11. Mentiras verdaderas, verdades mentirosas

Haruto estaba muy nervioso y confundido. Los hollows lo estaban sacando de quicio y para colmo estaba el grito de la humana tonta. Furia y desesperación emanaba su aura, aunque conscientemente no lo quisiera reconocer.

– ¡Primera fase! ¡Seichotsuki! – una energía negra con forma de media luna cortó a la mitad, de un solo golpe, a los seis hollows que lo tenían casi acorralado, liberando a Haruto que salió rápidamente usando su shumpo. Llegó junto a Miyu, que yacía desmallada en el suelo y a Mazui, que estaba a punto de levantarla. – ¡¿Qué le hiciste? ¡BASTARDO! – sacadísimo.

– ¿Yo? – irónico. – Nada. Ella fue la que me atacó – con una sonrisa y expresión retorcidas.

– ¡Hijo de puta! – la ira que sentía era indescriptible. ¿La humana estaba inconsciente en el piso y él decía que ella lo había atacado? ¡Ese imbécil estaba loco! Sin embargo, estaba herido en el pecho… ¿quién lo habría hecho? – ¡Segunda fase! ¡Mangetsuki! – la energía oscura que emanaba su zampakutoh, mucho más poderosa que en la anterior fase y más grande, salió impulsada hacia Mazui por un movimiento de Haruto, quién reaccionó anteponiendo sus manos al ataque. No fue suficiente protección y el impacto logró herirlo profundamente en el mismo lugar donde ya estaba lastimado.

– Parece que estás furioso, shinigami – sangraba bastante, pero su sonrisa no se borraba.

– ¡Me las vas a pagar! – gritó y embistió contra el arrancar. Mazui abrió Garganta y entró.

– No te preocupes shinigami, ya me vengaré por esto – rió desquiciadamente mientras se cerraba su escape.

Haruto soltó inmediatamente su zampakutoh y dejó un poco de orgullo con ella, para tomar a Miyu entre sus brazos, arrodillado en el suelo. Estaba ensangrentado por sus propias heridas y dolorido en sus costillas del lado derecho, el sudor frío cubría su frente y su ropa estaba hecha jirones; pero su mirada era segura y preocupada. La chica no reaccionaba y sentía que debía hacer algo. Estaba demasiado alterado.

– Kurosaki – la llamó despacio. - ¡Kurosaki! ¡KUROSAKI! – moviéndola. - ¡MIYU! – gritó. Pero, por más escándalo que hiciera, ella no se movía. – Bastardo – dijo por lo bajo.

La dejó suavemente en el suelo y buscó a Kuroitsuki. Envainó y acomodó su espada en el obi. Volvió a levantar a Miyu delicadamente, hasta con algo de ternura. Se sentía culpable. La había dejado atrás y no sintió el reiatsu de Mazui y eso lo ponía incómodo. ¿Cómo había podido distraerse de tal forma? ¡Todo era su maldita culpa! Se impulsó, a pesar de sus heridas, para comenzar su shumpo. Pensaba en dónde ir, ¿qué lugar sería el mejor para que Miyu descansara y se repusiera? Su casa. Era arriesgado, porque estaría su madre, pero por lo menos estaría bien cuidada y ya no le importaba nada más que la seguridad de Miyu.

Ichigo estaba estático con Zangetsu en posición vertical. Su cara estaba transformada en una de sorpresa absoluta, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta también. Dos lágrimas hacían un camino sobre sus magulladas mejillas.

Frente a él, Renji estaba protegiéndose con Zabimaru y también sorprendido, pero sus ojos brillaban tristemente. Detrás de él, Uryu observaba la escena, mirando de reojo a Orihime que estaba a un lado, arrodillada en el piso. De Banken sólo quedaban algunas cenizas que se llevaba el viento.

Detrás de Ichigo estaba ella. La voz que se había escuchado no podía ser de nadie más. No importaban los veinticinco años que habían pasado, esa era la voz de Rukia. Todos estaban en silencio cuando Ichigo bajó lentamente a Zangetsu.

– ¿De verdad eres tú? ¿O sólo es mi imaginación?

– Soy yo idiota, ¿quién más si no?

– Enana del demonio – con una media sonrisa. Giró para poder volver a ver a su amada, pero se sorprendió cuando notó la furia en los ojos de Rukia.

– Te odio – lo apuntó con su zampakutoh.

– ¿De verdad eres tú? – insistió con su pregunta ridícula. Obviamente era ella, no había cambiado prácticamente nada desde la última vez. La cara de Ichigo mostraba tristeza y felicidad al mismo tiempo. Estaba totalmente confundido y había olvidado su anterior estado de ira. ¿Qué le sucedía a Rukia? ¿Acaso no estaba contenta de haber vuelto? Después de tantos años, ¿su reencuentro tenía que ser de esa forma?

– ¿Cómo pudiste? – los ojos de Rukia, además de furia, soltaban de a poco grandes lágrimas cargadas de dolor.

– ¿Eh? ¿Qué? – cayó de a poco en cuenta de que ella le estaba reclamando algo que tendría que decir él. Pero, de su boca no salía nada. No entendía cuál era el reclamo de Rukia ni por qué estaba a punto de llorar ni el motivo de que lo amenazara con su espada.

– ¡Cómo pudiste engañarme así! – las lágrimas cayeron.

– ¿Yo? – la pregunta era estúpida, pero su cerebro no podía procesar nada de lo que estaba sucediendo. – ¿Engañarte? Pero… - si, la había engañado, pero ella no se quedó atrás tampoco. Extrañamente no estaba tan enojado como hacía minutos atrás. Tal vez por eso no podía contrarrestar el reproche. – Pero

– ¡Pero nada! – lo interrumpió abruptamente Rukia. – ¿Quién es la afortunada señora Kurosaki, eh? – con mucha ironía y sin dejar de apuntarlo.

– Pero… pero… - las palabras simplemente no salían.

– ¡DEJA DE DECIR PERO! – la bronca salía por sus poros.

– Es que pasaron muchas cosas – sonaba arrepentido. Realmente estaba arrepentido.

– ¡ESO NO TIENE NADA QUE VER! – explotó. – ¡NO ME ESPERASTE ICHIGO! ¡TE OLVIDASTE DE MI!

– No – la miró con profundo dolor. – ¡No fue así! – desesperado.

Rukia no pudo resistir más y, tomando la espada con ambas manos, se abalanzó sobre Ichigo. Él no la detuvo y la zampakutoh cortó su hombro izquierdo. Rukia quedó frente a él, que no se atrevía a mirarla a la cara. Tenía razón, no la había esperado siempre. Había cometido el error de creer que ella no había vuelto porque no quería hacerlo.

– ¿Por qué no apuntaste al pecho? – apenas audible.

– No – tragó saliva, – no puedo hacerlo – aunque intentaba retener las lágrimas, éstas brotaban de sus ojos por si mismas.

– Yo me hubiera matado – la miró intensamente. – Ya no quiero vivir más porque tú me reprochas que yo hice otra vida sin ti mientras ¡TENÍAS UN HIJO CON RENJI! – al fin pudo hilvanar las palabras que tenía sueltas en su mente.

– ¿Eh? ¿Qué? – se separó de él, volviéndolo a apuntar, casi como un acto reflejo.

– ¡¿ME DICES QUE YO TE ENGAÑÉ? ¡¿YO? – sentía la profunda necesidad de expresar todo lo que sintió durante los veinticinco años que estuvieron separados y la bronca del momento en que se enteró sobre Haruto. – Diez años después de que me abandonaste decidí olvidarte y rehacer mi vida. ¡DIEZ AÑOS TE ESPERÉ INCONDICIONALMENTE, RUKIA! – ella sólo lo observaba aturdida y llorando sin querer. – ¡MIENTRAS QUE EN LA SOCIEDAD DE ALMAS TENÍAS UNA BONITA FAMILIA! ¡YO SOY EL QUE DEBERÍA ODIARTE!

– Pero…

– Ahora eres tu la que dice pero, ¡ja! – rió forzadamente y volteó para ver a Renji. – ¡¿Y TÚ RENJI? ¡TU QUE DECÍAS SER MI AMIGO! ¡¿CÓMO PUDISTE? ¡QUIERO MATARTE! – el pelirrojo seguía sosteniendo a Zabimaru a modo de escudo. No podía creer la situación. Ambos se echaban en cara lo que habían hecho y él no debía hacer nada, al menos no por ahora. Ichigo no dudó en salir a su encuentro. Como resultado, un nuevo chispazo entre las dos espadas.

– ¡BASTA ICHIGO! – reaccionó Rukia. – ¡Él no tiene nada que ver!

– ¿No? – la miró incrédulo. – ¡¿Y QUIÉN ES EL PADRE DE TU HIJO? – Rukia lo observaba fijamente con sus ojos mojados.

Haruto había llegado con Miyu a la casa, pero no había nadie. Entró con sigilo y dificultad por una de las ventanas de la parte trasera. La recostó en el sillón de la sala y colocó cuidadosamente la cabeza de la chica sobre un almohadón. Verificó sus signos vitales y se tranquilizó un poco al saber que no estaba herida y que todo era normal. ¿Qué le habría sucedido? ¿Por qué se desmayó y no volvía en si? ¿Qué era lo que quería ese tipo de ella? ¿Quién era y qué era ese agujero por el que se fue? Eran demasiadas preguntas sin respuesta que confundían su pensamiento. Su vista estaba fija en el rostro de la chica, que parecía dormir tranquilamente.

– Haruto – susurró entre sueños. Se sonrojó al saber que Miyu decía su nombre, pero se tranquilizó cuando comprobó que seguía dormida y no lo había visto.

– Humana tonta – dijo mientras llevaba su mano derecha hacia la cara de Miyu y apartaba suavemente un mechón de pelo que estaba sobre su frente. Pudo notar una lágrima en su ojo izquierdo. – ¿Qué es lo que te hace llorar? – dejó su mano sobre la mejilla de la chica y con el dedo pulgar secó la lágrima. La miraba fijamente, pero no tenía esa expresión tan seca de siempre, su rostro estaba relajado y hasta su boca lo traicionaba y quería sonreír. – ¿Quién eres tú? ¿Por qué me siento diferente cuando estoy a tu lado?

– Haruto – repitió Miyu, casi inaudible. Haruto se acercó a ella. Sentía deseos de besarla, un sentimiento tan puro y tan único que jamás había sentido antes hacia otra mujer. Cuando estaban a punto de hacer contacto sus labios con los de ella, los ojos de Miyu comenzaron a abrirse. Haruto, rápida y torpemente, con un ligero rosado en sus mejillas, se separó y volvió a su cara de malo, aún sin sacar la mano de la cara de Miyu. – Haruto… – sonaba dolorida – ¿dónde estamos?

– En tu casa – retiró la mano.

– ¿Eh? ¿Y el tipo? ¿Dónde está el que quería llevarme? – se puso muy nerviosa y su reiatsu aumentaba, junto con las lágrimas que amenazaban con salir. Haruto volvió a colocar su mano en la cara de Miyu e hizo que lo mirara a los ojos.

– ¿Qué es lo que te hizo? – estaba preocupado y Miyu lo notó.

– Nada, sólo me dijo que me encontró – confundida.

– ¿Encontrarte?

– No lo sé, no lo sé – lloraba. Haruto se acercó más a ella y la apretó contra sí, abrazándola fuertemente. El calor que emanaba el shinigami la tranquilizaba. – ¿Tú lo derrotaste?

– No pude – frustrado. – Lo ataqué con la segunda fase de mi Kuroitsuki, Mangetsuki, pero no fue suficiente y se escapó – enojado.

– No sé qué era él, no parecía un hollow… pero su reiatsu era parecido al del tipo que peleaba con mi papá – abrió los ojos sorprendida. – ¡Mi papá! – se separó de Haruto. – ¿Qué habrá pasado con ellos? ¿Y mi mamá? No está aquí, ¿verdad? – mirando para todos lados.

– No, aquí no hay nadie. No importa quién era, lo importante es que no te hizo nada – volviendo al tema que lo preocupaba.

– Es que – dudaba en contarle porque realmente no sabía bien qué había sucedido. – Yo… me desmayé y creo que fue porque una luz muy fuerte salió de mí – Haruto se sorprendió. – Mi reiatsu se incrementó de repente y le lancé algo que no sé que era, pero lo hizo retroceder – volvía a llorar y Haruto la volvió a acercar a su pecho. – No se lo que sucedió

– No importa – la consolaba, – sólo importa que estás bien

Hueco Mundo

– Mazui-sama – con temor y preocupación, – ¿quién le hizo esto? – un pequeño y delgado hollow acompañaba a Mazui. Estaban en una salita de paredes blancas y un montón de frascos y tubos de ensayo sobre una mesa desprolija. El arrancar permanecía sentado en un sillón, mientras el hollow, vestido con una especie de guardapolvo blanco curaba sus heridas. Mazui rió.

– Un pequeño shinigami que se cree muy fuerte – con un dejo de bronca. – Ya me las va a pagar el muy idiota – resentido e irónico.

– Permiso, señor – sostenía con una pinza un algodón embebido en un líquido amarillento.

– ¡Cuidado! – gritó al sentir que el líquido se metía en su herida. – Pero, por otro lado estoy feliz – sonrió abiertamente. – Encontré a la humana que estaba buscando – rió. – Kurosaki… – pensó un momento. – Parece que sus poderes aún están dormidos, pero tiene potencial, me gusta su mirada desafiante – su sonrisa se transformó en una maniática y sus ojos tenían una mirada sádica. – Volveré por ella mañana mismo

Karakura

– El padre – Rukia dudaba. Todas las mentiras que había dicho tiempo atrás con respecto a Haruto bombardeaban su mente. ¿Era prudente decirle a Ichigo en ese momento la verdad? ¿O debería esperar a que se tranquilizara?

– ¡Tan difícil es decirme que no me amaste nunca! – las palabras salían de su boca sin que siquiera pudiese pensar. – ¡Tan difícil es decirme que solamente me usaste y te fuiste con él! – señaló a Renji con la espada mientras sus propias lágrimas caían al suelo. – Y pensar que cada noche te lloré, Rukia

– ¡YO NO TE ENGAÑÉ! – no podía retener ni un minuto más aquel nudo que se había formado en su garganta en el momento en que lo vio.

– ¡BASTA! ¡NO SIGAS MINTIENDO! ¡CONOCÍ A TU HIJO Y ME CONTÓ TODO!

– Él no sabe la verdad – un poco más tranquila, pero llena de dudas. Miró a Renji, que asintió con la cabeza. Lo mejor para calmarlo era decirle la verdad. Una verdad que pujaba por salir a la luz. – ¡ICHIGO! ¡CERRARON LAS PUERTAS EL DÍA QUE LLEGUÉ A LA SOCIEDAD DE ALMAS! ¡NO PUDE REGRESAR A DECIRTE!

– ¿A decirme qué? – rió, incrédulo, aún con los ojos mojados. – ¿Qué te ibas a quedar con Renji? ¿Qué me dejabas solo? Fue mejor así, por lo menos aprendí la lección

Renji, Uryu y Orihime los observaban discutir. Los habían visto tantas veces llorar el uno por el otro y ahora sólo querían herirse, se gritaban y ninguna de los dos escuchaba ni quería escuchar lo que el otro diría en su defensa. Renji no aguantaba más la situación, no podía permitir que Rukia siguiera sufriendo. Sabía que no tenía que meterse, pero no tenía otra opción.

– ¡Ichigo! – le gritó con fuerza. El pelinaranja no lo miró. – ¡Nada de eso que dices es cierto! ¡Ella siempre esperó por ti! ¡Las puertas se reabrieron hace poco! ¡No tenía opción! – Ichigo no tenía intensiones de escucharlo. – ¿Y que hay de ti? ¡Tu si la engañaste! ¡Te casaste con otra!

– Pero – de pronto se dio cuenta de que él también estaba en falta y que por más que se sintiera defraudado, tal vez debía escuchar lo que había sucedido. – Pensé que se había quedado allá por su propia voluntad – recordó las palabras del shinigami de Tokio. – Después me enteré que no había sido así, pero era demasiado tarde – arrepentido y triste.

– ¿Eh? ¿Cómo pudiste pensar eso de ella? – Renji no podía creer la tonta excusa que le estaba dando.

En ese momento llegaron corriendo Haruto con Miyu en la espalda. Ambos se quedaron unos cuantos metros detrás de Orihime, para no interrumpir lo que parecía una fuerte discusión. Estaban lo suficientemente cerca como para escuchar todo lo que decían. Ichigo estaba en medio de Rukia y Renji, mientras que Uryu se había apartado un poco y acercado más a Orihime. Haruto no comprendía qué estaban haciendo sus padres allí.

– ¿Quién es ella? – Miyu preguntó a Haruto muy cerca de su oído, indicando con un leve movimiento que no identificaba a Rukia.

– Ella es mi madre – susurrando.

– ¿Y el otro shinigami es Renji, no? – Haruto asintió con la cabeza.

Orihime los escuchó llegar, pero no se dio por aludida. Era preferible no interferir para nada en lo que sucedía, así de una vez por todas los shinigamis volverían a su mundo y todo volvería a ser como antes. Las lágrimas seguían recorriendo su cara hasta llegar al piso. De todas formas, parecía que Rukia había tenido un hijo con Renji, y que todo lo que pensaron era cierto. Lo mejor era esperar a que decantara por su propio peso.

Rukia, que estaba escuchando la ridícula discusión entre los dos hombres, no se dio cuenta de que Haruto había llegado. Ya no podía callar más aquella verdad que le amargaba la vida desde hacía veinticinco años y no contuvo más las ganas de gritarla a los cuatro vientos.

– ¡ICHIGO! – gritó y él la miró. – Yo… – dudó y las lágrimas cayeron. – Yo no te engañé – estaba nerviosa, pero sonaba segura y arrepentida. – porque ¡HARUTO ES TU HIJO!