Disclaimer: Primero que todo, quiero aclarar como siempre, y como todas las que me leen saben muy bien, esta historia es ficción. No todas saben que anoche alguien reportó mis historias de Robsten, por decirme que no podía escribir sobre actores, como en este caso. Todas sabemos eso, pero pienso que es de bien mala onda reportarme cuando a nadie le molesta esto. Así que a ti, que reportaste mis historias, si lees esto, quiero que entiendas que si me reportas no dejaré de escribir historias de ellos. Una y otra vez, hasta que me canse de tanto escribir, subiré fics de ellos, aunque te duela. Si te molesta lo que hago, pues no me leas, hay muchas personas que les gusta leer esto y sentir por pocos minutos la emoción de sentir el amor que ellos sienten, y eso, no nos lo puedes quitar con tus amenazas. Y otro alcance, la diferencia entre Bella y Edward con Robsten es bien pequeña, solo para pocas es algo distinto, para muchas hablamos de los mismos, pero a mi me gusta hacer la diferencia y escribo sobre ellos sin miedo. Así que recuerde, doña perfecta, seguiré escribiendo de ROBSTEN, como que me dicen Mary, gracias. ¡Ahora a leer!
American Woman, English Man
11th.
You don't remember me
RPOV
No se cuanto tiempo había dormido, pero sentía que mi cabeza pesaba. Ardía por dentro dejando miles de filamentos filosos que esparcían un dolor inminente por mi cabeza. Abrí los ojos y la luz entro furiosa por ellos. El techo blanco, las paredes blancas, las sábanas blancas … al parecer estaba en un hospital. ¿Me había pasado algo? Intenté rememorar, pero … ¡Diablos! Mi cabeza dio vueltas como si me hubieran golpeado miles de veces en un par de segundos. Volví a forzar algún recuerdo … y nada, ni aunque hiciera fuerzas físicas recordaba. ¿Qué me estaba pasando? Estaba entrando en pánico, en verdadero pánico, algo estaba pasando en mí y no sabía qué era, algo malo.
- ¿Enfermera? - Llamé casi en un resoplido lleno de miedo.
- ¿Sí? Se acercó una mujer de no más de treinta años, vestida con su pulcro uniforme blanco.
- ¿Qué me pasó? - Dije alterado, agarrando en puño la sábana que me cubría.
- Uhm, ¿Qué siente? - Ella no respondía exactamente a mi pregunta.
- Mi cabeza arde, arde mucho. - Me limité a decir, mientras abría más los ojos esperando una respuesta concreta.
- Tranquilo. - Dijo acomodando mis brazos, haciéndome soltar las sábanas. - Primero llamaré al médico, luego te colocaré un calmante, te sentirás mejor.
- ¿Cómo llegue acá? - Pregunté desesperado, pero la enfermera ya partía a paso veloz en busca de un médico. Sentía que me ocultaban algo, o … la verdad hasta pensar me dolía. Cerré los ojos para compensar la dolencia, para relajar el agudo dolor. No había nada, estaba todo vacio, era como si dentro de mi cerebro solo hubiera un panel blanco y eso fuese todo lo que tenía para mirar, era una barrera, un muro sin nada.
- Buenos días, muchacho. - ¿Muchacho? Yo ya era un hombre de veint … veinte … No recordaba qué edad tenía.
- Buenos días. - Alcé mi mano en un gesto de saludo amable. Aún con dolores y todo, supongo que debía ser así, educado.
- ¿Cómo te has sentido? - Agarró mi rostro entre sus manos y comenzó a inspeccionar mis pupilas de una manera brusca.
- Bien, o sea, mal, no, no paran los dolores de cabeza. - Dije mientras una mirada inspeccionadote miraba mi ojo izquierdo.
- Describe el dolor. - Dijo al dejar de mirarme y anotar en la hoja de observaciones.
- Es como vidrio enterrándose en la piel, como si cada pedazo fuese muy fino, y se enterrará despacio. Es como una herida abierta, arde, arde mucho. - Dije agarrando mi sien, al sentir una pequeña punzada.
- Del uno al diez, ¿Cuánto te duele? - De verdad esto no me agradaba, prefería que fuese al grano y me dijese que tan jodido estaba.
- Un cien. - Lo dije a modo de sarcasmo, aunque de todas formas se aplicaba a mi dolor.
- ¿Exageras o es así? - Preguntó con poca modestia. Si este tipo seguía atendiéndome era capaz de ir a mi casa y listo.
Oh, ni siquiera sabía si tenía casa y si es que la tenía, en dónde. Estaba perdido.
- Exagero, pero mi dolor es más fuerte que un diez. Se lo puedo asegurar. - Dije con suficiencia.
- Muchacho, tu caso es complicado. - Dijo sentándose en la esquina de la cama. - Estabas en la guerra …
- ¿En la guerra? - Me senté un poco alarmado.
- Sí. - Se limitó a decir.
- ¿Yo era un soldado?
- Sí. - Respondió él.
-Agh, mi cabeza. - ¡Dios! El dolor era incesante. - ¿Por qué cada vez que intento recordar mi cabeza retumba?
- Eso te quería explicar. - Dijo cruzando sus manos. - Sufriste un traumatismo en tu cabeza de gran magnitud, lo que ha afectado a la zona del hipocampo en tu cerebro, lugar en donde se almacena tu memoria a largo plazo. Es decir, que tienes amnesia. - Tragué gruesamente al escuchar eso. - No tienes memoria.
- Oh, santa mierda. - Maldije sonoramente, a lo que él no se inmuto. Suponiendo que era una reacción obvia de alguien que acababa de enterarse de eso. Yo estaba al borde del shock, estaba helado, estaba congelado.
- Esto será lento, irás recordando de a poco, pero no puedes forzarte a recordar, esos dolores podrían provocarte algo peor. A ciencia cierta, no hay estudios de lo que podría ocurrirte, pero todo apunta a algo como un coma o aneurisma, y es preferible evitarlo.
- Claro. - Dije con la mirada perdida.
- Escúchame, será lento, pero te aseguro que recuperarás la memoria, no sabemos cuanto puedes demorarte en aquello, pueden ser días, meses o años, pero la recuperarás.
Asentí sin pestañear.
- ¿Estás bien? - La voz del médico sonaba como un hilo de voz al fondo de la nada de mi cabeza. Estaba paralizado.
No contesté, solo asentí.
- ¡Enfermera! - Gritó el doctor, mientras yo seguía sentado sin moverme.
- ¿Sí, doctor? - Dijo ella agitadamente.
- Necesita un calmante, ¡Rápido! - No sé cuantos minutos llevaba así, pero sentía los minutos pasar, la aguja atravesar mi brazo, los sonidos de los demás, la enfermera charlando con el doctor, y de repente silencio. Yo seguía paralizado.
- Hola. - Una suave voz sonó cerca de mí, no sabía si me hablaba a mí o no, así que seguí mirando inmutado el techo. - Robert, yo … - Ella siguió hablando, claramente me hablaba a mí, porque estaba parada en la punta de la cama.
- ¿Quién es Robert? - Me miraba con cautela una chiquilla menuda.
- Ehm, nada, nada. - Movió su cabeza exageradamente negando.
- ¿Quién eres? - Aproveché de preguntar, suponiendo que si estaba aquí era por algo. Aunque su rostro no me era para nada familiar.
- Andaba buscando a mi hermano, solo eso, y pasé por acá. - Dijo mirándome.
Claramente me había confundido, aunque no sé por qué ella salió corriendo y quizás llorando, aunque de eso último no estaba seguro. ¿Quizás era alguien que me conocía? Eso era posible, ¿Pero quién? Intenté recordar y fue en vano, la neblina de dolor se interpuso como siempre. Esto me tenía mal y no llevaba más de dos horas con la noticia de mi amnesia.
Miré a mi alrededor y en cierta parte me sentí agradecido, en la cama contigua había un chico muy joven que había perdido ambos brazos. Sus ojos lagrimeaban a más no dar, quise decirle algo, quizás podía apaciguar su dolor, pero no pude. Él notando que lo miraba expectante ladeo su rostro hacia mí e hizo un gesto de angustia que me petrificó hasta lo más profundo, lo reconocía, sabía que lo había visto alguna vez.
Él estuvo una semana hospitalizado, nos tuvimos el uno al otro para conversar dentro del silencio y los gritos de dolor, este lugar era peor que el infierno. Se veía el dolor y la tristeza en carne viva.
- ¿Y recuerdas a alguien al menos? - Franz, el chico de la cama contigua me preguntaba, lo único que teníamos por hacer era charlar y nada más.
- Solo a mi hermana, Victoria. - Dije con pesar, por alguna extraña razón la recordaba solo a ella. Recordaba muy bien, hasta los aromas de aquella vez que cuando pequeño yo intentaba andar en su bicicleta y yo me caía. Ella me levantaba del suelo y me animaba a seguir, curaba las heridas de mis raspadas rodillas, y me secaba las lágrimas de niño pequeño frustrado. Era un bonito recuerdo, y por el momento era lo único que recordaba, lo único que tenía.
- Debe ser duro, hermano. - Dijo él.
- ¿Duro? Esto no es nada al lado de lo tuyo. - Franz se sintió disminuido ante mi tono de voz, soné un poco autoritario. - Perdón, no era mi intención.
- No, tienes razón, Robert. - Dijo él mirándose, de verdad me quise estremecer al verlo así.- Tu puedes recuperar tu memoria, yo no puedo hacer nada contra esto, perdí mis brazos, no … - Franz se lanzó a llorar. Quise reconfortarlo pero se vería extraño, tampoco éramos tan amigos, algo debía hacer …
- Se que saldrás adelante, Franz, eres fuerte, estás aquí por algo, es un obstáculo que podrás pasar, lo sé. - Dije con convicción.
- Eso espero, espero tener esa fuerza que dices que tengo, porque ahora no la tengo. - Los ojos verdes de Franz eran como una esmeralda sumergida en agua, se veían mal, se veían pesados de tanto dolor.
- Solo ten fe ya lo verás. - Sonreí dentro de lo que podía. Ese gesto dentro de tanta pena en el lugar era difícil de gesticular.
- Gracias por el ánimo. - Dijo un poco sonriente, al menos eso me dejó tranquilo.
Luego de eso nos quedamos en silencio, cada uno absorto en sus pensamientos, aunque yo no tenía mucho que pensar, a ratos recordaba algunos momentos con Victoria cuando éramos unos niños, a rato no había nada, era como neblina, era como un pizarrón en blanco, me había vuelto nada. Tenía dos cosas y nada más: mi nombre y mi hermana.
Intentaba recordar a alguien más, pero de verdad era peor, prefería quedarme así como estaba, sin nada, la angustia me envolvía, no sé ni siquiera para qué vivía, si no me acordaba de nadie. Tantas personas a las que seguramente amaba, y ahora no podría amar porque no sabía nada, no recordaba a los que debían ser mis padres, si es que tenía más hermanos tampoco lo sabía, y si tenía alguna novia menos lo sabía.
Todos los días Victoria me venía a visitar, me dejaba pertenencias mías, no sabía cuanto tiempo estaría aquí en observación, asi que era bueno que de repente me entretuviera leyendo los libros que se supone eran mis favoritos cuando estaba lucido. Un día Vicky llegó con mi guitarra, y fue como amor a primer vista, sabía que era mía y que ella me conocía. Al primer acordé que toqué recordé lo mucho que ansiaba tocarla. Mis tardes se iban tocando melodías, algunos se quejaban por el ruido, otros preferían escuchar ese pequeño sonido al silencio hilarante.
- Quizás mañana te den de alta, Rob. - Vicky estaba sentado en la punta de mi cama. Sus ojos estaban esperanzados de que al fin volvería a casa, y debería comenzar a adaptarme.
- ¿De verdad? - Quería irme con todas mis ganas, este lugar me hacía sentir más depresivo. No quería dejar a Franz, pero sabía que el entendería.
- Sí, charlé con el doctor y dijo que era bueno ya que fueras a casa.
- ¿A qué casa? - Me sentía como un idiota al preguntar por cada cosa, pero así sería por un largo tiempo. Creo.
- A donde yo vivo, en donde crecimos, Robert.
- Uhm, ¿Habrá más gente? - Diablos, de verdad volver no sería tan fácil como me lo imaginaba. Muchas personas estarían peor que yo al ver que los trataba como desconocidos, pero esto no era mi culpa. Era culpa de la guerra.
¡Una pausa! Recordaba algo, recordaba que una vez a alguien le había prometido que si volvía dejaría de ser militar, y creo que era la mejor decisión, había quedado sin memoria por la guerra, pero había salido con vida, había cumplido mi sueño, batallar y luchar, este era el precio, nada podía ser color de rosas. ¿Quién era ese alguien al que e hice la promesa? Ni idea, al menos esa persona sabría que había cumplido mi promesa, aunque no hubiese vuelto completo.
- Sí, habrá más gente, dejaremos que solo vayas recordando, que todo sea lo más natural posible. - Mi hermana estaba más ansiosa que yo, pero su sonrisa plena me daba la seguridad de que todo saldría bien.
- Está bien. - Dije sin más. Era a lo que debía acostumbrarme y listo.
- Me alegro de que ya estés en casa, han pasado dos meses y ha sido duro para todos. - ¿Dos meses? En qué momento había pasado tanto tiempo.
- Sí, pensé que había pasado menos tiempo, pero ya me quiero ir de este lugar, no aguanto más.
- Lo sé, hermanito. - Vicky se acercó u me abrazó, necesitaba tanto un abrazo que me largué a llorar al sentir sus aferrados brazos.
- ¿Por qué a mí? - Al fin podía desahogarme. - No le he hecho mal a nadie, y me pasa esto.
- Tranquilo, agradece que has vuelto con vida, sé que recuperarás tu vida y que todo volverá a ser como antes. - Ella me miró con sus ojos azules, y secó mis lágrimas que brotaban sin parar. - Te lo juro, todo saldrá bien.
Volví a abrazarla y seguí llorando, quizás nunca volvería a tener mi vida, quizás de aquí en adelante dependería de otras personas, además no podía dejar de pensar en el sufrimiento que les estaba causando a las personas que más amaba.
Esa noche no pude dormir de las ganas de salir, de las inmensas ansias, todo estaba en silencio, más que el que había en el día. Me levanté y caminé hacia el baño, mis pasos por suerte no despertaron a nadie, andaba descalzo. Caminé por el pasillo y todo estaba muy calmado, bastante calmado. Caminé hacia el baño de hombres, encendí la luz y me miré al espejo, de lo poco que recordaba de mi mismo, no me recordaba así. Tampoco eran grandes cambios, pero algo no se vía bien. Mi cabello estaba corto, creo que me había rapado antes de ir a la guerra o algo así, los soldados solían tener ese corte de pelo, y había crecido muy poco aún. Mi barba estaba larguísima, me gustaba, pero estaba muy larga, debería cortarla. Tenía unas grandes ojeras debajo de mis ojos, me hacían ver viejo y cansado. Y mi semblante era triste, estaba acabado.
Volví a mi cama y había algo sobre mi almohada. Miré a todas partes, alguien había dejado esa caja allí, alguien me estaba espiando y aprovecho que yo no estaba o alguno de mis compañeros de sala lo había hecho. Volví a mirar pero todos se veían completamente dormidos, me senté en el borde de la cama y tomé la caja. Era simple, pequeña y simétrica, la abrí y había un frasco de perfume. Esto era bizarro, ¿Quién te dejaba este tipo de obsequio en la madrugada? Lo saqué de la caja y noté que era un perfume de mujer, era extraño, soy hombre y que sepa lo seguía siendo, no sabía por qué estaba esto aquí. Quizás se habían equivocado de cama y lo habían dejado erradamente. De todas formas saque el frasco y olí el aroma. Era suave y dulce, embriagador, sutil y elegante, era un buen perfume. Lo dejé en el velador y volví a acostarme, no pude dormir, estaba vacío, ni siquiera sueño tenía. De repente, había una silueta en mi cabeza, era la silueta de una mujer, sentía que estaba por recordar a alguien pero al momento de forzar mi mente el agudo dolor comenzó. Pero seguía viendo esa menuda silueta, aunque no podía ver su rostro ni su cabello. Se notaba que era liviana, y sin poderle ver la cara sabía que era hermosa, no sé quien sería, pero de seguro era alguien a quien conocía. La silueta era como el aroma del perfume de la pequeña caja, dulce.
Me quedé dormido, pensando en esa silueta.
La mañana llegó rauda, parece que mis deseos habían sido escuchados. Me desperté al escuchar la voz de una chica cerca de mí, hablaba como cotorra, parece que era algo de Franz. Me di la vuelta para ver si era de allá donde provenía la vocecita y sí, estaba en lo correcto. Parece que era su hermana, eran muy parecidos. Ella hablaba hasta por los codos, decía algo de unas compras que habían hecho para un almuerzo que habría para la llegada de él. Me volteé por completo y saludé a Franz, ella se me quedó mirando, mi aspecto debe haber sido el peor.
- Oh, Linda, él es Robert, ha sido mi mejor compañía todo este tiempo. - Franz no notó que mi cara no estaba para saludar a alguien, menos a una chica bonita.
- Hola. - Sonrió ella como si no le importara mi aspecto. Alzó su mano y la saludé.
- Hola. - Sonreí. Ella era parecida a la silueta de mi mente, era muy parecida. Quizás fue ella la que había dejado ese perfume y se había equivocado de cama o algo. Quizás era para su hermano, para que la recordara.
- Gracias por acompañar a mi hermano en esto. - Dijo ella muy gentilmente.
- No es nada, también debo agradecerle a tu hermano. - Dije mientras la miraba detenidamente. Era bonita, claramente debía ser mucho menor que yo, tenía los ojos café miel, eran bonitos, le daban un toque tierno. Tenía los cabellos dorados, o quizás eran los rayos del sol que entraban que hacían su cabello más claro. Su piel blanca hacia juego con sus labios rosados.
- Franz si que sabe como subirle el ánimo a las personas. - Ella miró a su hermano y le sonrió. Luego se volvió a dirigir a mí. Me sentía tan horrible que pensé en esconderme debajo de las sábanas. Debía verme fatal al lado de ella que se veía tan limpia. - ¿A ti que te sucedió?
- No tengo memoria. - Dije muy a mi pesar. Sonaba como algo simple, pero para nada lo era.
- Oh, lo siento. - Dijo ella. - ¿Es reversible?
- Eso dicen. - Dije.
- Ten fe amigo, la memoria es más fácil de recobrar que un par de brazos. - Por una rara razón los tres reímos. Franz últimamente bromeaba con eso, decía que era mejor reírse de si mismo que ahogarse en un mar de depresión.
- Aunque unos de goma nunca vendrían mal. - Bromeó ella. - O puedo construirte unos de madera.
- Claro, tu si sabes de eso. - Dijo Franz
Quedé con cara de duda ante eso, no sabía a qué se referían.
- Estudio Arquitectura, por eso dije lo de construir brazos. - Dijo ella. - Así como una maqueta.
- Oh ya veo. - Ahora era más claro. Debía tener unos veintiochos años. - Yo ahora soy un desempleado.
- Como mi hermano. - Añadió ella.
- De todas formas no seremos mal mirados por no tener trabajo, Robert. Estamos en guerra, no hay mucho trabajo tampoco.
- Tienes razón.
- Sí, de hecho las universidades están cerradas. Me siento en vacaciones hace meses. - Ella sonrió haciendo un ademán con sus hombros, no había de otra.
- Debe ser genial tener vacaciones eternas después de tanto cansancio en el ejercito. - Franz tenía razón.
- Me disculpan, iré a ducharme y esas cosas. - Dije saliendo de la cama por el otro costado. No era buena forma de impresionar a una mujer saliendo en pijamas. - Hoy me dan de alta.
- Me ganaste por una semana, suertudo. - Dijo Franz que salía de este lugar en una semana más.
- Te vendré a ver en la semana. - Tomé mi bolso y partí al baño. Me rasuraría la horrible barba, me daría un baño largo y con agua bien caliente para quitar todo el peso de dolor e intentar llegar renovado a casa.
- Tomaré tu palabra. - Dijo él. Yo salí apresurado para arreglarme.
Demoré quizás dos horas, estaba emocionado de salir, de volver a casa aunque no reconocería a nadie, al menos ya sería un avance para la rehabilitación. Volví a mirarme al espejo y algo había cambiado, mis ojeras estaban mejor luego de tanto vapor. Mi barba ya no estaba y la angustia por un momento se había ido.
- ¡Robert! - Victoria apareció en el pasillo y me abrazo tan fuerte que tuve que botar al suelo mi bolso.
- Oh, Vicky. - La abracé agradeciendo que llegara puntual.
- ¿Estás listo? - Ella quería llevarme tan rápido como pudiese.
- Sí que lo estoy, pero debo despedirme de Franz antes. Acompáñame. - Victoria me siguió el paso para poder despedirme de mi amigo.
Franz seguía con Linda en su camilla, ella seguía hablando si parar. Al parecer no se veían hace mucho porque nunca la había visto antes, y algo dentro de mí quería seguir viéndola.
- ¿Eres tú Robert? - preguntó Franz. - ¿Qué le pasó a tu rebelde barba?
- Era hora de cambiar, Franz. - Dije tocando mi mejilla ahora suave.
- Te sienta muy bien, Robert. - Dijo Linda. Creo que me había gustado su interés.
- ¿Robert debes guardar algo más? - Victoria sonaba seria luego de escuchar a Linda de esa forma.
- Solo debo guardar lo que está dentro y sobre el velador, Vicky. - Me llamó la atención la reacción de Victoria al escuchar a Linda ser tan coqueta.
- ¿Me ayudas? Así sé qué hay que botar y qué no. - Ella sonaba como una madre, debía obedecer.
- Esperen, terminaré de empacar. - Dije.
- No hay problema. - Dijo Linda.
- ¿Quién es ella? - Preguntó Victoria tan seria que me asusté. No había nada de malo que me gustara alguien.
- Es la hermana de Franz. - Respondí.
- Al parecer le gustas. - Dijo ella guardando libros y demases en una bolsa.
- Es muy bonita. - Fue lo único que dije, y era lo único que tenía por decir.
- Es muy rápido para que te guste alguien, Robert, no está bien. - Sentía que algo malo había detrás de sus palabras, ¿Por qué no me podía fijar en nadie? Ese era asunto mío.
- ¿Tiene algo de malo?
- Uhm, no, bueno … la verdad es que no, bueno, no sé, simplemente debes recuperarte primero antes de tener amoríos y esas cosas. - Creo que mi hermana era celosa, eso debía ser, qué otra cosa iba a ser.
- Está bien, debo recuperarme, pero lo demás es asunto mío. Sé que perdí la memoria, pero puedo tomar decisiones solo. - Me defendí, era mi hermana no mi madre y aunque lo fuera, tampoco me debía mandar así.
- Solo lo digo por tu bien. - Victoria siguió guardando cosas, yo me di la vuelta para verificar que ellos no hubiesen escuchado nada. Por suerte nada habían escuchado, solo me encontré con los ojos claros de Linda mirándome. Creo que esto era amor a primera vista …
- ¿Nos vamos? - No había caso, Victoria seguiría con ese molesto tono de voz hasta que saliéramos de aquí.
- Sí. - Dije de mala gana.
- Adiós amigo. - Abracé a Franz sabiendo que de vuelta no estarían sus brazos, pero sabía que espiritualmente lo estaban. - Te quiero, vendré a verte en cuanto pueda esta semana, después debemos ir a alguna parte, ¿Sí?
- Sí, no lo dudes, ve a casa, y recuerda si no recuerdas algo, golpéate en contra de la pared.
- Sí, es un buen método. - Sonreí.
- Adiós, Robert, fue un gusto conocerte. - Linda no negaba con la mirada de que le gustaba y ver eso, me gustaba más.
- Adiós Franz, nos vemos. - Dijo Victoria, fue tan descortés que ni saludo ni se despidió de Linda.
- ¿Qué te pasa con ella? ¿No tienes modales? - De verdad fuese quién fuese la chica, encontraba de muy mala educación la actitud de Victoria.
- No quiero pelear, Robert. - Victoria sonaba mejor y bastante sincera. - En casa muchas personas te esperan, hay un almuerzo y no quiero que peleemos ahora.
- Te comprendo. - No fue hasta que Victoria habló de ese almuerzo que sentí los nervios.
Aprovechamos de despedirnos de los doctores, de algunas personas del personal y algunas enfermeras que me miraban como comida. Caminamos al estacionamiento y los nervios aumentaron diez veces más.
- Sube al auto, Robert. .- Sonrió Victoria. Hice caso y subí, me acomodé y me sentí extraño, hacía tiempo que no estaba dentro de un auto. Hasta el sol era nuevo para mí. - ¿Estás listo?
- Sí, nervioso, pero listo.
KPOV
El funeral de Dana nos había dejado en el suelo, ya no éramos seis Stewart, éramos solo cinco. No acudió mucha gente porque todos nuestros familiares estaban en Estados Unidos. Fue el peor mes que habíamos vivido con mi familia, nada había truncado nuestras vidas como esto. Cameron y Taylor ya no salían, se quedaban en casa leyendo o durmiendo. Mi padre intentaba despejarse jugando al algún juego de mesa con Richard, mi suegro, y mamá se entretenía cocinando conmigo.
- Mamá, podríamos hacer algo en memoria de Dana. - Dije mientras amasaba la masa para hacer pan.
- No es buena idea, de verdad que no, debemos dejar pasar tiempo. - Mamá era una luz apagada, sus pobres ojos ya no daban más de llorar, sabía que si era posible se los extirparía.
- Mamá, me vendré a casa para acompañarte. - Había tomado la decisión hace unos días, era lo más sano para mí.
- ¿Y si a Robert lo dan de alta?
- Eso no hará que me recuerde. - Robert, mi amada Robert. No lo veía hace dos meses porque no me había permitido el honor de verlo. Era demasiado para mí ver sus ojos y saber que no me recordaba. Prefería soñar por las noches que él llegaría por la noche, me agarraría fuertemente por la cintura como lo solía hacer y me besaría diciéndome que éramos lo que siempre fuimos.
- No lo has visto en meses, Kristen, ¿Crees que así te recordará? - Mi madre sonaba indignada por mi estúpida forma de comportarme ante esto. - ¿Lo amas?
- Claro que sí. - Seguí amasando.
- No se nota, si lo amaras tanto como dices estarías allá cada día esperando a que reconociera algo en ti. - Mi madre me estaba regañando.
- Anoche hice algo indebido. - No se lo había dicho a nadie, pero debía contárselo a mi madre.
- ¿Qué hiciste? - Ella mientras hacía sus adoradas galletas de chocolate. Las que tanto le gustaban a Robert.
- Fui al hospital en la madrugada. - Me detuve para mirarla y ver que tal le parecía.
- ¿Lo viste? - Los ojos de mi madre se abrieron a más no poder, de seguro quería saber.
- Lo ví, pero él no a mí. - Recordé cuando lo ví levantarse de su cama, lo extrañaba tanto, no era primera vez que lo espiaba mientras dormía. Era bonito y doloroso hacer esto, pero era la única manera de contemplarlo sin que me viera y no me reconociera. - Dejé mi perfume en su cama, pensé que si lo olía me recordaría, dicen que los aromas siempre te hacen recordar a las personas.
- Debiste haberle hablado, Kristen.
- No pude, soy my cobarde. - Sí que lo era.
- ¿Es la primera vez que lo haces? .- Mi madre charlaba y a la vez seguía ensimismada en sus labores de cocinera. Preparaba el horno para colocar las galletas.
- Es como la décima vez que lo hago, mamá. - Me sonrojé al decir eso.
- Y nunca les has hablado, por Dios, Kristen, debes luchar por él, no eres una niña. Sé cuanto lo amas, sé que él te ama, debes recuperarlo.
- Pero no sé cómo, mamá, me da miedo el rechazo, recuerdo ese día que lo vi en el hospital y no me recordó, ni siquiera recordaba su nombre. No puedo verlo así, me parte el corazón. - Esa vez no pude verlo más, salí corriendo y llorando al verlo tan mal. Esperaba no siguiera así.
- ¿Te parte el corazón? Cuando a alguien le parte el corazón algo suele consolar a esa persona, y tu estas aquí haciendo pan.
- Lo sé, soy muy idiota. - Seguí amasando mientras lloraba, mi madre tenía razón, si seguía así, otra llegaría a robar su corazón y ahí si que no tendría opción alguna.
- Irás mañana con tu mejor vestido y lo irás a ver, dile a Lizzy que te acompañe, pero irás, y si te rehúsas, te obligaré.
- Está bien, mamá. - Lo haría, debía tomar valor y hacerlo.
- Perdonen señoritas cocineras. - Papá se entrometía en la cocina con una amplia sonrisa, y con una larga barba que había dejado desde que Dana falleció. - Te buscan en la puerta, Kristen.
- ¿A mí?
- ¿Hay otra Kristen aquí? - Mi padre andaba de humor.
- Sí, hay una valiente que está escondida quizás dónde. - Mi madre fue pesada al decir eso, la miré feo ante su broma. Aunque tuviese razón.
- Mamá para, ¿Quién es? - Le pregunté a mi padre.
- Es una de las hermanas de Robert, no recuerdo cuál de las dos, siempre las confundo.
Mi padre no alcanzó a decir eso y salí corriendo por la puerta de la cocina. Sea quien sea de las dos eran noticias de mi Rob, ay Dios, por qué el pasillo era tan largo, debía llegar a la puerta.
- ¡Kristen! Mi querida.
- ¡Lizzy! - Me lancé a sus brazos y la abracé, la extrañaba, aunque solo había pasado una semana sin verla. Pero estaba tan sola sentimentalmente que cualquier gesto de cariño era bienvenido.
- Kristen, ¿Cómo estás? - Ella parecía igual de emocionada que yo.
- Por favor, pasa Lizzy, ¿Andas sola? - Mi ilusión de que estuviera con Robert seguía viva.
- Sí, no estoy con Robert si eso piensas.
- Oh, no importa. - Cerré la puerta y encaminé a Lizzy a la sala para sentarnos en el sofá.
- Traigo noticias de Robert, Kris. - Ella anunciaba algo bueno atrás de esa sonrisa, sentía que algo bueno se venía, a lo mejor se acordó de mí
- ¿Está bien? ¿Lo has visto?
- Estoe igual que tú, Kristen, tampoco lo he visto. - Hizo una pausa para agarrar mi mano. - Solo Victoria lo ha visto.
- Oh, de verdad Victoria tiene mucha suerte. - Agaché la mirada y supe que a verdad, Robert aún no me recordaba.
- Sí, pero en fin, escucha, en un par de minutos, Robert llegará a casa, lo han dado de alta.
- ¿Qué? Oh Dios, debo ir, Lizzy, debemos ir ahora. - Estaba ansiosa por verlo, quería abrazarlo aunque él no me reconociera.
- De hecho te vengo a buscar, Kristen. - Ella saltaba junto a mí de la alegría. Robert volvía a casa, quizás me vería, reconocería mi perfume y todo volvería a ser como antes. - Ve a arreglarte, te esperaré aquí.
- Oh, Lizzy, eres la mejor. - La abracé casi hasta hacerla pedazos, estaba tan feliz por esto.
- No pierdas tiempo, Victoria ya debe venir en camino .
Subí como pude las escaleras, estaba tan emocionada que sentía me ahogaría en cualquier momento. Oh, mi Robert, ahí estaría tan hermoso, tan puro como siempre. Si no fuera por esta maldita perdida de su memoria, lo tomaría y lo besaría sin parar. Dos y meses y tanto sin besarlo me tenían mal, lo deseaba más que nunca.
No sabía qué colocarme, estaba nerviosa, busqué en mi ropero algo que le gustara a él. Un vestido rosa y corto, lo ocuparía con mis alpargatas. Era una buena combinación, hice una trenza que coloque por e lado derecho y maquillé solo mis ojos. Por ultimo me coloque un sweater porque corría una leve brisa afuera. Volví a mirarme en el espejo y sabía que la impresión sería bueno, quería a mi hombre de vuelta.
Bajé las escaleras y con lo torpe que era, resbalé, rasmillando una de mis rodillas. Por suerte no fue tan grande, pero vaya que había dolido, me repuse rápidamente, quería correr si era posible y llegar a casa de Clare, encontrar a Robert en algún lugar de la casa y abrazarlo, abrazarlo tanto.
- Kristen,¿Estás bien? No pensé que serías tu la del golpe, pero parece que sí. - Dijo Lizzy mirando mi rodilla.
- Es la adrenalina, quiero verlo. - Saqué mi bolso y agarré la muñeca de Lizzy. - Vamos. - Pedí.
- Sí, claro. - Dijo ella alegre.
- ¡Mamá, voy a casa de Lizzy! - Grité para que supiera me iba.
- ¿A qué vas? - Se asomó por la puerta de la cocina. - Oh, hola, Lizzy.
- Hola, señora Stewart. - Lizzy era igual que Robert, educados.
- Voy a ver a Robert, le dieron el alta. - Era tan feliz.
- Oh, mi hija, ve corriendo ahora mismo. - Sonrió. - Es una orden. - Recordaba sus regañadientes opiniones de hace media hora atrás.
- Te veo más tarde, mamá. Vamos Lizzy.
- Adiós, señora Stewart.
- Adiós, Lizzy, saludos a tus padres.
- En su nombre.
Hice correr a Lizzy por la calle, iríamos corriendo, el auto nos haría demorar más.
- Podríamos ir en auto, Kristen. - Dijo Lizzy un tanto agitada.
- No, quiero verlo ahora. - Repetí.
- Kristen, si llegamos corriendo, estarás transpirada, completamente mata pasiones, tranquila, llegaremos igual y lo verás igual.
- Pero, el tráfico y todo ..
- No, ven, yo conduzco. - Dijo ella agarrando mi brazo.
Habíamos alcanzado a correr una sola cuadra, no era mucho, por suerte. Entramos al auto de ella, y prendí la radio para atenuar los nervios. Sonaba algo relajado, era jazz, así que me tumbé en el asiento y dejé que mi cuerpo se relajara dentro de lo que podía.
- Kristen, de verdad respira, no quiero llegar contigo desmayada a casa. - Dijo Lizzy.
- Estoy nerviosa, Lizzy. - Mis manos temblaban, debía calmarme.
- Ya estamos por llegar. - Eso no le ayudaba mucho a mi débil cuerpo.
- Kristen, el plan es este, recuerda, somos amigas de Victoria, no podemos forzar a Robert a recordar, sé que lo verás y no te podrás resistir, pero deberás resistirte, no puedes lanzarte sobre él, o quedará espantado.
- Lo sé, seré fuerte para que mis piernas no corran hacia él.
- Sí, sabes que haría lo mismo, pero debemos ir despacio.
- Estamos juntas, Lizzy. - Sonreí.
- Sí. - Seguimos un tanto más en auto, hasta que el auto dobló en la calle del barrio de la casa de Los Pattinson.
- Creo que no puedo respirar. - Dije al ver el auto de Vicky afuera de la casa.
- Tranquila, estoy contigo. - Lizzy estacionó y el motor dejó de sonar. Cerré los ojos, los abrí fuertemente para asegurarme de que esto no era un sueño.
Salimos del auto y las piernas me temblaban, no tenía las fuerzas necesarias para caminar. Lizzy me agarró del brazo y caminamos juntas. Lo vería, miraría otra vez sus dulces ojos, lo tendría cerca, no me abrazaría, ni besaría, pero estaría ahí respirando el mismo aire que yo.
- ¡Lizzy! ¡Kristen! Han llegado. - Richard también estaba feliz de que su hijo hubiese vuelto.
- Hola, Richard. - Dije dulcemente, él en cambio me abrazo. Debía decir que sus brazos eran como Robert, reconfortantes.
- ¿Cómo están? - Tomó el hombro de su hija y el mío y nos hizo entrar.
- Asustada. - Dije.
- Ansiosa. - Dijo Lizzy.
- Robert está en la sala, aunque anda dando vueltas por la casa, se siente inseguro, se nota en su mirada. - Ahora el tono de voz de Richard se ponía áspero. - Es igual a aquella vez que llegamos a esta casa y él tenía cinco años, decía que la casa era tan grande que le daba miedo, le costó acostumbrarse. - Mi corazón se retorció al pensar en ese Robert.
- ¿Puedo ir al baño? - Pregunté, estaba que me hacía pis.
- Sí, sabes donde está, estaré acá. - Dijo Lizzy.
Caminé un poco temerosa de encontrarme con Robert, subí las escaleras y miles de recuerdos amenazaron mi pobre cabeza. Las escaleras de esta casa eran muy parecidas al departamento de Robert, no podía evitar recordar momento con él, cuando él era mío, bueno la verdad seguía siendo mío, pero él no lo sabía.
«- ¿Cocíname? - Veníamos llegando de una de las fiestas de Lizzy, ya eran las cuatro de la madrugada, y mi hambriento novio quería que le cocinara. La verdad mi ánimo no estaba como para cocinar, y mi cuerpo menos.
- ¿Cocinarte? No cabes en el horno. - Bromeé.
- Tengo hambre, no estoy bromeando, cocíname algo. - Sus pucheros eran tiernos, me ablandaban el alma, pero me concentré en abrir la puerta del departamento.
- Robert, estoy cansada. - Abrí la puerta, me saqué el abrigo y caminé pesadamente hacia las escaleras.
- Yo también, me tuviste bailando toda la noche, y no pude comer. - Él también se había quitado el abrigo y luego camino hacía, intenté escapar pero él me agarró por la cintura sin dejarme escapar. Siempre lo hacía y yo no tenía nada que hacer ante eso, era una debilucha al lado de él.
- Pero no tengo ganas de cocinar, quiero dormir, ver algo en la televisión y que me acaricies el cabello antes de quedarme dormida. - Esa era mi pasatiempo preferido del final del día, tenerlo al lado mío, sintiendo como e acariciaba hasta que me iba en el sueño.
- ¿Perdón? Parece que tu sales ganando aquí. - Él chocó su nariz con la mía moviéndola de un lado a otro, era tan tierno, que faltaba poco para que me convenciera. - Solo un emparedado … de carne, un poco de tomate, algo de lechuga, aderezo y mostaza, ah y también pepinillo.
- Espera, espera, eso es mucho, ¿No quieres solo un sándwich de queso caliente? - Mi novio no tenía solo un antojo, tenía hambre del porte de un camión. Amaba cocinarle, me agradaba verlo comer con tanto apetito, pero ¡Eran las cuatro de la mañana!.
- Puaj, no, mejor ocupa ese queso y colócalo en mi hamburguesa. - Ay dios, no habría salida. Así que lo besé y traté de encaminarlo por la escalera, a ver si eso lo desconcentraba de comer. Rodé su cintura con mis piernas y lo besé desenfrenadamente, sabía que llenarlo de besos lo haría perder el control.
- Mmm, suave. - Me dijo besándome. - Pero tengo hambre, amor.
- Robert, no te cocinaré a esta hora. - Dije firme.
- Pero no te cuesta nada, mientras cortas los vegetales colocas la carne en la freidora y listo.
- Entonces si es tan simple, hazlo tú. - Bajé mis piernas de su cintura, y subí las escaleras que me quedaban.
- Pero no soy bueno cocinando, ya, di que sí, di que sí. - Robert era un niño de cinco años, ahora y siempre.
- Me las pagarás apenas encuentre la manera en que lo hagas. - Él jugó con mi cintura y me siguió a la cocina. Era fácil de convencer, más si mi novio colocaba esos ojos de perro amurrado, y esos labios tan apetecibles se curvaban para hacer un puchero.
Ahí estaba yo haciendo su hamburguesa a las cuatro y once minutos de la madrugada. Maldito y violable británico.»
- ¿Hola? - Ay Dios mío, era él. No sabía si darme la vuelta. Su hola sonaba familiar, como si esperara a que me lanzara a sus brazos para decirme cuanto me había extrañado.
- Hola. - Me volteé y vi su rostro. Solo Dios sabía cuanto lo extrañaba, cuanto deseaba verlo.
- Uhm … - Él no me recordaba o sino ya estaría besándome.
- Soy amiga de Victoria, me alegro de que estés en casa. - Traté de sonar muy certera, mi voz temblaba a ratos, quería explotar en llantos. Era como si nos conociéramos recién. Hasta la vez que nos conocimos en la rampa del barco fue mejor que esto.
- Oh, ya veo, un gusto. - Él se acercó y besó mi mejilla. Esto no era bueno para mí. Su aroma estaba tan cerca de mí, el roce de su piel me había dejado con ganas de más, su mano que sostuvo mi hombro al saludarme … necesitaba oxígeno.
- Un placer. - Dije sonriendo.
- ¿Y cómo te llamas? - ¿Por qué mierda no te acuerdas de mí? ¡Soy la mujer a la que le prometías amor todos los días … ¿Y me preguntas mi nombre?
- Kristen. - Me volteé dándole a entender de que iba a bajar las escaleras.
- Bonito nombre, no creo que sea necesario decirte cómo me llamo. - Dijo con humor, reí al escuchar eso. Al menos no se había olvidado de cómo hacerme sonreír.
- Ah, no creo, eres la guinda de la torta, todo el mundo sabe de ti.
- Espera … - Dijo él en un tono poco audible mientras bajábamos las escaleras. - ¿Hay mucha gente allí abajo? No es que sea retraído, pero estoy tan nervioso que no quiero a miles de ojos mirándome como bicho raro. - Si él me necesitaba para cubrirlo de la faz de la tierra lo haría. Él no sabía que yo era su novia, pero aún así, sin querer queriendo buscaba mi pobre ayuda.
- No, solo un par de personas, no debes asustarte, es tu casa. - Le sonreí. Iba a tomarle la mano pero sería precipitado.
- Tienes razón, pero me siento extraño, dos meses metido en esa caja de hospital blanca me tenía mal. - si quería que fuese su paño de lágrimas, su confidente, su amiga, lo sería. Mi madre tenía razón, él era mío y nadie me lo quitaría, trataría de pasar el mayor tiempo posible con él.
- Entonce, bajemos. - Él iba detrás de mí bajando las escaleras.
- Ay, no. - Tropecé otra vez, era tan torpe, maldita sea. - Mi pie.
- ¿Estás bien? - Robert no se demoró ni dos segundos en estar al lado mío para ver si estaba bien.
- Sí, oush, me duele. - Siempre me torcía el pie, pero esta vez no había sido tan fuerte como mi última torcedura.
- Tu rodilla está sangrando. - No me había fijado hasta que Rob lo dijo. Había olvidado mi rasmillón al caer en las escaleras de mi casa.
- Oh, es que me caí en mi casa.
- Tienes piernas de lana. - Él puso su sonrisa torcida mientras miraba mi herida.
- Soy muy torpe. - Dije.
- Traeré una gasa y un poco de desinfectante. - Él habría olvidado la memoria, pero la caballerosidad nunca. Se había levantado y había corrido literalmente hasta el baño. Me miré la herida y si que estaba fea, yo pensaba que solo era un pequeño rasmillón. Pero ahí estaba mi príncipe azul, mi hombre.
Lizzy llegó al escuchar la corrida de Robert, pensó que algo malo había pasado porque sus ojos estaban asustados.
- ¿Te volviste a caer? - Lizzy estaba que explotaba de risa, ya no estaba asustada al verme sentada en uno de los escalones.
- Sí, de verdad tengo un problema con mis pies.
- ¿Y Robert?
- Subió a buscar algo para curarme. - Sonreí ante eso, mis ojos brillaban.
- Oh Dios, oh Dios. - Lizzy sonaba como si hubiera visto a alguien famoso. Me extrañaba que Lizzy se empeñara en que Robert me recordara primero a mí que a ella, recordaba el día en que la conocí y dijo que siempre nos adoraría.
- Lo sé, debo ir despacio. - Me callé apenas sentí los pasos de vuelta de Robert. Lizzy se tensó.
- Déjame ver tu rodilla. - Dijo él.
- Sí. - Dije dejando mi rodilla a su alcance. Robert no se había percatado de la presencia de Lizzy, hasta que ella aclaró su garganta.
- Uhm, perdón, hola. - Dijo él.
- Hola, Robert. - Dijo ella más alegre de lo que yo pude cuando recién lo saludé.
- Debo suponer que también eres amiga de Victoria o algo así.
- Algo así. - Dijo ella bastante sonriente.
- Ay. - Solté cuando Robert dejó caer el desinfectante en mi herida. Ardió mucho.
- Discúlpame. - Dijo él chocando su mirada con la mía. Aunque sus ojos no me decían nada, porque yo no era nada para él.
Moví la cabeza en negación, como si no me doliera. Él prosiguió mientras Lizzy miraba la tierna escena.
- Ahora trata de no caerte más. - Dijo él haciendo una rosa con el listón alrededor de mi rodilla.
- Solo lo intentaré, es algo innato en mí. - Sonreí.
-Ya veo. - Dijo seriamente. Su buen humor de hace unos minutos se había ido por completo. Quise irme al rincón y llorar.
- El almuerzo está casi listo, Robert. - Dijo Lizzy.
- Sí, ya voy. - ¿Por qué se había puesto así? A lo mejor le dolía la cabeza, pobre de mi Rob, quería abrazarlo y ser yo la que acariciara su cabello.
- ¿Pasa algo? - Osé preguntarle.
- Me duele. - Llevó su mano a la cabeza.
- ¿Tomas alguna medicina?
- Sí, ogh, me duele.
- ¿Te llevo a tu habitación?
- No, no, de verdad, se me pasará. - Me sentí un poco rechazada, pero debía entenderlo un poco, él no me conocía.
- Está bien. Iré a la cocina.
- Okay, voy en tanto se me pase. - Él estaba tumbado en el escalón de la escalera. Lo miré por última vez y seguía agarrándose la cabeza, el dolor lo apresaba que quería meterme en su cabeza y quedarme con el dolor, no quería que siguiera sufriendo.
Caminé por el pasillo, lentamente. Lizzy se había ido para decorar la mesa, Victoria esperaba a su novio en la puerta, la empleada de la casa hacía el almuerzo, los padres de Robert caminaban de un lado para otro esperando ver a su hijo llegar a la sala. Yo estaba que me partía en dos de la angustia, sí, habíamos tenido un pequeño acercamiento, había sentido su mano estrechar la mía.
- Kristen, no, nena, no … - Clare me vio llorando en contra de la pared del pasillo.
- Es que … - No podía hablar, no podía.
- Sabes que recordará, lo sabemos, pero es el primer día.
- Le dolía su cabeza, pobre, y no puedo hacer nada. - Clare me abrazó y la sentí tan maternal que la abracé de vuelta. Esto era extraño, hace unos meses atrás me odiaba, ahora me reconfortaba.
- ¿Lo viste?
- Sí, me curó mi rodilla, es que me caí, pero no se acordaba de mí, en eso le empezó a doler la cabeza, quería estar solo parece. - Solo balbuceé palabras, no sé si Care me entendió del todo, pero me abrazó más fuerte.
- Calma, Kristen, él no te puede ver llorando.
- Lo sé, es que de verdad, siento como mi corazón se estruja por dentro.
- Estamos igual, pequeña, saldremos juntos como familia adelante, ya lo verás.
- Gracias, de verdad, no tengo como agradecer tanta hospitalidad.
- No agradezcas, eres la mujer que hace feliz a mi hijo, y con eso basta.
Esperaba algún día volviese a hacerlo feliz como antes, si es que me recordaba.
La comida no demoró en tardar, en media hora ya estábamos todos sentados en la mesa. Todos miraban a Robert de la forma en que él no quería, hasta la empleada que había sido invitada a sentarse en la mesa, más que mal era la segunda mujer que los había criado. Robert comía en silencio, y solo contestaba preguntas que le hacían de vez en cuando, pero jamás se unió a la conversación. A ratos lo contemplaba como idiota, hasta que Lizzy me codeaba para que no fuera tan evidente que lo miraba.
- Deja de mirarlo así, Kristen. - Me dijo Lizzy al oído.
- Perdón.
- Es que lo espantarás, no te ha mirado, pero de reojo debe darse cuenta que lo miras mucho. - Es que no quería más que mirarlo, no podía tenerlo, pero si contemplar su belleza.
- Está bien. - Dije cuando recibí el postre. Comí sin mirar a nadie, a ratos lanzaba alguna pequeña mirada a Robert, pero él seguía ensimismado en su burbuja, y pensar que yo algún día era parte de esa burbuja. Seguí comiendo y lanzando miradas, hasta que él me estaba mirando. Sonreí levemente como sabiendo que él pensaba algo y que yo estaba solo para él. Pero él no sonrío, así que seguí comiendo.
La sobremesa fue larga, fue agonizante, no quería estar más allí, Robert me miraba ahora, descaradamente me miraba a mí, aunque no era una mirada de amor o compasión, era como si me odiara. Sus ojos expelían rabia, enojo, ira, sentía que me haría pedazos con solo mirarme, en cualquier momento me moriría.
- Permiso. - Dije interrumpiendo la charla de Richard.
Me levanté y caminé al patio, necesitaba llorar más, desahogar esta rabia, este dolor que me estaba volviendo loca. Me senté en el pasto, un poco alejada de la ventana de la sala, para que nadie me oyera o viera. ¿Por qué me pasaba esto a mí? No le había hecho daño a nadie, ¿Por qué le pasaba esto a él? Él tampoco era un mal hombre, solo vivía para hacer feliz a los que amaba, él me amaba y ahora de seguro ya no me quería. Teníamos todo para ser plenos, todo y la estúpida guerra me robó todo lo que tenía. Hasta Bear sentía la pena de la ausencia de su papá, quizás esta noche veríamos fotos de Robert antes de dormir, y ambos sollozaríamos al extrañarlo. Sabía que Bear sufría y absorbía mi pena, de vez en cuando movía su cola o hacía algo gracioso para hacerme sonreír, era gracioso y tierno ver como un pequeño perrito era capaz de hacer tanto.
- ¿Fumas? - Mierda. Si él me veía llorando no podría evitar contarle. Ni siquiera sabía bien por qué debía ocultar que yo era su mujer, todo por el maldito dolor dentro de su cabeza.
- No, no fumo. - Dije mientras me secaba las lágrimas para que él no me viera.
- ¿Por qué lloras? - Él se había sentado en una de las bancas de la terraza. Estaba detrás de mí a unos cuantos pasos.
- No es nada. - Me levanté del suelo, alisé mi vestido arrugado y me digne a entrar a la sala.
- ¿Entrarás? - Claro que entraría zopenco, tus miradas de odio me tienen mal.
- Sí, debo irme.
- ¿Puedes quedarte un poco más? Pareces ser más discreta que los demás con lo que me pasa. - Apuntó su cabeza con el dedo. No pude evitar sonreír ante eso. Odiaba que estuviese enfermo, pero ver que se reía de si mismo causo un poco de gracia en mí. Nunca le diría que no, aunque pasaran treinta años y no me recordara seguiría ahí haciendo lo que me pidiese.
- Está bien, supongo que unos minutos no está mal. - Me senté a su lado.
Era una masoquista, una de las más grandes masoquistas.
- ¿Por qué llorabas? - ¿De verdad le importaba mi dolor?
- Uhm, nada que importe, cosas de la vida.
- Uno no llora por nada, yo lloro en las noches porque no me acuerdo de nadie, y siento que le estoy haciendo daño a mucha gente. - Él fruncía el ceño mientras movía exageradamente su mano que tenía el cigarrillo. - Es aterrador esto, de verdad. Así que dime el por qué de tu llanto. - Pobre mío, lloraba en las noches y yo no estaba ahí. Quise lanzarme a sus brazos y acunarlo.
- Mi hermano murió hace poco, estuvo en la guerra como tu, y bueno, creo que mucho de soldados y guerras en la conversación de la mesa me hizo sentir mal.
- Lo siento mucho. - Él puso una de sus manos en su rodilla de manera modesta. A los dos segundos la quitó, posiblemente había pensado que no era debido ese toque.
- Está bien, son cosas que pasan, pero él era muy joven y tenía un futuro y bueno, eso. - No quise darle más vueltas al asunto.
Nos quedamos en silencio, un largo silencio que albergó dos cigarros suyos completamente aspirados. Hasta que volvió a hablarme.
- ¿Eres amiga de Victoria hace mucho tiempo? - Él no me miraba, solo miraba a un punto fijo perdido entre los arbustos.
- Hace más de un año. - Hace más de un año estoy contigo, Robert.
- ¿O sea que me conoces de hace harto tiempo? - Ahora si me miró y mi corazón comenzó a palpitar tan fuerte que tenía miedo se saliera de mi cuerpo.
- Sí. - Obvio que lo conocía, te conozco más de lo que crees, Robert. Quería gritárselo en la cara, quería decirle que lo amaba.
- Perdón que no te recuerde. - Quise llorar.
- Está bien. - ¿Está bien? Kristen, no está bien esto.
- ¿Y tienes novio? Eres muy bonita como para que nadie te quiera. - ¿En serio me estaba diciendo esto? Quizás aunque no me recordase siempre me terminaría eligiendo a mí, estábamos destinados. Mi yo interna saltaba de alegría.
- No, se fue en la guerra, también.
- Oh, santo cielo, sufres demasiado. Y yo que siento que sufro, de verdad lo siento, Kristen, pareces ser una muy buena persona para tener que vivir con tanto dolor. - Claro, si tu lo dices.
- Pero aquí estoy, sobreviviendo.
- Es una fea manera de sobrevivir. - Dijo él que cada vez estaba más cerca de mí.
- Es lo que hay. - Agaché mi mirada intentando no llorar, estaba a punto … y no pude más, no quería llorar así frente a él, menos si él era una de mis razones para estar angustiada. Me tapé la cara muriendo de vergüenza, no me gustaba que me vieran llorar, y solo sentí sus brazos rodearme. Me abrazó como si nos conociéramos, como si me recordará, me llevó a su pecho y me sobó el cabello. Dios, gracias por darme este pequeño gesto, aunque no me reconociera. Su olor estaba en mi nariz golpeando y golpeando mi mente con recuerdos, sus brazos me mantenían sostenida fuertemente a su cuerpo, y su mano le daba vueltas a mi cabello. No quería despegarme de su abrazo, aunque fuese por la lástima que había producido en él.
- Shh, tranquila. - Oh Robert, no digas eso. No lo digas, que no podré más de pena.
Pañuelos mode on :( Lo siento, de verdad, hay partes que me costó escribir porque me partía el corazón, pero es parte de la historia, siempre debemos pasar por el camino gris para llegar a la mejor parte: la ansiada felicidad. No sé, lo que es yo siento que a ratos él tiene leves recuerdos y siente que es ella la de su silueta en la cabeza, aunque Linda es parecida, así que ojala en los siguientes capítulos Robert no se equivoqué de mujer. El final fue bonito, al menos nos da un poco de esperanzas. Como siempre, muchas pero muchas muchas muchas gracias, lectoras de mi corazón, les agradezco la buena onda y el apoyo, y la paciencia, porque vaya que me demoré en actualizar, un mes aproximadamente. Dejen sus reviews, sus comentarios, fangirleos, emociones, gritos, llantos, se acepta de todo asdfghjk, como siempre, un beso y un abrazo, Mary.
