Capítulo 11.

Luego de esa necesaria conversación con Hermione, Harry pudo sentir cómo ese peso de rocas en su estómago se iba alejando a medida que la semana pasaba. Continuó sus días en el Ministerio tan normal como si su vida no hubiera dado un vuelco de 360 grados, sólo le aterraba que en cualquier momento volvieran a pedirles practicar legeremancia, odiaba con todo su ser al mago que había inventado aquella horrible arte mágica.

Su amiga intentó durante toda la semana planear alguna salida con Ron, para que Harry tuviera el valor de contarle lo que le estaba sucediendo con Malfoy, sin embargo él estaba dispuesto a atrasar ese momento lo más posible. Había practicado el discurso en su mente infinidad de veces, pero en todas esas prácticas mentales visualizaba el rostro de un asqueado Ronald.

Y por otro lado quiso envíarle una lechuza a Draco, pidiéndole disculpas por su actitud en su último encuentro. Pero no se atrevía, sólo por el hecho de que sentía que el rubio había actuado exageradamente sin siquiera haberse puesto en su lugar. Harry creía que él debía comprender lo difícil que era estar en su situación, es decir, asumir que te gusta una persona de tu mismo sexo no es algo que sucede todos los días, de la noche a la mañana y sentía que Malfoy no lo veía de ese modo. Para Harry, Malfoy simplemente quería acostarse con él, compartir unos besos y unas noches locas y se debatía constantemente aquello, pues él no se sentía de ese modo hacia el Slytherin. Tampoco era que se estuviera enamorando, pero le estaba empezando a agradar el nuevo Draco que estaba conociendo y quería seguir saliendo con él, no borrachos, tener una conversación para aclarar su corazón. Pero eso ya pasaba los límites sociales que a Harry le acomodaban.

Así que desesperado el domingo por la mañana se dirigió a la casa de Hermione. Lo recibió la sonriente madre de ésta y lo hizo pasar a la sala donde al cabo de unos minutos apareció su amiga tomando asiento a su lado.

Conversaron de cosas triviales al principio, compartiendo un té.

- ¿Cómo vas llevando lo de Malfoy? - Preguntó de repente la chica, bajando el tono de su voz.

- No sé, me cuesta tomar la iniciativa en este aspecto, quiero conversar con él, saber qué es lo que piensa también. Es decir, ¿Te imaginas que él sólo está jugando y ya? Y yo aquí de tonto pensando que me he hecho gay...

La castaña lo observó preocupada.

- Para enterarte de eso lamentablemente tienes que tragarte tu vergüenza y preguntárselo directamente. No puedes esperar a que los días pasen mientras tu cabeza de chorlito se la pasa cuestionándose si él siente lo mismo que tú.

El rostro de Harry demostraba que eso no era lo que quería escuchar exactamente.

- Es que no sé cómo abordarlo, no es que quiera tener una cita... - rascó su nuca con nerviosismo - pero quiero saber si le gusto o no.

- Envíale una lechuza proponiéndole una conversación y fin del asunto. Lo peor que puede pasar es que él te diga que no está interesado. Tampoco va a ser el fin del mundo y al menos estás aún a tiempo de detener tus sentimientos hacia él.

Aquella tarde, luego de almorzar en casa de Hermione, regresó a Grimmauld Place y le envió una carta al Slytherin, proponiéndole verse esa misma tarde en el Callejón Diagon.

Para sorpresa de Harry la respuesta afirmativa llegó en menos de 20 minutos. Entonces se vistió con nerviosismo y se apareció frente al Caldero Chorriante. Caminó por entre la multitrud de personas que lo saludaban entusiasmados, volteándose a verlo. Entonces se sintió un torpe al haber elegido ese lugar, expuesto ante todos esos magos y brujas.

- ¡Potter! - Malfoy lo llamaba sentado en una banca, cerca de Gringotts.

- Qué tal, ¿Cómo has estado? - Preguntó un inquieto Harry, sin saber si darle un apretón de manos o un abrazo de amigos.

- Pues bien... - se hizo un corto silencio - ¿Y a dónde quieres ir?

- Había pensado tomarnos un té en algún lugar de por acá, pero no quiero que te ensucien el pantalón de nuevo - rió tontamente.

- Verdad que eres una celebridad - el rubio miró al rededor, metiendo sus manos en los bolsillos de su cárdigan -. Conozco buenos lugares muggles cerca de mi departamento, ahí ambos seremos unos completos desconocidos para todos.

Harry se quedó hipnotizado por la sonrisa que le mostró Malfoy al final de esa frase. Una sonrisa cálida y despreocupada, con sus labios rosados y cautivantes.

Aceptó la invitación y se aparecieron en una callejuela estrecha. Caminaron hasta una cafetería pequeña y hogareña.

- ¿Cómo te ha ido con los Aurores? - Preguntó finalmente, luego de que la camarera se alejara tras tomarles los pedidos.

- Bien...

- ¿Muy complicado? - Agregó Draco tratando de buscar su mirada con sus ojos plateados.

- No, en realidad creí que iba a ser mucho más difícil adaptarme, pero hasta el momento voy bien... - respondió Harry relajándose un poco, pero incapaz de sostenerle la vista más de dos segundos.

- Eso era de esperarse, tienes más experiencia que todos allí.

- No sé si más experiencia, soy joven aún, hay personas en el departamento que pelearon desde un comienzo, desde antes del ascenso de Voldemort... lo siento - agregó al ver la mueca de incomodidad de su acompañante al oír el nombre del Señor Tenebroso.

- No te preocupes.

- ¿Y a ti qué tal te ha ido en San Mungo? - Preguntó Harry cambiando de tema.

- Bien, hemos aprendido muchas cosas, me agrada sobre todo pasar tiempo en el laboratorio, pensaba que sabía todas las pociones que podría necesitar, pero existe una infinidad de pócimas para todos los sucesos que te imagines - Harry observaba fascinado la forma en que el rubio hablaba.

- Siempre pensé que te dedicarías a los negocios, que tendrías una gran oficina en el Ministerio, o quizás en algún Ministerio extranjero.

- No mientas Potter, no creo que yo te haya interesado mucho como para pensar en qué tipo de trabajo tendría en el futuro - dijo Draco agachando la mirada hacia el azucarero, jugueteando con la tapa.

- No es eso, pero debes admitir que uno inevitablemente encasilla a las personas según su propia impresión y si nunca tuvimos una conversación profunda, generamos juicios que no son cien por ciento reales.

- Sí, tienes razón.

- ¿Ves? Te apuesto a que según tu impresión de mí yo sólo me iba a dedicar a ser una celebridad y a ganar dinero fácil - rió Harry, provocándole una corta y ronca risita a Draco.

- Tal vez ja ja ja. Mmm sí, pensaba que te ibas a dedicar al quidditch. Pero después de todo lo que pasó tenía sentido que quisieras hacer lo que tus padres y sus amigos hacían. San Potter siempre tiene que hacer el bien - Malfoy le mostró una sonrisa sarcástica, pero que a Harry le pareció encantadora.

Estaba sorprendido de que el Slytherin pareciera adivinar los pensamientos que tuvo antes de decidir qué carrera seguir para su futuro.

- Me costó mucho optar entrar a los aurores, porque sí, durante toda la escuela estaba decidido a ser jugador de quidditch... pero después de considerarlo arduamente, sentí que no me iba a llenar. Ya sabes, ser jugador profesional te transforma inevitablemente en una celebridad y a mí en particular me apesta esta tonta fama inyectada.

Sus miradas se encontraron y de nuevo Harry pudo sentir esa conexión que los orbes del rubio le transmitían, esa desnudez de alma que le hacían saber todos los pensamientos que estaban transitando por su mente.

- Es una lástima, aunque me duela mi orgullo admitirlo, eras un muy buen buscador. La mayoría de las veces en que recuerdo los partidos de quidditch en Hogwarts, sólo puedo pensar en que me gustaba cómo te quedaba el uniforme. Te hubieras visto realmente guapo con el uniforme de la selección de Gran Bretaña.

El moreno sintió cómo su cara se acaloraba desde sus orejas hasta la punta de su nariz y agradeció con la vida que la mesera estuviera sirviéndoles el té en ese momento, porque así Malfoy no le prestaba atención a su sonrojo.

- Y bueno... yo, necesitaba hablar contigo - se atrevió a hablar finalmente.

- Eso es lo que hemos estado haciendo Potter - volvió a reir Draco con sarcasmo, tomando un trozo de pastel.

- Es en serio - dijo un mesurado Harry, acomodándose sus gafas con el pulgar y el índice.

- Creo que ya sé lo que vas a decirme, por Merlín te ves tan tierno intentando ponerte serio cuando por dentro están a punto de comerte los nervios - Draco le puso una mano en la rodilla, acariciándole suavemente, en señal de sosiego.

Harry estaba un poco sorprendido y tapó su rostro con ambas manos, riéndose torpemente.

- ¿Y qué es eso que crees que quiero decirte?

- Que no paras de pensar en mí.

El pelinegro soltó un carcajada nerviosa que hizo que la pareja de la mesa de atrás volteara a observarlos.

- ¿En serio?

- Soy un Malfoy, soy inolvidable lo sé - agregó pasando sus dedos entre su platinado cabello, arrastrándose el flequillo hacia atrás, en una pose exageradamente actuada.

Ambos se carcajearon sin reparo ante la infantil frase de Malfoy. Harry se relajó por completo, en verdad el Slytherin sabía cómo distender las situaciones incómodas.

- Sigues siendo un maldito egocéntrico.

- ¿Y? Eso no te detiene a querer besarme otra vez - el rubio volvió a sorber su té, sin despegar sus ojos de los de su acompañante, quien tragó saliva.

- Sobre lo de la última vez, cuando Hermione llegó a mi casa y...

- Ya sé que le contaste...

- ¿Qué? ¿Ella te lo dijo?

- No no no, pero sus miradas constantes la delatan, su expresión de "ya sé que te gusta Potter".

- ¿Te gusto? - Lo interrumpió un sorprendido Gryffindor.

- Pues sí, es un poco obvio ¿no crees?

- Yo... no lo sé, es que... pensaba que sólo querías pasar el rato...

- Por Salazar, Potter ¡Qué imagen tienes de mí! ¿Que me acuesto con un chico diferente cada fin de semana?

- No, lo siento, yo... es que ha sido todo tan repentino, que la parte en la que yo te gustara era de una en un millón.

- Entonces ¿yo te gusto?

- Vaya Malfoy, me cuesta acostumbrarme a que seas tan directo - volvió a sonrojarse.

- Sólo tienes que responder sí o no, no hay que ser un maldito Ravenclaw para responder una pregunta así.

- Es que... sí, puede que me gustes. Pero es que es algo nuevo para mí, yo... nunca me había interesado por un chico y llegas tú, me besas...

- A ver a ver a ver, fuiste tú el que me besaste primero - Draco lo apuntó con un índice acusador.

- Es cierto - rió -. pero estaba borracho...

- Ya deja de excusarte Potter, sólo admítelo, no entiendo ese afán tuyo de complicarse por todo. Disfruta la vida, sobre todo disfruta el momento; eso lo aprendí en parte gracias a ti. Después de salvarme de ir a Azkabán descubrí que sí, que hay que vivir cada minuto porque nunca sabes lo que pueda pasar mañana.

Las palabras de Draco irrumpieron profundamente en su acelerado corazón. Tenía toda la razón ¿Cuál era el maldito problema de que le gustara un hombre?

- Entonces sí, me gustas, pero me da un poco de temor que las personas sepan... es decir, mis amigos... y Ginny, siento que van a odiarme. Además todo es tan nuevo... tú sabes, nunca me he acostado con un chico - dijo agachando la mirada hacia su taza.

- Pero cuando lo hiciste por primera vez con una chica, obviamente nunca lo habías hecho... siempre hay una primera vez y... además tampoco puedes decir que nunca lo has hecho con un chico, no necesito recordarte lo que hiciste la última noche... yo hice eso al menos en mi décima vez ja ja ja - rió bajito, colocándose una mano sobre su boca mientras Harry lo miraba con sus ojos como plato.

- ¿Puedo hacerte una pregunta?

- Adelante.

- Es que como hace un rato hablaste de mí con el uniforme de quidditch... ¿Desde cuándo te gusto?

- No lo sé, no me gustabas Potter, al menos en la escuela de verdad te odiaba. Primero porque te negaste a ser mi amigo y segundo, porque me das envidia y me da gusto poder decírtelo abiertamente ahora que ya no guardo rencores.

Harry estaba más y más sorprendido con ese Malfoy que hablaba sin ningún disimulo de sus sentimientos.

- Siempre me pregunté por qué me odiabas tanto. Cuando ya fui un poco menos inmaduro para comprender que no te podía odiar sólo porque eras de Slytherin, incluso intenté tener una tregua contigo, pero tú nunca dejaste ese aborrecimiento absurdo. Ahí tal vez intuir que podías sentir envidia, pero de verdad aún no puedo concebir por qué, ¿envidia de qué? ¿De no tener padres? ¿De tener que cumplir con las diferentes expectativas de adultos que me conocían mejor que yo mismo? No tiene sentido Malfoy.

- Ya, pero era un maldito niño pesado. Te odiaba y punto, ambos tuvimos una adolescencia difícil... y lo siento por todas las veces que te hice sentir mal y eso - La voz de Draco se quebró levemente cuando declaró su disculpa.

- En ese caso yo también lo siento, muchas veces era yo el que iniciaba las riñas.

- Y bueno, eso, no sé cuando me empezaste a agradar. Lo más probable es que haya sido después del último juicio en el Wizengamot... Fuiste una vez más el héroe del mundo mágico, pero en ese momento eras mi maldito héroe... esos imbéciles del Wizengamot me iban a mandar a Azkabán maldita sea... - Y su voz se quebró completamente mientras que sus ojos soltaban un par de lágrimas.

El corazón de Harry se apretó fuertemente, produciéndole un dolor incomprensible y una rabia descomunal. Los platos y las tazas sobre su mesa comenzaron a temblar levemente, sabía que era por la magia que desprendía de ambos así que intentó calmar sus sentidos y a la vez los del rubio, cogió una de las manos de Draco con las propias, apretándola y tratando de traspasarle tranquilidad. Él lo miró secándose las lágrimas y la nariz con una servilleta y dedicándole una leve sonrisa y tratando de decir algo más, pero Harry lo interrumpió.

- No necesitas decir más - miró a su alrededor y bajó la voz - tu magia ya me hizo comprender lo fuerte de tus sentimientos de gratitutd hacia mí. Gracias por eso.

El azabache le mostró una sonrisa sincera y sintiendo la suavidad de la mano de Draco se quedó estático observando lo fabuloso de sus ojos grises, estaba cada vez más fascinado por sus delicadas facciones y por cómo su rebelde flequillo le tapaba uno de sus ojos, obligándolo de vez en cuando a arrastrarlo con sus dedos hacia atrás, era hipnotizante.

- Aunque te cueste creerlo, me gusta mucho venir a lugares muggles, porque aquí nadie se da vuelta a cuchichear sobre mí ni me gritan mortífago y esas cosas... pero te has dado cuenta, aún me cuesta controlar mi magia y he pasado algunas vergüenzas, por eso trato de no salir mucho.

- Yo tampoco salgo mucho, así que ya podemos decir que tenemos algo en común.

- ¿Tienes algo que hacer ahora?

- No - miró la hora en el reloj que había tras el mostrador, eran las 17:45.

- ¿Quieres ir a cenar a mi departamento? Vivo a 5 minutos de acá.

- Mmm bueno.

Pagaron la cuenta y caminaron por las calles de Chelsea, estaba atardeciendo y el viento otoñal desordenaba sus cabellos. Harry sentía una calma espiritual que pocas veces en su vida había experimentado. El caminar por entre los transeúntes sin ser reconocido era muy satisfactorio. Observó a Malfoy caminar a su lado, con las manos en los bolsillos, la luz del sol poniéndose contrastaba delicadaente con su pálida piel y enmarcaba el perfil de su delgada nariz, era como mirar una obra de arte. La mirada traviesa del rubio lo pilló desprevenido.

- ¿Y qué cocinarás de cena? - Preguntó sólo para que no notara su mirada embobada.

- Pediré algo a domicilio - rió un poco avergonzado -. Aún estoy aprendiendo a cocinar, es complicado.

- Guau, yo sólo estaba bromeando, no imaginaba que en verdad cocinaras.

- Hey ¿Piensas que sólo soy una cara bonita? - Continuó riendo, contagiando a Harry -. Cuando me fui de casa tuve que aprender a valerme por mí mismo, ha sido muuuuuuuy difícil, esta parte por sobre todo, mamá a veces me lleva comida, otras veces pido a domicilio, pero a veces se gasta mucho dinero y sabes que el cambio a moneda muggle es caro, por lo que me vi obligado a aprender a cocinar y me he dado cuenta de que no soy muy bueno en ese aspecto ja ja ja.

Se detuvieron frente a un típico edificio londinense de 5 pisos, con sus verjas bajas y su escalera pequeña que daba a la puerta principal. El departamento de Malfoy estaba en el cuarto piso y a pesar de que Harry no conocía muchas residencias muggles, entendía que el lugar donde vivía no era tan de clase media, si no más bien de clase media alta, pues era un departamento bastante amplio, con dos pisos y una terraza bastante grande, desde donde se podía observar en todo su esplendor el Chelsea Bridge Road. Estaba todo pulcramente limpio y blanco y olía a Draco por todos lados.

El Slytherin cerró la puerta y se giró observando firmemente los verdes ojos de Harry, sonriendo complacido, ta vez por tenerlo por fin ahí, de pie en su salón. Él le sonrió de vuelta, disfrutando del aroma que inundaban su fosas nasales, disfrutando del brillo que las luces de la ciudad, que se colaban por las ventanas, resaltaban de sus iris grises y revelaban una acuarela de sensaciones.

Draco recorrió el espacio que los separaba, posó sus manos en los hombros del Gryffindor y lo besó suavemente. Harry saboreó la bergamota del earl grey que habían compartidos momentos atrás y tomó la pequeña y firme cintura del que lo estaba besando, sosteniéndola con propiedad.

Ambos estaban conectados por esa serenidad que el atardecer de Londres les estaba brindando, en la oscuridad de aquella sala inundada por el aroma del perfume de Malfoy, despreocupados, sólo besándose, sin saber que estaban a punto de enamorarse.