Capítulo 10; Alastair
Hace mucho, mucho tiempo, en el lejano reino de Lishdastar...
Un joven Alastair avanzaba, medio pesaroso, medio emocionado, por los largos pasillos del mahala, el palacio en el que vivía la familia real, en Leëish, la capital de Lishdastar. A diferencia de las construcciones del resto de la ciudad, el palacio contaba con suelos de mármol y preciosas escenas de azulejo en las paredes. El gigantesco edificio contaba con millares de lujos, que estaban sutilmente colocados para demostrar ostentación sin cargar el ambiente. Era algo relacionado con el feng shui, o algo así. Al joven príncipe no le interesaban esas cosas.
Tenía otros asuntos de los que preocuparse.
Hoy se celebraba el solsticio de invierno y, además, era su cumpleaños. No hubiera importado mucho si no fuera porque aquél no sería un cumpleaños normal, en el que su padre se encerraría en su despacho y Alastair se arrepentiría de algo de lo que no era culpable. No, este año no sería tan sencillo.
Cumplía trece años. Para muchos niños de la plebe cumplir trece años significaba empezar a trabajar en las plantaciones de té o amontonando cajas en el puerto, pero
Alastair no era un pobre campesino, aunque en ese momento le hubiera gustado serlo. Era el primogénito del mismísimo rey Mahendra, primero de su nombre, lo que a él le confería el cargo de príncipe heredero.
Según la tradición, a los trece años un varón abandonaba la infancia y entraba en la fase adulta. Y según la misma tradición, en el caso del hijo del rey esto era motivo de celebración. Al anochecer , coincidiendo con la hora en la que había nacido, se celebraba un gran banquete, acompañado de toda una noche de baile y fiesta. Sin embargo, antes de que pudieran empezar los festejos Alastair debía aprobar el Ātmā kī parīkṣā, el examen del alma.
El joven príncipe no sabía nada acerca de en qué consistía el extraño ritual. Según la única información que había logrado obtener, gracias al escueto comentario del decimonoveno sirviente al que había preguntado sobre el tema , debía "superar una especie de pruebas que determinarán su valía". Había preguntado a todas las personas con las que se había cruzado y todas ellas se habían dedicado a ofrecerle una reverencia respetuosa y a responder que no sabían nada.
La única persona que podría darle una respuesta sólida era la única persona con la que no quería hablar: su padre. Como rey, él mismo había tenido que pasar por el ritual y sabría en qué consistía pero Alastair no se atrevía a dirigirle la palabra. Probablemente le cerraría la puerta en las narices sólo con verlo.
Nunca había llegado a comprender por qué su padre sentía tanto rechazo por él. Todo empezó, precisamente, hacía trece años, el día en que nació. Pero nada de esto tendría sentido sin explicar qué ocurrió antes.
El rey Mahendra ascendió al trono a la edad de veinticinco años, después de la abdicación de su anciano padre, abuelo Alastair que nunca llegó a conocer. Se casó un año después con la hermosa primogénita de un rico rey árabe, ocho años menor que él. A pesar de la diferencia de edad, su padre le cautivado su belleza y a ella, su inteligencia. Estaban locamente enamorados y eran muy felices juntos. Los problemas ocurrieron cuando trataron de tener hijos. La primera vez que la reina quedó embarazada, todo el mundo se alegró. Por las calles no se hablaba de otra cosa que no fuera sobre cuál sería el nombre del bebé, si sería niño o niña... Hasta el rey, eufórico, hizo una fiesta en honor al no nacido. Pero dos meses después de la feliz noticia, la reina perdió el hijo.
Fue un golpe duro para la familia real, pero no se dieron por vencidos. Unos meses después, la reina volvía a estar encinta pero, por precaución, se evitaron las excesivas celebraciones. A pesar de que las precauciones este segundo embarazo tampoco salió bien y hubo otro aborto.
No fue hasta la tercera vez que consiguieron seguir adelante con el embarazo, pero pareciera que los dioses no querían dar buena fortuna a la familia real, pues en el parto sí hubo complicaciones. La comadrona estuvo una incansable jornada asistiendo el alumbramiento, acompañada de dos médicos expertos que consiguieron salvar la vida del bebé, pero no pudieron hacer nada por la de la joven madre. Al enterarse el rey, que estaba ya entrando en la treintena, se encerró durante nada más y nada menos que una semana en sus aposentos. Los intentos de los sirvientes por hacerlo salir fueron en vano, pues nada parecía importarle ya: ni el futuro del reino que gobernaba, ni el destino de su hijo recién nacido y, ni siquiera, su propia vida. Cada día la cocinera llevaba un plato de comida que dejaba junto a la puerta y que, al anochecer, seguía lleno y frío.
Pero pasados siete días con sus noches el rey por fin salió de su reclusión voluntaria. A pesar de que volvió a sus quehaceres como si no hubiera ocurrido nada, los demás no podían fingir que no veían lo que tenían delante de los ojos. El rey había perdido la afabilidad y la simpatía que antes lo caracterizaban, haciendo de él un hombre sobrio y serio, desganado.
Y, mientras tanto, un bebé todavía sin nombre quedaba en un tercer plano. Su padre se había olvidado completamente de él y había quedado a cargo de la nodriza. Ésta, que era extranjera en el reino de Lishdastar, apodó al recién nacido Alastair, pues su progenitor ni siquiera osaba cogerlo en brazos.
Desde entonces quiénes se ocuparon del cuidado y la educación del niño fueron responsabilidad de nodrizas y niñeras, que cuidaron atentamente de él durante su más tierna infancia. Pero tampoco las cosas salieron bien esta vez.
Alastair tenía cinco años cuando ocurrió el accidente. Estaba jugando en la sala de estar, con dos de sus niñeras cuidando de él. Nadie sabe exactamente qué ocurrió, el príncipe era demasiado pequeño y no recordaba nada, y las dos mujeres que cuidaban de él se negaron a decir nada después de eso.
Sólo se sabe que hubo gritos. Alguien, una criada probablemente, oyó como las niñeras se peleaban. O, como mínimo, discutían a voces. El pequeño príncipe, testigo del enfrentamiento, se asustó. Y cuando salieron, ambas mujeres tenían las manos y los brazos quemados, literalmente. En algunas zonas sólo tenían rojez o ampollas, pero en otras, la carne estaba calcinada.
Empezaron a correr los rumores. El más lógico era que las niñeras se habían peleado y, mientras se empujaban, una había caído sobre el brasero, arrastrando consigo a la otra. Pero, evidentemente, esta teoría no se acercaba en lo más mínimo a la realidad.
Pasado un tiempo, el príncipe empezó a darse cuenta de muchas cosas. Por ejemplo, que parecía que todo el mundo lo evitaba o, como mínimo, intentaba tener el menor contacto con él. Su padre, las niñeras, los profesores... Todos parecían tenerle fobia.
Así que se refugió en lo único que no podía apartarlo: los libros. Afortunadamente, el palacio real tenía una biblioteca privada en la que se guardaban millones de tomos y por cuyos pasillos a Alastair le encantaba perderse. Pasaba horas allí dentro, sin que nadie lo buscara.
Y así pasó el resto de su infancia, entre montones de libros y pergaminos. Lo único que quería en ese momento era volver y esconderse el resto del día. Pero, evidentemente, no podía.
El ritual se llevaba a cabo en una sala circular que había en el interior del castillo. Ésta constaba de una chimenea en el centro, alrededor de la cual se encontraban tres sabios y tres clérigos, además de su padre. Se sorprendió al verlo allí, pues había supuesto que no aparecería.
- Namaste. - Saludó, con una leve inclinación de cabeza. Los demás hicieron lo propio y aguardaron a que el joven llegara junto a la chimenea. Antes de entrar se había despojado del calzado, por lo que pudo percibir que el liso suelo de mármol cambiaba de textura por la de una fina alfombra. Siguiendo las indicaciones de uno de los monjes, se sentó de rodillas, de cara al fuego.
Como acto reflejo, alargó la mano para acariciar el fuego que llameaba delante de él. Era algo que hacía casi instintivamente, sin pensar. El fuego era algo tan natural para él como respirar. Sin embargo recordó que no estaba a solas, por lo que reprimió el gesto.
El Ātmā kī parīkṣā resultó ser una especie de bautizo. No hay otra comparación más cercana. En el ritual los tres sabios leyeron en voz alta unos pergaminos en un lenguaje arcaico que Alastair no entendió, mientras los clérigos pronunciaban breves oraciones a su alrededor.
Cuando llevaban unos minutos, uno de los monjes, calvo y vestido con una túnica naranja, se detuvo. Alastair, extrañado, lo miró y se fijó en el ceño fruncido del clérigo, que se paró justo delante de él. Se agachó para quedar a la altura de sus ojos y el príncipe se apartó un poco ante la repentina proximidad del desconocido.
- Percibo una magia extraña... - Comentó este, haciendo que sus compañeros detuvieran también su ritual. El rey, que hasta el momento había permanecido impasible, ahora observaba con un renovado interés.
- ¿Qué clase de magia? - Preguntó uno de los eruditos.
El monje ignoró la pregunta y se dirigió al chico. - Ponte de pie. - Le ordenó.
Por un momento Alastair no quiso obedecer. Sabía exactamente qué era lo que había detectado en él el monje. Era su secreto que con más celo había guardado, y no quería que fuera descubierto. Sin embargo, contemplando que no tenía otra opción, se levantó. Era unos quince centímetros más alto que el monje, y éste tuvo que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos.
- Da dos pasos hacia adelante. - Le ordenó, a la vez que se apartaba para quedar a su lado. Alastair obedeció y percibió que ya no estaba sobre la alfombra.
Estaba sobre algo mucho más cálido y agradable que el mármol. Descendió la mirada para advertir que sus pies estaban justo encima de las brasas de la hoguera. Las puntas de sus pantalones estaban empezando a quemarse, pero no le dio tiempo a remangárselos, pues un grito ahogado le hizo darse la vuelta.
Los monjes lo miraban sin saber qué hacer. Los sabios habían intentado reaccionar para apartarlo de las llamas, pero cuando se percataron de que no le afectaba se extrañaron aún más. Y su padre... Su rostro tenía una expresión indescifrable.
Alastair se apartó de las brasas y apagó la llama que luchaba por trepar sus pantalones. Fingir que se había quemado ahora ya era inútil pues nadie lo creería, así que decidió aguardar a que ellos reaccionaran primero.
El mismo monje que había advertido su singularidad fue el primero en hablar. - Āga kā bēṭā. Hijo del fuego. - Susurró.
Nadie más dijo nada, pues parecían sumidos en una profunda meditación. El que actuó a continuación fue su padre, quien se dirigió a la puerta y se marchó sin decir nada.
Viendo la ceremonia interrumpida, dos de los sabios se marcharon también, en busca de su monarca. Los monjes se sentaron en el suelo y empezaron a meditar, susurrando leves "Om", y el último sabio se acercó al príncipe, incrédulo. Le revisó los pies y tocó las partes quemadas de los pantalones, después de comprobar que el fuego era real.
Así pasaron largos minutos en los que Alastair no sabía qué hacer. No quería permanecer en esa sala que cada vez se le antojaba más pequeña pero, por otro lado, tampoco sabía dónde ir.
El silencio se rompió con la llegada de uno de los eruditos. Jadeaba ligeramente, recuperándose de una carrera y llevaba un sobre en la mano que entregó al príncipe sin decir nada. La carta, firmada por su padre, llevaba el sello real y estaba firmemente cerrada.
Al abrirla tuvo sentimientos encontrados. No era una carta. Era un pasaje. Un billete que llevaría a Alastair en barco a una ciudad de un reino árabe. Quiso pedirle explicaciones a su padre, pues el barco zarpaba esa misma noche, pero solo encontró la puerta del despacho de su padre cerrada y nadie que contestara.
Así que fue a su habitación, cogió la maleta más grande que encontró y, aún sin entender nada, guardó todo lo que creyó que necesitaría: ropa, dinero, objetos de valor, libros... Cuando la cerró se la puso al hombro y salió. Llegó al puerto a caballo y al enseñar la carta al capitán del barco lo dejó pasar con una reverencia distinguida.
Durante toda la travesía estuvo preguntándose cuál sería la razón de ese viaje. Había montones de opciones: tal vez era un regalo de cumpleaños, una visita a algún pariente lejano o, simplemente, su padre quería deshacerse de él. Así que cuando ya no tuvo más pensamientos con los que llenar las horas empezó a escribir cartas, dirigidas a su padre, que no podía enviar. Se dijo a sí mismo que una vez llegara a tierra las enviaría. Y eso hizo.
Pero no recibió respuesta alguna.
Escribió más cartas, enviándolas todas, hasta que se quedó sin papel. Entonces arrancó las hojas de uno de sus libros y escribió allí. Sólo consiguió respuesta a la vigésima tercera carta. Ésta, escrita a mano con una caligrafía cuidada y elegante, decía así.
Alastair,
Sé qué eres.
Volverás cuando hayas conseguido quitarte eso.
Hasta entonces, no eres hijo mío.
Mahendra I, Lishdastar
En el día presente, en el reino de Arendelle
Hacía mucho tiempo que Alastair había recibido aquella carta. Habían transcurrido casi diez años desde que el joven príncipe abandonó su país, pero no se arrepentía.
En su viaje aprendió a controlar su increíble don, sin dejar nunca de buscar su origen. Pero hacía mucho tiempo que se había prometido no deshacerse jamás de su poder. Formaba parte de él, tan común como un brazo, tan necesario como respirar.
Lo que sí había planeado era su vuelta a Lishdastar y cómo recuperaría su derecho al trono. Oficialmente, seguía siendo el legítimo heredero, pues como único hijo su padre no podía desheredarlo. Por lo que si volvía a finales del reinado de su padre, nadie le negaría el derecho al trono.
Lo único que tenía que hacer era sobrevivir hasta que su padre yaciera en su lecho de muerte y regresar cuando no tuviera que demostrar si se había desecho de su don.
La cuestión era cuanto tiempo pasaría hasta entonces.
A Marianna y Costat Fosc/Laura/TyGywn/Como quieras llamarte, gracias por apoyarme y corregirme siempre.
Y a mis fieles lectores, por supuesto.
¿Os ha gustado? Espero que ahora Alastair ya no sea tan "misterioso". Esta es su historia. Desde que ideé el personaje supe que tenía que tener bastante transfondo, y aquí lo tenéis.
Y recordad esto: este pasado sólo lo conoce él mismo. No supongáis que todo el mundo lo sepa.
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¡Besos!
PD: Me ayudaríais mucho compartiendo o recomendando mi fic por ahí. ¡Gracias!
16/04/2014
