3 años antes de la historia actual.

La joven caminaba por el bosque con paso tranquilo, disfrutando del aroma de los pinos en el aire refrescante de la noche. Llevaba una cesta colgando del brazo y cantaba una cancioncilla alegre. No iba por ningún sendero pero aun así sabía hacia donde tenía que encaminar sus pasos. Solía recorrer aquella ruta a menudo en busca de plantas y hiervas que le ayudaran en sus hechizos. Podía ver desde allí su casa. Una pequeña cabaña a las afueras del pueblo, rozando con la linde del bosque. Mientras estaba agachada mirando unos nuevos brotes de aloe vera oyó lo que parecía ser la respiración de alguien. Siguió el sonido y llegó hasta quien lo estaba haciendo. Una chica estaba recostada contra un árbol. Le costaba respirar y parecía que sufría cada vez que tenía que hacerlo, con un vistazo más de cerca la joven vio donde estaba el problema. Debajo de la mano que tenía presionada contra su costado había una gran cantidad de sangre. La oscuridad de la noche le había impedido verla a primera vista. Rápidamente la joven se agacho para inspeccionar la herida. Parecía un corte, seguramente alguien la había apuñalado con algún tipo de arma. Había perdido mucha sangre por lo que la herida debía de ser bastante profunda. La malherida se le había quedado mirando con desconfianza pero no debía de tener las suficientes fuerzas como para oponerse a nada de lo que estaba haciendo. Hurgó en uno de sus muchos bolsillos y sacó un pequeño botecito con un ungüento verdoso. Sin preguntar levantó las ropas de la chica y aplicó la mezcla sobre la herida haciendo que se retorciera a causa del escozor. Aun así no dejó escapar ningún sonido. Durante unos segundos ambas se quedaron esperando y entonces la joven herida se dio cuenta de que el dolor empezaba a desaparecer.

-Con esto tendrías que dejar de sentir dolor, al menos no será tan intenso. ¿Crees que podrás legar hasta allí? –La chica le señaló su cabaña. –Allí podré curarte del todo.

-S-si…

La ayudó a levantarse y dejó que se apoyara en ella para caminar.

-Gracias… Soy Ymir.

-Me llamo Sasha, encantada.

Una vez en la cabaña Ymir se echó sobre la cama. Aunque no sentía dolor la falta de sangre hacia que se sintiese fatigada e incapaz de nada. Sasha fue a por un vaso de agua y luego trajo más en un bol. Con un paño mojado le limpio la herida con cuidado y entonces colocó sus manos sobre su piel, lo más cerca posible del corte. Sintió calidez donde hasta hace poco solo había un frío cortante. Fue en aumento hasta hacerse algo incómodo pero lo aguantó sin quejarse. Cuando Sasha retiró sus manos dejó de sentirlo y entonces se dio cuenta de que ya no sentía dolor alguno. Se miró y vio que no había ni rastro de la herida, era como si nunca hubiera estado ahí.

-Es increíble. Nunca había visto una magia curativa tan potente. –Ymir aún se miraba sorprendida.

-Gracias.

La más alta miró a su alrededor. La cabaña era pequeña pero muy acogedora. Había ramilletes de plantas secas colgando en las paredes y botes de todo tipo en las estanterías.

-¿Eres algún tipo de curandera?

-No, em… bueno, puedes llamarlo como quieras. –La chica se encogió de hombros. –Soy una bruja pero mi único poder es curar a los demás. Es un don un poco raro.

-¿No te puedes curar a ti misma?

-No.

-Menuda putada de poder. –Ymir se rio sin preocuparse de cómo estaba haciendo sentirse a la chica.

Sasha fingió reírse también mientras se rascaba la cabeza y miraba a otro lado.

-Sí, ¿verdad? –Volvió a centrar la vista en su paciente. -¿Seguro que ya está todo bien?

Ymir se miró de arriba a abajo y estiro sus músculos en busca de algún malestar.

-Sin ningún problema.

-Bien. Puedes pasar la noche aquí si quieres, no me importa.

Ymir creyó que esa era una buena idea así que se quedó. Ambas estuvieron hablando un poco sobre sus experiencias con cazadores y sus vidas en general. Cuando se empezó a hacer tarde se fueron a dormir. Ymir ocupó un sofá que resulto ser bastante cómodo, sin embargo, no tuvieron mucho tiempo para dormir. En mitad de la noche alguien apareció en la puerta aporreándola. Sasha se levantó algo confundida y fue a abrir. Ymir permaneció en el sofá pero se preparó por si no era una visita de cortesía.

Al otro lado del umbral apareció una mujer con un niño en brazos. Lloraba ruidosamente y hablaba gritando presa del pánico.

-¡Por favor tienes que ayudarle! Me han dicho que tú… que… que haces cosas… -Estaba tan alterada que era incapaz de hablar correctamente. -¡Sálvalo!

La mujer zarandeaba al muchacho como si fuera un muñeco. Ymir estaba viendo la escena en la distancia, no hacía falta ser un experto en medicina para saber que el pobre estaba ya muerto. Aun así Sasha cargó al niño en sus brazos y lo llevó a la cama.

-¿Qué le ha pasado?

-Esta mañana estaba jugando y… comió unas bayas. –La madre intentaba contener el llanto para poder ayudar a la bruja. –Ha estado sintiéndose mal toda la tarde y ha ido yendo a peor hasta que… hace un rato… -No pudo aguantarse más y volvió a llorar amargamente.

-Puede que aún no sea demasiado tarde.

Ymir se acercó también a la cama para no perder detalle de todo aquello. La bruja le quitó la camiseta al niño, se inclinó sobre él y apoyo la oreja sobre su pecho. Evidentemente no había latido pero parecía que ella era capaz de oír algo que nadie más podía mientras sonreía ampliamente.

-Está bien, tranquila. Puedo hacerlo.

La mujer se llevó las manos a la boca llorando esa vez de alivio y se dejó caer al suelo, ahora que toda la tensión había pasado ya no tenía fuerzas. Ymir se sentía un poco mal por estar ahí mirando sin saber que hacer así que decidió hacer su gesto caritativo de la semana y la ayudó a levantarse y a sentarse en un sillón que había cerca de la cama.

Sasha había colocado su frente contra la del niño y le hacía friegas en el pecho. La alegría de hace unos segundos había desaparecido y ahora estaba concentrada al cien por cien. Se separó y echándole la barbilla hacia atrás le soplo suavemente sobre los labios y la nariz, con la misma delicadeza que alguien usaría para soplar la llama de una vela. Pese a que sus rostros estaban muy cerca no llegaban a tocarse. Se levantó de nuevo pero siguió frotando la piel del muchacho. Se mantuvo así durante minutos repitiendo una vez más el soplo. Entonces, sorprendiendo a todos, el niño abrió los ojos como si acabara de despertar de una pesadilla y cogiendo una bocanada de aire intentó incorporarse. Sin embargo, Sasha lo sujetó contra la cama impidiéndoselo. Los gritos de alegría de la madre podían oírse seguramente desde fuera de la cabaña, repetía una y otra vez el nombre del niño e intentaba tranquilizarlo. A su vez el pequeño intentaba librarse de Sasha con patadas entre gritos y llantos.

-¡Ymir! Ayúdame a mantenerlo quieto.

La joven reaccionó al oír su nombre y decidió sorprenderse más tarde. Se subió a la cama y consiguió agarrar los pies del niño, no sin antes llevarse una buena patada en la boca.

-Jodido crio… ¡Quédate quieto, te estamos ayudando!

El grito de Ymir pareció surtir algo de efecto, ya bien porque el niño se había asustado lo suficiente como para no moverse o porque de verdad la había creído. Aun así seguía revolviéndose y llorando.

Sasha le sujetaba las muñecas por encima de su cabeza con una mano y con la otra había pasado a realizar el mismo movimiento que había estado haciendo sobre el pequeño pero esta vez en su estómago. Poco a poco fue subiendo la mano hasta llegar a la garganta, entonces le giro la cara y un poco de vómito salió por su boca. Podían verse en él las bayas a medio masticar.

Sasha soltó al niño e Ymir la imitó. Las dos se pusieron de pie de nuevo y la madre se lanzó sobre su hijo abrazándolo y besándolo. De repente Sasha perdió el equilibrio y si no hubiera sido por la otra bruja habría caído al suelo. Mientras la sujetaban la joven peleaba por mantenerse consciente.

-¿Pero qué…? La próxima vez avísame antes.

-Lo siento…

Ymir puso los ojos en blanco y la cogió en brazos con algo de esfuerzo. La madre se había dado cuenta de lo que había pasado y mantenía al niño en sus brazos dejando libre la cama. Tumbó a Sasha y la mujer se acercó aun abrazando a su hijo.

-Muchas gracias. Gracias, de verdad.

Parecía que en cualquier momento iba a volver a echarse a llorar.

-No ha sido nada. –Aunque apenas podía mantener los ojos abiertos tenía una sonrisa de oreja a oreja.

La mujer se marchó después de unos cuantos agradecimientos más y la calma volvió a reinar en la cabaña.

Sasha había conseguido mantenerse despierta pero seguía sin poder moverse. Aun así Ymir estaba totalmente sorprendida. Tras lanzar unas cuantas bolas de fuego a ella ya le estarían temblando las piernas, aquella bruja acababa de traer a alguien de entre los muertos, era increíble que siguiera pudiendo respirar siquiera. Le llevó un vaso de agua y luego buscó algo que pudiera comer.

-¿Prefieres manzana o naranja?

-Las dos…

-Um… vale… -Con una pequeña risa se puso a pelarlas y se las dio también.

Se sentó junto a ella en el borde de la cama y miró hacia otro lado con algo de vergüenza.

-Oye, siento haberme reído de ti antes. Lo que haces… eso ha sido increíble. -Ymir no tenía palabras.

-Gracias. –Seguidamente Sasha soltó un bostezo.

-Bueno, me vuelvo a dormir. Me iré nada más amanezca así que gracias por todo.

En un par de segundos la bruja ya se había dormido e Ymir volvió al sofá. Cuando la luz del día la despertó recogió sus cosas y se marchó. La dueña de la casa aun seguía durmiendo profundamente y sabía que seguiría así hasta bien entrada la tarde como mínimo.

No dejó el pueblo inmediatamente. Necesitaba hacer unas compras ya que en su huida había perdido gran parte de sus pertenencias. Pronto se dio cuenta de que algo importante debía de estar pasando en el pueblo. Las calles estaban adornadas con flores y banderas. El símbolo de la iglesia estaba por todas partes, colgado de balcones y ondeando en lo alto de los edificios remarcables. Se le acabó haciendo la hora de comer así que se metió a una taberna. Una vez satisfecha salió dispuesta a emprender su viaje. Ahí se había enterado de a que venía semejante ambientación. El cardenal de la región había venido de propio a aquel pequeño pueblo para celebrar una ceremonia única que solo él podía realizar. No tenía ni idea de que se trataría ni quería saberlo.

Caminando por una de las calles pasó por al lado de unos niños que hablaban con un hombre. El hábito blanco que vestía el adulto, señal de que era un hombre de la iglesia, le llamó la atención. Al parecer se estaba encargando de colocar ramos de flores y telas formando un pasillo a lo largo de la calle. Los niños estaban sucios y las ropas les venían pequeñas y estaban desgastadas.

-…¿Nos puede dar una moneda, señor?

-Señor, por favor…

Iba a seguir su camino pero entonces vio como el hombre golpeaba al más pequeño de los dos. El mayor intentó defenderlo y encaró al hombre que parecía dispuesto a seguir con los golpes y le doblaba en altura.

-Malditos pordioseros…

Ymir no aguantó más la escena y se metió en medio.

-¡EH! –La bruja le encajó tal puñetazo que lo tiró al suelo. –¿Tienes ganas de fiesta? Porque yo puedo dártela.

El hombre la miraba desconcertado. Aun sin saber muy bien por donde le había venido el golpe.

-¡¿Cómo te atreves?! ¡Soy un hombre de dios! ¡¿Cómo te atreves a levantarme la mano?!

Ymir lo ignoró y se arrodilló para mirar a los niños.

-¿Estáis bien?

Los dos asintieron. El más pequeño trataba de contener las lágrimas y parecer tan valiente como su hermano.

-¡Serás castigada por esto!

-¿Si? –Se giró para poder ver al hombre. -¿También quemáis a la gente por esto? Pues otra cosa más para añadir a la lista. El día que me pilléis se os hará de noche leyendo todos mis delitos.

Le buscó entre los bolsillos del hábito hasta que halló su bolsa de dinero y pese a que el hombre quiso oponerse logro quitársela. La abrió para darle el dinero a los niños pero estaba vacía, solo había una sucia moneda cobriza que no valía ni el metal del que estaba hecho. Se la lanzó de vuelta con asco.

-El desgraciado al que sirves como un esclavo duerme entre sabanas de oro mientras tú te mueres de hambre y aun así le lames el culo como un perro. –Ymir escupió cada palabra como si fuera veneno.

-Maldita zorra, no oses insultar al cardenal Nick.

No pudo resistirse a patear a aquel tipejo. Odiaba a la iglesia con cada fibra de su ser. Su vida era un infierno por culpa de gente como aquella. La iglesia no solo le había quitado todo lo que tenía, también le negaba la posibilidad de tener una vida normal. Cuando dejó de oír los quejidos del hombre se dio cuenta de que estaba inconsciente. Los niños seguían mirándola, esta vez con una pizca de temor. Sin embargo, Ymir sabía que esos niños habían visto cosas mucho peores, un simple vistazo le bastaba. Tenían la misma mirada que ella, dura y distante. Reconocerse en ellos no le gustaba, a veces tenía la sensación de estar igual de perdida que cuando tenía su edad. Se les volvió a acercar, sacó su monedero y le dio a cada uno una moneda de plata.

-Ese bufón es aún más pobre que vosotros. Tomad esto y usadlo bien.

Los niños miraban con ojos como platos las monedas relucientes, ya no quedaba rastro de miedo en ellos.

-¡Muchas gracias señora!

-¿Señora? ¿Ya he envejecido tanto como para que me llamen eso?

Justo entonces las campanas repicaron y los dos niños se sobresaltaron a la vez.

El más pequeño tiro de la manga del otro para llamar su atención.

-Hermano, la bruja. ¡La bruja!

El mayor miró a la torre del reloj que se alzaba por encima de todas las casas.

-¡Es verdad! Como no nos demos prisa nos lo vamos a perder.

El chico agarró a su hermano de la mano y echó a correr pero Ymir lo paró antes de que pudiera alejarse.

-Espera, de que habláis. ¿Qué bruja?

-Han pillado a una bruja y la van a quemar en la plaza. Es esa rara que vive en el bosque. –El muchacho sonreía como si estuviera hablando de un espectáculo de circo. –¡Seguro que grita un montón!

Los dos se fueron corriendo mientras Ymir se quedaba ahí. Aunque acababa de comer sentía un vacío en el estómago. Desde donde estaba podía ver el camino para salir del pueblo. Solo tenía que seguir caminando y dejarlo atrás. La bruja soltó un gruñido de enfado mientras se pasaba la mano por la cara con fuerza. Se colocó la capucha de la capa que llevaba y caminó de nuevo hacia el centro del pueblo murmurando entre dientes.

-Menuda semanita…

Cuando llegó a la plaza estaba abarrotada, todo el mundo miraba hacia el mismo punto. Desde donde estaba no lograba ver bien, así que intentó abrirse paso hasta llegar a estar en primera fila. Entonces vio lo que estaba temiendo que iba a encontrar. Sasha estaba atada a un poste clavado en una pira. Aun no le habían prendido fuego pero no parecía que faltase mucho tiempo. La joven lloraba desesperadamente mientras intentaba soltarse de sus ataduras.

-¡…no he hecho nada malo…! –su voz tenía un tono nasal a causa del llanto y apenas podía oírsele sobre el barullo de la muchedumbre. –¡Al menos soltadlo a él…! ¡Él no tiene la culpa! ¡No tiene nada que ver con esto!

"¿Él?" Entonces Ymir se dio cuenta con gran horror de que al otro lado del poste estaba atado de la misma forma el niño al que habían salvado aquella noche. Miró a la izquierda, a un pequeño rincón al lado de la pira en el que no había gente. Allí estaba la madre del niño que era sujetada por un sacerdote de forma violenta. Gritaba, lloraba y llamaba a su pequeño con la voz rota. Cerca de ellos había un hombre con un aire totalmente diferente a cualquiera de los que estaban en esa plaza. Vestía una túnica de color azul oscuro con bordados dorados y llevaba unos grandes collares de oro macizo. Ese debía de ser el cardenal Nick. A su alrededor había un montón de guardias y también alrededor de la pira. En ese momento uno de ellos prendió una antorcha y se la ofreció al cardenal. Este la aceptó y levantó una mano indicando a la gente que guardara silencio.

-Una vez más tenemos la evidencia de la voluntad de nuestro dios al traerme aquí justamente hoy, el mismo día en el que tal acto sacrílego es cometido. Estando aquí puedo mandar a esta pecadora y a ese demonio a las puertas del infierno y limpiar este lugar de todo mal. -La gente vitoreo las palabras del hombre al unísono. –Bruja arrepiéntete de tu vida de pecado.

Sasha no dijo nada solo miro con dolor a la masa enfurecida. Fue entonces cuando encontró un rostro conocido, vio como Ymir le sonreía con determinación y su llanto se cortó en seco.

Justo cuando el cardenal se inclinó para prender fuego a la pira una gran ventolera se formó en la plaza. Era tan fuerte que arrastraba polvo y arena haciendo que la gente fuera incapaz de abrir los ojos y tuviera que cubrirse. Pronto empezó a levantar tejas y cualquier cosa lo suficientemente ligera. Mientras todo el mundo se asustaba e intentaba huir y ponerse a salvo Ymir se acercó a la pira. El viento se arremolinaba a su alrededor pero justo en el punto donde ella estaba había calma. Los guardias se comportaron como el resto y ni siquiera se dieron cuenta de su presencia. Trepó por los maderos hasta que llegó al poste y sin dudar un segundo quemó las sogas que los ataban.

-¡Ymir! –Sasha intentaba abrazarla. –Eres mi salvadora.

-¡Quita! Solo lo he hecho porque te debía el favor y ahora ¡lárgate de aquí!

-Gracias.

Echo a correr hacia la puerta de un bar donde había varios caballos atados. Mientras, Ymir ayudó al niño a subirse a su espalda y bajó de allí también. Llegó hasta donde estaba su madre, quien al contrario que los demás no se había escondido e intentaba llegar a la pira. Ambos se abrazaron al reencontrarse pero Ymir no les dejó tiempo para nada más porque los arrastró hacia el mismo lugar a donde se había dirigido Sasha. Los ayudó a montar en un caballo y partieron al galope. Acto seguido subió al único que quedaba y miró por última vez a Sasha que había esperado hasta saber que su heroína también salía de allí sana y salva. Esta se despidió con una gran sonrisa.

-¡Hasta pronto!

-Cuídate.

Las dos se alejaron de allí y no volvieron nunca más.

Meses más tarde volvieron a encontrarse por casualidad en Trost. Sasha había retomado su antigua vida allí, al parecer aquel era lugar donde había crecido. Ymir había pasado por ahí como parte de su vida nómada. Sasha se alegró mucho al saber de nuevo sobre su benefactora, así era como la llamaba desde entonces. Y aunque no lo reconocería nunca, a Ymir también le gustó volverla a ver. De hecho, a partir de entonces, cada vez que pasaba por la cuidad le hacia una visita y ambas se ponían al día.


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¡Hasta la semana que viene!