Disclaimer: Los Héroes del Olimpo son propiedad de Rick Riordan
El capítulo anterior fue modificado por un error mío, ya que puse que los nuevos personajes eran Mitchell y Lacy (cuando ellos ya habían aparecido en el capítulo 6) en vez de Nyssa Barrera y Jake Mason, hijos de Hefesto. Eso ya ha sido cambiado y he añadido un par de diálogos, nada demasiado importante. En fin, si leísteis la primera versión, id a darle un vistazo rápido y continuad con la historia.
Y un agradecimiento a aisaru86 por el aviso. Este capítulo va dedicado a ti.
Después de que Carter terminase de leer, decidieron hacer una pausa y cenar algo antes de continuar con la lectura. En medio de la cena Piper se presentó, diciendo que su madre le había dicho que fuese a cenar algo, que ella ya se quedaba cuidando del señor McLean.
—¿Vas a volver luego? —le preguntó Jason en un susurro en cuanto Piper se hubo sentado entre él y Leo.
—Sí... bueno, si a ti no te molesta, claro —respondió Piper.
Jason negó con la cabeza.
—No digas tonterías. Es tu padre, así que lo suyo es que estés con él.
—Ves con él, Reina de la belleza —le dijo Leo con el pulgar levantado.
Piper les sonrió y le dio un beso en la mejilla a Leo y un rápido beso en los labios a Jason, ganándose varios silbidos de los demás, dejando a la pareja sonrojada..
Una vez que hubieron terminado de comer, se dirigieron a la Sala de los Tronos y se sentaron en sus respectivos sitios.
—Me gustaría leer el siguiente —dijo Jake mientras tomaba el libro en sus manos—. Leo XVII y Leo XVIII.
Leo estaba flipando.
—¿Pero no estás flipando siempre? —le preguntó Jason.
La expresión de las caras de todos cuando el dragón aterrizó en el campamento fue para morirse de risa.
—Para morirse de risa dice —gruñó Nyssa—. ¿Sabes el infarto que estuviste a punto de darnos a todos, enano?
—Sí, tuviste mucha suerte de que Clarisse no estuviese ahí o te habría insertado con su lanza —asintió Will.
Creía que a sus compañeros de cabaña les iba a dar un síncope.
—No creas tanto, que estuviste a punto de dárnoslo —gruñó la hija de Hefesto.
Festo también había estado increíble. No había chamuscado ninguna cabaña ni se había comido a ningún sátiro
—¡Faltaría más! —exclamó Rachel.
, aunque perdió un poco de aceite por la oreja.
—Eso no parecía poco, precisamente —recordó Jason.
Vale, mucho aceite. Leo ya lo arreglaría más adelante.
—Más te vale arreglarlo cuanto antes, mijo.
—Entendido, mamá.
Leo no había aprovechado la oportunidad de explicar lo del búnker 9 ni lo del diseño del barco volador. Necesitaba tiempo para pensarlo.
—Habría sido un poco largo de explicar —admitió Annabeth.
Podía contárselo a todos cuando volvieran.
Si volvían, pensaba una parte de él.
—¿Puedes ser más negativo, por favor? —le pidió Sadie sarcásticamente.
No, volvería. Había conseguido un cinturón portaherramientas chulísimo en el búnker
Leo acarició el cinturón que llevaba con él. Oh, como lo amaba.
, junto con un montón de provisiones estupendas que en ese momento llevaba bien guardadas en su mochila. Además, contaba con un dragón que escupía fuego y que solo perdía un poco de aceite. ¿Qué podía salir mal?
—Y acaba de decir la frase —suspiró Percy.
—Sí. ¿Por qué siempre ha de haber alguien que diga la frase? —exclamó Thalia.
—¿Qué frase? —preguntó Leo confundido.
—La de "¿qué podría salir mal?" —respondió Will—. Cuando se dice esa frase, es que algo va a salir mal.
—Pero si la pensé, no la dije.
—Es lo mismo.
«Bueno, el disco de control podría averiarse —propuso su lado negativo—. Y Festo podría comerte».
—¿Siempre eres tan negativo? —le preguntó Nico.
Vale, el dragón no estaba tan bien reparado como Leo había informado.
Nyssa suspiró. Ya había intuido que el dragón no estaba en tan buen estado como su hermano le quería hacer creer, pero hasta que ella misma no lo hubiese revisado bien, no podía estar segura.
Había trabajado toda la noche colocándole las alas, pero no había encontrado un cerebro de dragón de sobra en el búnker por ninguna parte.
—Dudo que esas cosas estén por ahí tiradas —dijo Thalia.
—Las alas lo estaban —replicó Leo.
¡Eh, tenían el tiempo contado! Tres días hasta el solsticio.
—¿Y eso es suficiente tiempo? —preguntó Hylla con escepticismo en su voz.
—De sobre —respondieron el dios de la forja y sus hijos mestizos.
Debían ponerse en marcha. Además, Leo había limpiado muy bien el disco. La mayoría de los circuitos seguían en buen estado. Tendría que aguantar.
Su lado negativo empezó a pensar: «Sí, pero ¿y si…?».
—Hay que hacer algo con tu lado negativo —suspiró Esperanza.
—Cállate —dijo en voz alta.
—¿Qué? —preguntó Piper.
—Nada —contestó—. Ha sido una noche muy larga. Creo que estoy teniendo alucinaciones. No pasa nada.
Al ir sentado delante, Leo no podía ver las caras de sus amigos, pero por su silencio se figuraba que no les entusiasmaba tener a un piloto que no había dormido y tenía alucinaciones.
—Sorprendentemente no lo estábamos. Creo que ya estamos acostumbrados a que estás loco —dijo Jason.
—Pero si tú apenas sabías quién era —señaló Rachel.
—¿Y? Unos pocos minutos y me basta para saber como en Leo.
—Solo bromeaba —decidió que sería buena idea cambiar de tema—. Entonces, ¿cuál es el plan, colega? ¿Has dicho algo de beber los vientos, o tomar viento fresco, o algo parecido?
—Y eso demuestra que no estabas atento a la conversación —suspiró Jason.
—Ya has leído que no lo estaba —señaló Leo—. ¿Acaso no será tú el que no anda atento, Grace?
—Pero si el li... Anda, mira, déjalo.
Mientras sobrevolaban Nueva Inglaterra,
—Sobrevolando Nueva Inglaterra con un dragón escupe-fuego —murmuró Percy mirando a Thalia.
—Suerte que no son tan pirómanos como otras que sobrevuelan un lugar y le prenden fuego —asintió Nico.
—¿Incendiar Nueva Inglaterra? —repitió Apolo—. ¿Quién sería tan irresponsable como para ir con algún vehículo de fuego por ahí sin cuidado?
Thalia, mientras tanto, tenía las orejas rojas y les mandaba una mirada de rencor a sus primos.
Jason expuso el plan de acción: primero, encontrar a un tío llamado Bóreas e interrogarlo para sacarle información…
—¿Se llama Bóreas? —no pudo evitar preguntar Leo—. ¿De dónde es, de Bora Bora?
—De Tracia —respondió Atenea—. Al norte del mar Egeo.
Segundo, continuó Jason, tenían que encontrar a los venti que les habían atacado en el Gran Cañón…
—¿No podemos llamarlos espíritus de la tormenta a secas? —preguntó Leo—. Venti suena a ventosidades pequeñitas.
—¿De verdad? —preguntó Reyna, mirando fijamente a Leo.
—¡Es cierto que suena a eso! —se quejó Leo.
Y tercero, concluyó Jason, tenían que averiguar para quién trabajaban los espíritus de la tormenta con el fin de encontrar a Hera y liberarla.
—¿Así que quieres buscar a Dylan, el tío chungo de la tormenta? —dijo Leo—. ¿El tío que me tiró de la plataforma y absorbió al entrenador Hedge en las nubes?
—Ese mismo —asintió Hermes.
—Eso es —dijo Jason—. Bueno…, puede que también haya una loba de por medio, pero creo que es amistosa.
—¿Crees? —dijo Lupa.
—Es amistosa —se apresuró a decir Jason.
—Solamente si demuestras ser lo suficientemente fuerte, seré amistosa. Si no...
Lupa le dirigió una sonrisa lobuna al hijo de Júpiter, quién solamente tragó saliva nervioso.
No nos comerá…, a menos que mostremos debilidad.
Jason les contó el sueño que había tenido, en el que aparecía una gran loba desagradable
—Eso es cosa de Jason —dijo rápidamente Leo al sentir la mirada de Lupa.
—A mí no me metas en tus mierdas —replicó Jason.
y una casa incendiada con espirales de piedra que salían de un estanque.
—Ajá —dijo Leo—. Pero no sabes dónde está ese sitio.
—No —reconoció Jason.
—También hay gigantes —añadió Piper—. La profecía hablaba de la «venganza de los gigantes».
—Espera —dijo Leo—. Gigantes… ¿como si hubiera más de uno? ¿Por qué no puede ser un solo gigante que quiere vengarse?
—Porque eso sería demasiado fácil —dijo Percy.
—No lo creo —dijo Piper—. Recuerdo que en algunos antiguos mitos griegos aparecía un ejército de gigantes.
—Y ojala se hubiesen quedado como mitos —suspiró Deméter.
—Genial —murmuró Leo—. Con la suerte que tenemos, será un ejército. ¿Sabes algo más sobre esos gigantes?
—Con saber lo esencial te sobra —dijo Ares.
—¿Lo esencial? —preguntó Walt.
—Que a los gigantes solamente pueden matarlo cuando un semidiós y un dios luchan juntos —respondió Annabeth.
—Menos Alcioneo —recordó Frank—. A ese lo puedes matar sin ayuda de un dios, siempre y cuando lo saques de su tierra natal.
¿No estudiaste un montón de mitos con tu padre para esa película?
—¿Tu padre es actor? —preguntó Jason.
Leo se echó a reír.
—Siempre me olvido de tu amnesia. Je, je. Me olvido de tu amnesia. Tiene gracia.
Jason le dirigió una mirada con la ceja levantada.
Pues sí, su padre es Tristan McLean.
—Ah… Perdona, ¿dónde ha salido?
—Dudo que Jason hubiese sabido quién era Tristan McLean antes de perder la memoria —dijo Reyna.
—El nombre me sonaba conocido, pero no sabía de que —respondió Jason.
—Da igual —dijo Piper rápidamente—. Los gigantes… bueno, había muchos gigantes en la mitología griega, pero, si son los que yo digo, no es buena noticia. Eran enormes, casi imposibles de matar. Podían derribar montañas y cosas así. Creo que estaban emparentados con los titanes.
—Tienen la misma madre —dijo Hestia.
Salieron de la tierra después de que Cronos perdiera la guerra (me refiero a la primera guerra de los titanes, hace miles de años) e intentaron destruir el Olimpo. Si estamos hablando de los mismos gigantes…
—Quirón dijo que estaba pasando otra vez —recordó Jason—. El último capítulo.
Meg y Lester hicieron una mueca. A lo mejor los gigantes no eran el último capítulo...
Se refería a eso. No me extraña que no quisiera que supiéramos todos los detalles.
Leo silbó.
—Así que… gigantes que pueden derribar montañas. Lobas amistosas que nos comerán si mostramos debilidad. Ventosidades pequeñitas.
—Creo que eso no cuenta, exactamente —señaló Will.
—¿Y qué luego huela todo mal? No, gracias —replicó Leo.
Ya lo pillo. A lo mejor no es el momento para sacar a relucir a mi niñera psicópata…
—Dudo que algún momento sea bueno para sacar a relucir tu niñera psicópata —señaló Alex.
—¿Es otro chiste? —preguntó Piper.
Leo les habló de la tía Callida, que era en realidad Hera, y les contó que se le había aparecido en el campamento. Pero no les reveló sus aptitudes con el fuego. Seguía siendo un tema delicado, y más después de que Nyssa le dijera que los semidioses del fuego solían destruir ciudades y cosas así. Además, Leo tendría que confesar que había provocado la muerte de su madre y…
—Leo —susurró Esperanza con cierta tristeza.
—Eso fue culpa de Gaia y lo sabes —le susurró Jason a Leo.
No. No estaba preparado para tratar el tema. Pero sí consiguió hablarles de la noche que ella murió, sin mencionar el fuego, diciéndoles simplemente que el taller de máquinas se vino abajo. Fue más fácil sin tener que mirar a sus amigos, manteniendo la vista al frente mientras volaban.
Y les habló de la extraña mujer con ropa de tierra que parecía estar dormida y que también parecía saber el futuro.
Leo calculó que todo el estado de Massachusetts pasó por debajo de ellos antes de que sus amigos dijeran algo.
—La verdad es que no sabía que decir —confesó Jason—. Fue una suerte que Piper hablase primero.
—Qué poco… tranquilizador —dijo Piper.
—Las palabras más sinceras que podría decir —dijo Will.
—Tú lo has dicho —convino Leo—. El caso es que todo el mundo dice: «No te fíes de Hera».
—Doy fe de ello —murmuró Annabeth.
Ella odia a los semidioses. Y la profecía decía que, si desatáramos su ira, provocaríamos la muerte. Así que me pregunto… ¿por qué estamos haciendo esto?
—Yo también me lo pregunto —murmuró Annabeth.
—Al final va a oír —susurró Percy a su novia.
—Ella nos eligió —dijo Jason—. A los tres. Somos los primeros de los siete que tienen que reunirse para la Gran Profecía. Esta misión es el principio de algo mucho más importante.
—Ojala solamente hubiese sido ir a por ella —dijo Quirón.
Eso no hizo sentir mejor a Leo, pero no podía discutirle a Jason lo que había dicho. Efectivamente, daba la impresión de que aquello era el principio de algo enorme. Solo deseaba que si había cuatro semidioses más destinados a ayudarles, aparecieran rápido.
Percy, Hazel y Frank se miraron. ¿Junio se consideraba lo suficientemente cercano como para decir que habían aparecido rápido?
Leo no quería acaparar todas las aventuras peligrosas.
—Es más, yo regalo todas las aventuras peligrosas que me encuentre por el camino —dijo Leo.
—Además —continuó Jason—, ayudar a Hera es la única forma que tengo de recuperar la memoria. Y la espiral oscura de mi sueño parecía alimentarse de la energía de Hera. Si esa cosa desata al rey de los gigantes al destruir a Hera…
—No nos compensa —convino Piper—. Por lo menos Hera está de nuestra parte… en general. Perderla a ella sumiría a los dioses en el caos. Es la diosa principal que mantiene la paz en la familia.
La mayoría de los Olímpicos casi sufren un ataque de risa ante eso. Si Hera estaba manteniendo la paz en la familia, no querían ver como sería si no la manteniese.
Y una guerra con los gigantes podría ser todavía más destructiva que la guerra de los titanes.
Jason asintió.
—Quirón dijo que en el solsticio se agitan fuerzas perversas y también que es un buen momento para la magia maligna: algo que podría despertarse si Hera fuera sacrificada ese día. Y la señora que controla a los espíritus de la tormenta, la que quiere matar a todos los semidioses…
—Podría ser esa extraña dama durmiente —concluyó Leo—. La Mujer de Tierra… ¿despierta? No ardo en deseos de verla.
—Pero ¿quién es esa mujer? —preguntó Jason—. ¿Y qué tiene que ver con los gigantes?
—Es solo quién ha dado luz a esos gigantes —dijo Dionisio como si nada.
Buenas preguntas, pero ninguno de ellos tenía respuestas. Siguieron volando en silencio mientras Leo se preguntaba si había hecho lo correcto compartiendo tanta información. Nunca había hablado con nadie de aquella noche en el almacén. Aunque no les había contado toda la historia, resultaba extraño, como si se hubiera abierto el pecho y se hubiera sacado todos los engranajes que le hacían funcionar. Le temblaba el cuerpo, y no de frío. Esperaba que Piper, sentada detrás de él, no lo notara.
—Lo notaba yo, y eso que estaba detrás de Piper —dijo Jason.
«La fragua y la paloma romperán la celda». ¿No era ese el verso de la profecía? Eso significaba que Piper y él tendrían que averiguar cómo entrar en aquella cárcel de roca mágica, suponiendo que la encontraran. Luego desatarían la ira de Hera y provocarían muchas muertes.
—Con suerte las muertes serán del bando contrario —dijo Apolo.
¡Vaya, sonaba divertido! Leo había visto a la tía Callida en acción; le gustaban los cuchillos, las serpientes y calentar bebés al fuego. Sí, claro, desatar su ira. Una gran idea.
—Cada vez tengo menos ganas que la desaten —murmuró Calipso. Aunque, a decir verdad, le importaba bastante poco lo que le sucediera a Hera. No era la mejor persona que Calipso conocía precisamente.
Festo siguió volando. El viento se volvió más frío, y debajo de ellos los bosques nevados parecían extenderse indefinidamente. Leo no sabía exactamente dónde estaba Quebec.
—En Canadá —respondió Frank.
Le había dicho a Festo que los llevara al palacio de Bóreas, y el dragón no paraba de avanzar hacia el norte.
—Mientras vayáis hacia el norte, iréis bien —dijo Carter.
Con suerte, conocería el camino y no acabarían en el Polo Norte.
—¿Por qué no duermes un poco? —le dijo Piper al oído—. Has estado levantado toda la noche.
—No creo que sea buena idea que el conductor se vaya a dormir —dijo Zia.
—Técnicamente quién conduce es el dragón, no él —replicó su hermano.
Leo quería protestar, pero la palabra «dormir» sonaba muy bien.
—¿No me dejarás caer?
Piper le dio una palmadita en el hombro.
—Confía en mí, Valdez. La gente guapa nunca miente.
—¿Así que al final se considera guapa? —preguntó Travis.
—Piper siempre se ha considerado guapa. Solamente que no le gusta presumir de ello —explicó Lacy.
—De acuerdo —murmuró.
Se inclinó hacia delante contra el bronce caliente del pescuezo del dragón y cerró los ojos.
—No creo que el pescuezo de un dragón hecho de bronce sea un buen lugar para dormir —dijo Frank.
—Imagino que cuando estás agotado, cualquier lugar es bueno para dormir —contestó su novia.
Parecía que hubiera dormido solo unos segundos, pero cuando Piper lo despertó sacudiéndolo, estaba oscureciendo.
—Ya hemos llegado —dijo.
—¿Cuanto tiempo tardasteis? —preguntó Carter.
—No sabría decir, pero fueron bastantes horas —respondió Jason—. Quiero decir, salimos del campamento más o menos como a las ocho y algo.
Leo se frotó los ojos para despejarse. Debajo de ellos había una ciudad sobre un acantilado que dominaba un río. Las llanuras que la rodeaban estaban cubiertas de nieve, pero la ciudad emitía un brillo cálido con la puesta de sol invernal. Rodeados de unos altos muros se amontonaban los edificios como en una ciudad medieval, mucho más antigua que todos los lugares que Leo había visto antes. En el centro había un castillo de verdad —al menos, Leo supuso que era un castillo—
—Es un hotel, construido entre el final del siglo XIX y principios del XX —respondió Annabeth.
con enormes muros de ladrillo rojo y una torre cuadrada con un puntiagudo tejado verde a dos aguas.
—Dime que es Quebec y no el taller de Santa Claus —dijo.
—¿Acaso ves renos volando? —preguntó Connor.
—Buen punto —admitió Leo.
—Sí, la ciudad de Quebec —confirmó Piper—. Una de las ciudades más antiguas de Norteamérica. Fundada en torno a mil seiscientos más o menos.
—Dije el hotel, no la ciudad —se defendió Annabeth al sentir varias miradas encima suya.
Leo arqueó una ceja.
—¿Tu padre también ha hecho una peli sobre eso?
Leo estaba seguro de que si Piper estuviese ahí, ya le habría golpeado.
Ella le hizo una mueca, algo a lo que Leo estaba acostumbrado, pero el gesto no acababa de funcionar con su nuevo maquillaje glamuroso.
—Antes era una chica guapa haciéndome una mueca. Ahora era una chica guapa y arreglada haciéndome una mueca. Demasiado raro —dijo Leo.
—A veces leo, ¿vale? Solo porque Afrodita me haya reconocido no quiere decir que sea una cabeza hueca.
—Qué genio —comentó Leo—. Ya que sabes tanto, ¿qué es ese castillo?
—Un hotel.
—Un hotel, creo.
—Es un hotel —confirmó Annabeth.
—Annabeth, ya lo hemos entendido, ¿cuantas veces más vas a repetir que es un hotel? —le pidió Percy.
—¿Qué es el castillo, Sesos de algas?
—Un centro comercial.
Leo se echó a reír.
—Imposible.
Pero a medida que se acercaban, Leo vio que ella tenía razón. La majestuosa entrada estaba llena de conserjes, aparcacoches y porteros recogiendo equipajes. Lustrosos coches de lujo negros avanzaban lentamente en la entrada. Gente con trajes elegantes y capas de invierno se apresuraba para escapar del frío.
—¿El dios del viento del norte se aloja en un hotel? —preguntó Leo—. No puede ser…
Los dioses se miraron, confundidos. ¿Qué tiene de extraño que un dios viva en un hotel?
—Cuidado, chicos —lo interrumpió Jason—. ¡Tenemos compañía!
Leo miró abajo y vio a lo que se refería Jason. En lo alto de la torre se elevaban dos figuras aladas: ángeles furiosos con espadas de horrible aspecto.
—¿Ángeles? ¿Ahora también hay ángeles? —preguntó Frank.
—Seguramente sean espíritus de la tormenta —aventuró Will.
A Festo no le gustaron los ángeles. Se detuvo en el aire, batiendo las alas y enseñando las garras, y emitió un sonido estruendoso con la garganta que Leo reconoció de inmediato. Se estaba preparando para escupir fuego.
—Tranquilo, chico —murmuró Leo.
Algo le decía que a los ángeles no les haría ninguna gracia que los quemaran.
—Chico listo —murmuró Hefesto, quién parecía entender quienes eran esos individuos.
—Esto no me gusta —dijo Jason—. Parecen espíritus de la tormenta.
Al principio Leo pensó que tenía razón, pero a medida que se acercaban a los ángeles, cayó en la cuenta de que eran mucho más sólidos que los venti.
—Pues no lo son —dijo Will.
Parecían adolescentes normales y corrientes, salvo por su pelo de color blanco hielo y sus plumosas alas moradas. Sus espadas de bronce tenían las hojas dentadas como témpanos. Sus caras se parecían tanto que podrían haber sido hermanos, pero, desde luego, no eran gemelos.
—Oh —Hera reconoció a esos dos comos los hermanos semidiós, hijos de Bóreas. Los había visto acompañando a Jasón en busca del Vellocino de Oro.
Uno era del tamaño de un buey, con una camiseta de hockey de vivo color rojo, unos pantalones de chándal holgados y unas botas con tacos de piel negra. Saltaba a la vista que el chico había estado en muchas peleas, pues tenía los dos ojos negros y, cuando enseñó los dientes, tenía varios mellados.
Recordando su personalidad, a Leo le extraño que aun conservase algún diente.
El otro chico parecía salido de una de las portadas de los discos de rock de los ochenta que la madre de Leo todavía conservaba: de Journey, por ejemplo, o de Hall & Oates, o de algo todavía peor. Llevaba el pelo corto por arriba y largo por detrás. Calzaba unos puntiagudos zapatos de piel, y vestía unos pantalones de diseño demasiado ceñidos y una espantosa camisa de seda con los tres botones superiores desabrochados. Tal vez pensaba que parecía un dios del amor molón, pero no debía de pesar más de cuarenta kilos y padecía un severo acné.
—Menudas pintas —comentó Sadie—. Me recuerda cuando Carter tuvo su primera cita con Zia.
—¡Dijiste que me quedaba bien! —se quejó Carter.
—¿De verdad la creíste? —preguntó Walt con asombro.
Carter se encogió de hombros.
—No es que tuviese muchas opciones.
Los ángeles se pararon delante del dragón y permanecieron flotando con las espadas en ristre.
El buey del hockey gruñó.
—No pasar.
—¿Cómo? —dijo Leo.
—No tenéis carta de vuelo registrada —explicó el dios del amor molón. Además de sus otros problemas, tenía un acento francés tan pésimo que Leo estaba seguro de que era falso—. Esto es un espacio aéreo restringido.
—¿Matar?
—Seguramente el entrenador Hedge se llevaría bien con Cal —susurró Jason a Leo.
El buey lució su sonrisa mellada.
El dragón empezó a expulsar humo, preparándose para defenderse de ellos. Jason invocó su espada dorada,
Ares se inclinó hacia delante, ansioso por una buena pelea, ya que no había habido ninguna desde el primer capítulo.
pero en ese instante Leo gritó:
—¿Tenías que hablar o qué? —se quejó Ares.
—Lo siento. No soy muy partidario de morir —dijo Leo.
—¡Esperad! Comportémonos, chicos. ¿Puedo al menos saber quién va a tener el honor de matarme?
—¡Yo soy Cal! —gruñó el buey.
Parecía muy orgulloso de sí mismo, como si le hubiera costado mucho tiempo memorizar la frase.
A Hera no le cabía la menor duda. Cuando investigaba (espiaba) a Jasón y su tripulación, se había percatado que Calais, quién suponía que era Cal, no destacaba por su inteligencia.
—Es la forma breve de Calais —dijo el dios del amor—. Por desgracia, mi hermano no puede pronunciar palabras de más de dos sílabas…
—¡Pizza! ¡Hockey! ¡Matar! —propuso Cal.
—Me gusta la primera, no me disgusta la segunda y no me gusta la tercera —enumeró Walt.
—… lo que incluye su nombre —concluyó el dios del amor.
—Yo soy Cal —repitió Cal—. ¡Y este es Zetes! ¡Mi tato!
—¿Tato?
—Imagino que una forma de decir hermano, ¿no? —respondió Reyna.
—Caramba —dijo Leo—. ¡Eso han sido casi tres frases, tío! Así se hace.
Carl gruñó, visiblemente satisfecho consigo mismo.
—Estúpido bufón —refunfuñó su hermano—. Se están burlando de ti.
—No, de verdad le estaba felicitando —dijo Leo con completa sinceridad.
Da igual. Yo soy Zetes, que es la forma breve de Zetes. Pero la señorita… —Guiñó el ojo a Piper, pero el guiño era más bien un espasmo facial
En el tempo de Apolo, Piper tuvo un escalofrío repentino. Algo le decía que se estaba leyendo una parte que a ella no le gustaría nada escuchar.
—. Puede llamarme como quiera. Tal vez le apetezca cenar con un famoso semidiós antes de que os matemos.
Piper hizo un sonido como si se hubiera atragantado con una pastilla para la tos.
—Es… una oferta realmente espantosa.
—No importa —Zetes meneó las cejas—. Los Boréadas somos gente muy romántica.
—¿Desde cuando? —preguntó Hermes, confundido.
—¿Boréadas? —lo interrumpió Jason—. ¿Quieres decir que sois los hijos de Bóreas?
—¡Ah, así que has oído hablar de nosotros! —Zetes parecía complacido
—No... o sí, no me acuerdo. En cualquier caso lo adiviné por lo de Boréadas —dijo Jason.
—. Somos los guardianes de nuestro padre. Como comprenderás, no podemos dejar que personas no autorizadas vuelen en este espacio montados en dragones inestables, asustando a los necios mortales.
Señaló abajo, y Leo vio que los mortales estaban empezando a fijarse. Varios señalaban hacia arriba: todavía no estaban alarmados; más bien confundidos y molestos, como si el dragón fuera un helicóptero de tráfico que estuviera volando demasiado bajo.
—Seguramente es lo que estén viendo. Pero cuando más se fijen, más se darán cuenta de lo que es —dijo Belona.
—Y, lamentablemente, por ese motivo —dijo Zetes, apartándose el pelo de su cara cubierta de acné—, vamos a tener que daros una muerte dolorosa.
—¡Muerte! —convino Cal, con un poco más de entusiasmo del que Leo consideraba necesario.
—¡Espera! —dijo Piper—. Es un aterrizaje de emergencia.
—¡Oh!
Cal se quedó tan decepcionado que Leo casi sintió lástima por él.
—¿Lástima?
—¡He dicho casi!
Zetes observó a Piper, aunque ya llevaba rato haciéndolo.
—¿Cómo ha decidido la chica guapa que es un aterrizaje de emergencia?
—Tenemos que ver a Bóreas. ¡Es muy urgente! Por favor.
Piper forzó una sonrisa, que Leo se imaginó que debía de estar costándole horrores, pero seguía teniendo la bendición de Afrodita y estaba muy guapa. También había algo en su voz:
—Así que esta usando embrujahabla —murmuró Atenea.
Leo se sorprendió creyendo cada palabra que salía de sus labios. Jason estaba asintiendo, con cara de absoluta convicción.
Zetes tiró de su camisa de seda, probablemente para asegurarse de que seguía bien abierta.
—Bueno… siento decepcionar a una dama tan bonita, pero a mi hermana le daría una avalancha si os dejáramos…
—Oh, sí. Su hermana —gruñó Deméter. No se llevaba muy bien con Quíone, probablemente porque ella era la diosa de la agricultura y Quíone la diosa de las nieves.
—Tampoco es tan mala —la defendió Poseidón, ante las miradas incrédulas de Jason y Leo—. Una vez que la conoces es bastante agradable.
—Solo lo dices porque tuvisteis un hijo juntos —le rebatió Deméter.
—¿Tuviste un hijo con... con quién quiera que sea? —preguntó Percy.
—Sí, Eumolpo —confirmó Poseidón—. Murió. como todos.
—Menudas ganas de vivir que me das, padre —murmuró Percy.
—¡Y nuestro dragón funciona mal! —añadió Piper—. ¡Podría estrellarse en cualquier momento!
Festo se puso a vibrar solícitamente y a continuación giró la cabeza y derramó una sustancia viscosa por la oreja que salpicó un Mercedes negro aparcado abajo.
—No me gustaría ser el dueño de ese Mercedes —dijo Samirah.
—¿No matar? —dijo Cal gimoteando.
Zetes consideró el problema. Acto seguido volvió a guiñar el ojo espasmódicamente a Piper.
—Bueno, estás preciosa. Quiero decir, estás en lo cierto.
—Seguro que se ha equivocado —dijo Hermes, poniendo los ojos en blanco.
Un dragón que funciona mal… podría ser una emergencia.
—¿Matar luego? —propuso Cal, que probablemente era lo más amistoso que se había mostrado jamás.
—Habrá que dar explicaciones —decidió Zetes—. Últimamente nuestro padre no ha tratado muy bien a las visitas. Pero sí, venid, gente del dragón averiado. Seguidnos.
Los Boréadas envainaron sus espadas y sacaron unas armas más pequeñas de sus cinturones… o al menos a Leo le parecieron armas. A continuación las encendieron, y Leo se dio cuenta de que eran linternas con conos naranja, como las que usan los encargados de la señalización aérea en las pistas de aterrizaje.
—De héroes, entre comillas, a encargados de señalización —dijo Apolo—. Es un buen aumento.
Cal y Zetes se volvieron y se lanzaron en picado a la torre del hotel.
Leo se volvió hacia sus amigos.
—Me encantan estos tíos. ¿Los seguimos?
Jason y Piper no parecían entusiasmados.
—Supongo —decidió Jason—. Estamos aquí. Pero me pregunto por qué Bóreas no ha tratado muy bien a las visitas.
—Bah, todavía no nos ha conocido —Leo lanzó un silbido
—Si no nos habrían derribado sin preguntar —añadió Leo. Nadie sabía si lo decía en serio o en broma.
—. Festo, sigue esas linternas.
A medida que se aproximaban, Leo empezó a temer que se estrellaran contra la torre. Los Boréadas fueron directos a la punta del tejado a dos aguas y no redujeron la velocidad. Entonces una parte del tejado inclinado se abrió deslizándose y dejó a la vista una entrada lo bastante grande para Festo. La parte superior y la inferior estaban bordeadas de carámbanos que parecían dientes puntiagudos.
—Esto no puede ser bueno —murmuró Jason,
—¿Cómo van a ser unos dientes puntiagudos una mala señal? —preguntó Rachel con sarcasmo.
pero Leo azuzó al dragón para que bajara, y entraron descendiendo detrás de los Boréadas.
Aterrizaron en lo que debía de haber sido el ático, pero el lugar se había congelado.
—Dudo que Bóreas lo prefiera de otra forma —dijo Zeus.
El vestíbulo tenía unos techos abovedados de más de diez metros de altura, enormes ventanas con cortinas y exuberantes alfombras orientales. Al fondo de la estancia, una escalera subía a otro salón igual de grande, y más pasillos se desviaban a la izquierda y a la derecha. Pero el hielo daba un toque inquietante a la belleza de la sala. Cuando Leo se deslizó por el dragón, la alfombra crujió bajo sus pies. Una fina capa de escarcha cubría los muebles. Las cortinas no se movían porque estaban congeladas, y las ventanas, revestidas de hielo, dejaban entrar la extraña luz acuosa de la puesta de sol. Incluso el techo estaba cubierto de témpanos. Leo estaba seguro de que si intentaba subir la escalera resbalaría y se partiría el cuello.*
—Esos son pensamientos alegres —dijo Frank.
—Solo soy precavido —se defendió Leo.
—Chicos, arreglad el termostato y entonces entraré encantado —dijo Leo.
—Rectifico. No hubiese entrado hay dentro ni aunque eso fuese un paraíso —dijo Leo.
—Yo no —Jason miró con inquietud la escalera—. Algo no va bien. Algo allí arriba…
Festo se puso a vibrar y arrojó unas llamas.
—Seguro que estarán encantados por eso —dijo Lester.
Empezó a formarse escarcha en sus escamas.
—No, no, no —Zetes se acercó resueltamente, aunque Leo no tenía ni idea de cómo podía andar con aquellos puntiagudos zapatos de piel—. El dragón debe ser desactivado. No puede haber fuego aquí dentro. El calor me destroza el pelo.
—Y otras cosas —añadió Travis.
—Pero el pelo es lo más importante —dijo Connor.
Festo gruñó e hizo girar las brocas que tenía por dientes.
—Tranquilo, chico —Leo se volvió hacia Zetes—. El dragón se pone un poco susceptible con la idea de que lo desactiven, pero tengo una solución mejor.
—¿Matar? —propuso Cal.
—¿Es que solamente puede proponer eso? —preguntó Alex.
—Pues seguramente ese sea el caso —respondió Jason.
—No, colega. Tienes que dejar esa cantinela de matar. Espera.
—Leo —dijo Piper con nerviosismo—, ¿qué vas a…?
—Observa y aprende, Reina de la belleza. Anoche, cuando estaba reparando a Festo, encontré todo tipo de botones. Algunos es mejor que no sepáis lo que hacen.
—Tengo miedo. ¿Qué es lo que hacen? —preguntó Nyssa.
—Mejor que no lo sepas —respondió Leo.
Pero otros… Ah, vamos allá.
Leo enganchó los dedos detrás de la pata delantera izquierda del dragón. Encendió un interruptor, y el dragón empezó a vibrar de la cabeza a las pezuñas.
—¿Los dragones tienen pezuñas? —preguntó Meg.
—No que yo sepa —respondió Annabeth.
Todo el mundo se apartó mientras Festo se plegaba como una figura de papiroflexia. Sus planchas metálicas se amontonaron. Su pescuezo y su cola se contrajeron contra el cuerpo. Sus alas se doblaron y su tronco se comprimió hasta convertirse en una cuña metálica rectangular del tamaño de un maletín.
—¿El dragón se podía convertir en maletín? Mola —dijo Percy.
Leo intentó levantarlo, pero pesaba varias toneladas.
—Bueno, por mucha forma de maletín que tenga, sigue siendo el mismo dragón de bronce de antes —señaló Esperanza.
—Ejem…, sí. Espera. Creo que…, ajá.
Pulsó otro botón. En la parte superior se levantó un asa, y de la parte inferior salieron unas ruedas.
—Ese dragón cada vez mola más —dijo Magnus.
—¡Tachán! —anunció—. ¡El bolso de mano más pesado del mundo!
—¡Basta! —ordenó Zetes.
—Al parecer no le ha gustado el chiste —dijo Travis.
Él y Cal desenvainaron las espadas y lanzaron una mirada asesina a Leo.
—No, desde luego que no le ha gustado —asintió Connor.
Leo levantó las manos.
—Vale…, ¿qué he hecho? Tranquilos, chicos. Si tanto os molesta, no hace falta que me lleve al dragón…
—No puedes dejar al dragón ahí —dijo Hefesto en ese momento.
—Eso es —asintió Atenea—. Es vuestra única vía de escape si las cosas se complican.
Hefesto parecía un poco sorprendido.
—Yo lo decía porque esos eran capaces de desmontar al dragón. Pero sí, ese también es un buen motivo.
—¿Quién eres? —Zetes empujó la punta de su espada contra el pecho de Leo—. ¿Un hijo del dios del viento del sur que ha venido a espiarnos?
De repente Hefesto parecía comprender lo que estaba sucediendo. Claro, los hijos de Bóreas estaban sintiendo su habilidad de manipular el fuego...
—¿Qué? ¡No! —dijo Leo—. Soy hijo de Hefesto. ¡Un herrero amistoso incapaz de hacer daño a nadie!
Cal gruñó. Pegó la cara a la de Leo, y este comprobó que de cerca no era más guapo que de lejos, con sus ojos hinchados y su boca mellada.
—Huele fuego
... u olerlo.
—dijo—. Fuego es malo.
—Oh —a Leo se le aceleró el corazón—. Sí, bueno… tengo la ropa un poco chamuscada y he estado trabajando con aceite…
—¡No! —Zetes empujó a Leo hacia atrás a punta de espada—. Olemos el fuego, semidiós. Creíamos que era del dragón, pero el dragón se ha convertido en un maletín
—Técnicamente el maletín sigue siendo un dragón —señaló Magnus.
. Y sigo oliendo a fuego… en ti.
Si el ático no hubiera estado a casi veinte grados bajo cero, Leo habría empezado a sudar.
En realidad Leo estaba convencido de que había empezado a sudar. ¿No había una especie de sudor que se manifestaba cuando alguien sentía miedo o algo así? ¿Cómo era el nombre? ¿Sudor frío?
—Oye…, mira…, no sé… —Lanzó una mirada desesperada a sus amigos—. Chicos, un poco de ayuda.
Jason ya tenía su moneda de oro en la mano. Dio un paso adelante, con los ojos clavados en Zetes.
—Al final si que vamos a tener pelea —sonrió Ares.
—Oye, ha habido un error. A Leo no le va el fuego. Díselo, Leo. Diles que no te va el fuego.
—Esto…
—Eres muy convincente, Leo —bufó Jason.
—¿Tendré yo la culpa? Yo esperaba que sacases la espada, empezases a volar y lanzar rayos mientras gritabas "¡Soy hijo de Zeus! ¡Respetadme mortales!" y cosas así.
—Técnicamente esos dos son inmortales —dijo Frank.
—Lo que sea.
—¿Zetes? —Piper trató de esbozar su sonrisa deslumbrante otra vez, pero parecía tener demasiados nervios y frío para conseguirlo—. Todos somos amigos. Bajad las espadas y hablemos.
—No. Subid las espadas y mataros.
—¿Alguien le puede dar un calmante a Ares? —preguntó Apolo.
—Dáselo tú. Eres el dios de la medicina —respondió Hermes.
—Cierto.
Apolo saltó sobre Ares y, tras forcejear un poco, le embutió medio frasco de tranquilizantes por la garganta. El dios de la guerra hizo una especie de ruido ahogado raro y se recostó sobre su trono con una expresión de calma en el rostro.
—Qué raro se me hace ver a Ares tan calmado —murmuró Percy.
—La chica es guapa —reconoció Zetes—, y naturalmente no puede evitar sentirse atraída por mi grandeza, pero lamentablemente no puedo cortejarla en este momento.
Clavó un poco más la punta de la espada en el pecho de Leo, y este notó como la escarcha se esparcía por su camisa y le entumecía la piel.
Deseó poder reactivar a Festo. Necesitaba apoyo. Pero le habría llevado varios minutos,
—Hay que solucionar eso —dijo Nyssa.
—Creí que no estabas muy de acuerdo con el tema del dragón —dijo Leo.
—Y no lo estoy. Pero si eso te mantiene con vida, no me importa ayudar a mejorar al dragón.
incluso si hubiera podido llegar al botón, con aquellos dos tipos alados en medio.
—¿Matar ya? —preguntó Cal a su hermano.
Zetes asintió.
—Lamentablemente, creo que…
—No —insistió Jason.
Parecía bastante tranquilo, pero Leo se imaginaba que le faltaban dos segundos para lanzar aquella moneda en modalidad de gladiador.
Casi esperaban oír a Ares gritar "¡Pelea!". Pero recordaron que estaba en droguelandia gracias a Apolo.
—Leo es hijo de Hefesto. No supone una amenaza. Piper es hija de Afrodita. Yo soy hijo de Zeus. Venimos en son de…
A Jason se le entrecortó la voz, pues de repente los dos Boréadas se habían vuelto contra él.
—¿Qué has dicho? —preguntó Zetes—. ¿Eres hijo de Zeus?
A pesar de que él no aparecía en la escena, Zeus se sintió orgulloso por ello. ¿Motivo? Habían reaccionado ante lo de "Yo soy un hijo de Zeus". Es decir, que le reconocían.
—Ejem…, sí —contestó Jason—. Eso es bueno, ¿no? Me llamo Jason.
Cal se quedó tan sorprendido que estuvo a punto de soltar la espada.
—No puede ser Jasón
—Ha dicho Jason, no Jasón. No se pronuncian igual —dijo Atenea—. Además de que Jasón lleva acento en la o. En cambio Jason no.
—dijo—. No es igual.
Zetes avanzó y miró la cara de Jason con los ojos entornados.
—No, no es nuestro Jasón. Nuestro Jasón era más elegante. No tanto como yo… pero elegante. Además, nuestro Jasón murió hace milenios.
—Sí —asintió Hermes—. Cuando le cayó un trozo de mástil de su propio barco en la cabeza.
Jason se frotó la cabeza. A decir verdad él era muy propenso a recibir golpes allí. Debería ir con más cuidad o cualquier día acabaría como el bueno de Jasón.
—Espera —dijo Jason—. Vuestro Jasón… ¿Te refieres al Jasón original? ¿El del Vellocino de Oro?
—Por supuesto —contestó Zetes—. Fuimos tripulantes de su barco, el Argo, en los viejos tiempos, cuando éramos semidioses mortales. Luego aceptamos la inmortalidad con el fin de servir a nuestro padre, para que yo pudiera tener tan buen aspecto todo el tiempo y el tonto de mi hermano pudiera disfrutar de las pizzas y el hockey.
—Creo que esas cosas no existían por entonces —dijo Thalia.
—¡Hockey! —repitió Cal.
—Pero Jasón…, nuestro Jasón…, murió como un mortal —dijo Zetes—. Tú no puedes ser él.
—No lo soy —convino Jason.
—¿Matar, pues? —preguntó Cal.
—Seguramente en este capítulo habremos leído más veces la palabra "matar" que en todos los libros juntos —comentó Nico.
Era evidente que la conversación estaba exigiendo un gran esfuerzo a sus dos neuronas.
—No —dijo Zetes con pesar—. Si es hijo de Zeus, podría ser el que hemos estado esperando.
—¿Esperando? —preguntó Leo—. ¿En el buen sentido, para colmarlo de premios fabulosos? ¿O en el mal sentido, porque se ha metido en un lío?
—La experiencia me ha enseñado que lo más probable es que sea noventa por ciento en el mal sentido, lo cuál conduciría a vuestras muertes; y diez por ciento en el buen sentido, el cuál se acabaría convirtiendo en el mal sentido, con lo cual os conduciría a vuestra muerte —dijo Percy.
—O sea, que van a acabar muertos sí o sí —dijo Alex.
—Correcto.
—Eso depende de la voluntad de mi padre —dijo una voz de chica.
—Oh —de repente Leo pareció recordar a Quíone. No sabía que le ponía más nervioso, si el hecho de que su madre veía sus intentos de ligar infructuosos o el hecho de recordar que había intentado ligar con una tipa que después trató de matarle a él y a sus amigos.
Leo levantó la mirada hacia la escalera y casi se le paró el corazón. En lo alto había una chica con un vestido blanco. Tenía la piel extrañamente pálida, del color de la nieve, pero su cabello era una exuberante melena morena, y sus ojos eran marrón café. Se centró en Leo sin expresión, ni sonrisa, ni cordialidad. Pero daba igual. Leo estaba enamorado. Era la chica más espectacular que había visto en su vida.
—Ya no pienso así —murmuró Leo.
—¿Por? —preguntó Calipso, quién había escuchado a Leo—. ¿No funciono bien entre vosotros dos o algo así?
—Más bien nunca hubo nada. O mejor dicho, jamás hubiese ocurrido algo —respondió Leo.
Entonces ella miró a Jason y a Piper, y pareció entender la situación de inmediato.
—Padre querrá ver al llamado Jason —dijo la chica.
—Entonces, ¿es él? —preguntó Zetes con entusiasmo.
—¿Él? —preguntó Belona.
—Ya veréis —respondió Jason.
—Ya veremos —contestó la chica—. Zetes, trae a nuestros invitados.
Leo agarró el asa de su maletín de bronce. No estaba seguro de cómo lo subiría por la escalera, pero tenía que acercarse a aquella chica y hacerle unas preguntas vitales, como su dirección de correo electrónico y su número de teléfono.
—No creo que sea muy buena idea que te acerques a ella, mijo —dijo Esperanza.
Antes de que diera un paso, ella lo congeló con una mirada. No lo congeló en sentido literal, pero podría haberlo hecho perfectamente.
—Ella podría hacerlo —admitió Hestia—. Pero tú también podrías evitarlo fácilmente.
—Tú no, Leo Valdez —dijo.
En lo más recóndito de su mente, Leo se preguntó cómo sabía su nombre,
—Es algo que los dioses suelen saber —dijo Percy como si fuese lo más normal. Qué, probablemente, en ese mundo lo era.
pero se concentró en lo colado que se sentía.
—¿Por qué no?
—Mucho mejor que no vayas a ver a Bóreas —dijo Atenea—. Podría tomárselo como una ofensa. Si es que ya no se ha tomado como una ofensa el hecho de que estés allí.
Probablemente pareció un llorica de parvulitos, pero no pudo evitarlo.
—Tú no puedes estar en presencia de mi padre —dijo la chica—. Fuego y hielo: no sería prudente.
—O vamos juntos —insistió Jason, posando la mano en el hombro de Leo—, o no vamos.
La chica ladeó la cabeza, como si no estuviera acostumbrada a que la gente se negara a obedecer sus órdenes.
—Si no lo estaba cuando era una mortal, dudo que lo haga cuando sea una diosa —bufó Deméter.
—No sufrirá ningún daño, Jason Grace, a menos que tú causes problemas. Calais, mantén a Leo Valdez aquí. Vigílalo, pero no lo mates.
Cal se puso a hacer pucheros.
—¿Solo un poco?
—¿Cómo se mata solo un poco? —preguntó Walt.
—No —insistió la chica—. Y ocúpate de su interesante maletín hasta que padre emita un juicio.
Jason y Piper miraron a Leo, formulándole una pregunta silenciosa con sus expresiones: «¿Cómo quieres que lo hagamos?».
Leo sintió una oleada de gratitud. Estaban dispuestos a pelear por él.
—Pee.. eaaa. —balbuceó Ares en su estado semi-comatoso.
No pensaban dejarlo a solas con el buey del hockey. Una parte de él quería intentarlo, sacar su nuevo cinturón portaherramientas y ver lo que podía hacer, tal vez incluso lanzar una bola de fuego o dos y calentar aquel sitio.
—Haaaa... looo
—Creo que se le están pasando los efectos —murmuró Apolo.
—¡¿Ya?!
Pero los Boréadas le daban miedo. Y aquella chica espectacular, todavía más, aunque seguía queriendo su número de teléfono.
—No pasa nada, chicos —dijo—. No tiene sentido causar problemas si no es necesario. Id vosotros.
—Escucha a tu amigo —dijo la chica—. Leo Valdez estará totalmente a salvo. Ojalá pudiera decir lo mismo de ti, hijo de Zeus. Y ahora, vamos; el rey Bóreas está esperando.
—Fin del capítulo —anunció Jake.
*: Muy bien, originalmente aquí ponía que quién lo decía era Jason y no Leo. No sé como será en la versión original y si es algún tipo de error de traducción o algo así, pero creo que tiene más sentido que lo diga Leo, ya que el capítulo es desde su punto de vista.
Hola gente.
Décimo primer capítulo subido. La verdad, es que cuando quite a Piper y a Afrodita de la lectura (aunque fuese de forma temporal) pensé que me sería más fácil, ya que habrían menos personajes. Pero al verdad es que ha sido más complicado, así que a partir del siguiente, Piper volverá a la lectura.
También he pensado que, cada cinco capítulos o así, hacer una lista al final del capítulo para que sepáis quienes están en la lectura, por si pasa mucho tiempo entre alguna actualización y la siguiente, para que al menos no os perdáis mucho. Sería en principio en los capítulos que acabasen en 0 y en 5.
Bueno, eso ha sido todo.
Se despide,
Grytherin18-Friki
