Aclaraciones: La peseta era antiguamente la moneda de España (No sé si ya lo habré mencionado antes). En la primera mitad de la dictadura, el comercio exterior estaba prohibido.

Y ya está, creo...

...o...o...o...

Lovino, como las otras noches, entró en la casa del francés por la puerta trasera, tratando de no ser visto por alguien, aunque a esas horas tampoco es que fuera a cruzarse con nadie.

Se quitó la chaqueta y la dejó arrojada en cualquier parte. Necesitaba ver al mayor después de un día aburrido todo el tiempo al lado de su hermano, para luego, a la noche, ser largado de casa ya que querían "privacidad". Mucho se quejaba Feliciano de que se estaba metiendo en líos pero tampoco le dejaba quedarse en la casa del alemán.

Gruñó, todavía algo molesto con el otro Vargas, y se tumbó en el sofá, quedando dormido al instante. Se despertó poco después por los constantes golpes a la puerta.

Al comienzo se mostró reacio, mas rápido recordó que se había dejado a su pareja fuera de casa. Vio primero por la ventana para asegurarse, y abrió la puerta, encontrándose a un preocupado Antonio el cual parecía al borde del llanto. El ítalo levantó una ceja, confuso.

–¡Pensé que te había pasado algo!– Soltó el moreno nada más entrar en casa, abrazándolo con toda la fuerza que pudo– Estaba muy preocupado. Llevo llamando diez minutos prácticamente.

–¿Por qué me iba a pasar algo?

–No sé... Bueno, sí– Apretó más al menor entre sus brazos, llegando a hacerle algo de daño accidentalmente–. ¿Te has cruzado alguna vez con María?

–¿María?

–Mi mujer.

Lovino se despegó del español con complejo de lapa y gruñó.

–Sí. Ayer me crucé con ella. Me miró mal, pero nada más.

–¿Al salir de mi casa?

–Algo después. Estaría a mitad de camino a la casa del patatero.

El guardia civil suspiró ruidosamente.

–No la entiendo, de veras que no. Por cierto, ¿por qué tardaste en abrir?

–Me quedé dormido. No pude dormir bien por culpa de la pareja ruidosa, y tampoco me pude echar la siesta porque se le dio a Feliciano por salir conmigo por ahí.

Antonio sonrió, agarró su mano y le dio un pequeño beso. El más joven no entendió a qué había venido ese gesto, mas no lo rechazó. No supo notar el miedo que sentía en ese momento el español a que todo desapareciera de nuevo de un momento a otro.


Aprovechando que Lovino se estaba quedado dormido, el moreno decidió ir a casa antes. Besó la frente del italiano, se vistió con prisas y se despidió de él. Salió poco después por la puerta de atrás y volvió a su propia casa. Nada más llegar, su esposa le dirigió una mirada entre molesta y confusa.

–Pensé que llegarías más tarde.

–Hoy pude volver antes de tiempo– Comentó con voz cortante, dejando el tricornio en el perchero para poder sacudirse el pelo un poco.

–¿Has renunciado a la quedada con tu amante?

–¿Volvemos a sacar el tema?

–Con lo poco que hablamos, es normal que quiera conversar.

–Que hablemos poco es tu culpa, que me evitas. Voy a subir a Toni y hablamos de esto todo lo que quieras, pero prefiero que no nos escuche.

No tardó mucho en acompañar al niño, que entre patada y patada terminó por ceder e ir a su cuarto. Finalmente, se detuvo frente a María, cruzándose de brazos.

–¿De qué se me acusa esta vez?

–¿Por qué no me dices de una vez la verdad, Antonio? ¿Por qué llegas tan tarde siempre?

–Está bien. Llego tarde a casa para no verte la cara– Se encogió de hombros–. Te has vuelto una neurótica.

–¡No me mientas!

El hombre alzó una ceja, molesto.

–No me faltes al respeto de esa manera. Me estás insinuando continuamente que te soy infiel, y lo dices con todo el descaro del mundo.

–¿Sabes lo duro que es?

–Sé lo insoportable que eres. Llevo tres años escuchándote continuamente acusarme de cualquier, repito, cualquier– Remarcó la palabra– tontería. ¿Te parece raro que no quiera pasar el rato con alguien que desconfía continuamente de mí? ¡Por favor!

La joven frunció el ceño.

–De acuerdo que al comienzo me puse exagerada, pero ahora sí tengo razones.

–¡Cállate!– Respiró agitadamente– Estoy hasta los cojones de soportarte. Al menos deberías de tener respeto por mí, por tu marido.

–¿Respeto? ¿Haciendo lo que haces? Habrá gente que respete tu puesto de trabajo pero es lamentable.

Antonio agarró los hombros de su pareja y la acercó a él, mostrando una expresión de completo odio.

–No me saques el tema del trabajo. Nunca.

–¿Por qué no? Siempre te quejas por eso, así que yo creo que también puedo, ¿no?

–¿Qué es lo que quieres? ¿Sacarme de mis casillas? Porque lo has conseguido. Tengo paciencia pero es limitada. Además, para decir que tanto te molesta mi trabajo, bien que te has gastado todos nuestros ahorros en tus caprichos, bien que me forzabas a trabajar más tiempo para poder tratar de ascender y conseguir más dinero que gastar en ti misma y dejar tan sólo un par de monedas para sobrevivir. Porque, sí, María, sé que has gastado todo eso en tus caprichos. Después dices que no tenemos para comer como si fueras inocente.

La soltó dándole un leve empujón y se llevó la mano a la frente, apartándose el pelo de la cara. Observó la reacción de miedo que la joven frente a él había mostrado cuando se había llevado la mano al pelo. Se había cubierto la cara, con temor.

–¡No me jodas! ¿De verdad hasta ese punto desconfías de mí? ¿¡Pensabas que te iba a pegar!?

Ella mostró enfado en su rostro y se reincorporó.

–No sé qué pensar de ti realmente– Soltó de forma seca la mujer–. Si eres una caja de sorpresas. Pensando todo este tiempo que estabas con una mujer y al final era el chaval ese, Lovino.

–¿De qué coño me hablas?– Trató de disimular, pareciendo bastante convincente.

–Es demasiado obvio que tienes algo con el italiano. Os vi hace años juntos, y no me lo vas a negar. Aparece en tu vida y me apartas de ti. Me pides tiempo y al día siguiente lo veo salir de tu casa. Ahora está aquí y se pasea con toda la calma del mundo, y por alguna casualidad, llegas todavía más tarde.

–¿Me estás insinuando que además de engañarte, lo estoy haciendo con un hombre?– Se llevó las manos a la frente y se rio– ¡Esto es increíble!

Antes de que María pudiera volver a abrir la boca, tenía el dedo de su marido frente a ella, amenazante.

–Calla. No se te ocurra abrir la boca para soltar alguna estupidez más. Vives en mi casa, pero me faltas al respeto. Estás casada conmigo, y desconfías desde hace años. Insultas mi profesión aunque nos dé el sustento. Estoy harto de escucharte. Total, dirás tonterías. No vuelvas a faltarme al respeto. Si tienes queja, lárgate y busca un marido mejor, que total, según tú no te será difícil con lo horrible que soy. Y nunca se te vuelva a ocurrir meter a Lovino en esto. ¿Me has entendido o tengo que deletrearlo?

La mujer asintió, más pálida que antes. El otro se limitó a subir para poder irse a dormir. No obstante, no pudo pegar ojo en toda la noche.


La mañana siguiente fue calmada. Antonio se levantó de mal humor por no haber conseguido descansar nada. Fue a ver a su hijo y se entretuvo un rato con él antes de tener que irse a trabajar.

Los sábados tenía menos trabajo, así que salió temprano y fue directamente al malhumorado italiano, el cual seguía en casa de Ludwig. El alemán le abrió, mostrando ligera confusión.

–¿Antonio?

–Buenas tardes, Lud. ¿Puedes decirle a Lovino que salga?

El rubio miró algo dudoso al otro, mas no dijo nada en contra de lo pedido y entró en casa acompañado del español. Antonio se quedó en el recibidor observando el lugar en el cual había estado un par de veces, esperando a que el ítalo llegara.

–¿Qué haces aquí?

La voz se Lovino se hizo notar nada más verle. El mayor sonrió alegre.

–Hoy no trabajo hasta tarde. Además, tuve un problema ayer y prefiero no llegar muy tarde a casa.

Pasó hasta el salón y miró la sala con curiosidad. Estaba todo pulcramente ordenado y limpio. Realmente se notaba que Ludwig era hermano de Gilbert.

–¿Quieres té o algo así, Toño?– Preguntó el menor de los italianos desde la cocina– ¡Ludwig tiene infusiones asiáticas muy bue…!

Se escuchó el sonido de una colleja por el fondo.

–¡Feliciano! ¡Sabes que es guardia civil y que está prohibido el comercio con el exterior! ¡No puedes hablar de productos extranjeros delante de él, y menos involucrarme!– Argumentó en voz bastante alta el rubio.

–Vee… ¿Qué más da? Toño es bueno y no dirá nada.

–Verdad– Confirmó el citado desde el salón. Lovino rio fuerte–, pero sólo si me ofrecéis ese té.

Feliciano, tras el pequeño incidente escapándosele un dato bastante ilegal, se mostró algo más reservado, aunque alegre también por tener al español para hablar. Mientras, el mayor de los Vargas y el alemán permanecían en silencio, mirando como los otros dos charlaban amigablemente. A veces Antonio trataba de involucrar a alguno de los dos, mas rápido acababan apartados de nuevo.

Pronto Ludwig tuvo que irse al trabajo, dejando a los tres restantes, aunque tampoco permaneció mucho el menor de los italianos entorpeciendo la visita, así que este se fue a ordenar la habitación del otro, una excusa para irse y espiar a los otros dos, obviamente. No consiguió ver ni escuchar mucho. Principalmente Lovino y Antonio hablaban de cualquier cosa, que si tuvo un problema con la mujer ("Huy… pero qué jugoso"), que si Lovino la llamaba "fulana asquerosa manipuladora la cual está tan mal de la cabeza que desconfía hasta de su propio hijo", básicamente… Sí, una conversación interesante, pero no era exactamente ESO lo que quería ver. Sabía que esos dos se traían algo entre manos, que, vamos, era muy obvio a ojos de Feliciano. A punto de rendirse, vio como la pareja se acercaba con un poco de duda, pero al final se daba un ligero beso. "Lo sabía… Ve. A mí no me cuelas, fratello." Sonrió el Vargas mientras saboreaba ese momento en el que al fin no se había equivocado, aunque la inseguridad se apoderó de él. Aunque fuera bonito, no era adecuado.


Cerca de las siete u ocho, Antonio llegó a su hogar tras trabajar. Una absoluta quietud envolvía el lugar, dando una sensación de soledad todavía más pronunciada. El contraste a cómo se sentía junto al ítalo era abismal.

Dejó la cazadora y sombrero en el perchero y se extrañó de no ver a nadie. A esa hora debían estar despiertos, como solía ser.

Desconfiando enteramente, exploró el piso de abajo, buscando a su hijo o mujer. Tanto silencio comenzaba a crisparle los nervios.

–¿Toni? ¿Dónde estás?– El miedo iba aumentando a cada segundo, temiendo por el destino del niño– Toni... Deja de esconderte. Sabes que mamá se molesta mucho cuando haces eso...

El moreno rio entre dientes y de forma forzada, esperando una respuesta que no recibió. Era imposible que hubiera pasado algo. La puerta estaba cerrada, las ventanas intactas, la casa ordenada... Nadie habría podido entrar de una forma tan disimulada.

Sus pensamientos se desviaron a otros, unos más cercanos y posibles. Su mujer estaba harta de aguantarlo. ¿Y sí...?

Subió las escaleras de tres en tres, tropezándose en un escalón. Se levantó rápidamente y entró en su habitación. Había un par de prendas de la joven sobre la cama, además de un collar y otros objetos de algo de valor, como si hubieran estado rebuscando en los cajones. Si sus sospechas no eran erróneas...

Fue a la habitación del menor, abriendo la puerta de un golpe y asustando a quien había dentro. Su hijo lo miró con los ojos llorosos por el ruido que acababa de hacer y le lanzó un muñeco por acto reflejo.

–¿Papá?

Antonio lo abrazó con la máxima fuerza que pudo sin herirle, sujetándolo como si en cualquier momento fuera a desaparecer.

–Menos mal... Pensé que te habías ido. ¿Dónde está tu madre?

–Mamá dijo de marchar a casa del tío. Se fue un momento. No me deja llevar mi muñeco. Es injusto. Yo quería llevarlo, pero dice que molesta para el viaje... pero ella lleva su ropa. Es injusto – Repitió, frunciendo el ceño e inflando las mejillas.

–¿Iros?– Comenzó a reírse algo nervioso– ¿En serio?

–¡Sí! Pregunté por qué no te esperaba y dijo que vendrías tarde.

–Entiendo... –Sonrió– ¿Está en casa?

–No sé. Dijo de ir a comprar pan.

–Quédate aquí. Voy a hablar con ella un momento, ¿vale?– Sonrió de nuevo, tratando de disimular su rabia.

Salió de la habitación y esperó frente a esta. Si su mujer iba a volver, iría a por el niño.

María subió las escaleras, consiguiendo distinguir al guardia civil desde lo lejos. Dudó unos segundos, hasta que dio la vuelta y volvió a entrar en el baño, seguida de Antonio. Este abrió la puerta con fuerza y le dirigió una mirada de odio.

–¿¡Pensabas irte y llevarte a Toni así sin más!? ¿¡En qué mierda estabas pensando!?

María se arrinconó en una esquina, cubriendo la cara con ambas manos.

–No...– Susurró, tratando de librarse del problema.

–Ya, claro. Por eso está tu ropa en una maleta, por eso el niño dice que "vamos" a la casa de tu hermano, ¿verdad? ¡Ven aquí cuando te hablo, y deja de hacerte la víctima!

La joven permaneció en el mismo sitio, tratando de aparentar más segura.

–Yo no quería hacer eso...

–¡No me mientas!

–¡Vale, sí!– Quitó las manos de su rostro, alzándolas un poco– ¡Estaba harta de aguantar siempre lo mismo!

–¿Y la mejor solución es irte con el niño sólo porque tu marido no quiere llegar antes a casa? ¿En serio?– Comenzó a reírse de forma seca– Se nota que te preocupas una mierda por tu hijo. ¿Qué pasaría con él? ¿Quién lo alimentaría? ¿Tú? ¿Tu hermano, que malamente le da para pagar lo suyo?

–Nosotros ya nos las arreglaríamos.

–¡Esto es increíble! El futuro de nuestro hijo iba a depender de un "ya nos las arreglaríamos"–Dio un golpe en la pared con el puño, rompiendo un par de azulejos. De su herida comenzó a emanar sangre–. ¡Me parece genial, de verdad! Tu capacidad de razonar las cosas es superior a la del resto, porque yo no lo entiendo.

–Habría salido bien... ¡No quería seguir al lado de alguien como tú!

Antonio permaneció un rato en silencio, mucho más de lo que la joven se había esperado. Cuando finalmente el periodo de quietud terminó, sonrió.

–No temas por eso. Ya no tendrás que aguantarme más.

Agarró la mano de María y entró en la habitación. Sin dudarlo mucho, cogió la maleta de la mujer y bajó todavía con la española agarrada. Soltó la maleta para abrir la puerta de la salida y luego la arrojó fuera, para echar también a María, aunque no de forma tan agresiva.

–Si no quieres estar más cerca de mí, de acuerdo. Lo entiendo perfectamente, pero ni se te ocurra pasar por aquí de nuevo a menos que sea para ver un poco a Toni. Soy cruel pero también humano–Hizo una pequeña pausa y la señaló–. Ni se te ocurra llevártelo, porque no seré tan benevolente si lo tratas de hacer. Que te vaya bien.

Y con un golpe seco, cerró la puerta. No sabía si sentirse aliviado o molesto. Terminó por sentir ambas emociones entremezcladas. Casi acabó ese día por perder a la persona más importante de su vida, de no ser porque había decidido salir antes. Ahora, que se llevaran a Toni era algo que podría pasar en cualquier momento. Necesitaba a Lovino con él y que este le ayudara.

Fue a la habitación del pequeño tras vendarse con prisas la mano. Su hijo aún le esperaba sentado en el suelo con el muñeco en la mano.

–¿Y mamá?

–Se ha tenido que ir a casa del tío sola. Al parecer no había muchas habitaciones.

–¿Y te quedas conmigo?

–¡Claro que sí! ¿Cómo piensas que me iría sin ti? Te quiero muchísimo, y eres muy importante para mí. Vamos a buscar a Lovi, que quiero decirle una cosa, ¿vale?

Agarró al pequeño en brazos por las prisas y salió de allí. El camino fue corto hasta casa de Ludwig. Llamó a la puerta un par de veces y esperó a que alguien abriera. El alemán cumplió su cometido y lo miró todavía más extrañado que esa mañana.

–¿Antonio?

–¡Hola, Lud! Sujétame un momento a Toni.

–¿Qué?– Pestañeó un par de veces, perplejo, mas agarró al niño en brazos y vio como el español ya había desaparecido de su vista nada más cedérselo.

"¿Y ahora qué hago yo con esto?" se preguntó, dejando al niño en el suelo ya que era lo suficiente mayor como para saber caminar por su cuenta.


–¿¡Que qué!?– Lovino alzó la voz, ofendido– ¿¡Estás de coña!?

Feliciano sonrió, incómodo. Se apartó un poco de su hermano para seguir hablando sin tener el riesgo a que le diera una bofetada o algo similar.

–L-Lo siento, fratello… pero quiero quedarme aquí y lo haré, te guste o no.

–¿¡Te das cuenta de lo irresponsable y malcriado que eres!? ¿Dónde te vas a quedar, si se puede saber?

–Con Lud…

–¿Tienes trabajo?

–No.

–¡Pues eso! No vas a vivir tu vida entera a costa de él.

–Conseguiré un trabajo...

–Tampoco tienes a nadie más en este país.

–Tengo amistades, como Gilbert...

–¿¡Y tu familia!?

–¿Qué familia? Tú mismo tienes dicho que ya no son nada para nosotros, fratello.

Lovino gruñó y apretó los puños.

–¿¡Y qué se supone que voy a hacer yo!? Tú mismo lo has dicho, no tengo a nadie en Italia si no vienes, y en España tampoco hay nada. No tengo dónde quedarme, por lo que yo sí estoy obligado a irme a Italia. ¿Eso es lo que quieres? ¿Abandonarme?

–Tienes a Antonio– Cortó nada más mencionar el nombre del moreno. Recordó en ese momento que la relación entre su hermano y el español no tenía mucho futuro, y menos podría quedarse en su casa, teniendo una mujer por medio–. Lo siento. Ya me he dado cuenta del error...

–Eres idiota– Soltó, escueto y ofendido.

Feliciano suspiró. Tras esto, intentó acercarse un poco a Lovino para tratar de seguir hablando de aquel tema.

Ve... Sólo pido que me entiendas.

–Es imposible tratándose del bastardo con el que sales. También pido yo que me entiendas. Me estás abandonando a mi suerte.

Fratello... Eso no es...

Unos fuertes pasos procedentes del pasillo lo interrumpieron. Con brusquedad, la puerta de la habitación se abrió, apareciendo cierto hombre de ojos verdes medio muerto por la carrera.

–¡Lovi!– Dijo, antes de llevarse una mano al pecho. ¿En serio era un guardia?– No te vayas.

–¡Ve! ¡Qué oportuno!

Antonio sonrió ligeramente.

–Feli. ¿Nos dejas un momento a solas?

El citado asintió y salió de allí, bajando las escaleras a toda prisa para poder ir a la cocina y coger un vaso que usaría de ayuda para escuchar la conversación. No se la perdía ni por 1 millón de pesetas.


Antonio agarró las manos del mayor de los Vargas y vio directo a sus ojos.

–Hablaré sin rodeos. He echado de casa a mi mujer y quiero que te quedes conmigo. Necesito a alguien en casa para que vigile a Toni, ya que no confío en María. No sé si a tu hermano le parecerá bien, mal o lo que sea, pero yo no quiero que te alejes de mí. Será todo el tiempo que quieras, pero por favor, no vivas eternamente sin trabajar, que tampoco me sobra el dinero...

El ítalo comenzó a reírse con fuerza.

–Yo no le veo la gracia– Comentó el mayor, bastante confundido.

–Es que eres muy oportuno. Demasiado oportuno – Rompió a reír, soltando ruidosas carcajadas.

–¡Y que los digas!– Añadió Feliciano desde el otro lado de la puerta.

Lovino iba a quejarse por su hermano, pero aquellos ojos verde intenso no se apartaron de los suyos.

–¿Qué me dices entonces…?

–Sólo temporal, y que el crío no se me acerque mucho. Digo que sí porque prefiero soportarte a estar completamente solo en Italia.

Antonio abrazó con fuerza a Lovino y le llenó la cabeza de besos, consiguiendo un par de quejas a modo de respuesta.

–Muchas, muchas, muchas gracias, Lovi. Te quiero– Lo soltó, dejándole respirar finalmente–. Tengo que llevar a Toni a dormir. Cuando puedas, ven.

Se despidieron y el menor vio como Antonio se fue.

No tardó mucho en comenzar a hacer la maleta, sin molestarse siquiera en dar explicaciones. Su hermano lo había escuchado, así que él perfectamente podía haber sacado sus propias conclusiones.

Tardó realmente poco en terminar de recoger sus cosas, y sin miramientos, salió de allí. Todo el camino hasta casa de Antonio lo pasó con una ligera sonrisa en los labios. Era irónico como en todo aquel tiempo Lovino había estado buscando regresar a su hogar, para después darse cuenta que realmente no había estado tan lejos como pensaba.

...o...o...o...

No sé por qué, pero tengo mucho miedo a que este final no haya gustado. Sí, esto es lo primero que digo tras acabar esta historia. No me ando con rodeos en este aspecto.

Si os digo la verdad, a pesar de que esta historia no ha sido excesivamente famosa, vuestros comentarios me han animado a lo largo de todos estos meses, a pesar de ser lenta a la hora de escribir. En serio, creo que pocas veces me he sentido tan bien como leyendo vuestros comentarios donde decíais que era vuestra historia favorita, o que era diferente, que era especial, etc. No me di cuenta de un pequeño problema hasta que llegó la hora de ponerme con el final: El miedo al fracaso. Cuando ponías mi historia a ese nivel, me sentía genial, claro que sí, pero... ¿Cómo podría hacer un final a la misma altura? A lo largo de mi historia he intentado ceñirme a una situación "realista", por lo que un final asombroso estaba descartado. Tras esto, me quedaban dos opciones: Un final simple y creíble bueno; o un final simple y creíble malo. Os he dicho siempre que no me gustan los finales tristes o malos. Os lo he repetido muchas veces, pretendiendo dar a entender que no quería hacer uno así en mi historia, y como habéis visto, no lo he hecho. Quizás muchos de vosotros estaréis decepcionados, quizás otros estarán felices. No lo sé, la verdad. Estaba insegura con el giro de los siete años pasados y al final encantó, por lo que...

Estos días he estado muy MUY ocupada como sabrán los que leen mi otra historia, y no pude acabar este capítulo antes de lo que quería. No obstante, lo he logrado. En fin. Lo que sea. Dejo de enrollarme como una persiana y voy a lo que voy: La historia.

Creí que optar por esta vía sería lo más factible, y por esa razón lo hice. Además, aunque alguien sospechara de la relación de Antonio y Lovino, tienen razones para compartir casa. Antonio necesita a alguien que vigile a su hijo, y Lovino una casa. Quizás su relación sería complicada con el niño cerca, pero bueno. De alguna forma su relación ha sobrevivido tanto tiempo, ¿verdad? Y por otra parte, vamos a mencionar a María un poquito más. Quizás para algunos sea la víctima, quizás para otros alguien realmente desagradable. ¿Mi opinión? Fue ambas. Acabó en una relación por propio interés, por el dinero y estatus. Tras la ruptura con Antonio, comenzó a sospechar ciertas... cosas acerca de lo ocurrido, y sí, después de eso no pudo confiar plenamente en Antonio, pero Antonio intentaba esforzarse en la relación aunque esta estuviera muerta desde el comienzo, pues tenían un hijo y estaban casados. Ella, dinero, tiempo libre, llevan a gastos innecesarios y así los ahorros desaparecieron. Esa fue otra inseguridad más de ella, pues al gastar los ahorros continuamente, le daba otra razón más a Antonio de no hablarle. Desconfió, se emparanoió, y al final acabó por repeler al hombre que intentaba estar en una relación que no quería.


Lovi love: Lo sé... Es duro decir adiós a una historia a la cual le has cogido cariño (O que la escribes, eso sobre todo). Jajajaja no te preocupes, pues es normal. Es cierto que es caprichoso, pero ya sabes como es su padre. Lo consiente demasiado. xD Eso es cierto, pero es padre. Su niño le nubla el juicio, aunque Lovino le haga otras cosas. Creo que al final he tenido demasiada compasión... jeje... Es una lástima que se acabe, lo sé, pero bueno... Hay más fanfics maravillosos publicándose y por publicar. Piensa que al menos este acabó y no quedó a medias. Me va a dar lástima no poder responderte a tu último comentario de esta historia, pero bueno, como siempre: ¡Muchas gracias por leer y seguir mi historia durante este tiempo, y gracias por comentar!


Bueno. Ahora quiero daros las gracias a todos por haberme estado apoyando todo este tiempo. En serio, sois los mejores. Me habéis hecho sentir como una gran escritora, como si todo lo que plasmara en esta historia fuera bueno. No sé como agraderéroslo, pero si puediera, os daría las gracias a cada uno de vosotros, a los lectores fantasma también, en persona. Lo dicho, esta historia no es en exceso famosa, pero... con vuestros comentarios, ¿Quién necesita fama? Muchos lectores no son necesarios cuando una persona comenta que escribo su fanfic favorito.

Soy una ñoña, y ahora estoy emocionada. Dadme una patada o algo.

Ugh. Lo que sea. Muchas gracias por haber leído este tiempo, y para los nuevos, muchas gracias por leer mi historia. Significa muchísimo para mí.

'Enga. ¡Hasta la próxima!