Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, así como algunos textos que fueron extraídos de La Ilíada y La Eneida, los que pertenecen a Homero y Virgilio, respectivamente.
Esta historia es sin fines de lucro, solamente para sacar una que otra de mis frustraciones y sueños de escritora barata, je, je, je.
- ¿Por qué le elegisteis entonces, mi amado príncipe?-preguntó agobiada, Eos, luego de escuchar de labios del mismo Héctor que percibió la manipulación a su destino.
- Porque así lo decidió...-de pronto la voz áspera y segura del heredero de Troya, se convirtió en un suave sonido lleno de felicidad-Tanto tiempo sin veros, Eos. Athena. Hera.
- No os dirijas a mí con tanta familiaridad, ramera-fue la reina de los dioses quien de inmediato se dio cuenta de que ahora, ese cuerpo era ocupado por Ganimedes.
- Ja, ja, ja. No habéis cambiado nada-miró de reojo a Kannon y le sonrió amablemente-Gracias por cuidad de Héctor, mancebo rubio-el gemelo ahora era el confundido.
- ¿Y Héctor?
- No os preocupéis, ahora duerme junto a Kamil-una sonrisa cada vez más afable se reflejaba en su rostro-¿Podéis ayudadme a ponedme de pie? Hace bastante que no poseía un cuerpo propio-el mayor de los gemelos le brindó su apoyo ante la mirada fija de todos.
- ¿Qué es la Gracia de Pérgamo, mancebo?-exigió Hera, señalándole con el abanico-¿Y qué es esa joya que os ocultaba de mí?
- La Gracia de Pérgamo, es la promesa que hizo Héctor a Athena de renaced una y otra vez con el nombre del onceavo guerrero dorado y proteged toda vida bajo el inmenso cielo azul-soltó sin más mientras luchaba por mantenerse en pie. Casi parecía que no le importaba en lo más mínimo la presencia divina frente a él ya que comenzó a caminar hasta ella sin apoyo-La joya, era la virtud que me convertiría en un ángel, pero al no consumad esa permutación, la materializamos para que nos permitiera utilizad el cosmo como un humano, no dejando distinguid nuestra inmortalidad. Que mejor manera de ocultadnos que justo frente a vuestros ojos, tal como lo hacéis ahora con mi señor-terminó dejando vislumbrar por qué estaban precisamente en aquel sitio sagrado.
- ¿La materializaron? ¿Tú y quién más?
- Eos, Athena y Ares-se detuvo a escasos pasos de la diosa.
- ¿Ares?-se sorprendió al saber sobre la participación del dios de la guerra-Me es tan difícil creed que todo esto pasó justo bajo mis narices. De Eos, no me sorprende; de Ares, tampoco realmente, pero…¿vos, Athena? ¿Confabular para quedaros con la más valiosa posesión de vuestro padre?
- ¡No es un objeto! ¡Es una persona, Hera!
La reina de los dioses enmudeció. Una mala señal, pensaron al mismo tiempo Athena y Eos. Su ira en contra del joven príncipe no era ningún secreto a voces. Normalmente le agredía con palabras, pero había ocasiones en que sus celos llegaban al grado de lastimar físicamente al joven de tez morena, no importando el castigo que el dios del rayo le otorgase.
- Veo que os has encariñado con el troyano-mencionó seriamente al tiempo que jugaba con su abanico-¿Qué habéis hecho, Ganimedes? ¿Cómo es que os has apoderado de las almas de los Olímpicos con tanta facilidad?
Nadie se percató de la creciente ira de la diosa por lo que no esperaron que se lanzará de lleno, tratando de perforar con su abanico el pecho del príncipe. Afortunadamente, Kannon alcanzó a arrojarle a un lado, recibiendo el golpe en el hombro izquierdo.
- ¡Hija de…!-casi de forma inconsciente el gemelo le ataca cayendo al suelo al mismo tiempo.
- ¡Basta!-Eos se dirigió a Saori-¡Si vuestro padre se entera, Athena, perderemos el alma de Ganimedes! ¡Detened a vuestro caballero!
- ¡Humano miserable!-la diosa señaló a Kannon con su abanico, intentando lastimarlo, pero Saori se interpuso.
- ¡Hera, basta!-la joven diosa le inmovilizó el brazo-¡Este no es el lugar para luchar!
- No te muevas, Kannon…-Hyoga fue a su auxilio y detuvo el sangrado con una leve capa de hielo-mira que eres un imbécil.
- Y lo dice el hermano de Seiya-bromeó a pesar de la situación.
- ¿Estáis bien, joven rubio?-Ganimedes se colocó a su lado y se le veía realmente nervioso.
- Mantente atrás…-se sentó con dificultad mientras trataba de aligerar el dolor poniendo su mano sobre la herida medio congelada-Y procura no ser tan imprudente, maldita sea.
- Podríamos despedazadnos unas a las otras y Zeus no lo percibiría-comentó con rencor-cuando está con Ganimedes, el Universo, literalmente desaparece de su vista. Ganimedes es la única existencia que Zeus añora con todo su ser, por quien no importaría destruid el mundo que el mismo creó y me otorgaba un poco de alivio el sabed que ese que posee con tanto brío es algo que no puede llamarse un ser vivo. ¡¿Por qué queréis humilladme nuevamente, Athena?!
- Hera, yo…todo esto se salió de control-confesó-Fue mi culpa que la Gracia de Pérgamo se haya roto.
- Obviamente es vuestra culpa, niñata ingenua. Y también vuestra-mira a Eos-Decís que le amáis pero sois igual a Zeus, solamente prendada de su belleza y esa atracción que le fue brindada desde su nacimiento.
- ¡No pongáis palabras en mi boca, Hera!
- Y ahora, ¿qué haréis?-ignoró a la diosa del alba-Si lo que dijo Ganimedes es cierto, sin la joya, su cuerpo no podrá contened la energía divina. No pasara mucho tiempo para que Zeus se entere y sabéis lo que hará. Nos castigará y después, reclamará ese cuerpo también.
- ¿Cómo que lo reclamará?-Shion en verdad temía ante esa posibilidad.
- Le convertirá en su amante, lo entendéis, ¿verdad, Ganimedes?-le miró con una sonrisa macabra-Y ahora que os observo bien, ese rostro en el que reencarnasteis es incluso más primoroso que el vuestro. Si Zeus os contemplase se lanzaría a poseeros como un animal salvaje.
- Deteneos…-dijo tembloroso-¿por qué os alegráis de mi desdicha, Hera? Jamás pedí venid a este sitio, nunca concebí que Zeus me mirase como lo hace, ¡jamás anhele el lugad que la historia me ha brindado!
- ¡Malagradecido sois en ese caso, mancebo! ¿Acaso olvidáis quien os brindó la inmortalidad, la juventud eterna, un lugad entre las constelaciones? ¡De no ser por Zeus hubieses sido comida de gusanos y que decid de que estuvieses plantado aquí, esperado la libertad! ¡Porque eso queréis, ¿verdad?! Os hartasteis de las luchas sin sentido de Athena y deseáis regresad a vuestro cuerpo original lleno de bendiciones y mimos!
- ¿¡Qué?!-todos los presentes se concentraron en el cuerpo del francés.
- A mí no me engañáis, príncipe-dijo fehacientemente-Ese cuerpo rechaza a vuestra alma inmortal y sin esa joya falleceréis sin remedio alguno. Pero como he dicho, vuestra alma no puede pereced y sólo regresará a vuestro cuerpo original, ese que está al lado de Zeus.
- ¿Es verdad, Ganimedes?-preguntó Saori.
- Os equivocáis. No puedo regresad a ese cuerpo por habed aceptado la Gracia de Pérgamo. Si muero, vagare por el Inframundo. Ese es nuestro destino.
- No dejare que mi maestro muera, niño imbécil-Hyoga le tomó del brazo.
- No hay nada más por haced-murmuró con un deje de dolor-Kamil ha visto a través de los ojos de Héctor su propia muerte y así viajara a través de las vivencias sin orden alguno hasta que fallezcamos.
- Sois un crédulo, si no habéis muerto antes de habed pasado por todas las vidas pasadas, vuestra alma misma se verá dañada-interrumpió la reina del Olimpo-una sola existencia no soportará la carga de todas esas vivencias y desaparecerán todas esas vidas pasadas.
- ¡No! ¡Si ello ocurre perderéis vuestra esencia! ¡Ya no seréis Ganimedes ni Héctor, ni nadie! ¡Seréis un alma irreconocible!-chilló Eos.
- ¡Callaos…!-se soltó del agarre del ruso y se puso de pie, realmente molesto-¡¿Acaso os estáis escuchando?! ¡Decís que os preocupáis de nuestra existencia pero negáis ayudadnos de la única manera que necesitamos!
- ¡Nos pides ayuda para dejar morir a Camus, ¿a quién carajo se le ocurre algo así?!-gritó Milo.
- ¡¿Qué no entendisteis que está en juego algo más que la vida de Kamil, que la promesa de Héctor o mi existencia?! ¡La constelación misma que nos representa desaparecerá! ¡Y sin los 12 signos zodiacales, el poder para defended la Tierra se verá menguado! ¡¿Cómo podéis comportaros así?!
- ¡No podemos rendirnos, príncipe!
- No hay vuelta atrás, mi señora Athena-dijo seriamente.
- ¿Y cuál es el brillante plan luego de que mueras, eh niñato?-le preguntó Kannon.
- Ninguno.
- ¿Qué carajo significa eso?
- Como os he dicho, mi alma y espíritu permanecerán en el Tártaro puesto que no tendré un cuerpo y así la onceava constelación permanecerá intacta, más temo que no volveremos a portad la armadura y combatid a vuestro lado, mi diosa Athena.
- ¡¿Y llamas a eso un puto plan?!
- Nunca le llame plan, joven rubio-enfrentó al gemelo que se puso frente a él-es la solución.
- ¿No se puede crear otra joya, mi diosa?-preguntó Shion.
- Es necesario el poder de otro dios.
- ¿Y quién en su sano juicio, ayudaría?-Hera comenzó a juguetear con el abanico-La ira de Zeus no se aplacaría jamás al sabed que le hemos despojado de Ganimedes.
- ¿Y sí intentamos crear un objeto que sustituya a la joya? ¿Algo como una armadura?-comentó Hyoga.
- Sólo Hefestos tendría el talento, pero lamentablemente no es muy cercano a Hera.
- Y vos, no sois cercano a nadie en el Olimpo. Los dioses os aborrecen luego de despojar de su cuerpo a Hades-la diosa de cabellos violáceos enfureció nuevamente-Esa doble moral de tu parte me carcome el alma, niñata cínica.
- ¿Y por qué no intentarlo con una divinidad que no sea griega?
- Estáis delirando, Eos.
- No. Quizá, si imploramos a la madre amada de Troya, nos ayude.
- Si no asomó las narices mientras destruíamos su ciudad, dudo que lo haga cuando peligra la vida de un mancebo.
- No es sólo un "mancebo". ¡Es Ganimedes!
- Yo os puedo ayudar, Eos, mi benévola señora-Paris se dirigió ante la diosa del alba, tomado su mano delicadamente-Enmendare mis errores en vuestro honor.
- Yo no confío en ti, troyano. Eres tan ladino como Ulises pero con mucho menos sensatez. Seguramente algo anhelas.
- Lo mismo que vos, divina Hera-aquellas palabras hicieron que la máxima diosa le observase, tratando de comprender-El más grande tesoro de Troya, la vid que Zeus obsequio a Tros contenía cinco exquisitas joyas incrustadas, las que fueron separadas luego de la caída de la ciudad. Esas piedras resguardan el poder del mismo padre de los dioses.
- Sería similar al zafiro que tenía la tiara de la armadura de Acuario-la más joven de las diosas se alegró.
- ¡Paris, mi hermoso y venerado ángel! ¡Contáis con mi bendición!-Aurora le brindó un beso en la frente, extasiada ante las palabras del ángel.
- ¡Traidor miserable!-extrañamente, Ganimedes se exaltó al grado de increpar-¡No merecéis que os llaméis a vos mismo troyano, ser mezquino e infecundo!
- Ja, ja, ja, ja-la única divertida con la situación era la diosa reina-Nunca os había visto tan turbado, mancebo. Vaya efecto tenéis en vuestra familia, Paris. Todo mundo os detesta.
- A la realeza troyana no le agrada que sus secretos sean conocidos. Eso es todo, ¿verdad, príncipe?-el rostro jovial del ese ángel parecía relucir en antipatía.
- ¿Y quién tiene esas piedras?-cortó el incómodo momento, Shion.
- Eneas al llegar a nuevas tierras, las llevó con él. Se encuentran en un antiguo templo de la llamada Toscana Italiana-contesto Paris.
- ¡No, mi diosa! ¡No les escuchéis!-Ganimedes se hincó ante Athena al verle tan decidida-¡Os lo ruego, mi señora!
- Todo estará bien-le acarició los largos cabellos rojizos, esperando tranquilizarle-Eos, supongo que te quedarás, así que yo me haré cargo.
Ganimedes se sentó en ese frío suelo de mármol, totalmente derrotado. Igual que aquella vez que fue raptado de su tierra natal y Zeus decidió su destino, se rindió ante la corriente…
- Mi diosa, ¿por qué no me escucháis...?
CONTINUARA...
