Capítulo XI.
De cómo Zelda recuerda un detalle que acabará suponiendo su perdición
Poco a poco, la situación iba volviendo a la normalidad. Las noticias en el castillo se propagaban a una velocidad asombrosa, y como consecuencia de ello, los desafortunados eventos de aquella noche habían tenido a todo el personal de servicio en vilo. Por suerte, todo había terminado. La estancia estaba destrozada. Había cristales esparcidos por la cama y el suelo, y restos de madera procedentes de la puerta y de la cómoda que la había bloqueado. Aquella preciosa habitación ya no era acogedora.
La princesa Zelda estaba sentada al borde de la cama, encogida y con la cabeza agachada, incapaz de hacer otra cosa que reproducir una y otra vez en su cabeza su fatídico incidente con lord Aiden, y cómo, por unos momentos, había estado dispuesta a quitarse la vida. Aún seguía sumida en la pesadilla que había tenido que experimentar minutos atrás. Estaba muy asustada y agotada, tanto física como mentalmente, y tenía algunos moretones en la cara y en el cuerpo. Sin duda, haber tenido que fingir valentía delante de aquel hombre, cuando en realidad estaba pasando verdadero pavor, había sido lo más difícil. Algo en su cerebro despertó y le instó a tomar el control de sus pensamientos. Después de todo, seguir pensando en aquello solo conseguiría, literalmente, destrozarla por completo, así que se esforzó por creer que ya había pasado lo peor y que aquel hombre no podría atormentarla más. Al fin y al cabo, la pena por un delito como aquel era la muerte.
A una distancia suficientemente prudente, se encontraba Link, de pie, haciendo como que observaba la estancia, pues con la tenue luz que había, pocos detalles podía discernir. En realidad estaba evitando por todos los medios mirar a la princesa, y desconocía por qué. Supuso que no deseaba incomodarla. En cualquier caso, al final acabó mirándola. Jamás había visto a alguien tan desconsolado, y sin embargo, no estaba llorando. El guardián pensó que, seguramente, ni siquiera sería capaz de dejar correr las lágrimas. Una sensación de rabia le recorría todo el cuerpo en aquel momento. No entendía cómo alguien podía ser tan cruel como para hacerle algo así a otra persona, y no creía poder llegar a entenderlo.
—Princesa, yo… esto… —balbuceó Link, en un inútil intento por hacerla sentir mejor. Zelda le miró, expectante, sin decir nada—. ¿Puedo sentarme? —preguntó, tímidamente señalando a la cama. La princesa asintió.
Cuando se hubo sentado, continuó:
—No… creo que haya nada que pueda hacer o decir para que os sintáis mejor… pero si lo hubiera, pues… solo tenéis que pedírmelo… —Hizo una pausa—. Disculpad, creo que os vendría mejor estar sola —añadió el joven, al ver que ella no respondía.
Se levantó y, para su sorpresa, notó que la princesa le estaba tirando tímidamente de la ropa. Link interpretó esto como una señal de que Zelda no quería que se fuera, y se volvió a sentar. Suavemente, puso una mano sobre el hombro del chico; y acto seguido, apoyó la cabeza, lo cual provocó que Link se ruborizara y se pusiera nervioso. Ninguno de los dos dijo nada. Ella, ante la calidez que le brindaba el hombro de su compañero, dejó de pensar en lord Aiden, y simplemente puso la mente en blanco. Por la cabeza del guardián, sin embargo, pasaban miles de pensamientos a una velocidad de vértigo. Jamás hubiese imaginado que compartiría un momento tan íntimo con la princesa, y una vez más, le enfurecía enormemente que se hubiese dado bajo tales circunstancias. Y más aún, desconocía si aquello tenía algún significado, si a partir de ese momento su relación iba a ser diferente, o si incluso la princesa había comenzado a albergar sentimientos por él. Pero Link ya tenía experiencia en tratar con este tema, así que sencillamente, dejó de martirizarse con preguntas cuya respuesta quedaba fuera de su alcance.
—G-Guardián. —Incorporándose, Zelda rompió el silencio al cabo de unos pocos minutos.
—¿Sí?
En vista de lo pobre e insegura que había sonado su voz, la princesa se aclaró la garganta.
—Quisiera daros las gracias por todo lo que habéis hecho por mí. No teníais por qué hacerlo.
—No hay por qué darlas.
—No solo me refiero a… los acontecimientos de esta noche.
—Igualmente, no ha sido nada.
—Pero no esperéis que vaya a ser blanda con vos solo por esto —dijo Zelda, con la guardia alta. No iba a permitir que nadie se aprovechara de ella, ahora que estaba más débil.
—Jamás se me ocurriría pensar eso de vos, Princesa —respondió Link, con sinceridad—. No os preocupéis, no tengo intención de pedir vuestra mano como compensación por haberos salvado. Intentad descansar. Mañana será otro día.
—Así lo haré. Vos también deberíais descansar.
Link se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta. Justo en ese momento apareció Impa, con varias criadas. Una de ellas acompañó al guardián a su nuevo aposento, mientras que el resto, junto con Impa, condujeron a la princesa hacia su dormitorio temporal. Una vez allí, la acomodaron en la cama y le aplicaron un ungüento para los moretones. Cuando se hubieron ido, Impa se sentó junto a la princesa, al borde de su cama.
—¿Seguro que estás bien, Zelda?
—Ahora mismo no del todo, Impa. Pero lo estaré —respondió la princesa, esbozando una débil sonrisa.
—Cuánto lo siento… Debería haber tenido más cuidado.
—Impa, no ha sido culpa tuya. Ya está, ¿vale? No te martirices.
—Te juro que ese bastardo me las pagará.
—¡Impa!
—Perdona, Zelda…
—Por favor, no te preocupes más, ¿vale? Le condenarán a muerte por lo que ha hecho. Ni siquiera tendrás que mancharte las manos.
—Tienes razón. Pero es difícil no pensarlo…
—Impa, mírame. Estoy… —dudó, buscando la palabra exacta— aquí, ¿vale? Estoy viva. No tengo heridas graves, y no me ha puesto la mano encima. Él ha salido peor parado que yo. Y me recuperaré. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, Zelda. Lo único que importa es que estés bien. Te dejaré descansar.
—Impa…
—¿Sí?
—Quédate un rato más, por favor.
Impa sonrió, y le acarició la frente a la princesa.
Un par de rayos de luz se colaron en la habitación de Zelda, informándola de que un nuevo día comenzaba. Se levantó, con buen ánimo, tratando de abandonar todo pensamiento relacionado con la noche anterior. Evidentemente, fracasó. Pero era normal que así fuese la primera vez, y ella era consciente de eso. No se le había pasado por la cabeza rendirse, en cualquier caso, así que lo volvió a intentar. En algún momento, aquellos recuerdos dejarían de aterrarla. Tal vez no fuese hoy, ni mañana, pero estaba decidida a ver ese día llegar. Con aquella idea bien presente en la cabeza, se levantó, con buena actitud de cara al día que ahora comenzaba.
Como era habitual, un pequeño grupo de criadas vistió y adecentó a la princesa, teniendo particular cuidado en tapar con maquillaje los cardenales de su rostro. Por alguna razón, verse a sí misma en el espejo le dio ánimos. No tenía tan mal aspecto como ella pensaba. De hecho, no tenía mal aspecto en absoluto. Su fiel consejera, Impa, había llegado justo cuando Zelda se disponía a salir.
—Buenos días, Zelda. ¿Cómo has dormido?
—Bueno… He pasado noches mejores. Pero estoy bien. Por nada del mundo querría quedarme encerrada en una habitación el resto del día.
—Sabía que dirías algo así —dijo Impa, contenta ante la actitud de la princesa.
Sin más dilación, ambas pusieron rumbo hacia la sala del trono.
—A propósito, Impa. Hay algo que quería comentarte.
—Soy toda oídos.
—He estado dándole vueltas al asunto, y creo que sería una buena idea que el Consejo de Sabios se renovara cada cierto tiempo. ¿Tú qué opinas?
—Pues ahora que lo dices, me parece una gran idea.
—Cada dos años está bien, creo yo. Espero que eso aumente la calidad y cantidad de los consejos. A veces tengo la sensación de que estamos pagando a doce ancianos para que las butacas no se queden vacías y para que me miren la cara. O lo que sea que me miren.
Impa rió ante ese comentario, pero había algo que le preocupaba, y no dudó en hacérselo saber a la princesa.
—Zelda… ¿estás segura de que estás bien? Puedo ocuparme yo del tema del acertijo si quieres.
—No hace falta, de verdad. ¿Por qué lo dices?
—Es que… te noto demasiado normal. No quiero que finjas estar bien. Es normal que necesites unos días de descanso.
La princesa se detuvo, y miró a Impa a los ojos.
—Impa, no estoy del todo bien. ¿Cómo podría estarlo? Anoche… anoche casi me tiro por el balcón de mi propia habitación para evitar que aquel hombre me… me violara. —Impa se estremeció ante la crudeza de sus palabras, pero era tal y como lo estaba contando—. Y si no hubiese sido por el Guardián, quién sabe lo que hubiese ocurrido. Pero, ¿qué otra cosa puedo hacer? No quiero esconderme. No quiero tener miedo. Quiero seguir adelante, Impa. Y creo que esta es la mejor forma de hacerlo —explicó ella, casi con el corazón en un puño.
—Zelda, eres muy valiente.
—Bueno, gracias. ¿Vamos? No quiero hacer esperar al Guardián.
Ambas mujeres retomaron la marcha.
—Hay algo que quiero preguntarte, Zelda.
—Dime, qué es.
—He notado que siempre que hablas del pretendiente, te refieres a él como "el Guardián". ¿No conoces su nombre?
—Pues… ahora que lo dices, no. No me lo dijo. —Habían pasado tantas cosas en medio que no parecía que hubiese sido hace tan solo dos días cuando el joven de verde se negó a decirle su nombre en los jardines del castillo, o cuando perdió aquella apuesta en el campo de tiro con arco.
—Es curioso —apuntó Impa, pensativa.
—¿Tú sabes cómo se llama?
—¿Yo? ¿Y yo por qué iba a saberlo?
—No lo sé, a lo mejor te lo había dicho.
Cuando llegaron a la sala del trono, se les informó de que el mencionado joven se encontraba esperando fuera, y pidieron que se le dejara pasar.
—Buenos días, Princesa. Tenéis buen aspecto —saludó Link, después de haber entrado.
—Buenos días a vos también, Guardián. Debo felicitaros por haber resuelto dos acertijos. Este será el último. Escuchad con atención.
La princesa hizo una pausa, y retomó su parlamento:
—Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, un lejano príncipe regaló a su amada princesa una caja de música, como prueba de su inestimable amor por ella. Aquella caja contaba con un compartimento para guardar objetos. Se rumoreaba que dicha caja de música debía de ser obra de las mismísimas Diosas, pues en su interior podía conservar objetos de cualquier tamaño y longitud. Sin embargo, era la propia caja la que decidía qué cabía o no en ella. Cabían los vestidos, pero no las armaduras ni las capas; sí los reinos, y no los castillos. Cabían los mitos, pero no las leyendas, ni tampoco las rosas ni las orquídeas, pero sí las adelfas. Cabía el sol, pero no la luna; las lágrimas, pero no las sonrisas; y sí los siervos, pero no los amos. ¿Seríais vos capaz de descifrar cuál es la regla que determina qué objetos caben en la caja de música, y cuáles no?
Cuando la princesa hubo terminado, Link tragó saliva. Ese acertijo era difícil. No esperaba que fuese algo sencillo, pero sin duda podía estar dándole vueltas a aquello durante días, sin éxito. Y sólo tenía de tiempo hasta el anochecer. Zelda, que estaba atenta en todo momento a los gestos de su pretendiente, había notado su reacción, y esbozó una ligera sonrisa. Al final, parecía que todo saldría a su gusto. Se levantó del trono y le dijo:
—Que tengáis suerte, Guardián.
Después de todo, la iba a necesitar.
[NdA] Y aquí llega el tercer acertijo, lo cual quiere decir que ya va faltando menos para el final...
Quería comentar algo acerca de los títulos de cada capítulo. Todos ellos corresponden a momentos que ocurren en ese capítulo, pero algunos están más escondidos que otros. ¿Os animáis a decir a qué momento hace referencia cada capítulo?
Muchas gracias, una vez más, a todos los que seguís la historia y también a los que la habéis agregado a favoritos.
Pala: me alegro mucho de que disfrutaras tanto, y gracias por tus palabras. Espero que sigas leyendo~
Vainyl-chan: la verdad es que no quería que Zelda fuera la típica princesa que no supiera defenderse por sí misma (o al menos intentarlo). No me pega de ella. Me alegro de que te gustara al final~
