Gracias a todos por sus reviews Wow 24! Son muchisimos! De verdad que me hacen feliz, no duden en dejar más, para aquellos que preguntas ¿Por qué gomitas? Creo que en este capitulo lo descubriran, es bastante comico así que dejen de sufrir y leeanlo de una vez, besos y abrazos ciberneticos criaturas del señor Mellark C;
Cuando los giró, solté un pequeño jadeo pero rápidamente lo convertí en una tos e intenté parecer inocente incluso mientras un arcoíris lluvioso corría por el parabrisas. Peeta inclinó la cabeza pareciendo confundido por los colores que los limpiaparabrisas estaban produciendo. Cada vez que cambiaban un nuevo arcoíris se dispersaba por el parabrisas.
Peeta sonrió, alzando las cejas.
—¿Qué demo…?
Me mordí los labios para impedir que rompiera a reír. La mirada en su rostro, tan desconcertado, me tenía lista para rodar por el piso riendo histéricamente, pero hice mi mejor esfuerzo por mantener el rostro serio y también parecer desconcertada.
Porque, bueno, no quería que supiera que fui yo. Simplemente no quería. No quería que supiera que había estado pensando en él, y que había puesto golosinas en su auto. Solo porque era vergonzoso. Porque ya sabía, sabía que estaba muy y estúpidamente enamorada de él.
Durante un instante, casi me permití pensar que estaba a salvo y escaparme con mi truco de chica acosadora. Mi corazón comenzó a tranquilarse ligeramente.
Solo que…
Entonces noté que la bolsa de gomitas de osos estaba sobresaliendo del bolsillo de mi chaqueta. ¡Oh, no! La guardé bien adentro rápidamente, tratando de hacerlo inadvertidamente, esperado que Peeta no lo hubiera notado. Solo que fui totalmente atolondrada al hacerlo, porque ¡caramba!, hubo evidencia total de que yo era la bromista que produjo el arcoíris.
Hizo que mi corazón se alborotara. Miré rápidamente a Peeta a hurtadillas. En sus labios jugueteaba una sonrisa divertida, pero eso podría haber sido solo por el arcoíris en el parabrisas, por lo que no estaba segura de si había notado la bolsa en mi bolsillo o no. Era difícil saberlo con Peeta. Parecía ser el tipo chico despreocupado, fácil de tratar, y aún así parecía que no se le escapaba nada. Nada. Y no ayudaba el hecho de que siempre tuviera una sonrisa sardónica en el rostro, como si conociera un secreto divertido o una broma o algo, y realmente quisiera compartirla, solo que sabía que sería completamente inapropiado.
Siempre lucía así. Como si tuviera un chiste en la punta de la lengua. Entonces, era difícil leer sus expresiones.
De todos modos, no quería que hablara de los ositos de goma, de ninguna manera. Si decía una sola palabra acerca de ellos, mi tapadera sería descubierta. Me rubozaría toda y empezaría a tartamudear o a reírme histérica. O algo. Me entregaría completamente. Entonces, no podía darle la oportunidad de hablar.
Abrí el teléfono celular y comencé a hablar inmediatamente, actuando como si acabara de recibir una llamada.
—Estoy yendo —dije a la línea muerta, y luego agregué con una voz refunfuñona—. Me perdí el autobús.
Seguí hablando más y más, sintiéndome como una lunática, charlando acerca del recital de piano al que había ido la semana anterior; quería que Peeta supiera que yo también era música, al igual que él, pero sobre todo, estaba preocupada por no hablar de los ositos de goma.
Cuando finalicé la llamada, le sonreí a Peeta, relajada, como si no se me estuviera por salir el corazón del pecho.
—Gracias por el aventón. —Sorprendentemente, tenía la voz tranquila y dinámica, como si aceptara aventones de chicos malos todos los días y tan solo estuviera haciendo algo de costumbre—. ¿Puedes dejarme en la casa de mi amiga Annie? Vive al final de la manzana y hacia la derecha. Me está esperando.
No sé por qué agregué eso último. No era como si fuera una amenaza. Annie me está esperando y si no llego en cinco minutos, enviará a la policía a buscarme.
Quiero decir, no temía que Peeta me secuestrara ni nada por el estilo. Pero por otro lado, era un tipo muy fuerte y no lo conocía en absoluto. Era casi como si hubiese aceptado un aventón de un extraño, uno que ya había besado tres veces, y con quien había soñado constantemente. Aún así, no lo conocía. Lo único que sabía es que era un problema en el hielo y en la escuela. Cuando estábamos en la secundaria, él y Marvel solían ir a detención casi todos los días.
Aún así, estaba avergonzada por haber agregado me está esperando por lo que rápidamente continué—: Estamos, eh, haciendo juntas un proyecto, para la obra de la escuela. Una recaudación de fondos.
Íbamos a hacer todo eso, pero no hoy. Hoy solo iba a presentarme en su casa, inesperadamente, y a enloquecerla si me veía bajar del auto de Peeta. Sin embargo, lo más probable era que Madge lo viera. Ella vivía justo al otro lado de la calle, y tenía un radar asombroso para detectar a Peeta y a su auto. Enloquecería completamente si me veía salir de él.
En el poco tiempo que tomó llegar a la casa de Annie, el cielo se había despejado y el sol incluso se asomó un poco en medio de las nubes.
—Se supone que será una linda noche —dijo Peeta, como si también hubiera notado el sol.
Se me quebró la voz.
—Sí, eso escuché.
Ahora estábamos en el bordillo de Annie. No estaba segura de si quería salir de un salto de su auto o quedarme y tener una verdadera conversación con él. La idea de conversar con Peeta era tanto aterradora como emocionante al mismo tiempo. Me hizo sudar.
Peeta pareció notarlo, no que estuviera sudando (espero), sino que no salí de un salto cuando detuvo el auto. Sonrió un poco. Luego trabó los ojos en los míos, quitándome el aliento.
—Algunos de nosotros iremos al río esta noche, para salir un rato. ¿Quieres venir?
—Oh… yo, eh. —Pude sentir cómo se me ruborizaba el rostro, y también las orejas. El momento era muy irreal. Lo había deseado tanto, que me invitara a salir, que prácticamente estaba viendo estrellas.
Sin embargo…
—No puedo. —Suspiré—. No soy del tipo que sale a dar una vuelta al río.
—No. Lo sé —dijo Peeta—. Pero… —Negó con la cabeza—. Bueno, está bien. Si no quieres hacerlo.
—¡No! Sí quiero. —Lo dije de nuevo—: Quiero hacerlo. Pero no puedo, porque no soy así, del tipo que va a una fiesta al río. —Estaba por dejarlo así, pero entonces continué con el parloteo—: Pero si lo fuera, definitivamente iría contigo.
Peeta levantó una ceja, pareciendo divertido.
—Entonces ven.
Negué con la cabeza, lamentándolo, pero completamente resuelta. Había escuchado historias acerca de las fiestas junto al río. Eran para beber y enrollarse. Dos de las muchas, muchas (muchas) cosas que no hacía.
—No puedo —le dije.
Sonrió un poco.
—Está bien. Es solo que… —Su sonrisa creció—. Ese beso… —Arqueó las cejas—. Me gustó.
Gemí.
—A mi también.
Salí del auto rápidamente y me dirigí hacia la casa de Annie antes de que el
corazón estallara de deseo. Y antes de que pudiera cambiar de opinión.
Comencé a hacer esta cosa. Todos los días. Era como una compulsión. Tenía que hacerlo. Tenía que dejar algo en el casillero de Peeta. Generalmente, era una galleta o una magdalena. A veces un poema. A veces las tres. Pero siempre algo. Y siempre anónimo.
No sé por qué tenía que hacerlo. Supongo que era simplemente porque sentía algo retorcido y estúpido por Peeta, y no podía hacer nada más al respecto. Quiero decir, no podía tener una cita con él, por supuesto. Pero tenía todos esos sentimientos por él y necesitaban ser liberados... Eentonces galletas.
Solo que un día Peeta se acercó a mi casillero después de haberle dejado una enchilada en una bolsa de plástico para él. La hice en la clase de cocina, y a pesar de que, sí, era súperloco, también le había pegado un tenedor de plástico en el casillero, para que pudiera, tú sabes, comerlo.
Incluso me había escondido detrás de la esquina y lo observé devorarlo. Había sido muy gratificante ver su sonrisa adorable y sorprendida cuando llegó al casillero y encontró la enchilada y el tenedor. Me produjo estas enormes y dramáticas cosquillas en el estómago. Una gran ráfaga.
Ahora sentía esa misma sensación cuando cerré el casillero y estaba Peeta, a mi lado. No habíamos hablado desde ese día en su auto, hacía casi una semana y media. Al verlo ahora, me quedé sin aliento.
—¿Me estás dejando regalos? —dijo.
—Eh… —Muy nerviosa, temblorosa, y ruborizándome, comencé a juguetear con la combinación de mi casillero, a pesar de que recién había sacado todo lo que necesitaba—. ¿Regalos?
Seguí tratando de abrir la cerradura, girándola hacia un lado, luego hacia el otro, como si me estuviera dando problemas, como si no la hubiese abierto a cada hora desde el comienzo del primer año. Solo que lo extraño era que me estaba dando problemas. No podía recordar la combinación que me salvaría la vida. En realidad, no podía recordar mi propio nombre. Lo único que tenía en la mente eran los ojos con largas pestañas de Peeta. El modo en que me estaba mirando me desordenó el cerebro.
—Sí, regalos, comida y poemas y osos de goma. —Me hizo a un lado y giró la cerradura durante un momento, moviéndola con propósito, entonces, guau, abrió mi casillero.
Se me aceleró el corazón, incluso con mucha más violencia de lo que lo había hecho, no solo porque mágicamente de algún modo sabía la combinación de mi casillero (aunque, ¡guau!), sino que sus grandes y cálidas manos «Peeta» me habían tocado amablemente la cintura cuando me movió a un lado. Su simple toque me debilitó las rodillas y las hormonas se me salieron de control.
—¡Espera! ¿Cómo hiciste eso? —exclamé, intentando mantenerme concentrada en mi casillero en lugar de sus grandes y seductoras manos. Quiero decir, conocía la combinación de mi casillero. Eso era bastante espeluznante… aunque asombroso.
Peeta sonrió pero no contestó. En lugar de eso, levantó las cejas.
—¿Me estás dejando regalos?
—No —le mentí, pobremente, sin mirarlo. Metí la cabeza en el casillero, como si necesitara encontrar algo importante allí dentro, algo como el Santo Grial.
Seguí mintiendo, tan pobremente como antes.
—Ni siquiera sé de qué estás hablando… ¿Poemas?
Peeta rió suavemente y sacó uno de mis poemas «anónimos» del bolsillo. Estaba escrito en una hoja con forma de una guitarra de plata, exactamente igual al bloc de notas con forma de una guitarra que estaba sosteniendo en las manos.
¡Grrr!
Peeta miró abiertamente al bloc que se desmoronaba de mi agarre sudado. Sin embargo, no dijo nada, porque bueno, no necesitaba hacerlo. Justo allí estaba la prueba, en mis manos húmedas… Yo era una chica rara, extraña, acosadora con un raro y extraño enamoramiento de él. Y era una mentirosa.
¡Grrr-rrr!
Guardé el bloc de notas dentro del casillero y lo cerré lentamente. Luego me volví hacia Peeta.
—Tal vez te escribí uno o dos poemas —mascullé.
—Eres extraña.
Sin embargo, Peeta sonrió cuando lo dijo, como si tal vez no fuese algo malo. Luego se inclinó hacia mí, quitándome el cabello hacia atrás y me susurró bajo en el oído—: Me gusta lo extraño.
Se me salió el corazón de la caja torácica. Prácticamente me derretí en un charco allí mismo, a sus pies.
Peeta se alejó con una sonrisa perezosa y me entregó un papelito.
—Aquí tienes la combinación de mi casillero. —Su sonrisa se ensanchó—. Deja los regalos dentro del casillero. Solo porque Hailey se pone celosa. No es mi novia ni nada, pero es medio… territorial. No quiero que te lastime ni nada.
—Oh —le dije, un poco confundida—. Yo tampoco.
Se rió con eso, y luego se fue hacia la multitud del tráfico estudiantil y yo me quedé temblando y mareada y aún preguntándome: ¿cómo sabía la combinación de mi casillero?
¿Cómo sabía Peeta la combinación de mi casillero? ¿Cómo?
La pregunta me tenía inquieta, pero emocionada al mismo tiempo. Me lo pregunté durante toda la clase de historia mundial. ¿Cómo la había conseguido?
Me tenía pensando en eso en lugar de estar tomando notas para el examen del día siguiente, como se suponía que debía estar haciendo. Pero la cuestión era que parecía un poco romántico, un poco. Como si tal vez me hubiese estado acosando mientras yo lo acosaba a él. Tú sabes, estudiando mi casillero mientras yo le dejaba regalos en el suyo.
La idea me hizo sonreír y sentí hormigueos por todo el cuerpo, a pesar de que me daba cuenta de que esto era imposible. Quiero decir, Peeta y yo, nunca podríamos ser. Ni pareja. Ni nada.
Pero aún así, me emocionaba pensar que a Peeta le había importado lo suficiente para que de algún modo obtuviera la combinación de mi casillero… Quiero decir, puesto que no lo había destrozado, ni robado nada de él.
La idea me hizo fantasear y emocionarme y dibujar corazones en las notas.
Pero entonces, mientras aún estaba en la clase de historia, todavía en una nube, soñando con el gran y fuerte Peeta acosándome dulcemente, recibí un mensaje de texto del mismo Peeta.
Ver que el mensaje era de él me hizo jadear y prácticamente desmayarme. Está bien, lo admito, no se necesita mucho para ponerme frenética, especialmente no cuando se refería a algo con Peeta. Lo que fuera con él. Pero aún así, esto era algo importante. La primera vez que me contactaba sin estar frente a él. Quiero decir, él estaba en otro lugar, pero obviamente estaba pensando en mí. Qué dulce.
Cerré los ojos, tratando de recuperar el control de mi corazón y las oleadas de mariposas que me invadían el estómago.
Finalmente, sentí que podía respirar sin perder la conciencia, por lo que le eché un vistazo al mensaje de Peeta. Esto es lo que decía: Estaba escrita en tu carpeta.
Parpadeé. ¿Qué?
Obviamente no tenía idea de lo que estaba hablando. Ninguna. Durante un par de minutos me quedé rascándome la cabeza, intentando descubrirlo, pero finalmente me di por vencida, y le respondí por mensaje de texto: ¿?
Solo segundos después me llegó la respuesta de Peeta: La combinación de tu casillero. Está escrita en tu carpeta.
¿Qué?
Miré la carpeta de historia mundial.
Sí. La combinación estaba justo en el frente, en letra grande y grabado en madera. ¡Duh! Me palmeé el rostro, y murmuré para mis adentros.
—¡Dios! Soy una idiota.
Me había olvidado completamente de que ayer Madge me había garabateado la combinación allí cuando le presté la carpeta con todas las notas de historia. Anotó la combinación rápidamente porque le pedí que dejara la carpeta en mi casillero cuando terminara de usarla.
Dándome cuenta de eso ahora, casi me reí en voz alta, a pesar de que estaba trágicamente triste, lo cual era patético en realidad. ¡Fui tan tonta! Esperando que Peeta me estuviera acosando. ¡Já! Por supuesto que no lo estaba. Debería haberlo sabido. Él no era patético y extraño como yo. Tenía una vida.
Garabateé los números, murmullándome y sintiendo un triste dolor en el corazón, algo así como una desilusión que sabía que no debía sentir. Quiero decir, sabía que Peeta y yo no podríamos estar juntos. Lo sabía. Entonces, debería haber estado aliviada de que no estaría dando vueltas a mí alrededor intentando tentarme. Debería haberme alegrado.
Le escribí a Peeta: Oh.
Después de enviárselo, supuse que probablemente debería haber escrito algo más. A mitad de la clase, agregué: Gracias.
Luego pasé el resto de la clase preguntándome: ¿Cómo consiguió Peeta mi número de teléfono?
