Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, sólo la historia es mía. Que la disfruten.
Este capítulo va dedicado para Danii Belliner Cullen
Gracias por estar siempre ahí y apoyarme en esta locura.
Capitulo 11
A tu cuidado
– Hogar, dulce hogar – dije con energías renovadas, después de la hospitalización.
Gracias a Dios que Carlisle mandó a arreglar la puerta que Edward dañó por algo que le estaría eternamente agradecida.
Fueron dos días de pura contradicción, tener a Edward conmigo y preocupándose por mí era una experiencia nueva y esperanzadora, pero claro está que los hospitales siempre van a ser mis peores enemigos.
– Espero que ahora sí cierres esa ventana – dijo Edward a mis espaldas. Me senté en el sofá y le eché un vistazo. Tenía el cabello mas desordenado de lo normal y la ropa arrugada. No había dormido casi nada desde que entré al hospital.
Carlisle me dijo que todavía estaba delicada y que debía tener a alguien para cuidarme, aunque Esme se ofreció amablemente decliné al instante, era suficiente con un miembro de la familia Cullen indagando en mi vida a cada momento, Edward fue más terco que cualquiera así que él terminó siendo el encargado.
– Bueno, son las dos de la tarde, lo que significa hora del medicamento – dijo Edward sentándose a mi lado con una hermosa sonrisa ladeada. A veces pensaba que él realmente disfrutaba al decir "hora del medicamento".
– Te equivocaste de carrera, debiste ser médico o… buscarte algún puesto en Guantánamo – dije levemente divertida por la situación, Edward se tomaba todo tan en serio y eso era tan reconfortante. Saber que yo le importaba tanto me tenía al éxtasis de la felicidad.
La mirada que me dedicó terminó por soltar una pequeña risa de mis labios, aunque trataba de ser intimidante la diversión de sus ojos lo delataba.
– Si mal no recuerdo estás en esta situación por no querer recibir ayuda de los demás – le miré enfadada y el sonrió satisfecho – así que ahora te aguantas.
Sí cometí un error, pero no era para que me lo recordara a cada instante.
– Cuando te pones en plan mandón eres insoportable – viré mi rostro y puse un especial interés en la pared cerca del desayunador.
– Insoportable o no tendrás que hacerme caso. Estoy a cargo – dijo Edward con un tono arrogante.
Hice una mueca, giré mi rostro y le dediqué mi mejor sonrisa del tipo "dulce y encantadora"
– Muy bien señor carcelero, haga conmigo lo que desee.
Me miró unos instantes y después sonrió enigmáticamente, casi sin expresión alguna.
– Te tomo la palabra – se levantó del sofá, acercándose a las diferentes bolsas que había traído con mis cosas. Donde seguramente estaban las medicinas.
Me dirigí a la cocina pensando en el menú del almuerzo, revisé la despensa y me decidí por algo sencillo.
– ¿Qué haces? – dijo Edward a mi espalda.
– Comida – dije simplemente, me di la vuelta y casi choco con él. Le sonreí y tomé el pollo congelado para cortarlo después de las cebollas y pimientos.
– Suelta eso – me quitó el pollo de las manos.
– ¿Qué ahora soy tan inútil que no puedo ni cocinar? – le puse mala cara, se estaba pasando con la paranoia de mi recuperación.
– Sólo no toques el pollo, está muy frío – su mirada de sincera preocupación me derritió por completo, dejé mi momentáneo enojo y seguí con mi labor. Estar cerca de él descontrolaba mis emociones.
Empecé a cortar lo necesario para el refrito para después poner una olla al fuego.
– ¿Qué hago con esto? – dijo él dejando el pollo sobre una tabla.
– Córtalo en tiras – se dio la vuelta y siguió con su tarea.
Puse los ingredientes a cocinar y me giré para verlo, sostenía un vaso de agua y las pastillas estaban en el mesón, no estuve segura de hacer una mueca, pero me acerqué y puse mi mejor cara de resignación.
– No son veneno – Edward me despeinó un poco y se dirigió al sofá.
Me quedé observándolo un instante, al ver su andar lento y pausado me sentí culpable. Se había portado mejor de lo que pudiera esperar, y el hecho de estar pendiente de mí a cada momento había hecho mella en su energía.
Tomé las pastillas y le seguí, estaba apoyado contra el respaldo, los ojos casi se le cerraban. Prácticamente durmió todas las noches en el hospital, aunque le pedí que compartiéramos la cama sólo se quedaba en ella hasta que yo me dormía y luego hacía de cama al incómodo sofá blanco.
– Deberías dormir un poco – él me miró y después asintió – prepararé el cuarto de Alice – sólo avancé dos pasos cuando él me respondió.
– ¿Todavía tiene esas velas aromáticas? – miró con fastidio la habitación de su hermana.
– Sí – dije confundida por su pregunta.
– Entonces no hagas nada, prefiero dormir en el suelo antes que tener que soportar ese olor – arrugó la nariz y yo me reí con ganas. Negué con la cabeza y caminé hacia mi habitación.
– Debes agradecerme que le haya prohibido ponerlas en la sala apenas me mudé – Edward se levantó y me siguió.
Alice era persuasiva, pero cuando se trataba de ambientes no podía permitir el olor nauseabundo de sus velas.
– Bella, en serio no voy a dormir en el cuarto de Alice.
– Ya lo entendí – me paré frente a mi puerta y él me miró esperando una respuesta más específica – espera un momento mientras arreglo mi habitación, debe estar un desastre después de la última noche que pasé aquí.
– No es necesario, el sofá está bien – sujetó la puerta para que no pudiera abrirla, había que ver lo terco que era.
– Puede que tu espalda no piense lo mismo – empujé la puerta, pero él seguía impidiéndome el paso – Vamos Edward, sólo es una cama, no tiene nada de especial. Te aseguró que no hay ningún monstruo bajó las sábanas – le sonreí y empujé con fuerza. Edward se rindió y me dejó entrar.
Todo estaba en perfecto orden, abrí la boca impresionada mientras me preguntaba si no tendría un hada madrina.
– Debió haberlo hecho Esme cuando vino por algo de ropa – dijo él notando mi sorpresa.
– Mmm… le daré las gracias cuando la vea – le indiqué con la mano para que pasara, Edward me miró con recelo y al final se decidió por entrar.
– Descansa, te despertaré cuando esté lista la comida – él asintió y se dejó caer con cuidado sobre mi cama, le di algo de privacidad y salí cerrando la puerta.
Edward acostado en mi cama, pensé con alegría. Ojalá esa escena se repita más a menudo.
Regresé a la cocina y me encargué de la comida al mismo tiempo que dejaba mi mente divagar.
Desde que lo vi en el hospital a penas desperté estaba haciéndome la misma pregunta ¿por qué me buscó y se preocupó por mi cuando no me encontró en la academia?
La posible respuesta me deba más esperanzas de lo que jamás hubiera imaginado. Sonreí y tararee despacito mientras me movía con soltura alrededor de la cocina. Después de todo, esto de los amores imposibles no era una causa perdida.
Cuando terminé me sentí muy satisfecha con lo que yo consideraba una obra maestra culinaria, sonreí y preparé la mesa. Me estaba esforzando más de lo que solía hacerlo, pero el hermoso ángel sobre mi cama lo merecía.
Coloqué un mantel de color marfil sobre la pequeña mesa del comedor, saqué los cubiertos especiales que Alice tenía guardados en el último cajón de la alacena y puse un pequeño florero con un solitario clavel en medio.
Saqué el estofado y lo puse sobre la mesa, con la ensalada y el arroz, las patatas y el vino de supermercado que tenía almacenado para un ocasión especial. No era la gran cosa, pero después de la comida del hospital esto sabría mejor que cualquier manjar.
Me acerqué sigilosa a mi habitación y abrí la puerta con cuidado. Edward estaba tirado boca abajo prácticamente cubriendo toda la cama, me recosté contra el marco y lo observé durante unos instantes. Casi no podía ver su rostro, pero su perfil estaba presionado contra la almohada, traté de contener una carcajada al verlo. ¿Quién imaginaría que Edward Cullen dormía con la boca abierta?
No tuve corazón para despertarlo, admiré su belleza unos segundos y después volví a cerrar la puerta, podría descansar todo lo que quisiese.
Regresé a la sala y observé el decorado de la mesa, sería una pena que se desperdiciase, pero no tenía otra opción. Solté un suspiro y me acerqué para comer sola.
Cuando terminé guarde las sobras en el horno para calentarlas a penas Edward se levantara, seguramente estaría muerto de hambre.
Me disponía a sentarme en el sofá y recibir un poco de sol, pero el sonido del teléfono me interrumpió. Me levanté lo más rápido que pude para evitar que Edward se despertara por el escándalo que hacía.
Descolgué y contesté rápidamente.
– Habla Bella –dije con la voz agitada.
– ¡Bella! por fin contestas, pensé que se desató la tercera guerra mundial o algo. No dabas rastros, estaba muy preocupada – dijo Alice al otro lado de la línea con la voz cargada de alivio y reproche.
– Lo siento Allie – mi voz salió lo más suave que pude aparentar – he estado un poco ocupada, ya sabes la academia y todo eso – no quería mentirle, pero preocuparla por algo que ya pasó era innecesario.
– ¿Qué le pasó a tu celular? – el tono de su voz era contenido, lo que significaba que dudaba de mis palabras. Genial Bella, ¿por qué soy tan mala mintiendo?
– Eh…. Creo que está apagado – lo cierto es que ni siquiera recordaba donde lo había dejado.
– No hay nada que hacer –soltó un suspiro y volvió a hablar – me necesitas en tu vida, mira el desastre en el que te has convertido – su tono de seriedad no admitía replica.
Sin embargo, la forma en que lo dijo sólo pudo causarme risa, ella bufó al otro lado y traté de que mi diversión fuera más silenciosa.
– Bella ¿Qué está pasando? – Tragué en seco y traté de tranquilizarme.
– No sé a qué te refieres – intenté sonar convincente, pero mi voz salió con una tinta de evidente inocencia fingida.
– Te he estado llamando desde hace tres días y no contestas y Edward sólo da evasivas. Los dos tienen algo y quiero saber qué es – incluso en la distancia el tono de voz de Alice me hacía reflexionar sobre si decirle la verdad o no.
– Sólo estás maquinando cosas en tu mente Alice – puse toda la firmeza de la que fui capaz.
– Te estás poniendo a la defensiva – hubo un silencio que me puso al extremo nerviosa – ¿Cómo vas de tu resfriado? – preguntó de repente, se me escapó el aire antes de que pudiera hacer nada y ese gesto no pasó desapercibido para Alice
– Así que el resfriado empeoró – dijo ella condescendiente y casi sin darme cuenta ya le estaba respondiendo.
– ¿Cómo lo sabes? – inmediatamente me tapé la boca por la imprudencia que había cometido. ¡Mierda!
– No puedo creerlo, Edward me falló otra vez.
– ¿Qué dices? – no me gustaba el rumbo de la conversación
– Le pedí que te cuidara como si su vida dependiera de ello y ni siquiera fue capaz de evitar…– no escuché el resto, mi mente se quedó en blanco después de su última frase. Me sentía en una especie de trance. Edward no se preocupó por mi porque lo sintiera, sino para cumplir los deseos de su hermana. Quería hundirme en el fondo de alguna deprimente piscina pública y nunca salir.
– Bella ¡Bella! ¿Sigues ahí? – el grito de Alice me sacó de mi aturdimiento y logré responderle.
– Eh… sí – el balbuceo que salió de mi boca sonó desalentado y lleno de pena.
– ¿Qué te pasa? – me sentía en una espiral de emociones y sentimientos encontrados, sólo escuchaba a lo lejos los gritos de mi parte lógica diciéndome "Tonta Bella, ¿cómo pudiste creer que él haría todo eso sólo por ti?"
– Estoy bien, sólo me distraje un poco – sentía dos pequeñas lágrimas naciendo en mis ojos, hice todo lo posible para que el dolor no se delatara en mi voz.
– Tendré que llamar a mi padre para saber los detalles ¿verdad? – el tono de su voz cambió a comprensivo – Trataré de regresar lo más pronto posible y Edward no se salvará de mí.
– No, no fue para mayores. Sólo un estúpido descuido – concentré mis pensamientos para dirigirlos exclusivamente hacia Alice y alejarlos de ese sueño que creí posible – Creo que accidentalmente dejé la ventana abierta. Fue mi culpa.
Alice ahogó un grito y volvió a hablar precipitadamente.
– ¡Oh Dios mío! – el miedo en su voz traspasó las capas de dolor de mi mente.
– Tranquilízate, te digo que no fue grave – me trague mi angustia y continué – Si Edward no hubiera llegado a tiempo… – corté ese pensamiento y seguí – me llevaron al hospital y ahora estoy muy bien – no era del todo verdad, pero si nos referíamos específicamente al aspecto físico no mentía. Además de asegurarle que él no le había fallado, había cumplido con lo que le había pedido.
– Debí quedarme, no puedo creer la clase de amiga que soy – se notaba tan culpable, ella no debería sentirse así, debería disfrutar de su viaje y olvidarse de mis problemas.
– Cálmate – aligeré el tono de mi voz y continué – me la pasé bien, incluso Edward y Carlisle se rieron a costa de las múltiples fracturas de mi niñez – ella soltó un suspiro resignado
– Fue una experiencia nueva y motivadora. Ahora los hospitales no me parecen tan macabros.
– Hablaré con papá, seguramente el no minimizará las cosas tanto como tú.
– Está bien, pero recuerda que un doctor tiene la obligación de no revelar la información de sus pacientes – sí, era un intento desesperado por amenizar la conversación, pero debía concentrarme en algo, cualquier cosa para evitar pensar en las obligaciones de Edward y su afán de ganarse el perdón de su hermana.
– Muy graciosa, bien sabes que a papá no le importará – exhaló el aire lentamente y su tono se volvió mucho más cálido – Lo único que me importa es saber que estás completamente recuperada.
– Acabo de regresar, Carlisle no me daría el alta a menos que no esté mejor que bien – me sentí aún más triste recordando las atenciones del padre de Alice, por lo menos podía asegurar que las de él habían sido sinceras.
– Lo sé, debo agradecérselo cuando regrese.
– ¿Cuándo vuelven? – todo parecía ausente a mi alrededor, quería acabar con la conversación, pero mi cariño por Alice me lo impidió.
– La próxima semana. El director quiere explorar más lugares, así que nos alargaron el plazo – de repente su tono alegre volvió a hacer eco en mis oídos con su típico trinar de campanas.
– Me alegro que todo esté saliendo tan bien – traté de sonar interesada, pero mi mente cada vez me empujaba lejos de allí, necesitaba alejar los pensamientos tristes.
– Sí, ha sido maravilloso. Los lugares que conocimos son realmente hermosos, tal vez podamos venir y pasar unas vacaciones aquí.
– Sí, genial – por más que trataba de concentrarme no lo lograba.
– Me gustaría estar allí para ayudarte en todo, pero no te preocupes – su voz se volvió aún más entusiasta – estoy segura de que Edward hará un muy buen trabajo cuidándote – un espasmo de dolor recorrió mi ser.
– Eh sí… Alice me encantó hablar contigo, pero debo – no sabía que decir para acabar con esto – eh… revisar la cena que dejé en el horno – mi cerebro aunque atrofiado logró crear una excusa medianamente aceptable.
– Está bien, te llamaré mañana en la tarde.
– De acuerdo – cada vez trataba con más ahínco que mi voz sonara normal.
– Y encuentra tu celular – su tono de reprensión fue muy leve.
– Lo haré.
– Genial, chao Bella. Cuídate, recuerda que tengo un ojo sobre ti – a pesar de la alegría de su voz pude captar el ligero matiz de preocupación que se transparentaba.
– No hay problema – colgué el teléfono y regresé al sillón.
Todo daba vueltas, me sentía perdida, abandonada…
No podía creer que fuera tan estúpida. Yo, ilusa de mí al creer que Edward pudiera tener un interés directo en mi persona, cuando lo único que hizo fue tratar con todo su corazón no defraudar a su hermana como ya lo hizo una vez. Sonreí irónicamente al pensar en el amor que tenía por Alice.
Me dolía la cabeza. Sentía unas ganas inmensas de llorar, de ir a mi habitación y golpear a Edward por ser de esa manera, de acurrucarme en sus brazos y preguntarle qué podría hacer para ser suficiente para él o simplemente huir de allí y refugiarme en algún lugar oscuro y sombrío para descifrar los enredos de mi cerebro.
Me sentía una completa imbécil.
No podía estar más tiempo allí, así que tomé un abrigo y salí a toda prisa del lugar donde podía sentir a Edward demasiado cerca, dolorosamente cerca.
¡Mierda! ¿Por qué todo era tan complicado?
Caminé un poco, tratando de serenarme, no quería estar en casa y empezarle a gritar cosas sin sentido.
Sin darme cuenta ya estaba frente a la entrada del Regent's Park. Entré sin dudarlo y comencé a tomar conciencia de mí alrededor, llegué hasta una fuente y me senté a observar a los demás. Esto era mucho mejor que refugiarme en mi desdichado cerebro.
Todavía el frío era demasiado intenso, pero mi piel lo resistía con asombrosa fortaleza, tal vez sea uno de los efectos secundarios del resfrío. Algo así como una defensa automática del cuerpo.
No había demasiada gente, pero sí un pequeño grupo de niños jugando con barcos de papel en la fuente. Sus rostros parecían alegres y despreocupados, tan ajenos a los problemas y demás sufrimientos de la vida de un adulto. ¡Diablos! ¿Qué estoy pensando? Ni siquiera soy un adulto propiamente dicho, apenas tengo dieciocho años, ¿cómo puedo estarme rebanando el cerebro por esto?
Me di un golpe en la frente y reprendí a mi traviesa mente por estar haciendo analogías propias de alguien que no tiene nada mejor en el cerebro que pensar en diferencias espirituales.
Al final de cuentas todos somos humanos. Los adultos sólo perdieron la inocencia, eso los separa de la niñez. Y para mi mala suerte yo estaba en la mitad de los dos, algo que es conocido para todos como "adolescencia"
Empecé a reír un poco por toda la cadena de pensamiento a la que había llegado y me sentí ligeramente demente. Esto es lo que haces conmigo Edward Cullen. Haces que me vuelva loca por ti.
– ¿Estás bien? – ni siquiera me di cuenta que un chico estaba frente a mí, moviendo su mano para captar mi atención.
– Eh…sí – enfoqué mi vista y lo aprecié adecuadamente. Lo primero que noté fue su sonrisa. Enorme y franca, capaz de transmitirte un poco de su calidez. Era un muchacho musculoso y de piel oscura, no parecía inglés, más bien tenía la típica piel cobriza de los indios americanos, su cabello era corto, negro azabache y salpicaba pequeñas gotas. ¡Rayos! Estaba lloviendo. Lo raro era que no sentía la lluvia caer sobre mí.
– ¿Segura? Parece como si te faltara un tornillo – lo miré sorprendida por su carencia de tacto, pero agradecida por su franqueza. No necesitaba que me dijeran más mentiras, quería la verdad.
Creo que lo miré demasiado tiempo, porque en seguida me tomó de la mano y me cubrió con su paraguas. Así que esa era la razón por la que no me mojaba.
– Pareces un poco asustada, tal vez un café caliente reactive tu cerebro – se rió por su propio comentario y lo miré con mala cara.
– Lo siento, es solo que no sé qué decirte – él sonrió y hasta ese momento no noté que estaba temblando de frío, ese café me vendría de maravilla.
– Me llamo Jacob Black – seguí caminando sin decir nada, sentía mi garganta demasiado seca para hablar – y por lo que veo hasta que no me digas tu nombre tendré que rebautizarte. ¿Te parece bien sonrisa extraña? O ¿chica chocolate? – ¿eh? ¿Chica chocolate? Eso sonó tan dulce… no, más bien idiota dijo mi parte racional.
– Bella Swan – como lo imaginé, mi voz sonaba demasiado pastosa.
Él me dedicó una sonrisa que mostro la mayoría de sus blancos dientes mientras me ayudaba a cruzar la calle. Genial. Nadie me creía capaz de ni siquiera tener habilidades de buen peatón.
– Bella suena mejor que chica chocolate ¿cierto? – volvió a reírse y nos dirigió a un pequeño café justo en la esquina de la calle. Parecía un lugar acogedor.
Me sentía extraña al permitir que un desconocido me llevara a cualquier parte, pero no me importaba, distraerme me vendría bien.
Nos sentamos y él pidió dos cafés muy calientes.
– ¿Te sientes mejor? – me miraba con precaución, como si en cualquier momento fuera a salir corriendo y gritando en medio de la calle.
– Lo suficiente para acompañarte sin conocerte – el bajó su mirada y me miró transparente, nos quedamos en silencio hasta que volvió a hablar
– No es normal ver gente tan perdida
– ¿Tan mal me veo? – mi aspecto debía ser horroroso.
– No, me refiero a que llamabas la atención. ¿Qué te pasa? –sus ojos mostraban total concentración en mi rostro – ¿Tienes problemas con la ley? – no pude evitar reírme un poco.
– No
– ¿Entonces?
– Cosas de chicas – moví mi mano haciendo un gesto para quitarle importancia.
– ¿Cosas interesantes? Porque me gustaría conocerte mejor – se acercó un poco más al tiempo que yo me pegaba más a mi silla.
– No soy interesante, no pierdas tu tiempo conmigo – no quería ser grosera, pero mi estado de ánimo no ayudaba en nada.
– No lo creo, pero es mi tiempo ¿no? Puedo usarlo como quiera.
– Pero no cuando eso incluye también el mío – la desilusión de su mirada logró hacerme sentir mal, así que intenté enmendarlo – Mira en este momento los protocolos y las delicadezas no están funcionando, lo siento – dije tratando de suavizar mi voz.
– No te preocupes, es sólo que pareces una oveja asustada y… empapada – añadió con una pequeña sonrisa y no pude evitar devolver una aún más pequeña – Sólo quiero ayudarte de alguna manera, saber si estás bien. Parecías bastante confundida en el parque.
– ¿Estuviste observándome? – le pregunté con cautela tratando de establecer una conversación dónde él hablara por los dos.
– Sólo un instante – dijo un poco avergonzado – todo el mundo salía a cubrirse de la lluvia, mientras que tú seguías sentada allí con la mirada perdida hasta que empezaste a reírte. Consideré la opción de llevarte a un siquiátrico – me reí ante su comentario y él pareció sorprenderse.
– Estaba distraída, no lleves las cosas hasta ese punto – Jacob se rió.
La mesera llegó con nuestro pedido y se marchó, recordé la última vez que estuve en una cafetería y Edward vino a mi mente. La mueca que hice debió alertar a Jacob.
– ¿Está demasiado caliente?
– No, es perfecto – tomé un sorbo del ardiente líquido e inmediatamente mi cuerpo se sintió ligeramente más cálido, que pena que esa calidez no llegara hasta mi alma.
– Mmm… ¿te parece si empiezo con las preguntas tradicionales? – parecía un poco intimidado por mi presencia, pero trataba de contenerse. Asentí ligeramente y él sonrió ampliamente – ¿Estudias o trabajas? – los dos nos reímos ante su comentario y de repente sentí mi cuerpo más ligero.
– Estudio – dije sencillamente
– ¿Dónde?
– En la RAM – él silbó suavemente y me miró con mayor interés.
– Así que música ¿eh? – Tomó un sorbo de su café y volvió a hablar – cada vez me pareces más genial – moví mi cabeza ligeramente y seguí con mi café.
– ¿De qué parte de Estados Unidos eres? – ¿por qué todos sabían que venía de allí?
– ¿Cómo lo sabes?
– El acento – otra vez con eso. Creo que tendré que aprender dicción para mantener un poco de privacidad.
– New York
– Lindo lugar, me gusta Manhattan.
– ¿Y tú? – le pregunté como fórmula de cortesía.
– Estudio en Cambridge, vengo de Seattle.
– ¿Por qué te mudaste a Londres? – quería que monopolizara la conversación, eso le daría tiempo a mi cerebro de descansar.
– Me gusta viajar, así que cuando vi la oportunidad no lo dudé.
Jacob habló la mayoría del tiempo y escucharlo alivió un poco mis preocupaciones. Le gustaba mucho describir cada uno de los lugares que había visitado y las cosas que más le habían gustado o sorprendido de cada uno. Era un chico alegre y dinámico, fuerte y decidido. Me sorprendió mucho saber que era mayor que yo, su físico parecía de acuerdo a sus 22 años, pero su rostro y su afabilidad parecían más propios de un niño. Para mi sorpresa congenié inmediatamente con él.
Pensé que en el futuro me gustaría seguir siendo su amiga, conversar y reírnos un poco de vez en cuando.
Cuando la noche se cernía sobre la cuidad me despedí de él, evitando que me acompañara a casa. Necesitaba aclarar mis sentimientos y mis ideas.
Viendo las cosas con perspectiva, el que Edward me cuidara por encargo de su hermana no significaba que en algún momento no lo hiciera por convicción propia. Sonreí ante eso. Paso por paso.
Estaba agradecida con Jacob por haber aligerado mi carga un poco y casi sin proponérselo, ayudarme a pensar con claridad. Espero volver a verlo.
Mi parte estratégica estaba planeando su siguiente jugada y sonreí ante la rapidez con la que mi cerebro se reanimó.
Abrí la puerta y de inmediato sentí unos ojos verdes y desesperados, atravesándome con la mirada.
– ¿Dónde estabas? – nunca le había escuchado ese tono de furia antes. Me puso muy nerviosa.
– Eh… salí a caminar – controlé mi actitud para que pareciera serena y despreocupada.
– ¿Con el frío que hace? – su enojo crecía con cada palabra.
Cerré la puerta teniendo cuidado de no mirarlo a los ojos, dejé el abrigo y me acerqué a la cocina para calentar la cena.
Edward soltó un pequeño gruñido a mis espaldas y tomó mi brazo para darme la vuelta.
– ¿Por qué haces esto Bella? – estaba más despeinado, parecía que su mano había estado en su cabeza constantemente. La forma en la que me miraba me desconcertaba por completo.
Tenía la mirada de un león herido.
– ¿Hacer qué? – mascullé
– Hacer como si tu vida no te importara en lo absoluto. Dejarme aquí sin ninguna explicación y luego regresar como si nada – sus manos ascendieron por mi brazo, lentamente. Un calor intenso me recorrió el cuerpo. – Estás helada – su mirada se volvió fría como el hielo, trajo la manta del sofá y me cubrió con ella.
Me golpeé mentalmente y me prometí que en el futuro, siempre pensaría bien las cosas antes de tomar decisiones precipitadas.
– Yo… lo siento, sólo necesitaba dar un paseo – mi voz sonó débil. La misma que tendría una oveja pidiéndole misericordia a un furioso león.
– ¿Sabes lo preocupado que estaba? – Me soltó y caminó de un lado para otro – pensé que me volvería loco – me miró con dureza y se acercó con lentitud – No lo vuelvas a hacer – me tomó de los brazos con fuerza y después acarició mis labios con su pulgar – Nunca.
Y sin que pudiera anticipar sus movimientos me besó. Con fuerza y desesperación.
Mis manos fueron directas a su cabello para acercarlo aún más. Si esto lo hacía por encargo de Alice, cuando llegara me volvería su lacayo de las compras.
Sentí la puerta contra mi espalda y su cuerpo presionar el mío. El calor se hizo más intenso, un fuego que me recorría por completo y se alojaba entre mis piernas con una ferocidad que jamás había experimentado.
Sus manos se enredaron en mi cintura y me apresó a su pecho, Edward se aprovechaba de la rendición que le estaba dando y yo nunca imaginé que rendirse a algo fuera tan maravilloso.
– Nunca más vuelvas a hacer que sienta esto de nuevo – masculló contra mis labios y volvió a besarme. Estaba tan abandonada en ese beso, pero sobre todo me sentía feliz, dichosa. Todo el dolor que sentí en la tarde no tenía validez en este momento.
Edward acariciaba mi boca con pasión, con desenfreno. Sus manos paseaban por mi cintura y una incursionó dentro de mi blusa tocando la piel desnuda de mi abdomen, me estremecí con una fuerza increíble experimentado el calor de su cuerpo. Pero antes de que pudiera disfrutar plenamente de las sensaciones se separó de mí sólo para mirarme, cerré los ojos ante la intensidad de su mirada.
Sentí que acariciaba mis mejillas, abrí mis ojos y lo miré con todo el amor que sentía por él. Edward me soltó por completo y ocultó su rostro. Mi estado de ánimo cambió inmediatamente.
– No te atrevas a decir que te arrepientes – si lo hacía no sería responsable si el florero de la mesa terminaba en su cabeza.
– No me arrepiento – se giró y su mirada terminó por matarme, estaba enojado – pero eso no significa que no me sienta culpable – alcé mis cejas sorprendida y me acerqué todo lo que pude a él para que no rehuyera la verdad de mis ojos.
– ¿Culpable? – bufé y lo miré con dureza. ¿Por qué siempre arruinaba los momentos especiales? – La que se va a volver loca soy yo.
– No quiero que pienses cosas que no son ¿de acuerdo? – trató de alejarse, pero lo sujeté de la camisa. Hoy no me dejaría con dudas.
– Y ¿qué estoy pensando "Señor lector de mentes"? – solté todo el aire que contenía y él suavizó su mirada.
– No quiero que te hagas ilusiones Bella. No quiero hacerte daño – lo solté y él aprovechó para girarse y entrar en la sala.
Me sentía furiosa y frustrada. ¿Cómo podía ser él tan arrogante? ¿Cómo podía ser yo tan evidente?
– No tengo ilusiones de nada, Edward – fijó su vista en la ventana del apartamento, estaba ocultándose y eso era lo que más odiaba. – ¿Por qué no hablas claro de una vez? – él se dio la vuelta y me miró con infinita paciencia, como si le hubiera explicado lo mismo a un montón de personas antes.
– Esto no está bien. Se supone que somos amigos, los amigos no se andan besando como si nada – quería golpearlo, pero me aguanté.
– Quiero que dejes ese comportamiento de mártir que tienes siempre. No me estás haciendo daño ¿de acuerdo? – Él se revolvió el cabello nervioso, pero no dijo nada – Sé que prácticamente somos unos adolescentes, pero yo no hice nada inconscientemente y tampoco me has obligado. Si te respondí el beso es porque quería hacerlo y si me besaste es porque también lo querías. Dejémonos de dramas y aceptemos lo que está pasando – el problema estaba en que yo no tenía idea de esa respuesta.
– ¿Y qué está pasando? – me alejé de él y me senté en el sofá.
– ¡Maldición! No lo sé – Edward se sentó a mi lado y me tomó de la mano – Sólo sé que te deseo – dije en un susurro.
Listo, ya lo había dicho. No era la verdad completa pero al menos era algo.
– Yo también te deseo – alcé mi rostro sorprendida por sus palabras. Él parecía tan… atormentado. Sí esa era la palabra – pero no quiero entregarme a ello, mereces más que eso – sonreí levemente y me acerqué hasta poder ver las decoloraciones marinas de sus ojos.
– No me estás ofreciendo nada seguro y lo acepto – apreté su mano contra la mía – quiero sentirme libre Edward, quiero hacer lo que realmente siento.
– No te puedo dar amor – sentí un fuerte peso en mi corazón, pero traté de mantener inexpresivo mi rostro.
– No te lo estoy pidiendo – por el momento.
– ¿Qué quieres de mi entonces? – parecía desesperado, como si buscara algo que le impidiera aceptar mis palabras.
– Una sinceridad absoluta, quiero que te sientas libre conmigo. Si besarme es lo que quieres, hazlo y no te sientas culpable – lo miré a los ojos con toda la fuerza de mi mirada – nunca te sientas culpable por la que has hecho. Sólo vive y déjame estar a tu lado – le pedí con el corazón en la mano.
Bajó su mirada y nos quedamos en silencio
– No huyas de lo que sientas. Enfrenta lo que sea que quieras hacer – por fin sus ojos me miraron, su expresión no me revelaba nada.
– Sólo soy tu amiga – si él me deseaba estaba dispuesta a experimentar que tan fuerte era mi propio deseo y que tan resistente era mi amor por él. Mi tenacidad para conseguir que él me amara también.
– Realmente quiero besarte – acarició mi mejilla y miró mis labios.
– Entonces hazlo – dudó durante un momento, pero al parecer no resistió más y tomó mi cara entre sus manos.
– ¿Qué estamos haciendo? – puso su frente contra la mía, pude sentir su aliento contra mis labios y los entreabrí en una clara invitación.
– Estamos siendo libres – apenas escuché mi propia voz.
Edward enredó sus manos en mi cabello y me besó con dulzura, abracé su cuello con toda la fuerza de mi anhelo y pasión. No era una promesa de amor eterno, pero era mejor que nada.
Seguimos besándonos durante unos minutos más, reconociendo la esencia del otro, acariciando nuestros labios con soltura y delicadeza, a diferencia del anterior que estaba lleno de una fiereza desesperada.
Se separó de mí y me abrazó con fuerza, pegué mi frente contra su pecho y suspiré tratando de contener mis lágrimas de felicidad.
Me sentía tan sensible y necesitada de él que su abrazo sólo logró darme tranquilidad y paz.
Por lo menos el día de hoy pudimos hablar y solucionar algo de lo mucho que quedaba por arreglar.
Lo siento, lo siento. De verdad sé que esas palabras no son suficientes por todo el tiempo que las he hecho esperar, pero hace poco entré de nuevo a la universidad y el nuevo semestre está súper difícil.
En fin, de nuevo lo siento por fallarles, voy a tratar de actualizar más seguido. Espero que este capítulo les haya gustado y que sigan apoyando la historia.
PD: Otra razón por la que he tardado con esta historia es que estoy escribiendo una nueva. No podía sacármela de la cabeza y me quitaba la inspiración para esta. Apenas llevo pocos capítulos, pero cuando ya tenga más empezaré a subirla.
Gracias por su comprensión y las espero en el nuevo capítulo que publicaré el próximo domingo. Contra viento y marea terminaré de escribirlo.
Las quiere, paoemma.
