Título: Reencuentros
Fandom: LHDP
Pareja: Pepa/Silvia
Disclaimer: La mayoría de los personajes presentes en esta historia pertenecen a Antena 3 y Globomedia, yo sólo los he cogido prestados durante un rato para escribirla.
Los comentarios y opiniones de cualquier índole son simpre bienvenidos. :)
Capítulo 11 – Reencuentros
Silvia estaba que se subía por las paredes. Había pasado tanto rato haciéndole preguntas al Doctor que casi sin darse cuenta, Pepa había vuelto a dormirse ante sus ojos. Sólo el arduo esfuerzo del Doctor Prieto había conseguido convencerla de que Pepa simplemente había caído rendida por el sueño y no estaba nuevamente en coma. Parecía como si estas últimas semanas, todos sus conocimientos sobre medicina se hubieran ido de vacaciones.
Pero lo cierto era que no había sido la Doctora Castro la que había estado velando a Pepa día y noche desde aquel fatídico día, había sido Silvia, la mujer de Pepa. Y poco importaba lo mucho que pudiera saber acerca del funcionamiento del cerebro humano o de la convalecencia de un paciente; lo cierto es que cuando se trataba de Pepa, la pelirroja simplemente perdía la mesura y el talante que tanto la caracterizaban.
No se había atrevido ni a tocarla desde que se había despertado hacía ya casi cinco horas. La tarde había dado lugar a la noche, y el hospital se encontraba inundado por el silencio propio de esas horas. La situación sólo ayudaba a que la, ya de por sí hiperactiva, mente de Silvia no parara de darle vueltas a ese momento. El momento en el que Pepa había abierto esos ojos verdes y le había hablado. Su Pepa estaba de vuelta con ella.
Y sin embargo, Silvia no era capaz de entender por qué, pero era incapaz de acercarse a ella y tocarla como tantas otras veces había hecho a lo largo de las pasadas semana. Algo había cambiado, se sentía insegura y descolocada, como si las normas hubieran cambiado de golpe y nadie le hubiera mandado la circular con las nuevas reglas a seguir. No lo entendía, y así llevaba horas y horas, contemplando el rostro de Pepa, que parecía dormir plácidamente.
Lo raro es que el Doctor Prieto no me haya echado del hospital todavía, pensó contrariada sin poder evitar sacudir la cabeza al recordar los hechos de esa tarde. Silvia era perfectamente consciente de que su actitud en los momentos posteriores al despertar de Pepa había sido cuando menos obsesiva. Prácticamente le había enumerado al médico una lista de pruebas que ella consideraba imperativas para corroborar la recuperación de Pepa. Pruebas que, reflexionando ahora sobre ello, se daba cuenta de que eran totalmente desproporcionadas. El médico, sin embargo, la había dejado hablar y exponer sus razones antes de sugerirle, amablemente, la posibilidad de limitar las pruebas a aquellas que sirvieran para verificar que el cerebro de Pepa no había sufrido daños permanentes, y alguna otra relacionada con su capacidad pulmonar. Intentando no hacer sentir a Silvia en ningún momento como una lunática por el hecho de haber sugerido pruebas de lupus y gripe A como medidas de prevención. Pero lo cierto es que volvía de nuevo a lo de antes, cuando algo atañía a Pepa, la cordura solía abandonar a Silvia, era un hecho que había aceptado hacía tiempo.
En esa tesitura se encontraba todavía la pelirroja cuando los ojos de Pepa volvieron a abrirse y, tras conseguir enfocarlos lo suficiente como para ver en la tenue luz que iluminaba la habitación, así se la encontró. Pensativa y manteniendo una peliaguda discusión mental consigo misma. La sonrisa acudió rápidamente a los labios de Pepa, que estaba encantada de ver a su princesa inmersa en una de sus poses más características.
El leve movimiento de la cabeza de Pepa hizo que Silvia abandonara la discusión para centrar su atención en la mujer que se encontraba en la cama. Y cuando alzó la vista se encontró de golpe con la sonrisa divertida de Pepa, que lejos de calmarla propició que su estado de ansiedad se multiplicara por mil. La pelirroja se incorporó rápidamente y se acercó a la cama de Pepa, pero cuando estaba a escasos centímetros de su mujer se freno en seco, como detenida por una fuerza invisible que le impedía acercarse más.
–¿Tienes sed? –preguntó de sopetón, y la sonrisa de Pepa se desdibujó rápidamente de su rostro–. ¿No?, ¿hambre? Seguramente tengas hambre. Puedo ir a buscarte algo si quieres, porque a estas horas la cocina está cerrada...pero a lo mejor un zumito de la máquina expendedora, ¿te apetece? –las palabras de Silvia se atropellaban unas a otras, y ella no paraba de moverse de un lado a otro de la habitación a medida que su idea iba cambiando. Primero hacia la mesita para coger el agua, luego hacia la puerta para salir a por el zumo, Pepa se estaba mareando nada más que de seguir los movimientos erráticos de su mujer. Trató de llamarla, pero aún parecía costarle trabajo hablar, así que Silvia continuó con su retahíla de proposiciones sin hacer demasiado caso a lo que Pepa realmente necesitaba.
–¿Un zumo entonces? –y al ver la mirada atónita de Pepa, Silvia pareció darse cuenta de algo que había olvidado, no entendiendo el gesto perplejo de su mujer por lo que realmente era–. ¡Joder! –dijo llevándose una mano temblorosa a la frente–. Tienes razón, pero que gilipollas soy. Si todavía no puedes comer ni beber cosas con demasiada consistencia. Seré idiota… –volvió a mirar a Pepa, que no dejaba de contemplarla no dando crédito a la escena, pero Silvia era incapaz de parar, era como si uno de esos amables dependientes de unos grandes almacenes que te bombardean a preguntas se hubiera apoderado de su cuerpo, y era incapaz de dejar de ofrecerle cosas a Pepa mientras se movía de un lado a otro sin parar, su nerviosismo aumentando por momentos. –¿Tienes frío?, ¿quieres que te traiga otra manta? Estoy segura de que en…en el puesto de enfermeras tienen algunas guardadas para estas situaciones. Seguro que sí, voy…voy por ella, ¿vale?
–¡Sil…via! –la voz entrecortada de Pepa frenó de golpe las palabras y los movimientos de una Silvia que se encontraba ya a meros centímetros de la salida. Y allí se quedó, petrificada, mirando la puerta para evitar tener que girarse y enfrentarse a Pepa.
–Sil… –Pepa pronunció el nombre con dulzura esta vez, a penas un susurro con el que intentaba que la pelirroja la mirara, y Silvia no pudo negarse. Se giró poco a poco, pero permaneció pegada a la puerta. Sus ojos encontraron la figura de Pepa que la observaba desde la cama con una mirada que Silvia ni podía ni quería descifrar.
La morena levantó su brazo levemente y le tendió la mano a Silvia como pudo, la torpeza de sus movimientos tras el coma todavía evidente. –Ven. –le dijo, y un alivio tremendo invadió a Pepa l ver que Silvia, tras dudar unos segundos, por fin empezaba a aproximarse a su cama con pasos titubeantes.
Cuando ya estaba al alcance de la mano de Pepa, Silvia se detuvo de nuevo. Y el miedo y las dudas eran tan evidentes en sus ojos que la morena no pudo si no enternecerse, comprendiendo la actitud de su princesa, así que no la apremió, dejó que Silvia hiciera las cosas a su ritmo y simplemente dejó su mano tendida, invitando a su mujer a cogerla cuando estuviera lista.
Fueron unos segundos eternos para ambas, Silvia alargaba las yemas de sus dedos para rozar la mano de Pepa, pero se frenaba cuando la morena ya casi podía sentir el calor de su piel sobre la suya. El temblor de su mano delataba sus nervios y su miedo, así que Pepa se mantuvo firme por las dos y permaneció con su mano tendida, hasta que una Silvia vencida por las emociones se atrevió por fin a rozar los dedos de Pepa suavemente, y un sollozo se escapó de su garganta a la vez que su cuerpo se estremecía por el contacto. Pepa estaba allí, con ella, era real.
Las lágrimas se agolparon en los ojos de Silvia, y por fin tuvo el valor de separar su vista de la mano que no dejaba de delinear con sus dedos para mirar a los ojos de Pepa. Y su Pepa estaba allí, mirándola con esa sonrisa que le daba vida cada día y que tanto le había faltado durante esas semanas.
–Lo siento –consiguió decir entre lamentos, ni siquiera sabía por qué le pedía perdón. Era por todo y por nada, por no haberla ayudado lo suficiente, por el recibimiento de esa tarde, por los miedos que creía que habían desaparecido pero se había dado cuenta de que seguían ahí. Silvia no sabía por qué se disculpaba, pero no dejaba de repetirlo–. Lo siento, Pepa. Lo siento…
Pero Pepa no quería escuchar disculpas que no entendía, así que se limitó a apretar la mano de Silvia y a tirar de ella con la poca fuerza de la que disponía, la suficiente como para conseguir acercar a Silvia más todavía, y esta no dudó en acurrucarse a su lado como tantas otras veces había hecho en esta misma cama de hospital. Hundiendo su cara en el cuello de Pepa y dejando que las lágrimas que había contenido tanto tiempo salieran libremente. Sintió el cuerpo de Pepa pegado al suyo, y su respiración, y la mano de Pepa en la suya dibujando figuras con su pulgar en su dorso. Y dejó que las sensaciones la envolvieran, Pepa estaba bien, estaba allí con ella…y entonces, ¿por qué no puedo parar de llorar?
Continuará...
