Décimo día.

La tormenta había sido sentencia con tanta facilidad que comenzó a temer que los Dioses realmente tuvieran más tiempo libre del que parecía. Las reglas estaban zanjadas y las ideas preparadas. No existía la vuelta atrás porque a una muerte no le daban ninguna segunda oportunidad. Esto no era la televisión sino su maldita pesadilla desde hacía unas semanas. Tan pesadas que todavía se preguntaba cuándo había sido la última vez que había puesto su trasero sobre el duro banquillo de las clases de la universidad.

También debía de hacer bastante desde que había caminado por última vez por el puente japonés que tanto le había costado colocar en el jardín. O cuando su padre y ella se dedicaban a sentarse en el sofá, con un tremendo bol de palomitas y miraban viejas películas de video en las que jamás sospecharía que la verdad era tan clara como que era hija de un asesino que en esos momentos, se dedicaba a la honradez pero cargaba con el peso de un pasado que ahora le tocaba a ella.

Ahora finalmente sabía que su vida como la niña de papá que todo el mundo apuntaba con el dedo no era casual. Que su padre realmente no tenía dinero por tenerlo o que su madre había muerto por otras causas que no fuera un disparo a traición. Comprendía que la vigilancia que siempre había llevado era necesaria y que su nana no era como las típicas niñeras que cuidaban de sus trabajos por dinero.

La cruda realidad era tan simple como un estornudo al cual se le encontraba la causa fácil. Estaban todos con los cuernos revelados, literalmente. Ninguno de los hombres con los que había tenido que cenar y compartir desayuno tenían ganas de encontrarse una sonrisa en el rostro del contrario. Aceptaban lo que estaba sucediendo porque, como diría Tomoka hablando malamente, no les quedaban más huevos.

Ser traicionado por alguien a quien amabas y considerabas como un familiar no era cosa fácil. Se debatían los sentimientos más difusos y las corazonadas más esperanzadoras en algo que solo el destino podría llegar a reconocer como "así es. Así tiene que suceder". Y si eso te daba una patada en toda la moral, tenias que aguantarte. No servía de nada patalear y lloriquear. Y sabía perfectamente que esos hombres no llorarían por más que tuvieran que pelear contra el mismo diablo si era necesario.

Las pequeñas reuniones con el jefe del grupo habían sido espasmódicas y claras. Nadie salía con buena cara tras hablar con el capitán. Y cuando llegó su turno, temió encontrarse con una notica poco grata, sin embargo, el capitán colocó un arma sobre la mesa, mirándola con el ceño fruncido.

—Esta vez, irás armada.

—Pero…— balbuceó. Kunimitsu frunció el ceño.

—Echizen te enseñó a utilizar un arma. ¿Por qué crees? Nosotros no somos indestructibles— le recordó, haciendo apego al ingresado Eiji y a Echizen.

—Echizen…

—Echizen puede morir— recalcó.

Una mirada furtiva y a la vez seria le indicó que no deseaba tener que discutir ese tema. Porque era la verdad. Echizen no era indestructible y los deseos de querer asesinarla eran más fuertes ahora que sabía la verdad de su trabajo. Sin embargo, ella era consciente de que continuaría protegiéndola porque era él y solo él quien tenía que meterle una bala entre ceja y ceja.

Miró el arma como si fuera el mismo fuego del infierno. Aquel día había sido por pura rutina y para demostrarle a Echizen que no necesitaba protección. Pero no era lo mismo dispararle a un espantapájaros que a un hombre, desde luego. Como tampoco había conseguido defenderse de Momoshiro. Su cuerpo se había congelado de terror y parecía mentira que hubiera matado a un hombre mientras dormía.

—Cógela— invitó Tezuka con una severa mirada.

Asintió. Él se la ofreció con un suave empuje por encima de la mesa. El metal arañó ligeramente la mesa en un sonido sordo y seco. El metal recibió el calor de sus dedos como un aviso de alerta y tuvo que contenerse, soportar y aguantar el tipo. La cogió con sumo cuidado, asegurándose de que el seguro estaba puesto. Cuando levantó la mirada hasta él, le extendió varios cargadores que también tuvo que recoger.

—No vestirá un kimono, ¿Verdad?

Miró atentamente al hombre mientras recordaba lo que Tomoka le había explicado. La situación iba a ser bien simple. Una reunión era lo que tenían pensado. Primero hablar y después… a saber. Y todo por culpa de sus palabras. Querían darle una nueva oportunidad y se habían tomado las molestias de enviarle un mensaje a Momoshiro, quedándose encontrarse con Tachibana y él en una de las plazas más concurridas de la ciudad. Un lugar en que ninguno de los dos bandos abriría fuego. Tenía que fingir junto a Echizen, que eran pareja.

—No, no lo llevaré. Además, los quimonos que llevé al concurso, están… bueno, dios sabrá dónde y cómo están— suspiró, encogiéndose de hombros— Irina me dijo que tenía ropa para prestarme.

Ante el nombramiento de la pequeña del grupo, los hombros del hombre se tensaron. Asintiendo, unió sus manos bajo su barbilla, sin perder detalle de ella.

—Mi padre, fue su mentor. Lo sé todo ya. Irina me entregó una carta que él había dejado para mí.

Kunimitsu asintió al estar al corriente de todo. Sonrió ligeramente y se inclinó ante él.

—Muchas gracias por… todo. Mi padre seguramente, estará eternamente agradecido. Yo también.

—Ryuzaki, debería de mirar esto— Interrumpió Sadaharu, adentrándose en la habitación repentinamente— Debemos de hacer esto rápidamente. Mirad los titulares del periódico. Si un periódico comienza a decir cosas así, poco tardará la policía en acusarla totalmente.

Sin comprender lo qué sucedía, ambos dirigieron la mirada hasta los titulares principales del periódico que sujetaba el inteligente hombre. A grandes letras y subrayadas, la frase dolía hasta para los ojos.

"¿Es Ryuzaki Sakuno una hija de derechos de nacimiento como asesina? ¿Estará fingiendo su desaparición para no culparlas de las tres muertes que sucedieron en la ADA?"

—Eso… ¿qué quiere decir exactamente? — Cuestionó, aturdida.

—Que pronto va a formar parte de nuestra rama— respondió Kunimitsu, levantándose.

Agarró el periódico con una sola mano y lo estrujó hasta tirarlo a una papelera vacía y detenerse ante ella. Con un gesto simple, posó aquella misma mano sobre su cabeza y la miró con seriedad.

—Nunca baje la guardia.

Enrojeció sin saber exactamente por qué. Probablemente, porque repentinamente le recordó a su padre. Quizás porque era un hombre o tal vez, porque nadie le había dado ese consejo nunca.

En silencio, ambos hombres abandonaron la habitación junto con ella, separándose en el camino cuando se detuvo ante la habitación de Irina. Nada más llamar y escuchar un siseo de afirmación, entró. La chica se encontraba mirando fijamente un periódico, intentando recortar una de las columnas. Al parecer, su afición por estas había regresado.

Sujetando en la boca un trozo de papel, la miró.

— ¿Puedes… prestarme ropa para lo de hoy?

La chica asintió, dejando las tijeras y el periódico para quitarse a continuación el papel de la boca y señalar la pequeña cajonera a un lado de la cama. Logró rescatar del desorden de la ropa unos pantalones vaqueros y un jersey color perla que seguramente resultaría abrigado y lo suficientemente largo como para cubrir la espalda donde pensaba debería llevar la pistola.

Recogió las cosas y miró a la chica. Una maleta de ropa preparada descansaba a los pies de la cama y la culata de un arma se dejaba entre ver. Se preguntó a qué edad debió de aprender a disparar y a robar. Pero tampoco pensaba preguntar. Irina no era de las que contaban su vida a la primera de cambio y como ladrona que era, no contaría absolutamente la verdad.

Optó por no preguntar y desapareció de la habitación. De camino a la suya, encontró la puerta del dormitorio de Echizen entre abierta. No es que fuera a cotillear ni nada por el estilo. Simplemente, le dio curiosidad. El crio que años atrás había conocido, ahora era todo un hombre realmente más aterrador que la figura que era aquella noche de lluvia.

La sombra de Ryoma al acercarse al espejo cercano a la puerta, la hizo retroceder y asegurarse de que ni su respiración se escuchara. Colocándose una chaqueta de traje, estrecha en sus hombros y amplia para la cintura, con armas bajo ella. Mientras se la colocaba y recolocaba, casi sonrió. Seguramente, aquel hombre sería realmente un buen tipo para una cita. El chico que muchas chicas miraban recelosas cuando vieran que iba acompañado de alguien. Claro que no conocían ni su trabajo ni su sed de sangre hacia ella.

—Puedes entrar si quieres.

Se giró, emitiendo un grito de sorpresa y deseando meterse bajo la tierra. Shyusuke Fuji la miraba atentamente, con una sonrisa cómplice cruzándole el rostro. Echizen se giró hacia ellos, parpadeando confuso para mirarles de forma ofendida y cerrarles la puerta en las narices. Una ligera risita escapó de la boca del otro.

—Echizen hace bromas bastante infantiles muchas veces— murmuró, cubriéndose los labios con el índice— ten mucha paciencia con él. Y ahora llevas un arma. Si crees que podrás, ¿por qué no le disparas tú antes que lo haga él?

Con sorpresa, abrió los ojos como platos.

—Usted… también… Entonces no es cosa mía.

—Oh, ¿Qué Echizen quiere matarte desde que te vio por primera vez? No, no es ningún secreto entre nosotros. Lo sabemos desde el primer día. Pero es un tema que a nosotros, principalmente, no nos importa. Echizen es adulto desde que cogió por primera vez un arma.

Y ella había estado presente. Solo que en aquel momento no le parecía para nada un adulto. Solo un chiquillo totalmente asustado, dolorido y aterrado hasta el punto de no diferenciar entre amigos o enemigos. Pero sí, era cierto: Si era adulto para coger un arma y disparar, también lo era para tomar decisiones aunque estas tuvieran como represalias.

—No lo haré— y era cierto. No iba a quitar ninguna vida por mucho que el pasado estuviera encima de ella. Por mucho que la cicatriz continuara ahí— no tengo por qué hacerlo. No… no tengo que… matar a nadie… En serio —aseguró nerviosa.

La puerta se abrió tras ella. Ryoma la empujó con las rodillas, haciendo que bajara de un salto las escaleras y chocara contra Fuji. Infló las mejillas y se revolvió. Pero solo logró ver la espalda de Echizen mientras se alejaba.

—Ah, que mono. Es como los chicos pequeños que molestan a las niñas que le gustan.

—No le gusto. Me odio— reiteró, echando a correr.

Se sentía furiosa de no poder hacer nada para defenderse. De tener que continuar dependiendo de la protección de los demás porque era cercana al despiste y siendo una presa fácil, no iba a ir por buen camino a ningún lado. Pero lo peor de todo era tener que estar con él, haciéndose pasar por su pareja cuando se odiaban mutuamente.

Mucho temía que no iba a terminar con una bala por culpa de Momoshiro, sino de su guardaespaldas.

Nada más entrar en el dormitorio y ducharse, comenzó a vestirse. La ropa era cómoda y tal y como sospechó, iba perfecta para esconder el arma y los cargadores sin que resultaran sospechosos. Tomoka se encargó de entregarle unos zapatos de su número y le aseguró estar ahí cuando fuera necesario, porque le debía unos cuantos golpes a Momoshiro. Además de que seguramente, querría asegurarse de que Kaidoh no volviera a tener la tentativa de estrangularla.

Todavía podía sentir aquellos dedos rozarse en su piel y podía asegurar que no habían sido para nada gentiles y el miedo de sentir que el aire se le escapaba suprimía por completo la decisión de intervenir y ansiar quitar muertes al currículum de tanta gente por su culpa.

El reloj de carrillón dio las doce y media. Con completa actitud decidida, se encaminó hasta la nueva y esperaba, última, batalla.

--

Tezuka había sido claro cuando se habían reunido. Debía de fingir alguna mierda de "cuanto te quiero y te respeto, achucha que nos achuchemos" con Ryuzaki. En pocas palabras: Fingir ser pareja. El tratado era justo y sabía que Momoshiro continuaba siendo honorable. Conociéndoles, también querría hacer las cosas bien.

El trato era simple: Ir a la plaza con la cadera pegada a la de Ryuzaki, la mano sobre la pipa y reunirse con ellos. Momoshiro y Tachibana irían juntos a la reunión, para ver si "algo bueno se podía hacer sin derramar más sangre" como "la señorita Ryuzaki" quería. Ella pagaba. Ellos obedecían. Por ahora las cosas iban a su modo, pero sabía perfectamente que Tezuka estaba hasta- hablando en plata- los cojones de todo ese maldito asunto. No solo le habían traicionado, habían matado a su maestro- cosa que nadie parecía tener en cuenta- y habían atacado a dos de sus hombres. Y a esas alturas, no hacía falta que nadie preguntara que sentían todos y cada uno de ellos por Irina.

Y Eiji… vale, era un toca pelotas, pero un buen tío al final. Alguien eficaz desde lejos y sorprendentes desde cerca porque no te lo esperabas.

Pero él mismo estaba arto de que las cosas siguieran haciendo como Ryuzaki quería. No creía que fuera correcto de que llevara a la "protegida" metida bajo parte de su cuerpo sin poder responder a lo que hiciera Momoshiro. La cosa no era tan sencilla. Momoshiro era tan bueno como él. Puede que si se ponía a pensar en esa mierda de sentimiento hasta lo superara. Pero… maldición, no, la cosa no iba bien.

El reloj marcó la hora clave y la reja que daba al pasillo se abrió. Ryuzaki y su Nana se adentraron en la sala. Era sorprendente que la ropa de Irina le quedara tan ajustable a esa chica. Parpadeó, al darse cuenta de que era la tercera vez que la miraba de arriba abajo. Desvió la mirada hasta el capitán.

—Nos vamos. ¿Alguna pregunta?

Todos negaron con la cabeza. No había preguntas que hacer. Cada quien sabía su plan. Giró sobre sus talones y se dirigió hasta la salida. Ryuzaki le siguió de cerca, subiéndose al coche junto a él. Ni una palabra cruzaron. No hacía falta tampoco.

Aparcó el coche en la calle, transitada de personas. Un francotirador tendría difícil y a la vez fácil el tiro. Pero ellos también tenían dos. Si por una casualidad mataban a Ryuzaki o a él, Tachibana caería. Fuera como fuera.

No había micros por ninguna de las dos partes pero ambos sabían que el otro llevaría armas encima. Eso estaba claro.

Nada más descender, giró rápidamente el coche para encontrarse con Ryuzaki. La castaña alzó la mirada hasta él, preguntándose exactamente cómo debería de colocarse. Gruñó al comprenderlo. Su mano izquierda descendió hasta sus caderas, pegándola contra sí mismo. Agarró la mano contraria y la obligó a que le rodeara la cintura por debajo de la chaqueta y finalmente, metió su mano indagadora en el bolsillo trasero del pantalón vaquero.

Entre el tumulto de gente nadie parecía darse cuenta de que realmente, no eran pareja. Que aquel acercamiento era de todo menos amable. Una bomba de explosión. Notó contra su brazo algo helado y duro. Lo reconoció al instante y casi sonrió. Así que la pequeña chica iba armada hasta los dientes. Solo que no sabía si sería eficiente.

El lugar la cita era bajo un techo, para imposibilitar los disparos de los francotiradores. Ambas partes estaban de acuerdo para evitar disparos imprevistos y a traición. Era una cafetería acogedora y en la que todo el mundo estaba más concentrado en el periódico o la televisión a lo que hablaban los demás. Sin embargo, agradeció que hubieran tomado precauciones y pedido un reservado.

Tras pedir un café y chocolate, esperaron. Uno sentado junto al otro, con las tazas únicamente como adorno y sin ganas de comer. Atentos a cada vez que la puerta se abría y tensándose cuando veían aparecer una pareja. Hasta que finalmente aparecieron.

Tomados de la mano, mirando a su alrededor y frunciendo el ceño al verles, caminando hasta su puesto. En silencio, ocuparon sus lugares en la mesa. El silencio fue roto cuando el camarero llegó para preguntarles que querían tomar y tras pedir un zumo y un café con leche.

Ryuzaki mantenía la mirada baja, mirando fijamente su propia taza de chocolate, mientras que Tachibana se tomó su tiempo en echarse azúcar y preparar su café. Momoshiro tambaleara los dedos sobre la mesa, estirándose cuan largo era hacia atrás. No tardó absolutamente nada en ver la culata de la pistola que hacía bulto bajo el bolsillo izquierdo.

—Gracias por venir— la sonrisa que cruzó el rostro de Tachibana le dieron ganas de borrársela de la cara— ¿Se encuentran bien vuestros hombres? Siento que se vieran inmiscuidos en una reyerta que no tiene nada que ver con ellos. Al fin y al cabo…— se detuvo, sorbiendo un poco de café— mí problema es Ryuzaki. Si vosotros la estabais protegiendo, siendo tan buenos como sois necesitaba protección. Fue inteligente de vuestra parte adentrar uno de los vuestros en mi mundo. La lástima es que nos hayamos terminando enamorando, ¿no crees, Ryoma Echizen?

Desvió la mirada hasta ella de nuevo, frunciendo los parpados. Si el asunto fuera mucho más sencillo, ya estaría todo solucionado.

—Ann. No importa cuánto te empeñes en querer hacerle comprender a Él. Ryoma Echizen no comprende este sentimiento. Para él, Ryuzaki simplemente es alguien a quien debe de proteger por huevos. Nada más. Las mujeres con la que ha estado siempre han terminado muertas, ¿no es así?

Ryuzaki tembló a su lado, alzando la cabeza para mirarle con los ojos de un cordero que acababa de saber que el lobo estaba a punto de morderle y no comprendía la razón. Ahí estaba la mierda de nuevo. ¿Por qué tenía que darle explicaciones de lo que había hecho en su pasado? Y sí, todas las mujeres con las que tuvo sexo estaban muertas. Sencillamente porque ellas habían hecho algo que jamás pensaba perdonarles. Maldición, que no era un angelito. Y Momoshiro, por supuesto, tampoco lo era como para estar insultando.

—Bueno, eso no importa— interrumpió Tachibana— solo he aceptado reunirme aquí con vosotros porque sé que tenéis cabeza y que probablemente, tu jefe te tenga que responder tarde o temprano. Mi trato es este: Dadme a Ryuzaki y… vuestro compañero Eiji e Irina, sobrevivirán.

Un ramalazo de rabia le recorrió la espalda. Tensándose de tal manera que la silla crujió bajo su cuerpo. Giró la cabeza hacia Momoshiro, sin creerse que aceptara tales consecuencias. Joder, era Irina…

—Sé perfectamente cómo y dónde se encuentra. Un hombre tan descuidadamente dejado a la mano de Dios y a la mía. Con una niña mal criada que decidisteis educarla en la maldad en lugar de aprovechar su alto cociente intelectual para llevarla a que hiciera una carrera universitaria. Es una lástima que tenga que morir tan joven. Pero como ya te he comentado; quiero a Ryuzaki. Muerta.

Ryuzaki se estremeció, levantando la mirada hasta la que una vez fue su amiga, inclinándose hacia delante.

—No soy un objeto intercambiable. Ann, estás jugando con vidas humanas. Déjalo ya.

Tachibana no se inmutó, bebiendo con tranquilidad el café y dejándolo nuevamente sobre el platillo, mirándola finalmente.

—Mis padres y mi hermano también eran vidas humanas. A tu padre no le importó quitármelas.

—Mi padre ha vivido toda la vida afligido por eso.

—No, Sakuno. Tu padre vivió afligido desde que tu madre murió con un tiro en la cabeza y dado por una cría que tenía la misma edad que su hija pequeña.

Ryuzaki se convulsionó, poniéndose en pie mientras golpeaba la mesa.

—Tú… mataste a mi madre…— balbuceó. Tachibana asintió con la cabeza y contestó:

— fue la primera vez que cogí un arma. No me fue tan mal. Directamente a la cabeza. No sufrió. No como mi padre al que tu gentil padre….

Tachibana no logró terminar. Ryuzaki le había cruzado la cara con una de sus pequeñas manos, furiosa y con lágrimas en los ojos. Respirando agitada ante una sorprendida e inteligente mujer. Momoshiro se inclinó hacia delante, con la mirada fija en él, esperando una respuesta.

—Vaya— continuó Tachibana, tocándose la cara con sus dedos— tú te enfadas porque tu madre muriera de esa forma, de que tu padre te estuviera engañando toda la vida y encima, esperas que yo sea una buena niña que no quiera hacer otra cosa que llorar. No, gracias. Mira, mi madre murió con un disparo en el vientre, embarazada de nuestro tercer hermano que jamás vería la luz: agonizó. A mi padre le disparó por la espalda… cuatro veces. Y a mi hermano lo ahorcó. Dime: ¿quién es más cruel, Sakuno Ryuzaki?

Sakuno tembló, dejándose caer en sobre la silla. Suspirando en medio del llanto, clavó las uñas en la tela vaquera.

—Desde luego, tú padre no.

—Pero tú estás siguiendo sus pasos— se defendió— ni Irina ni Eiji tienen nada que ver conmigo…

—Te equivocas— interrumpió Momoshiro— tanto ella como Eiji están involucrados en esto. Mientras tengas contratado al equipo. Yo mismo me he encargado de su… asesinato. Si dentro de media hora no llamo para evitar que los asesinen, morirán. Así que nada de juegos, Echizen.

Se encogió de hombros dándole importancia a que le daba absolutamente igual todo. Lo que estaba sucediendo era claramente una pelea entre dos gatas que habían perdido lo mismo sin darse cuenta. Ambas inocentes y a la vez culpables. Casi daban ganas de dejar lo que estaba haciendo porque era la mayor estupidez mundialmente conseguida entre esas dos chicas.

Si bien el tumulto de sensaciones entre ambas, las ganas de pelarse y de insultarse estaban aflorando por cada poro de su piel, tuvo que tirar del brazo de Ryuzaki y sentarla en su silla. La gente comenzaba a mirarles como si fueran una caseta de feria que repartiera el más barato y fácil regalo de toda la fiesta.

—Entonces, si me entrego yo, dejarás a los demás tranquilos, ¿Verdad? — cuestionó algo aturdida. Tachibana asintió.

—Solo te quiero a ti. Los demás, realmente, me dan igual. Así como si después me dan un tiro entre ceja y ceja. Pero tú caerás antes, Ryuzaki.

Con remilgada educación, Tachibana dobló la servilleta ante ella, para dejarla debajo del plato con la taza. Probablemente, una de las mejores educaciones habría sido la que recibiera durante ese tiempo que fue adoptada.

—Entonces, iré.

Ryuzaki se levó, forzando su agarre para librarse de él. Con una ligera inclinación ante él, sonrió.

—Por favor, dele mis más sinceras disculpas a Tezuka. Pero seguramente comprenderá que no quiero más muerte. Que… no se preocupe y muchas gracias. Mi padre no le odiará.

Tachibana se levantó a su lado, uniendo su brazo izquierdo con el de Ryuzaki y tirando de ella hacia la salida, pagando la cuenta. Momoshiro se mantuvo en su sitio a la par de él. Cuando la chica se dio cuenta de que Takeshi no le seguía, se detuvo, mirándole de forma acusadora.

—Takeshi— llamó autoritaria. Momoshiro no se inmutó.

—Vete— retó, sonriendo con orgullo. Takeshi chasqueó la lengua.

—Si sales por esa puerta con Ryuzaki, morirás, Ann— y ambos sabían que eran verdad. Tachibana enrojeció.

—Vosotros, ¿habéis roto el trato? — Exclamó, tirando de Sakuno con brusquedad— Me las tenéis que pagar. Pero da igual.

En un violento arrebato, Tachibana llevó una de sus manos hacia el rostro de Ryuzaki. Sujetándola con firmeza del rostro, intentó tirar. Como si aquello hubiera sido una simple señal, ambos saltaron. Cuando sus cuerpos impactaron el sonido le ensordeció los oídos. Rodando por el suelo, ambos intentaron encontrar el arma del contrario y en una apuesta de vida o muerte, la atraparon, apuntándose a la vez.

—Joder, Echizen… Detén esto— exigió Momoshiro, empujando su el cañón de la pistola contra su garganta— Nos mataremos mutuamente. A ti siempre te ha dado igual morir o no, pero a mí ahora no…

Los gritos de un par de mujeres se vieron ofuscados por el golpe pesado de algo caer contra una de las mesas de cristal del bar. Cuando miró de reojo, encontró a Ryuzaki jadeando, tocándose la barbilla con dos de sus dedos mientras mantenía el cuerpo inclinado hacia delante y un brazo estirado en línea recta. Justo donde Ann Tachibana había caído sobre la mesa de cristales.

—Mierda— maldijo su ex compañero— Comprendo que sea una pelea entre ellas, pero joder, sé también que si te dejo dispararas. No puedo dejarte hacerlo. Es imposible que lo consienta, maldición.

—No lo haré— aseguró, apartando el arma de las sienes contrarias. Momoshiro, hizo el mismo gesto, sorprendido.

Ambos eran hombres de palabra. Sin lugar a dudas. Sin moverse del suelo, sentados, se giraron para observar el panorama, esperando que ambas mujeres decidieran qué sucedería después. Las apuestas estaban echadas. Si Tachibana moría, Ryuzaki caería fulminada y Momoshiro también. Si era al contrario, solo Tachibana quedaría en pie.

--

Le dolía la quijada. Realmente había estado a punto de partirle el cuello y dejarla en el sitio. Pero no sabía cómo demonios, había logrado quitársela de encima.

La situación era que repentinamente se veía inmiscuida en una pelea entre chicas, mientras los dos tipos parecían estar ansiosos porque terminara de una maldita vez todo, con las manos firmes sobre sus pistolas, las cuales mostraron cuando dos camareros intentaron detenerlas.

Tachibana se puso en pie costosamente, quejándose por clavarse algunos de los cristales rotos de la mesa y seguramente, dolorida por el golpe. No pensaba tenerle consideración. No, después de haber sabido la verdad sobre su madre. No podía perdonarla pese a que comprendía perfectamente los sentimientos. Y si había decidido entregarse era únicamente porque, por meros momentos, había sentido deseos de que todo se calmara. De que nadie saliera herido, pero también sabía que Echizen estaba ahí porque Tezuka se negaba a entregarla como si nada. Que no dejarían que se marchara y que no tenía culpa del pasado de su padre. Ni ella, ni su difunta madre.

Era eso lo que no le pensaba perdonar. Nunca. En la vida.

Se incorporó, esperando qué era lo que Tachibana pensaba hacer. Si llevaba un arma, esperaba ser lo suficientemente rápida como para poder coger la suya y al menos, defenderse a tiempo .Si no… bueno, eso sería otra historia. Pero Ann simplemente se quitó un trozo de cristal del brazo, lanzándolo a lo lejos y mirándola furtivamente.

—Sabía que eras buena peleando porque tu nana te había enseñado. Pero creí que esto solo sucedía cuando estabas durmiendo.

Y así era cierto. Pero por algún motivo que agradecía, su cuerpo había respondido y estaba segura de que podía contar con él. En algún lugar de su mente se había abierto una caja. Una caja que siempre había mantenido en un rinconcito, oculta y sin hacerle caso porque simplemente no pensaba necesitarla y cuando no piensas en una cosa mucho tiempo, tiendes a olvidarla aunque tu cuerpo no. Y solo necesitaba un poco de impulso para recordarlo.

Sin saber cómo, cuando la silla rodó hacia ella la esquivó fácilmente, dio un paso atrás y giró. Su pierna se movió sola y el empeine golpeó contra el costado de Tachibana. Una de las costillas debió de romperse. Y tampoco sabía por qué sabía en qué lugar exacto debía de dar o por qué sabía que se había roto. Cuando regresó su postura, Tachibana se encontraba contra la pared, sujetándose el costado. Una sonrisa maliciosa le cruzaba la cara.

Vale, eso no era buena señal. Una de dos o era masoquista o la estaba poniendo a prueba. Y supo en seguida que era la segunda opción. Porque Tachibana se cuadró, de la misma forma que cualquier aprendiz de artes marciales en su rama, haría. Por supuesto, las cosas no iban a ser tan sencillas. Tachibana no había preparado una venganza sin estar preparada para estas consecuencias.

Automaticamente, ella misma se cuadró. Los golpes no tardaron en llegar. Un puñetazo que iba directamente a su rostro, el cual esquivo, sin embargo, el revés del otro brazo, no y mucho menos, la patada a su pobre estómago que amenazaba con echar el desayuno. Una de las sillas entorpeció su retroceso, cayendo de espaldas y evitando así la patada que iba directamente a su rostro. Antes de que Tachibana lograra tener un equilibrio lo suficientemente fuerte como para arremeter, le dio una patada en el trasero, tirándola hacia delante.

Distrayéndola el tiempo suficiente como para ponerse en pie y esquivar su respuesta.

—Para ser una pelea entre chicas, no está nada mal— farfulló Momoshiro.

Ambas le lanzaron una mirada asesina sin quererlo y el ojos arilados tragó saliva, retrocediendo y acusándolas de ser más peligrosas que Echizen juntas. Sin embargo, ninguna estaba para la labor de prestarle demasiada atención. Volvieron a cuadrarse una frente a la otra, esperando impacientemente.

Cuando finalmente el golpe llegó, fue por ambas partes. Contra brazo contra el otro. Rodilla contra rodilla y empuje contra empuje. Un buen equilibrio por parte de ambas y nuevamente, una embestida. Una patada en las caderas que a cada una envió hacia atrás y de costado.

El golpe contra la barra del bar fue más doloroso que la patada en sí. La madera crujió cuando su peso y presión cayeron sobre ella y los vasos que había encima fueron rompiéndose en pedazos sobre ella. Uno de los cristales se clavó en su mano izquierda.

—Vaya, parece que tú no vas a tener mejor suerte que tu madre.

Levantó los ojos hacia ella. Tachibana empujaba una de las sillas con la pierna hacia un costado, limpiándose la sangre que salía de su labio inferior. Probablemente, habría dado de boca contra algo. Se levantó costosamente, mirándola con arrogancia y a la vez, con el sentimiento que siempre dejaban destilar sus ojos- dulzura escondida bajo un telón de angustia-.

—Querría haberlo hecho rápido, pero chica, eres más cabezona de lo que pareces. Eso de que las tímidas las matan callando, tiene su razón— cogió una servilleta de uno de los servilleteros del suelo, limpiándose la sangre con sumo cuidado y tirando el papel en una papelera tirada—. Ya que te empeñas, igual estamos todo el día. De todas maneras, si yo muero, es muy probable que Momoshiro te dispare y Echizen a él. Entonces, si Takeshi muere, Irina y Eiji también. Esto es una cadena. Una cadena que vosotros habéis comenzado.

Se sacudió la ropa, esperando que ella se levantara también. Una vez que lo hizo, volvió a caminar hasta ella. Su pierna izquierda le golpeó en el hombro izquierdo y logró evitar a tiempo el puñetazo en la cabeza, uniendo ambas piernas en las contrarias y tirándola al suelo.

Quizás es que fue por el mero impulso, pero sucedió. Usando la llave como punto de apoyo, estiró el brazo y empuñó la mano, golpeando el rostro de la chica. Un gemido de dolor escapó de Tachibana, sujetando con ambos brazos el suyo. Pero el momento había sido decidido sin que se lo esperasen.

El mismo cristal que ella llevaba clavado en la mano atravesó una de las cuencas de los ojos de Tachibana. El grito y el dolor dieron rienda suelta a un tremendo shock. Defendiéndose con uñas y dientes, haciendo que cayera hacia atrás. Justo cuando esquivaba, la bala se clavó en la pared y una voz masculina maldijo. Un gruñido de lucha y el gorgoteo de la muerte. Levantó el pie y sin piedad, clavó el tacón sobre la garganta de Tachibana.

Giró la cabeza hacia el lugar proveniente del disparo. Echizen se había tirado sobre su compañero de Equipo, luchando por ambas armas. En algún momento, Takeshi pareció encontrarse con ventaja, sujetando a Echizen y embistiéndolo contra el suelo. Levantó la pistola con intenciones de apuntarle y… disparar.

Pero no llegaría a hacerlo. Estaba en su sangre al parecer. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer y aunque su carácter no quedara especialmente bien en su grupo sanguíneo, no podía remediarlo. No pensaba tener más muertes. Llevó la mano hasta su espalda, levantándose y caminando hasta ellos. Utilizando la excitación del momento entre ellos, clavó el cañón en la sien del moreno.

—Basta— ordenó, dándose cuenta de que estaba llorando— Basta.

Momoshiro tembló.

—No tienes ni idea… de lo que acabas de quitarme.

—Te equivocas— negó, mirando completamente aliviada a su guardaespaldas— lo sé. Mucho más de lo que crees. Tan bien como comprendí lo que sentía Tachibana. Por favor… si es cierto lo que he visto en esa guarida… tú amas tanto a Irina como los demás. Haz que anulen esa…

—No hay nada— una carcajada escapó de la garganta masculina— Nunca pensé matar a Irina. Joder, no entiendo por qué estaba en medio. Ni siquiera sé en qué hospital están. Le dije a Ann que lo había preparado todo porque no quería que cometiera un asesinato. Pensaba llevarte con ella y hacer que hablarais. No le hubiera dejado matarte. Porque ella no se merecía esta vida. Y no ha servido nada. Está muerta. ¿Qué cojones quieres que haga?

Suspiró, aliviada, cerca de quitar el cañón. Echizen gritó. Estaba segura. Debió de hacerlo antes de que recibiera el golpe. Un puñetazo poderoso que la dejo sin sentido, o eso creía. Se figuró que en algún momento dado había apretado el gatillo. Dos veces. Dos sonidos. Su espalda golpeó contra el suelo y el mundo oscuro de una pesadilla la recogió.

Sonidos que no llevaban a ninguna parte. Un grito y chillido varonil seguido de pasos pesados. Dos delicadas manos que la levantaban y movían. Lágrimas desparramadas sobre su rostro y alguien que sonreía. El motor de un coche y el sonido de voces que no llegaban correctamente a su mente. Logró distinguir escasamente la voz de Tezuka ordenando que se marcharan y deseó gritar que no.

Debía de saber qué había pasado. Ver con sus propios ojos cuál había sido el resultado de todo aquello. Si realmente Tachibana estaba muerta darle un entierro como se debía. Y Echizen y Momoshiro… ¿qué pasaba con ellos?

Se removió sobre sí misma y debatió en su lucha sin lograr ningún beneficio. Quien fuera la que le sujetaba era bastante fuerte y no daba tregua a su ansias de despertar. Era como estar siendo engullida cada vez más por un pozo en el que no había fondo y nunca sabrías si podrías salir de él hasta que despertabas.

Y cuando lo hacías, estabas completamente empapada en sudor, desorientada y perdida en un lugar al que no recordabas haber ido. Sin embargo, cuando logró estabilizarse sí recordaba el lugar, el olor del mismo, pero también estaba sudada.

—La cenicienta se despertó.

Irina se encontraba inclinada hacia ella, con un periódico sobre sus rodillas. Unas muletas a su costado y una bandeja con comida. Frunció los parpados al verla sentada sobre un viejo sillón verde de orejas.

—Es bella durmiente— corrigió Tomoka con ímpetu, acercándose hasta la cama— ¿Cómo te encuentras Sakuno? ¿Tienes sed? Voy a llamar a los demás.

Antes de que pudiera preguntar nada, Tomoka se marchó. Irina bufó con cansancio y buscó algo en el periódico, entregándole una hoja en concreto.

—Estas son las últimas noticias que salen sobre lo sucedido. Las demás están empaquetadas.

Cogió el recorte de papel, frunciendo el ceño mientras intentaba ver. Su ojo derecho parecía estar entumecido, tener una cortina que la impedía leer. Irina siseó, quitándole el recorte.

—Tu ojo todavía no se ha curado. Es la primera vez que sé de alguien que se golpea con su propia pistola al disparar. A ver, dice: "Sigue sin resolverse el caso de la muerte de la adinerada Tachibana Ann y de los presuntos asesinos que no fueron reconocidos por nadie en la cafetería. Ninguna huella ni otro grupo sanguíneo que no tuviera que ver con la difunta joven ". Etc.

Irina dejó el papel sin ganas sobre sus piernas. Claramente poco agradada con las ganas de que siguiera leyendo la revista. No la culpaba. Simplemente con eso podía hacerse una idea de lo que había pasado.

Los hombres, expertos en hacerse desaparecer, seguramente habrían infiltrado a alguien en el interior de la policía para evitar que la sangre fuera analizada. Si por un casual los cuerpos de Echizen y Momoshiro estuvieran en la escena, también se habrían encargado. Era posible que todos ellos tuvieran más fichas que cualquiera.

—Ah, cierto— exclamó con desanimo la pequeña— te llamas Kika Ritsukawa.

Parpadeó, girándose hacia ella. El cuello le dolió de sobremanera.

—Sakuno Ryuzaki está muerta. Toda su fortuna y sus bienes han ido a heredarse por la única familiar que le quedaba, una prima bastante lejana que nació en América y se llama Kika Ritsukawa.

Giró la cabeza esta vez hacia la puerta. Inui Sadaharu, seguido por Tezuka Kunimitsu y Nanako, se encontraban entrando en el dormitorio.

—Has muerto atropellada en el ande 28 de cierta calle— continuó Sadaharu— nunca estuviste con Tachibana. Encima de la peinadora tienes tu nuevo DNI, pasaporte y demás fichas. Todas las fotos y grabaciones de sitios en los que hayas estados están extinguidas. Tienes la carrera de Arte que querías. ¿Alguna pregunta en especial?

Demasiadas, se dijo.

—Yo… ¿por qué he muerto? — Cuestionó.

—Has asesinado a Tachibana, ¿te parece poco? — espetó Irina encogiéndose de hombros.

El recuerdo le llegó como una tormenta en agosto. Recordó perfectamente todo lo que había hecho. Como su cuerpo se había movido caprichosamente, sin hacerle caso y clavó el cristal sobre la cabeza de Tachibana. Y como si no tuviera suficiente, le rompió el cuello. Después había apuntado deliberadamente a Momoshiro a la cabeza. Después… después todo era confuso.

—Una vez que ha asesinado, aunque sea en defensa propia, esa señal queda con usted para toda la vida. ¿Quiere seguir viva con su nombre y apellido y sufrir las consecuencias de ser un asesino? — Cuestionó Sadaharu— entre nosotros siempre será Ryuzaki Sakuno. En el exterior, su nuevo nombre. Nosotros tampoco nos llamamos igual fuera.

Recordó, vanamente cuando habían ido a firmar los papeles del hotel. Ryoma Echizen había dicho otro nombre cuando demandó la factura y ni Fuji ni el dependiente dijeron nada extraño. Por supuesto, eso debía de estar montado siempre que fueras lo que eras. Algo en lo que ella se había convertido y en lo que no había sido.

—Ha estado una semana entera convaleciente. Tiene tres costillas rotas, el ojo morado y algo falto de visión, han tenido que colocarle un molar nuevo y por último, su pie izquierdo está algo lesionado y el cuello ligeramente lesionado, pero nada grave. Como Irina ya puede caminar, usted utilizará su silla de ruedas para moverse. Cualquier cosa que necesite, no dude en pedírmelo.

Asintió costosamente. Suspiró dolorida y miró a su alrededor. Por primera en ese tiempo, la mirada de Tezuka se cruzó con la de ella. No comprendía exactamente por qué, pero presintió que iba a regañarla como un severo padre. Sin embargo, Tezuka simplemente se acercó hasta ella, sentándose en la cama. En un momento, Irina y los demás abandonaron la habitación, dejándolos a solas.

—Lo siento— Se disculpó— seguramente, no entraba en sus planes que yo…—Balbuceó— de todas maneras… yo no… no entiendo por qué fui capaz de hacer algo así…

Se llevó las manos a la cara, cubriéndosela. Tezuka carraspeó, como solía hacer cuando le costaba hablar de más.

—No bajo la guardia— comenzó— y su sangre se despertó.

—Ah… ¿Mi sangre? — apartó las manos, mirándole como si acaba de decirle el secreto más importante del mundo— ¿La sangre de mi padre?

Kunimitsu asintió.

—Sabía que sucedería. Desde el comienzo. Para ser más exactos, desde que mató a ese sujeto en su casa. Solo necesitaba despertar.

—Eso significa…

—Que su camino como asesina solo estaba esperando despertar. Todo asesino tiene sus momentos de libertades y puede decidir cuándo dejarlo. Sin embargo… es bastante difícil. Tu padre encontró la libertad en tu madre y saliste tú. Pero dudo que quisiera esto. Ningún padre quiere estas cosas para su hija. Pero era consciente de que su sangre corría dentro ti.

Le vio rebuscar en el bolsillo de su chaqueta y mostrarle una carta. Negó con la cabeza, señalándose el ojo. Tezuka chasqueó la lengua y miró el papel sulfurado. Si ya le costaba hablar, peor iba a ser leerle una carta privada. Pero la abrió y comenzó a leer con voz clara y neutra.

—"Mi buen amigo e hijo Tezuka: A estas alturas seguramente, con tu buen ojo, te habrás dado cuenta de que Sakuno, mi hija, no es una simple mujer que ha crecido con demasiadas mentiras, que no ha comprendido por qué yo, su padre, decidí enseñarle cómo defenderse sin que se diera cuenta y muchas demás cosas que tú mismo aprendiste de mí. Sin embargo, su cuerpo está dormido. No he querido que se convirtiera en lo que nosotros somos. Su carácter dulce y pacífico la ayudado mucho.

Hace unos años, mi madre se llevó a Sakuno de mí lado cuando descubrió que mi pobre hija había heredado cierta maña de mí. A su corta edad había conseguido arrebatar fácilmente una pistola a uno de sus guardaespaldas y dejarle sin munición sin que este se diera cuenta. Cuando mi madre se la llevó, no sé exactamente qué presencio Sakuno en su viaje que volvió todavía más agresiva que antes, como si la experiencia le hubiera torturado el alma. Investigué a mi pobre pequeña y descubrí que había recibido un tiró. No sé quien fue aquel maldito bastardo, pero despertó en Sakuno lo que más miedo me daba. Tuve que subvertir ese deseo.

No recuerda demasiado de su pasado, o eso creo. Sufre pesadillas cuando duerme a oscuras y ahora que vive sola me preocupa todavía más. Va a rehabilitación creyendo que no sé nada. Tampoco pienso decírselo. Sabes perfectamente que nosotros no nos inmiscuimos de más y creo que mi capacidad de raciocinio sigue siendo el mismo de toda la vida.

Te mando llamar a costa de que me digas que no. Lo sé. Sé que nunca debí de dejaros y de vivir mi vida aparte. Pero un viejo como yo poco puedo hacer ya y mucho me temo que mi desamparada hija esté en peligro. Solo tú mi buen amigo, puedes protegerla. Mucho me temo que mis fantasmas del pasado han regresado y vienen a darme donde más me duele. Por favor, te lo ruego.

Espero que atiendas las suplicas de este viejo hombre que una vez fue tu padre."

Sakuno se tambaleó sobre sí misma, mirando con un súbito asombro al hombre mientras doblaba con cuidado la misiva y la escondía nuevamente en su chaqueta. Esa carta respondía muchas cosas y a la vez afirmaba sus corazonadas. Su padre siempre había sabido del disparo pero parecía no saber quién había sido, sino, estaba segura de que Ryoma Echizen jamás hubiera sido su guardaespaldas a primera de cambio.

—Mi padre… fue su mentor, ¿verdad?

—Así es. Como un padre— reconoció ligeramente y accionando el botón de tranquilidad— ¿Algo más?

Negó con la cabeza. No necesitaba nada más porque todo estaba claro. El destino siempre es un mamón que dirige las cartas hacia donde menos esperas. Que define si un día el que crea a otro decidirá pasarle su destino y el segundo, debe de decidir qué hacer con su vida, seguir los pasos de su padre o fingir que nada había pasado. Pero era difícil cuando este camino estaba marcado con la sangre de vidas humanas.

—Sí— dijo al ver que se levantaba. Tezuka detuvo su levantar, mirándola atentamente— yo… ¿puedo quedarme aquí?

La comisura izquierda de Tezuka tembló, como si fuera a sonreír.

—Después de todo… yo… he asesinado a Momoshiro y creo a Ryoma… también— dudó. Tezuka arqueó una ceja.

— ¿Perdón? — Inquirió— Momoshiro está muerto, sí señora. Pero usted no le disparó. Fue Echizen. Usted solo mató a Tachibana.

—Pero… yo disparé— aseguró, inclinándose hacia delante— y nadie a nombrado a Echizen. Creo que… que está…

—No estoy muerto.

Ambos giraron la cabeza hasta la puerta. Tezuka se levantó enseguida, ocupando su visión hasta que salió, tocando ligeramente el brazo de Echizen. Entonces, fue cuando pudo verlo claramente. Llevaba el brazo en cabestrillo y caminaba hacia ella empujando a patadas la silla de ruedas que parecían haberle dejado al cargo. Con una mirada claramente gruñona y acusadora, se sentó en la butaca que Irina había ocupado momentos antes.

—Momoshiro… ¿te disparó? — cuestionó. Echizen arqueó una ceja, extendiendo la mano y señalándola con el dedo. Acusándola— ¿Yo?... ni de coña— espetó aturdida.

—Levantaste el arma y disparaste— acusó nuevamente.

—Tú me gritaste— se defendió coloreándose de vergüenza y culpabilidad.

—¿Ah? — exclamó Ryoma.

Intercambiaron miradas de acusación hasta que sintió que las comisuras de los labios dejaban de obedecerle, sonriendo.

—Bueno, estamos en paz. Al fin y al cabo, tú también me disparaste a mí.

El silencio recayó sobre ellos durante un minuto, mientras su miradas se ponían duras.

—No pienso disculparme— Aclaró con severidad. Ella asintió

—Comprendo perfectamente por qué. Me inmiscuí donde no debía… pero… cualquier persona actuaría así. Aunque dudo que yo te dispararía.

Ryoma parpadeó y se señaló el hombro con acusación. Chasqueó la lengua y con voz irritada, contestó a eso.

—Ey, te pusiste entre la bala y la pared, no es culpa mía— vaciló, sonriendo hasta terminar riendo — Lo siento, Ryoma, en serio. Lo siento.

Sin darse cuenta, las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos, interminables y con un rugido de su garganta. Un alivio terrible comenzó a recorrerle el cuerpo. Había temido que realmente estuviera muerto. Le había disparado ella y era pura mentira que le alegrara estar en paz. Ella no había disparado por la misma razón que él y era puramente egoísta fingir que estaba bien. Que todo iba a ir de perlas porque estaba vivo. El odio de él continuaba ahí y ella le tendría miedo. Porque inconscientemente, vuelvan a llamarlo instinto si quieren, ella sabía que algún día, le iba a hacer daño.

--

Cuando las lágrimas comenzaron a escapar de los ojos castaños se sintió el tío más miserable de toda la tierra. Eso, repentinamente, le estaba doliendo más incluso que haber tenido que disparar a su mejor amigo para asegurarse la supervivencia. Maldita sea, todo había ido tan deprisa que casi ni recordaba exactamente qué había pasado. Solo que ella le había salvado la vida y dado la oportunidad de defenderse.

No había sido nada agradable, especialmente, cuando Momoshiro no se había terminado de defender. Cuando únicamente había sido una trampa para acompañar a Tachibana en la muerte y cuando se vio reflejado en los deseos del "morir no me importa". Momoshiro tenía razón, pero él… joder, también había tenido una estúpida razón sin que se diera cuenta. Durante todo ese tiempo y esa maldita razón estaba justo en frente de él, llorando a lágrima viva porque había estado a punto de matarle- según ella, porque bala le había dado directamente en el brazo derecho, nada del otro mundo-.

Y todo había comenzado aquella maldita noche…

Nanjiro, igual deberíamos de olvidarlo. No es bueno que salgamos a cenar después de este aviso. Somos una de las tres familias adineradas que queda de Japón. Cariño, piénsalo.

No. Es nuestro aniversario y no pienso dejaros aquí encerrados como si fuéramos presos.

Aquellas palabras habían retumbado hasta el salón, donde ojeaba una vieja revista de deporte. Seguramente, tras esto, su madre se habría echado a llorar y su padre la había cogido con todo el cariño del talle, besándola lánguidamente antes de que ambos adultos recordaran que su hijo se encontraba esperándoles en el salón y que el chofer se estaba congelando en la calle.

No comprendía por qué tenía que acompañar a sus padres el día de su celebración de aniversario tras doce años juntos. Sí, porque bien parecía que su padre había decidido casarse con su madre cuando él había sido creado, pero cada vez que los veía juntos comprendía que lo de doce años en realidad eran más, quizás tres… quién sabía.

El caso es que se había negado. No quería ser el palo aguanta velas de sus padres y esa noche daban un partido de tenis que le gustaría ver. Sin embargo, su madre había entrado con un esmoquin de clase y le había sonreído de esa maldita forma que solo las madres saben para que sus hijos no digan que no.

Era algo ridículo que su madre le convenciera a él con una sonrisa y a saber cómo la había convencido su padre tras recibir aquella maldita misiva de aviso de asesinato si salían de su casa. Pero Nanjiro no era un hombre que se almendraba. Daba siempre la cara excepto cuando de mujeres se trataba porque alegaba que a las mujeres no se les pegaba ni se les hacía nada maligno, porque todo quedaba en la cama. Él sabía que todavía era un niño como para comprender esa… cursilería.

Una hora después, se encontraba sentado en la parte trasera del coche, con la cadera su madre clavándosele y a su padre tan ancho sentado como si fuera el Rey. Su madre se removió contra él, rodeándole el cuello con su brazo y acercándole para besarle. Sintió ganas de removerse, no siendo un gran fenómeno de las caricias. Pero bueno, ahí estaba, soportándolo. Al menos, hasta que vio de reojo el cartel del restaurante. Un restaurante al que solo los niños pijos solían asistir y en general, era seguro. Excepto cuando te embestían con un coche contra el tuyo.

La violencia del asunto no era nada agradable. Sus cuerpos se movían al compás del furioso giro. Su cabeza chocaba un lado y otro porque el cuello no le hacía caso a su orden de detenerse. Si los brazos de su madre no hubieran continuado ahí, sujetándole, seguramente abría tenido peor suerte. En algún momento, cuando todo aquel maldito mareo de golpes, dolor y ansias de vomitar se detuvo, descubrió que su padre iba armado. Sujetándose el brazo izquierdo salió al exterior. Un disparo, quizás más, pero no fue su padre quien vino a recoger a su madre y tampoco, quien pensó que él no estaría ahí porque su madre únicamente gritó el nombre de su padre.

Desde su puesto, buscó qué hacer. Algo.

Señorito…

La voz del conductor le distrajo. Con las sienes latiéndole con fuerza. El terrible dolor de sus costados, estiró la mano hasta coger la nueve milímetros que el conductor le entregaba. Sus manos cuadraron exactamente sobre el frio metal. A sus doce años, su cuerpo estaba más que preparado para ello y sin saber por qué. Quizás, por el mismo impulso que hizo a su padre coger la suya propia.

Quitó el seguro y nada más asomarse y ver la figura de un hombre inclinado sobre su madre, disparándole a quema ropa. No esperó. Apunto, directamente a la cabeza. Disparar en el pecho sugería un riesgo que un niño de doce años no podía permitirse. El hombre cayó como plomo sobre su madre. Un segundo salió del coche que los había embestido y no tuvo mejor suerte por valiente. Esperó.

La lluvia comenzó a caer sobre los cadáveres y ningún ruido más proveniente del vehículo. Ninguna sombra. Nada. Ordenó severamente a su cuerpo a obedecerle y se empujó hacia fuera. Caminó sin ver nada. Sabía que los cuerpos estaban ahí. Que realmente entre ese amasijo de carne y sangre estaban sus padres. Pateó a uno de los abatidos, arrodillándose ante su madre. La sangre había calado por su cuerpo. Tenía el cuello roto, la cabeza hacia atrás y sus cabellos se encontraban ensangrentados completamente. Su padre no estaba en mejores condiciones.

Sin comprender exactamente por qué el mundo comenzó a ofuscarse. Seguramente sería por la maldita mierda del golpe, pero qué cojones era eso comparado a la situación de sus padres. Estaban muertos.

Hasta sus oídos llegó el sonido de unos pasos. ¿Zapatos de madera? Se giró y lo único que lograba ver era un quimono. Quien fuera, se acercó hasta inclinarse sobre sus padres, tocar ligeramente a su padre. Como un animal enjaulado, la empujó con la pierna y apuntó.

La lluvia caía a su alrededor y mientras parecía que conversaba algo con ella… disparó.

Y esa maldita metomentodo era ella. La misma que había vivido con su recuerdo tan fuerte como él mismo. La que había tenido colgado el mismo quimono que había llevado esa noche en su pared, con alguna que otra mancha de sangre. La que había tenido que ir a rehabilitación y la misma que había tenido que proteger. Cuando Tachibana había muerto, el trabajo había terminado. Sin embargo, él impidió que Momoshiro la matara. Mató a su mejor amigo por protegerla.

Y… mierda, odiaba cuando las mujeres lloraban porque no sabía qué hacer.

Se levantó a regañadientes y caminó por la habitación, intentando saber qué debería de hacer en estos casos. ¿Traerle una manzanilla o a su Nana para que llorara sobre su hombro? Desde luego, ahora no podía tocarla. Se había jodido a la hora de querer matarla.

Hacía tres días, cuando despertó, Tezuka le había dejado en claro que Ryuzaki formaba parte de ellos y a menos que traicionara como hizo Momoshiro no podía matarla porque era de la familia. Sería como dispararle a Irina y a los huevos que los iba a hacer. Irina era sagrada.

Se detuvo cerca de los pies de la cama. Ella intentó mirarle, pero las lagrimas apenas dejaban el intento, obligándola a pestañear y volver a frotarse los ojos. El recuerdo de su madre, haciendo lo mismo y a su padre a su lado, cubriéndola con su brazo, le dio una simple y… ¿gentil? Idea.

Se sentó a su lado tras girar la cama y tiró bruscamente contra sí. Ella se debatió, quejándose y mordiéndole el brazo. Maldiciéndola, se alejó. Que la reconfortara su padre.

Cerró la puerta con brusquedad y abandonó el lugar para salir a lo que era ahora un comedor perfectamente amueblado. Nada como tener una madre masculina para que se encargara de toda la decoración. Y suponía que ahora con Ryuzaki, Tomoka y Irina, las cosas se volverían todavía más femeninas.

—No.

La voz de Irina hizo que se detuviera. Provenía del despacho de Tezuka y su tono era claramente irritado. Probablemente, volvía a las andadas. Pero también estaba cansado de tener que ir sacándole las castañas del fuego cuando se trataba de Tezuka. Ella continuaba y Tezuka tenía un límite.

—Irás— espetó Tezuka.

—No. No soy ningún perro. Me tratáis como si lo fuera. Ir sería meterme en la cárcel. Estoy bajo la custodia de mi tío.

Tezuka guardó silencio. Suspirando, empujó la puerta y se dejó ver. Irina giró la cabeza hasta verle y le tiró un panfleto sobre colegios y casas de acogida.

—Todavía está a tiempo Echizen— aconsejó Kunimitsu.

Ojeó deliberadamente el panfleto, levantando la mirada hasta Irina. Sus ojos estaban escrutándolo en silencio, demandando un poco de ayuda. Bufó y dejó el panfleto en la mesa.

—Es una tontería. Escaparía igualmente.

Y eso era tan verdad que hasta Tezuka tuvo que maldecir y chasquear la lengua. Si Irina se negaba a algo, escaparía de ahí como fuera. Comprendía perfectamente la necesidad de Tezuka de ponerla en vereda, hacer que sacara fruto a su inteligencia como bien había dicho en su momento Tachibana. Pero Irina no era una cría normal y decidía perfectamente el rumbo que debía de seguir.

—Tú eres el tutor, Echizen— recordó Kunimitsu, como si quisiera quitarse el lio de encima— Tú decides— vale, sí, quería quitárselo.

—Solo es mi tutor porque mi madre lo decidió— reprendió seriamente la ojos grises— porque ni siquiera sabía quién era mi padre.

Desvió la mirada al ver como la mandíbula de Tezuka se tensaba. Si le daba una bofetada en ese momento, desde luego, estaba en su derecho. Aunque también tuviera la culpa en parte. Agarró la muleta y gruñendo al caminar, caminó hasta la puerta, deteniéndose altivamente.

—No es no, papá.

Tezuka se convulsionó ligeramente, agarrándose al escritorio como si le fuera la vida en ello. Irina cerró la puerta tras su espalda, desapareciendo. Casi hasta sonrió cuando vio en el estado en que había dejado al capitán. Sí, desde luego, esa niña era capaz de mover a todos hasta del odio al amor. Pero solo ellos tenían permiso de hacer cualquier cosa y por encima de los demás.

—Jamás debí de aceptar el trato de tu prima, Echizen— lo acusó.

Y entonces fue él quien hizo retirada. No pensaba cargar con las culpas de lo que los demás hicieran. Los líos entre su prima y los hombres de su vida, eran sus líos. No quería saber nada más. Irina era su sobrina- aunque en realidad no- y punto. Estaba bajo su tutela porque era la última y única persona que había estado con su prima antes de que muriera en el parto. Nada más. Después había tomado a Irina en brazos y la había llevado a la guarida. Oishi se había encargado de casi todo, excepto de las noches de pesadilla que iba a su cama o de cuando tenía alguna enfermedad que siempre terminaba con él.

—Yo puedo encargarme de la educación de Irina.

La voz llegó desde la puerta del dormitorio de Ryuzaki. La misma se sujetaba a las costillas con una mano mientras con la otra sujetaba un pañuelo, seguramente entregado por Osakada cuando él se había ido. Deslizó la mirada hasta el lugar que se agarraba con tanto ímpetu y sintió a Osakada chasquear diversas veces la lengua, prendiéndolo y acusándolo del dolor. Aunque era verdad, había sido culpa suya al ser tan brusco.

—Puedo hacerlo— aseguró Ryuzaki emitiendo un leve gemido de dolor— si no quieres que se vaya.

—Es ella, no yo— rectifico, encaminándose hasta su altura. Con la única mano libre, arrebató las agarraderas de la silla y empezó a empujarla hasta el dormitorio de Irina. En el trayecto, Osakada se detuvo ante la habitación de Kaidoh, llamando y entrando como perico por su casa— ¿Eh?...

No le dio importancia y continuó. Tras llamar y escuchar la voz de Irina, entraron. Cuando la castaña le explicó su oferta a la pequeña, Irina asintió, mirándole con la esperanza de que diera su consentimiento.

—No necesito que me pague nada. Solo que compre libros.

Asintió porque se vio acorralado por ambas. Sacó la billetera y le entregó dinero a Irina. Esta parpadeó con sorpresa y casi sonrió.

—No pagues con dinero robado— intervino Ryuzaki, devolviéndole el dinero— lo pagaré yo.

Frunció el ceño, sintiéndose claramente insultado. Como si su trabajo no sirviera para nada y no pudiera comprar unos malditos libros a su hija adoptiva. Volvió a entregarle el dinero a Irina y se marchó.

Estaba hasta los huevos de esa maldita mujer.

--

Realmente no lo comprendía. Por más vueltas que le diera. Primero la obligaba a pegarse contra él sin tener en cuenta sus costillas rotas y se marchaba ofendido. Y ahora otra vez porque le recomendaba no meter en líos a un pobre dependiente de librería. Si bien se veía incapaz de ser una asesina, también se estaba viendo incapaz de comprender a Ryoma Echizen.

--

Continuará…