Sin apartar la vista de la ventana, Bella siguió mordisqueándose las uñas nerviosa deseando mentalmente que el coche que tomara la curva en dirección a su casa fuese el Volvo de Edward, porque no tenía nada en contra de Alice y pasar esa tarde juntas, pero seguro que todo el mundo entendía que preferiría estar con él.
Apartó la mirada un segundo para comprobar en el reloj de su mesillas que faltaban unos segundos para la hora convenida y volvió a quedarse eclipsada mirando por la ventana.
El día anterior había sido un calvario de nuevo en su ausencia aunque supiera que le tenía al otro lado del email para mandarle sus tareas o que incluso que si le telefoneara, le respondería. Y a punto estuvo de hacerlo en varias ocasiones, pero entonces empezó a emparanoyarse de que quizás estuviera durmiendo o descansando y que le importurara, así que siempre desechó la idea.
Como desechó la idea de compartir sus horas con nadie más. Sabía que Jessica querría interrogarle sobre Alice, e incluso Angela parecía curiosa, así que como no tenía ganas de hablar con nadie, apuró al máximo sus horas lectivas con actividades para correr de aula en aula al llegar tarde y volar hacia el aparcamiento a la hora de marcharse.
Al final del día estaba agotada, pero bien mereció la pena.
Como hoy. Casi echa a su padre de casa a escobazos. Desde que vivía allí de nuevo, los fines de semana se los pasaba pescando. Pero hoy no parecía tener ganas e incluso le preguntó sus planes. Seguramente sólo lo hizo para tener un tema de conversación durante el almuerzo, pero bien le puso los pelos de punta como si quisiera cancelar sus planes para quedarse en casa con ella. Pero al menos su mentirijilla de que iría a la ciudad con unos compañeros de clase y quizás al cine no era falsa del todo. Edward y Alice compartían clase con ella y uno de ellos aparecía de un momento a otro.
El reloj del salón sonó anunciando la hora en punto y ahora contuvo la respiración cuando un coche viró. Un coche plateado. Estaba a punto de aplaudir, aunque el pánico se apoderó de ella. ¿Y si Edward le había dejado el coche a su hermana? Tanto esperar y no había servido de nada. El coche aminoró la velocidad, se detuvo junto al camino y Bella puede que hasta que rezara, que le implorara al que estuviera escuchando que al abrirse la puerta apareciera Edward porque no soportaría otro día más sin oler su esencia, por mucho que Alice la compartiera.
Apagó las luces, abrió lentamente la puerta, puso un pie en el suelo ¡un pie con una zapatilla deportiva! Así que corrió fuera de la habitación para que cuando tocara al timbre ella ya estuviera al otro lado conteniendo las ganas de abrazarle.
-Has... venido- dijo como una tonta que no llevaba esperándole media tarde entre las sobadas cortinas de su habitación.
-Hola- dijo con una sonrisa.
Su maravilloso olor ya le golpeó cuando aún estaba en el último escalón, pero su sonrisa hizo que temblaran las rodillas, y eso que fue una sonrisa con esfuerzo, como si estuviera muy cansado. No era posible que en apenas dos días Edward hubiera adelgazado pero parecía más escuálido e incluso pálido, como si hubiera pasado una gripe, y juraría que hasta podía percibir sus ojeras al otro lado de sus gafas de sol.
-¿Te encuentras bien?
-Lo suficiente para que pueda salir de casa- contestó.
-Pareces... cansado.
-No te preocupes- añadió sin más- ¿Estás lista? Si no nos damos prisa no llegaremos a la sesión de la tarde.
-No hace falta que vayamos al cine, podemos hacer cualquier otra cosa.
-¿Como qué?- preguntó- Es temprano para ir a cenar.
-Podemos quedarnos en casa y ver algún DVD. En casa de mi padre todo se cae a pedazos, pero deberías de ver el tamaño y la calidad de su tele- insistió.
-No creo que esté bien que entre en tu casa si no está presente tu padre, ya te lo dije el otro día.
-No pasa nada, se lo diré cuando vuelva, Charlie es muy enrollado- insistió- Y prefiero eso que tengas que conducir ida y vuelta a Port Angeles y luego a tu casa.
Edward suspiró para apretarse el puente de la nariz sin quitarse las gafas de sol. Por un momento Bella pensó que mostraría su desacuerdo, pero meneó la cabeza para decir:
-Tengo que avisar a mis padres de que hemos cambiado de planes.
Sonriendo triunfal, Bella abrió más la puerta indicando que el salón estaban a la izquierda, lo que Edward obedeció arrastrando los pies mientras sacaba su móvil del bolsillo. Cerró la puerta y para darle unos segundos de intimidad si quería telefonear, Bella propuso:
-Prepararé palomitas, ¿te apetecen?
-Gracias- dijo él.
Estar allí, en casa del jefe Swan, sin el jefe Swan y con Bella, le hacía sentir incómodo cuanto menos, pero acababa de telefonear a su madre y a ella le había parecido bien así que intentaría serenarse. Tampoco iba a hacer nada malo, así que intentaría disfrutar de una cita donde sus manías podían quedar aparcadas y sólo estar pendiente de Bella.
Se adentró más en el salón y se quitó las gafas de sol.
Cuanto menos, la decoración era... peculiar. Había un sofá de piel y otro de color negro desgastado al lado que no pegaba con nada de lo anterior y un mueble de madera a reventar de trofeos de pesca, una enciclopedia anticuada y varias fotografías. Se intercalaban entre cajas de DVD la gran mayoría de deportes, viejos VHS e incluso un taquillón desde la que se veían varias armas, pero las ignoró para centrarse en los retratos: Charlie Swan con una mujer mayor en una silla de ruedas, una pareja en blanco y negro, el mismo hombre vestido de policía y el jefe Swan, visiblemente más joven, con una mujer rubia con un bebé en brazos. Ese bebé se repetía en el resto de las fotografías por lo que no le costó sumar dos más dos para averiguar que sería la madre de Bella, con Bella.
-Las he preparado con mantequilla y sin mantequilla. Escoge las que más te gusten.
Se volvió para verla sonriendo entrar en la estancia llevando dos cuencos repletos de apetitosas palomitas, y ahí se dio cuenta de lo que la había echado de menos estos dos días. Su sola presencia hacía notar su sangre fluir por todo su cuerpo lo que le hacía sonreír cuando hace esos mismo dos días había estado inerte tirado en su cama como si no tuviera vida. Estaba preciosa con una camisa blanca que le iluminaba la cara y su cabello suelto se movía con cada paso, dándole ganas nada más que de acariciárselo.
-Cualquiera de las dos están bien- respondió.
Le sonrió de nuevo y dejó sendos cuencos sobre la mesa para limpiarse las manos en la parte trasera del vaquero. Sin saber muy bien por qué se sonrojó y añadió:
-¿Has escogido alguno? Creo que tengo más en mi habitación.
-Tu eliges- dijo- Es tu casa, tu eliges la película.
Le volvió a sonreír, se acercó al mueble y tras pasar los dedos por un par de cajas, tomó una para mostrársela. Le asintió con aprobación y respondió:
-Me encantan los clásicos.
Bella pareció feliz por su elección por lo que sacó el DVD de la caja y encendió la televisión. Sin más invitación, él se sentó en el sofá, enfrente.
-Te pareces mucho a tu madre- observó.
En su maniobra de conectarlo todo, Bella levantó la vista para que él señalara la fotografía que Bella siguió con la mirada para sonreír.
-Sí, sobre todo cuando era más joven. Aunque ella es más guapa.
-No estoy de acuerdo- respondió él.
Bella le volvió a sonreír con su rubor, tomó el mando a distancia y se sentó a su lado para darle un codacito.
-¿Qué les pasó? ¿Por qué se separaron? En esa foto parecían realmente enamorados.
-Forks no era para mi madre. Se conocieron en el instituto y se casaron nada más graduarse. Enseguida se quedó embarazada de mí. Supongo que se vio sobrepasada en este pueblo, con un bebé y con mi padre.
-Pero se llevan bien, si no no te habría dejado venir a vivir aquí.
-Sí, se llevan mejor en la distancia- suspiró divertida- ¿Y los tuyos? ¿Llevan mucho tiempo casados?
-Sí- respondió.
-¿Cómo se conocieron?
El nerviosismo se apoderó de golpe de él, echando a patadas de su mente la versión oficial que debía de contar: que se habían conocido en la Universidad, se habían casado antes de que su padre entrara en la Escuela de Medicina y adoptado a él cuando se dieron cuenta que no podrían tener hijos biológicos. Y no tenía motivos para ello, ya que había sido él el que había sacado el tema y husmeado en sus fotos familiares, así que no le extrañó que le mirara suspicaz cuando carraspeó incómodo y señaló la tele.
-La he visto muchas veces, es una de mis favoritas.
-¿Escojo otra?
-No, está bien.
-Traeré unos refrescos. ¿Cola? ¿Naranja?
-Lo que tú bebas- dijo.
Bella se levantó sin más para cruzar a la cocina, lo que le dejó unos instantes para serenarse e incluso acomodarse. Se quitó la cazadora, dejó las gafas de sol sobre la mesa que colgaban del bolsillo y mullió el cojín. El sofá crujió pero era confortable, tenía hasta la forma de un trasero que se amoldó al suyo. La sola idea del jefe Swan allí repanchingado, al menos le divirtió.
-¿Te han dicho algo tus padres sobre el cambio de planes?- preguntó Bella al poner los refrescos sobre la mesa.
-No, pareció gustarle que no tuviera que conducir tanto.
-¿Ves?- sonrió en otro codacito para sentarse de nuevo- Había pensado invitar mañana a Alice a casa también, ¿vendrás con ella?
-Oh, no, no. Es tu tarde con Alice.
-Puede ser la tarde de los tres. Estaré sola en casa desde por la mañana, podéis venir a comer. Cocinaré para vosotros.
-No tienes que hacerlo, de verdad.
-Quiero- afirmó- Dí que sí. Por favor.
En un segundo, Bella le tomó su mano con las dos suyas, cálidas y suaves, como la otra tarde, en la desembocadura de río. Eso le hizo sentir bien, la manera que sus manos encajaban, como los dedos se entrelazaban, como si fuera lo más natural del mundo. Así que con eso no pudo negarse a nada, por mucho que supusiera una discusión con Alice, que esperaba la tarde del domingo con anhelo y asintió. Bella sonrió más que nunca e incluso se apoyó en su hombro. Ese gesto le hizo más feliz que todo lo anterior.
-Pero ven sin las gafas de sol porque echo de menos ver tus ojos.
-Ya te he conté que mis ojos no me gustan y me molesta la claridad- contestó, tensando las mandíbulas.
-¿Solamente fuera del instituto? Las llevas cuando te sales de tu rutina. ¿Es otra de tus manías?
Le soltó la mano como si le hubiera dado una descarga eléctrica, lo que hizo a Bella incluso dar un saltito en el sofá, asustada. Esto estaba siendo muy difícil, era imposible relajarse, dejar ver lo que pasaba, buscar el gris, como decía su padre. No podía abrir la boca o hacer algo sin que en Bella surgiera la curiosidad lo que le ponía en alerta y nervioso. ¿Por qué no regresaban a la cita del sábado pasado? Entonces todo fluyó más fácil.
-Bella- se llevó los dedos al caballete de la nariz- Dijiste que confiabas en mí.
-Y lo hago- apenas susurró.
-Entonces, respétame si hay algo de lo que no quiero hablar porque hay cosas de mí que no puedes saber.
Bella asintió, levemente compungida, pero en vez de levantarse para pedirle que se fuera, como era lo mínimo que se merecía, se volvió a estirar para aferrar su mano con las dos suyas. Estaban frías, como las suyas, pero quién sabe por qué se tranquilizó de inmediato. Más cuando además, se aproximó para besarle sonoramente en la mejilla.
-Está bien- susurró de nuevo- Tú sólo dime dónde no quieres que me meta.
Por dónde empezar: no podía hablar de sus padres adoptivos, ni de los biológicos, ni de sus hermanos, ni de sus ojos, ni de sus cicatrices, ni de...
-Gracias- respondió.
La tarde no había ido tan mal como había empezado, por lo menos Edward ahora se reía. Había algo en su risa que le hacía olvidar los momentos tensos, los saltos y las manos frías, pero ni siquiera le importaba. Entraba en la complejidad de su ser y ella no era nadie para criticarle, porque seguro que su comportamiento sorprendía a muchas personas. A Jessica, por ejemplo, que la miró como si estuviera loca cuando le comentó sus ideas de igualdad o a su madre cuando le decía lo que le gustaba cocinar para Charlie en vez de salir de compras.
Habían visto la película y realmente Edward la disfrutó: prácticamente se sabía los diálogos como ella, idea que le agradó. Le contó que cuando vivía en Alaska iba todas las semanas con su madre a un cine donde reponían clásicos y ella le había aficionado. También le contó que a Alice le encantaban las comedias románticas, que Emmett estaba enganchado a un video juego, que a Jasper le habían enviado un montón de cartas de aprobación a distintas Universidades y que Rosalie había descubierto que era alérgica a las fresas por culpa de una mascarilla del pelo.
Y cada palabra era como una perla que guardaría como un tesoro.
Cuando terminó la película y como se había ofrecido a cocinar al día siguiente, se empeñó a invitarla a cenar. Se intentó negar porque la otra vez también había pagado él y para qué servía aguantar a los Newton si no para gastar su propio dinero en las cosas que le gustaban, pero se mantuvo estoico así que finalmente aceptó. Así que ahora iban rumbo a la pizzería con la divertida anécdota de Rosalie y la mascarilla de fresa.
-Mi padre es alérgico a los cacahuetes- añadió ella- Lo descubrí de pequeña por accidente cuando estaba comiéndome un sandwich de manteca de cacahuete y fui a darle un beso con la cara y las manos manchadas. Creo que desde entonces me guarda rencor.
Edward sonrió y sin dejar de prestar atención a la carretera, añadió:
-¿Estás muy unida a tu padre?
Ahora, suspiró. Explicar su relación con Charlie era realmente compleja. No era mala, ni tampoco buena. Charlie simplemente iba a su aire. Y no es que no se preocupara por ella, porque siempre lo había hecho, pero quizás estaba demasiado acostumbrado a estar solo aunque supiera que se alegraba de que se hubiera mudado allí con él.
-Me gustaría estarlo más, a veces Charlie olvida que tiene una hija que vive con él. Y no me quejo, sólo que es... como si tuviera un compañero de piso en vez de un padre.
-Mi padre dice que echa de menos a las chicas desde que entraron en la adolescencia- contó- Rosalie siempre ha sido la más arisca, pero Alice, él y yo siempre hemos estado muy unidos. Luego Alice se hizo mayor y le dejaron de atraer las cosas que le atraían antes.
-¿Qué tipo de cosas?
-Antes siempre salíamos de excursión, durante días. Como estábamos escolarizados en casa no acudíamos al colegio y nos íbamos de acampada. Alice siempre era la que más disfrutaba. Ahora le preocupa demasiado la tierra bajo las uñas.
Suspiró divertida porque lo comprendía a la perfección. Ella no era una chica de campo ni deportista pero cuando era niña le gustaba ir a pescar o hacer tartas de barro junto al río mientras su padre se ocupaba de las cañas. Ahora la sola idea de coger un gusano vivo con los dedos, le repugnaba.
-Mañana no tendrá que preocuparse por eso- dijo con una sonrisa- Nada de tierra. Prometido.
-Me preocupa más tu integridad psíquica. No sabes lo que agota pasar tiempo con mi hermana- respondió divertido deteniendo el coche.
Le sonrió, abrió su puerta y salió para volver a cerrarla. Bella estuvo a punto de seguirle pero el día de la cita le abrió la puerta, lo mismo que antes para entrar así que dejó que lo hiciera. Así, además, cuando estuvo fuera pudo tomarle de la mano. Caminar hacia la pizzería cogida de él le hacía tan feliz que hubiera podido explotar.
-¿Coges mesa mientras yo voy pidiendo?- se ofreció.
-Claro- contestó.
Caminó hacia el interior del restaurante y escogió una mesa de la que aún le quedaban restos de sus anteriores comensales, como tres vasos de refrescos, servilletas arrugadas y los rebordes de la pizza mordisqueados. Le hacía gracia que a nadie le gustaran los rebordes de las pizzas, podían hacerlos sin ellos. Al instante vino una camarera a recoger así que apartó las manos para que pudiera pasar bien la bayeta y ponerles un mantel limpio.
-¿Ya está atendida?- preguntó sin ni siquiera mirarla.
-Sí, muchas gracias.
-¿Cuántos son?
-Dos.
Puso dos manteles individuales, casi en el mismo movimiento, un par de platos, los cubiertos y los vasos. Y sin más desapareció para ir detrás de la barra. Antes de que pudiera soltar la basura un hombre la interceptó para quejarse de algo, así que como no era de su incumbencia, dio una pasada visual al local. No había mucha gente, quizás media docena de personas, Edward ya estaba en la caja pagando y la puerta de los aseos se abría para que...
… Jessica y Lauren salieran de allí, pintadas como puertas.
El pánico se apoderó de ella y se sorprendió buscando la salida de emergencia para huir sin ser vista. Pero al revolotear los ojos por la sala de nuevo se percató ahora de que Mike estaba fuera, sentado en el capó del coche de su madre, un Nissan con un montón de abollones. Contó entonces los segundos para que la vieran, para que se pararan hablarle, para que le preguntaran qué hacía aquí y para...
-¡Bella!- exclamó Jessica, chillona- ¿Qué haces aquí?
Compraría números para la Lotería.
-Eh... Hola, Jess- balbuceo- Lauren- saludó levantando las cejas- Esperar para cenar.
-¿Con tu padre?- añadió, con su tono cínico- Podías habernos avisado. Mike y yo no somos de ese rollo, ya sabes. Lauren también vino sola- siguió, dañina- Siempre hay sitio para una más.
-¿Bella?- preguntó la voz aterciopelada de Edward por detrás.
Entonces, el tiempo en aquella pizzería y en Forks entero, se paró, literalmente. Durante segundos dejó de oír el trajín de la cocina, a las camareras con los platos o la caja registradora. Incluso Jessica y Lauren se volvieron lentamente para comprobar que sí, que no estaba con su padre, y que sí, que estaba con Edward Cullen en lo que tenía pinta de una cita.
Su cara fue todo un primor y si no estuviera tan nerviosa, se hubiera recreado en que por mucho maquillaje que llevara, Jessica no podía estar más roja. Y Lauren mucho más pálida, como si hubiera visto a un fantasma. La primera incluso apretó los puños y cuando quiso hablar – algo inaudito- le salió una especie de gallito por la falta de voz.
Pero lo mejor de todo fue la calma de Edward. Se quedó allí, de pie, guardándose la cartera y cuando le pareció suficiente, tomó la silla para indicar que iba a sentarse, para lo que Jessica tuvo que apartarse.
-¿Estás...?- balbuceó Jessica- ¿Habéis...? ¿Vais a...?
-Vamos a cenar juntos, Jess. ¿Vosotras ya os íbais?
-Sí, Mike nos espera fuera- señaló el ventanal- Que... os divirtáis. Y ya hablamos, Bella. Te llamo y... me cuentas.
Bella asintió y posiblemente no pestañeó hasta que Jessica decidió mover sus pies y salir del local. Eso sí, mirando hacia atrás como si no se creyera lo que viera. Lo hizo tantas veces que en un par de ocasiones Lauren la pisó. Y una vez fuera, volvieron a mirar, Mike se les unió y los tres juntos parecían animales en la vía del tren a punto de ser atropellados.
-Creo que volver a clase el lunes va a ser muy mala idea.
La voz de Edward le trajo a la realidad de la mesa para mirarle. Esperaba encontrárselo con su gesto molesto, pero sonreía a la vez que se le formaba esa arruguita tan encantadora en el entrecejo, lo que le llamó la atención, dado que siempre parecía muy incómodo cuando Jessica o Mike estaban alrededor.
-No me dejarás sola ante el peligro, ¿verdad?
-¿Propones algo?- añadió igual de jocoso.
-Me va a llamar y me va a interrogar. Tú la has oído. Querrá saberlo todo. Qué hacíamos aquí, si salimos juntos, cuánto llevamos...
-Mmm...- murmuró con su sonrisa- Lo mejor va a ser que le digas la verdad: cenar, sí y tres citas. En ese orden, porque si lo cambias no tiene mucho sentido.
La felicidad volvió a su cuerpo a la vez que el rubor a sus mejillas y de tan contesta que estaba estiró las manos por el mantel para aferrar la de Edward. Volvieron a entrelazarse sus dedos y como creyó que no podía ser más feliz, añadió:
-Eso quiere decir que... ¿somos novios o algo así?
Edward sonrió más que nunca y sumó su otra mano al montón que ya formaban las dos suyas entralazadas con su mano derecha para decir:
-Me parece que cuando dos personas salen juntas constantemente a citas, se les llama así.
Asintiendo compulsivamente por si acaso dudaba que ella estaba de acuerdo, aferró bien su otra mano para que sus dedos se entrelazaran también. Lástima que la camarera apareció con la pizza y tuvieron que separarse.
-Que aproveche- dijo la mujer explotando su burbuja de felicidad.
-Me he divertido mucho, gracias por invitarme- dijo Bella en cuanto el Volvo se detuvo delante del camino de su casa.
-Es lo menos que podía hacer después de las palomitas o que vayas a cocinar mañana para Alice y para mí.
-Ya te dije que no es molestia, me gusta cocinar y cuidar a quien tengo alrededor.
-Lo sé- le sonrió- ¿Te acompaño?
Asintió y esperó el ritual de siempre, apretando nerviosa el papel de alumnio de los trozos de pizza que habían sobrado. Edward se bajó, rodeó el coche y le abrió la puerta para tomarla de la mano. Podía acostumbrarse a eso.
-¿A tu padre no le parecerá mal? Ya he estado aquí hoy y mañana vendré con Alice.
-No te preocupes, yo sé cómo tratar con Charlie. ¿Sobre las 12?
-Aquí estaremos.
Volvió a apretar el papel de aluminio y como Edward metió las manos en los bolsillos de la cazadora al soltarla al llegar al porche, fue ella la que se adelantó. Se moría por besarle aunque fuera en la mejilla, notar de nuevo esa piel suave y fina contra sus labios como por la tarde y tener esa esencia prácticamente en su nariz, así que lo hizo, sonoramente para después decir.
-Buenas noches.
-Buenas noches- respondió él con una sonrisa.
Cerró la puerta de casa para apoyarse en ella y hasta se apretó el papel de aluminio contra el pecho. Si las piernas le temblaban así por un beso en la mejilla, no querría saber del efecto de otro tipo de besos. Algo que nunca había experimentado. ¿Y si no sabía? Quizás sus narices chocaran, o sus dientes o... ¡Y eso no podía contárselo a nadie! Las piernas le temblaron absurdamente con su inquietud más cuando la luz del pasillo se encendió para que su padre bajara las escaleras.
-¡Bells! ¿Qué haces ahí a oscuras?
-A...acabo de llegar. ¿Y tú?
-También. Harry Clearwater me ha traído. Tenía los pies empapados y he subido a cambiarme. ¿Mañana harás la colada? No tengo más calcetines.
-Eh, sí, pondré la lavadora ahora mismo.
Le sonrió y se le plantó delante, para mirarla de arriba a abajo, curioso, algo que la puso más nerviosa. Y era una tontería porque nada le indicaría que acababa de llegar de una cita con Edward o que Edward hubiera estado allí toda la tarde. Porque no es que se lo quisiera ocultar pero tampoco estaba segura cómo se lo tomaría. Puede que pasara de ella o que le sentara mal.
En ese momento la idea de Charlie como compañero de piso que le dejaba su espacio le agradaba mucho.
-¿Te has divertido?
-Sí, ha estado bien. Te he traído pizza- le ofreció el paquete de aluminio.
-Gracias, hija. Estoy hambriento- respondió cogiéndolo- ¿Dónde habéis ido?
-Al cine y a cenar, como te dije. Mañana he quedado con los chicos para almorzar aquí, ¿te importa?
-¿Qué chicos?- levantó una cena.
-De clase, ya sabes, papá. Y también he pensado en invitar a Alice y Edward Cullen.
Con sólo pronunciar su nombre, ya notó que se ruborizaba, así que se evadió entrando en la cocina para darle un plato a su padre y hasta sacarle una cerveza, poniéndoselo todo en la mesa. Así era como se trataba a Charlie, dándole todo hecho para que no tuviera que pensar demasiado.
-¿Los Cullen?- repitió.
-Comparto clases con los dos y son muy agradables. Tú dijiste que te gustaban.
-Sí, si, no hay problema. Has hecho bien, Bells. Son buenos chicos, alguien debió ser amable con ellos mucho antes.
Repitiendo algo que acababa de hacer, Bella sonrió para besar a su padre en la mejilla, tan feliz como llevaba siendo horas.
-Gracias, papá.
A ese portón qué le pasaba. Tardaba una eternidad en cerrarse y quería bajarse ya del coche para entrar en casa y decirle a Rosalie que su maldito descapotable cantoso ocupaba parte de su plaza. Qué pasaba con ella. Siempre tenía que estar haciéndose notar.
El portón llegó al suelo con un ruido seco, desbloqueó su alarma y prácticamente corrió hacia la puerta de la cocina para decirle cuatro cosas.
-¡Edward!- exclamó Alice levantándose de la mesa de la cocina donde estaba sentada con Jasper- ¿Te ha dado Bella algún mensaje para mí?
-Que mañana nos espera para comer.
-¿Nos?- levantó una ceja- ¿A quiénes? ¿A ti y a mí?
-Ha sido idea suya.
-¡Pero...!- exhaló el aire- Tú has estado hoy toda la tarde con ella. ¿Por qué yo no puedo?- preguntó haciendo un mohín.
-Tú ya te has sentado con ella a comer en el instituto cuando yo ni siquiera lo he hecho, así que creo que perdiste tu oportunidad de quejarte por mucho que le regalaras un móvil. Mañana quiere pasar el día con los dos, así que lo tomas o lo dejas.
-Está bien- exhaló el aire de nuevo- Pero lo he comprado unos jerseys y se los llevaré. Siento que te vayas a aburrir.
-Lo superaré- contestó- ¿Dónde está Rosalie? He dejado su maldito BMW atravesado.
Jasper miró a Alice y Alice miró a Jasper, en esas conversaciones inaudibles que solían mantener. Después él le regaló una de sus miradas de suficiencia y entonces todo le empezó a oler mal. ¿Dónde estaba su madre para interesarse sobre su cita? ¿O su padre para no decir nada pero mostrarle su apoyo con su sonrisa? Y la puerta que comunicaba con el comedor estaba cerrada, como si quisieran aislarse de algo.
-¿Qué?- insistió- ¿Qué es?
-Mamá y papá le están echando la bronca a Rosalie y a Emmett- dijo Alice, bajando el tono.
-¿Por qué? ¿Les han pillado los condones?
-Peor- miró atrás para seguir hablando- Se fueron esta tarde a Seattle sin permiso y Rosalie se ha hecho un piercing en la lengua.
Cruzó el la cocina como una exhalación por mucho que Alice y Jasper le exclamaran que se quedara allí para plantarse en el salón: Emmett y Rosalie estaban sentados en el sofá, su madre estaba en el sillón individual y su padre estaba de pie. No le hizo falta prestar atención para saber de qué iba la charla porque se la sabía de maravilla: el peligro al que estaban expuestos, el cuidado que había que tener y los riesgos que se corrían. Así que sin que nadie le invitara, se unió a la bronca.
-¿Estarás contenta, verdad? Ya está todo el mundo pendiente de ti. ¡Enhorabuena! Te juro que si tenemos que mudarnos a toda prisa por tus tonterías te estaré dando patadas en el culo de aquí al próximo destino.
-Edward, por favor- sólo susurró su madre.
Porque en el salón se hizo el silencio. Emmett le miró con su cara de cordero degollado por lo que sólo había sido el peón en las maniobras maquiavélicas de Rosalie y ella ni se dignó a contestar, si no que se quedó allí, levantando una ceja y llevándose una bolsa de hielo a su boca, visiblemente hinchada.
-La castigaréis, ¿verdad? Sin salir hasta que se largue a la Universidad.
-Creo que no va a ser necesario, hijo- dijo su padre- El dolor y la hinchazón que tiene ahora mismo es suficiente castigo, contando a lo que se ha expuesto por haberse perforado la lengua en un sitio sin ningún control de sanidad: hepatitis, herpes,...
-¡Y una mierda!- volvió a exclamar- Primero vomitar y ahora esto, ¿es que nadie lo ve? ¡Quiere amargarme la vida! ¡Quiere que nos descubran y que nos tengamos que largar!
-¿Y qué más te da?- replicó Rosalie con un ininteligible seseo- El primero que te largaste fuiste tú. ¿Por qué contigo es diferente? ¿Porque eres su hijo biológico?
El salón se inundó del jarro de agua fría que les mojaba cada vez que alguien pronunciaba esas dos palabras: hijo biológico. Cada vez que alguien mentaba en voz alta la realidad de la tragedia que vivían. Que todo era culpa suya porque por sus venas corría parte de su madre y otra parte maldita, que esa condición le hacía diferente e incluso inferior, porque no era un ser inocente como ellos. Que era el único que no había dejado su maldición atrás cuando entró a formar parte de esa familia.
-¡Rosalie!- exclamó su madre- No digas eso nunca más. Sabes que os quiero a todos por igual, de la misma manera que quiero a Edward. Todos y cada uno sois mis hijos.
-¡Pero todo es culpa suya!- insistió, dañina- Ahora es todo incluso peor: normas, normas y más normas: el GPS, los teléfonos, las llamadas cada cinco segundos. ¿Para qué? Jamás podrás ser una persona normal. Y Bella se cansará de fingir que no le importan tus manías y le contará a todos lo que sabe.
Entonces no lo soportó más: le importó un bledo que Emmett estuviera al lado y que si intervenía le podría romper un hueso, que su madre practicamente sollozara y que su padre le rogara que se detuviera. Si el pendiente de su lengua no se la pudría, él se la arrancaría con sus propias manos.
Aunque se estuviera portando como le dictaba la otra mitad de su sangre.
