado a jefe de Aurores porque sí.

—¿Él te dijo quien era yo, verdad?

—Me lo dijo esa noche. Cuando volviste y no estabas… me asusté. Cuando luego de enviar a Bert no volvías llamé a casa para intentar calmar los nervios. Él ya sabía que el amigo que necesitaba esa información tenías que ser tú. Cuando se plantó aquí, pronto descubrió que te escondías aquí conmigo.

—¿Y aún no me ha venido a detener, por? —dejó la pregunta al aire para que yo le diera una explicación.

—Porque yo se lo pedí.

No recordaba cuan intensas podían ser sus miradas. Me estremecí.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —Preguntó con más resignación que acusación.

—Porque te había prometido no hablar de ti con nadie y había roto mi promesa. Además quería… Necesitaba que fueras tú quien bajara la capa. Que confiaras en mi a ciegas —admití bajando la cabeza, consciente de que estaba admitiendo mis propias inseguridades.

—¿Quien más lo sabe?

—Nadie más. Papá es el único que sabe que estás aquí. Sabe que eres invisible pero no le conté el porqué, ni que no tenías voz. Aunque conociéndole para cuando finalmente hables con él ya habrá atado cabos él solo por su banda. Investigar se le da muy bien.

—¿Sabe que… que te quiero?

—No lo sé. Pero sabe que yo te quiero.

Mi declaración pareció sorprenderle.

—¿Le has dicho que me quieres? —Dijo de nuevo frunciendo las cejas.

—No con estad palabras, pero sí.

—¿Y puedo saber porqué has tardado tanto en decírmelo a mí? —Dijo, ahora sí, en tono acusador.

—Lo siento. Estaba…

—¿Asustado? —Murmuró más dulcemente de lo que yo esperaba.

—Sí. Llevo una semana intentando que confíes en mí ciegamente, pero yo no he sido capaz de confiar en ti de igual modo. Lo siento. Debería haberte dicho que te quiero. Te lo tendría que haber dicho antes —susurré con los ojos llenándose de lágrimas de nuevo.

—Es verdad —suspiró—. Pero no te puedo culpar por hacer exactamente lo mismo que hice yo cuando me enamoré de ti: callar.

—Te quiero —dije acercándome a él. Intentando pedir perdón.

Sin decir nada más me besó. Por un instante cerré los ojos. Su beso fue intenso y posesivo. Sus brazos me envolvieron y yo simplemente me dejé dominar por él.

Después me besó el cuello y el rostro. Yo me notaba los labios enrojecidos y palpitantes. Me besó los párpados y eso me hizo abrir los ojos. Y verle allí delante de mí. Ver sus ojos desbordando amor, pasión y mil emociones más que no supe como nombrar me detuvo el corazón.

—Te quiero —dijimos los dos a la vez.

Con los rostros radiantes de felicidad nos miramos. Le besé de nuevo. De forma suave y tierna.

—¿Y a tu padre no le importa saber que me quieres? —Preguntó él cuando nos dejamos de besar unos minutos más tarde.

—Está preocupado. Pero no, en el fondo lo que le importa es que yo sea feliz —dije encogiéndome de hombros.

—Que asco de familia, Potter —dejó salir, celoso.

—¿Eso significa que quieres formar parte de ella? —le pregunté sin poder esconder todas las esperanzas y deseos que sentía.

No me respondió. Con una sonrisa en los labios me tomó por la cintura y me acercó a él. A pesar de no ver nuestros cuerpos, por las capas, podía notar su calor corporal irradiándome, su olor a cuero y jabón entumiéndome el cerebro a través del sentido del olfato y caso podía oír su corazón latiendo descontrolado como el mío o quizá solo era mi propio pulso acelerado resonándome en las orejas.

La sonrisa abandonó sus labios y se posó en sus ojos para dejar de ser burleta y volverse franca. Las pupilas de le dilataban, los iris se le encendían marcando el contraste de las líneas más oscuras que los conformaban sobre el gris plata agitado.

Sus labios eran delgados, de un rosa pálido, y en un ataque súbito de pasión descontrolada los apresé con los míos. Fue un beso furioso y demandante. Y cuando me aparté de él los dos boqueábamos. Sus mejillas eran de un rosa intenso que me maravilló y no pude evitar acariciárselas.

—Quítate la capa, Ignotus, quiero verte —le dije en un murmullo ronco.

—Quítamela tú —respondió él. Sus manos, la única parte del cuerpo que podía verle a parte del rostro, se alzaron y yo me apresuré a tirar de la tela invisible que le cubría. Pasándola por so cabeza y dejando por fin al descubierto el resto de su cuerpo.

No tenía suficientes ojos para absorberle todo. Tenía la sensación que lo tenía que memorizar antes de que parpadeara y desapareciera delante de mí.

Conocía el sonido de su respiración y estaba seguro de que si cerraba los ojos podría predecir donde estaba, como se sentía, qué quería incluso, sólo por su respiración y su presencia. Pero no conocía su tacto ni sus expresiones. Todavía.

Iba vestido con ropas extrañas, orientales habría dicho si hubiera tenido que etiquetarlas de algún modo. La tela, desgastada y más limpia de lo que esperaba, era de colores azules y verdes que en otro tiempo seguramente habían sido brillantes. Llevaba unas botas y un extraño cinturón de piel. Lo más sorprendente, pero, era que iba con el pecho al descubierto.

—Allí hacía calor —explicó él al ver la sorpresa en mi rostro—. Y la capa está hechizada para regular mi temperatura —añadió.

Mi mirada era intensa sobre su cuerpo medio desnudo. Y un escalofrío lo recorrió de cabeza a los pies, erizándole los pezones. Ignotus tragó con dificultad cuando mi mirada se centró en ellos, pequeños, rosados y pidiendo a gritos ser tocados en medio de su blanco pecho que subía y bajaba acelerado.

—Yo también quiero verte, Severus —murmuró con ese tono grave y rugoso que recordaba tanto a su voz de antes.

No le hice caso. No inmediatamente. Estaba fascinado por su rostro. Por poder ver en él las expresiones que se perseguían las unas a las otras. La ansiedad cuando me había acercado a él para sacarle la capa, el miedo y la vergüenza cuando le había mirado por primera vez, el rubor cubriendo su rostro al darse cuenta de que mi mirada encendida le recorría con deleite y curiosidad. El color gris de sus ojos resplandeciendo, el color rosado de sus labios, el rubor que se extendía por sus pómulos, por su cuello y pecho. Y finalmente el deseo, puro y claro, que le sacudió cuando yo me quité la capa y me pudo volver a ver.

Cerré los ojos y respiré profundamente. A mí también me había recorrido un escalofrío al ver en sus ojos el deseo que sentía por mí. Al inspirar, su olor característica de cuero, jabón y especias me inundó y me acerqué a él instintivamente. Las manos me temblaban un poco y seguía intentando reconciliar la imagen que tenía de él, mezcla de su olor, su voz, mi imaginación y los recuerdos de ese compañero de escuela lejanos y borrosos, con lo que ahora podía ver delante de mí y por como me miraba, tocar libremente y cuanto antes mejor.

Su cuerpo era delgado, más de lo que había intuido cuando estaba debajo la capa. Estilizado. Siempre lo había estado, pero ahora era casi preocupante.

—Estás muy delgado —no pude evitar decir con preocupación, alargando finalmente la mano para tocarle el pecho y la cintura con ambas manos.

Él hizo que no con la cabeza suspirando con el contacto de nuestras pieles. Su piel era blanca como el alabastre pero suave y cálida al tacto.

Con la mano sobre su corazón me acerqué más aún para besarle. El aire se le quedó atrapado en los pulmones cuando mis pulgares le rozaron los pezones.

—Severus —gimió.

Sus manos habían volado a mis caderas, pero más como si buscara soporte que intentando acercarnos más aún. Yo pude evitar reír de felicidad. Ver por fin el deseo y la necesidad recorrerle la mirada, por mí… Y él me hizo callar con un beso desesperado y posesivo que me hizo gemir y temblar.

Sus manos abandonaron mis caderas, ahora que ya estaban en contacto con las suyas, y volaron a mi pecho, donde no perdieron el tiempo en desabrochar los botones de mi camisa.

Nuestros cuerpos cálidos por fin en contacto. Pecho a pecho. Su latido era tan descontrolado como el mío y cuando pude notar su dureza contra la mía, restregándose en un movimiento sinuoso y afiebrado, por un instante pensé que ardería o me desmayaría allí mismo.

Cuando sus labios abandonaron los míos, mi respiración a penas funcionaba y de nuevo no pude evitar reír cuando sus besos se apoderaron de mi cuello.

—Lo siento —me disculpé avergonzado—. Todo esto es muy nuevo para mí —intenté disculparme—. Nunca he estado con un hombre y… —admití un poco asustado y muy nervioso.

Él se detuvo y se separó un poco de mí. Pero inmediatamente se acercó de nuevo me abrazó por la cintura con un brazo y me acarició la mejilla con la otra mano.

—No hay prisa, Severus. Tenemos todo el tiempo del mundo para que descubras qué te gusta y qué no y qué quieres hacer y qué no —dijo él con una ternura que me cogió desprevenido y me inundó el pecho de calidez.

—Me gusta la idea de explorar —admití con una sonrisa, de repente mucho más ansioso que asustado.

—Vamos a la habitación —dijo Ignotus alargándome la mano. Y con los dedos entrelazados con los míos me arrastró hasta el lindel de la puerta. Allí me miró a los ojos esperando mi confirmación y yo sonreí, le besé los dedos que me cogían de la mano y entré a la habitación mientras me acababa de sacar la camisa.

Él no tardó en entrar tras de mí. Y sin apartar la mirada el uno del otro nos fuimos desprendiendo de la ropa que llevábamos. Él acabó antes que yo y se acercó para ayudarme.

Yo me había quedado medio parado con las manos desabrochándome los tejanos al ver su erección tensa e inflada apuntándome descaradamente.

Ignotus siguió mi mirada y al verse a si mismo, tras mirar mi rostro enrojecido y mis labios húmedos, sonrió.

—Eres tú, Severus. Mi cuerpo reacciona por ti, sólo sabiéndote cerca —murmuró acariciándome los brazos. No sé si intentando calmarme, intentando hacerme reaccionar, o intentando calmarse él. Su erección estaba casi a punto de tocarme, mis manos temblorosas intentaban, sin éxito, bajarme los tejanos, que de repente parecían dos tallas más pequeños.

Y no mentía, pude notar como un escalofrío le sacudía de nuevo, mientras me besaba el pecho y el abdomen mientras se iba arrodillando para ayudarme a deshacerme finalmente de los malditos tejanos, la última prenda de ropa que cubría mi cuerpo.

—Merlín —exclamé cuando sus manos, seguras y fuertes, frías, recorrieron mi culo al ayudar a bajar los pantalones.

Me ayudó a sacar los pies de las perneras, mientras me sujetaba por las nalgas que suavemente amasaba haciéndome temblar. Cuando estuve totalmente desnudo acercó el rostro a mi entrepierna e inspiró con intensidad. La nariz acariciando la piel entre mis pelotas, haciéndome temblar más aún, y entonces me besó el interior de mi muslo izquierdo y alzó la mirada.

—¿Qué quieres, Severus? Dime qué quieres que haga. Dime qué quieres hacer.

Yo no podía hablar. Mi erección ya me tocaba el abdomen y tenía la sensación de que si me quedaba demasiado rato más de pie me fallarían las piernas.

—Túmbate conmigo —dijo Ignotus, tomando de nuevo la iniciativa. Y subió a la cama y me hizo tumbarme de lado delante de él, de cara el uno al otro. La mano que tenía presionada contra la cama se estiró hasta tocarme el pecho. La otra me acariciaba con suavidad el rostro y poco a poco fue bajando por el cuello, los hombros, la cintura, la espalda, hasta llegar al muslo y luego tirar atrás hacia mis nalgas.

Cuando me agarró el culo gemí de nuevo y él se acercó a mí y me besó. Nuestros pechos casi se tocaban, pero en lo único que podía pensar era en su erección en contacto con la mía.

Tenía la sensación de haber estado esperando ese momento toda mi vida y no quería perderme ni un detalle. Totalmente fascinado por su erección no podía dejar de mirarla cada vez que sus labios me daban un respiro.

—Severus, puedes tocarme si quieres —musitó en mi oreja, y si hubiera podido apartar la mirada para verle el rostro estoy seguro de que le habría visto sonriendo de oreja a oreja. Mientas su mano abandonaba mi pecho me besó de nuevo, y entonces me cogió de la muñeca y dejando que lo mirara todo sin perder detalle dirigió mi mano a su erección.

Yo nunca había tocado el miembro de otro hombre que no fuera yo mismo. Y a pesar de saber que no podía ser muy distinto no estaba seguro de qué pasaría. Cuando finalmente mis dedos hicieron contacto con su piel exhalé sorprendido. Era caliente, y duro, y suave, y palpitaba, y saber que yo era el instigador de aquello me llenó de una inusitada sensación de poder y seguridad en mí mismo.

Con suavidad, intentando tocarle como me gustaba tocarme a mí cuando empezaba a masturbarme, rodee con mi mano su falo y empecé a acariciarlo. Cuando llegaba al glande lo acariciaba con el pulgar y cada vez que los dedos de Ignotus se clavaban en mi nalga, al tiempo, un gemido desvaído quedaba atrapado en su pecho, los ojos cerrados y la boca abierta.

Cuando mi otra mano se alejó de él hasta tocarme a mí mismo y pasearse por entre sus huevos y los míos, Ignotus abrió los ojos de repente gimiendo mi nombre…

—¡Severus! —exclamó en un grito ahogado.

—Quiero que… te quiero ver acabar, Ignotus. Te quiero provocar un orgasmo y ver como se te dilatan las pupilas, y como se te tensa el cuello y como la piel se te vuelve roja, y notar los espasmos de tu cuerpo bajo el mío, y oler el sudor exudar por todos lados, y saber que lo he provocado yo —le dije sin apartar mis ojos de los suyos, por primera vez desde que nos habíamos tumbado ignorando nuestras erecciones.

—Merlín, sí —exclamó con una sonrisa, y cuando las pupilas se le dilataron visiblemente mi corazón dio un vuelco—. Más presión, Severus —logró decir de forma estrangulada, y yo le hice caso. Su cuerpo dio un pequeño respingo cuando mi mano se cerró a lo largo de él con presión—. ¡Sí! —exhaló—. Ahora olvídate de nada más y bombea, Sevreus. Rápido y preciso, Severus.

Estaba claro que él de había abandonado completamente a mis manos. Se dejó caer panza arriba y yo le seguí, arrodillándome a horcajadas encima de él. Totalmente fascinado por como su cuerpo se arqueaba debajo de mí en medio de un mar de murmullos graves y sensuales.

Abrió los ojos y sus manos me agarraron las nalgas otra vez, acercando mi erección a la suya.

—Tócate Severus —me ordenó en un gemido.

Y mientras con una mano no dejaba de bombearlo rápido y fuerte, con la otra empezó a bombearme a mi mismo.

Pronto acabé sentado sobre sus muslos, incapaz de aguantar mi propio peso. Sacudido por oleadas de placer, tanto mío como cuyo.

—No tardaré —avisó él.

Y aún no sé como, abandoné mi erección para poder cogerle las pelotas mientras no dejaba de bombearlo. Efectivamente no tardó demasiado en eyacular profusamente entre mis dedos y sobre su pecho blanco, en unos espasmos incontrolados y sin dejar de gemir mi nombre.

—Sevreus, Severus, Severus —repetía mientras intentaba recuperar la respiración. Yo estaba tan fascinado que por un instante me había olvidado de mi propia erección pulsante entre mis piernas, tan erecta que me tocaba la barriga—. Acaba tú también, Severus —dijo sonriendo cuando las olas de placer parecían haberle abandonado.

Con su mención a mi estado fue como si de golpe me faltaran manos para tocarme y darme placer. Nunca había fantaseado con masturbado delante de nadie pero de repente nada me parecía más erótico que la mirada gris de Ignotus clavada en mí mientras yo, a horcajadas encima de él, con sus manos manoseándome las nalgas, no dejaba de tocarme la polla y los huevos y gemía descontroladamente.

Estaba ya temblando cuando sus uñas se clavaron en mi piel, no lo suficientemente fuerte como para romperla, acercándome a él para que mis huevos fritaran los suyos. Y finalmente el orgasmo me sobrepasó. Una oleada blanca de placer electrizante me recorrió el espinazo hasta el cerebro, curvando los dedos de los pies, arqueando la espalda, vaciándome los pulmones de aire, y casi haciéndome explotar el corazón que me latía en las orejas.

Totalmente exhausto me dejé caer hacia delante, empujado por las manos de Ignotus que me cogió entre sus brazos, más fuertes de lo que parecían, impidiendo que rebotara como un peso muerto cobre el colchón.

—Te quiero —me susurró.

Yo todavía no era capaz de hablar, respirando con dificultad, pero sonreí i le besé como pude.