29. Salida.
Sirius Black observó por última vez a su hermano en aquel entorno lleno de matices plateados y verdes, de estandartes opuestos a los suyos, de valores que nunca pudieron compartir. Vio la rabia concentrada, la impotencia, la promesa de intentar odiarle para siempre porque estaba deshonrando a su casa. Respiró hondo y cerró los puños con fuerza. No iba a flaquear ahora, justo delante de su hermano pequeño. El futuro mortifago y orgullo de la familia Black. Regulus Black camino con altivez los cuatro pasos que le separaban de la puerta de su habitación y hermano mayor. Le miró con el ceño fruncido y negó con un gesto de reprobación muy parecido al de su madre. Luego cerró la puerta y él se quedó al otro lado, esperando un "hasta pronto, hermano."
No habría despedidas. Solo los gritos ahogados de su madre desde alguna estancia de la casa llamándole traidor a la sangre, diciéndole que había deshonrado a su familia profundamente y que ojalá no fuese un Black. A veces él mismo deseaba no ser un Black.
Hasta el picaporte de la puerta resultaba extraño y turbador en su sudorosa mano. No hubo gritos ni reproches. Resultó que el silencio y el vacío eran más desoladores de lo que nunca imaginó y ahora se arrepentía de haber deseado que no hubiese palabras llenas de odio. Era como si les estuviese traicionando de verdad.
Abrió la puerta con dureza y la luz del medio día le dio de pleno en la cara. Se puso la mano en la frente a modo de visera y vio a su amigo al otro lado de la calle, apoyado en la barandilla y con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones. Sirius sonrió y todas las razones por las que se iba de allí volvieron a martillear contra su pecho, fluir de un modo casi familiar en su sangre.
Cerró la puerta de un golpe, bajó los escalones y corrió hacia su amigo.
- ¿Ha gritado mucho? –preguntó James.
- No.
- ¿No me ha llamado maldito desgraciado traidor y amante de sangres sucias?
Aquellas fueron las palabras que había oído James en su última visita a Grimmauld Place.
- La loca de mi madre ignora el amor que le profesas a Evans –bromeó Sirius.
- Vámonos antes de que me arrepienta –gruñó James.
- Será antes de que yo me arrepienta.
- Lo dudo.
- Yo también.
Fin.
