"La diosa menor"


Cap. 11: La pelirroja y el rarito.


- Oye Koré...

- ¿Sí? - inquirió alegremente la disfrazada diosa menor de la primavera.

Cassandra, quien estaba caminando en aquellos instantes a su lado a paso nervioso (algo ciertamente no muy habitual en ella ya que el temperamento de la vidente era de tal calma que casi rayaba en el pasotismo), giró su delgado cuello rápidamente en todas direcciones hasta que sus sesgados ojos verdes de pitonisa localizaron aquello que la traía de cabeza desde hacía semanita y pico.

- Oh, dioses... ahí está otra vez... - murmuró levemente sobresaltada.

- ¿Quién?

- Tu amigo el de negro.

Y era cierto: el muchacho aquel que habían conocido en "La Granada Apaleada" las observaba en la distancia cruzado de brazos, antinaturalmente fundido en las sombras que el edificio de la Academia Prometeo ofrecía durante aquella media hora solar de recreo, recostado contra una de las paredes.

Y sonreía.

Pero su sonrisa, al menos bajo el punto de vista de Cassandra, resultaba de todo menos confortante.

- Ah, él... - replicó Perséfone esbozando una sonrisa estúpida para, acto seguido, girarse en la dirección del sombrío joven y saludarle tímidamente con la mano.

El otro, ampliando su extraña sonrisa, ni corto ni perezoso le devolvió el gesto.

Cassandra miró a ambos alternadamente con un gesto que evidenciaba su mucha incredulidad.

- ¿Se puede saber por qué está aquí? - preguntó asiendo rápidamente a su amiga por los hombros y haciendo que la mirase para que ésta volviera a la realidad – No es estudiante. De hecho, con la edad que tiene debería estar trabajando o algo por el estilo, ¿no?

- Ah, sí, supongo... - repuso la joven deidad encogiéndose de hombros sin dejar de sonreír como una tonta - ¿Quién sabe? A lo mejor está en paro.

- ¿Quién le ha dejado entrar?

- Se habrá colado él solo.

- ¿Y cómo es que Paréntesis no anda desquiciado de un lado a otro buscando la más diplomática y a la vez menos amable manera de echarle a patadas?

El señor Paréntesis era el encargado del orden en la Academia Prometeo. Del orden, de la contabilidad, de informar a los alumnos (lo quisieran ellos o no) de los eventos y las normas del centro... y también de asegurarse de que cada uno anduviera en sus correspondientes sitios durante las clases.

Y eso incluía a gente que no fueran alumnos o personal del centro educativo.

Porque Paréntesis era experto en echar a cualquiera que no tuviera nada de provecho que hacer allí.

De hecho había visto al chico y le había intentado, no precisamente de muy buenas maneras, echar a la calle.

La gracia es que, antes de poderse dar cuenta de lo que estaba sucediendo y a quién estaba intentando poner de patitas en la calle, Paréntesis se encontró atado y amordazado con una suerte de humo sólido que le impidió moverse y gritar como una niña en el mismo momento en que, volviendo a su apariencia real hecho una furia, Hades le dejó inconsciente.

Seguramente en aquel momento aquel mortal metomentodo se hallaría roncando muy felizmente abrazado a una escoba en el cuarto de la limpieza; ya lo encontrarían mañana... o pasado... o al otro...

- Koré. ¡Eh!, ¿me estás escuchando sí o no?

Perséfone bufó y encuadró la vista en la preocupada cara de su amiga mortal.

- No seas pesada, Cassandra. ¿Y qué si Paréntesis no anda por aquí molestando al personal? - dijo enarcando una ceja – Para una vez que no tenemos que aguantarle...

- ¿Y no te parece raro?

- Pues no.

Cassandra se llevó las manos a la cabeza. La verdad es que estaba siendo un poco alarmista y andaba muy suspicaz... pero es que no tenía otro modo de explicar la inquietud que el chico de negro le producía cada vez que se hallaba en las inmediaciones de Koré. Y, a lo largo de ésta semana y pico desde que se conocieran, no hacían más que verle todos los días de una manera u otra.

El tal Aidas, como se había dado a conocer, tenía algo que no le gustaba un pelo. Algo que ya conocía, algo que ya había visto antes.

La cuestión es que no podía ubicarlo. Y, como consecuencia, no podía explicarlo.

- Sabes que ése chico te está siguiendo, ¿verdad? - intentó la visionaria una vez más.

Perséfone soltó una risita, divertida.

- Déjale que me siga.

- Yo a eso lo llamo acoso, Koré. – repuso la agorera cruzándose de brazos.

- Déjale que me acose.

- Sé de lo que me hablo. Ícaro es exactamente igual... - en esto que Cassandra se lo pensó un momento y rectificó - Con la salvedad de que él es como un perrillo pesado. Tu amiguito, por el contrario, da mucho miedo.

La diosa de la primavera dio un corto resoplido.

- Jolín, mira que eres melodramática. Ni que fuera un demonio...

- Pues ahora que lo dices tiene toda la pinta, la verdad.

Es que sí: pálido, de negro, con la cara famélica y ojerosa... y aquellos ojos tan... raros...

- ¿Sabes lo que creo, Cassandra? - dijo Perséfone de pronto, súbitamente iluminada en sus tan socorridas ideas para cambiar de tema, algo en lo que era toda una especialista – Que andas nerviosa por el tema de la excursión sorpresa del lunes, por eso ves el peligro donde no lo hay.

La vidente hizo un gesto de indiferencia con la mano.

- ¿Nerviosa por una aburrida, estúpida y seguramente poco instructiva excursión?, ¿yo? - dijo con voz desdeñosa al tiempo que se cruzaba de brazos y se ponía de morros - ¿Por qué debería estar nerviosa por una eventualidad tan tonta?

- Tal vez porque los lunes tocan dos horas de Greconomía Doméstica SEGUIDAS y, con el tema de la excursión, nos las vamos a saltar muy alegremente. – replicó la diosa menor con una sonrisa cómplice adornándole el rostro – Así que yo, al menos, andaría feliz como una perdiz de perder de vista a la señorita Eufrósine y a sus brillantísimas clases acerca de cómo cocinar y tender la colada.

La verdad es que aquella perspectiva, muy acertada, hizo cambiar el habitualmente ceñudo rostro de la joven vidente a uno de absoluta felicidad mientras se embebía con la idea de no pasar otra clase fingiendo que cambiaba pañales a un muñeco de trapo y tomaba apuntes acerca de cosas que, honestamente, esperaba no tener que hacer en toda su vida ya que no tenía la más mínima intención de casarse en el futuro.

Con el tema de Aidas desviado y las atenciones de Cassandra centradas en mandar con viento fresco por un día a la asignatura que más detestaba, la pequeña diosa de la primavera esperó a que Ícaro hiciera su consabido acto de aparición y se dispusiera a perseguir a la visionaria para escabullirse a hurtadillas.

Cuando llegó hasta donde había estado hacía escasos minutos el sombrío joven de negro, se llevó una terrible decepción al no encontrarle.

- Mecachis... - bufó Perséfone torciendo el gesto.

Sin embargo a sus espaldas, materializándose de una densa nube de humo negro, Hades, disfrazado, se rió en voz baja encantado de la vida y le cubrió los ojos a la chica con una sola mano.

- ¿Quién soy? - preguntó riendo.

Perséfone trató de ocultar sus ganas de reírse también.

- No sé... ¿el repartidor de pizzas? - inquirió juguetonamente con tono de falsa inocencia – Espero que le hayas puesto muchas olivas, piña y lechuga. Me gustan así.

- ¿Lechuga? ¿Dónde se ha visto eso de poner lechuga en una pizza?

- Pizza vegetal. – informó la falsa pelirroja con una enorme sonrisa de oreja a oreja – Está rica.

- Ugh... creo que la idea no me hace demasiado, nena.

- Vaya, ¿y tú qué le pondrías a una pizza, Señor Paladar Delicado?

- Unos globos oculares bien frescos. – replicó el disfrazado Señor del Averno quitándole la mano a la joven de los ojos y permitiendo que ésta se diera la vuelta rápidamente para sacar la lengua con evidente asco. El dios se rió.

- ¿Globos oculares? - preguntó Perséfone incrédula - ¡Uagh!

- Y unos gusanitos para que le den un poco de vidilla al queso. – siguió Hades con la gracia, sabiendo en todo momento el asco que semejantes ingredientes provocaban en el humano medio.

Aunque él mismo salivase de hambre al ver una pizza llena de ojos y gusanos tostaditos recién salida del horno. Para gustos, colores.

Anduvieron hablando y gastándose bromas respectivamente el resto del recreo. Tenían piques verbales la mar de entretenidos que, conforme se iban conociendo mejor, se volvían cada vez más elaborados y agudos, pues tanto Hades como Perséfone eran ágiles conversadores que le sacaban punta hasta a los temas más sosos. Y éste rasgo compartido no hacía sino acrecentar el interés del uno por el otro.

Es más, la joven diosa menor hubiera continuado hablando con su nuevo amigo sin importarle demasiado si se saltaba las clases o no, de no ser por...

- ¡Ey, prima! - la voz de Hércules sacó bruscamente a ambos dioses de su muy entretenido coloquio - ¡Que ya ha tocado la campana, tenemos que volver a clase! - exclamó alegremente hasta que llegó a ellos y se percató del aura sombría del acompañante de Perséfone – Ah... hola, me llamo Hércules. – se presentó el chico extendiendo una mano para estrechársela al pálido muchacho de negro - ¿Cómo te llamas?, ¿eres nuevo?

Hades observó desdeñosamente con los amarillos ojos convertidos en dos estrechas rendijas la mano extendida del aprendiz de héroe y, para disimular frente a la chica, se la estrechó con cierta reluctancia.

- Aidas. – replicó fríamente, transmitiendo al joven Hércules una súbita ráfaga de escalofrío a través del contacto entre ambas manos – Y no, no soy nuevo. De hecho, mi época de estudiante finalizó hace ya mucho, mucho tiempo.

Ambos hombres, tío y sobrino, se contemplaron un instante fijamente, como midiéndose, sin soltar el mutuo apretón de manos.

Hades sentía el terrible impulso de absorber la esencia vital de su molesto sobrino y mandarle derecho al Inframundo para que dejase de incordiar de una vez por todas... pero no podía. No con la estrecha vigilancia divina de Zeus sobre sus cabezas... y menos con la presencia de la encantadora Koré, quien seguramente le despreciaría si se cargaba a Hércules delante de ella.

No... tendría que ser paciente... ya le llegaría su oportunidad de sacarse a aquel mocoso de encima, ya le llegaría. Tiempo al tiempo.

Hércules, por su parte, tenía muy claro que había algo en aquel chico siniestro que no le gustaba un pelo. No es que estuviera haciendo nada malo por hablar con Perséfone, pero... es que tenía una pinta tan rara... como de... maleante.

Y además... ¡qué demonios!, ¡un extraño individuo estaba hablando con su prima pequeña! Hércules tenía la tarea de velar por la seguridad de la joven diosa mientras pisara suelo mortal, no podía dejarla a solas en una compañía tan... dudosa.

Sabía que solo estaba juzgando el libro por la cubierta, pero ya el hecho de que alguien que no fuera estudiante se hubiera colado en la Academia Prometeo a la hora del recreo era un claro indicador de que no podría estar tramando nada bueno.

Ambos contrincantes fruncieron el ceño.

- Mi prima y yo tenemos que volver a clase. – dijo Hércules sin quitarle la vista de encima al tal Aidas.

- Yo también me iba. – replicó Hades a su vez con suma tirantez al tiempo que se desasía de la increíblemente fuerte mano de aquel mequetrefe patoso – Pasároslo... de fábula.

- Bien. – dijo Hércules mientras asía a su prima del brazo y la alejaba de la oscuridad circundante a aquel desconocido.

- Bien. – repitió el Señor de los Muertos a su vez.

Y, una vez perdió a ambos adolescentes de su radio de alcance, un muy contrariado Hades volvió a su aspecto normal para observarles desde la oscuridad a lo lejos con brillantes ojos amarillos hasta que su silueta se difuminó en humo y volvió en silencio, invisible, de nuevo al Reino de los Muertos.

Perséfone iba asida de la muñeca por su impulsivo primo semidiós, guiándola a través de los pasillos vacíos de la academia con demasiada velocidad para su gusto.

- ¡Por Zeus, Herc! - exclamó molesta - ¡Más despacio, que me caigo!

- ¡Llegamos tarde! - fue la réplica, tal vez demasiado brusca, que su pariente se dignó a darle sin aminorar el paso ni siquiera un poquito.

La diosa de la primavera intentó zafarse hasta que consiguió, sin tener muy claro cómo, transformar momentáneamente su mano en una liana vegetal que, al ser más fina que su palma, consiguió deslizar fuera del alcance del sobrenatural agarre de Hércules.

Los dos primos se quedaron un instante sorprendidos, tanto de la fugaz transformación (algo que a Perséfone nunca le había salido hasta ahora, pues podía convertir cosas ajenas a su propio cuerpo, pero no transformarse ella sola) como de la totalmente inusual brusquedad de la que el semidiós estaba haciendo gala en aquellos instantes.

- Lo... lo siento prima, yo... - trató de excusarse Hércules al darse cuenta de la clase de comportamiento que estaba exhibiendo.

Perséfone le contempló un momento en silencio, ceñuda y de brazos cruzados. Se acababa de percatar de que estaba algo enfadada con él.

- ¡Eso que has hecho ha sido una grosería, Herc! - le regañó - ¡Ni siquiera me has dejado despedirme de él!

- Es que ya ha tocado la campana...

- ¡Me da igual!, ¡no soy ninguna niña pequeña a la que tengas que llevar de la manita a clase para que no se pierda por el camino!

A Hércules aquello le sentó francamente mal.

- ¡Tengo una responsabilidad sobre ti, prima! - se defendió - ¡Tía Demi nunca me lo perdonaría si te sucediera algo!

- ¿Y qué se supone que puede sucederme entre mortales, Herc? - argumentó la pequeña deidad, en apariencia más frágil y bajita que muchas chicas humanas de su edad - ¡Puedo defenderme sola! ¡Los poderes de la Tierra Madre Gea corren por mis venas, por si no lo recuerdas! - dicho lo cual, se dio inmediatamente la vuelta para irse, mosqueada y consciente de que, como siguiera gritando, acabaría diciendo cosas de las que más tarde se arrepentiría.

Frustrado y triste, el semidiós adolescente, contrario siempre a los enfrentamientos verbales con las personas a las que quería, descargó su mal humor dándole un golpe con el canto del puño a una de las paredes del edificio, con tan mala suerte que provocó una enorme grieta en la estructura y varias baldosas coloreadas de los muros y del techo cayeron al suelo haciéndose añicos. Hércules, al percatarse de lo que acababa de hacer, solo agachó la cabeza apesadumbrado.

Pero, inmediatamente, notó una pequeña mano sacarle el puño del boquete que había formado en el lugar del impacto y, al girarse, observó sorprendido a su prima pequeña darle una mirada de preocupación, todo el enfado de hace unos segundos borrado por completo de su semblante.

- Qué bruto eres... mira la que has liado... - murmuró la chica negando con la cabeza y pasándole al muchacho un brazo por encima de los hombros. ¿Y él pretendía cuidarla? Dioses, si mentalmente era aún más crío que ella – Vayámonos con disimulo antes de que venga alguien y nos la carguemos pero bien. Que el lunes nos vamos de excursión y no quiero que te castiguen sin venir.

Aliviado de que a su prima se le hubiera pasado el enfado, Hércules se dejó conducir como un manso cordero hasta la clase de Dédalo, que era con quien les tocaba ahora tras el recreo.

- Llegáis diez minutos tarde. – les reprimió el profesor y padre del histriónico Ícaro cuando tocaron a la puerta del aula y ambos jóvenes pasaron cabizbajos.

- Hércules se encontraba mal, profesor. – mintió la diosa menor de inmediato, dándole un ligero apretón a su primo para que le siguiera el rollo y no abriera la boca. Hércules, entre otras muchas cosas, era incapaz de mentir a nadie – Y le he acompañado al baño para que se refrescara.

Ello, por suerte, les salvó de que Dédalo les pusiera una nota en sus respectivas agendas para sus padres.

Pero le dio una excusa perfecta al imbécil de Adonis para burlarse durante la clase del aprendiz de héroe, llamándole "nenaza" por necesitar que una chica le acompañase al baño.

Sin embargo, ya que estaban trabajando con tablas de madera y demás utensilios de carpintería, Perséfone le arreó un tablazo en toda la cara al presumido príncipe de Tracia en cuanto tuvo la oportunidad de pasar el suceso por un accidente.

- Ups, perdona boquerón. – se disculpó con falsa inocencia – Debe ser que esto de la torpeza nos viene de familia. – añadió guiñándole disimuladamente un ojo a su primo, quien tuvo que taparse la boca para no reírse. Comenzaba a acostumbrarse a las jugarretas de la chica y, mal que le pesase a su alma heroica, se divertía mucho con ello.

Y Adonis nada respondió, tirado en el suelo como estaba. No es que pudiera responder en realidad nada coherente en aquellos instantes. Veía demasiadas estrellas danzar frente a sus ojos a consecuencia del golpe.

La normalidad parecía haber vuelto a la Academia Prometeo aquel día.


- Bienvenidos, estudiantes, a la Semana de Prácticas. Cinco días de inmersión en el mundo laboral. – anunció alegremente el siempre serio y estricto Paréntesis, quien había pasado casi todo el fin de semana encerrado en el escobero de la academia sin entender muy bien cómo se las había apañado para llegar allí y deseaba fervientemente desembarazarse de los alumnos lo antes posible para recuperarse de tan agotadora experiencia – No tendréis profesores que os supervisen.

Así pues, aquella era la famosa excursión del lunes: prácticas laborales. Perséfone, al lado de sus amigos y de su primo, torció ligeramente el gesto. Ella ya sabía lo que era currar desde bien niña, no necesitaba que nadie se lo enseñase, con su madre cada primavera hacía muchas veces más ejercicio que un atleta de élite.

- ¡Oh! - exclamó Hércules a su lado muy contento - ¡Una semana en el mundo real!

- Me he preguntado a menudo cómo sería esto. – convino Ícaro llevándose pensativamente una mano bajo el mentón.

Cassandra, pesimista como siempre, bufó.

- Pues sigue preguntándotelo. – replicó con sumo desencanto – Paréntesis les dará a los "enchufados" los mejores trabajos. – asumió inmediatamente, marcando las comillas con los dedos – Y los demás acabaremos esclavizados en alguna tarea monótona.

Perséfone se limitó a asentir, súbitamente deprimida. Cassandra tenía razón, y lo que más le molestaba del asunto es que el idiota de Adonis, efectivamente, tendría un trabajo guay y "light", fácil de desempeñar y ella, probablemente, acabaría barriendo los pasillos del Centro Comercial del Ágora. Fijo.

- Adonis, cachorro mimado. – anunció Paréntesis con su habitual cara de palo, añadiendo la segunda parte de la frase por lo bajini – Tú trabajarás para Panasonicles, el Rey de la Pantalla Grande.

Panasonicles era famoso por sus elaboradas tramas de sombras chinescas sobre fondo blanco. El trabajo era chulo y no parecía lo que se dice muy difícil de realizar.

La diosa de la primavera suspiró resignada. Definitivamente, toda producción en pantalla grande que Adonis pudiera realizar sería para elogiar sus ficticias hazañas bélicas. Eso lo tenía más claro que el agua.

- Muy adecuado. – opinó Adonis con su siempre odiosa voz que oscilaba entre la presunción y lo zalamero – Es que yo soy de la realeza.

Ícaro, Hércules y Perséfone hicieron una disimulada mueca de querer vomitar.

- Bueno. – suspiró Adonis con aire lánguido mientras se dejaba izar sobre los hombros de sus fornidos guardaespaldas – Vamos a... ¿cómo era la palabra...? Ah, trabajar. - añadió riendo son suma impertinencia.

La diosa menor rodó los ojos.

- Cassandra, nuestro rayo de sol. – siguió anunciando Paréntesis con remarcado sarcasmo – Quedará encargada de la Caseta de Información.

Aquel apaño complació a la escéptica vidente, quien apoyaba sonriente los codos en el mostrador de recepciones.

- No es tan terrible. – opinó contenta – Ni siquiera lo odio.

- Ícaro... - Paréntesis pareció dudar de si anunciar o no aquello – Uh... que Zeus nos asista, trabajarás en "El Secreto de Afrodita".

Perséfone enarcó una ceja ante tal elección. ¿Ícaro... en una lencería de marca?

El histriónico adolescente de voz atiplada se iba a poner "morao" a ver mujeres guapas con poca ropa en aquel puesto.

De hecho, se le veía feliz.

- No es tan terrible. – suspiraba encantado de la vida rodeado de las sexys modelos que había allí para mostrar el género de ropa al público – ¡Ni siquiera lo odio!

- Koré, amabilidad encarnada. – prosiguió Paréntesis con sus sarcasmos – A ti te tocará alternar entre el invernadero y la floristería "Ramos de Proserpina".

Perséfone alzó las cejas, gratamente sorprendida. No solo iba a trabajar en el terreno laboral que más le gustaba, sino en un establecimiento que llevaba su nombre en romano. La ironía era maravillosa.

- No es tan terrible. – murmuró complacida al tiempo que aspiraba los fragantes aromas de los lirios y rosas que allí se vendían mientras, disimuladamente, obraba su poder para que éstos florecieran en todo su esplendor – Ni siquiera lo odio, ¡me encanta!

- Y, finalmente: Hércules, el retoño de Zeus. – anunció el estirado Paréntesis, aliviado de terminar con aquello y poder irse a casa una semana entera sin alumnos – Debes presentarte en "El Mundo de Jéroes".

Hércules, que entendió mal la palabra, de puro contento abrazó a Paréntesis hasta casi ahogarlo.

- ¡Sí! - exclamó - ¡Trabajaré en "El Mundo de Héroes"!

Más tarde, sumamente desencantado, se percató que aquel "Mundo de Jéroes" era un establecimiento de bocadillos de cordero rápidos. Y tanto el uniforme como el eslogan eran patéticos: "Venid, borregos, a mí".

Adonis entonces, al disponer de mucho tiempo libre entre producción cinematográfica y producción cinematográfica, se acercó primero al establecimiento de comida rápida donde trabajaba un muy desilusionado Hércules para ponerle nervioso, reírse de él y, básicamente, hacer que derribase casi todos alimentos que tan pulcramente había distribuidos en bandejas para hacer los bocadillos de cordero.

- ¡Qué torpeza más torpe! - exclamó el mimado príncipe de Tracia con una risa maliciosa al ver el desastre que había logrado que Hércules montara en menos de dos minutos – Si se entera tu jefe, te dejará más... aborregado. – ironizó haciendo especial hincapié no solo a la carne de los bocadillos, sino al patético uniforme ovejero que los empleados de aquel establecimiento debían de llevar puesto - ¿Habéis oído?, ¡he dicho algo gracioso! - exclamó riéndose de su propio mal chiste dirigiéndose a sus guardaespaldas, quienes hasta que no les miró mal no se rieron. Para eso les pagaba.

Y Hércules, a media jornada de haber empezado, dimitió de su trabajo por voluntad propia. Se sentía humillado por aquello. A él atender un puesto de comida rápida no le serviría de nada, ¡él quería ser un héroe, no un dependiente de mostrador!

Enfadado y triste, fue a vagar en soledad por el Centro Comercial para aclarar ideas... tal vez no tendría que haberlo dejado... ¿qué haría su padre, Zeus, en su lugar?

Adonis, por otra parte, no contento con haberle hecho la vida imposible al aprendiz de héroe, fue también a acosar a la prima de éste, intentando insinuársele como era su uso y costumbre.

Y Adonis aquel día no iba a aceptar un "no" por respuesta.

- Mira, boquerón, no es que quiera ser grosera, pero ¿puedes sacar a tus gorilas malolientes de la tienda? - le espetó Perséfone comenzando a perder la paciencia – Me están destrozando los tiestos y las plantas con sus pezuñas de asnos retrasados, si sabes a qué me refiero.

- Oh, podría hacerlo con mucho gusto, princesa. – replicó Adonis con una sonrisa que pretendía ser seductora – Pero... últimamente no te has portado lo que se dice demasiado bien conmigo.

- Ni tú con mi primo. – replicó la falsa pelirroja devolviéndole la pelota – Estamos en paz. Ahora, fuera. - añadió indicando con el índice la salida.

- Oh, vamos querida, no hace falta ponerse así. – dijo el rubio chasqueando los dedos para que sus guardaespaldas abandonaran el establecimiento - ¿Ves?, puedo ser muy amable contigo si tú...

- ¿Si yo, qué? - preguntó la chica, percatándose en un momento que se habían quedado los dos solos en la tienda y la situación no le gustaba nada de nada.

Adonis rodeó el mostrador desde donde la joven deidad disfrazada atendía al público y la agarró de una de sus pequeñas y pálidas muñecas.

- … Si me das un beso y sales conmigo a cenar. – terminó aquel presumido con suma prepotencia al tiempo que se inclinaba para besar a aquel elemento rebelde que se le resistía con tanta insistencia.

Perséfone le arreó un tortazo en toda la cara, súbitamente llena de repugnancia. Sabía que Adonis era un cretino, pero nunca se hubiera imaginado que llegaría tan lejos.

- ¡Ni harta vino! - ladró indignada - ¡Suéltame, capullo!

Pero el bello y presuntuoso joven, herido su orgullo, agarró a la chica la mano libre con la que le había golpeado y, obviamente teniendo más fuerza que ella, la inmovilizó contra la pared, dispuesto a cobrarse su beso lo quisiera ella o no.

A Perséfone se le comenzaron a encender los ojos amarillos como si hubiera fuego dentro de ellos y, poco a poco, la ira comenzó a adueñarse de ella.

La plantas de su alrededor lo percibieron y comenzaron a desarrollar pinchos espontáneamente. Lentos pero seguros.

Lo mataría. Lo empalaría antes de llegar siquiera a rozarle los labios.

Prepárate... para una eternidad de lamentos y agonía en el Inframundo en compañía del mismísimo Demonio, humano repugnante...

Sin embargo, antes de que pudiera llevar a cabo su plan asesino, a Perséfone le sacaron a su acosador de encima izándolo del cogote por encima del mostrador y tirándolo al otro lado del mismo con una fuerza... ciertamente no muy convencional.

Sumamente rabioso por haber perdido su oportunidad y olvidando su habitual cobardía, Adonis se levantó del suelo gritando como un loco.

- ¡¿Qué demonios se supone que haces aquí, Tóntules?! ¡Te hacía balando con los de tu especie!

- Frío, frío, chato. – dijo de repente una voz que el príncipe no conocía – Herc nunca te tiraría al suelo con tanta gracia y estilo como yo.

Al levantar la vista, Adonis se encontró con que su agresor era otro chico pálido y de negro que no había visto en su vida y que era por lo menos un par de cabezas más alto que él.

Un tipo extraño, un rarito, uno de ésos muermos góticos que iban a "La Granada Apaleada".

- ¡¿Y tú quién demonios eres, bicho raro?! - bramó el rubio hecho una furia.

Hades, bajo su disfraz de humano, rió cínicamente al tiempo que rodeaba el mostrador y se acercaba a paso tranquilo hacia el hermoso joven.

- Con la cantidad de adjetivos peyorativos que tiene nuestra lengua y has ido a elegir precisamente lo fácil... muy mal, rubito, muy mal... - dijo al tiempo que rodeaba los hombros del joven con un solo brazo en una presa de hierro.

- ¡¿Qué te crees que haces?! - exclamó Adonis indignado al tiempo que trataba, sin éxito, de desasirse del brazo enorme de aquel rarito chiflado.

- Tú y yo vamos a hablar un momento a solas, con el permiso de la dama aquí presente. – dijo el joven de negro dirigiéndole una mirada de confirmación a una muy recuperada Perséfone, quien asintió sonriendo con malicia.

Así pues, fuera de la vista de la muchacha, Adonis fue arrastrado contra su voluntad hacia un rincón oscuro de la tienda donde, tras ser empujado con muy pocos miramientos contra la pared, al darse la vuelta se quedó helado.

Porque lo que tenía delante ya no era un gótico "pringao" de tres al cuarto, sino el mismísimo Diablo en persona.

- Ay... ay... ay... - musitó el príncipe con un hilo de voz, toda la chulería borrada de su rostro. Volvía a ser un cobarde.

El rostro anguloso y ojeroso de Hades quedó a apenas un par de centímetros del suyo.

- Te voy a hacer una advertencia, pichón. – dijo el Señor de los Muertos pellizcándole dolorosamente las mejillas con sus pálidos dedos, largos como patas de tarántula – Vuelve a faltarme al respeto o a acercarte a la chica a menos de un radio de un kilómetro... - siseó al tiempo que las llamas de su cabeza comenzaban a extenderse por su cuello y hombros y adoptaban un peligroso tinte rojizo - ¡Y HARÉ CARNE A LA BRASA CONTIGO EN EL TÁRTARO!

Adonis chilló en aquel instante como una niña. Acto seguido salió corriendo como un loco fuera de la tienda con varias lesiones de quemaduras, aullando de miedo.

Hades sonrió. Le encantaba ser malo. Sobre todo con mequetrefes como aquel.

La chica era ahora de SU propiedad, y SU propiedad no se tocaba sin SU permiso.

Porque sí, porque era un dios y podía adjudicarse la propiedad de lo que le diera la real gana, incluida la vida de una humana.

Cambiando nuevamente de aspecto, regresó al lado de la encantadora mortal pelirroja con una sonrisa de oreja a oreja.

- Ey, gracias por sacármelo de encima. – dijo Perséfone con una media sonrisa retorcida – Pero le hubiera mordido de todos modos si me hubiera intentado tocar un pelo.

- No lo dudo. – replicó Hades sin variar su expresión ufana – Pero, ya que he llegado yo, he quedado bien y ahora me debes algo.

- ¿Por ejemplo? - preguntó la joven enarcando una ceja.

Hubo unos segundos de tensa espera que Hades dejó que transcurrieran aposta.

- Por ejemplo... una pizza con gusanos. – sugirió el Señor de los Muertos echándose a reír - ¿Qué tal suena, encanto?

- Maldición, sabía que dirías eso... blergh...


Nota de la autora: vale, perdón, ya sé que lo prometí para hace tiempo, pero es que he andado estudiando y durante las Navidades solo actualicé otro fic que tengo en proceso.

Capi nuevo, todos estaremos de acuerdo con que Adonis no es trigo limpio, ¿eh? :D

¡Muchísimas gracias a AkumuHoshi por todos sus reviews y por darme ánimos! También gracias a Xitan22, a Ninjin, a Aldridge y a su amiga y a ése misterioso Guest por hacerme saber que os gusta y por esperar pacientemente a la actualización. Perdonad la demora, intentaré actualizar ni que sea una vez al mes.

Me hace mucha ilusión tener tan majos lectores. Desde pequeña me gustó mucho la peli de Hércules, pese a que mi madre criticaba que se habían alejado mucho del espíritu Disney con aquellos dibujos "tan feos" y ésos diálogos tan enrevesados. Yo creo que Disney ha evolucionado con todos nosotros, que siendo unos mocosos nos tragamos Blancanieves y la Cenicienta, luego crecimos y pasamos por Aladín y la Bella y la Bestia, y estando más crecidos vino Hércules. Luego el resto ha sido Disney Pixar en 3D.

Un abrazo a todos y ¡nos leemos! ^^