Capítulo 11

Los fantasmas olvidados

Máscara Mortal permaneció inusualmente callado mientras Arles, o Saga, o Ares… o quien fuera que se ocultara detrás de la máscara del Patriarca, meditaba acerca de todo lo que acababa de contarle. A pesar de todo, esperaba una respuesta favorable para él. Si Arles tenía la inteligencia suficiente para mantenerse en el trono, le escucharía y también terminaría por darle la libertad de acción que tanto deseaba; sino, él mismo encontraría el modo de salirse con la suya.

—Necesito más pruebas. —Las palabras del Patriarca lo dejaron frío—. Si esto es todo lo que tienes, no me sirve para nada.

—¡¿Qué?!

—No pensabas que un par de chismes mal armados bastarían para darle mi visto bueno a la persecución de un Santo Dorado, ¿cierto? No me importa que sea el mismísimo hermano del traidor. Si he de deshacerme de uno de ellos, será solamente porque constituye un verdadero peligro para todo lo que represento. Hasta ahora, Aioria no ha sido más que un fiel servidor. —Detrás de la máscara, la sonrisa de Ares se ensanchó al reparar en la mueca cada vez más visible de frustración del italiano.

—¡¿Qué más prueba necesitas?!—bramó furioso—. ¡Leo está involucrado con Águila! ¡Las reglas son las reglas! ¡Hazlas cumplir antes de que te arrepientas de ello!

Pero, de pronto, el Santo de Cáncer tuvo que callarse, porque Ares no estaba dispuesto a soportar exigencias de su parte. No podía ver su mirada, oscura y enmarcada en el rojo de la locura, debido a la máscara de un metálico azul que le protegía. Tampoco podía distinguir su ceño, fruncido y enojado, pero a la vez marcado por una sonrisa que delataba su interés de poner un alto a aquella falta de respeto. Sin embargo, Máscara Mortal podía sentir su cosmos; un poder increíblemente salvaje, como solo el dios de la guerra, en su naturaleza cruel, podía poseer.

—No eres nadie para levantar la voz en mi presencia—siseó el dios—. Eres solo un siervo para mi; un hombre que ha vendido su alma por unas gotas de poder y que puede ser despojado de su vida en el momento que me apetezca.

—Solo te pido que cumplas las reglas. —El tono en la voz del italiano había bajado. No era estúpido como para ponerse en contra de un loco como su líder, pero su necesidad de hacer como viniera a su voluntad era muy superior a su cordura en aquel momento. —El resto del trabajo sucio lo haré yo.

—Lo que menos me interesa aquí son las manos que deban ensuciarse.

Para sorpresa de Máscara Mortal, el dios se levantó de la cama. No se inmutó de su desnudez mientras caminaba en busca de su túnica. Se vistió lenta y perezosamente, como si su tardanza fuera una tortura más al Santo. Lo cierto era que Ares no tenía prisa alguna. Su mente de conquistador iba mucho más allá de las pequeñas ideas del otro peliazul.

—Leo está follándose a una amazona. Es tu oportunidad de deshacerte de él, con una excusa más que válida. ¿Qué estás esperando? —Máscara Mortal insistió, y para su sorpresa, lo único que arrancó de la garganta del Patriarca, fue una carcajada.

—Siguiente tu lógica, tendría que deshacerme también de la mitad de esta Orden. Leo no sería el primero en calentar su cama con una de ellas, y tampoco el único. —Con cada palabra, el ceño del italiano se fruncía más y más—. Así que cierra la boca y muérdete la lengua. No voy a arriesgar mi imperio por los juegos estúpidos de un par de mocosos. Al igual que tu, Aioria tiene derecho a follarse a quien se le venga en gana, mientras su lealtad siga siendo mía. Y, si tengo que admitirlo, su pequeño juego le mantendrá entretenido y lejos de toda intriga en mi contra.

—¡Joder! ¡Hay sangre de traidor corriendo por sus venas!

—No más que en las tuyas. —Aquella respuesta lo hizo callar. Apretó los puños, sintiendo una rabia cada vez más incontrolable. —Aioria reniega de su sangre. Nunca hará nada que Aioros hubiera hecho. Eso es todo lo que necesito saber por ahora.

—¿Estás diciendo que Aioria es intocable?

—Estoy diciendo que, hasta que no me traigas verdaderas razones que me hagan dudar de su lealtad, no voy a permitirte mover un solo dedo. Guarda los rumores para tu entretenimiento. Esto es una guerra, no un juego. —El chasquido del Máscara Mortal se oyó con claridad. Ares se sintió complacido. —Ahora, vete. Supongo que mis Santos Dorados tienen más cosas que hacer que arruinarme la noche. Consíguete una puta y déjame en paz.

Sumamente indignado, y sintiéndose más que humillado, el Santo se dio la vuelta para caminar con zancadas hacia la salida. Ares, mientras tanto, lo miró marchar en silencio.

Cuando la pesada puerta de su dormitorio se cerró, el dios fue en busca de la jarrilla de vino que siempre se mantenía ahí. Se sirvió una copa y, tras despojarse de la máscara, bebió un sorbo. De repente, su mirada coincidió con su propio reflejo, en el espejo. Sonrió al verse, a sabiendas de que alguien más observaba también desde su interior.

—¿Qué opinas?—preguntó a su reflejo—. Máscara Mortal sería una gran excusa para deshacerme de Aioria… si quisiera. —Algo en su interior se retorció y supo que Saga estaba escuchando. —Deberías dejar de protegerlo, me haces desear ir detrás de su cabeza.

Rió al sentir la frustración, y casi inmediata resignación, de su huésped mortal. Sentía una innegable satisfacción en jugar con él, en hacerlo sufrir y recordarle su lugar, como un simple observador atrapado en su interior. A veces, creía que ya le había despojado de todo; creía que nada más existía para el antiguo Santo de Géminis. Sin embargo, en ocasiones como esa, recordaba que siempre existían métodos para atormentar su alma, ya de por si, acongojada. Saga era su juguete favorito, siempre lo sería… pero si surgían las oportunidades de encontrar otras distracciones, para Ares, esos pequeños gustos, nunca estaban de más.

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El bostezo, escandaloso y desparpajado, de su aprendiz, le dejó saber que Seiya ya estaba despierto. Con un seña le invitó a levantarse y a acompañarla en la mesa. El tazón de avena con miel ya estaba servido, esperando solamente por él.

Lo que Seiya no sabía era que su maestra apenas y había pegado ojo toda la noche. La amazona había pasado las horas en vela, dando vueltas en la cama y pensando en todos los problemas que se había puesto sobre los hombros en los últimos días. Pero a pesar de su vigilia, no tenía ninguna respuesta que le fuera de utilidad, ni tampoco planes que pudieran ayudarla a encontrarlas.

Con ayuda de la máscara, ocultó un bostezo propio. Seiya ni siquiera reparó en la postura de su cuerpo, menos espigada que de costumbre, ni tampoco en la falta de conversación. El chico se limitó a devorar el desayuno y, cuando hubo terminado, corrió al baño a lavarse la boca, antes de alistarse para empezar el entrenamiento. En un santiamén, el castaño abandonó la cabaña, rumbo al Coliseo; y Marin, unos pasos detrás, tuvo que seguirlo, a pesar de que esa mañana no tenía deseo alguno de mover un solo músculo de su cuerpo.

Su suerte fue a peor cuando, a lo lejos, distinguió a Shaina. Trató de escabullirse por todos los medios que le fueron posibles, pero si algo había aprendido con el paso de los años, era que cuando la amazona de Ophicus olía sangre, no solía perdonar el ataque.

—¡Águila! —Maldijo a todos los dioses en el instante en que la escuchó llamarla. —¿Dónde habías estado escondida?

—No quiero problemas, Shaina.

Vio descender desde lo alto de las gradas del Coliseo a la amazona peliverde, como siempre, con su séquito por detrás. Su primer instinto fue pedirle a Seiya que se marchara, ponerlo a salvo. Sin embargo, sabía que si alguno de los dos intentaba moverse, Shaina no iba a seguir conteniendo esas ganas insufribles de golpearlos.

—¿Quién dijo que quiero problemas? Entrenar un poco no hace daño a nadie.

—Estoy ocupada. Mi aprendiz no va a entrenarse solo—respondió. Lo cierto era que ya había descuidado a Seiya lo suficiente en esos últimos días.

—Quizás el niño debería probarse contra mi propio aprendiz. Estoy segura de que aprendería un par de cosas útiles y, con un poco de suerte, incluso desistiría de seguir adelante con el suicidio que representar enfrentarse a Casios.

—¡No soy ningún cobarde! —Para sorpresa de las dos, el castaño intervino—. Voy a enfrentarlo y voy a vencerlo. ¡Seré el Santo de Pegaso!

—Mírate, niño. No eres nadie… no eres nada. Los chicos como tú no sobreviven en este mundo. Su sangre solamente calma a esta tierra sedienta y sus huesos se queman bajo el Sol, en tumbas sin nombre. No hay oportunidades para ti, no existen los milagros.

—¡Trae a Casios! ¡Llámale y verás como…!

Pero antes de que pudiera continuar, el brazo de Marin se extendió frente a él, ordenándole a cerrar la boca de vez por todas. Siempre le había intrigado el rostro de piel detrás de aquel de plata. Sin embargo, en momentos como ese, cuando sentía el cuerpo de su maestra exudando tensión, casi prefería desconocerlo. No estaba seguro de ser capaz de soportar la severidad de su mirada.

—Tu momento de enfrentar a Casios aún no llega, Seiya. Así que guarda silencio y aprende a controlar a tu lengua—ordenó, sin un ápice de duda—. Y tú, Shaina, déjanos en paz. Existe un tiempo para todo, y el momento de decidir la fe de la armadura de Pegaso todavía está lejos.

—Suenas asustada, Águila.

—No te confundas: No es miedo, es prudencia. Alguna vez deberías tratar de ponerla en práctica—respondió a la peliverde. Después, con un movimiento de cabeza, indicó a su alumno que la siguiera—. Busquemos otro sitio, Seiya.

—¡Pero, Marin…! —La queja del castaño llegó al mismo tiempo que Shaina le cerraba el paso.

—No nos quedaremos aquí. —De algún modo, su voz sonó más autoritaria que de costumbre; se dirigía tanto al aprendiz como a la amazona. —Nos vamos.

Shaina hizo chocar su hombro contra el de ella, al pasar. Lo había hecho con toda la intención del mundo, buscando provocarla, o amedrentarla.

Cualquiera que hubiera sido su reacción, la japonesa se la guardó para sí. Ophicus era una guerrera excepcional, a la que nadie le gustaría tener como enemiga. Desafortunadamente, para Marin, desde que se anunciara la futura rivalidad entre los aprendices de ambas, ella y Seiya se habían convertido en la distracción favorita de la Cobra.

Hasta ese momento, a pesar de los altibajos, se había mantenido entera. Pero si Shaina conseguía quebrarla, entonces estaría perdida. Por difícil que fuera, tenía que conservar la calma. Nadie iba a ayudarla en eso.

—Oye, Águila. —Marin la escuchó. Pero, ni se detuvo, ni le contestó. —Pierdes tu tiempo con el mocoso. Tarde o temprano, Casios se encargará de arrancarle la cabeza.

Seiya se detuvo de improviso. Volteó, furioso, para enfrentar a la amazona. Pero antes de que pudiera espetarle cualquier cosa, Marin le tomó del brazo con fuerza y lo obligó a marcharse con ella.

—Abre la boca una vez más y seré yo quien te tire los dientes de un golpe—musitó al oído del chico, sin soltarlo.

No fue necesario que insistiera, ni que lo arrastrara por mucho más, pues Seiya era completamente consciente de su maestra cumpliría su amenaza.

La siguió, sin más remilgos, pero arrastrando los pies. Podía sentir la rabia emanando de ella y supo que estaba en problemas. Ese día, le esperaba un entrenamiento más duro de lo usual.

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Capricornio era una incógnita para la mayoría del mundo. Su guardián se había encargado de que fuera así.

Shura no tenía amigos, ni nunca recibía visitas. Cuando dejaba los Pirineos y descendía al Santuario, pasaba el día entero encerrado en su palacio de mármol. Solo salía si el Maestro le convocaba a su presencia, o cuando los entrenamientos así lo requerían.

Todo el mundo le temía, o le tenía un respeto oscuro. Después de todo, siendo solamente un niño, se había convertido en hombre al bañarse en la sangre del traidor. Había probado porqué era el Santo más fiel a la diosa, y aquel dudoso mérito era algo de lo que nunca se desharía.

Así que para Máscara Mortal, lanzarse a terrenos desconocidos era toda una aventura. Sin embargo, tenía poderosos motivos para estar ahí.

Encendió su cosmos y buscó por el de su compañero de Orden. Tal como había pensado, Shura estaba en ahí.

—¿Qué es lo que deseas? —Unos minutos después, el español surgió de las entrañas de la décima casa.

—Información.

—No sé que te hace pensar que yo voy a proporcionártela.

—Porque eres el único. ¿Qué pequeño lío te has montado con Águila?

—Ninguno que sea de tu interés.

—Pues me interesa. Las Doce Casas no son un sitio turístico, donde los Santos de bajo rango puedan venir a pasar el día. Para que entren y salgan con tanta naturalidad requieren de uno de nosotros. —Esbozó una sonrisa retorcida, que buscaba provocar al moreno. —¿Acaso eres su nuevo protector?

Descubrió que leer el rostro de Shura era tan complicado como sacarle de quicio. Sus ojos oscuros lucían muertos y lo miraban como una indiferencia irritante. El italiano sintió una necesidad enfermiza de pasar la mano frente a él, para corroborar si alguien se escondía detrás de la mirada vacía. No lo hizo, solamente por evadir que le rompieran la cara. Con todo, no tenía intenciones de echárselo encima como enemigo.

Shura tampoco estaba de humor para soportar sus tonterías. Sin pronunciar una sola palabra más, giró sobre sus talones, dispuesto a terminar con la absurda conversación.

—La mujer está planeando algo, Shura. —El peliazul le dijo, mientras lo veía marchar. —Lo que sea de que se trate, Aioria es parte de ello. Solo que no sé si tú estás involucrado también.

Sus palabras resonaron en el eco de la bóveda del salón. De pronto, el español detuvo su andar y miró a su contraparte por encima del hombro. Por un segundo, sus miradas se encontraron, midiéndose la una a la otra, sin que ninguno estuviera listo para ceder.

—Todo lo que dices son suposiciones. Asumiré, en tal caso, que ya has decidido mi relación con todo este asunto. Sino, eres libre de pensar lo que quieras.

Y, sin decir más, se retiró a sus privados.

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Hacían años desde la última vez que se había atrevido a abrir el pequeño cofre. Lo había mantenido siempre en secreto, resguardado de la vista de todos, como un tesoro culposo que solo debería producirle vergüenza. En muchas ocasiones se planteó la idea de deshacerse de su contenido, pero nunca se había atrevido a consumar esos planes. El pasado yacía encerrado dentro y, por mucho que Aioria lo odiase, no tenía las fuerzas suficientes para dejarlo ir.

Sentado al borde de la cama, se debatía por abrir, o no, la caja adornada con oro y pedrería. Su contenido no era ningún misterio, más sus propias emociones siempre le resultaban tan impredecibles, como ajenas.

La conversación del día anterior con Marin le había dejado reflexivo. En su momento, se había sentido furioso contra ella y dolido con el destino. Pero mientras más se calmaba, más meditaba en ello y más tenía que admitir que sus palabras, aunque incómodas, era innegablemente ciertas.

—¿Por qué tenías que arruinarlo todo? —preguntó al aire. Sus preguntas jamás tendrían respuestas. Aioros no volvería a dar cuenta de sus pecados y él tendría que vivir con la incertidumbre de un crimen que nunca fue resuelto.

Abrió el cofre lentamente, tensando todo su cuerpo sin siquiera notarlo. Con cuidado, sacó el viejo trozo de tela roja, desgastada por el paso de los años. Lo extendió sobre sus dedos.

No recordaba cuantas lágrimas había vertido sobre él, ni cuantas veces se había quedado dormido, aferrándose a la cinta de su hermano, cuando era pequeño. Solo recordaba haberse negado a creer las infamias… hasta que un día había terminado por abandonar toda resistencia y maldecir a su propia sangre.

Curiosamente, Marin le había abierto los ojos: con todo lo que había llegado a odiarlo, Aioros estaba ahí, marcando cada paso de su camino. Le gustara o no, su hermano siempre sería la vara contra la cual se mediría. Aioros de Sagitario había sido, hasta el día de su infame traición, e incluso después, todo lo que Aioria aspiraba a ser en la vida.

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Cáncer era un templo fantasmagórico, llenos de gritos de terror y de dolor cuyo origen era el mismo Inframundo. Pero Sagitario… Sagitario lo superaba con creces.

Si tenía que admitirlo, Máscara Mortal siempre había tenido dudas propias acerca de los relatos de la noche de la traición. Por mucho tiempo se había preguntado que tanto de verdad había en ellos, y que tanto era una mentira. Descubrir la identidad de quien se guardaba tras la máscara del Patriarca le había confirmado sus teorías al respecto.

Desde ese día, para él, la novena casa había pasado, de ser un lugar de sitio de vergüenza, a un lugar repleto de demonios. Por supuesto, la única explicación válida era que los demonios que rondaban por ahí, eran suyos más que de cualquier otro.

—Maldición. —Chasqueó la lengua antes de atreverse a entrar.

No sabía que malsano impulso le había llevado hasta ahí, pero tenía una corazonada. Cuando los nombres de Aioria y Shura coincidían en una misma oración, usualmente el de Aioros estaba en medio.

Así que después de tanto pensar, había llegado a la conclusión de que, si buscaba respuestas, las encontraría ahí.

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Tan pronto puso los pies dentro de la cabaña, Seiya supo que las cosas no irían bien para él. Escuchó la puerta cerrarse a sus espaldas y, sin darse cuenta, tensó los hombros. Los pasos de Marin le siguieron, hasta que no mucho después, la amazona pasó a su lado.

El silencio se volvió tirante entre los dos. En ocasiones, prefería que la pelirroja estallara y escupiera en un solo grito todas las cosas que tenía que decirle. Su indiferencia era mil veces peor que sus palabras.

—Debiste dejarme intentarlo…—murmuró el castaño. La amazona ni siquiera se dignó a voltear a verle.

—Y después, ¿qué pasaría? ¿Eh?

—Podría romperle la cara y Shaina dejaría de molestarnos.

—¿Así de fácil? —Una risa amarga y sarcástica resonó detrás de la máscara. —Niño estúpido. No sé qué es peor, si tu ingenuidad o tu suicida valentía.

—¡Deberíamos enfrentarlos! ¡Ella jamás nos dejará ir en paz! ¡Necesita que alguien le ponga un alto!

—Te aseguro una sola cosa, Seiya: ese alguien no serás tú. Santos más fuertes que tú se han enfrentado a ella y Shaina ha pasado de cada uno de ellos. Es una bestia salvaje, que hace lo que quiere, todo bajo el buen visto del Maestro. —Entonces, Marin giró sobre sus talones, de tal modo que la máscara de plata miró con severidad a su pupilo. —Toma esa valentía tuya y carga en su contra; verás lo que tarda en asesinarte… y yo no voy a detenerla. —El chico arrugó el ceño y apretó los dientes. La crudeza de Marin era tan inusual como realista. Aunque odiaba lo que estaba escuchando, no podía negarle la razón a su maestra. —Parte de ser un Santo es la inteligencia y la visión en la batalla. Tienes un corazón enorme, pero no te olvides que se requiere más que eso.

La prudencia le dictó que guardara silencio, y Seiya la obedeció. Sus labios se apretaron sutilmente, detalle que no pasó desapercibido para Marin. De ese modo, supo que el muchacho la había escuchado; aún más importante, supo que había comprendido sus palabras.

Así de rápido, la tensión abandonó su cuerpo. Esforzándose por lucir relajada, se dejó caer en su diminuta cama. Cruzó los brazos tras de su nuca y se perdió un momento en sus pensamientos. Solo reaccionó cuando la mirada de Seiya la puso en alerta.

—Estas muy rara… —Le oyó susurrar. Si tan solo él supiera…

—Tengo muchas cosas que hacer, Seiya. Y, sinceramente, estoy agotada.

—¿Cuándo podremos entrenar un poco con Aioria?

—Él también está ocupado. Su tiempo es aún más reducido que el mío y sus obligaciones son infinitamente superiores. No siempre podrá estar al pendiente de ti.

—Es divertido tenerlo alrededor.

—En realidad, es un privilegio.

Seiya se lo pensó un momento, detenidamente. Frunció la boca, en aquel gesto que a Marin le resultaba gracioso en secreto. Al paso de algunos minutos de meditación, asintió con fuerza.

—Tienes razón. —Y, a pesar de saber que el castaño era honesto, la amazona no podía negar que había un dejo de decepción en su voz. —Solo que estaría bien que viniera más seguido.

—Lo hará, tan pronto le sea posible. No lloriquees por el asunto.

—¡No lloriqueo!

Rió suavemente por debajo de la máscara. Seiya tenía esa particularidad: aún en momento difíciles, encontraba el modo de robarle una sonrisa. Simplemente era natural para él. A veces, deseaba tener esa capacidad de sorpresa y de ese nivel de energía inagotable.

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Había dado vueltas y vueltas, por cada recoveco del templo del centauro. Aunque se había propuesto ser cuidadoso ante los detalles, Máscara Mortal no encontró nada más que polvo milenario y miles de telarañas.

Quedaba en claro que Arles se había mantenido fiel a su palabra de dejar a aquel palacio en el olvido. Nadie había entrado ahí en años. Absolutamente nadie.

Se detuvo en medio de los corredores y miró a su alrededor. El olor de la humedad le obligó a arrugar la nariz. Más valía que saliera pronto de ahí o terminaría con alergias, o con alguna enfermedad mortal. Se envolvió en la capa, dispuesto a salir de ahí tan rápido como pudiera. Solo esperaba no encontrarse con nadie más durante su huída.

Pero justamente en ese instante, bajó la vista. Sus ojos azules se abrieron cual platos al reparar en aquel insignificante detalle que hasta entonces había pasado por alto.

—Vaya, vaya. —Se agachó, sin perder de vista las letras garabateadas en el polvo sobre el suelo. Leyó con atención y una sonrisa se le dibujó en los labios. —"Aioria"—leyó. Le tomó medio segundo reconocer el estilo de letra, tan propio de aquellos que habían crecido fuera de Grecia. —Tenías que ser tan obvia…

Se puso de pie y oteó por los alrededores. De pronto, Sagitario cobraba una relevancia mayor de la que él le había dado. Llevó su índice a los labios, golpeteándolos suavemente. Se preguntaba donde estaría guardado aquel gran secreto que había llevado a la pelirroja hasta ahí.

Lo que era todavía mejor, ahora su pequeño drama incluía a Aioros en alguna parte. ¡A Arles iba a encantarle ese enredo!

Había un solo nombre que descomponía aún más el rostro del Maestro, y ese era el del difunto Santo de Sagitario. Aunque el circo que Ares había montado para ocultar sus mentiras era perfecto, no podía negar que siempre existiría un dejo de recelo hacia la figura del arquero. Ya una vez había estado a nada de arrebatarle su preciosa victoria, salvando a la pequeña Athena de sus garras. El dios encarnado no permitiría un nuevo error. Ahora, el Santo de Cáncer estaba seguro de que prestaría oídos y atención a su historia.

Aioros era quien le abriría las puertas al cerebro de Ares.

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—¿Puedo entrar?—preguntó, desde la puerta del dormitorio principal de Leo. Su presencia no había sorprendido al Santo, pero su pregunta, sí.

—Sabes que sí. Adelante.

—Te estuve buscando durante los entrenamientos esta mañana—dijo Marin, mientras acortaba la distancia entre ambos y tomaba asiento sobre la cama, al lado de Aioria.

Se retiró la máscara lentamente. Su rostro de inmediato atrajo la atención del león, como sucedía siempre. Para la pelirroja, aquella sensación seguía resultándole extraña e intimidante. No importaba cuantas veces se mostrara ante Aioria, para una amazona como ella, mostrar su cara desnuda era reto a su orgullo y también el gesto más íntimo que podía tener para con cualquier hombre.

—No me apeteció salir hoy—respondió él, encogiéndose de hombros, tras unos segundos de silencio. Bajó la mirada esmeralda y la sembró en sus manos.

—Oh… Yo… —dudó de lo iba a decir—Lamento haber sido tan dura antes.

—Dijiste lo que pensabas. Nunca te disculpes por eso.

—A veces es necesario hacerlo. No era mi lugar…

—Oye—Aioria estiró el brazo, en busca de su mano, y enredó sus dedos con los de ella—, mis asuntos son tuyos también. Además, sabes que peco de terco.

Marin esbozó una diminuta sonrisa que él luchó por devolver. A pesar de sus esfuerzos, la tristeza en sus ojos era obvia.

La amazona respiró apesadumbrada. Era fácil adivinar que sus palabras durante la discusión anterior habían despertado a viejos fantasmas del pasado. Lo peor era que nunca había sido su intención ser tan cruda, ni tan directa con él. Ahora no sabía como poner las cosas en su sitio, ni como mitigar esa avalancha de sentimientos que había desatado en Aioria.

—Aioria…

—Tenías razón, ¿sabes? —Y, por los dioses, que difícil le resultaba admitirlo.

—¿Respecto a qué?

—A… mi hermano. —Marin retuvo la respiración. Guardó silencio, dejándole continuar, con la esperanza de que la conversación avanzara hacia terrenos más seguros para ambos. —Todo este tiempo le he odiado… tanto como le he querido. Uno pensaría que no tiene lógica alguna, pero me es imposible renunciar a él. Todo mi mundo gira alrededor de su recuerdo.

—El amor no entiende de lógica.

—¿Sabes que es lo más curioso? Que la tiene. Tiene toda la lógica del mundo. —Por primera vez durante la conversación, el Santo levantó la mirada en busca de la suya. —Antes de la traición, no puedo recordar ni un solo episodio en el que Aioros exhibiera ni el más mínimo gesto de maldad, mucho menos conmigo. Sino todo lo contrario. Mi hermano… no era el demonio que todo el mundo ha pintado.

Mientras más lo pensaba, para Marin todo tenía menos sentido. Lo que había comenzado como una duda pequeña, crecía y crecía, hasta el punto en que la mentira empezaba a volverse evidente.

El problema era que toda aquella maraña de ideas era solamente suya. Nadie más la compartía… ni siquiera Aioria.

De algún modo, en un rincón de su conciencia, prefería que fuera así. Mientras no estuviera segura de nada, no podía darse el lujo de enfrentar al león contra el Maestro. Peor aún, si sus sospechas resultaban ciertas, Aioria estaría en un peligro mayor del que pudiera imaginar.

—Quizás deberías aferrarte a ello—susurró. Con cuidado, apartó los rizos castaños que caían sobre la mirada del Santo. Cuando coincidió con sus ojos esmeralda, le sonrió, buscando reconfortarlo. —A todos esos momentos en que fue tu hermano.

—Pero es que he pasado tanto tiempo tratando de dejarlos en el pasado. Eventualmente me di por vencido y acepté todo lo que se decía de él. Era más fácil… dolía menos.

Y cada día se había arrepentido de haber sido tan débil. Lo único que poseía en ese mundo en que le había tocado vivir, era Aioros, y lo había perdido… o lo había dejado ir.

—Eso es mentira. Cada respiro que das, cada acción tuya, cada pedacito de lo que eres… también es él. Todo lo bueno que Aioros tuvo, vive en ti. Solo piensa en ello cuando te sientas triste, o decepcionado. Tu hermano dejó un legado mucho más grande detrás de si: a ti.

Un nudo se formó en la garganta de Aioria. Asintió torpemente, luchando contra las lágrimas, y después de muchos años, abrió los ojos a la verdad.

Todo lo que había conseguido, todo en lo que se había convertido, era gracias a Aioros y, en el fondo, era en su honor. Si convirtiéndose en el ideal de Santo Dorado conseguía enmendar las faltas de su hermano, lo intentaría hasta el cansancio… y así lo había hecho.

—¿Tú crees?—musitó.

—No lo creo. —Meneó la cabeza de un modo sutil. —Lo sé.

Aioria tomó su rostro entre las manos, perdiéndose en aquel par de ojos color cielo. Buscó sus labios con los suyos.

Después la abrazó contra su pecho, asentando suavemente la cabeza sobre su melena rojiza. Todo en su cabeza se sentía revuelto y muchas emociones del pasado resurgían con más fuerza que antes. Pero en el fondo, reconocía que se sentía ligeramente aliviado.

Marin era la pieza que faltaba en el rompecabezas de su vida.

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Máscara Mortal caló suavemente su cigarro. No había nada mejor para él, que pasarse la tarde sentado en sus escaleras, con un buen tabaco y un mejor whisky como única compañía. Bueno, podría ser mejor si terminaba la noche con una de las preciosas hetairas que siempre rondaban por el templo papal.

De cualquier modo, su día, que había empezado siendo una verdadera mierda, terminaba maravillosamente.

Las cosas se pusieron aún mejor cuando escuchó el taconeo metálica al otro lado de Cáncer. Los pasos se acercaron a él lentamente y, no mucho después, distinguió la esbelta figura de la amazona de Águila.

—¿Qué pasa con tus modales, Águila? Cualquiera pensaría que esquivas a consciencia el protocolo que se sigue en las Doce Casas. —Le dijo, al saber que la tenía lo suficientemente cerca como para que le escuchara. —Debes anunciarte antes de entrar a templos ajenos.

—Mis disculpas.

—No estás entrando a Leo, preciosa. Aunque si te estuviera follando, tampoco me importaría un demonio si te anuncias o no. —Se llevó el vaso de licor a los labios, ocultando una sonrisa retorcida.

Ella, por supuesto, tuvo que hacer acopio de toda su fuerza para ignorarle. A cualquier otro le hubiera roto la cara. Pero no era competencia para un Santo Dorado; mucho menos de uno como el italiano, cuya lengua era más peligrosa que su cosmos. Lo último que deseaba era provocarle.

—Sé que estuviste en Sagitario—continuó el Santo. El corazón de Marin dio un brinco dentro de su pecho, pero se negó a detenerse y a enfrentarlo. Si lo hacía, estaba perdida. —Tarde o temprano, encontraré lo que buscabas ahí. Ve con cuidado, pajarito. Este mundo es más peligroso de lo que crees.

Pero eso, la pelirroja ya lo sabía.

Se forzó a seguir caminando, sin mirar atrás, a pesar de que las piernas le temblaban. Apretó los puños y se mordió los labios, sintiendo que el aire le escaseaba. Por primera vez, sintió el miedo corriendo por sus venas. Estaba internándose en terrenos peligrosos, pero ya no podía dar marcha atrás.

-Continuará…-

NdA: No creo que nadie esperara que continuara este fic después de todo este tiempo. Pero de pronto, me ha surgido una necesidad bárbara de escribir sobre estos dos y… aquí está.

Para aquellas personas que tuvieron la ENORME paciencia de esperar por esta actualización, no tengo palabras para pedirles disculpas y también para agradecerles. Espero que la espera haya valido la pena y que el capítulo estuviera a la altura de toda esta ausencia. Sorprendentemente, escribirlo ha sido muy fácil para mi.

Gracias, gracias, gracias a todos los que esperaron y a todos aquellos que siguieron comentando y agregando el fic a favs durante todo este tiempo.

A White Lady EF, Damis, Kokoro-Koko, Mine, Kumikoson4, Shaka love, Angel Elisha, Saint Lu, Yolei kon, Ginger, Dana007, karenpage, lady wyvern, Maria Alvarez, Stiven zea, Asukii, Mirianesgonzalez, utopia153, Little Indulgence, Guest.

Gracias a todos…

¡Y mil disculpas! (La autora sale huyendo)

Sunrise Spirit