Hola chicas(os)

No sé que ha estado pasando últimamente con mi servicio de internet, o si es que la página está congestionada… Porque desde hace 4 días que he estado tratando de subir el bendito capítulo, y nada que había podido… Pero bueno, espero que les guste, aunque sé que muchas van a querer mentarme la madre…

D:

Hahahaha…

¡Cuídense!

CAPITULO 11

ALGO EXTRAÑO

Mi Señor, usted debe saber ya que soy simplemente una de sus demás pertenencias… Mi vida y mi corazón sólo responden a su llamado. Mi más grande deseo consiste en permanecer a su lado sirviéndole como usted guste. Carece de importancia cómo, o bajo qué condiciones. Debe saber que soy suya; mi cuerpo, corazón y vida están a su completa disposición. Mis sentimientos hacia usted son demasiados, como para poder seguir guardándolos dentro de mí; afloran a través de mis ojos, mi boca, mi piel. Afloran tanto, que mi delicado cuerpo es incapaz de seguir conteniéndolos más.

–Mi Señor, ¿hacia dónde nos dirigimos? –preguntó algo cansada Rin.

No obtuvo respuesta. No obstante, se sentía lo suficientemente mal como para volver a formular la misma pregunta.

Tenían aproximadamente un día caminando, como era costumbre de antaño, cuando solían hacer aquellos extensos recorridos por doquier. Cuando ella era una pequeña niña, Jaken-sama estaba en capacidades de seguirles el paso, y el Lord seguía siendo físicamente exacto a lo que es hogaño.

En todo el recorrido, Sesshoumaru-sama le había llevado a cuestas sobre su propia espalda. Su ropa húmeda se hubo secado sobre su cuerpo, pero de alguna extraña manera no hubo pescado –como sería normal– un resfriado.

Desde hace muchas horas que su amo no le dirigía la palabra. Lo más probable es que se encontrara disgustado por la actitud que había presentado antes. Si fuese cuestión de admitir algo, sería que se había comportado malagradecidamente, y por demás irrespetuosa; de manera que no se encontraba a la espera de recibir alguna palabra por parte del Lord. No la merecía, al igual que tampoco merecía tal muestra de cuidado de parte de él… ¡Pero es tan inadmisible que haya asesinado a Aoi-sama!

Bueno, pensándolo mejor, el monje fue muy irrespetuoso conmigo. –caviló la chica. –Se atrevió a besarme… –evocó. Se sonrojó ipso facto, al recordar las circunstancias bajo las cuales se dio lugar a tal acaecimiento.

Tan distraída estaba que no pudo evitar darse cuenta de que Sesshoumaru-sama se hubo detenido en medio del bosque, sino hasta unos instantes después de tal acción.

Bajó del regazo de su amo, colocándose de pie sobre el húmedo suelo, intentando bajar un poco el haori negro que le fue dadivado por su amo.

Ya casi se ponía el sol, pero aún le era posible apreciar el calor que emitían los pocos haces que lograban colarse entre las copas espesas de algunos árboles que rodeaban inminentemente el paraje. Casi podía aseverar que aquellos exiguos y nimios halos, con toda su incandescente luminosidad, podrían ser capaces de calentar un poco su blanquecina piel.

Esbozó una lánguida sonrisa al ver a su amo.

Sesshoumaru caminó a acompasados y parsimoniosos pasos en dirección a un gran árbol que se encontraba a algunos 4 metros –quizá– de su lugar, dándole la espalda.

El hálito de una resquebrajosa brisa insulsa removió un poco los cabellos del Lord. Halos de luz daban a aquellas hebras platinadas un hermoso tono aloque, haciendo de la escena, toda una obra de arte digna de ser perpetuada.

La piel tersa y nacarada de sus manos, sus filosas garras se extendían con todo orgullo. Las mangas del kosode negro brillaban con tal refulgencia, que podría aseverar que cada rayo de sol se encargaba de su trabajo con vehemencia, solamente para poetizar la efigie del gran Señor.

Aquel proscenioso efeméride se inmortalizó de antemano en sus remembranzas, en lo profundo de su corazón, en lo más recóndito de su mente. Guardado bajo inquebrantable seguro, para no ser olvidado en la vida.

–Rin, busca alimentos para ti. –ordenó el Lord. La aludida asintió con la cabeza, y partió inmediatamente, después de reverenciar levemente a su amo.

Algún resquicio de suspiro se escapó de los labios entreabiertos del Lord.

Hace mucho tiempo que no se encontraba aparentemente sólo en un bosque, y deseaba aprovechar cada momento para mantener cavilaciones.

En todo el tiempo que había pasado, podía concluir dos cosas: La primera, que estuvo equivocado desde siempre. La primera mujer que fue capaz de descongelar su álgido corazón no fue Kagura. La segunda, que de nueva cuenta erró. No fue Kagura la primera mujer a quien amó.

Se podría resumir en patético que estuviera pensando en amor, cuando fue él quien más criticó a su padre por tal atrocidad.

Enamorarse de una mujer humana.

Tal parece que amar fue el legado más grande que su padre pudo haber dejado. A su ototto, y a él.

–Mi Señor, he regresado. –anunció Rin.

La chica traía algunas frutas frescas. No había ningún río cerca, lo que imposibilitaba pescar algún pez.

Dejó las frutas sobre una gran hoja verde a una distancia prudente de él, encima del suelo, y empezó a recoger algunas pequeñas ramas secas con que pudiera mantener encendida una fogata.

Era evidente que pasarían la noche en ése lugar, y de hecho, empezaba a helar desde entrada la tarde.

Quizá su amo no sentiría el frío de la noche, pero ella estaba bastante descubierta, y era muy susceptible a las gélidas condiciones que la noche daba cara de tener.

Una vez recolectada una cantidad suficiente de hojarasca, se dio a la tarea de encender el fuego rozando un par de rocas pequeñas, las cuales produjeron una chispa que inflamó la madera seca.

-OoOoOoOoOoOoOoO-

Se había puesto el ocaso en todo su esplendor sobre la bóveda celeste. La luna se alzaba orgullosa sobre todo aquello que sus ojos alcanzaban a divisar, emitiendo una resplandeciente luz sobre todo aquello que le era posible atañer.

Rin observaba las palmas de sus manos como si la vida se le fuera en ello, maravillada por el efecto que prodigaba. Enmudecida por lo sublime de la vista que se alzaba ante sus ojos, miraba hacia cada subrepticio rincón del bosque.

Miraba hacia el fuego de la fogata, embelesada por la feroz lucha que se desataba entre cada llama.

De vez en cuando, le enviaba alguna que otra mirada furtiva a su amo. Sin duda, no podía existir ser más perfecto que él.

Le provocó hablarle por un instante, pero se contuvo. Se le veía tan imperturbable, tan impasible… tan tranquilo, que no se perdonaría hastiarle con algún ruido adyacente a la sinfonía de las hojas cayendo, y los grillos, y la brisa. La sinfonía de la noche, que inclusive era capaz de darle paz a ella.

El Lord se encontraba recargado –como siempre– en las raíces de ése árbol. Desde su posición podía ver a su humana sentada sobre el suelo frente a la fogata.

Temblaba.

Repentinamente, se puso en pié, y camino silenciosamente hacia la chica, sentándose tranquilamente a su lado derecho.

Rin dio un respingo al percatarse de la cercanía de Sesshoumaru-sama, pero se mantuvo en completo silencio.

–¿Tienes frío? –preguntó el Lord. La chica asintió con la cabeza.

Sin preámbulos, Sesshoumaru atrajo con su brazo derecho a su humana hacia su cuerpo, sentando a la chica sobre sus piernas. Acunándola como si fuera una pequeña.

Rin se sorprendió por la improvisada acción de su amo, pero no refutó. Se encontraba muy a gusto en su regazo. Siempre su regazo le resultaba placentero.

–Sesshoumaru-sama, perdóne. –murmuró casi silenciosamente.

El Lord elevó una ceja, y luego relajó su expresión, habiéndole dedicado una mirada de soslayo a la humana.

–Mi Señor, su palabra siempre me ha resultado inminente e irrefutable. Es solo que… –dijo. –Nunca pensé que usted podría ser capaz de asesinar a Aoi-sama.

Suspiró.

–Puedo asesinar a quien me plazca. –espetó, con un atisbo de superioridad impreso en cada palabra.

Sesshoumaru le miraba fijamente con su ceja derecha sobrepuesta.

–Mi Señor, yo resiento su muerte. Me siento afligida por su muerte.

–¿Tanto te preocupabas por ése hombre, Rin? –inquirió astuto.

–Hum… –bufó Rin, dolida. Prefirió dejar las cosas hasta ése punto, haciendo el amague de ponerse en pie.

Suspiró cansinamente.

El Lord no se lo impidió. Rin se retiró de su lugar, tomando asiento –sentada sobre sus piernas– frente al taiyoukai, con expresión ida, y el semblante contraído en una extraña mezcla de enojo, frustración y culpa.

El frío arreciaba con más fuerza sobre el ambiente, y la piel de la chica parecía congelarse. Su posición no era la más cómoda, ni tampoco su vestimenta.

La fogata que horas atrás hubo encendido y avivado constantemente no soportó mucho tiempo, y cedió a las inclemencias de la baja temperatura que se experimentaba en ésa noche de finales de otoño.

El Lord permanecía en su posición, imperturbable. Muy de vez en cuando le dedicaba alguna mirada rápida, solo para comprobar que su humana era actualmente una mujer muy orgullosa. Su cuerpo temblaba, y constantemente exhalaba vaho. La chica estaba prácticamente congelándose, no obstante, rehusó resguardarse en sus brazos.

Rin se estaba tornando más impetuosa de lo que podría complacerle.

No podía llegar a comprender. Le resultaba incipiente sólo pensarlo. Se preocupaba de más por la chica. Ella lo sabía, y lo peor es que aparentemente no le hacía inmute.

–Congelarás, si sigues en tu posición.

El rostro de la chica había palidecido. Sus labios se encontraban casi purpúreos, tal sería el frío que experimentaba. Su cuerpo parecía querer convulsionar de manera directamente proporcional a cada inhalación del gélido aire del paraje.

Rin no aflojó, ni siquiera un poco, su posición.

Su cuerpo estaba entumecido. Quizá demasiado, como para esbozar palabra alguna.

No obstante, lo intentaría.

Abrió la boca, tratando fútilmente de emitir alguna premisa coherente, o al menos palabra alguna, pero sus cuerdas vocales se mostraban reacias a producir algún tipo de sonido vibrante que le permitiera comunicarse con su amo.

El taiyoukai notó aquello. De verdad que los humanos podían llegar a ser seres supremamente delicados.

Se incorporó de su acomode, y puso de pie enseguida. De a parsimoniosos pasos, llegó al cuerpo de su mujer humana, agachándose solo un poco, para alcanzar el rostro de la chica y propiciar una caricia sutil sobre la álgida y enrojecida mejilla.

Entonces tomó a la chica aparentemente inerte en brazos. No actitudes pedantes, frías, impertérritas o irrisorias.

Caminó con desdén hasta llegar al árbol sobre el cual estuvo recargado minutos antes.

Rin le miraba con un deje de intriga en la mirada, no obstante, no refutó ni se removió.

Sesshoumaru-sama se sentó aún con la chica encima, y la rodeó con sus brazos, intentando darle calor. Sin embargo, Rin continuaba temblando incesantemente.

El Lord se había preocupado. Parecía que la temperatura del ambiente rebozó el límite que el cuerpo de su humana podía resistir.

–Tengo sueño, mi Lord.

–Espera Rin, espera un poco.

Rápidamente se deshizo del kosode que vestía –quedando solo con la fina y delgada tela del nagajuban como cobertura para torso–, para colocarlo extendido con afán sobre el cuerpo de Rin.

Unos momentos después, el cuerpo de la jovencita fue adquiriendo calor, lo que alivió considerablemente al taiyoukai.

Rin se había quedado dormida sobre el regazo del mayor. Gracias a Kami-sama que la situación no hubo pasado a mayores.

Sesshoumaru observaba con detenimiento a la chica. Su pecho subía y bajaba a reincidencia acompasada.

La luz de la luna daba de lleno sobre el rostro de la chica.

Oh, su rostro. Se veía tan perfecto. Sus facciones infantiles delicadas, ahora habían adquirido un poco de madurez. Su piel nácar inmaculada adquirió un tono plateado que le produjo fascinación.

Su humana sin duda era una mujer muy hermosa.

Al compás de la sosegada brisa, algunos de sus azabaches cabellos rebeldes se removían con insistencia, como si en realidad anhelaran darle a conocer al mundo que brillaban con luz propia, y tenían existencia verdadera.

–Mi Señor… –musitó sosegadamente.

El Lord se había quedado embelesado. Eran inverosímiles y exiguas las ocasiones en que se le podía apreciar al Lord en aquel estado de obnubilación.

No supo a ciencia cierta si fue debido a encontrarse en aquel estado; quién sabe a qué otro singular asunto respondía el hecho de, que en un insólito instante, hubiera capturado los labios de la chica.

Sí. Le besó con tanta vehemencia. Con tanta pasión e ímpetu, que Rin pareció casi extinguir cualquier resquicio de oxígeno dentro de sus pulmones, solamente para ser capaz de seguirle su paso.

Con insistencia, impelía con su mano derecha el cuello de la señorita hacia su propio cuerpo, buscando la mayor cercanía posible.

El Lord se separó intencionalmente de su humana, solo para tomarla por la cintura y darle la vuelta, ya que estando ella de espaldas, la posición resultaba sumamente incómoda.

La chica comprendió inmediatamente que para mayor confortabilidad, debía doblar ambas piernas a cada lado de las caderas de su amo.

Acomodado ya, Sesshoumaru-sama volvió a ejercer control absoluto sobre la boca de la chica, quien no rechistó.

Si alguna vez sintió frío, ya solo queda el resquicio evanescente de cuando eso sucedió. En su lugar, un calor le embarga con ímpetu a través de todo su cuerpo.

El Lord movía su lengua adiestradamente dentro de la cavidad bucal de Rin. Ambas lenguas se mantenían en una incesante pugna, como aquellas llamas ardientes que hubo observado Rin hace algunos momentos atrás; arreciando con fuerza una en contra de la otra, impeliendo, estimulándose mutuamente.

Repentinamente para Rin, Sesshoumaru-sama succionó belicosamente la lengua de la menor, obligándola así a darle mayor paso dentro de su boca.

La chica se ruborizó agresivamente, lo que no le impidió acercar un poco más a su amo, presionando ligeramente el cuello del mayor, y acariciando sutilmente la vasta piel descubierta con la delicada yema de sus blanquecinos y alargados dedos.

El Lord se sorprendió ante tal cosa, pero no se incomodó. Muy por el contrario, tal acción significaba que su humana le daba –simbólicamente– "permiso" para seguir adelante.

Rin se separó un poco. Necesitaba respirar, o no sobreviviría para continuar.

Si el mayor alguna vez pensó que su pequeña humana era intocable, ahora la sentencia de su raciocinio hubo cambiado súbitamente.

Y no. No era, en lo absoluto, por el hecho de que la chica estuviera sentada encima acariciando su cuello con absoluta vehemencia mientras él le besaba ardientemente.

El taiyoukai le escrutaba minuciosamente.

Sus labios enrojecidos e hinchados, sus mejillas coloradas, el sudor en la frente de la jovencita, y sus cabellos anárquicamente revueltos.

No pudo evitar besar con dulzura la frente de la chica, quien escondió su mirada tras el espeso flequillo sobre su frente.

El Lord sonrió ante lo hecho, besó su nariz. Luego sus labios, en un roce rápido, casi por accidente. Su mentón, y luego la nacarada piel de su cuello.

La piel de la jovencita se encrespó súbitamente, pero se dejó hacer gustosamente.

Él, por su parte, se fascinaba deleitándose con el sabor dulzón de la inmaculada piel de la humana, dejando una senda húmeda de lujuriosos besos. Su mente era vorágine de sensaciones precipitadas, un remolino impetuoso que estimulaba sus más bajos instintos.

Rin sentía como su alma paulatinamente iba abandonando su cuerpo. Elevándose insigne hacia otro plano, en otra muy distante dimensión. Abandonando su cuerpo, su caótico raciocinio se sublimaba y enaltecía, dejando solo las humanas sensaciones de su humano cuerpo, que respondía hilarante ante cada caricia prodigada por aquellos labios expertos que se aferraban a su piel con ímpetu y fogosidad.

El sabor de la piel de su humana era fascinante, pero exiguo, nimio y miserable, en comparación con el soberbio paladar de sus labios. Así entonces, dejó la piel, y besó sus labios con una necesidad pasional y vehemente, para luego empujar un poco el cuerpo de la menor –con el suyo propio– hacia adelante.

El kosode negro hubo caído al suelo, hacia atrás, en medio del ajetreo.

Se recargó sobre la chica acostada sobre el suelo, con cuidado de no aplastarla con todo el peso de su cuerpo. No se había separado de sus labios, ni siquiera un poco.

Rin, al darse cuenta de su posición, empujó a su señor hacia la derecha. A éstas alturas, ambos suponían ser conscientes de lo que estaba sucediendo.

Habiendo rodado, cambiaron de posición, estando Rin sentada sobre las caderas del Lord.

Se miraron apaisadamente. Rin pudo notar que las pupilas de su amo se encontraban más dilatadas, mientras desarrollaban una feroz lucha entre el rojo y el ámbar.

El mayor posó sus manos encima de los muslos descubiertos de la chica, otorgándole leves caricias a la piel, rasguñando un poco con sus filosas garras, pero no lo suficiente como para magullar la blanquecina piel de la jovencita.

Con sus mejillas sonrosadas, colocó sus manos encima del pecho de su amo. Al principio, muy lentamente, como si temiera quemar sus palmas. Entonces las arrastró hasta alcanzar su cuello, degustando de la suave piel expuesta.

Delineó la piel con la yema de sus dedos con tanta apacibilidad, casi temiendo hacerle algún daño.

Fue entonces, cuando el Lord estuvo lo suficientemente obnubilado, que la chica se inclinó sobre el pecho del taiyoukai. Llevó sus manos al delgado obi del pulcro nagajuban que vestía el Lord, desatándolo con suavidad y sutileza.

Le dejó caer a ambos lados, solamente para proceder a descubrir el fornido pecho de su amo, de los retazos de tela delgada que encerraban años y años de trabajo físico.

La humana entrecerró sus ojos casi con vergüenza, cabizbajeó y su cabeza.

El Lord la miraba expectante.

La chica lo notó, así que, liberándose de su vergüenza, continúo su labor.

El Lord se incorporó un poco para ayudar a su humana, despojándose de lo que quedaba del nagajuban, dejando al descubierto todo atisbo de piel posible.

Rin le escrutaba absorta, embelesada.

Sesshoumaru-sama, aprovechando la distracción la menor, le tomó por la cintura y giró, volviendo a la posición original.

Se reclinó lo suficiente y volvió a besar sus labios, con mucha suavidad, a lo que ella respondía acompasadamente.

El Lord dirigió sus manos hasta el obi de su propio haori, que cubría el cuerpo de la chica, desatándolo en un sutil jalón.

Ella gimió en una mueca de sobresalto, pero luego accedió relajando su cuerpo, acción que su amo notó.

El mayor sonrío de una manera indescriptible, y retiró con ímpetu el fino haori, seguramente rasgando algo de la tela en el proceso.

Dejó descubierto completamente el cuerpo desnudo de la jovencita.

Se recargó un poco, y sin dudarlo ni un momento, posó una de sus afiladas garras con suma delicadeza por encima del vientre plano de la chica, girando en círculo por toda la piel, hasta haber alcanzado uno de sus pechos.

Ella, en un –vano– intento por cubrirse, llevó sus manos al pecho, lugar al que no llegaron gracias a los rápidos impulsos de su amo. Y le miró.

Ninguno dijo nada. La mirada del Lord habló por sí misma, y ella contestó sumisa, alejando sus brazos.

El Lord se puso de pie, extendiéndole la mano a la menor, quien la tomó con algo de inseguridad.

Al levantarse también, el mayor la acercó a su cuerpo, envolviéndola en un posesivo abrazo.

Le dio un fugaz besó en la frente, y luego le soltó.

Recogió todo vestido tirado sobre el suelo, y le extendió su kosode y haori, mientras se colocaba su nagajuban, que hacía juego al hakama negro que llevaba puesto, y del cual no se había despojado.

La chica lo miró expectante.

–¿Por qué hace siempre lo mismo? ¿Y siempre lo deja hasta éste punto?

Sesshoumaru ataba con sosiego su obi, mientras sonreía con sorna.

Miró a su humana desnuda enfrente de él, agitada y sudando. El aroma que desprendía su cuerpo estaba por enloquecerlo.

–No habrás pretendido que te hiciera mía en medio del bosque. –Rin lo miró abochornada.

El rubor que captó sus mejillas no podría enrojecer más. Quedó estática ante la respuesta del Señor.

Sesshoumaru no vio en su humana intención alguna de colocarse ropa, así que arrebató las suaves telas de las manos de la chica, y colgándose el haori encima de su hombro derecho, hizo a la chica dar la vuelta para colocar el largo kosode sobre su espalda.

Ella introdujo sus brazos en ambos compartimientos, para poder vestirse.

El taiyoukai tomó el obi que correspondía al traje, y lo pasó por encima de la pequeña cintura de la chica, acercándose a su cuerpo.

Mucho.

La chica se sonrojó a sobremanera, al notar sobre su posterior la potente erección de su amo. Su piel se erizó desmesuradamente.

De un momento a otro, Sesshoumaru-sama se alejó, extendiéndole la prenda faltante, la cual ella tomó cohibida.

Vio entonces a su Señor volver a tomar asiento sobre el árbol, con ambos ojos cerrados, y su semblante impasible de siempre.

–Rin.

–Dígame. –contestó habiendo dado un curioso respingo, al escuchar la voz grave y rasposa de su amo.

–Duerme.

Claro. Como le habría fascinado dormir, pero junto a su amo, cansados y desnudos.