Capítulo 11-La verdadera razón de este Matrimonio...


Lana gritó con tanta suavidad como pudo, y con su voz más amigable y tranquilizante.

—Mmm… ¿Rory? Por favor, no me dispares.

Rory se volvió hacia el muro y su pelo rubio ondeó a su alrededor.

—¿Quién anda ahí?

—Soy Lana Parrilla. Y la rubia loca que acabas de ver corriendo por tu jardín es Jennifer. Mi… este… esposa. Creo que tampoco deberías dispararle a ella.

—¿Lana?

A Lana, los dedos de los pies se le estaban volviendo insensibles en el interior de los Crocs y empezaba a resbalar del muro.

—Un fotógrafo se ha subido a tu árbol para sacarnos unas fotos. Jennifer lo está persiguiendo. —Intentó aferrarse al borde del muro, pero los brazos le dolían—. Estoy… resbalando. Tengo que bajar.

—Creo que hay una puerta al final del muro.

Lana bajó al suelo, haciéndose un rasguño en la otra espinilla.

—¡Está por aquí, en algún lugar! —gritó Rory desde el otro lado del muro mientras Lana tanteaba la pared de piedra—. La casa es propiedad del estudio y no hace mucho que vivo aquí.

La morena encontró la puerta de madera, parcialmente escondida detrás de unos matorrales.

—¡Ya la he encontrado, pero está atrancada!

—Yo empujaré desde este lado.

La puerta estaba atascada, pero al final cedió lo bastante para que Lana se deslizara al otro lado. Rory la esperaba con el arma colgando entre los pliegues de su camisón. A pesar de que su pelo rubio y largo estaba enmarañado por el hecho de que acababa de despertarse, se la veía tranquila y calmada, como si enfrentarse a unos intrusos nocturnos fuera una cosa de cada día.

—¿Qué ha pasado?

Lana miró alrededor en busca de Jen, pero no estaba a la vista.

—Lo siento muchísimo. Jennifer y yo estábamos en el balcón cuando se ha disparado un flash. Un fotógrafo estaba escondido en ese árbol tan grande de tu jardín. Jennifer ha ido tras él. ¡Todo ha pasado tan deprisa!

—¿Un fotógrafo se ha colado en mi casa para espiarlas?

—Eso parece.

—¿Quieres que llame a la policía?

Si Lana fuera una ciudadana común, eso era exactamente lo que haría, pero ella no era una ciudadana común y la policía no era una opción para ella. Rory llegó a la misma conclusión.

—Estúpida pregunta.

—Tengo que… Será mejor que me asegure de que Jennifer no ha matado a nadie.

Lana echó a caminar en la dirección en que su esposa había desaparecido. Justo cuando llegaba a la piscina, la vio aparecer por el otro extremo de la casa. Aparte de una ligera cojera y una expresión asesina, no parecía herida.

—El muy hijoputa se ha escapado.

—Podrías haberte matado saltando del tejado.

—No me importa. Esa cucaracha se ha pasado de la raya.

Justo entonces vio que Rory se acercaba a ellas, con el arma colgando de su costado como si fuera un bolso de Prada. Lana no pudo evitar sentir envidia. Una mujer con la sangre fría de Rory Keene nunca se despertaría en un hotel de Las Vegas casada con su peor enemiga. Claro que las mujeres como Rory Keene controlaban sus vidas y no al contrario.

Jennifer se quedó helada al verla. Rory no le hizo el menor caso.

—Mañana a primera hora telefonearé a mi agencia de seguridad, Lana. Está claro que las luces no son suficientes para desanimar a los visitantes indeseados.

Jennifer fijó la mirada en la pistola.

—¿Esa cosa está cargada?

—Pues claro.

Lana se tragó un chiste acerca de los peligros de ser rubia e ir armada. Ni en broma parecía adecuado soltar un chiste a costa de una mujer tan autoritaria como Rory, sobre todo si acababan de despertarla a las tres de la madrugada.

—Parece una Glock —comentó la rubia.

—Una treinta y uno.

El interés que Jennifer mostraba por la pistola produjo un escalofrío en Lana.

—Tú no puedes tener una —exclamo—. Te exaltas con demasiada facilidad para ir armada.

Jen le dio una palmadita en la barbilla y ella sintió deseos de abofetearla. La rubia le dio un beso rápido y formal que no podía ser más diferente del que se habían dado minutos antes.

—Me cuesta acostumbrarme a la idea de que te preocupes tanto por mí, cariño —

declaró Jen—. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Hay una puerta.

Jennifer asintió con la cabeza.

—Casi lo había olvidado. Por lo visto, los propietarios originales de las fincas eran amigos.

Lana se preguntó por qué Rory vivía en una casa alquilada por el estudio en lugar de una propia.

—Jen se olvidó de comentarme que vivías aquí.

Lana deslizó la mano por la espalda de su esposa. Un gesto que parecía afectuoso, salvo por el pellizco que le dio como represalia por la palmadita en la barbilla.

Jen hizo una mueca.

—Sí que te lo mencioné, amor. Supongo que con todo lo que nos ha ocurrido últimamente se te borró de la memoria. Además, éste no es el tipo de vecindario que predisponga a relacionarse con los vecinos.

Eso era cierto. Aquellas fincas caras y separadas por altos muros y puertas cerradas a cal y canto no creaban el ambiente ideal para celebrar fiestas de vecinos. Cuando vivía con Fred en el barrio de Brentwood, Lana no había llegado a conocer a la estrella pop de los años noventa que vivía en la casa contigua.

Lana deslizó la mirada hacia la Glock de Rory.

—Será mejor que te dejemos volver a la cama.

Rory se subió el tirante del camisón.

—Dudo que ninguna de nosotras consiga dormir mucho después de lo ocurrido.

—Tienes razón —comentó Jennifer—. ¿Por qué no vienes a casa? Prepararé café y calentaré unas galletas de canela caseras. Serás nuestra primera invitada oficial.

Lana se le quedó mirando. Era medianoche. ¿Había perdido la cabeza?

—Mejor en otra ocasión. Tengo que leer unas cosas. —Rory miró a la rubia con frialdad y sorprendió a Lana dándole un rápido abrazo—. Te telefonearé en cuanto haya hablado con la empresa de seguridad. —Se volvió de nuevo hacia Jennifer—. Sé buena con ella. Y tú, Lana, si necesitas ayuda, dímelo.

El falso buen humor de Jennifer desapareció. Y la rubia no pudo evitar fulminar a Rory con la mirada.

—Si Lana necesita ayuda, yo se la daré.

—Sí, claro, seguro —contestó Rory con tono irónico.

Y se alejó en dirección a la casa mientras los pliegues de su camisón ocultaban la pistola.

Jen esperó hasta estar en su lado del muro para hablar.

—Si la prensa amarilla publica alguna de esas imágenes, iremos contra ellos.

—Probablemente no las publicarán —contestó Lana—. Al menos aquí no. Pero en Europa hay un gran mercado, y después aparecerán en Internet. No podremos hacer nada al respecto.

—Los demandaremos.

—Nuestro matrimonio se habrá acabado mucho antes de que el juicio se celebre.

—Entonces, ¿qué sugieres? ¿Que nos olvidemos del asunto? ¿Lo que ha ocurrido no te preocupa?

La verdad era que estaba como atontada.

—Me revienta —contestó.

Cruzaron el jardín posterior de la casa en silencio. Lana pensó que no tenía por qué sentirse alterada. Las fotografías aportarían autenticidad a su falso y sorpresivo matrimonio. Sin embargo, en el fondo se sentía casi tan violentada como el día en que los paparazzila fotografiaron mirando la ecografía de Jade.

—Me voy a la cama… —declaró cuando llegaron a la casa—….Sola.

—Tú te lo pierdes.

Estaba subiendo las escaleras cuando una interesante pieza del rompecabezas que constituía Jennifer Morrison encajó en su lugar.

—Rory tiene algo que ver con tu proyecto del espectáculo de reencuentro, ¿no? Por eso le hacías la Barba en el Ivy hace quince días. Y la embarazosa invitación a tomar galletas de canela…

—Mujer , yo le hago la barba a todo el que pueda proporcionarme un papel decente.

—Es patética, pero debo reconocer que resulta altamente gratificante verte de rodillas.

—Cualquier cosa con tal de progresar —declaró la rubia restándole importancia.

Jen no podía dormir, así que se dirigió a la piscina. Su vida se había vuelto muy complicada, pensó mientras se desnudaba y se sumergía en el agua. Esperaba que aquel estúpido matrimonio le facilitara las cosas, pero no había tenido en cuenta la actitud protectora de Rory respecto a Lana. No era tonta, tenia que tener mucho cuidado con Rory. Como si su vida no fuera ya lo bastante complicada.

Se volvió cara arriba y flotó en el agua. Cada vez que intentaba salir del pozo en que había caído, otro hundimiento amenazaba con volver a enterrarlo. Lana creía que se trataba sólo de una cuestión de dinero, pero ella no sabía que lo que más necesitaba era respetabilidad. Y ella no quería que Lana lo supiera. Quería que Lana siguiera viéndola como la bastarda que siempre había sido. Su vida era sólo suya y no dejaría que ella entrara en ninguna área realmente importante.

No siempre había sido tan solitaria. Crecer sin una familia de verdad la había empujado a crear para sí misma una familia artificial con las amigas y amigos que, a la larga, la habían dejado de lado. Jennifer creía que eran amigas suyas, pero ellas la habían utilizado. Se habían gastado su dinero, habían explotado sus contactos y después aquellas víboras le habían tendido una trampa con la maldita cinta erótica. Lección aprendida. Intentar ser la mejor implicaba ir sola.

Lana no utilizaba a las personas (a menos que estuviera ebria) pensó Jen con una sonrisa, Lana en sus cinco sentidos era la mujer más noble que había conocido. Pero aun así no quería que ella hurgara en su psique intentando averiguar hasta qué punto necesitaba crear una vida nueva para sí misma. Lana la conocía desde hacía mucho tiempo y podía ver demasiado. Además, resultaba peligrosamente fácil hablar con ella, reír con ella y pasárselo bien lo que no había permitido en seis años de trabajar juntas lo habia permitido en esa semana. Pero Jennifer no soportaba la idea de que la viera fracasar, otra vez no. algo que cada día era más probable.

Lana le resultaría útil para mejorar su reputación y tener sexo. Y, aunque se moría de ganas de acelerar este segundo aspecto, su desagradable comportamiento de la noche del yate implicaba que tenía que concederle todo el tiempo que ella necesitara, primero dejaría que lana asimilara la idea, así no pasaría por el trago amargo cuando su esposa después de acabar se arrepintió huyendo despavorida… primero le sembraría el deseo y después la atraería hacia ella.

Pasaron cuatro días. Justo cuando Lana empezaba a confiar en que las fotografías del balcón no saldrían a la luz, aparecieron en un periódico sensacionalista del Reino Unido. Y después estaban en todas partes. Sin embargo, en lugar de reflejar un encuentro entre amantes, las borrosas imágenes parecían mostrar una acalorada discusión entre ambas.

En la primera, Lana tenía la mano apoyada en la cadera denotando una actitud beligerante.

En la siguiente tenía la cara hundida en las manos, de cuando se había sentido avergonzada por su plan egoísta de ir a Africa. Sin embargo, hasta el observador menos crítico interpretaría que estaba llorando debido a la discusión.

La siguiente imagen mostraba a Jennifer sosteniéndola por los hombros. Se trataba de un gesto de consuelo, pero la imprecisa imagen hacía que su postura pareciera amenazadora. Por fin, la última, la más borrosa, mostraba su íntimo beso. Por desgracia, resultaba imposible discernir si Jen la estaba besando o zarandeando.

Se desató un auténtico infierno.

—¡No puedo creer que esos cabrones queden impunes después de soltar esta basura! —exclamó Jennifer.

Intentó atrapar una mosca que tuvo la temeridad de aterrizar al lado de su taza de café. En el pasado, Jennifer era una experta haciendo caso omiso de la publicidad adversa, pero ahora quería sangre, la del fotógrafo y la de quienes habían editado las imágenes, desde el periódico inicial a las páginas de Internet.

—¡Si al menos pudiera ponerle las manos encima a uno de ellos…!

—Si te vas a poner violenta, a mí no me mires —declaró Lana—. Por una vez, estoy de tu lado.

Estaban sentadas en la terraza del Urth Caffé, en Melrose, bebiendo un café orgánico.

Habían transcurrido siete días desde que las fotografías aparecieran. Los paparazziy mirones estaban apostados en la acera, y el resto de los clientes de la cafetería observaban sin disimulo a las recién casadas más famosas del mundo. vamos, a las "lesbianas" de moda.

Todo lo que Lana había esperado conseguir con aquel matrimonio se estaba volviendo en su contra. Todas sus amigas le habían telefoneado, salvo Alix, que seguía «desaparecida en combate». Lana había conseguido evitar que Beverly y Sasha viajaran a Los Ángeles para verla. En cuanto a su madre, se había presentado en casa de Jennifer hecha una furia y había amenazado con matarla. Lana no había conseguido convencerla de lo que había ocurrido en realidad y su oposición a su matrimonio se había agudizado. ¡Pues sí que se estaba luciendo con su propósito de hacerse cargo de su vida! Su autoconfianza estaba más frágil que nunca.

—¿Quieres hacer el favor de sonreírme?

La mandíbula encajada de Jennifer hacía que su sonrisa resultara difícil de creer, pero Lana se portó bien y se inclinó para besarle la tensa comisura de los labios.

Desde la noche del balcón, once días antes, no se habían dado ningún beso, pero ella había pensado en La rubia de aquella noche más de lo que querría. Jennifer podía desagradarle como persona, y siempre había creído que no le iban las mujeres, después de la noche en el yate lo analizo y su experiencia con Jennifer había sido bastante amarga sin ganas de repetirlo, pero, por lo visto, sobria el cuerpo de Jen era otra cosa, porque el único placer que había experimentado durante toda la semana había sido verla por ahí sin camiseta, en bikini, o incluso con ella, como en aquel momento.

—¡Y esto es una cita, mierda! Nuestra quinta cita de esta semana.

—tonterías —dijo ella sin dejar de sonreír—. Esto son negocios. Control de daños, como las otras salidas. Te lo dije, no será una cita hasta que las dos lo estemos pasando bien y, por si no lo habías notado, las dos estamos fatal.

Jennifer apretó la mandíbula.

—Quizá podrías poner algo más de empeño.

Lana mojó su segundo biscote en el café y lo mordisqueó con desgana. Al menos había ganado unos kilos de peso, pero eso no compensaba el hecho de que estuviera atrapada en una situación imposible, con la prensa acosándola… y con una mujer que exudaba testosterona. Por irónico que sonara.

Jen dejó su taza de café sobre la mesa.

—La gente cree que las fotografías no mienten.

—Pues ésas sí que lo hacen.

Los titulares ponían:

«¡Fin del matrimonio! Próxima parada: Separación.»

«Lana, de nuevo con el corazón roto.»

«Ultimátum de Lana a Morrison: ¡Apúntate a rehabilitación!»

Incluso la antigua cinta de sexo de Jennifer había vuelto a salir a la luz.

Ellas habían intentado reparar los daños apareciendo a diario en los lugares frecuentados por los paparazzi. Habían comprado muffinsen la panadería City, en Brentwood, habían comido en el Chateau, habían vuelto al Ivy y también se habían dejado ver en el Nobu, el Polo Lounge y Mr. Chow. Dedicaron dos noches a ir de club en club, lo que hizo que Lana se sintiera vieja , todavía más deprimida, y bastante molesta al ver como Jennifer estaba bastante mas ocupada en quitarse de encima a resbalosas que en pasarlo con ella.

Aquella mañana habían ido de compras a la tienda de objetos para casa de Armani, en Robertson, y a Fred Segal, en Melrose; después, se detuvieron en una tienda de moda donde compraron varias camisetas espantosas a juego que se pondrían, única y exclusivamente, en público.

Sólo se habían arriesgado a salir por separado en contadas ocasiones. Jen se escapó para asistir a un par de reuniones acudió a unas clases de baile, salió a correr una mañana temprano y envió un sustancioso cheque anónimo para participar en la compra de comida de un programa de ayuda a los pobres de Haití. De todas formas, la mayoría de las veces tenían que ir juntas a todas partes. Por sugerencia de Jennifer, ella utilizaba el truco favorito de los famosos ávidos de publicidad, que consistía en cambiarse de ropa varias veces al día, pues cada nuevo conjunto significaba que la prensa amarilla compraba una nueva foto. Después de pasar el último año intentando evitar la atención pública, su actual situación implicaba una ironía que a ella no se le escapaba.

Hasta entonces, el resto de los clientes de la cafetería se había contentado con mirarlas, pero de repente un joven con barbita de chivo y un Rolex falso se acercó a su mesa.

—¿Pueden firmarme un autógrafo?

A Lana no le importaba firmar autógrafos a los fans verdaderos de hecho la halagaba, pero algo le dijo que aquél estaría a la venta en eBay a última hora de la tarde.

—su firma será suficiente —declaró el joven, confirmando las sospechas de Lana.

Ella cogió el rotulador y el papel inmaculado que él le tendió.

—Me gustaría dedicártelo —declaró ella.

—No, no es necesario.

—Insisto.

Si un autógrafo estaba dedicado, perdía valor. El joven se percató de que Lana lo había cachado y, tras realizar una mueca huraña, murmuró el nombre de Harry.

Georgie escribió: «Para Harry, con todo mi cariño.» En la línea siguiente escribió mal su apellido a propósito añadiendo una «e» a Parrilla, con lo que el autógrafo parecía falso. Jennifer, por su parte, garabateó «Miley Cyrus» en su papel.

El chico arrugó ambos papeles y se alejó ofendido mientras murmuraba:

—Gracias por nada.

Jen se reclinó en la silla y dijo:

—¿Qué mierda de vida es ésta?

—Ahora mismo es la nuestra, y tenemos que sacarle el mejor partido.

—solo falta que me cantes la canción de tu boda, la estúpida canción de The calling.

—Eres muy negativa. Donde está tu espíritu jenni.

A continuación, Lana se puso a tararear el estribillo de Wherever you will go. Haciendo soltar una carcajada a jen.

-es como si el perdedorhubiera tenido visiones y supiera lo que iba a pasar.

- creeme que esa canción parece ahora una cachetada con guante blanco.

—Ya está bien. —Jennifer se puso de pie de golpe—. Larguémonos de aquí.

Caminaron por la acera tomadas de la mano, con el pelo rubio de Jen brillando al sol, el de Lana pidiendo a gritos un corte y los paparazzipisándoles los talones. El paseo duró un buen rato.

—¿Tienes que pararte y hablar con todos los niños con que te cruzas? —gruñó Jennifer, mirando despecticamente al niño que habia abrazado a Lana minutos atras.

—Es una buena estrategia publicitaria. —Lana no le confesó lo mucho que le gustaba hablar con los niños—. ¿Y quién eres tú para quejarte? ¿Cuántas veces he tenido que esperarte mientras flirteabas con otras mujeres?

—La última tenía, como poco, sesenta años.

También tenía un lunar enorme en la cara e iba muy mal maquillada, pero Jennifer alabó sus pendientes e incluso le lanzó una mirada seductora. Lana se había dado cuenta de que Su esposa ignoraba con frecuencia a las mujeres más atractivas para detenerse y charlar con las más comunes. Durante unos instantes, les hacía sentirse bellas.

A Lana le fastidiaba que Jen hiciera cosas buenas.

De todos modos, el mal humor de la rubia le había levantado el ánimo y, cuando pasaron junto a una floristería, ella tiró de Jen hacia el interior de la tienda. El olor era muy agradable y las flores estaban maravillosamente dispuestas. La dependienta las dejó solas. Lana observó con toda tranquilidad los ramos y, al final, eligió uno mixto de lirios, rosas y azucenas.

—Te toca pagar a ti.

—Siempre he sido una chica muy generosa.

—Luego me cargarás la factura a mí, ¿no?

—Triste pero cierto.

Antes de que llegaran a la caja, el móvil de Jennifer sonó. Ella miró la pantalla y rechazó la llamada. Lana se había percatado de que Jen hablaba mucho por teléfono, pero siempre donde ella no pudiera oírla. Alargó el brazo antes de que Jen guardara el teléfono en el bolsillo.

—¿Me lo dejas? Tengo que hacer una llamada y he olvidado el mío.

Jen se lo dio, pero en lugar de marcar un número, Lana consultó la lista de últimas llamadas.

—Caitlin Carter. Ahora sé el apellido de tu amante.

La rubia le quitó el móvil.

—Deja de curiosear. Y ella no es mi amante.

—Entonces ¿por qué no hablas con ella delante de mí?

—Porque no quiero.

Morrison se dirigió al mostrador con el ramo. Por el camino, se detuvo junto a un carro lleno de flores color pastel y Lana admiró el contraste entre su excesiva seguridad y las delicadas flores. Entonces volvió a experimentar aquella desconcertante excitación. Por la mañana, incluso se había inventado una excusa para hacer ejercicio con Jennifer sólo por el espectáculo de ver un cuerpo bien trabajado.

Resultaba patético, pero comprensible. Incluso estaba un poco orgullosa de sí misma al ver el ejemplar con el que se había casado. A pesar del caos provocado por las fotografías, experimentaba un deseo sexual de lo más elemental, alejado incluso del afecto. Básicamente se había convertido en un Hombre.

Jennifer le dio el ramo para que saliera con él de la tienda. Habían tenido suerte encontrando un aparcamiento cerca, pero todavía tenían que atravesar la ruidosa aglomeración de reporteros que acechaban en la otra acera.

—¡Jennifer! ¡Lana! ¡Aquí!

—¿Ya se han reconciliado?

—¿Las flores de la enmienda, Jennifer?

—¡Aquí, Lana!

Jennifer apretó a Lana contra su cuerpo.

—Manténganse a distancia, chicos. Déjenos espacio.

—Lana, se comenta que has ido a ver a un abogado.

Jennifer dio un empujón a un fornido fotógrafo que se había acercado demasiado a Lana

.

—¡He dicho que se mantengan a distancia!

De repente, Mel Duffy surgió de la multitud y las enfocó con su cámara.

—¡Eh, Lana! ¿Algún comentario acerca del aborto de Jade Gentry?

El obturador de su cámara se disparó.

Lana sentía náuseas. De algún modo, su envidia había envenenado a aquel feto indefenso. Duffy les dijo que el aborto se había producido en Tailandia, aproximadamente dos semanas antes, pocos días después de su boda en Las Vegas, cuando Fred y Jade iban a reunirse con los miembros de una delegación especial de Naciones Unidas. Su publicista acababa de comunicar la noticia añadiendo que la pareja estaba destrozada, aunque los médicos les habían asegurado que no existía ningún impedimento para que tuvieran otro hijo. Todos los mensajes que Fred le había dejado en el teléfono…

Jennifer no dijo nada hasta que casi habían llegado a su casa. Entonces apagó la radio y miró a Lana de reojo.

—No me digas que te lo estás tomando a pecho.

¿Qué clase de mujer sentía celos de un bebé inocente que ni siquiera había nacido?, pensó Lana. El sentimiento de culpabilidad le revolvía el estómago.

—¿Yo? Claro que no. Es triste, eso es todo. Como es lógico, me siento mal por ellos.

Jen puso cara de comprender la verdad y ella apartó la mirada. Necesitaba una amante, no un psiquiatra. Se ajustó las gafas de sol.

—Nadie quiere que ocurra algo así. Es posible que desee no haberme alterado tanto cuando me enteré de que Jade estaba embarazada, pero ésta es una reacción natural.

—Lo que ha ocurrido no tiene nada que ver contigo.

—Ya lo sé.

—Tu mente lo sabe, pero el resto de tu persona se pone totalmente neurótica cuando se habla de algo relacionado con el Perdedor.

Lana abandonó el autodominio.

—¡Acaba de quedarse sin su bebé! Un bebé que yo no quería que naciera.

—¡Lo sabía! Sabía que pensabas que, de algún modo, eras responsable de lo que ha sucedido. Sé fuerte, Lana.

—¿Crees que no lo soy? Estoy sobreviviendo a nuestro matrimonio, ¿no?

—Lo nuestro no es un matrimonio, sino una partida de ajedrez.

Jen tenía razón, y ella estaba harta de aquella farsa.

Realizaron el resto del trayecto en silencio, pero, después de aparcar en el garaje, Jen no bajó inmediatamente del coche sino que permaneció sentada, se quitó las gafas de sol y jugueteó con las patillas.

—Caitlin es la hija de Sarah Carter.

—¿La novelista?

Lana soltó la manecilla de la puerta.

—Murió hace tres años.

—Ya me acuerdo.

Teniendo en cuenta el pasado de Jennifer, Lana creyó que Caitlin era una joven guapa y tonta, pero con una escritora del calibre de Sarah Carter como madre, eso era poco probable. Carter había escrito varias novelas de intriga y ninguna de ellas había tenido éxito. Después de su muerte, una editorial pequeña publicó La casa del árbol, una novela suya inédita. La novela fue dejando huella en el público y, a la larga, se había convertido en la obra estrella de los círculos literarios. A Lana, como al resto del mundo, le encantó.

—Cuando la novela se publicó por primera vez, antes de que entrara en las listas de éxitos, Caitlin y yo estábamos saliendo. —explicó Jen

— seguro con salir te refieres solo a tirártela cuando no tenias a nadie mas de quien disponer.

— Es correcto….como te repito estábamos saliendo . Caitlin me comentó que lo último que había escrito su madre antes de morir era el guión para la versión cinematográfica de La casa del árbol, y me dejó leerlo.

—¿Sarah Carter en persona escribió el guión de la película?

—Y es jodidamente bueno. Dos horas después de haberlo leído, yo ya había conseguido la opción de la versión cinematográfica.

Lana casi se atragantó.

—¿Tú tienes la opción de realización del guión de La casa del árbol? ¿Tú?

—Estaba borracha y no me paré a pensar en qué me estaba metiendo.

Jen salió del coche con el mismo aspecto de chica buena e inútil de siempre. Lana atravesó corriendo el garaje tras ella.

—¡Espera un segundo! ¿Me estás diciendo que conseguiste los derechos antes de que el libro se convirtiera en un superventas?

La rubia se dirigió hacia la casa.

—Estaba borracha y tuve suerte.

—Pues sí. ¿Y de cuánta suerte estamos hablando?

—De mucha. En estos momentos, Caitlin podría vender los derechos de realización por veinte veces más de lo que yo le pagué. Algo que no deja de recordarme continuamente. Sobre todo después que se dio cuenta que era una perra.

Lana se llevó la mano al pecho.

—Dame un minuto. No sé qué me cuesta más imaginarme, si a ti como productor o el hecho de que leyeras todo un guión de principio a fin.

Jen fue a la cocina.

—He madurado desde los días de House.

—Eso lo dirás tú.

—No tuve que consultar casi ninguna de las palabras importantes en el diccionario.

Ella no esperaba que añadiera nada más y se sorprendió cuando Jennifer continuó:

—Por desgracia, estoy teniendo problemas para conseguir la financiación.

Lana se detuvo de golpe.

—¿Me estás diciendo que estás intentando en serio llevar adelante el proyecto?

—No tengo nada mejor que hacer.

Eso explicaba las misteriosas llamadas telefónicas, pero no por qué lo había mantenido tan en secreto. Jen dejó las llaves del coche sobre la encimera de la cocina.

—La mala noticia es que mi opción expira antes de tres semanas y, si no consigo el dinero para entonces, Caitlin recuperará los derechos.

—Y será considerablemente más rica.

—A ella lo único que le importa es el dinero. Odiaba a su madre. Vendería los derechos de La casa del árbola una productora de dibujos animados si le hicieran la mejor oferta. Imaginate la casa del árbol en Disney Channel

Lana nunca había comprado la opción de realización de una novela o un guión ya escrito, pero sabía cómo funcionaba el proceso. El titular de la opción, en aquel caso Jen, sólo disponía de cierto período de tiempo a fin de conseguir un respaldo financiero sólido para el proyecto antes de que su opción expirara, momento en el que los derechos revertirían en el propietario original. Si eso ocurría, lo único que le quedaría a Jennifer sería un enorme agujero en su cuenta bancaria, y eso explicaba su actitud aduladora hacia Rory Keene.

—¿Estás cerca de conseguir que alguien te respalde en el proyecto? —preguntó Lana, aunque ya tenía una idea de la respuesta.

La rubia sacó una botella de agua de la nevera.

—Bastante cerca. A Hank Peters le encanta el guión y está interesado en dirigir la película, lo que ha llamado la atención del gremio. Con el reparto adecuado, podríamos rodarla con un presupuesto muy reducido, lo que sería otra ventaja.

Peters era un gran director, pero Lana no se lo imaginaba queriendo trabajar con la impresentable y alocada de Jennifer Morrison.

—¿Hank está interesado o se ha comprometido?

—Está interesado en comprometerse. Y yo ya dispongo de una actriz para el personaje de Jacqueline Grimes. Eso forma parte del trato.

Grimes era un personaje polifacético, interesante, todo un reto, el clásico papel que sabes que encantara al espectador y a Lana no le sorprendía que muchas actrices quisieran interpretarla.

—¿A quién has conseguido?

Jennifer giró el tapón de la botella.

—¿A quién crees?

Ella la miró fijamente y soltó un gemido.

—¡Oh, no…! ¡Tú no!

—Un par de clases de interpretación y seré capaz de hacerlo.

—No puedes interpretar un personaje como ése. Grimes tiene un carácter muy complejo. Es contradictoria, está torturada, es infeliz … Todos se reirían de ti. No me extraña que no consigas que nadie te financie.

—Gracias por tu voto de confianza mi amor. —Bebió un trago de agua.

—¿Has reflexionado a fondo sobre este asunto? Las grandes productoras buscan algo más que una reputación de severa informalidad. Y tu insistencia en interpretar el papel protagonista… no es muy inteligente por tu parte.

—Puedo hacerlo.

Su entusiasmo inquietó a Lana. La Morrison que ella conocía sólo se preocupaba por el placer. Consideró la posibilidad de que no la conociera tan bien como creía, y no sólo por el interés que mostraba en La casa del árbol… Lana no había percibido ningún signo de drogadicción en Jennifer, ya no estaba ojerosa, lana recordó un día en especial cuando estaban en el set de grabación donde Jennifer estaba completamente en su nube y no podía parar de reír para después tener un ataque de cólera ciega contra los miembros del equipo, haciendo que ese día de trabajo fuera un dia completamente perdido hasta que se le bajo el efecto de la droga, sin mencionar que estaba palida, ojerosa y muy perdida, ahora no había visto ningún signo de alerta en su esposa que además, se pasaba horas en su despacho todos los días. Se había deshecho de sus viejas y desalmadas amistades, lo que resultaba extraño en una mujer que odiaba estar sola. El alcohol y una arrogancia patológica parecían ser sus únicos vicios.

—Me voy a nadar. — solto Jen Y se marchó a la piscina.

Lana subió a su habitación y se puso unos pantalones cortos y una camiseta sin mangas. Si el guión era tan bueno como Jennifer decía, todos los productores de la ciudad debían de estar esperando a que su opción expirara para abalanzarse sobre el proyecto. El papel protagonista caería en manos de la guaperas del mes en lugar de la actriz mejor preparada para interpretarlo, que, en cualquier caso, no era Jennifer. Ésta había interpretado brillantemente a Emma Swan, pero no tenía las dotes ni la profundidad para abordar un papel emocionalmente complejo, como demostraban los superficiales personajes que había interpretado desde entonces.

Lana se estaba poniendo sus sandalias más cómodas cuando, de repente, levantó la cabeza.

—¡INFELIZ!

Bajó las escaleras con furia y cruzó el porche hasta la piscina, donde jennifer estaba dando brazadas.

—¡Tú, imbécil! ¡No existe ningún guión sobre el reencuentro de once upon a time! Era una pantalla de humo que has utilizado para ocultar lo que estabas haciendo realmente.

—Ya te dije que no había ningún espectáculo de reencuentro. —Se sumergió en el agua.

—Pero me hiciste creer que lo había —declaró ella en cuanto el otro emergió a la superficie—. Este estúpido matrimonio de pacotilla… Mi dinero sólo era un extra, ¿no? La casa del árboles la verdadera razón de que accedieras a cooperar. No podías permitirte ser la segunda persona en la historia reciente que rompiera el corazón de la querida Regina Mills . No podías porque necesitabas que los mandamases creyeran que te habías convertido en una ciudadana decente y te tomaran en serio.

—¿Tienes algún problema con eso?

—¡Tengo un problema con que me engañen!

—Estás tratando conmigo. ¿Qué esperabas?

Lana avanzó enojada por el bordillo de la piscina mientras ella nadaba hacia la cascada.

—Si la gente cree que mi respetabilidad se te ha contagiado mejorará tu posibilidad de conseguir que se haga la película, ¿no es eso lo que pretendías?

—No deberías menospreciar así el vínculo sagrado de nuestro matrimonio.

—¿Qué vínculo sagrado? La única razón de que me hayas contado la verdad es que quieres acostarte conmigo.

—Soy igual de promiscua que un hombre. Denúnciame.

—¡No vuelvas a dirigirme la palabra nunca más! Durante lo que te queda de tu puta vida.

Lana se alejó hecha una furia.

—¡Por mí, de acuerdo! —gritó Jen—. A menos que quieras decirme palabras guarras, no me gustan las mujeres que hablan demasiado en la cama.

El teléfono que Jen había dejado junto a la piscina sonó. Ella nadó hasta el bordillo y lo cogió. Lana se detuvo para escuchar.

—Scott… ¿Cómo va todo? Sí, ha sido de locos… —Se cambió el teléfono de oreja y subió la escalerilla—. No quiero explicártelo por teléfono, pero tengo algo que te interesará. Podríamos quedar mañana por la tarde en el Mandarin para tomar una copa y hablar sobre ello. —Frunció el ceño—. ¿El viernes por la mañana? De acuerdo. Cambiaré un par de citas. Ahora tengo que dejarte, llego tarde a una reunión.

Cerró el móvil y tomo una toalla. Lana tamborileó con el pie en el suelo.

—¿Tarde para una reunión?

—Esto es Los Ángeles. Sé siempre la primera en terminar una conversación.

—Lo tendré en cuenta. Y no conseguirás de mí ni un dolar más.

En lugar de regresar a la casa, se dirigió con determinación al despacho de Jennifer. La idea de que ella quisiera trabajar le inquietaba. Al menos, su revelación acerca de aquel guión le había dado algo en lo que pensar, distrayéndola del posible papel metafísico que había representado en la pérdida del bebé de Fred.

Arrancó la cinta adhesiva que cerraba la caja que supuestamente contenía el guión del reencuentro de once upon a time y sacó del interior un montón de revistas lésbicas y pornográficas con una nota en un post-it azul que decía: «La realidad es mucho mejor.» Maldijo por decima vez en el dia el nombre de Jennifer Morrison.

Mientras se dirigía al gimnasio, Jennifer se preguntó qué estúpida debilidad la había empujado a contarle a Lana lo de La casa del árbol. Claro que, cuando ella se había enterado de lo del bebé de Fred y Jade había puesto una expresión tan jodidamente melodramática (otra vez aquel exagerado sentido de la responsabilidad suyo) que, por lo que fuera, a ella se le había escapado la verdad, aunque enseguida se había arrepentido de habérsela contado. El fracaso flotaba sobre ella como un nubarrón. Con unas probabilidades tan elevadas en su contra, cuanta menos gente supiera lo mucho queLa casa del árbolsignificaba para ella, mejor. Sobre todo Lana, quien estaba deseando verla fracasar.

No se molestó en cambiarse el bikini húmedo y entró directamente en el gimnasio. Un par de días antes había aparecido una barra de ballet. Otra invasión de su espacio íntimo. ¿Qué haría con su vida si La casa del árbolse le escapaba de las manos? ¿Volver a actuar como artista invitada o como seductora insulsa? La idea le revolvió el estómago.

Puso un CD de Usher y contempló con desagrado la cinta de correr. Quería estar al aire libre y correr libremente kilómetros y kilómetros por las colinas, como solía hacer, pero gracias al percance de Las Vegas estaba atrapada.

Al menos ahora tenía el gimnasio para ella sola. Ver a Lana realizar su rutina de estiramientos se había convertido en una tortura que la dejaba hirviendo. Ella se recogía el pelo para hacer ejercicio y hasta su nuca le resultaba erótica. Y después realizaba aquellos sexys movimientos con sus sensuales piernas. El hecho de que la única mujer que se había burlado de ella fuera la primera de su lista de mujeres excitantes decía mucho sobre su vida.

Pero no podía infravalorarla con tanta facilidad como Lana se infravaloraba a sí misma. Lana tenía un atractivo sexual inconsciente que daba cien vueltas a las tetas voluminosas y las poses afectadas, cuando la conoció Lana era sexo puro, la sensualidad andando. Pero ahora Nadie pillaría a Lana Parrilla haciendo alarde de sus cualidades de fémina en público.

Ni en privado… Algo que ella: Jennifer Morrison estaba cada día más empeñada en cambiar. Lana podía odiar las entrañas de ella, pero estaba claro que le encantaba el envoltorio. Ella todavía no lo sabía, pero sus días de consumirse por culpa del Perdedor estaban llegando a su fin.

¿Quién había dicho que sólo se preocupaba de sí misma? Liberar a Lana Parrilla y devolverla a la seguridad tan sexual que tenia se había convertido en su deber cívico.


Continuara...