Capitulo 11:Tierra Trágame

N/A: Como todos habías supuesto el "caballero de brillante armadura" era Jareth, aunque caballero lo que se dice caballero no sea jeje. ¿Quién más podría haber sido? Pero, aunque Sarah por ahora ha fracasado en su huida hemos descubierto algo importante. ¡Parte del Labyrinth ha desaparecido! ¿Qué estará pasando? Según Sarah es cosa de Jareth, siempre creyendo lo peor de él. A cada rato vamos consiguiendo una pieza más del puzle que va explicándonos la situación actual del Labyrinth. Veamos lo que nos lleva. Aunque por ahora a donde nos lleva es a una cena entre nuestros dos queridos protagonistas, a la que "tan buenamente" Jareth ha "invitado" a Sarah. XD

Ah, y siento por la tardanza pero entre trabajos, examenes parciales y que he estado escasa de imaginación, no he podido subir antes el capitulo. Lo siento.

Por último, solo me queda desearos que este nuevo capítulo llegue a gustaros tanto como los anteriores y que me podáis mandar algún que otro review o mensaje privado con vuestras opiniones y críticas constructivas. Hasta los de ahora me encantan y me animan, de modo que… ¡estaré esperando por más!

Disclamer:Los personajes de esta historia no son mías, sino de la película Labyrinth, aparte de Irina, Matt y su ahora ex novia. Es una pena que Jareth no sea mío, qué sino… no estoy muy segura de que hubiera dicho las palabras adecuadas al final de la historia, como lo hizo Sarah. Es que, teniendo a semejante villano ofreciéndome todo lo que le ofrece a su cosa preciosa…

Y que conste, no lo hago con fines lucrativos, simplemente por el placer de emprender un bonito camino junto a los personajes de esta magnífica película que tanto marco mi infancia (sigo teniendo las canciones en mi móvil).

Capitulo 11: Tierra Trágame

Volvía a estar en aquella blanca prisión, aburrida y con la voz un poco ronca de tanto gritar maldiciendo el nombre de ese prepotente rey.

Dios, cuanto lo odiaba…

Había pasado todo el día encerrada ahí, leyendo algún libro que aún seguían intactos después de mis innumerables arrebatos de furia, cuando mi voz ya no dio más de sí. Y no, no había comido nada. Ni los duraznos que tan malvadamente me había traído aquel goblin a petición de su rey, ni la comida que habían puesto en la mesita al llegar al medio día. No pensaba probar bocado. ¿Quién comería algo viniendo de la persona que la última vez que dio algo le había dado un fruto envenenado que la hizo olvidarse de todo? ¿Quién podía asegurarle que esos platos, aunque con una apariencia más que apetecibles, no estuvieran envenenados asimismo? Nadie. No pensaba correr el riesgo nuevamente de caer en su malvado juego. Además, no es que tuviese tanta hambre tampoco.

Su estómago gruñó con tanto ímpetu, mostrando su disconformidad, que la sobresaltó. Aquel sonido más se asemejaba a un león famélico que a un estómago. Me llevé la mano a la tripa para apaciguar los sonidos involuntarios que salían de allí.

Vale, era cierto, tenía mucha hambre. Tanta que hubiese comido hasta un plato de verduras. Aún así, prefería morir de hambre a comer cualquier cosa que él me ofreciese. No me fiaba de él ni un pelo. Quien sabía lo que contenían o qué efectos podía producir en mí. Por lo poco que sabía podía volverme en uno de sus goblins. Dios no lo quiera.

No, estaba decidido, no comería nada.

Así pasaron las horas. Yo leyendo un libro mientras intentaba hacer oídos sordos a las súplicas de mi lastimero estómago, esperando que nunca llegase la hora de la cena. Pero, aunque hay muchas cosas que podemos controlar en nuestra vida, lo que haremos, lo que comeremos… el tiempo no es uno de ellos. El tiempo sigue avanzando a grandes zancadas e imperturbable como siempre, sin hacer caso a tus súplicas.

No quería ir. Se me ocurrían otras mil cosas que prefería hacer que pasar una velada con él. Entre otras cosas, tirarme de cabeza en el Pantano del hedor Eterno, de esa forma, a causa de mi repugnante olor puede que me dejase marchar. Pero no tenía alternativa. Debía ir. Me obligaba a ir. No es como si su nota me hubiese dado la oportunidad de rechazar el susodicho evento. Había sido una orden tajante que, de no cumplirlo, lo pagaría con creces. Cosa que quería evitar, pues perdería toda oportunidad de huir cuando llegase el momento indicado. Pero eso no quería decir que no prestaría batalla esa misma noche, ni mucho menos. Andaba claro si pensaba que me mostraría dócil ante él después de que me obligase a soportar su presencia. Ya le quitaría yo las ganas de volver a cenar conmigo. Le demostraría Sarah Williams. Sí señor.

Y, con esos pensamientos, me dirigí al armario en busca de algo que ponerme, algo que aún no hubiese arruinado cuando escapé empleando vestidos como cuerdas.

Me puso un vestido, color negro azulado, que susurró suavemente cuando me lo enfundé. Me quedaba como un guate. Se ceñía a mi curvilínea figura, resaltando todo lo que tenía que ofrecer. Era precioso. Aunque me costase admitírselo a mí misma, le encantaba el exquisito trabajo hecho por los goblins del monarca. Era un vestido simple que dejaba al descubierto sus hombros y parte de su espalda, dándole una apariencia elegante, pero inalcanzable. Como lo era ella para él. Algo que nunca sería suya, algo que nunca doblegaría, pese a mantenerla encerrada en aquella prisión. Esa sería mi jugada de la noche.

A continuación, decidí hacerme un recogido en el pelo, adornándolo con algunos zafiros que encontró en su tocador. Los cuales me quedaban perfectos, porque mentir. Y me pinté los labios y delineé mis ojos. ¿Quería que estuviese preparada para la cena? Pues lo haría. No soy de las que se arreglan en exceso, pero cuando lo hago soy capaz de quitar el hipo al sexo opuesto.

Cuando terminé de prepararme, pude oír con facilidad por detrás de la puerta el tranquilo deslizar de unos zapatos por el pasillo. Venían a por ella para llevarla a la cena. Bien, era la hora de la función. Era hora de sacar a la Reina de Hielo que llevaba dentro, de poner en práctica todas las horas que empleó de pequeña como actriz. Este no sabía a quién se enfrentaba.

La puerta se abrió justo cuando finalizaron las pisadas. Me encaminé hacia allí, encontrándome con que no sería uno de sus siervos quien me escoltaría hacia el comedor, sino el mismo rey. No dejé que en mi cara se reflejase la sorpresa que sentí. En vez de eso, le mostré mi mejor cara de póquer, acompañado de una indiferente mirada. Eso debió de desconcertarlo momentáneamente, o puede que lo que le sorprendió fuese mi inmejorable apariencia. No lo sabía decir. Pero supo sobreponerse rápidamente. Estoy segura que esperaba palabras malsonantes hacia su persona, junto con iracundas miradas que lo quería fulminar. No, había decido no darle ese regocijo, había decidido no demostrarle lo que causaba en mi, el daño que me hacía.

Se inclinó ante mí por la cintura, ofreciéndome una elegante reverencia.

- Estas deslumbrante, cosa preciosa, me alegra que vayamos a cenar juntos – sus ojos brillaban sin poder evitar recorrer todo mi cuerpo. Que lo hiciera, sería lo único que haría.

- Diría que siento lo mismo, pero no me gusta mentir – le dediqué una fría sonrisa. Toma ahí, una golpe bajo hacia su gran ego empleando las mismas palabras que utilizó con Matt.

No le gusto, como yo sabía, pero no dijo nada. Se limitó a guiarme por el pasillo con un mutismo total. Mejor para mí, no quería hablar con él. Por no querer no quería estar en su presencia, pero eso no se podía cambiar. Por ahora. Para cuando terminásemos de cenar me mandataría a mi celda si mis planes funcionaban y no sabría más de ese reyezuelo de pacotilla. Hasta puede que, arto de mí, me devolviese con los míos. Quién sabe.

Entré tras de él, con la cabeza bien alta, en un elegante comedor donde la pieza reinante era una inmensa mesa con docenas de sillas y candelabros. ¿Para qué necesitaba él una mesa tan grande cuando, a buen seguro, no compartía su mesa con nadie más a excepción de conmigo el día de hoy? Qué más daba. Esto me permitía poner cierta distancia de él. Como de seguro él comería en la cabecera de la mesa, yo podría situarme en el otro extremo, evitando estar con él más de lo necesario.

Era una gran idea, pero él debió de notarlo o suponer por lo menos lo que estaba pensando, pues me retiró la silla que se encontraba a la derecha de su asiento, en un supuesto intento de caballerosidad, aunque bien sabía que de caballero no tenía mucho por no decir nada.

- Sarah.

Como no, era una orden. Me ordenaba sentarme junto a él. Despreciable e inmunda rata… Levanté aún más la frente y, sin dirigirle ni una sola mirada ni una palabra de agradecimiento que debía de estar esperando, me senté en el sitio que me había escogido.

Pronto llegaron nuestros platos. A los cuales no les presté ninguna atención. Ni siquiera cogí los cubiertos que estaban ante mí o bebí del vaso que él me sirvió.

- Sarah – llegó su voz a mi lado –. Deberías comer algo. No lo has hecho en todo el día y debes estar famélica.

- Gracias, pero no tengo hambre – fue ese momento el que empleó mi estómago para revelarse ante mis palabras.

Una sonrisa divertida apareció en sus labios.

- Pues esos ruidos me indican lo contrario, cosa preciosa.

- No voy a comer nada que me ofrezcas – sentencié, firme.

- ¿Por qué no? ¿Acaso no te gusta? Si quieres puedo hacer que traigan algo que sea más de tu agrado. Solo dilo y lo tendrás – dijo solícito mientras acercaba una de sus manos a las mías, el cual aparté con un manotazo contundente, lo que lo sorprendió - ¿Qué pasa, Sarah?

- ¿Crees que soy estúpida? – bien, a la porra con la fachada de reina de hielo, había aguantado demasiado y necesitaba dejarle claro a ese rey un par de cosas - ¿Crees que confiaría en la comida que me ofrece alguien que ya me envenenó previamente?

- Encantado. Era un fruto encantado – intentó defenderse en vano. No hice caso a sus palabras.

- Y para colmo, después de encerrarme en una prisión, porque eso es lo que es y no te atrevas a decir lo contrario, me obligas a venir en contra de mi voluntad a cenar contigo.

- Podías negarte.

- Ya claro, y terminar en un olvidadero para siempre. Sí, que gran alternativa – le contesté sarcástica.

Nuestras miradas se cruzaron, dando lugar a una batalla de voluntades. Ninguno de los dos dio marcha atrás en un buen rato, ninguno de los dos pensaba rendirse, pero como terca no me gana nadie a mí. Así pues, fue él quien apartó primero su mirada, ahora pensativa, mientras ideaba algo.

Su gran, gran idea fue intercambiar nuestros platos y vasos.

- ¿Qué crees que haces?

- Crees que he "envenenado" tu comida. Por lo tanto, he cambiado nuestros platos, pues, como supondrás, en caso que fuera cierto tu acusación, que no lo es, no sería tan estúpido como para envenenar el mío propio, ¿verdad?

- Esto… supongo – me había pillado con la guardia baja, no me había esperado aquello.

- Pues está todo dicho.

La cena, después de aquello, siguió siendo tan incomodo como el trayecto hasta allí. Aunque él intentaba aligerar el ambiente reinante proponiendo temas de conversación o jugueteando con una bola de cristal en sus manos, yo me mantenía en mis trece, dispuesta a ignorarle deliberadamente mientras comía de mi plato. Estaba excelente. Para chuparse los dedos. Lo único que cambiaría habría sido de compañía.

Ni habíamos acabado de tomar nuestros respectivos postres, cuando aparecieron unos cuantos goblins con instrumentos de música a sus espaldas. Y, situándose en una alejada, a una orden de su majestad empezaron a tocaron. Pero no cualquier canción, sino La Canción. Con mayúsculas. La misma que se escuchaba en el Ballroom cuando bailé por vez primera con él. As The World Falls Down.

Se levantó tendiéndome galantemente una mano, con un brillo de diversión en la mirada.

- ¿Me harías el honor de bailar nuestra canción conmigo, querida?

- No.

- ¿No? – arqueó una ceja en mi dirección.

- No me gusta bailar – fue la primera escusa que se me vino a la mente.

- Mientes. Ayer por la noche y hasta hoy a la madrugada, si mal no recuerdo y mi memoria es escelente, antes de traerte aquí cumpliendo tus deseos – esto último lo dijo haciendo especial hincapié en las últimas dos palabras –, has estado bailando como nunca. Sé que te gusta, que te encanta. No mientas, Sarah, y ven conmigo – volvió a ofrecerme su mano.

- Bien, me gusta bailar, pero no lo haré contigo.

- Qué lástima – una malvada sonrisa empezó a expandirse en su rostro –, porque no tienes otra que obedecerme como tu rey – mientras hablaba se iba acercando a mí hasta que sus labios se quedaron a escasos centímetros de mi oreja – o sino…

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral cuando sentí su fresco aliento en mi oreja, prometiendo una amenaza que sabía que sería capaz de cumplir. De modo que, resignándome por el momento a mi destino, cogí la mano que me ofrecía y me dejé llevar por él.

Empezamos a dar vueltas por la sala en los brazos de Jareth. Sus ojos en ningún momento se apartaban de mí mientras bailábamos mientras sonreía para mí. Podía sentir el roce de su mano sobre mi cuerpo. Y, pese a mí, debo admitir que bailar con él hacía que cualquier movimiento pareciera sencillo y natural.

Por un momento me vi trasladada a otro lugar y otra época en la que una vez sonó esa misma música. Era como si estuviera en un sueño, como si todo ello no fuera real. Y cuantas más vueltas dábamos mayor era esa sensación.

Además, como aquella vez, había algo en su rostro que indicaba que estaba disfrutando sinceramente aquel momento, sin la burla o el secretismo que había visto en tantas ocasiones allí presentes.

Era todo tan extraño y tan…

- Me siento… me siento como… no… no sé lo que siento.

Eso al parecer le hizo cierta gracia.

- ¿No lo sabes? – negué con la cabeza despacio, pues el mareo empezaba a hacer acto de presencia en mi mente, desorientándome, haciendo que todo pareciera tan irreal – Tranquila, lo sabrás pronto. De la misma forma que pronto descubrirás tu papel en todo esto. Y cuando lo sepas, quédate conmigo, hazle frente junto a mí, Sarah – los ojos del monarca miraban directamente a los míos, como si quisiera decirme algo más pero no pudiera. Su sonrisa era sería – Créeme. Si quieres ser libre de verdad, completamente tu misma… Porque es lo que quieres, ¿no?

Asentí. Tenía razón, eso era lo que quería, ¿verdad?

- Entonces, encontrarás lo que buscas solo si permaneces en tus sueños, si permaneces aquí, conmigo. Si vuelves a abandonarlo, a abandonarme, volverás a estar a merced de otras personas y sus injusticias. Harán de nuevo contigo lo que quieran. Olvidalos, Sarah. Confía en tus sueños y deseos, aquellos que nacen en tu corazón, no de los corazones de los demás.

Y, aunque parezca extraño, me encontraba embelesada de su pequeño monologo. Olvidado ya todo, mi enfado, mi secuestro, mi familia y amigos… solo estaban él y sus dulces palabras. ¿Sería a causa de alguno de sus encantamientos o es posible que su comida fuese el que realmente estaba envenenada y no la mía? No lo sabía, ni me importaba en aquellos momentos.

- Confía en mí, cosa preciosa – dijo mientras acercaba su cara a la mía - ¿Puedes hacerlo?

Debía de haber caído en alguna especie de retorcido hechizo, pues me vi a mí misma asintiendo y levantando la vista hacia él con expectación. Iba a besarme, lo podía ver por su mirada, por la inclinación de su cabeza. Cerré los ojos, esperándolo, ansiándolo.

Y así fue como sus labios me encontraron. Fue un beso dulce y cariñoso que habría logrado derretir a cualquiera, y yo no fui la excepción. Si mi raciosinio había comenzado a evaporarse cuanto más bailábamos, en ese momento desapareció por completo. Fue como si en mi mente hubiese habido un cortocircuito. Solo estábamos él, yo y el beso compartido.

Su lengua comenzó a acariciar mis labios con adoración, como si me pidiese permiso para entrar. Primero el labio de arriba, luego el de abajo, un mordisquito juguetón y… mi cuerpo reaccionó por iniciativa propia dejándole vía libre para explorar como gustase mi boca.

Nuestros cuerpos empezaron a acercarse más y más, hasta que fue imposible decir donde empezaba el suyo y terminaba el mío. No había espacio ni para el aire. Para ese momento nos habíamos dejado llevar por nuestros instintos y solo éramos brazos que no paraban de moverse de arriba y abajo, cuerpos que se retorcían para encontrar la manera de estar más cerca el uno del otro, y lenguas que luchaban en nuestras bocas.

En definitiva, todo un espectáculo que parecía que pronto se volvería en no apto para menores.

No sé lo que fue, puede que el hecho de enterarme que la música hacía mucho que había cesado o que mi cerebro hubiese decidido por fin hacer acto de presencia, pero fui consciente de lo que estaba haciendo y con quien. Los colores subieron a mi cara, no sé si de vergüenza o ira. Lo aparté bruscamente de mí, propinándole un fuerte empujón en el pecho.

Tierra trágame. Tierra trágame. Era lo único que era capaz de pensar mientras intentaba calmar mi agitada respiración después de semejante beso, que, aunque había comenzado como algo tierna pronto se tornó en algo salvaje. Él, mientras tanto, hacía lo mismo con una sonrisa orgullosa y para nada avergonzada. Sería…

No podía estar más tiempo ahí. El solo ver sus hinchados y húmedos labios me hacía recordar lo que habíamos compartido. Era vergonzoso. Tenía que irme. Dándome la vuelta empecé mi huida. ¿A dónde? No sé, solo sé que no podía estar junto a él, junto a la persona que más odiaba en el mundo y al que le acababa de besar. ¿Qué demonios pasaba conmigo?

Antes de desaparecer por la puerta, sin mirar en ningún momento en su dirección, pude oír la voz del monarca.

- Puedes huir de este comedor, Sarah, pero no puedes escapar de mí o del hecho de que me has besado. Lo sabes tan bien como yo - pude oir su risa, tan pagado estaba consigo mismo por aquel logro, mientras corría como alma llevada por el diablo por el interminable pasillo recitando mi nuevo mantra: Tierra trágame.