Diez
Los pasillos del ministerio estaban llenos de gente y de aviones de papel que iban de un lado a otro. De nuevo pensó que le debía haber dicho a Harry que iría ese día y a qué, en lugar de esperarse a contarle el resultado al día siguiente. Mirando alrededor, le alegró infinitamente haber elegido la opción que le había dado la profesora McGonagall tantos meses atrás. No se imaginaba dando vueltas ahí. Se sentiría encerrada (así una voz como la del profesor Snape le recordara mentalmente, de forma ácida, que ella no salía nunca de la biblioteca). La rutina, los memorandos, el afán, la obligación de cumplir un horario preestablecido la ahogarían después de unos meses.
Ella necesitaba reglas, una guía, pero también autonomía. Todos los años en Hogwarts había seguido las reglas de forma religiosa, al igual que su horario, y si estuviera allá lo haría de nuevo sin cuestionarlo ni sentirse mal por ello. Pero a la vez, siempre mantuvo una cierta agenda paralela de estudio independiente, de horas que organizaba a su gusto, de investigaciones puntuales que revoloteaban en torno a los temas centrales (y muchas veces pocos profundos) que veía en clase, ya fuera para tratar de salvar a Harry o a Hogwarts de la siguiente amenaza, o ya fuera para satisfacer su propia curiosidad.
Finalmente, después de un par de esos ascensores espantosos, llegó a la oficina que le habían indicado. Departamento de seguridad mágica, dirección investigaciones especiales, junto a la de aurores oficiales, número 537. El letrero se veía escrito con la misma caligrafía que todos los otros letreros, la puerta igual a todas las otras puertas del ministerio. Había un banco enfrente a las dos puertas. El corredor estaba un poco más vacío que otros. Se sintió aún más insignificante al levantar la mano para golpear la puerta al ser consciente de que, probablemente, Ron estaría detrás de alguna oficina de la puerta a su derecha. Tal vez sí le debería haber dicho algo a Harry. Al menos para estar segura de que no se encontraría con Ronald a la salida, en especial si recibía malas noticias.
Eso no hacía sino sumarse a la seguridad de que a partir de ese día su vida no sería la misma.
Respiró profundo y entró al oír la voz de una bruja, indicando que entrara. Se arregló las mangas del abrigo y abrió la puerta, para encontrarse con otra secretaria más, a la que dijo un nombre. Esperó luego en la salita, simulando hojear una de las revistas de Witch Weekly, pero en realidad solo viendo un borrón de las fotos, hasta que la invitaron a seguir. Más vueltas, hasta llegar a una oficina independiente, nuevamente con la misma puerta, el mismo número… 537-1. Tocó y esperó a ser invitada.
-Buenos días, señorita Granger. Por favor, tome asiento. ¿Vino sola?- Ahora sí, debí haber venido con Harry, seguro.
-Sí, señor. No decía en su carta que debiera venir acompañada- él asintió y comenzó a buscar algo entre los rollos de pergaminos que tenía en el escritorio. Finalmente pareció encontrarlo y lo desenrrolló en la superficie, poniendo unas pesas en las esquinas para que no se recogiera como un resorte.
-Este es el reporte completo de los operativos que se han hecho en la búsqueda de sus padres. Sé que, visto así, no parece muy largo, pero esté tranquila porque…
-Sé que se trata de un encantamiento para que quepa más en menos espacio. Por favor, no se ande con rodeos. ¿Los encontraron? Cumplen seis meses de búsqueda este domingo, y sé que cuando eso sucede reformulan los planes- sabía todo el procedimiento de memoria, después de haberlo buscado en la biblioteca del castillo. Y sabía que, si el hombre que tenía al frente no le daba buenas noticias, lo más probable es que ya no las hubiera después. Por más que ella continuara subiendo a la torre de Astronomía, ya no sería para esperar noticias de ella, sino tal vez para hablar con su profesor. Sintió un hueco en el pecho.
-Todavía no hemos encontrado nada, señorita. El único indicio, que sugirió alguien del equipo, fue que ellos hubieran comprendido mal algún detalle. Wenkins en lugar de Winkins, Austria en lugar de Australia. Sin embargo, nuestra experta en aritmancia ha corrido todas las ecuaciones con todas las variables, y no han arrojado ningún resultado. Es como si, además de todos los hechizos mentales, les hubiera puesto uno para que fueran inencontrables.
-Pero no lo hice. Ya les he pasado las memorias de ese día innumerables veces- respondió ella con un hilo de voz.- ¿Ningún indicio, me dice?- preguntó nuevamente, pues sabía que esa sería la puerta a que la investigación continuara abierta, de alguna forma.
-Ninguno. Lo siento. Por normas del Ministerio, debemos concluir las búsquedas para este caso, hasta que aparezca algo que pueda relacionarse y nos permita iniciarlas de nuevo- Hermione asintió con la cabeza y vio cómo el hombre sacaba una varita para el procedimiento oficial.
-¿Podría tener una copia, antes de que lo selle?- el mago asintió, movió la varita murmurando unas palabras, y el pergamino se duplicó. Luego pronunció el encantamiento que daba por cerrada la investigación, rodeando el rollo con intrincados hilos de magia que luego se condensaron en un sello lacrado con el signo del ministerio.- ¿Hay alguna notificación oficial del cierre?- El hombre tomó uno de los pergaminos oficiales y escribió los datos. Luego tomó otro formato y lo llenó, siguiendo las casillas una a una.
-Aquí tiene, señorita. Lo siento mucho- le dijo, entregándole el rollo y los otros dos pergaminos a Hermione, que los guardó sin verlos en su carpeta. Ella asintió rápidamente. Quería salir de esa oficina chiquita, claustrofóbica y horrible con sus ventanas artificiales. De verdad debería haberle dicho a alguien, aunque fuera a Minerva. O a Harry.
Se despidieron sin mayores formalismos y ella salió como una autómata al corredor, donde al menos había un poco menos de gente, y se sentó en la banca. Sacó con las manos aún temblorosas los pergaminos, para leerlos con cuidado, comenzando con el formulario que no sabía a qué se refería. Lo leyó rápidamente un par de veces. Luego lentamente otras más. Después se quedó viendo el título del documento sin ser capaz de reaccionar, como congelada.
Certificado de defunción.
Y valía por sus dos padres, además.
No sabría cuánto tiempo llevaba ahí cuando oyó la voz incrédula de Ron, preguntándole qué hacía allá. Ella elevó la mirada, segura de que, en ese momento en que la declaraban huérfana por falta de encontrar a sus padres, lo último que quería era encontrarse con un exnovio que, además de todos los problemas que habían tenido y por los que debían responder ellos dos solos, había puesto a su otra familia en contra suya.
-Ron, sinceramente, no quiero hablar contigo en este momento- le respondió ella, parándose. Se levantó con algo de esfuerzo y guardó los papeles nuevamente en la carpeta, antes de alejarse por el corredor, caminando despacio, sin mirar atrás. No quería lidiar con todo lo que Ron representaba en ese momento. Él no la persiguió, ni dijo nada más. Unos segundos después, sin embargo, oyó otra voz, una igualmente conocida, que la llamaba. Pasos rápidos, y la tensión en sus hombros se relajó solo un poco.
-Pensé que no te iba a alcanzar. ¿Por qué no me dijiste que vendrías?- le preguntó Harry, que apenas si había perdido el aliento. Ella se encogió de hombros, sin saber qué decir. Ella misma no sabía por qué no lo había hecho.- Mione, esto era importante. Me habría gustado apoyarte. ¿Qué te dijeron?- a ella se le aguaron los ojos y Harry la abrazó, con esos abrazo suyos, fuertes, nerviosos y alertas, pero cariñosos. No podían ser de nadie más. La sostuvo ahí, sin decir nada, balanceándose solo un poquito de un lado a otro- Ay, Mione. Te voy a llevar a casa, vamos.
La rodeó por la cintura, y la llevó hasta las chimeneas oficiales caminando lentamente. Cuando llegaron a Grimauld la llevó hasta el cuarto que siempre había sido de ella, antes de que se mudara con Ron, y la acostó en la cama. Llamó a Kreacher, con quien habló en voz baja dándole indicaciones. El elfo desapareció, para reaparecer casi inmediatamente con una taza de agua de manzanilla dulce. Mientras ella la tomaba, cada vez más tranquila (¿le habrían puesto algo?), él la acompañó en silencio.
-Voy a escribir unas cartas. ¿Vas a estar bien por un rato?- le preguntó al fin, cuando ella ya no lloraba y parecía que podría dormir un rato. Ella asintió y él levantó las cobijas para que ella se metiera. Mientras el sueño la envolvía, segura ahora de que Harry le había dado alguna indicación más para su infusión a Kreacher. Se acomodó un poco más, viendo por la ventana el anochecer londinense antes de quedarse dormida.
