Blaine, Kurt y Warblerlandia nacieron de otra mente (RM) y pertenecen a otros dueños. Yo nada más los hago caminar por otros mundos :D
Capitulo 11. Lo que el silencio no te dijo.
Giselle caminaba por el jardín sonriendo alegremente mientras sus manos paseaban por su vientre sintiendo debajo de ellas el movimiento del pequeño ser que se formaba dentro de sí.
Ella sabía que ese niño que esperaba sería un ser maravilloso. Era suyo, suyo y de Henry, el hombre al que amaba tanto. Cada tarde se sentaba en el columpio del jardín a imaginar cómo sería su pequeño. Ella era capaz de verlo si cerraba los ojos: quizá tendría los rizos negros que la caracterizaban, o los ojos verdes como los de su padre. Pensaba que tal vez el niño tendría la misma voz hermosa de su abuela, la sonrisa brillante de su Henry, o ¿sus ojos color avellana? Giselle podía pasar horas meciéndose en el columpio pensando en esas cosas, podía mirar al pequeño Blaine –porque ese era el nombre que quería que llevara su hijo- y sonreía al imaginarlo correteando por todo el jardín, llamándola "mamá", corriendo a los brazos de Henry cuando volviera del trabajo. Corriendo tras de Elena, cantando miles de canciones.
Sí, sin duda alguna Blaine sería un niño muy feliz y ella tal vez no llegaría a verlo… Giselle suspiró y le dedicó una sonrisa triste a las nubes que volaban hacia el horizonte pintándose de los colores del atardecer. De verdad no quería pensar en lo que los médicos decían. Ella tenía fe, tenía la esperanza de que nada de lo que le habían dicho aquellos hombres de bata blanca y palabras frías fuera real, de que todo fuera sólo un pronóstico que no se cumpliría.
Ella quería a aquel niño que aún no había tenido en sus brazos con todo el corazón. Blaine era un regalo de las estrellas, ella era una. A Giselle siempre le había gustado que Henry le contara aquella historia, le gustaba ser una estrella, le gustaba llenar de luz la vida de ese hombre que a pesar de ser un poco tímido y distraído le había demostrado que el amor existía. Si ella era un astro, Henry siempre había sido su cielo: siempre la había rodeado, la había sostenido. Henry era todo lo que ella siempre había querido.
-Es tarde Blainey- dijo ella con voz dulce mientras seguía acariciando su vientre donde su niño se movía como si reconociera ya su tono de voz- papá no debe de tardar mucho en llegar. Tu abuela está preparando un enorme pastel de chocolate dentro, te gusta ¿verdad? Serás feliz aquí, yo lo sé… ¿Sabes? Daría la mitad de mi vida sólo por verte, pero es posible que no llegue a hacerlo. No debes enojarte conmigo Blainey, ni debes estar triste. Tu papá es un hombre maravilloso y Elena… bueno, siempre le he dicho que ella es un ser mágico. No sé por qué me estoy despidiendo de ti Blainey pero… el cuerpo es débil hijo, aunque mi corazón daría todo por estar a tu lado, sé que mi cuerpo no me lo permitirá… pero amarás a mamá ¿verdad? Siempre pensarás en mí con una sonrisa porque sabrás que yo te amé con todo lo que soy.
-¿Con quién hablas?- dijo una voz masculina que sonaba suave como terciopelo. Las manos del hombre que hablaba se sujetaron a la cuerda del columpio donde Giselle estaba sentada y comenzaron a mecerla muy lentamente.
-Con Blainey- dijo ella sonriendo. Habían pasado muchos años juntos, pero la voz de aquel hombre aún seguía haciéndola sentirse feliz automáticamente.
-¿Blainey?- dijo Henry algo intrigado- ¿ya tiene nombre?
-Sí- dijo Giselle- ¿te gusta? Suena hermoso ¿no crees? Blaine Anderson…
-Romperemos la tradición familiar entonces- dijo Henry riendo mientras levantaba a Giselle del columpio, sentándose en él y subiendo a la mujer en sus rodillas- me gusta, Blaine Anderson…
-Ya han sido demasiados Henrys en la familia- dijo ella apoyando su cabeza en el pecho de su esposo- nos vendría bien un poco de originalidad.
-Y vaya si será original- dijo él mientras acariciaba la cascada color azabache de los rizos de Giselle- ¿Ya le dijiste a Elena? Algo me dice que mi madre se convertirá oficialmente en la abuela más apasionada del mundo entero cuando llegue Blaine…
-Ya sé- dijo Giselle riendo ante la idea de Elena cuidando a su niño. Eso estaba bien. Si ella no iba a poder hacerlo, le reconfortaba la idea de que una mujer como Elena fuera la encargada de amar y de cuidar a Blaine - pero no la riñas mucho, deja que disfrute a su primer nieto, apuesto a que Blaine tocará el piano antes de aprender a hablar.
-¿Bromeas?- dijo Henry riendo- Blaine aprenderá a cantar antes de saber caminar…
Giselle rio al pensar en ello. Sentía las manos de su esposo acariciando su vientre ahora. Si alguien le hubiera pedido que aquella tarde describiera el amor, ella habría apostado por describir ese justo momento: el viento dulce de la primavera acariciando su piel, las manos de Henry sintiendo el movimiento de Blaine dentro de ella y aquella felicidad que flotaba en el ambiente, la felicidad de las promesas de un futuro, de los sueños, de poder tener a Blaine junto a ella, sonriéndole.
Si era sincera, Giselle siempre había sido muy feliz, siempre, pero nunca tanto como el primer día en el que miró las pupilas color esmeralda de Henry, no como el día en el que él le contara la historia de las estrellas mirándola a los ojos, no como cuando sintió los labios de aquel hombre en los suyos. Ella y Henry eran ya uno solo y la prueba de ese amor que los unía, estaba ahí presente, creciendo con calma dentro de su cuerpo, moviéndose aún con más ímpetu como si supiera que sus padres estaban juntos, esperándolo, soñando con verlo.
-Henry…- dijo ella en voz muy baja- vas a cuidarlo ¿verdad? Vas a amarlo siempre, pase lo que pase ¿cierto?
-Los dos haremos eso- dijo él, posando sus barbilla en la coronilla de Giselle- tú y yo lo amaremos como si fuera el único niño del mundo.
-Claro…- dijo ella suspirando tristemente. A Henry tampoco le gustaba pensar en el otro lado de la posibilidad, la posibilidad de que ella no pudiera hacer nada de lo antes dicho a su lado- prométeme algo Henry ¿sí?
-Lo que sea Giselle…- dijo el abrazándola con fuerza.
-Dime que harás todo lo posible porque Blaine sea muy feliz. No importa lo que quiera, no importa si quiere ser cantante o un gran empresario como tú. No importa qué quiera, si es distinto a los demás, si tiene sueños que tú y yo nunca imaginamos que tendría… sólo has que sea capaz de conseguirlo, apóyalo. Dile que no está solo y si yo no puedo verlo… míralo con mis ojos Henry, cuando lo abraces hazlo con mis brazos también, bésalo con mis labios y hazle sentir que su madre vive en ti ¿sí? No me mires así Henry, yo tampoco quiero que esto ocurra pero puede pasar y lo sabes. Sólo dime que harás eso y si nada pasa, si todo sale bien, tú y yo cumpliremos esta promesa…
-Sabes que lo haré Giss- dijo él sintiendo un nudo en la garganta- pero no tenemos que hablar de esto ahora, todo saldrá bien. Te llevaré al mejor hospital del país y no pasará nada malo. Tú verás crecer a Blaine, lo verás convertirse en lo que él quiera. Eso es lo que pasará, seremos los padres más felices del universo. Blaine es el hijo de una estrella ¿lo olvidas?
-Una estrella…- dijo ella sonriendo- imagínate Henry, cuando Blaine encuentre la suya…
-Falta mucho para eso pero… ese día tú y yo abrazaremos a esa estrella como si fuera otro hijo nuestro. Porque si hay alguien en este mundo que hará feliz a Blainey, será esa persona…
-Y esa persona lo abrazará con mis brazos también. Lo besará con mis labios y lo hará tan feliz como yo no podré… ¿quién supo primero lo de las estrellas en tu familia?
-No sé- dijo Henry haciendo caso omiso de los pensamientos tristes de Giselle- yo sólo sé que Elena me prometió una estrella cuando tenía siete años y mira, está en mis brazos. Supongo que eso es lo que ha mantenido viva la tradición de la familia ¿no crees?
-Soy afortunada- dijo ella mirándolo a los ojos- las estrellas somos afortunadas de que los miembros de la familia Anderson nos amen tanto. Gracias Henry, te amo…
-Y yo a ti- dijo él sintiendo la misma emoción cálida de siempre al escuchar un te amo de parte de Giselle- yo siempre te he amado y ahora… los amo a los dos. ¿Me oyes, Blainey? A ti también te amo campeón, apuesto a que serás tan guapo como tu padre…
-Deja algo para la mamá también- dijo Giselle riendo, mientras sentía como el pequeño se movía, al parecer, respondiendo a las palabras de su padre- pero tienes razón, será tan guapo como tú…
-Y tan maravilloso como su madre, estoy deseando que tenga tus ojos ¿no te gustaría?
-O los tuyos, no sé cómo será, sólo sé que sea como sea lo amaré siempre…
Henry sonrió ante las palabras de su esposa y la beso suavemente haciéndola suspirar. Después tomó una de sus manos, la colocó en el vientre de Giselle y con voz muy dulce habló de nuevo al pequeño:
-Blainey, te amaremos siempre, los dos, tu mamá y yo. Siempre estarás rodeado de amor porque ¿sabes? Es lo único que tiene valor en el mundo al que vendrás. Ya te amamos Blaine, tú eres nuestro amor ¿entiendes?
-¡Giselle! ¡Henry!- se oyó la voz emocionada de una mujer- ¿es que no van a cenar? Apuesto a que mi nieto amará el sabor chocolate de mi postre ¡vengan ya!
-Es tu abuela- dijo Giselle riendo melodiosamente- quiere que vayas a probar su pastel de chocolate ¿vamos?
Henry río mientras Giselle se levantaba con mucho cuidado de sus rodillas. La mujer comenzó a caminar lentamente hacia la casa, sonriendo como siempre lo hacía. Henry la miró alejarse y en ese momento deseó con todas sus fuerzas que aquel ser no desapareciera nunca. Henry deseó con toda el alma que todos los médicos del mundo estuvieran equivocados para poder conservar la luz de aquella estrella para siempre en su existencia. De verdad quería criar a Blaine a lado de ella. No se imaginaba un mundo donde no pudiera mirar los ojos de Giselle brillando cuando lo miraban a él y sólo a él.
Aún a veces le costaba creer que una mujer como ella lo hubiera elegido, pero así era y no había más explicación que el amor que se tenían el uno al otro y el fruto de él que crecía dentro de Giselle. Henry no mentía cuando decía que amaba ya a aquel niño, sin duda alguna, el pequeño Blaine sería más que feliz cuando llegara al mundo. Porque a él también lo habían criado rodeado de amor, de música y de magia. Con Blaine nada sería distinto, el se encargaría de que no lo fuera.
Henry se levantó del columpio y llegó a la cocina donde Giselle se divertía probando los restos de chocolate que habían quedado en el tazón que Elena había utilizado para preparar el pastel. La cara de Giselle estaba cubierta totalmente de manchas parduzcas que la hacían lucir aún más adorable que de costumbre. Henry caminó hacia ella y la abrazo con mucha fuerza. No, no quería dejarla ir nunca. Porque si ella se iba, estaba seguro de que todo el calor de su existencia desaparecería de un solo golpe. Si ella se iba, él ya no querría volver a amar a nadie nunca más. Henry intentaba con ese abrazo mantenerla a su lado por mucho tiempo, no dejar que nada la apartara de su lado. Pero, los brazos de Henry no tuvieron la suficiente fuerza para alejarla de su inevitable destino haciéndolo pensar que su amor no había sido lo suficientemente fuerte.
Aquel día, en el hospital, Henry paseaba de un lado a otro por el pasillo de la sala de maternidad sumamente nervioso. Elena lo acompañaba sumamente preocupada también. Ninguno de los dos había podido entrar al parto de Giselle porque las cosas habían salido mal, como todos los médicos habían pronosticado. Henry no podía estar quieto, no podía pasar un minuto más sin saber nada. Elena miraba al piso con una expresión sumamente afligida, ella tampoco quería que Giselle se fuera, Giselle era como una hija para ella y la amaba como tal. Después de un largo rato, uno de los médicos que atendían a Giselle se acercó a ellos con un gesto trágico que elevó el pulso de Henry a mil por hora. Pero no, no podía ser… ¿o sí?
-Señor Anderson- dijo el hombre con tono frio y calmado- su esposa quiere verlo.
-¿Cómo está?- dijo Henry, un poco aliviado pero sin dejar de sentir un miedo feroz.
-Mal- dijo el médico- es mejor que vaya a verla ahora, sé que es duro Henry, pero hicimos lo que estaba en nuestras manos. Ella quiere verte y te ruego que lo hagas ya, no tiene mucho tiempo. Lo siento de verdad…
Henry recibió aquella noticia como se recibe un balde de agua fría. Se quedó parado en medio del pasillo sin saber qué hacer. No quería aceptar que Giselle estaba a punto de… no, no, no podía ser porque ¿por qué ella? ¿Por qué ella y no alguien más? ¿Por qué toda la gente maravillosa del mundo tenía que irse primero? ¿Por qué?
-Ve, hijo- dijo Elena acercándose a él, tratando de contener las lagrimas que de cualquier modo bajaban ya por sus mejillas- tienes que estar con ella, dile que está bien que tenga que irse, es una estrella y si debe de volver al firmamento así debe de ser… sé que es horrible Henry, pero… piensa en Blaine ¿sí? Él va a necesitarte…
-El médico no dijo nada de Blaine- contestó Henry sintiendo que hablaba sólo por un reflejo automático y dándose cuenta de pronto que también tenía mucho que temer por su hijo- mamá ¿Y si Blaine también…?
-No Henry, Blaine estará bien, él no dijo nada porque seguramente el niño está bien. Ve con Giselle hijo, dile que la amaré siempre y que cuidaré al pequeño como si fuera mío. Ve…
Henry camino rápidamente hacia la habitación que el médico le había indicado. En todo el camino, no sabía si estaba viviendo una horrible pesadilla o era de verdad que tenía que despedirse de Giselle para siempre ¿por qué ella? ¿Por qué?
Cuando Henry llegó a la puerta que indicaba la habitación donde Giselle se encontraba, de pronto se sintió el ser más insignificante del universo, un ser al que la vida movía como le daba la gana. Se sentía un títere, un juguete del destino que insistía en quitarle aquello que le había llevado una vida entera poder encontrar.
Sintiendo un terror inmenso dentro de él dio vuelta al picaporte de la puerta y entró por fin a la habitación y pese a todo lo que hubiera pensado la imagen que lo recibió de frente era una de las cosas más bellas que hubiera visto en su vida: Giselle, aunque pálida y muy cansada, acariciaba los pequeños rizos de su hijo que dormía tranquilamente a lado de ella. El pequeño Blaine, estaba aún marcado con los rasgos de la bienvenida que el mundo le había dado, pero Henry nunca había visto en la cara de ningún otro niño aquel gesto de paz absoluta o quizá era que él notaba eso porque era su niño.
Giselle sonreía maravillada por la perfección de su pequeño hijo, no era posible que ella lo hubiera traído al mundo pero allí estaba, respirando en sus brazos, soñando junto a ella por primera y trágicamente por última vez. Ella lo sabía, pero no le daba mayor importancia: ella había dicho que sería capaz de entregar la mitad de su vida por poder ver a Blaine y lo estaba viendo ya y era perfecto, tal como ella lo había imaginado miles de veces. Por eso no importaba que la vida no le permitiera verlo después. Eso le bastaba, porque Blaine era la prueba de que dejaría en el mundo una marca, un recordatorio de que en el universo había esperanza, de que existía el amor.
-Giselle…- exclamo Henry con los ojos anegados en lágrimas- él es….
-Nuestro Blainey- dijo la mujer sonriendo mientras extendía una mano débilmente hacia él- ven a conocerlo, Henry.
Henry se acercó lentamente a la cama donde su esposa y su hijo descansaban y de pronto sintió que todo tenía sentido en el universo. Ellos tres eran una misma cosa y no importaba ni siquiera que la muerte intentara separarlos: siempre los uniría el mismo lazo.
-Es hermoso- dijo él sin poder evitar que las lagrimas salieran de sus ojos a mares- es… perfecto…
-Es nuestro- dijo Giselle sin dejar de tocar a su niño- ¿Ah que es guapo? Y adivina ¿qué?
-¿Qué?- dijo Henry sorprendido de estar teniendo aquella conversación más propia de los padres que tendrían la fortuna de volver a casa juntos con su bebé en brazos, y no de ellos, que tendrían que despedirse en ese mismo instante y en ese mismo lugar.
-El doctor dijo que sus ojos serán como los míos. Blaine te mirará con mis ojos, Henry…
Sin importarle nada, Henry tomó en sus brazos la frágil figura de su mujer y la sostuvo así un largo rato. No quería decirle adiós, no aún, ni nunca. Él no había entendido el significado del amor hasta que la había visto caminando por los bellos salones de la Real Academia de Música de Londres, sonriendo siempre, cantando en todo lugar. Para Henry no había mundo si Giselle no estaba en él, aquello de verdad no podía ser posible.
-No llores- dijo ella con profunda tristeza- te prometo que nunca los dejaré, ni a ti ni a mi pequeño Blainey. Tienes que sonreír para él Henry, tienes que contarle de su mamá y de cómo lo quiso, de cómo luchó con todas sus fuerzas para que esto no sucediera. Dile que su mamá lo estará viendo siempre desde el cielo Henry, que su mamá fue una estrella que nunca lo dejó solo. Dile que yo no podré contarle esa historia pero que él encontrará un día en el mundo a otra estrella que lo hará feliz. Dile Henry, que ese día, el día en que la encuentre le estaré sonriendo desde el cielo y que siempre lo amaré… ¿Le dirás Henry? Hazlo porque lo mismo te digo a ti, siempre te amaré Henry, vaya a donde vaya sé que estaré esperando a que vayas conmigo, pero tienes que ser fuerte ¿entiendes? Yo no pude serlo, perdóname Henry, perdóname por favor…
-Yo no tengo nada que perdonarte- dijo Henry tratando de contener el llanto- yo le haré saber a Blaine lo maravillosa que fue su madre, yo lo amaré por ti y por mí. Te lo prometo Giselle y siempre te amaré, siempre serás la única para mí…
Los dos se quedaron un rato llorando en silencio, despidiéndose sin palabras hasta que su pequeño hijo abrió los ojos y los observó a los dos como si supiera exactamente quienes eran esas dos personas que lo acompañaban en ese extraño mundo al que había llegado. El pequeño Blaine no despegó sus ojitos de sus padres hasta que Giselle se dio cuenta de ello.
-¿Querías ver a tus papás juntos, Blainey?- dijo ella sonriendo entre lagrimas- serás un niño muy feliz pequeño, te lo prometo, ¿verdad Henry?
-Si pequeño- dijo Henry acariciando la pequeña mata de pelo negro de Blaine- yo me encargaré de que lo seas.
El niño los miró otro largo rato y luego a los dos les pareció que Blaine sonreía para después cerrar sus ojos y volver a dormir. Giselle y Henry sonrieron complacidos ante ese espectáculo. De verdad parecía una ofensa que el milagro de la vida antecediera aquella despedida.
-Dale esto cuando te diga que ha encontrado a su estrella- dijo Giselle extendiéndole a Henry un sobre blanco que había tomado del buro que estaba al lado de su cama- cuando eso haya pasado, será la señal de que Blaine entiende perfectamente lo qué es el amor y podrá entender a su madre, sabrá por qué tuve que dejarlo… pero tú no lo dejes Henry, por favor, nunca dejes que se sienta solo…
Henry tomó el sobre y lo guardó en una de los bolsillos de su saco. Después, tomó al pequeño Blaine en sus brazos y lo puso en el regazo de su mujer quien sonrió complacida. El hombre que ella amaba estaba sosteniéndolos a ella y a su hijo, con el mismo amor de siempre. Era de verdad una pena tener que irse pero… ella no podía hacer nada. Giselle posó su hermosa cabellera en el pecho de Henry y empezó a acariciar la carita dormida de su pequeño. Henry los cubrió a los dos con sus brazos.
-Elena te cuidará- dijo Giselle suavemente- Elena va a llenar tu vida de magia Blainey…
-Ella dijo que lo hará- agregó Henry sabiendo que no era necesario a final de cuentas- dijo que te dijera que ella también te amará siempre.
-Elena…- dijo Giselle con voz muy débil- dile a mi hermosa maestra que tampoco a ella la dejaré sola, ella me dio lo mejor que pude encontrarme en el mundo…
-¿Lecciones magistrales de vocalización?- dijo Henry
-No bobo- dijo Giselle sintiendo que aquellas serían las últimas palabras que diría- tú…
Los ojos de Giselle se cerraron lentamente rendidos ante el sopor enorme que la iba envolviendo. Henry fue consciente de que su esposa había exhalado su último suspiro en su pecho pero no la soltó. No llamó a los médicos, no hizo nada más que seguirla abrazando hasta que una enfermera lo sacó de la habitación. Aquel había sido el fin de su estrella, él lo sabía y cuando se dio cuenta de eso un agujero negro le ocupó el corazón.
Henry estaba sentado en el columpio del jardín recordando todo aquello. Estaba esperando a que Blaine volviera de la Academia Dalton. Su hijo había llamado para decirle que se retrasaría un poco a causa de la nieve y de la algarabía que aún reinaba en la Academia a causa de las fiestas navideñas, el fin de los exámenes y el inevitable jaleo que se había armado cuando todo mundo se había enterado de que el equipo de soccer de la Academia Dalton era el nuevo campeón nacional.
Cuando Henry escuchó la voz de Blaine del otro lado de la línea, se dio cuenta de que su hijo hablaba en un tono sumamente dulce y feliz que le había hecho pensar de inmediato que Blaine había encontrado a su estrella ¿verdad? El hombre sonrió felizmente cuando volvió a pensar en ello: su hijo entendía ahora perfectamente lo que era el amor, así, que había llegado el momento de darle la carta que su madre había dejado para él.
Henry sacó el sobre que para ese entonces estaba un poco amarillento a causa del tiempo que tenía con él y lo acarició pensando que de algún modo, ese sobre era una prueba de que Giselle había existido. Por más de 17 años había guardado aquel sobre como el mayor de sus tesoros, pero no era suyo, nunca lo había sido. Esa carta tenía como destinatario las manos de Blaine, sus ojos y era hora de que cumpliera la promesa que le había hecho a Giselle.
Él era consciente de que había fallado magistralmente como padre en los primeros años de vida de Blaine, pero esperaba que su hijo lo comprendiera. El dolor lo volvió ciego y sordo, hasta que un día se dio cuenta de que de verdad Giselle no lo había dejado nunca: Giselle lo miraba con los ojos de Blaine, le seguía cantando con la voz de su hijo quien desde siempre había tenido interés por la música, como ellos lo predijeran.
Él sabía que había fallado, pero esperaba ahora que Blaine no le guardara rencor. Blaine era dulce como su madre, tímido y bien parecido como él y talentoso como su abuela. De verdad parecía que había heredado lo mejor de toda la familia y Henry creía que a pesar de todo había hecho un buen trabajo o al menos lo había intentado. Bien es cierto que la muerte de Elena había sido otro duro golpe para él y para Blaine pero… se tenían el uno al otro. Henry podía decir que a pesar de todo nunca había dejado solo a Blaine.
-Papá- dijo la voz aterciopelada de su hijo haciendo que Henry volteara a verlo rápidamente- ¿qué haces aquí afuera? ¡Vas a resfriarte terriblemente! Ven, vamos a casa, te prepararé chocolate caliente.
-Hola Blainey- dijo Henry realmente contento de poder ver los hermosos ojos color avellana de su hijo- ¿No vas a darle un abrazo a tu papá?
Blaine sonrió con mucha alegría y corrió hacia su padre, envolviéndolo en sus brazos y notando en seguida de que la piel de Henry estaba helada totalmente, su padre debía de haber estado fuera por un largo rato.
-¡Henry Anderson!- dijo Blaine un poco preocupado- ¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-No mucho Blainey- dijo él- pero vamos dentro, no quiero que te preocupes por mí…
-Es que no debes enfermarte papá- dijo Blaine guiando a su padre dentro de la casa- y claro que me preocupo, no debes estar fuera tanto tiempo, apenas el otro año tuviste neumonía ¿Qué no te acuerdas del dolor? Debes ser más cuidadoso con eso.
-A veces no sé si tú eres mi papá o yo el tuyo, Blainey- dijo Henry riendo alegremente del discurso de su hijo- parece que tú me cuidas más de lo que yo te he cuidado alguna vez.
-Tú también me cuidas- dijo Blaine llevando a su padre al comedor de su casa- pero creo que de los dos yo fui quien heredó el gen de la preocupación maternal. Nathan me dice que siempre lo protejo demasiado y que siempre estoy regañándolo.
-Es que lo haces- dijo Henry revolviendo los rizos oscuros de su hijo- pero está bien, uno de los dos tenía que ser el responsable ¿no crees? ¿Y Nathan? Pensé que vendría hoy contigo a presentarse como tu novio oficial.
-¡Papá!- dijo Blaine con tono molesto- ¿por qué esa obsesión con Nathan Bailey?
-¿No es Nathan?- dijo Henry realmente contrariado. Él había jurado que si Blaine había encontrado a su estrella, esa seguramente sería Nathan Bailey.
-No- dijo Blaine con aire ausente sin entender del todo la pregunta de su padre- no es Nathan…
Henry miró a su hijo con más atención y se dio cuenta de la sonrisa dulce que había curvado a sus labios haciendo que sus ojos brillaran tanto como el sol que estaba escondido tras los grises nubarrones que amenazaban con cubrir la ciudad nuevamente bajo un enorme manto blanco más tarde. Sí, no era Nathan pero había alguien más ¿cierto?
-Ya veo- dijo él pensativo- de cualquier modo me resulta extraño que Nate no venga contigo, siempre suelen volver juntos de la Academia.
-Nate no está aquí, papá- contestó Blaine mientras buscaba en la alacena lo necesario para preparar chocolate caliente- viajó a media semana a Texas para disputar el torneo nacional de soccer. Por cierto, debemos comprarle un regalo extra, es el nuevo campeón nacional y le dieron un premio especial por ser el delantero que más anotaciones hizo en el torneo.
-¡Wow!- dijo Henry realmente contento- apuesto a que debe de tener en fila un montón de universidades que buscarán reclutarlo ¿verdad? Nathan es un buen chico, se lo merece. ¿Cuándo volverá?
-Creo que mañana- dijo Blaine- quizá podamos ir de compras hoy ¿te agrada la idea?
-Sí Blainey, si tú quieres- dijo Henry pensativo- pero…
-¿Qué?- soltó Blaine distraídamente.
-Blaine, no sé cómo decirte esto pero…. Bueno, sólo lo diré ¿está bien?
-Papá- dijo Blaine dejando el chocolate de lado y mirando a su padre a los ojos- me estás asustando ¿todo está bien?
-Eso espero yo- dijo Henry acercándose a su hijo con una sonrisa tranquila- dime Blaine… tú ¿recuerdas lo que te dijo tu abuela cuando tenias siete años? Esa historia de las estrellas, lo de…. Bueno, hijo quiero saber si…
-¿Si lo he encontrado?- dijo Blaine con una sonrisa juguetona.
-Sí- dijo Henry. Él en verdad no era nada bueno para ese tipo de charlas- ¿lo has hecho?
-Sí- contesto Blaine haciendo que la sonrisa de su padre se extendiera por toda su cara dándole el aspecto de una mariposa de mil colores- ¿por qué?
-Pues… es que es hora de… bueno Blainey, dime algo más ¿sí?
-Lo que quieras papá…
-¿Estás seguro de que es él? ¿Lo amas? ¿Él te ama a ti?
Blaine miró a su padre con una sonrisa de total confusión. Era un poco sorprendente estar hablando con él de esos temas pero no se sentía incomodo por eso. De hecho, él quería gritarle al mundo entero la felicidad que lo embargaba. Quería gritarle y contarles a todos que su estrella lo amaba y que él amaba a esa estrella con todo el corazón. Y es que, aquellos dos días que había pasado con Kurt después de que él hubiera vuelto de Nueva York habían sido… magia pura.
Era realmente hermoso revivir aquellos momentos: sus besos en los jardines cubiertos de nieve, el aliento de Kurt sobre su piel. Su sonrisa feliz dirigida a él y sólo a él, las manos de Kurt revolviendo sus cabellos, sus palabras dulces y aquellos mil "te quiero" que le había susurrado una y otra vez al oído abrazados en la sala del coro ¿Que si estaba seguro de que Kurt era esa estrella? Absolutamente, nunca había estado tan seguro de algo en su vida como de ese hecho. Sí, él no había podido decirle a Kurt con tantas palabras que lo amaba, pero estaba seguro de que sus besos con sabor a caramelo lo habían dicho mejor por él.
-Estoy muy seguro papá- dijo Blaine después de un rato- es él, siempre será él…
Henry miró a su hijo y supo en seguida, por el calor que irradiaba su mirada que definitivamente Blaine hablaba con la verdad. Así que no tenía más que abrazar a su hijo y desearle que siempre tuviera la dicha de amar y ser amado de esa manera. El hombre se acercó al chico y lo rodeó con sus brazos. Blaine pensó que su papá actuaba bastante extraño ese día pero no le dio importancia. Henry Anderson nunca había sido muy dado a la muestras de afecto espontaneo como aquella, pero Blaine estaba feliz de que su padre estuviera muy contento por lo que le había sucedido a él.
-Papá- susurró Blaine sin romper el abrazo- creo que el espíritu navideño se ha posesionado de ti…
-No es eso Blainey- dijo Henry- es sólo que… tu madre y yo estuvimos esperando este día desde siempre…
-¿Mamá?- dijo Blaine sintiendo el frio familiar que lo embargaba al pensar en su madre- ¿Por qué mamá?
-Tú mamá sabía mucho de las estrellas Blaine- dijo Henry embargado de emoción- ella era una y aún lo es. Sé que piensas que te dejó pero… ella no lo hizo Blaine, siempre ha estado contigo, y ella pensaba en ti y te amaba ¿me crees, hijo?
-Claro- dijo Blaine con una sonrisa triste- yo sé todo eso. Sé que mamá me amó y… ella siempre ha estado en mi corazón papá, quizá alguna vez pensé que me había dejado pero ¿sabes? A veces cuando soñaba podía verla, me sonreía y me cantaba. Ella era muy especial ¿verdad? Sus ojos siempre brillaban. No sé por qué pero algo me dice que ella pudo verme y que yo la vi a ella. Cuando veo sus fotos es como si sus ojos me hubieran mirado alguna vez y yo… no debes preocuparte, yo amo a mi madre ella dio su vida por mi ¿cierto? Pero ¿Qué quieres decir con que tú y ella estaban esperando este día?
-Blaine ella te miró…- dijo Henry sin limpiar las lagrimas que bajaban por sus mejillas- te miró y pudo conocerte y ¿sabes algo? sin duda eres tan maravilloso como ella y me alegro que así sea. Hijo, cuando tu madre murió, cuando tuvimos que despedirnos de ella…. Giselle me dijo que el día en que encontraras a tu estrella yo debía de entregarte algo…
-¿Qué?- dijo Blaine con el alma en un hilo. El pensar que su madre había dejado algo para él era sumamente abrumador. Eso significaba que Giselle había querido hablar con él aún si ya no podía escucharla.
-Tenía que darte esto- dijo Henry extendiendo el sobre hacia Blaine- ella dijo que este día tú serías capaz de entender lo que es el amor y entonces la entenderías a ella. Esa carta es tuya Blainey, creo que ha llegado el momento de que la abras.
Blaine tomó el sobre entre sus manos y fue consciente del temblor de sus dedos sobre el papel amarillento. De verdad aquel sobre tenía un valor incalculable, era como haber guardado un rastro de la voz de su madre que hasta ese día había estado sellada con el silencio de los años. Pero Giselle tenía razón, Blaine ya sabía lo que era el amor. Estaba listo para descubrir lo que su madre no había podido decirle.
-¿Quieres que lo abra ahora?- dijo Blaine con voz emocionada.
-No sé- dijo Henry tranquilamente- esa carta es tuya y puedes leerla cuando te plazca. No tienes que enseñármela si quiera. Giselle la escribió para ti.
-Pero los dos la amamos de igual forma-dijo Blaine sonriéndole a su padre- así que, vamos a leerla.
Blaine quitó el sello del sobre y sacó de él una hoja que extrañamente se había conservado en el mismo tono blanco que tenía el día en que Giselle escribió sobre él. Blaine caminó junto a sui padre y desplego ante él la hoja que estaba llena de una hermosa letra redondeada que hacía pensar en ese tipo de letras que uno puede ver en los escritos antiguos. Blaine sintió un calor muy especial cuando sus dedos tocaron esas letras. Las manos de su madre las habían creado, había sido Giselle la autora de ese escrito que había puesto a cantar a su corazón ante la evidencia de que su madre había pensado en él hasta en el último de sus momentos en la tierra.
Blainey- comenzó a leer - no sé cuánto tiempo ha pasado desde el día en el que tuve que dejarte pero si estás leyendo esto es porque a tu vida debe de haber llegado ya la felicidad ¿cierto? No sabes cuánto me alegro de que sea así, el pensar en el que mi Blainey ha encontrado a su estrella me llena el alma de dicha.
Yo sé lo que es el amor, hijo. Yo lo sé porque tú has sido hecho de él, de mi amor, del amor que nos tenemos tu padre y yo. Es extraño trasladar mis palabras hasta un escenario futuro pero, me temo que no estaré ahí para ver tu sonrisa enamorada, ni tus ojos brillando de absoluta alegría. No sabes cuánto me pesa el no poder estar para ti, pero espero que me entiendas Blainey, por eso era necesario que supieras primero lo que es el amor y creo que ya lo sabes ahora.
El amor del que te hablo, Blaine, va más allá de todo y no le teme a nada ¿sabes que es lo que me dijeron todos los médicos? "Señora Anderson, usted no tiene esperanza alguna de salir con vida si decide tener a su hijo, es mejor que no se arriesgue a ello" y ¿sabes que les dije yo? Que nadie en el mundo puede detener al amor, nadie. Quizá pienses que actué irresponsablemente, pero la idea de que no vinieras, de que no te vería hicieron que me sintiera realmente mal. Yo guardaba la vaga esperanza de que el pronóstico estuviera equivocado porque yo quería verte, yo quería tenerte en mis brazos y… en este momento, mientras escribo esto y te siento aún dentro de mí, moviéndote, haciéndome feliz al saber que crecerás fuerte y sano para ser feliz, sé que no me equivoqué al decidir traerte al mundo.
Blaine, en este mundo al que has llegado yo conocí el amor. Tú debes de conocerlo de la misma forma. Eso es todo lo que me importa y esa es mi más grande esperanza. Yo te amo Blaine, te amo con todo lo que soy y he sido, te amo incluso con lo que no seré. Por eso tuve que arriesgarme, por eso quise traerte a este mundo a que conocieras y vieras lo que yo conocí y vi. Esta ha sido otra forma de ser valiente, tú quizá puedes decirme que fui tonta pero cuando se ama Blaine, la más grande locura es apenas suficiente para hacerle saber a la otra persona todo lo que estarías dispuesto a hacer por ella. Yo luché con todas mis fuerzas para no dejarte solo en el mundo pero no fue suficiente y debes perdonarme por ello hijo pero… yo quería que tú estuvieras aquí y además nunca te dejé solo. Te dejé a lado de una mujer maravillosa y del hombre que más he querido en toda mi vida. Ellos también son parte de mí y todos estos años yo te he amado a través de ellos. Confío en que ahora que sabes lo que es amar, entiendas las locuras que hizo tu madre, pero es que, este comportamiento extraño es propio de los locos que nos atrevemos amar y ¿sabes algo? Esas locuras son las que hacen que la vida valga la pena…Y yo quiero que tú conozcas el amor y por eso he decidido que me ocurra lo que me ocurra tú llegarás a este mundo.
Y ahora Blainey, ahora que amas me gustaría saber cómo es esa persona. Me encantaría poder verla y sonreírle desde mi corazón y decirle: eres afortunada dulce estrella, eres sumamente afortunada porque mi Blainey va a amarte siempre. Yo sé que lo harás Blaine. Mucha gente le teme a la eternidad y al hastío pero cuando amas a alguien con todo el corazón, ninguna hora es igual siempre. Los labios y brazos de esa persona crean un mundo nuevo para ti en cada nuevo instante, incluso el aire no parece el mismo. Cada noche encierra un nuevo misterio y cada beso, la promesa de ser uno solo siempre.
Yo sentía todo eso por tu padre y espero que esa persona hermosa a la que has elegido amar y que te ama también sienta lo mismo por ti. Las estrellas brillamos por quien nos ama Blaine, esa persona que has elegido, o que más bien, te ha encontrado en el mundo llenará siempre tus días de luz. Asegúrate de ser muy feliz, asegúrate de que tu estrella lo sea también y ámense sin miedo y si alguna vez esa estrella llega a lastimarte, debes perdonarla, debes seguir amándola porque sin las espinas de las flores del amor uno no podría valorar en la justa medida su perfume. Sin oscuridad, hijo mío, no podemos ver las estrellas y eso ha sido así siempre. Por eso asegúrate de ser ante todo el mejor amigo de tu estrella, asegúrate de tener el corazón abierto siempre para protegerla y deja que ella ilumine tu existir. Sólo puedo desear que seas muy feliz porque yo lo fui Blaine y puedo decirte que todo es posible, todo, incluso aunque los demás se empeñen en que no lo sea.
La gente piensa que cuando uno ama se vuelve vulnerable y carente de orgullo pero yo puedo decirte que el amor engrandece y dignifica. La fuerza que te da el amor, esa Blaine, es la más poderosa de todas las fuerzas del universo y yo quiero que te hagas fuerte amando. Tú eres mi mejor regalo al mundo. Estoy feliz de haberle dado la vida a un ser tan maravilloso como tú, mi Blainey. En este momento me gustaría meter al sobre junto con mis palabras todos los abrazos, besos y sonrisas que no podré darte pero… sabes ahora por qué no he de poder de dártelas. Pero sé que alguien más hará eso por mí y sé que esa estrella que has encontrado te hará tan feliz como yo no pude. Te amo Blainey, siempre lo he hecho, siempre….
Ahora, debemos despedirnos pero nunca te dejaré. Cuando mires al cielo estaré ahí para ti. Cuando cantes una canción – que sé que lo harás porque Elena te enseñará todo lo que sabe- yo contaré contigo. Y ahora Blaine, mira a tu estrella y ve en ella todo lo que te he dicho hasta ahora. Mira los ojos de esa estrella y piensa "mi madre tenía razón".
Para que conozcas el amor y la dicha se hizo el mundo y eso es lo que vas a hacer y si la vida te pone a prueba afróntala sonriendo. Tú, mi hijo, el hijo que nació de mi más grande amor puedes hacerlo. Se muy feliz Blainey, yo sé que lo serás y entonces comprenderás que todo siempre ha valido la pena…
Te amaré siempre, tu mamá.
Blaine terminó de leer y sintió su alma embargada de una triste pero cálida sensación. Leer eso de parte de su madre había sido como estarla escuchando. Durante el momento en el que había leído el mundo entero había desaparecido a su alrededor e incluso la había podido visualizar, sentada en el jardín, escribiendo sobre una carpeta de color rojo mientras sus cabellos se mecían suavemente al compas del viento.
Blaine sabía que su madre había escrito aquella carta sin llorar y en verdad así había sido: Giselle había escrito aquella carta con una dulce sonrisa en sus labios porque creía en la esperanza y sus palabras eran más que eso. Blaine sentía que las palabras que su madre había dejado para él eran como… como la sensación de mirar a un mar en calma, yendo y viniendo, como mirar las flores en primavera, una sensación cálida y llena de paz.
Sin embargo, Blaine pensaba también que él nunca había tenido nada por lo cual perdonar o comprender a su madre. De verdad le parecía que Elena le había enseñado lo que era el amor y Kurt era ahora la confirmación de todo lo que sabía. Si bien Blaine tenía ahora una estrella, lo cierto era que siempre había estado rodeado de amor aunque nadie se lo dijera. Blaine entendía a su madre, pero no sólo por su carta sino porque… por qué él la amaba y el amor nunca ha necesitado explicaciones.
-Ella…- dijo después de un rato e intentando no llorar de felicidad- mí mamá era genial…
-Lo sé- dijo Henry con una enorme sonrisa. El leer esas palabras de Giselle le seguía haciendo pensar que había sido sumamente dichoso a lado de esa mujer- y tú eres igual a ella. Blainey, creo que yo nunca te he pedido disculpas por haberte dejado solo pero…
-No hace falta- dijo Blaine sonriendo deslumbrantemente- nunca me dejaste y si así lo sentiste fue porque estabas muy triste, yo te entiendo. No debió ser nada fácil despedirte de ella a cambio de mi y…
Las palabras de Blaine se sofocaron con la fuerza del nuevo abrazo que su padre le había dado y el muchacho sonrió ante la cercanía de aquel hombre. Los dos eran seres afortunados. Los dos habían encontrado amor en sus vidas y eso era todo lo que importaba.
-¿Y bien?- dijo Henry separándose de él- ¿Me dirás ahora quién es esa estrella?
-Kurt Hummel- dijo Blaine sin esperar ni un segundo más- ese es su nombre…
-Así que Kurt ¿eh?- dijo Henry con una sonrisa juguetona- ¿Y cómo es él? ¿Lo conozco?
-Es el vocalista de los Warblers- dijo Blaine poniendo su sonrisa en automático al hablar de Kurt- él es… bueno, pues es… es que la palabras no alcanzan para describirlo…
-Es él- dijo Henry sonriéndole a la sonrisa enamorada de su hijo- eso es lo que importa Blainey. Me gustaría hablar con él… ¿podemos tener una cena navideña en familia?- agregó Henry con emoción- es decir, seremos familia… puede traer a sus padres, podemos planear el matrimonio si quieres… aunque bueno, eso implicaría mudarnos a Nueva York pero no importa, podemos hacerlo. Puedo darles alguno de los departamentos o quizá… aunque no sé, debo de planearlo todo con su padre…. ¿está su padre de acuerdo Blaine? Eso espero, no me gustaría tener que raptar al novio de mi hijo, no es muy propio que digamos y somos gente civilizada…
-Siempre vas muy lejos papá- dijo Blaine riendo alegremente- Kurt y yo solo…
-¿Qué?
-Bueno, no es como si lleváramos todo el tiempo del mundo juntos de hecho… lo besé hace apenas unos días.
-¡Oh!- dijo Henry algo avergonzado- creo que me he emocionado de más, lo siento pero es que… recuerdo cuando conocí a tu madre. Entré a una de las clases de Elena, Giselle estaba presentando uno de sus solos en ese justo momento y cuando la vi… en ese mismo instante supe que me casaría con ella y que viviríamos la vida entera juntos.
-¿Y mamá sintió lo mismo?- dijo Blaine realmente feliz de que su padre le hablara de su mamá.
-Ella siempre me dijo que cuando me miró entrar a la sala donde se llevaba a cabo la clase- dijo Henry con mucha emoción- supo exactamente para quién había estado cantando toda la vida…
-Yo sentí lo mismo cuando miré a Kurt- dijo Blaine recordando aquel día en el que había escuchado cantar al muchacho de los ojos azules- él me hizo pensar en que toda la música del mundo había sido escrita solamente para él. Kurt es una canción de amor papá, es mi canción de amor, eso es….
Henry sonrió suavemente a las palabras de su hijo. Sí, no había duda alguna: su hijo definitivamente había encontrado a ese ser junto al cual escribiría una historia para toda la eternidad.
Padre e hijo se quedaron un momento en silencio sonriéndole el vacio, Henry recordando a su amada Giselle como siempre lo hacía y sintiéndola ahí junto a ellos dos. Blaine pensaba en Kurt, en lo feliz que se pondría cuando le enseñara la carta de su madre y su cuaderno azul. Porque Blaine quería que Kurt lo supiera todo, esas dos cosas, sus escritos y la carta de su madre eran algo que Kurt tenía que conocer. Blaine sonrió al pensar en ello. Llevaba dos horas en casa pero ya extrañaba al joven Hummel como si hubiera pasado una eternidad desde el último beso que se habían dado al despedirse.
-Bueno- dijo Henry suspirando- ¿podemos hacer o no lo de la cena navideña?
-No sabes cuánto me gustaría- dijo Blaine sonriendo- pero Kurt irá de vacaciones con sus padres a Hawái. Su padre planeó ese viaje desde hace mucho.
-¿Y por qué no vas con ellos?- dijo Henry- puedes hacerlo, es decir, yo no tengo problema alguno en quedarme aquí y…
-No- dijo Blaine seguramente- te irás otra vez después de año nuevo y la verdad… quiero estar contigo papá. Cuando Kurt vuelva de vacaciones haremos algo divertido, ya lo verás pero… bueno, teniendo la eternidad por delante a su lado ¿qué más dan un par de días?
Henry sonrió nuevamente. Su hijo nunca dejaba de sorprenderlo y ciertamente, él también había anhelado por mucho poder pasar un tiempo con Blaine. Quizá después de su viaje por Oceanía que iniciaría en año nuevo pensaría en retirarse de muchos de sus negocios y dejarlos en manos de la gente en la que confiaba. Pero por el momento, había llegado la hora de descansar y de pasar tiempo en familia.
El teléfono de la sala sonó sacando a Henry y a Blaine del mutismo en el que habían caído al estar perdidos en sus pensamientos. Henry se apresuró a contestarlo y la voz del otro lado de la línea que le hablaba con una mezcla de terror y de tristeza fue suficiente para helarle la sangre. Henry colgó el aparato temblando cuando terminó la conversación y se dirigió a la cocina donde Blaine sonreía ausentemente con una taza de chocolate en las manos. La verdad era que no sabía cómo darle a su hijo una noticia como la que había escuchado.
Cuando su padre entró al comedor, Blaine levantó la mirada y el rostro desencajado de su padre lo trajo a la realidad de un solo golpe. Su corazón empezó a latir alocadamente dentro de su pecho y Blaine no sabía que esperar, pero quería, por todos los dioses, que su padre le dijera algo.
-¿Qué ocurre papá?- dijo Blaine sintiendo el temblor de su voz- ¿Quién llamó?
-Emma - dijo Henry haciendo que el corazón de Blaine se desbocara aún más si era posible al pensar en la idea de que algo les hubiera ocurrido a los Bailey- Nathan…
-¿Qué?- dijo Blaine derramando el chocolate en la mesa al escuchar el nombre de su mejor amigo- ¿qué tiene Nate?
-Está en el hospital- dijo Henry- creo que le ocurrió algo muy malo en Texas.
Blaine sintió que todo el frio del invierno ocupaba su cuerpo al oír aquello. No, Nathan no. Nada malo le había ocurrido a Nate ¿o sí? Blaine no fue consciente de lo que pasó a continuación. Sólo sintió que su padre lo llevaba directamente al auto y que el viaje de su casa al hospital donde Nate estaba internado, había sido el más largo que alguna vez hubiera hecho en su vida.
Blaine llegó corriendo como poseído a la sala de espera. Emma estaba sentada en uno de los sillones más alejados abrazando a los pequeños gemelos Bailey que estaban pegados a su madre como si ella fuera la última esperanza del mundo en el que vivían. Cuando la vio, Blaine caminó un poco más despacio hacia ella y cuando Matt Y Michael lo vieron llegar, corrieron hacia él y abrazaron sus piernas con mucho miedo. Los pequeños tenían los ojos llorosos y se notaba que estaban muy tristes, pero sobre todo, se notaba que no entendían nada de lo que pasaba, sólo sabían que su hermano mayor estaba muy mal.
-Blainey- lloró Michael. Sus ojos verdes estaban empañados por las lágrimas y sus rubios rizos lucían desordenados- Blainey, Nate está enfermo y no nos dejan verlo, queremos verlo Blainey…
-Sí- dijo Matt uniéndose al llanto de su hermano. Incluso en momentos como aquel, los dos pequeños parecían dos gotas de agua- quiero ver a Nate, dile a mamá que nos deje verlo, quiero a mi hermano, Blainey…
-Ya sé que quieren verlo- dijo Blaine acariciando los rubios rizos de los gemelos- pero ahora Nate necesita descansar. Podremos verlo más tarde cuando pueda contarnos los chistes que siempre nos cuenta ¿sí? Pero prométanme que ya no llorarán, Nathan se reirá de ustedes y les dirá que no debieron preocuparse por él…
-Pero fue nuestra culpa- dijo Michael sin dejar de llorar- Nate se enfermó por nuestra culpa. Es su corazón Blainey…
-Sí- agregó Matt con voz muy triste- yo y Mike rompimos su corazón, por eso se enfermó. Nate creyó que te queríamos más a ti y por eso se rompió su corazón… ¡Quiero a mi hermano! Blainey, dile que no es cierto, que lo queremos igual que a ti y que si quiere aprenderemos a jugar soccer ¿verdad Mike?
-Sí Blainey, dile. Jugaremos soccer con él todo el día, pero no queremos que esté enfermo…
Los dos niños siguieron llorando abrazados a Blaine sin que nada pudiera detenerlos. Blaine realmente no tenía ni la más mínima idea de que hacer. Sólo siguió abrazando a los gemelos Bailey. Finalmente Blaine sentía que estaban sufriendo el mismo dolor que él: su hermano, el hermano de Matt y Michael pero también el suyo, estaba recluido en la habitación de ese hospital sin que ellos pudieran hacer nada para ayudarlo.
Blaine tomo a los dos niños de la mano después de un rato y se sentó con ellos en el mismo sillón donde Emma los miraba sin decir nada. Parecía que ella también estaba muy afectada por todo lo que había ocurrido con Nate. Después de un periodo de canciones y sollozos entremezclados, los gemelos Bailey se quedaron dormidos uno al lado del otro, más por el cansancio de haber pasado todo el día llorando, que por las canciones de Blaine.
-¿Qué pasó, Emma?- dijo Blaine mirando a la madre de su mejor amigo- ¿Cómo está Nate?
-Estable- dijo la mujer con voz trémula- los médicos dicen que lo peor ya pasó pero… no sé qué haré si algo le pasa a mi Nate, Blaine, no sé qué haré.
-No le pasará nada- dijo Blaine con mucha seguridad- Nathan es tan necio que ni siquiera ésta enfermedad podrá detenerlo, créeme… pero ¿qué ocurrió?
-Su corazón- dijo Emma un poco más tranquila y deseando creer con toda el alma las palabras de Blaine- después de que ganaran el torneo, fueron a festejar al bar del hotel donde se hospedaban y alguien puso una droga extraña en su bebida. Nadie sabe qué fue ni quién lo hizo pero… su corazón no pudo resistirlo, sufrió un ataque terrible y aunque sobrevivió su corazón quedó muy débil y él….
-¿Qué?- dijo Blaine sin saber a ciencia cierta si quería oír el resto de la de por sí, terrible historia.
-Nathan no podrá volver a jugar soccer nunca más.- dijo la mujer y el llanto volvió a sus ojos- no sé cómo voy a decirle eso Blaine, él amaba jugar. Lo habían convocado al equipo nacional de soccer, Nate iba a participar en la competencia Olímpica de Londres y… ¿Y ahora?
Los sollozos de la mujer volvieron a llenar la sala y Blaine sintió un dolor horrible en el pecho. Aquel idiota que había puesto aquella droga en la bebida de su amigo le había arrebatado a Nate el sueño de toda su vida y eso hacía que Blaine odiara con todas sus fuerzas a aquella persona. Nathan no merecía eso, Nathan era la persona más alegre y optimista que él conociera, vamos, Nathan siempre le había hecho ver la parte colorida de la existencia. Nathan era su hermano y era de verdad algo terrible no poder hacer algo por él ahora. Nada salvo abrazar a Matt y Michael y odiar con todas sus fuerzas al responsable de aquella estupidez.
-¿Cuándo podré verlo?- dijo Blaine quedamente.
-Espera a que un doctor venga- dijo Emma- yo lo vi hace unas horas pero… no fui capaz de decirle nada. Blaine, sé que es injusto pero… ¿puedes tú decirle lo acabo de decirte? Creo que no tendré la fuerza suficiente para hacerlo…
-Emma….
-Por favor Blaine- dijo ella con voz cansada- Erik no puede venir, los vuelos de Italia a América están retrasados por la nieve y yo… por favor Blaine, él te quiere y sé que a ti te entenderá. Te lo ruego Blainey…
-Está bien- dijo Blaine exhalando un profundo suspiro- yo le diré…
Y sin decir nada más, Blaine volvió a abrazar a los pequeños Bailey que seguían sollozando en sueños. La verdad no tenía la menor idea de cómo decirle algo así a Nate pero esperaba poder hacerlo de cualquier modo. Nathan siempre había sido alegre a pesar de todo, pero Blaine no estaba seguro de que siguiera siendo de la misma manera después de que se enterara de que… si ya era imposible pensarlo, si resultaba terrible la sola idea, Blaine no quería saber cómo iba a ser decirle a su mejor amigo que tenía que abandonar su más grande sueño…
Kurt esperaba pacientemente en la sala de espera del pabellón de cardiología del hospital. Había acudido ahí ese día para acompañar a su padre a su chequeo mensual, el cual era siempre una lata y no por el viaje sino porque su papá siempre ponía una y mil trabas para ir al hospital pretextando que no tenia caso ir cuando él se sentía de maravilla pero Kurt había sido inflexible, diciéndole a Burt que sería una tontería no revisarse y más ahora que saldrían de viaje. Finalmente, después de mucho discutir y mientras Carole y Finn preparaban todo para sus vacaciones navideñas en Hawái, Burt y él habían logrado llegar al hospital.
Realmente a Kurt no le hacía mucha ilusión aquel viaje, menos ahora que sabía que todo ese tiempo que pasaría en una playa, alejado del frio de Ohio, era también el tiempo que estaría lejos de Blaine, pero los dos habían estado de acuerdo en que la navidad era para pasarse en familia. Blaine… Kurt había pensado en él todo el día y no quería ni esperaba dejar de hacerlo en toda la semana o en toda la vida si era posible. Blaine y él estaban descubriendo ahora un mundo hermoso de verdad y Kurt pensaba que el paraíso y la felicidad tenían el aroma y el sabor de los besos de Blaine porque no concebía otra forma de imaginarla.
El muchacho de los ojos azules sonrió automáticamente al pensar en el recuerdo de esos dos días. Parecía imposible, pero en solo 48 horas había experimentado de un solo golpe la felicidad que le había faltado en 17 años de vida.
Sin dejar de sonreír y haciéndolo sólo porque no había otro lugar hacia dónde mirar Kurt posó su mirada en una mujer que lloraba en silencio en el fondo de la sala y luego en los pequeños niños rubios que dormían a lado de su madre. A Kurt aquella imagen le recordaba algo familiar pero no sabía qué. Aquellos rostros tristes le traían la memoria de una cara que había visto antes pero ¿de quién? La respuesta a su pregunta llegó cuando Kurt vio como uno de los médicos se acercaba a la mujer y la llamaba señora Bailey.
Bailey… ¿era posible que aquella mujer y que aquellos niños fueran…? Kurt se levantó del sillón en el que había estado y con algo de aprehensión se acercó a la mujer que posaba su barbilla en la frente de uno de sus pequeños hijos con la mirada perdida en el vacío.
-Perdone- dijo Kurt con voz suave tratando de parecer lo menos entrometido posible, pero si ella era quien creía que era entonces tenía un motivo para inmiscuirse- no pude evitar escuchar que es usted la señora Bailey y bueno, me preguntaba… ¿es usted la madre de Nathan?
-Sí- dijo la mujer amablemente pero sin que la tristeza abandonara su voz- lo soy ¿eres amigo de Nate?
-Sí- dijo Kurt algo preocupado- él… ¿Nathan está bien?
-Por el momento sí- dijo Emma con voz cansada- Blaine está con él. Despertó hace poco y… creo que puedes entrar a verlo si quieres. Yo lo haré más tarde. Pregunta a la enfermera si es posible y… ¿eres amigo de Blaine?
-Sí- dijo Kurt sintiendo a pesar de la situación, la misma sensación cálida de siempre al oír nombrar a Blaine- soy amigo de los dos…
-Blaine va a necesitarte entonces- dijo Emma- ve con ellos, puedes hacerlo si quieres.
-Lo haré- dijo Kurt decididamente. Si Blaine lo necesitaba y Nathan también no debía de perder ni un minuto más- y señora Bailey… Nate estará bien, yo lo conozco y sé que no hay nada que pueda borrar la sonrisa de la cara de su hijo…
-Ojalá y sea así- dijo Emma sonriendo- anda, ve con ellos…
Kurt se encaminó hacia la enfermera de la recepción para pedirle el número de la habitación de Nathan y se dirigió rápidamente hacia allá apenas lo supo. Era de verdad terrible que Nathan estuviera en aquella situación, le parecía inconcebible. Más ahora que sentía que en el mundo todo era felicidad y amor. Más ahora que estaba seguro de que Blaine…
Kurt abrió la puerta de la habitación de Nathan con mucho cuidado y lo que escuchó y vio le heló la sangre de un solo golpe: Blaine sostenía una de las manos de Nathan cariñosamente mientras con la otra acariciaba los rizos cobrizos del chico, que aunque pálido y mucho más frágil que nunca, estaba sonriéndole a Blaine con verdadera adoración. Kurt no entendía nada de aquello. Él sabía que Nathan y Blaine eran algo así como los mejores amigos del mundo entero pero… ¿por qué se sentía así? Tan celoso, tan enojado…
-Yo te amo- dijo Blaine a Nathan haciendo palidecer a Kurt- yo te amo de verdad y no quiero que vuelvas a hacerme algo así. No soportaría no tenerte conmigo ¿entiendes?
Kurt volvió a cerrar la puerta de la habitación de Nathan sin hacer ruido. Corrió hacia la salida del hospital a tomar un poco de aire pero ni siquiera así pudo calmar el torbellino que se había desatado en su cerebro y en su corazón. Aquellas palabras de Blaine le habían dejado el alma en mil pedazos porque… porque aquello significaba que Nathan siempre había sido todo para Blaine, que él sólo había significado un juego de unas horas para el chico de los ojos color avellana, que Blaine siempre había negado sus sentimientos hacia Nathan pero ahora que había estado a punto de perderlo se había dado cuenta de que siempre lo había amado a él y sólo a él.
Kurt golpeo con fuerza una de las paredes de la entrada del hospital haciéndose daño. Pero no importaba ¿cómo había podido ser tan ciego? ¿Cómo? Y a pesar de que una voz en su interior le gritaba que no era así, que Blaine lo quería de verdad, que lo había dicho muchas veces con sus besos, con su mirada, Kurt no quería escucharlo. De verdad no quería porque era más fácil creer que Blaine no lo amaba, que Blaine siempre había amado a Nathan. Y eso era así porque a pesar de todo lo vivido, a pesar de haberle dicho mil veces te quiero a Blaine, el muchacho de los ojos color avellana nunca había dicho un te quiero para él…
