Esta historia fue escrita y subida a Fanfiction entre febrero del 2012 y agosto del 2013, con otro nombre de usuario. Obra registrada en Safe Creative el 6 de julio del 2013, código 1307065389071. -OBRA EN EDICIÓN 2017-
Capítulo 11
Su boca no me dio tregua para hablar. Traté de alejarlo, pero a sabiendas de mis intenciones se apegó muchísimo más.
—Edward —jadeé—. ¡Detente! —me miró profundamente. Su respiración era irregular, puesto que su pecho se movía agitado.
—Es mi noche, Bella.
— ¿Tú noche? ¡al diablo! Ve con Ángela y déjame en paz. Por algo te casaste ¿no? —se largó a reír.
— ¿Estás celosa?
— ¿Qué? No hables pelotudeces. ¡Vete! —aún tenía rastros de alcohol, si no hubiese sido por esa conversación seguramente ya habría cedido. Por la luz que se filtraba por la ventana, su cuerpo se rasgó en una imagen sombría y pura. Desabrochó los botones de su camisa con rapidez y se la quitó. Me paré a abrir la puerta—. Si no te vas, me marcho yo.
—Alto —con suma velocidad me atrapó—. Vamos, Bella. Sé que lo quieres —en un tono bajo y oscuro intentó persuadirme.
—Esto no está bien —dije más para mí.
—No vengas a decirme que tienes cargo de conciencia ¿Te da morbo estar con un hombre casado? —profirió jocoso.
—Eres imposible.
—No, tú lo eres —me sorprendió notar que no estaba ebrio, me atrevería a decir que a lo más bebió champaña—. Ya que estás empecinado en quedarte… dime ¿por qué no estás con tu esposa?
—Mm, pues ella es muy…
—Muy qué.
—Lo intenté, de verdad, pero Ángela entró en pánico… no pudimos. ¿Feliz?
—¿ Y no la forzaste? No me extrañaría viniendo de ti
No le creía en lo absoluto.
—No quise, puesto que pensé de inmediato en ti. Carlisle tiene una fijación: sus hijos deben estar con vírgenes, al menos una vez, más aún, sus esposas deben serlo. Eso me tiene cansado.
— ¿Por eso yo soy tu consolación? Por favor.
—No, eres diferente… —corrió un mechón de cabello que caía sobre mi cara. Esta acción me provocó ternura, algo por completo fuera de lugar. Me confundió. Alcé la cabeza, dando directo con sus orbes penetrantes, los cuales no se quedaron quietos ni un segundo. Me sondeaba. Cerré los párpados—. No —susurró sobre mis labios. Volví a mirarlo. Pude notar su soledad, sus luchas constantes. El dolor característico que le otorgaba profundidad a sus iris.
— ¿Qué es lo que soy?
—Ma belle—su mano descendió por mi espalda con lentitud. Su tacto me produjo un escalofrío—. ¿Quién soy yo para ti? —preguntó ahora él.
—Un Maldito—murmuré en su oído. Apegó su frente a la mía.
—Un maldito bastardo… —profirió bajo. Tomó mi cara con ambas manos, haciendo círculos con sus dedos por mi cuello hasta llegar a mis hombros, para luego bajar el vestido. Entonces, con su nariz, siguió el mismo camino que trazó previamente con sus dedos—. Ma belle… ma belle…
—No entiendo qué mierda me dices —reí de forma estúpida.
Jadeé con el contacto de su boca. Sus labios malditos se fueron moribundos por mi piel... Succionó levemente la unión de mi oreja y cuello. ¡Demonios! La debilidad llegó al instante. Me apretó contra sí, levantándome levemente para verle el rostro.
Había cedido definitivamente. De una forma u otra sabía que esto cambiaría nuestra relación, mi visión de él. Ahora que lo pienso, esta será la primera vez que follaré con alguien que me provoca un sentimiento así potente. Siempre hubo deseo y necesidad, sin embargo, ahora me inunda algo tan profundo que no puedo clarificar.
Acarició mi espalda, sus gemas se sienten tan calientes…, era como sentir brasas en la piel. Mientras yo toqué por debajo de su pantalón, cada glúteo putamente perfecto, logrando que su polla comenzara a crecer. Sentí su erección en mi vientre. Cada roce de su polla iba excitándome. Una de sus manos acunó uno de mis muslos, separando mis glúteos, hizo que un poco de su calor traspasara a mis labios. Mi clítoris comenzó a palpitar. Con un dedo recorrió todo mi sexo, haciendo que me mojara. Se llevó un dedo a la boca, y con el entrecejo arrugado, degustó. Un leve quejido se escapó desde su garganta.
—Te necesito, Bella —su voz me sonó extraña, pues el deseo turbaba mis sentidos. Tomé la pretina de su pantalón y lo tiré con premura. Semidesnudos llegamos a la cama. Su pecho cálido se apegó al mío. Nuestra piel se fundió, podía sentir que todo vibraba.
—Yo también —le susurré tomándole el cabello—. Te necesito dentro de mí, ahora —le exigí sofocada.
—Ahg, pequeña mocosa.
Abrí mis piernas para que él se acomodara. Trazó un camino desde mi cadera hasta mi vientre, con uno de sus dedos dibujó círculos en mi clítoris.
—He querido desde siempre hundirme en ti, Isabella —me nombró con lentitud. Su dedo se detuvo y su boca dio lugar lamiendo, haciendo movimientos copulatorios en mi ombligo. ¡Oh mierda! Mi coño latió con más fuerza, quería que estuviera en mi sexo.
—Ahora —le ordené agónica. Se tensó un segundo y arrastró sus dientes hasta que quedó a la altura de mi clítoris. Lo mordía al tiempo que, con la punta de su lengua, le daba pequeños golpes. Me arqueé y lo envolví con mis piernas—. Edward —gemí. Para rematar introdujo dos dedos al ritmo de los golpecitos de su lengua. ¡Oh! Podría jurar que estaba el infierno. Ardía desde adentro, el placer se aferraba a cada milímetro de mí. Mi pelvis sería abrazada por mi primer orgasmo. Cada uno de sus movimientos con perfección ejecutados, envió una oleada de fuego por mis huesos. Pude sentir cuando tomó la última vértebra y fue subiendo hasta mi nuca. Mi corazón desbocado llenó de sangre mis oídos, pues no pude oír nada más. Mi cabeza cayó hacia un lado. Tanteé desde los almohadones hasta la cabeza de Edward. Él se reincorporó para mirarme. No había palabra alguna que le definiera ahora. Sus ojos se veían negros, como un animal cazador. Reptó sobre mí para besarme en la boca.
—Tócame, Bella —me pidió con agonía. Cogió mi mano y la acercó hasta su hinchado miembro—. Quiero sentirte sobre mí.
Me reincorporé y con mi puño presioné su pecho para que se echará hacia atrás. Con el torso ligeramente elevado acomodé sus piernas para que las rodillas quedasen un poco flexionadas. Comencé a masajearle los testículos, luego, acaricié su polla, alternando la presión y la intensidad. Me sorprendió notar que estaba muy quieto, sumergido en las caricias que le proporcionaba. Su respiración era profunda, mientras su pecho, moldeado en cada musculo, subía y bajaba con lentitud, como si en este momento estuviese muy lejos de aquí. Su tez marmórea le hacía parecer una figura de granito… Un dios maldito que se entregaba en las manos de quién que quería destruirlo. Seguí moviendo mi muñeca hasta la base de su miembro, deslizándome desde abajo hacia arriba. Presioné el glande, friccionando mis movimientos para evitar que se corriera. Refunfuñó.
— ¡Mierda, Bella!
—Yo tengo el control ahora. Yo sabré el momento en el cual te vengas —finalmente froté con suavidad debajo de sus bolas, a su vez, acaricié con la mano derecha lo largo de su erección. Tenía las venas marcadas en la sien. Se crispó por entero y lanzó un grito ahogado, mientras su semen inundó mis dedos.
— ¡Mierda, yo…! —No terminó la frase, respiraba con dificultad—. Bella… —se inclinó y me besó—. Me torturas —me agarró de un brazo y me sentó sobre él.
—Maldito… —mi voz se apagó en un jadeo, justo cuando él entraba en mí.
—Gime —me pidió en un gruñido. Sus caderas embistieron, su polla punzaba en mi interior. Le apreté con fuerza, progresivamente, moví mis caderas también, uniéndome a su ritmo. Mis uñas en su espalda me aferraron a lo tangible, a lo que me decía que esto estaba sucediendo. Hundiéndose con profundidad en mí, volvió a pedirme.
—Gime para mí, Bella.
— ¡Edward! —grité, arqueando más mi cuerpo hacia él—. ¡Oh, sí! —un escalofrío fue ascendiendo por mi espina dorsal hasta que se diseminó por mi cabeza. Hormigueando cada resquicio de mi piel. Sus músculos se contraían y se relajaban, mientras embestían en mi abdomen, me cegaba el ímpetu con el cual se estremecía—. ¡Oh mierda! ¡Edward! —Voraz, besó mis labios, mordiéndolos, tirando de estos para luego chuparlos—. ¡Agh! —lamí su mandíbula y enterré mis dientes en su cuello.
— ¡Bella! —se quedó en mi pecho, oyendo el desafuero de mis latidos, abrazándose a mí. Penetrándome con apremio, más potencia y desesperación—. ¡Bella! —Lo abracé con todo mi cuerpo—. Vamos, Bella. Córrete.
—No –entrecortado musité.
—Te lo pido —gimoteó. Rebatirle provocaba en él la necesidad de complacerme. Sentía la dureza de su cuerpo, nuestros cuerpos chocando y el sudor se fundía a nuestras pieles que iban más allá del contacto.
—No puedo —y entonces él arremetió con fuerza. Su miembro trepidó en mi coño, eché el cuerpo hacia atrás y él se encorvó, tomando uno de mis pezones con su lengua.
Este hombre era el cielo… No, qué cielo, ¡el infierno! Sentí que podía verle la cara a Lucifer y sonreírle llena de lujuria.
—Maldito, Edward. ¡Maldito!
Y el orgasmo me consumió hasta los cimientos la conciencia.
.
.
—Será mejor que te marches —le sugerí, pero él se ancló a mí sin respuesta, solo se quedó en silencio hasta que me paré al baño. Cuando regresé se había acomodado en la cama. Me senté, dándole la espalda. Suspiré cansinamente, tumbándome a su lado.
Esto era tan íntimo, más que el sexo. Ver que por primera vez en sus ojos reflejaba ternura, como si de pronto toda la pasión desatada se hubiese esfumado. Esto me asustó mucho más que sus promesas de muerte.
— ¿Qué piensas? —Edward murmuró.
—Nada que valga la pena ser contado.
—Tienes una piel muy suave —deslizó sus dedos por mis brazos desnudos. Suave, con cicatrices horribles. Contuve una burla—. No soy bueno para romper el hielo en estas… situaciones.
—Supongo que follas y te vas.
—Claramente.
Al igual que yo, nos parecíamos bastante.
—No es necesario. Ya te dije, puedes irte.
—No eres perfecta.
—Gracias por tus palabras halagüeñas —lancé con sarcasmo—, y eres perfecto para salirte por la tangente.
—Por eso me atraes.
Resoplé, no me había escuchado.
—Te atraigo…
—Entre muchas cosas.
Enarqué una ceja. No entendía el rumbo de la conversación.
—Estoy harto de mujeres puras, de aquella perfección barata. Creí que eras una de ellas, ya que, a veces aparentas ser una niña. Sin embargo, ahora he descubierto que eres simplemente una mujer.
Ángela, pensé de inmediato.
— ¿Simplemente una mujer?
—Sí, eso me atrae… Tienes una mirada cautivadoramente sexual. Puede más que muchos otros "encantos". Además, contigo me siento… libre.
Lo miré con detención unos segundos.
—Eres tan extraño. —No supe qué más decir.
—Lo somos —sentenció.
Se levantó y comenzó a hurgar en la habitación. Abrió un mueble que yo no había notado hasta ahora y sacó un CD. Se desplazó hacia el otro extremo, para reproducirlo en un equipo de sonido igualmente desconocido para mí. La música inundó el ambiente, las notas envolvieron la lobreguez que amparaba a nuestras siluetas. Tendió una mano en señal de invitación. Hizo un ademán para incitarme. Como no le presté atención él me tomó a la fuerza, su agarre me tiró fuera de la cama en un santiamén. Nuestros ojos se encontraron, al igual que nuestras respiraciones. Comenzó a moverse de un lado para otro, con lentitud. ¿Realmente bailaríamos? Bueno, lo estábamos. Su tacto era delicado, al igual que el danzar de sus caderas apegadas a las mías, las que me guiaban. Me dio media vuelta y descendió sus palmas por mis hombros hasta mis brazos, estrujando finalmente mi cintura. Su aliento cosquilleaba mi piel sudorosa. Mordió mi oreja, juguetón, deslizando la lengua por sus recovecos, al compás de la canción. Me giró otra vez y entrelacé mis brazos a su cuello. Los meneos cadenciosos seguían la melodía sensual, al tiempo que nuestros alientos se acompasaron haciéndose uno.
—Ma belle… Ma belle —clamó como un ruego.
—Edw…
—Shh —me calló. Suspiró con pesar.
La humedad nos revestía. De nuevo nos cobijábamos en la unión ardiente. Las notas musicales desdibujaban nuestros cuerpos desintegrándonos en la excitación. Sinuosas caricias en la piel, roces mínimos estremeciéndonos. La canción finalizaba mas no nuestros movimientos. Los movimientos vehementes nos llevaron a follar otra vez.
Sus ojos macabros me ahondaron mucho más, más que él mismo al instante de penetrarme. Sus gruñidos constantes en mis oídos. Su miembro moldeando mi interior, arremetiendo con calma agónica. Clavé mis uñas en su culo, incitándole a aumentar los embistes, rasgando su piel en caricias deshonestas. Apretujé su polla hasta que él se corrió. Tendidos en el suelo, por completo extasiados, yacimos uno junto al otro. Edward me atrajo hacía él, pegando mi oreja a su torso que ascendía y descendía mientras se regularizaba su respiro.
—Pronto amanecerá —Edward articuló.
— ¿Te marcharás ahora? No acostumbro a dormir con quien follo.
—Tampoco quiero dormir contigo —resopló.
—Claro —rodé los ojos—. Por algo me acomodaste a tu pecho.
—Es buena manera de cubrirte del frío.
—Como no…—me levanté hacia la ventana. El cielo estaba parcialmente cubierto por nubes. Comenzaba a aclarar. Edward refunfuñó.
— ¡Qué mierda! —no le presté atención y continué admirando el paisaje—. ¡Isabella! —bramó desde el baño. Dio pasos rápidos hasta quedar a mi lado. Escuché su agitación detrás de mí.
—Se te hace tarde, Ángela preguntará por ti.
— ¡Mírame! —no pude contener la risa. Tenía las nalgas llenas de rasguños y marcas de mis uñas—. ¡No es gracioso!
—Eres tan exagerado —no le di importancia—. No entiendo por qué regañas, muchas otras debieron arañar tu piel en alguna ocasión.
— ¡Pero no en mi culo! —seguí riéndome.
—Deja de joder, tuviste tu "noche de bodas", ahora lárgate.
— ¿Sabes que me dolerá al sentarme?
—Ni que fueses una chica que acaban de desvirgar.
— ¿Cómo mierda lo hiciste?
—Soy una mujer lujuriosa —dije teatreramente.
—Eres exasperante.
—No soy la única, tus cambios de humor también lo son —recogió su ropa que estaba esparcida por doquier—. Disfruta tu luna de miel. No estaré allí para consolarte.
—Gracias por tus deseos. Ten en cuenta de que esta será la primera de muchas… —susurró corriéndome el pelo.
Después de vestirse abandonó finalmente la habitación, dejándome con mi cabeza hecha un lío.
.
.
Estar envuelta en las sábanas donde la esencia de Edward había quedado impregnada, conseguía torturarme más. Podíamos desentendernos de lo que pasó, pero lo sabíamos. Esto fue más que sexo y no me refería al amor.
Cuando el sol estuvo por completo iluminando tras las nubes, pude conciliar el sueño.
¿Hay otra cosa más aterradora que las pesadillas? Sí, saber que no son solamente anhelos reprimidos, sino la realidad que te comienza a devorar lentamente.
No tenía idea a la hora que desperté, solo que me dolía cada centímetro. La garganta me picaba y tenía la boca reseca. El fuego hería mi garganta, necesitaba ingerir cualquier líquido. Sin embargo, lo primero que hice fue ducharme. Di el agua caliente y refregué insistente la esponja, intentando sacarme las sensaciones, las marcas que había dejado Edward en mi cuerpo. Me vestí con rapidez.
Giré la manilla para salir con suma velocidad al comedor. Pegué un salto cuando alguien me tocó. Me giré y vi a Alice. Por la forma en la cual me observaba, intuí que no se vendría nada bueno.
—Buenas tardes, Alice.
—Ahórrate los buenos modales. Lo sé todo. — ¿qué cosa sabría? Me quedé en silencio, esperando a que hablase. No me adelantaría y despejaría dudas, pues esta podría ser una trampa para confirmar alguna sospecha—. Y, ¿no vas a responder? —taconeó cabreada.
—No sé qué quieres que te responda. Si lo sabes todo… —hice un mohín.
—Aléjate de mi hermano —dijo en seco, con las manos en jarra—. Él es un hombre casado. Si permití que coquetearan antes era porque estaba soltero. No quiero que arruines su vida, ni menos la de Ángela. Ella es buena, no como tú.
"Permití" ¡qué coño! Esta chica era más rara que Edward.
—Alice, yo no tengo...
—Pensé que serías más ocurrente. Sé que Edward pasó la noche contigo —¡qué! Como mierda—. ¿Sorprendida? Agradece que nadie más se viniera temprano. Sus gritos se oían por toda la casa —hizo un gesto de asco. ¡Estaba jodida!—. Y mi padre tratándote como una señorita... Siempre me diste mala espina. Intuía que eras una cualquiera —ella me estaba insultando y no se lo permitiría, ¡claro que no!
—Primero que nada. No soy una cualquiera. Si nos escuchaste anoche, no es culpa mía que te entrometas donde no te llaman y, dile a tu hermano, que se aleje de mí. Es él quien me busca. Me vale si crees lo que te digo. Ah, y quédate tranquila, si no hubiese bebido ni me hubiera acostado con él —di media vuelta y comencé a caminar. Alice me retuvo.
—Ten cuidado, Isabella, puedo aparentar ser una niña sin cerebro, medio estúpida, pero no sabes realmente como soy. También tengo mis métodos. Soy una Cullen —espetó y soltó su agarre.
¿Qué había sido eso? Ahora con Alice acechándome esto se había complicado. Porque a diferencia de Rosalie, a Alice sí le temía, pues su acusación sería más creíble que cualquier otra. Estaba aliviada sabiendo que Edward hoy se iría a su de luna de miel. Estar a solas con él ya había dejado de ser una molestia. Era algo que deseaba y esperaba, pero "la mente sobre la materia" sería mi mantra. El contacto físico con él me desestabilizaba. Edward parecía ser esa otra mitad de algo que no sabía que carecía.
Fui hacia el comedor, no había ni rastro de la familia Cullen, de todas formas, estaba servido. Me senté y Jacob apareció.
—Buenas tardes —me saludó con alegría.
—Buenas —respondí queda.
— ¿Cómo estás? —pude leer el doble sentido, seguramente querría saber si estaba con resaca.
—Perfecto.
—Te traje algo —fruncí el ceño—. Tus zapatos. Traté de reparar el tacón, pero no se pudo.
—Ehh, gracias. De todos modos no eran de mi gusto —levantó los hombros y los dejó en una silla.
—Sabes, mi padre ha quedado encantado contigo —¿Billy? Un escalofrío recorrió mi espalda, trayendo consigo la conversación que mantuve aislada de mis pensamientos—. Es raro, él pocas veces se interesa por alguien. Ha hablado conmigo y me pidió que te preguntase —mi estómago se contrajo. ¿Qué sería?—. Bueno, quiere hacerte una invitación a comer.
—Emm…, muchas gracias.
—No alcanzó a conversar contigo ayer y quedó muy intrigado —Jacob parecía muy feliz, mucho más que todas las veces que lo había visto. No me gustó en lo absoluto. Siendo precisa, no me fio de las intenciones de Billy, pues ¿para qué querrá hablar conmigo?
—Ah, la conversación…
—No estás obligada a aceptar.
—Claro.
—Puedes pensarlo, no tiene porqué ser ahora —me alentó, al notar que mi respuesta no fue muy enérgica.
—Lo tendré en cuenta y reitero las gracias.
Sirvieron sopa de verduras, quizá, pensando en la recuperación del jolgorio de anoche. Revolví la cuchara en la sopa bastante rato, analizando tantas cosas. Jacob me habló un par de veces más a lo que yo le contesté con monosílabos. Estaba intrigada, Billy sabía muchas cosas. Él era la fuente de información más confiable y verídica. Conocía cada sucio detalle de los Cullen, estaba al tanto de lo ocurrido con Elizabeth y Edward. Esto me aterra, leerlo era muy diferente a tratar con una persona. Maldición, esto es mucho para asimilar, tanto tiempo buscando y, de pronto, sin que lo pidiese, alguien acudía a mí.
—¿Siempre eres tan callada? —sonreí sin ánimo—. Eres un misterio.
—Si hablamos de misterios, tú igual eres uno para mí.
—Puedes preguntarme lo que quieras —no tenía ánimos para entablar una conversación más elaborada.
—Lo tendré en cuenta para alguna otra ocasión. Si me disculpas.
— ¿Regresarás a la fiesta? —me giré y lo miré curiosa—. Celebrarán tres días, es su tradición. Los novios se marchan a la tercera noche.
Por eso Edward mencionó que sería la primera de muchas… De muchas noches, ¿vendría hoy al anochecer?
—No, es temprano para fiestas. Al menos para mí —avancé por el pasillo hacia las habitaciones.
Entre las escaleras y el sector de las habitaciones principales, oí un maullido. ¿Qué hacía un gato allí? Me detuve para prestar atención. Otra vez el maullido. La curiosidad me ganó, tuve que agazaparme para percibir mejor el sonido. Me pareció tan extraño que avancé hacia el origen. La pared tenía un pomo, una puerta se camuflaba a la perfección. La abrí lo suficiente para poder oír el maullido con más fuerza. Como en ese momento no se encontraba nadie cerca, me inmiscuí como ya era mi costumbre. La puerta llevaba a una escalera de caracol y ésta a un sótano. El sonido del minino mermó. Avancé a ciegas por entremedio de pilares y vigas. Vi al gato sentarse con majestuosidad al lado de una silla. Hubo un quejido después, me sobresalté. Eché una mirada rápida hacia atrás, al menos no me habían descubierto. Pensé que era producto de mi imaginación hasta que me desplacé un poco más.
El gato resguardaba celosamente a una persona… ¡Demonios! ¡Era Mike! Estaba sentado sobre una diminuta banca, su aspecto mortecino me alarmó. Su piel se pegaba a sus huesos, unas manchas profundas y violáceas adornaban el contorno de sus ojos. Vestía harapos, y posición detonaba cansancio.
—Señor Black —susurró casi inaudible.
—Newton —chillé. A duras penas giró su cara para verme.
—Seño… Señorit-tta —tartamudeó. Sus ojos brillaron en esperanza. Recordé que la última vez que lo vi habíamos hecho el vídeo... Oh mierda, por eso él estaba aquí. Edward le estaba haciendo pagar
—¡Dios, Mike! —no entendía por qué no huía, pues no lo veía atado a nada.
Me acerqué otro tramo con cuidado. Él me miró asombrado y temeroso, extraña actitud. Cuando estuve frente a él lo miré con detención. Tenía los brazos marcados con agujas, sus pupilas dilatadas… Efecto de alguna droga.
—El señor Black te ha enviado —ríe como tonto. Le tomé la cara, guiando su rostro al mío.
—Newton, escúchame, tienes que salir ahora.
—No, no, no, ¡No! Black se enojará. Edward vendrá y me inyectará fuego, Isabella, fuego en la sangre.
¡Qué demonios! ¿Fuego en la sangre? ¿Inyecta?
—Newton, por favor si quieres vivir, concéntrate y háblame con claridad.
—M-e-e que-mo, Bella —ahogó un sollozo. Lo estreché a mi pecho, él no se merecía lo que le estaba pasando. Me quedé pensando largos segundos en aquello que me acababa de decir. La respuesta hizo que me estremeciera por entero. ¡El combustible de fricción, el de los dardos!
Le revisé con minuciosidad los brazos, efectivamente, había rastros de quemaduras y aguijonazos. Presioné su cuello con los dedos para sentir su pulso, sus latidos eran frenéticos. Concluí que este hombre estaba vivo solo por la droga.
Edward lo torturaba.
—Lo entiendo, entonces yo lo haré.
—Oh Bella, mi… Be-lla, t-te quiero —deliraba. La tortura lo tenía sumido en una compulsión. Esperaba sacar partido de eso, que me entendiera y, sobre todo, obedeciera.
—No le dirás al Señor Black que estuve aquí. Es nuestro secreto.
—Sí.
—Yo vendré y nos iremos lejos.
— ¿Te-te marcha-rás conmi-go?
—Nos iremos. Solo tienes que resistir un poco más. No desobedecer a Edward ni a Black para que no te inyecten. ¿Entendiste? —asintió.
—P-pero Edw-ward… quería llegar hasta ti… y yo… no pue-do permi-tirlo.
—Él no va a matarme.
—Me dijo que… que te folla-ría como un bastar-do y… luego… y luego te ahogaría. Dijo que te hundiría… que nadie t-te encontraría… —sonaba tan enfermo de la manera que Mike me lo decía, aunque no ocurrió de la misma forma. Sin embargo, su plan fue matarme en esa laguna.
—No lo hará, así que no luches, no te rebeles, hazle caso en lo que te pida.
— ¿Aunque quie-ra llevar-tte don-de Vul- vulturi? —Alto ahí, esto era nuevo.
—Mike, no creas lo que te dice.
—Está bien, Bella.
— ¿Me esperarás? —asintió de manera furiosa. Retrocedí con la misma calma con la cual me acerqué. Sacaría a Newton de aquí, no necesito tener una muerte en mis manos, yo no soy como ellos.
Como si el descubrimiento del pasado de Edward no fuera suficiente, ahora debía sumar a mis preocupaciones sacar a Newton del sótano. Esta casa es un laberinto, cada compartimento resguarda un secreto escalofriante.
En la noche esperé a que Edward apareciera por mi puerta, pero no se presentó. El día siguiente fue igual al anterior. Todos celebrando y Jacob vigilándome. Esa tarde llegó con la invitación formal de su padre. La comida databa para una semana más tarde. Billy realmente estaba muy interesado en esa conversación. Aún no sabía qué era lo que él quería de mí.
Intenté dos veces entrar a rescatar a Newton, pero la puerta estaba cerrada. Rodeé el lugar para ver si es que podía meterme por alguna otra abertura, sin embargo, no obtuve resultados positivos. Estoy con un cargo de conciencia imposible de soportar. Si él moría, que era lo más probable, no estoy segura de poder cargar con su muerte, no con otra más. ¿Y si le menciono a Carlisle sobre Newton?, pues era mi guardaespaldas, Phil me había encargado a él. Carlisle tenía una responsabilidad de responder por él también.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por la pequeña revolución que causó la partida de Ángela y Edward. Oí a la gente agolpándose en la salida, para despedir a los recién casados. Minutos más tarde se marcharon los invitados que quedaron, la familia de Ángela y socios "amigos" de los Cullen.
De pronto, todo quedó en silencio. Me hinqué en la cama, sacando una almohada para acomodarme a ver el paisaje. Había nevado las horas pasadas. La tierra nívea por la nieve, fundiéndose con el cielo blanco, me pareció algo bonito de contemplar. Sin embargo, algo me molestó en la rodilla, toqué inmediatamente en la tela del cubre almohada. Se sintió como papel. Lo tomé y al instante supe que no era una simple hoja, sino un sobre. Iba dirigido a mí. Me recordó a las cartas con mensajes subliminales de Edward mientras me mantuvo cautiva, el poema del cuervo que leyó cuando nos besamos por primera vez en la laguna. De seguro era algún disparate suyo, palabras retorcidas para atormentarme. ¿En qué momento había dejado un sobre en la almohada? Quizás él sí había venido cuando dormía. ¿Cuáles serían sus intenciones? ¿Qué pretendía con esto? A sabiendas de lo que me esperaba rasgué el sobre. Supuse bien, Edward había escrito algo para mí.
Su letra; un caos apenas legible. La tinta se había corrido, pues no dejó que se secase cuando la dobló, esto dificultó más mi tarea por leer y comprender lo que sea que pasara por su mente.
Comencé a leer con el corazón queriendo salir por mis costillas. Estaba nerviosa, no es que esperase una carta de amor, no viniendo de él. Aunque, a decir verdad, de Edward Cullen se podía esperar cualquier cosa.
Sé que oíste la conversación de Carlisle y Billy, pues te vi a lo lejos. Interrogué a Black, él me informó de qué se trataba. Es la razón por la cual te escribo. De alguna forma siento que al saberlo cargas conmigo esa culpa. Te haces cómplice de lo que ocurrió. Más que mi padre o Billy, entiendes lo que el remordimiento puede hacer, ya que, al igual que yo, es eso lo que cargas. Tú dolor es mi dolor.
He llegado a ser quien soy mediante el sacrificio, la tenacidad y la muerte.
He cuidado a mi familia, lo único que me importa, sin contar el precio. A pesar de hacer de todo para conservarla, esta vida, la que llevo, no me lo permite. Porque la vida es un premio constante, una lucha contra otros.
Elizabeth llegó hasta mí suplicando que le ayudase, pues estaba comprometida con Félix y no lo quería. A mí me importaba una mierda su vida o lo que hiciese el bastardo ese, pero ella me rogó tanto para que la ayudara, que no pude negarme.
Mi ayuda coincidió con un ataque de los Vulturi a nuestra casa. Esos malditos se llevaron a Esme, quién sufrió un paro cardíaco justo en ese momento. Estuvo al borde de la muerte. La ira y la desesperación me cegaron por completo, pues mi madre siempre ha sido todo para mí. No sabía qué hacer, ella agonizaba en las manos del enemigo. Entonces se me ocurrió que Elizabeth sería la forma de hacer sufrir a Félix, así él pagaría por herir a Esme.
Yo no la amaba, como todos creían, pero sí le tenía cariño, por decirlo de algún modo. Sin embargo, extinguí todo rastro de afecto y me dejé poseer por mis deseos de vengar a mi familia.
Una vez tuve el corazón de Elizabeth en mis manos me enteré de que ella era una Masen, lo peor, prima de Esme. Se querían mucho.
Mi madre no sabe que fui yo quien mató a su prima adorada, y mucho menos que el corazón que le salvó la vida le pertenecía a ella.
¿Cómo se conecta esto contigo? Traías a mi mente el recuerdo de Elizabeth. Extrañamente, posees la misma fragilidad, la misma mirada atormentada. Quería dañarte por aquello. Siento que vive a través de ti, como si viniese a burlarse de mis malas decisiones, de lo que tarde o temprano se sabrá, del odio que desencadenaré en Esme.
Todo lo superficial, todo el dinero, todo el poder se me pueden haber otorgado, pero no lo que he querido yo. Siempre termino destruyendo lo que quiero antes de siquiera tocarlo. Por eso me he contenido. Hasta hoy. Ya no estoy seguro de poder controlar todo lo que me provocas.
Si supieses cuántas han pasado por mis manos, tantas mujeres, tantas putas… y ninguna me perturbó de la forma que lo haces tú.
Isabella, enalteces la miseria de mi alma.
Edward
.
Gracias por leer y comentar (:
