Desde la ventana, en su habitación del Real Colegio San Pablo, la muchacha observaba el cielo nocturno con cierta nostalgia. Se cerraba un nuevo ciclo. La vida escolar acababa, y al día siguiente debía tomar el trasatlántico de vuelta a Chicago, a su familia, a su novio, a cumplir con su destino. Uno que ella no había trazado, pero que ya no miraba con la misma desesperanza que hace dos años atrás. Agradecía todas las noches al altísimo lo equivocada que estaba sobre Anthony, quien resultó ser un muchacho encantador, dulce, además de ser el mejor de los compañeros, tantas cosas que tenían en común, tanto que podían compartir y disfrutar. Ahora miraba el mañana y solo sonreía esperando con ansias lo que vendría con cada nuevo día.

Recordó la primera vez que piso este establecimiento, a diferencia de lo que ocurrió cuando la llevaron al internado de la señorita Pony, a este llegó con nuevos bríos en el alma. Amigas ya esperaban por ella cuando arribó un poco antes de su décimo sexto cumpleaños. Dos muchachas, a una la conoció durante su presentación en sociedad. Delgada, tez blanca, de oscuros cabellos, tímidos y bellos ojos azules. Annie, la novia de su hermano. Patricia O 'Brian, amiga de su nueva hermana, fue invitada por los Britter a pasar unos días en casa de estos durante el verano, tenía el mismo temperamento medroso de Annie, casi no hablaba, pero sus brillantes ojos cafés transmitían su discernimiento, una chica aguda y juiciosa, que llamó rápidamente la atención de su hermano mayor. Si bien no eran novios, era claro el impacto que Stear había causado en su nueva amiga y viceversa, Candy solía lamentar lo obtuso que podía ser su hermano con respecto al interés de las mujeres, él parecía contentarse con esta relación platónica basada en el miedo al rechazo.

Tantos momentos felices se venían a su mente, los festivales de mayo, donde fuera elegida para ser uno de los espíritus de las flores, por ser el mes de su cumpleaños. La colina al final de los jardines, el lugar favorito de Anthony, que pronto se volviera su rincón favorito del colegio, sobretodo porque la hacía sentir cercana a la persona amada. Solía correr y trepar el gran árbol para leer las misivas que este le enviaba. Procuro limpiar todas las colillas que encontró a su alrededor, maldiciendo el poco cuidado que le brindó el famoso Romeo del San Pablo a su querido espacio. Los veranos en Escocia, las visitas de su novio y hermanos, los paseos en bote, las cabalgatas, las fiestas blancas. Todo se terminaba, después de la graduación volvería a su ciudad natal.

Presa de la nostalgia y los recuerdos, Candy se giró para, ahora, observar el joyero que tenía sobre su escritorio. Una herencia familiar que pasaba de generación en generación, la pieza labrada en metal, tenía pequeñas joyas incrustadas, su interior estaba forrado con tela escocesa, como la del tartán de su novio. No podía evitar el sonrojo en sus mejillas cuando pensaba en Anthony con las vestiduras tradicionales de sus ancestros, rememorando la noche en que le conoció, o la fiesta sorpresa que hicieran en la residencia familiar en Escocia, cuando cumplió los dieciséis. Él y sus hermanos vistieron kilts e hicieron sonar las gaitas en su honor. Ese fue el día que le entregara tan preciado regalo. Había intentado devolvérselo, recordó, pues no se creía digna de tan delicada e importante pieza, pero él había insistido, mostrándose incluso herido ante el rechazo. Y si había algo que ella no soportaba, era ver el rostro del muchacho desfigurado por la tristeza. La joven sonrió, hundiendo la cara entre las manos al sentir que los colores se le subían al rostro. Hasta ese momento, habían llevado una relación dentro de los cánones del decoro y las buenas costumbres. Tal y como la tía abuela exigía, ningún momento a solas, siempre con algún chaperón, que casi siempre resultaba ser su hermano, Archie no les dejaba ni a sol ni a sombra. Pero ese día era especial, y el chico se acercó a su padrino pidiendo autorización, quería hacer entrega de su regalo, pero no quería hacerlo delante de un público escrutador. Neil, que no cabía de gusto, rápidamente intercedió por él, nos sólo dando su beneplácito, sino que además alejando a su hijo y entreteniendo a la señora Elroy. 'Puede que tu Príncipe sea muy bello, pero no sabrás qué es lo que realmente sientes por él, hasta que te de tu primer beso`. Las palabras escritas en las cartas de Karen no podían ser más ciertas...

Sus azules ojos le miraban llenos de tristeza, mientras que con ambas manos volvía a depositar el joyero cerca de ella."Solía ser de mi madre, pero ahora quiero que sea tuyo", Anthony le había sonreído, pero no había alegría en esta. Llevada por el momento, sintiendo la más infinita ternura, no midió el impulso, acortando las distancias, depositando un casto beso en su mejilla. Él atrapó su rostro antes que ella pudiera retroceder del todo. Ella sintió su cuerpo paralizarse, su corazón desbocado retumbando en sus oídos, intentó mirarle a los ojos, pero los del muchacho solo miraban su boca. Lento, se volvieron los movimientos junto con el tiempo. El cálido aliento que emanaba de la otra boca cosquilleaba en la propia. El denso aire le quitó el aliento y el miedo le cerró los ojos. Un tibio toque, un temblor, una mano que se deslizaba hacia su cuello, acompañada de otro beso. Humedad, dulzor, calor. Ahogada abrió la boca en busca de aire, acto que él tomó como invitación. El toque de su lengua le hizo entrar en razón separándose abruptamente.

"Perdóname, no pude evitarlo" dijo Anthony al tiempo que tomaba sus manos. "No me odies" su mirada era intensa, ella no pudo sostenerla, solo se limitó a negar con la cabeza sin poder apartar la vista de sus manos entrelazadas.

Candy sintió su corazón ir en loca carrera ante el recuerdo, de ese y los de los siguientes besos que vinieron, porque lejos de detenerse, el muchacho buscó su oportunidad en los escasos momentos que pudieron compartir dada la distancia entre ambos países. Porque él estaba determinado a no crear una entre ellos, psicológica, sentimental, y si hubiera podido, física. Miró las cartas depositadas en el joyero, del enorme manojo, sólo unas pocas correspondían a sus madres, familia o amigas. Anthony nunca dejó de escribirle, nunca la hizo sentir sola u olvidada. Cada una de esas misivas eran el registro de la evolución de sus sentimientos, los de ella, los de él. Tímidas y medidas palabras en un principio. Ahora, después de dos años de relación, estaban cargadas de promesas, de sueños y deseos. Las hizo a un lado para tomar entre sus manos una delicada rosa disecada, con cuidado la llevó hasta su nariz tratando de aspirar el tenue aroma que aún, después de más de un año, desprendía. Cerró los ojos sonriendo, pudo ver ante ella el portal de rosas de la mansión Andley.

Había llegado antes de la hora señalada a la mansión, gracias al apremio de su padre. "La señora Elroy y el señor Andley aún están en la ciudad" le había comunicado una de las mucamas "El señorito está trabajando en los jardines, si espera un momento…" estaba por marcharse, cuando Candy le retuvo tomándole una mano. Nerviosa, la muchacha le indicó podía encontrarle. Avanzó maravillada, observando las distintas flores que adornaban aquel hermoso jardín. Al llegar al final de este se podía ver un enorme portal. Tal era su belleza, que por unos instantes la chica había olvidado a que había ido, dedicándose a admirar cada una de las rosas que adornaban aquel lugar. Una en particular llamó su atención, una rosa tan blanca que parecía resplandecer, su hermoso brillo opacaba a las demás.

"Te gustan las rosas, Candy?"

La muchacha se giró asustada, estaba tan absorta mirando que no le había sentido llegar. Asintió en silencio, sintiéndose nerviosa y avergonzada.

Anthony se acercó, con una brillante sonrisa en los labios. Solo unos centímetros los separaban. Tomó su mano, suavemente, invitándola a acercarse a la misma rosa que había robado su atención.

"Es hermosa" dijo casi en un murmullo, estaba demasiado consciente del cálido enlace de ambas manos.

"Como tú" respondió él en el mismo tono. "Dulce Candy, es su nombre" continúo mientras la miraba a los ojos.

Aún sin abrir los párpados, besó suavemente los pétalos que tanto se había esforzado en preservar en un intento de evocar uno de los últimos besos con Anthony.

"Candy, ¿estás lista?" La suave voz de Annie, sonó a través de la puerta de su habitación, sacándola violentamente de sus pensamientos.

"Sí… voy en seguida" Contestó al tiempo que colocaba nuevamente en el joyero el legajo de cartas y la flor que veneraba. Miró los otros objetos que formaban parte de su tesoro y sonrió nuevamente.

"Candy, eres la única que falta para la misa de despedida, la hermana Grey está preguntando por ti". Insistió su hermana, con tono asustado.

"Sí, perdona… te veo en la capilla… adelántate por favor". Le pidió mientras se colocaba en el cuello el Rosario regalado por la Señorita Pony, poniéndolo bajo su blusa para sentirlo cerca de su corazón.

Sé miró al espejo por última vez y sonrió, definitivamente sentía que ya no era la misma niña que había llegado del internado. Observó el joyero, y antes de cerrarlo decidió dejar fuera el pañuelo que su novio le entregó la noche en que se conocieron, lo puso en el bolsillo de su uniforme, de esa forma él la acompañaría. Sonrió por última vez, cerró el cofre y se dispuso a salir de la habitación.

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Una fuerte bruma cubría la ciudad de *Londres la mañana siguiente, apenas y pudo distinguir el puerto. A pesar de esto, se encontró con que este estaba atiborrado de gente; familias, amigos, amantes, encontrándose y despidiéndose simultáneamente, dejando hermosas postales visuales por donde mirara. Candy se llevó las manos al pecho, no entendía por qué pero sentía que este le apretaba. Quizás por las emociones vividas el día anterior, nostalgia mezclada con la alegría de futuros encuentros, comenzaron a pasarle la cuenta. Desde cierta distancia distinguió como sus amigas se alistaban para subir el transatlántico que les llevaría de vuelta a casa. De pronto se sintió como en un teatro, donde nuevamente era la espectadora de la vida que transcurría a su alrededor.

"¡Candy!" le llamo Annie, sacándola de sus pensamientos. "Debemos subir, el barco está por zarpar" le dijo con la más brillante de las sonrisas que le viera jamás. "Vamos" la arrastró cogiéndola de la mano. ´Tanto extrañas a mi hermano?` pensó mientras le sonreía y se dejaba llevar.

La cabina de primera clase era enorme, parecía casi un departamento. Tres habitaciones independientes, y un living que era el único espacio común. Contaba con todas las comodidades que el señor Britter pudo costear. El padre de Anne se había ofrecido a pagar el viaje de las jóvenes, cosa que Neil y la familia O´Brian aceptaron con gusto. Celebraciones, juegos en cubierta, cenas lujosas, el tiempo corría rápidamente arriba del Mauritania. No alcanzaron a darse cuenta cuando ya había transcurrido más de una semana. En su última noche de navegación, el capitán ofreció una fiesta para todos los tripulantes del barco. Ellas fueron ataviadas con sus mejores trajes para tan magnífica ocasión. El salón principal resplandecía, los candelabros refulgían con su dorado color, provocando destellos en las lentejuelas de los sus vestidos. Música, baile y risas. A Candy le parecía estar dentro de un sueño, lleno de brillo y color. Como nunca se sintió libre, dejándose llevar por la algarabía reinante, bailó y bebió a gusto, a pesar de las miradas de sus amigas, llenas de preocupación y reproche. Acalorada y mareada, salió a cubierta a tomar el fresco.

"New York, cómo será?" pensó en voz alta mientras miraba hacía la lontananza tratando de divisar la ciudad. Dada la ruta del barco, estaban obligadas a pasar una noche en aquel lugar.

"Según mi abuela, es enorme" Patty le había seguido sin que ella se diera cuenta. "Tenemos todo un día para recorrerla" le sonrió.

"Vámonos, hace mucho frío" dijo Annie quien se apareció unos segundos después restregándose los brazos. "Volvamos al camarote" les rogó. Ambas chicas asintieron tomándola cada una de un brazo tratando de infundir calor.

Como ocurriera en Londres, el puerto de Nueva York estaba repleto de gente, todos saludando a la nueva nave que se acercaba. A primera vista, tal y como había dicho Patty, la ciudad parecía enorme, Candy no hallaba la hora de bajarse del barco para ir a recorrerla. Como ocurriera a la partida, el padre de Annie tenía todo preparado para la llegada de las chicas. Un conductor solicito llegó por ellas, cargando sus maletas hasta el carruaje contratado. Maravilladas miraban su entorno mientras recorrían las calles.

The Plaza New York, estaba situado justo frente al famoso Central Park. El hotel era enorme, y tanto o más lujoso que el Mauritania. Candy no estaba acostumbrada a ese nivel de lujo. El internado de la señorita Pony así como el Real Colegio San Pablo, si bien eran de los mejores establecimientos, estos se movían dentro de una austeridad que hacía parecer todo ese viaje una extravagancia por su opulencia. Dejaron sus equipajes en la habitación, prestas para recorrer la ciudad. Era pasado el mediodía, por lo que su primera tarea fue buscar un lugar donde almorzar. A sugerencia de Annie caminaron hasta la Séptima Avenida para luego bajar hacia el sur. El Times Square bullía de vehículos y gente. Tantos lugares de donde escoger, todos tan diversos, Candy lo único que quería era que Patty y Annie llegaran a un acuerdo, su estómago rugía de forma poco decorosa y los aromas que inundaban las calles poco le ayudaban. Podía oler el queso, la salsa de tomate, la albahaca. Estaba parada fuera de un restaurante italiano, vio con ojos famélicos como un mozo depositaba una pizza en la mesa de una joven pareja. No podía despegar la vista del alimento, mientras se agarraba el estómago y se relamía. De pronto se sintió incómoda, levantando rápidamente la vista. La chica de la pareja sentada en la mesa le miraba divertida. Enorme ojos azules, cabello rubio, liso. A Candy se le hizo conocida. Algo le dijo a su acompañante mientras la apuntaba con el dedo. Avergonzada, la chica se giró hacía sus amigas.

"Ya decidieron chicas?" podía sentir las miradas de la pareja sobre su espalda.

"Quieres entrar aquí Candy?" apuntó Patty hacia el restaurante italiano.

"No!" le miro angustiada, no quería voltearse. Un nuevo rugido escapaba de su estómago haciendo a sus amigas reír.

"Pobre Candice" Annie le tomó de una mano. "Vamos donde dice Patty" caminaron en dirección al restaurante.

Después de almorzar terminaron de recorrer Times Square, continuaron su paseo caminando hasta llegar a la Quinta Avenida, las jóvenes querían comprar recuerdos para sus familias, por lo que se detuvieron en casi todas las tiendas. Luego se dirigieron a visitar la hermosa Catedral de St. Patrick que estaba sobre la misma avenida. Instintivamente la mano de Candy se movió hacia el bolsillo de su vestido, donde siempre llevaba dos de sus tesoros con ella: el pañuelo de Anthony y una moneda conmemorativa. Recordó el paseo que hicieran juntos en uno de los poblados cercanos a Lakewood, él la había llevado hacia la torre más alta de una iglesia, para mirar la pequeña ciudad. Las campanadas los asustaron haciendo que ella se lanzara a sus brazos. Llevó la moneda hacia su pecho sonriendo, tan distraída iba que no vio la grieta en el suelo tropezando. La moneda salió volando, Candy corrió tras ella mientras esta rodaba a toda velocidad.

"Cuidado!" le reprendió una chica que pasó a llevar en su loca carrera. Se agacho para recoger la moneda, para luego voltear el rostro hacia ella y disculparse, al verla se dio cuenta que había tropezado de nuevo con la misma pareja del restaurante Italiano. Un joven alto, cabello largo y castaño, llevaba del brazo a la misma muchacha de rostro hermoso y rubios cabellos Agradeció a los cielos que el chico no quisiera detener su andar para también regañarla, solo la rubia le miró molesta por sobre el hombro, para luego cambiar rápidamente su semblante sonriéndole al hombre que la llevaba. Candy se les quedó mirando.

"Estás bien?" Patty le tendía una mano.

"Si, gracias" acepto la mano en ayuda, para luego sacudir la falda del vestido mientras miraba a la pareja por última vez.

"Qué pasó?" Annie llegó un poco más tarde cargando las bolsas de todas, le miró preocupada.

"La recuperé" Candy le mostró la moneda a su casi hermana, quien le dio una sonrisa de entendimiento. "Estoy cansada, volvamos al hotel"

"Me parece" dijo Patricia. "Además el tren con destino a Chicago sale muy temprano en la mañana" puntualizó.

Era una mañana inusualmente fría y brumosa para ser verano, que le recordó a Candy inmediatamente las mañanas londinenses, el rocío sobre la colina del colegio, y el sol brillando sobre el Padre Árbol. El silbido del tren la sacó de sus pensamientos, no entendía qué era lo que ocurría, desde su última noche en Inglaterra los recuerdos no dejaban de acecharla, y extraños sentimientos de pesar se anidaban en su pecho. Subió al tren con dirección a Chicago, rogando que una vez de vuelta a casa todo volviera a la normalidad. Acomodo sus maletas, esta vez viajaban en camarotes privados para su comodidad. Una vez instalada tomó asiento esperando que el tren se moviera. Unos golpes llamaron a su puerta.

"Adelante"

Patricia le sonrió pidiendo su permiso para tomar asiento en la butaca del frente. La ojiverde asintió en silencio. "Qué es lo que ocurre Candy?" la inteligente mirada de Patricia era inquisidora. "Y no me digas que no ocurre nada"

Estaba por contestar cuando gritos provenientes de la parte trasera de la estación interrumpieron el curso de la conversación, ambas chicas se miraron asombradas antes de asomarse por la ventana del camarote para ver lo que ocurría. Un puñado de chiquillas gritaban y lanzaban flores a un grupo de jóvenes.

"Son actores de la compañía Stratford" irrumpió Annie, sus amigas le miraron asombradas. "Le oí decir a unas señoras" les sonrió avergonzada antes de unírseles en la ventana. "Escuché que la más famosa de las actrices está saliendo con un joven aristócrata inglés" Candy no podía salir de su desconcierto, no conocía la faceta chismosa de su adorada hermana. "Ahí están!" dijo Annie al tiempo que les apuntaba. Delante del pequeño grupo de fanáticos, se encontraba una pareja. Enorme fue su sorpresa, nuevamente se encontraba con ellos. La rubia se empinaba para depositar un suave beso en la mejilla del joven, quien la recibía con una torcida sonrisa. Sin saber por qué, su corazón comenzó a desbocarse ante la escena. El pito del tren resonó anunciando su partida. La muchacha se separó rápidamente de su novio para luego desaparecer por una de las puertas. El joven parecía seguirla con la mirada hasta que, le vio. Su hermoso rostro cambió al encuentro de sus ojos. Candy sintió sus mejillas colorearse, pero aun así no pudo apartarse de lo hipnótico de ese color turquesa. El tren comenzó a avanzar, mientras él le miraba contrariado, palabras salieron de su boca, pero le fueron imposibles de descifrar. Lo último que distinguió fue su coqueta sonrisa.

Molesta, Candy se sentó en la butaca ante la mirada atónita de sus amigas, que no entendían nada. "Engreído" soltó en voz alta…


Notas autor:

Jelouuu mil disculpas por la demora, pero el trabajo fue un infierno! Espero no demorar tanto en el próximo. Gracias en especial a mi amiga Only D que me ayudo beteando y pinponeando ideas para este capítulo.

*Aquí se desliza la falta de conocimientos de la autora, ya que el Mauritania llegaba y salía desde la ciudad de Liverpool, que en auto está a 4:30 hrs. Pero ya que este error ya está, pues me aprovecho de este para mantener la historia. Este transatlántico viajaba desde Liverpool hasta New York, cosa que también aproveche :p ya se imaginaran con quienes se encontró la candida no?