Capítulo XI
Mi propia cruz
Mi teléfono no había dejado de sonar y yo no tenía pensado responderlo, al menos no aún, así que lo puse en modo silencio luego de la llamada número seis.
Apoyé la cabeza en le respaldo del asiento del tren y me abracé a mí misma, había dejado mi chaqueta en casa de InuYasha. Había subido al último tren que salía hacia Nagato y sabía que eso significaba llegar de madrugada, pero aquella era la menor de mis preocupaciones, ya me las arreglaría. Ahora misma estaba convertida en una caja llena de sentimientos, que alguien había cerrado y tenido la genial idea de agitar, revolviendo todo dentro.
Me sentí como si hubiera ido en busca de algo, mi tranquilidad y había vuelto llena de incertidumbre. Solo recordar los instantes vívidos con InuYasha lograba que se me erizara la piel.
¿Lo amaba?
No sabía cómo responder a esa pregunta, de algún modo lo quería, pero cuanto de ese cariño era el que le podía tener a un amigo de toda la vida.
Mi teléfono volvió a vibrar y lo saqué del bolso, era InuYasha por enésima vez, me mordí el labio, no me sentía capaz de responder, había salido de su departamento casi huyendo. El insistía en que me había hecho dañó y yo no estaba segura de si era así, solo sabía que me había entregado a la pasión, a aquella pasión que tantas veces había plasmado en mis cartas y en mis sueños.
! Habíamos hecho el amor ¡
Suspiré con angustia. Sabía que él me había amado, he había desatado su pasión y sus sentimientos, pero yo - me dolía el pecho de solo pensarlo – yo le había hecho el amor a Sesshomaru, había permitido que mis fantasías creadas durante años, se apoderaran de mi consciencia y se volvieran reales en los brazos de InuYasha. Me entregué a él envuelta en un espejismo.
Y me sentía tan enormemente culpable por eso.
- Pobre InuYasha – susurré
Se me llenaron los ojos de lagrimas, no se merecía lo le estaba haciendo. Yo que me había sentido ofendida y maltratada por él, con lo sucedido con las cartas, ahora sentía que era algo ínfimo comparado con lo que yo le había hecho, hacia solo unas horas.
El trayecto se me hizo larguísimo, intenté dormir, pero me resultó imposible, cada vez que cerraba los ojos las sensaciones me invadían y volvía a sentir las caricias y los besos. Intentaba aclararme y aceptar que todo había sucedido con InuYasha, pero no lo lograba, me negaba a aceptarlo en realidad, durante seis años, este momento siempre lo soñé, lo escenifiqué con Sesshomaru.
La voz del conductor anunció la llegada a la estación de trenes de Nagato. Eran casi las cinco de la madrugada y mi móvil había dejado de recibir llamadas algunas horas antes. Miré fuera de la estación y no había demasiada gente, solo los escasos pasajeros que salimos del tren. Cuando llegaba desde Kioto, acostumbraba a ir caminando hasta casa, pero esta vez me subiría a un taxi.
Antes llamé a Sango.
- Sango - dije cuando ella respondió con voz somnolienta – soy Kagome.
- ¿Kagome? – la escuché algo más despierta, quizás mi llamada la había asustado - ¿qué pasa, ¿qué hora es?
- Tranquila, estoy bien – me apresuré a aclarar antes que todo - ¿puedo ir a tu casa? – pregunté con cierta timidez
- Claro – me respondió afectuosa - ¿seguro estás bien? – volvió a preguntar
- De salud, sí – le dije con una sonrisa cansad que esperaba escuchará y entendiera.
- Ven, te prepararé un té – me alentó. Sango tenía esa facultad, era capaz de animarme a pesar de las circunstancias.
Cuando llegué hasta la puerta de su casa, ella abrió ante que tocara, envuelta en una bata y con su largo cabello en una trenza.
- Pasa – me dijo, recibiendo mi bolso – siéntate – iré por el té.
Asentí con agradecimiento y me acomodé en el sillón, miré mi teléfono móvil que había vuelto a vibrar en mi mano.
"Mensaje nuevo"
Con lo que concluí que en total llevaba veintitrés llamadas y seis mensajes de texto de InuYasha. Suspiré y me mordí el labio. Comencé a leer los mensajes.
"No quería hacerte daño, siento mucho si te lo he hecho de alguna manera, por favor, tenemos que hablar, dime la hora y el lugar y estaré ahí. Lo siento mucho Kagome."
"Por favor, solo quiero que hablemos un momento, necesito saber que estás bien"
"Kagome… sé que me he portado muy mal contigo, pero lo que sucedió entre nosotros fue real, lo vivimos. Por favor responde a mis llamadas"
"Ya han pasado más de cinco horas desde que te fuiste y no sé nada de ti."
"Sólo dime si estás bien"
Sentí tanta tristeza por sus palabras, su súplica me hizo estallar en lágrimas, volví a leer el último mensaje y con los ojos nublados por el llanto, decidí responder.
"Estoy en Nagato, no te preocupes por mí, ya hablaremos"
No me atreví a escribir nada más, no podía decirle como me sentía, no quería hacer su herida aún más grande, le di al botón de enviar y me quedé con el móvil en la mano.
- Aquí está el té - dijo Sango, acercándose y poniendo una bandeja con dos tazas sobre la mesita, luego me miró - ¿qué ha pasado? – volvió a sonar alarmada.
- Nada, estoy bien – respondí con algo de molestia, no con ella, con la situación en la que me había metido, me sequé los ojos.
- Cómo nada, estás llorando – se sentó junto a mí
- Era un mensaje de InuYasha – le respondí acariciando el móvil – quería saber si estaba bien – nuevamente se me cayeron algunas lágrimas
- ¿InuYasha? – Preguntó Sango, algo desconcertada – pero… por qué.
- Fui a verlo a Kioto – le confesé – fui a hablar con él- seguía llorando, cada vez más y casi no podía hablar, estaba hipando – quería… aclarar todo… esto… quería decirle que no… le guardaba rencor…
- ¿Pero? – Preguntó Sango, no era difícil adivinar que algo no había ido bien.
Me quedé en silencio un momento, y me sequé nuevamente las lágrimas, pero esta vez como si quisiera arrancármelas con el dorso de la mano, me sentía tan molesta, tan inútil, tan despiadada y tan inconsciente.
- Pero… - la miré sin encontrar el valor de terminar la frase
- ¿Pero? – me insistió ella con toda calma. Como podía estar tranquila, yo tenía los nervios destrozados.
La miré fijamente y me infundí fuerzas, si no podía decírselo a Sango, me moriría de angustia.
- Terminamos haciendo el amor – le dije casi mordiendo las palabras, decir aquello en voz alta, me dolía, me desgarraba por dentro.
Sango no dijo nada, esperé a que hablara, pero se quedó en silencio y entonces la miré, quizás buscaba que ella me dijera lo mal que había hecho. Pero como no respondía me comencé a desesperar, ¿es que no iba a reñirme?
- ¿Qué?... ¿no me dirás anda? – la increpé - ¿no me dirás que soy una irresponsable y una loca?
- Es que no me sorprende – me dijo con toda tranquilidad – era lógico, después de seis años de espera.
Abría los ojos pasmada.
- ¡Pero yo no lo esperaba a él! – contuve a duras penas un grito, poniéndome de pie exaltada mientras comenzaba a caminar por la sala – esperaba a Sesshomaru
Sango no dejaba de mirarme y movió la cabeza negativamente.
- ¿No ves que es a InuYasha a quién amas? – me preguntó sin dejar su actitud calma.
Algo me ardía en el pecho, es que ella no podía entender que durante años alimente mi amor por Sesshomaru, que en mis sueños y mis anhelos no había nadie más.
- Sango – me arrodillé ante ella y cerré los ojos por un segundo, me dolía tanto mi propia falta, le había faltado a Sesshomaru, le había faltado a InuYasha al no ser capaz de recibir su amor y me había faltado a mí misma. Las palabras salieron de mí quemándome la garganta e inundándome nuevamente los ojos – me entregué a InuYasha… - volvía a hacer una pausa, ahora mirando sus maternales ojos - … pero en todo momento, Sesshomaru estuvo en mi mente y en mi corazón – le confesé tristemente.
Sango puso sus manos sobre las mías que se apoyaban en sus piernas y me sonrió acongojada, comprendiendo mi tristeza.
- Kagome, Kagome – me abrazó, se quedó en silencio un instante y luego me preguntó ¿al menos usaron protección?
¡Maldición!. Me lo tenía que recordar.
Negué con la cabeza, hundiéndome más en su abrazo. La escuché suspirar.
- Ustedes dos me traen por el camino de la amargura.
Me reí en medio del abrazo y la tragedia, pensando que nada peor podía pasar. Aunque quizás, no debería tentar con tanta facilidad a mi suerte.
Aquel sábado se me hizo tan extraño. Creo que incluso mi madre me miró con cierta suspicacia cuando llegué, supuestamente desde Kioto después de medio día. Tenía los ojos aún algo irritados de haber estado llorando en casa de Sango, pero yo se lo atribuí a mi supuesto viaje matinal desde Kioto y al cansancio. Me quedé el resto del día en mi habitación y el siguiente también, pero el lunes, el lunes ya era otra historia, no pude seguir sumergiéndome en mi miseria, era mi primer día de trabajo.
Mientras iba por el grupo de turistas, que sería el primero al cual guiaría, pensaba en lo fácil que había sido la vida para las heroínas de las novelas románticas que había leído, ellas eran todas tan impecables, no caían en las garras de sus pasiones con tanta facilidad y ninguna se había acostado con el hermano del hombre de sus sueños. Me corregí a mí misma, de alguna manera Aimé si lo había hecho… más o menos.
Recordar ese libro, me causó dolor de estómago, por una parte me entraron unas ganas enormes de volver a leerle, pero el solo pensar que había sido un regalo de InuYasha, me hacía apartar ese deseo hasta casi olvidarlo. Además, él no había vuelto a enviarme ningún mensaje desde mi respuesta. Por alguna razón eso me molestaba, después de todo no estaría tan preocupado por mí como me hizo pensar, esas primeras horas, ya que de ser así, habrá insistido un poco más ¿no?
- Buenos días – dije en mi mejor inglés, al grupo de personas que sonreían y tomaban fotografías, unos cuantos flashes me hicieron parpadear y sentirme por un momento como una estrella de cine.
Durante ese primer día, atendí a dos grupos y asistí, como acompañante, a dos más. Estaba cansada y me dolían los pies, me bajé del autobús y caminé las calles que faltaban hasta mi casa. Cuando pasé por la calles en la que vivía Sesshomaru, me detuve solo un instante. No lo había visto desde antes de ir a Kioto, aunque habíamos cruzado un par de llamadas. Me mordí el labio, alguna vez tendría que enfrentarlo, me quedé un momento más deliberando en mi cabeza las diversas posibilidades, una de ellas era terminar definitivamente con este compromiso, pero me dolió el corazón de solo pensarlo. Creo que incluso hice una mueca ante el deseo de llorar. Finalmente me decidí a ir a su casa, aún no era momento de decidir nada en realidad.
Cuando toqué el timbre, el corazón me golpeaba dentro del pecho, me sentía con tanto miedo a enfrentar sus ojos dorados, pensaba que quizás sería capaz de leer en los míos el engaño. Se abrió la puerta y apareció Myoga.
- Hola señorita Kagome – me saludó cordialmente.
- Hola – respondí a su saludo con la misma amabilidad - ¿se encontrará Sesshomaru? – tuve la sensación que la voz me había temblado, pero Myoga no pareció notarlo, o al menos tuvo la deferencia de no mostrarlo.
- El aún no llega – me informó.
- Ya… - titubeé, creo que me sentí aliviada por no encontrarlo, ya que no me había dado cuenta de lo tensa que estaba, hasta que me relajé - ¿podría decirle que he venido? – pregunté
- Por supuesto, le avisaré – me sonrió amablemente.
- Gracias.
Me fui de ahí, pero antes de llegar al final de aquella calle, me encontré con Sesshomaru. Lo vi acercarse y una vez que lo tuve enfrente me sonrió ligeramente, yo no pude mirarlo a los ojos de inmediato, tuve que tomarme un momento antes de atreverme.
- Kagome… - escuché mi nombre y no pude evitar tensarme, hacía solo un par de meses, me parecía el sonido más hermoso que podía escuchar - ¿qué tal este primer día? – me preguntó, mientras apoyaba una manos sobre mi hombro.
- Bien…- dije sin mucha seguridad y entonces lo miré a los ojos un segundo, no pude detenerme en su mirada, di un rodeo observando el paisaje tras él y luego me armé de valor para obligarme a mirarlo fijamente.
Entonces sus ojos dorados se enfocaron en mí, me miraron con delicadeza, la que Sesshomaru siempre tenía conmigo, ese respeto y afecto que me hacían pensar que sería un esposo amable y comprensivo, pero no hubo nada en su mirada que me hiciera ver que sospechaba alfo de lo que ahora mismo me torturaba.
- Estarás cansada – aseguró.
- Un poco – asentí y dejé e mirarlo con cierta desilusión, él no lograba ver dentro de mí. Tomó mi mentón con sus dedos y guió mi rostro para poder besarme.
Fue un beso suave, cálido, sin apasionamientos.
- Ve a casa, toma un baño. Yo iré a verte en un momento – me ofreció sin soltar mi mentón.
- Bien – dije y sonreí suavemente, por alguna razón no sentía ya su beso, no había dejado ninguna huella en mis labios, no me quemaba ni me erizaba la piel como… como debería – te esperaré.
Generalmente las visitas de Sesshomaru, eran tan familiares, que terminábamos todos en casa, sentados en la sala, hablando de una serie de cosas, como las familias hacían, solo que los novios suelen querer pasar tiempo a solas, pero este no era el caso, además yo no sentía esa inclinación, al menos no en este momento. Este día en particular, me dormí de cansancio en el sillón. Cuando me desperté ligeramente, iba subiendo las escaleras en brazos de InuYasha, el corazón casi se me salió por la boca. Abrí los ojos casi con espanto y pestañeé un par de veces, antes de darme cuenta que era Sesshomaru quién me llevaba.
- No te asustes – me dijo sonriendo – solo voy a dejarte en tu cuarto, no pienso quedarme.
Me pareció un comentario un tanto alegre, con cierta picardía que no le había notado antes y me sentí extraña.
Me bajó de sus brazos en cuanto terminamos de subir la escalera.
- Bueno…- dijo – yo te dejo aquí… ¿podrás llegar a tu habitación sin dormirte? – seguía sonriendo.
- Sí, gracias – le respondí desconcertada. Sentí sus manos en mi cintura, ya que estaba un escalón más abajo que yo y entonces me besó con algo más de intensidad que otras veces.
Ahora que lo razonaba, en medio del beso, habíamos tenido besos apasionados, pero siempe era yo la que iniciaba aquello y de eso ya un tiempo, luego de saber que él no me había dedicado ni una sola de las palabras románticas que había en las cartas que creía suyas, una especie de timidez me había embargado. Pero ahora me estaba besando de un modo diferente, casi hundiendo sus dedos en mi cintura, como si buscara algo, quizás algún sentimiento, lo que no sabía era si buscaba algo en mí, o en él.
- Buenas noches – me dijo con la voz enronquecida.
- Buenas noches – le dije yo.
Cuando entré en mi habitación, tomé mi móvil que estaba sobre la mesa de noche. No había mensajes, sin embargo sí había una llamada perdida. Me sentí invadida por la inquietud y hasta creo que sentí que me revoloteaban algunas mariposas en el estómago, quise mirar el número y pude ver que se trataba de Sango.
Suspiré.
Volví a dejar el teléfono sobre la mesa y me cambié. Miré la caja con las cartas dentro del armario, pero cerré la puerta antes de sentirme tentada a leerlas, quizás debería quemarlas y olvidarme para siempre de esa historia. Una punzada me molestó en el pecho, me costaba deshacerme de ellas, de momento, mientras no abriera la caja, no me harían daño si seguían ahí.
Me metí a la cama y apagué la luz. Creí que me dormiría de inmediato, pero no fue así, escuché a mis padres pasear fuera de mi habitación antes de irse a la cama e incluso a Souta con su vaso de leche, el que solía llevar a la cama antes de acostarse.
Cuando todo estuvo en silencio y después de muchas vueltas en la cama y de muchas imágenes en las que se mezclaban recuerdos de Sesshomaru y de InuYasha en mi cabeza. Abrí los ojos y vislumbre mi teléfono sobre la mesilla. Me mordí el labio mientras extendía la mano para alcanzarlo y marqué.
- Hola… - dije casi susurrando, la voz no me salía clara de lo fuerte que me latía el corazón.
- Hola… - me respondió, creo que me dolió no notar más expectación en su voz. Me quedé en silencio esperando a que hablara, fue tan extraño que incluso pensé en que quizás me había equivocado de número - ¿InuYasha? – le pregunté.
- Sí… - respondió – espera – me dijo y noté como tapaba parcialmente el teléfono, para que yo no escuchara. Se me apretó aún más el nudo que se me había formado en el estómago – perdona… ¿cómo estás?...
Su pregunta me resultó tan corriente.
- Bien – así que le di una respuesta corriente.
- Ya… espera – me volvió a pedir, pero esta vez no cubrió el auricular – Atiendo esta llamada y voy enseguida Kikyo - ¿Kikyo?... quién era Kikyo – ya…
- Igual te estoy molestando – le interrumpí en cuanto supe que me estaba escuchando. Una fuerte presión me estaba estrujando el pecho y respiraba agitada, estaba furiosa.
- No, no… es que estoy en el trabajo – me aclaró, pero mi molestia no se pasó.
- ¿A las once de la noche? – le pregunté con algo de sarcasmo.
- Sí… - me dijo con cautela, como si le sorprendiera el tono de mi voz.
Hice una pequeña pausa, él esperó a que yo hablara.
- Bueno, solo quería que supieras que estoy muy bien – le dije, acentuando en "muy bien", deseando que supiera que no me hacía falta.
- Tengo pensado ir este fin de semana a casa – me anunció y el pechó casi se me colapsa.
- ¿Para qué? – pregunté alarmada.
El no hablo de inmediato. Pero cuando lo hizo su voz era algo más dura.
- Tengo asuntos pendientes – dijo sin más, para agregar – tengo que dejarte, me necesitan aquí.
- Bien – acepté y sentí pena por dejar de escucharlo - quizás nos veamos… - agregué, con una extraña sensación de esperanza.
- Quizás – dijo sin más – que sigas bien – añadió finalmente, antes de colgar.
Me quedé con el teléfono en la mano. ¿Quién sería esa Kikyo?
Continuará…
Bueno, tengo la sensación que Kagome no puede abrir los ojos con tanta facilidad, se ha mantenido durante mucho tiempo refugiada en su ilusión adolescente y por lo mismo no ha madurado del mismo modo que otras chicas de su edad. Lo hará, claro, pero tiene un proceso que pasar.
Sesshomaru se muestra más afectivo con ella y a ver como sale eso. Inu por su parte se siente herido por la distancia de Kagome, pero ya leeremos su versión de estos días posteriores.
Muchas gracias por seguir leyendo, espero que el capi les gustara y que me dejen sus mensajitos.
Siempre en amor.
Anyara
