III
La arena de combate. Los espectadores en las gradas, a su alrededor. El aire que entraba y salía de sus pulmones.
Tenía que concentrarse en los elementos del mundo que le rodeaba para que no perdieran su significado. La rabia no le permitía ni un instante de relajación, pero no podía perder la cabeza hasta que comenzara la batalla.
—Señor Arc —dijo Goodwitch—, hoy lucharas contra…
—Que sea Winchester, del equipo CRDL. ¿Le importa?
—No. —Frunció el ceño—. Como quieras. —Lo anoto en su agenda electrónica—. Cardin Winchester, prepárese y baje a la arena.
No podía esperar.
Temblaba de excitación. Le enviaría a la enfermería con todos los huesos rotos y la lengua corta. Entonces, solo entonces, ese hijo de puta aprendería la lección.
Busco a Ruby en las gradas.
La miro a los ojos durante un largo momento, luego asintió con la cabeza. Mensaje mandado.
Ella se miró el regazo.
Ruby le había dicho la verdad.
El arma de Cardin era ciertamente una simple maza. No contenía Dust ni nada especial. El arma de un cazador le representaba, era algo así como su tarjeta de negocios, y esta no podía ser más apropiada. Era tan simple como el orangután que la utilizaba.
Sí poseía inteligencia, era una inteligencia animal. Como la de todos los acosadores.
Goodwitch marco la cuenta atrás.
O bien no se había dado cuenta de la animosidad que había entre ellos, lo sería que era, o no le importaba.
Probablemente se trataba de eso.
Tres.
Pasaron a la acción. Se encontraron en medio de la arena y sus armas chocaron, provocando una lluvia de chispas. No quería admitirlo, pero ese Cardin era bastante fuerte. Más que él.
No podría ganar en un forcejeo.
Así que no iba ni a intentarlo. Como debe ser.
Se echó hacía atrás y blandió a Crocea Mors inmediatamente. Pensó que su oponente no iba a perder tiempo en avanzar y aplastarle con su maza, pero se equivocó. Se quedó ahí, en su sitio.
Sonriendo como una hiena.
Apretó los dientes. Simplemente mirarle a la cara era como una tortura para él. Por hacerle daño a Ruby, por disfrutar de su dolor, no merecía poder ponerse de pie ni por un segundo más.
Cardin agarro la maza con ambas manos, la levantó por encima de su cabeza y… ¿la arrojó?
Sí. No podía creerse que incluso alguien como él pudiera ser tan estúpido, pero no podía negar la evidencia que tenía delante de sus ojos. Lo vió venir desde kilómetros, así que se quedó mirando la maza tranquilamente. Dio dos pasos hacia la derecha poco antes de que le alcanzara, y el mazo pasó de largo. Cayó, seguramente, fuera de la arena.
Pero no se molestó en mirar.
Se lanzó a por Cardin, con la espada en una mano y el escudo en el otro. Pese a todo, Cardin parecía confiado. Estaba firme, con las manos en la cintura. Y una mirada desafiante.
Jaune se lanzó hacía un lado, confiando en sus instintos. Por eso evito, aunque por los pelos, que la maza se hundiera en su costado como el puño de un gigante.
El arma volvió a las manos de su portador tras hacer una vuelta completa.
Chasqueo la lengua.
Vale, así que su arma no era del todo normal y corriente. No volvería a subestimar a Cardin. Por mucho que le odiara, se había ganado su lugar en Beacon, y eso era innegable.
Dio dos pasos hacía delante, medio vuelta y ejecuto una voltereta. Todo tan rápido que Cardin fue apenas capaz de reaccionar a tiempo.
Parecía sorprendido. No… asustado.
¿Acaso se creía que había demostrado su verdadero potencial en los combates de entrenamiento hasta ahora? Para el, esas peleas eran comparables a juegos de niños.
Esta no era ningún juego.
—¿Por qué estás tan enfadado, Arc? —preguntó, sonriendo—. ¿Por esa chiquilla? La sigues como un perrito faldero a pesar de que eres obviamente más fuerte y todo… ¿por qué? ¿Por amor, por su cuerpo? Qué estupidez, humillarte así por una chica que ni siquiera sabe defenderse a sí misma.
—Cierra la puta boca.
—¿Sabes que? Después de que te de una paliza, yo y mi equipo la llamaremos al bosque. Para disculparnos. Pero la tiraremos al suelo y nos la follaremos de uno en uno, o quizás de dos en dos. Disfrutaremos de todos sus agujeros antes de que tu puedas siquiera cogerla de la mano. Por supuesto, no habrá nada de protección. Haremos… que florezca una pequeña rosa.
»¿Qué te parece?
Cardín estalló en carcajadas.
Jaune paró su siguiente golpe y casi consiguió arrancarle el arma de las manos.
Una lastima.
Había apuntado a su brazo.
—¿A qué viene esa cara? ¿Te estás poniendo nervioso? Ah, Jauny, no seas así. Esto es un entrenamiento amistoso.
Jaune le dio un cabezazo con todas sus fuerzas.
La nariz estalló, la sangre fluyo libremente. La maza se deslizó entre sus manos. Tuvo que recogerla del suelo, pero no aprovechó esa oportunidad. Observó como la levantaba con manos temblorosas.
No porque quisiera, sin embargo.
Se concentró en su respiración, que se había escapado a su control. No puedo permitir que «eso» pase aquí. Si lo hago, estoy acabado. Y Ruby también.
Sintió como algo en su espalda se expandía como un tumor cancerígeno, como sus huesos se partían y se retorcían para encajar en nuevas configuraciones. Luchó contra el dolor. Lucho por reprimirse.
Un gruñido se escapó de entre sus labios.
Cuando cesó, estaba llorando de frustración y por el dolor. Solo unas pocas lágrimas, pero era humillante.
Se preguntó sí alguien se habría dado cuenta de lo que casi había pasado.
—¿Y ahora lloras? Que…
Jaune le rajó una mejilla. Sangró un poco. Pero no era suficiente, ni mucho menos.
Cardin se concentró en defenderse.
Era un maldito orangután, pero no tardó en darse cuenta de que eso era lo único que iba a poder hacer de ahora en adelante. Jaune no tenía intención de retroceder ni un solo paso más. Y, por supuesto, tampoco pretendía contenerse. El ruído repetido del choque del acero parecía representar los gritos que oía en su interior.
La bestia que habitaba en su interior se había despertado.
Él se había despertado. Así era en realidad, aunque le gustara pretender lo contrario.
—¡Callate! —Su voz se asemejaba a la de un animal moribundo—. Ruby Rose es mía, ¿lo entiendes? De la cabeza a los pies, su cuerpo, su corazón y su mente, ¡todo mío! Y no permitiré que alguien como tú la mancille con sus sucias manos. Cumpliré con mi deber. Mi misión. Tu no eres más que otro obstaculo, niño estupido.
»¿Quién te crees que eres? ¿Quién coño te crees que eres? He matado a cazadores mucho mejores que tú sin derramar ni una gota de sudor. No eres nadie. ¿Crees que conoces el significado de la fuerza?
»Ahora te mostrare lo equivocado que estás.
Otro impacto.
El aura de Cardín se rompió como un papel de vidrio. Oyó vagamente a alguien diciéndole que parara, que la pelea había terminado.
No paró.
Enterró a Crocea Mors en el pecho del enemigo con sencillo, fluido y letal movimiento. El niño abrió la boca, tenía los ojos muy abiertos. Tosió. Gimió de dolor. Y escupió sangre.
—Has sido tan ruidoso, tan molesta en la vida, que al menos deberías morir en silencio. Eso sería lo único de lo que puedes estar orgulloso.
Algo se enredó alrededor de la mano con la que sujetaba la espada. Una fusta. Tiró con todas sus fuerzas para romperlo, pero no se movió ni un centímetro. Glynda. Esa mujer…
Jaune aulló. Su sed de sangre hizo temblar el aire.
Con tu telequinesis, Glynda le arrancó la espada de las mano, le tiró al suelo y empezó a arrastrarle hacía ella. Jaune se resistió a la tracción, intentó volver ponerse en pie. Sin éxito.
La sangre de Cardin cayó sobre su espalda como el agua de una fuente. Le dio una sensación desagradable.
—Ríndete —le ordenó la cazadora—. Si piensas continuar con esto, podrías obligarme a hacer algo que ambos lamentaremos. Pero defenderé a mis estudiantes, cueste lo que cueste.
Escucho sus palabras, pero no tenían ningún significado para él. Tampoco su dedicación.
Había herido gravemente a Cardín, pero no estaba seguro si le había dado de lleno en el corazón o había fallado. Le daba igual que hicieran con él por el crimen. Pero sólo si lograba quitar de en medio a ese hijo de puta.
—¡Ozpin! —gritó Jaune, sorprendido porque su garganta aún pudiera formar sonidos humanos como ese—. ¡Se que puedes oírme! ¡Ven aquí y haz que me suelte! Tengo que matarle. Que proteger a Ruby y cumplir mi promesa. Fallaste a Summer Rose, ¡así que me debes esto! ¡Se lo debes!
Nunca podría retirar esas palabras. Pero había traspasado la linea de no retorno cuando apuñalo a Cardin. ¿Por qué tendría que temer que Ruby supiera eso ahora?
Glynda dejo de tirar. Le estaba mirando, muy pálida, quieta como una estatua.
Parecía como si el mundo se hubiera venido abajo encima de ella.
No le importaban sus razones. Pero, como no, aprovecho esa oportunidad. Agarró la fusta con la otra mano y se libró de ella en una gran demostración de fuerza. El trozo arrancado cayó al suelo mientras echo a correr para recuperar su espada. Estaban en el suelo, bañada en la sangre del enemigo.
El resto del equipo CRDL, o eso asumió, había bajado de las gradas y congregado alrededor de su moribundo líder. No les prestó atención.
Extendió la mano y se inclinó hacia delante.
Sus dedos no alcanzaron el pomo. La fusta de Goodwitch salió disparada y le golpeo en el pecho a medio camino. El golpe, de alguna manera, fue lo bastante fuerte para lanzarle contra una pared.
Oyó cómo se agrietaba a su espalda, como los escombros caían a su alrededor.
Y los gritos, mientras los estudiantes que estaban en ese lado se apartaban de él. O quizás habían estado sonando desde que apuñalo a Cardin y acababa de darse cuenta.
No importaba.
Se levantó de algún modo, dio un paso hacia delante y volvió a caer. No le quedaban fuerzas en el cuerpo. Es más, la piel de las manos, al menos, se estaba retorciendo, hinchando y desinflando, y burbujeando.
Si se descuidaba, le pasaría algo peor que perder la consciencia en un momento como este.
Antes de terminar con su trabajo.
Se arrastró hacía la espada ayudándose con las manos. Podían romperle el cuerpo, pero su espíritu era indomable. Mientras estuviera vivo, seguiría luchando.
Los latidos de su corazón sonaban como el batir de las alas de una mariposa.
Crocea Mors. La muerte amarilla.
Si se hacía con ella, podría salir de esta. Estaba convencido. Tenía que creer en ello.
Al final se detuvo antes de llegar, pero no porque su cuerpo le hubiera fallado. Ruby se arrodillo junto a el y le puso la cabeza sobre su regazo. El dolor en sus ojos fue como una puñalada.
Se sintió aún peor cuando pensó que al menos esa emoción no era odio hacía el.
En realidad lo habría preferido mil veces.
Sabía por experiencia propia que el odio y la rabia podían funcionar como un bálsamo.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué?
Jaune abrió la boca para responder y descubrió que no podía. El dolor había cerrado su garganta.
—Y mi madre… Summer. ¿Qué sabes de ella? ¿Qué te dijo? ¡Mantén los ojos abiertos! Por favor, por favor, cuéntame la verdad. No se como sentirme ni que hacer.
La consciencia se deslizó de él como piel muerta.
Esto es como hace diez años, pensó antes de que se desvaneciera por completo.
