los personajes de esta historia no me perteneces son creacion de Rumiko Takahashi, la historia tampoco me pertenece solo la adapto a inuyasha (no hay fines de lucro en esta historia):D


hola espero no haya sido mucho tiempo pero aqui les traigo otro capi saludosss...

§:§:§ Capitulo 10 §:§:§

En la playa dorada y secreta, solos los dos y con todo el tiempo del mundo, podría abrirle su corazón. Podrían olvidar todo lo que había ocurrido en el pasado y planear el futuro. Un largo y feliz futuro juntos. Si ella lo aceptaba, si podía enamorarse de él de nuevo.

Y si eso le costaba, él se encargaría de que ocurriera tal y como le había ocurrido a él, decidió con una oleada de fiera ansia de posesión antes de centrarse en asuntos más prácticos e ir en busca de Rin para pedirle una cesta con los manjares más deliciosos que pudiera preparar.

Kagome se quedó inmóvil un rato, con una sonrisa tierna en los labios. Iban a pasar el día juntos. Nada que ver con el día anterior, que había pasado con cara de póquer, gastándose todo aquel dinero en ella como si fuera un deber desagradable pero necesario. Tampoco como los días anteriores, en los que sólo se habían encontrado brevemente para comer juntos, sino juntos de verdad, y también con cariño. Estaba casi segura de eso.

Se puso de pie de un salto, se duchó en su cuarto de baño y volvió al dormitorio para ponerse la ropa que él le había llevado con tanta consideración.

Ropa interior fina como la seda; sólo braguitas, el sujetador, no. Sonrió con placer sensual al ver que el top que le había llevado era tremendamente provocativo: de algodón fino, casi del mismo tono que sus ojos, sin mangas, con un escote de pico muy sexy y una fila de botones diminutos. Se lo imaginó desabotonándoselos con pausa, uno por uno.

Antes de perder el hilo de lo que estaba haciendo por culpa de su imaginación, se puso la falda vaporosa en tono crema y se metió el borde del top bajo la cinturilla de la falda. Después utilizó el peine de Inuyasha para devolver la lisura a sus cabellos.

Estaba muy nerviosa y emocionada, se dijo a sí misma mientras se ponía las sandalias de tiras que completaban el modelo, temerosa de lo que pudiera depararle el futuro.

¿Y si Inuyasha veía el futuro como un par de semanas, o incluso días, antes de tener que volver a su ajetreada vida profesional? ¿Y si para él aquello no fuera más que un interludio robado de sexo fabuloso con una mujer de lo más dispuesta? Tal vez después le dijera adiós, le aseguraría que había sido muy bonito verla de nuevo y se despediría de ella.

Aspiró hondo para recuperar la calma mientras se decía que no debía ser tan paranoica. Ella significaba algo para él, ¿o no?

¡Por supuesto que sí!

Para no continuar imaginándose lo peor y serenarse un poco, decidió pasar algunos minutos examinando su dormitorio a la luz del día antes de bajar a desayunar con él. A diferencia de la habitación que le habían dado a ella, aquélla era bastante austera, dominada por la cama inmensa. Los suelos eran de madera pulida, desprovistos de alfombras que pudieran suavizar los colores. Completaban el cuadro un ropero cavernoso, ricamente labrado con lo que parecían ser frutos y hojas de parra, y una mesa de escritorio solitaria apoyada contra la pared entre dos altos ventanales.

Se acercó despacio hacia la mesa y se fijó en la lámpara ladeada y en el cuerno que contenía bolígrafos con los que sin duda escribía cartas o notas para el servicio antes de irse a la cama.

En un marco de plata había una foto de una elegante pareja de mediana edad. ¿Sus padres? Deslizó los dedos sobre el marco mientras se preguntaba si alguna vez los conocería. Inmediatamente intentó rechazar las palabras hirientes que él le había dicho al respecto: «Hay mujeres que un hombre estaría feliz de presentarle a sus padres. Está claro que tú no eres una de ellas».

Eso había sido antes de hacer el amor, antes de reencontrarse. Las cosas eran muy distintas en ese momento. Por supuesto que lo eran.

Escondido detrás de la foto de sus padres, Kagome vio otra más pequeña. Kagome la sacó a la luz con cierta curiosidad. Entonces el corazón se le paró durante unos segundos. Jamás olvidaría aquel rostro sensual y fascinante; el rostro de la mujer con quien lo había visto cinco años atrás. Sintió náuseas y lo dejó de nuevo detrás de la otra foto para no verlo.

No tendría su foto en su dormitorio si hubiera sido nada más que el lío de un hombre joven, parte de su época de correrías, parte de un pasado promiscuo que preferiría dejar atrás. Tenía que ser alguien muy especial para él. Sólo de pensarlo Kagome se quedó fría y aterrorizada. ¿Lo habría entendido todo mal? ¿Y podría esperar a sobrevivir a ello? ¿Se habría casado Inuyasha con aquella criatura armoniosa y encantadora? ¿Sería por eso que tenía su foto junto a la de sus padres? ¿Le estaría siendo infiel a su esposa, tratándola a ella, a Kagome, como si sólo fuera un asunto sin terminar?

Bien sabía ella que él estaba acostumbrado a engañar a las mujeres. No debería haberse olvidado de eso.

Se llevó la mano rápidamente a los labios temblorosos para ahogar un gemido de dolor, incapaz de detener la sombra implacable de la sospecha. ¿Por amor de Dios, por qué no se le había ocurrido preguntarle en Londres si estaba casado?

Salió de la habitación. Era una omisión que estaba a punto de remediar. La última vez, cuando se había enfrentado a la prueba de su perfidia, lo había cercenado brutalmente de su vida sin siquiera decírselo.

Esa vez sería distinto

Debía permanecer tranquila a toda costa, se iba repitiendo Kagome mientras avanzaba por los pasillos del segundo piso de aquel monasterio centenario de camino hacia las escaleras de piedra que la llevarían al magnífico comedor principal.

Podría haber una explicación perfectamente razonable de por qué esa fotografía estaba en la habitación de Inuyasha, aunque lo cierto era que no se le ocurría ninguna. Pero ella lo amaba, ¿o no?, aunque él resultara ser el egoísta asqueroso, cruel y despiadado que todas esas sospechas indeseadas conjuraban en su pensamiento.

Algunas mujeres, probablemente ella la primera de todas, eran sus propias enemigas. Deseó poder cortar aquel amor como el que cortaba un grifo; pero no podía.

Podría haberse casado con su querido, seguro y fiable Koga y haber pasado una vida equilibrada, evitando las pasiones y las penalidades de estar locamente enamorada de un hombre en quien no confiaba. Deseaba hacerlo desesperadamente, ¿pero cómo?

Se detuvo en el descansillo del primer piso para permitir que su corazón acelerado se calmara, y se apoyó sobre el repecho de piedra fresca de una ventana. Se tomaría aquello con calma y sensatez, y no le lanzaría acusaciones virulentas que tal vez no tuvieran fundamento.

Se recordó con energía que ya no era la ingenua muchacha de dieciocho años recién salida de un internado de monjas. Los dos, como había dicho Inuyasha, habían madurado. Debía tratar de creer en él con más empeño, a pesar de los recuerdos obsesivos de lo que había ocurrido hacía cinco años.

Sabía que se estaba retrasando más de lo que Inuyasha le había indicado. Sin embargo, permaneció allí un momento más. De pronto miró por la ventana y fijó su atención en un deportivo amarillo aparcado en el porche de grava que había delante de la casa. Inuyasha tenía visita, dedujo momentáneamente irritada. ¡Qué momento había escogido! La planeada confrontación tendría que ser aplazada, lo cual tal vez no resultara ser algo tan malo, pensaba mientras bajaba el último tramo de escaleras hasta la planta baja. Así tendría más tiempo de recuperarse del shock después de encontrar la foto de esa mujer en el dormitorio de Inuyasha.

No tenía ganas de tomar el desayuno, pero si quedaba un poco del excelente café de Rin, una taza no le iría mal.

De pronto la idea de sentarse en el retiro apacible del patio le apeteció muchísimo. Aspirar el aire cálido y perfumado y escuchar el canto melodioso de las palomas, el ruido del agua al caer sobre la fuente de piedra y el sonido de las hojas de los árboles mecidas por la brisa balsámica, mientras esperaba a que Inuyasha terminara con su visita, era precisamente lo que necesitaba.

Tal tranquilidad sin duda la ayudaría a ver la situación con madurez.

El camino más rápido para acceder al patio era a través de una puerta en la biblioteca, en lugar de utilizar las cristaleras del salón por donde normalmente accedía. Resultaba extraño cómo por fin estaba aprendiendo a moverse por aquel edificio, que parecía un laberinto, cuando a lo mejor tendría que marcharse con el corazón roto.

Pero no quería pensar en eso. De momento no, al menos. Era demasiado negativo, se decía en tono dinámico mientras empujaba las pesadas puertas de roble. Primero tenía que oír la explicación que tuviera que darle Inuyasha. Tal vez estuviera totalmente equivocada, y de haber sido así a lo mejor se había equivocado totalmente cinco años atrás.

Y aquél fue el último pensamiento coherente que tuvo, porque lo que Inuyasha tuviera que decirle sobre la mujer del marco de plata quedó olvidado cuando vio a la persona de la foto sentada a la mesa que había debajo de la higuera, llorando a lágrima viva. Inuyasha estaba sentado frente a ella, inclinado hacia delante, agarrándole las dos manos, hablando con ella. Desde donde estaba ella no podía oír lo que le estaba diciendo, pero sí que su tono era consolador.

Dijo algo que enfureció a la bella y joven morena. Ocurrió tan deprisa que Kagome, rígida del susto por lo que estaba presenciando, sólo fue capaz de estremecerse de incredulidad cuando la otra mujer se puso de pie llena de rabia y le habló a gritos. La única palabra que fue capaz de entender de todas fue «traición»... ¿y acaso no era ésa una de las palabras que había utilizado ella para describir al hombre que la había traicionado hacía cinco años con aquella mujer precisamente?

A Kagome se le llenaron los ojos de lágrimas y se le encogió el estómago mientras observaba a Inuyasha, que se ponía de pie y asía las manos gesticulantes de la mujer. Entonces, después de murmurar lo que sin duda serían unas cuantas excusas, Inuyasha la abrazó con fuerza y le presionó la cabeza de cabellos negros y relucientes contra su pecho para mecerla con suavidad mientras poco a poco la conducía hacia la puerta de la casa.

Mientras desaparecían por la puerta, Kagome se metió los nudillos en la boca para no echarse a llorar. No tenía ni idea de lo que estaba pasando allí, pero desde luego aquellos dos estaban lejos de ser tan sólo conocidos. La sospecha de que la otra mujer pudiera ser su esposa o su novia la golpeó con tal fuerza que sintió náuseas.

La única manera de descubrir la verdad era enfrentándose a ellos. Y la única manera de conseguir mover las piernas, que parecían haberse vuelto de plomo, era asegurándose de que aquello no era más que un malentendido; algo que en la superficie parecía tremendamente sospechoso, pero que en el fondo nacía de una explicación totalmente inocente. Después de lo que había pasado la noche anterior tenía que ser así.. No pensaba continuar torturándose a sí misma pensando cualquier otra cosa. ¿O sí?

Temblando por dentro, Kagoem se encontró en el salón. Las vetustas paredes de piedra parecieron enfriarla hasta los huesos en lugar de crear aquel ambiente fresco tan acogedor. El silencio le cayó encima como una losa. Cuando estaba a punto de ir a buscar a Inuyasha y a la mujer sintió que la abandonaba el coraje.

Si lo que no podía evitar sospechar resultaba ser cierto, no creía poder soportarlo. Sobre todo después de que la noche anterior su amor le hubiera hecho sentirse como la mujer más preciosa, deseada y amada del mundo entero.

Estuvo a punto de caerse al suelo del susto cuando Rin apareció a su lado. Sus bonitas facciones estaban crispadas por el pesar y la preocupación. Su habitual sonrisa estaba ausente. Desconcertada, Kagome se dijo que no debía ser cobarde; tenía que aclarar eso sin más remedio.

-Estoy buscando al señor. ¿Sabes dónde está?

Una expresión ceñuda ensombreció sus grandes ojos marrones.

-Debo llevarles café y coñac y dejarlos... solos -dijo en su inglés rudimentario antes de encogerse de hombros-. Usted marche también. Es muy malo cuando la bella Kaguya encuentra que el marido tiene a otra mujer. ¡Muchas explosiones! El señor necesita estar en privado. ¿Se va a marchar?

Marcharse. Era la única opción, decidió Kagome con el corazón pisoteado mientras Rin se marchaba a llevarle el café y el coñac a Inuyasha. Apenas podía moverse del dolor que invadía cada centímetro de su cuerpo, pero se arrastró hasta el dormitorio que le habían asignado.

Permitir que Inuyasha la engañara una vez había sido un error imperdonable. ¡Permitir que ocurriera por segunda vez, una ofensa considerable!

El no saber que estaba casado no era una excusa, se reprochaba sin cesar mientras cerraba la puerta de su dormitorio y se apoyaba sobre ella sin fuerzas. Debería habérselo preguntado, por amor de Dios.

Debería haberlo imaginado. Un hombre tan apuesto, tan sexy y tan rico habría sido atrapado hacía años. Kaguya, como Rin la había llamado, había descubierto que él tenía a otra mujer allí con él en aquel escondite privado, un lugar donde la familia apenas iba, donde sus pecados, puesto que pecados eran, quedarían ocultos.

Pero alguien debía de haber dado el aviso, ¿tal vez Rin por lealtad?, y la esposa engañada había aparecido a enfrentarse a él. Suspiró de agotamiento mientras se decía que no le pediría explicación alguna. Su pobre esposa tenía suficiente encima como para tener también que enfrentarse a la última conquista de Inuyasha.

Kagome se tambaleó ligeramente hasta el ropero para sacar su ropa; se sentía fatal por la parte que había interpretado en aquella sórdida aventura. Sólo se llevaría lo que se había llevado de Londres; jamás quería volver a ver toda aquella ropa cara que él le había comprado.

En un momento se quitaría la bonita falda y el top sexy que se había puesto. Pero primero tenía que asegurarse de que tenía todo lo necesario. Estaba aturdida de tanto pensar, de tanto dolor, y se sentía consumida tras el horrible descubrimiento. Si no se controlaba, podría acabar en el aeropuerto sin lo más esencial, histérica y sin saber qué demonios hacía.

Vació el contenido del bolso en la cama junto a su maleta y el montón de ropa que había dejado allí, y entre el cepillo, la barra de labios, los pañuelos de papel, una agenda y unas cuantas postales de sus amigos, localizó su pasaporte y su cartera. Utilizaría la tarjeta de crédito para pagar su vuelo de vuelta a casa, pero, desgraciadamente, necesitaría pedir que la llevaran al aeropuerto.

¿Estaría Seshomaru dispuesto a llevarla? No creyó que fuera a negarse. ¿Acaso Rin no le había insistido para que se marchara? Tal vez la mujer española no la tragara, pero se encargaría de que su esposo la llevara para al menos verla salir de allí.

Con mano temblorosa, metió el pasaporte y la cartera en el bolsillo con cremallera dentro del bolso. Estaba empezando a guardar todo lo demás en el bolso cuando Inuyasha entró en la habitación.

Su apuesto rostro estaba sombrío. Estaba claro que su esposa le había hecho pasar un mal rato. ¡Y bien merecido se lo tenía!, pensaba Kagome, intentando ignorar la punzada de dolor que le aguijoneaba el confuso corazón. No quería verlo otra vez, pero como ya estaba allí, no quería que él se diera cuenta de lo disgustada que estaba.

-¿Qué demonios estás haciendo?

-¿A ti qué te parece? - murmuró Kagome en tono fiero, con deseos de estrangularlo - Y no hay necesidad de saltar. Es culpa tuya que tu esposa te haya leído la cartilla, así que no lo pagues conmigo - agarró el paquete de pañuelos y algo se cayó de la cama - Rin, en su sabiduría, me dijo que me marchara, así que eso es lo que estoy haciendo. Muy sensible dadas las circunstancias, ¿no lo crees?

Inuyasha se puso derecho automáticamente después de agacharse a recoger lo que se había caído al suelo. Frunció el ceño y la miró antes de preguntarle:

- Repítemelo, por favor. ¿Por qué iba Rin a pedirte que te marcharas? ¿Con qué derecho? ¿Y de qué esposa me hablas? ¡Yo no tengo esposa!

Le echó una mirada sombría y exasperada mientras Kagome se sentaba en la cama y suspiraba con dolor.

¡De modo que era así como quería llevarlo! Debía de haber convencido a Kaguya para que se marchara por donde había llegado. Y sin duda le habría hecho creer que no había ninguna otra mujer allí con él, y que solamente había ido allí para comulgar con la naturaleza, o alguna otra historia que se hubiera inventado.

Pero ella no era tan ingenua como para tragarse todo eso.

- ¡Ni hablar! - exclamó con los dientes apretados mientras se ponía de pie como un rayo - Espera aquí - rugió antes de salir de la habitación y de dirigirse a la de Inuyasha mientras él la seguía con asombro.

Entró en su dormitorio apresurada mente y fue directamente donde estaba la fotografía, que agarró con rabia y le plantó delante. Él se acercó a ella con una mezcla de asombro e irritación en sus apuestas facciones. - Ésta - Kagome señaló la cara preciosa y sonriente - es la mujer con la que te vi. en Matera esa última noche. Estabais como locos el uno con el otro. Incluso Sango dijo que parecíais una pareja muy apasionada.

Estaba cerca de ella, con la expresión de un hombre a quien acababan de pegar en la cabeza con una piedra, pero eso no la engañó ni por un momento.

- Y me encontré esto - de nuevo señaló la foto de la engañada Kaguya - esta mañana después de haberte pasado la noche haciendo el amor conmigo.

Cuando terminara aquella confrontación necesaria y odiosa, Kagoem sabía que pasaría muchos meses llorando en la cama hasta quedarse dormida de agotamiento; pero justo en ese momento la rabia alimentaba el ataque furioso.

- Fui a buscarte para que me dieras una explicación de tu evidente y prolongada relación con ella, y de pronto la veo contigo en el patio, llorando como una histérica... - las palabras casi le fallaron en su necesidad de provocarlo, pero continuó con rabia - y tú abrazándola y acariciándola... - gimió con angustia - Y Rin me dijo que Kaguya había explotado porque había averiguado que estabas con otra mujer. Y entonces me dijo que me marchara.

Inuyasha intentó darle sentido a las frases inconexas que salían de aquellos labios carnosos y deseables, y sonrió con satisfacción inmensa. Kagome se estaba comportando como una mujer loca de celos. ¡Bravo! ¡Eso debía significar que él le importaba!

Al tomar con una mano tomó el retrato de Kaguya, se dio cuenta de que tenía algo en la otra. La abrió y vio el brillo de los diamantes del anillo que le había visto puesto la noche de su fiesta de compromiso.

Aspiró hondo. No significaba nada. Se lo pasó a Kagome, que se puso muy colorada. Koga le había dicho que se lo quedara como recuerdo de su afecto, ¿Y qué había hecho ella? ¡Lo había tirado con mucho descuido en las profundidades de su bolso!

Conociendo a Koga sabía que no le habría costado muy caro, pero era muy valioso como prueba de la amistad y el afecto que habían compartido la mayor parte de sus vidas.

Kagome se maldijo para sus adentros por haber tenido tan poco cuidado con el anillo y resolvió ponérselo. Inuyasha la observó con ojos entrecerrados, pero se dijo que el hecho de que ella llevara el anillo de otro hombre no significaba nada. Estaba frenética y más bella que nunca, y toda vez que todo empezaba a encajar, no podía inculparla.

Cuando ella hizo intención de marcharse de su dormitorio, y seguramente de su vida, Inuyasha la agarró por los hombros y la obligó a que se volviera hacia él.

Esbozó una sonrisa al ver la mirada asesina en sus ojos azul porcelana. En aquellas circunstancias seguramente no sería lo más inteligente, pero no pudo evitarlo. ¡Estaba ya tan rabiosa como un gato salvaje y en cualquier momento sacaría las uñas!

Cuando ella levantó la mano para abofetearle la cara y borrarle esa sonrisa, Inuyasha se la agarró, le echó el brazo a la cintura y sin más explicaciones la sentó sobre la cama antes de hacer él lo mismo.

- ¿Quieres dejar de atacarme? - Inuyasha notó con repentina ternura que su respiración era agitada. Pero además de ternura sintió algo más: un deseo que le golpeaba las venas. ¿Estaría ella también recordando lo que había pasado la noche anterior en su cama? Estaba preciosa. Le picaban los dedos de ganas de desabrochar los botones de aquel top tan sexy que él le había llevado, de meterle las manos por debajo de la falda de seda para reclamarla para siempre, porque se negaba en rotundo a pasar la vida sin ella.

- Atacarte no es lo que tenía en mente - afirmó en tono ronco, y sintió que ella se estremecía; pero no dijo nada más en esa línea y se obligó a regresar al tema que tenían entre manos - Por tus ataques verbales, creo que he adivinado lo que te ha hecho estallar como un volcán - su mirada se ablandó con compasión; deseaba abrazarla y demostrarle que la amaba, que nunca había dejado de amarla, pero primero tenía que arreglar aquel embrollo - Kaguya, la mujer con quien me viste en Matera, es mi hermana. Esa última noche, cuando te pedí que me presentaras a tus amigos, había planeado contarte quién era y presentarte al único miembro de la familia que estaba en Italia en ese momento... mis padres estaban visitando a unos parientes en Sudamérica.

Desconcertada por sus palabras, Kagome le echó una mirada de soslayo. Parecía realmente sincero. Pero la sinceridad aparente era la tarjeta de presentación de un buen timador. Resopló con fastidio y volvió a mirarse los pies. Quería creerlo, pero estar allí sentada en aquella cama con él no era la mejor idea del mundo.

- Kaguya y yo nos encontramos en Matera. Insistió en acompañarme cuando entré en la joyería a elegir el anillo que pensaba comprarte. Y si tú nos viste y decidiste que ella estaba muy cariñosa conmigo, supongo que es posible que te llevaras esa impresión. Kagome - le agarró del mentón y le volvió la cabeza hacia él - mi hermana ha sido así de teatrera desde el día en que nació. ¡Es una exagerada! Estaba tan emocionada de que su adorado hermano se hubiera enamorado, de que estuviera a punto de prometerse en matrimonio, que se empeñó en estar celebrándolo todo el tiempo.

Inuyasha sintió que se derretía por dentro al notar el leve temblor de los labios suaves de Kagome, al ver que sus ojos azules se empañaban. Le tembló la voz mientras mentalmente le rogaba que creyera en él.

- Y esa misma naturaleza obstinada le ha llevado a levantarse con el sol para buscarme, jurándome que había dejado a César, su marido, porque según ella él tiene una aventura con su secretaria nueva - le enjugó una lágrima con ternura - Una auténtica tontería, por supuesto. Llamé a César, que estaba muy preocupado. Aparentemente, una supuesta amiga de Kaguya le había dicho que habían visto a César en uno de los restaurantes más importantes de Sevilla con su encantadora nueva secretaria cuando él le había dicho que tenía que trabajar hasta bien tarde. Y eso era exactamente lo que estaba haciendo, cenando con un cliente importante. Su secretaria estaba allí para tomar notas, y nada más. César adora a Kaguya. La idea de engañarla jamás se le habría pasado por la cabeza. - Eso es lo que yo hice hace cinco años, ¿verdad? Exageré y estropeé lo que teníamos. Decidí que eras un camarero sin recursos, de ésos que persiguen a mujeres acaudaladas para ver lo que les pueden sacar - confesó Kagome con tristeza tras unos minutos de silencio, sintiéndose culpable por los insultos que le había dedicado, y asqueada consigo misma sólo de pensar en lo que había hecho.

Sollozó miserablemente. Cinco años atrás aquel hombre fantástico la había amado, había elegido un anillo para hacer oficial su amor, y ella lo había echado todo a perder, pensando lo peor de él, negándole la oportunidad de decir ni una sola palabra. — No llores.


espero les guste gracias por sus rw

no se olviden de comentar :D