Final Feliz
Querida Diario:
La noche que te encontré,mi querida Alice, vagaba en las calles hecho un montón de cenizas, como si mi espíritu hubiera sido incinerado y sólo quedara mi cuerpo, un cascarón roto, enfermo.
La sed se había apoderado completamente de mi ser, y me pedía a gritos matar, aún cuando sólo habían pasado doce horas desde mi último asesinato.
Los recuerdos de como había dado muerte a mi inocente víctima eran terriblemente frescos: Doblé su cuello hacia atrás, deslicé mis dedos sobre su piel suave y lacerada, y fue entonces cuando clavé mis dientes en ella, cuando bebía su sangre, experimentaba un torrente de placer que me hacía creer que estaba vivo, conectado de alguna forma al mundo mortal.
Días después a nuestro encuentro me confesaste que precisamente por ese crimen me habías localizado.
Al principio me odié.
Me habías visto mientras gozaba bebiendo la sangre de mi víctima.
Me habías visto cuando cedí a la tentación. No sabías nada de mis largos meses de abstinencia, en los que, conteniéndome, vagaba como alma en pena.
Sólo viste la repentina liberación de mi impuro deseo de succionarle el alma, de alzar su corazón en su carne dentro de ella, de arrancar de sus venas cada preciosa partícula de su ser que anhelaba seguir viviendo.
Fue vergonzoso que tan monstruosa conducta fuera la clave de nuestro encuentro.
Cuando me lo confesaste, pude sentir que lo habías callado por temor a alarmarme o herir mi tierna sensibilidad.
Sonreí. Lo único que hacía desde que te tomé la mano en aquella cafetería. Nunca olvidaré las primeras palabras que logré articular después de haber escuchado atentamente tu fantástica explicación acerca de las visiones y el futuro que nos esperaba juntos.
-Alice, no conoces el silencio y la soledad que me rodean, y espero
que nunca los conozcas; me has procurado calor sin muerte, alimento sin
sangre. Me alegro de que hayas venido.
Tú alzaste la vista al cielo, como suelen hacer los jóvenes.
Pedimos los cafés, tal como esperan de nosotros los mortales, y gozamos con
el calor y el aroma mucho más de lo que éstos pueden llegar a imaginar, removiendo el contenido de nuestras tazas con las cucharillas.
Era la primera vez en casi cien años que compartía "alimento mortal" con uno de mi especie. Temí haber olvidado los modales adecuados para ese tipo de situaciones.
Pero no las olvidaste cariño, tú te comportaste como todo un caballero toda la velada.
Yo tenía ante mí un postre de color rojo. El postre no fue degustado, por supuesto. Lo pedí sencillamente porque era rojo —fresas con almíbar— y emanaba un aroma dulce que habría atraído a las abejas.
Volví a sonreír, nunca me hubiera imaginado que pedirías un postre. Definitivamente a diferencia mía eras y sigues siendo impredecible.
A partir de esa noche hemos sido inseparables, y cada día que pasa el amor y admiración entre nosotros crece naturalmente como siempre había estado destinado a ser.
Estimado Diario como podrás ver, al final mi historia tuvo un final feliz, encontré a mi príncipe y lo mejor es nunca ninguno de los dos volverá a sentir miedo o soledad porque jamás vamos a separarnos.
Con cariño
Alice y Jasper.
