Capítulo 10
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A pesar del dolor de estómago, al que no lograba habituarse, observó el rostro hinchado de Sakura y sostuvo el contenedor hasta que la muchacha terminó de escupir. Le tendió un trozo de tela que no lucía tan sucio para que se secara el rostro y le sonrió apenas un poco, intentando levantarle los ánimos.
—Te ves mejor.
Sakura cerró los ojos y rosó apenas su mejilla hinchada; no sabía si le dolía más cada día. —Gracias.
—Es tiempo de cambiarnos de habitación, ¿no crees? —preguntó, no se acostumbraba aún a la manera en que las cosas se manejaban ahí. —Escuché gritos por la noche.
Abrió apenas los ojos y miró a Hanabi, la muchacha se esforzaba por desenredar su cabello y no sufrir más pérdidas capilares. La cara le dolía tanto que no tenía ganas de verla, ni de hablar o moverse, pero el miedo que corría por sus venas en momentos la motivaba a mantenerse fuerte.
—Sí… quizá debamos buscar otro sitio.
Se levantaron del suelo, recolectaron los baldes y frazadas y luego de escuchar el pasillo unos minutos, salieron sigilosas en busca de un nuevo escondite. Usualmente no hablaban durante los traslados, con la esperanza de que así pasaran desapercibidas, y aunque los últimos días no les habían asaltado, no planeaban exponerse a seguir en el mismo lugar y convertirse en un blanco fácil, especialmente después de lo sucedido con Sakura.
—¿Tienes idea de donde escuchaste los gritos? —susurró, con cuidado de no lastimarse más el rostro.
—Quizá en el nivel superior.
Asintió, descenderían.
~oOo~
Aquella mañana Hinata se levantó de la cama y le permitieron caminar por su cuenta. En esos momentos se mantenía de pie frente a la ventana, tomando el sol, y mirando al exterior; los vendajes habían sido retirados de su rostro, pero se había visto obligada a llevar un parche, así que mirar con un solo ojo le mareaba y desorientaba lo suficiente para tener miedo de moverse cuando estaba sola.
Sabía que Sasuke la observaba, desde la sala de espera, pero no tenía intenciones de reconocerlo.
Suspiró.
—Buenas tardes.
Desvió la mirada hacia la puerta e inclinó la cabeza, respetuosa.
—¿Puedo pasar? —preguntó, al notar que ella no decía más.
Volvió la mirada a la ventana y asintió.
Pudo verla apretarse los dedos y endurecer ligeramente su semblante, antes de que la culpa volviera a colarse entre sus facciones. Le sorprendió lo bajito que se escuchó la voz de Hinata al momento de pedirle que cerrara la puerta tras de sí.
—Quiero preguntarle algo más sobre la mujer.
—¿Por qué…?
—Es protocolo —explicó.
Negó, sin despegar la mirada de la ventana. —¿Por qué le interesa tanto esa mujer?
—Protocolo —reiteró.
—¿Esto quedará en el expediente? —preguntó con voz débil y cansada.
Y contestar aquella pregunta fue difícil, no supo que inventar; se cruzó de brazos, sin dejar de mirarla, ni de buscar alguna excusa creíble. Hinata permaneció en silencio, mirando a Sasuke por el tenue reflejo de la ventana… no parecía dispuesto a cooperar con ella y eso la dejaba en una situación complicada. Agachó el rostro, dejando que su cabello cayera despeinado a ambos costados de su rostro, escondiéndola del escrutinio del azabache.
—¿El nombre Yuhi Kurenai significa algo para ti?
Negó. —Nunca lo había escuchado en mi vida.
—¿Yamanaka Ino?
Lo pensó unos momentos y asintió. —La conocí en primaria… pero no la he vuelto a ver, ni a contactar.
Alarmado, recordó las palabras de Naruto e hizo una anotación mental. Bajó la mirada hacia una hoja que había mantenido dentro de una carpeta; la sacudió unos momentos y volvió a mirar a la muchacha, sorprendiéndose al encontrarse con su mirada inmaculada.
—Hay algo que quiero mostrarte, ¿puedo?
Se acercó a él y se detuvo a una distancia de poco más de un metro. Sasuke pareció dudar, pero giró lentamente la hoja, mostrándole una fotografía de recuerdo de graduación. Miró al muchacho unos momentos, antes de analizar mejor la fotografía y el corazón se le congeló al reconocer el rostro sonriente de ojos rojos que había en la lámina.
—¿Esa es la mujer que vio…?
—¿L-La… conoce? —interrumpió, temblando.
Negó. —¿Tú la conoces?
Se acercó a la cama y se sentó, de pronto sus piernas se debilitaban. —¿Por qué me está mostrando esto?
—Porque quiero saber si es la misma mujer que estuvo con tu hermana.
Estiró la mano y tomó la fotografía. Suspiró luego de unos segundos, indudablemente se trataba de la misma persona.
—S-Sí —respondió, arrastrando la "i" —, es la misma persona.
Tomó la fotografía de las manos de la muchacha, ganando tiempo antes de contarle lo que ahora sabía. —Hyuuga… esa mujer se llama Yuhi Kurenai.
Asintió una sola vez, sin dejar de mirarlo.
—Y ella desapareció hace diez años —se sinceró, recordando las palabras que Ibiki le había compartido esa mañana, durante la sesión.
La sangre se le enfrió. —¿Eh?
Miró por la ventana al pasillo y se acercó a ella.
Blanco y ónix se enfrentaron durante unos segundos, hasta que, como siempre, Hinata desvió la mirada; Sasuke la imitó luego de unos segundos.
—¿Estás completamente segura que esa es la mujer que viste?
Cerró los ojos con fuerza. —No me cree… ¿por qué m-me pregunta de ella?
—Solo dime qué sabes de ella.
Lo miró y agradeció ya no estar conectada al monitor cardiaco. Avergonzada y ligeramente pálida, desvió la mirada hacia la puerta cerrada y respiró profundo para calmar sus nervios, pero aquello era imposible cuando estabas a punto de decir la cosa más descabellada del planeta.
—E… Es que ella… ella no…
Dio un paso al frente. —Ella ¿qué?
Hinata lo miró con la súplica en los ojos, de atreverse, esa sería la primera vez que hablaba con una persona normal de ese tema. Las extrañas visiones que le atormentaban desde semanas atrás, permanecían ocultas del resto del mundo, porque tenía miedo de ser juzgada injustamente. Tragó saliva con dificultad, sin saber que obtenía por parte de Sasuke, pues nunca había sido buena leyendo a las personas y ese muchacho no era un libro abierto.
—N-No estoy loca.
Sasuke casi sonrió al escuchar aquello hacer eco en su cabeza, la entendía completamente y no lo sabía. Asintió, en un intento por brindarle seguridad a la muchacha, que la necesitaba con ansias.
—Claro que no —aseguró.
Casi sonrió con ironía… casi. —Hablo… en serio.
—Yo también.
Hinata lo miró un instante y volvió a desviar la mirada, había pasado noches enteras, sentado al borde del colchón, con la cabeza entre las manos, convenciéndose de que no estaba loco.
—P-Por… favor, escúcheme —suplicó, estirando sus manos hacia él, pero decidiéndose por no tocarlo. —Y por favor, no le diga a alguien… por favor…
Asintió. —Lo prometo.
Asintió, respirando profundo, sintiéndose extrañamente aliviada. —N-No sé quién sea, no sé su nombre… e-en realidad no sé mucho de ella…
—¿Pero? —inquirió al sentir que se desviaba un poco del tema.
Exhaló y miró al techo. —Uchiha-san, yo… yo creí que solo Hanabi y podíamos verla… hasta… que…
—Pregunté por ella…
Hinata asintió y miró al suelo, él simplemente se cruzó de brazos y se mantuvo en silencio.
—No es normal…
—Eso ya lo sé —contestó, ligeramente agresivo, consiguiendo que Hinata se encogiera más, de ser posible. —Pero quiero saber, ¿por qué?
Se mordió una uña, mientras se debatía entre dejarlo salir todo o quedarse callada y fingir demencia. Sasuke se sorprendió al ver que el ojo le miraba, tan lleno de decisión que el miedo que había mostrado todo el rato no cabía en la mirada.
—Te diré… pero… debes prometerme algo.
La miró sin decir nada, ni asentir. Hinata tomó aquello como una afirmativa implícita.
—Vas a sacarme de aquí.
Una solitaria y seca carcajada escapó de sus labios. —¡Sacarte de aquí?
Hinata juntó un poco las cejas y se cruzó de brazos, imitando a su hermana y sintiendo que el corazón se le encogía un poquito.
—Es m-m… mí condición.
Enarcando una ceja, se sentó en el sillón y miró a la muchacha. —No puedes salir así.
—Si puedo —aseguró, con voz trémula.
—Lo más probable es que colapses, ¿sabes? —Hinata asintió. —No responderé por ti, ni siquiera pienso brindarte servicios médicos, no te voy a cuidar…
—Está bien —interrumpió. —Haré… una nota de suicidio… por si las dudas.
Enmudeció, esa chica estaba loca o muy desesperada… o ambas. Miró hacia la puerta unos momentos, no quería considerar esa opción, pero necesitaba respuestas. Cuando volvió la mirada a la muchacha, notó un gesto decido y un rubor en la mejillas.
—Trato.
Hinata extendió su diestra, la cual tembló durante unos instantes, antes de que Sasuke extendiera su mano y estrecharan palmas. Se soltaron casi de inmediato y permanecieron en silencio unos momentos, tiempo suficiente para que Hinata volviera a armarse de valor y lo arriesgara todo. Sabía que esa mujer se había llevado a su hermana y sabía que ella era la única que podría encontrarla, así que debía salir de ahí y que mejor manera que con ayuda del menor de los hijos del jefe del departamento de investigación de la policía.
Se sentía una desgraciada por manejarse de esa manera tan interesada, pero haría cualquier cosa por su hermana.
—Esa mujer no pertenece a este mundo —declaró, sin atropellarse la lengua, sin pausas.
Sasuke sintió que las palabras le taladraban la cabeza, haciendo un interminable eco que no le permitió pensar correctamente durante unos segundos. Miró a Hinata, no había nada en ella que le dijera que aquello era una mentira, la muchacha estaba tan segura de su respuesta… y aun así, Sasuke sentía que estaba intentando tomarle el pelo.
—¿Qué significa eso?
—… ella está muerta.
—No me quieras ver la cara, Hyuuga.
Hinata desvió la mirada hacia la ventana y los ojos se le llenaron pronto de lágrimas, ahí estaba una de las tantas reacciones que había temido; esperando que Sasuke soltara una carcajada y la tachara de enferma mental, permaneció con las manos sobre su regazo y los ojos cerrados con fuerza.
—¿Estás consciente de lo increíble que suena eso?
Abrió los ojos, pero no lo miró.
Hanabi.
~oOo~
Si estiraban un brazo, apenas alcanzaban a divisar su mano en la oscuridad, pero eso no las detuvo. Luego de caminar en silencio por minutos, se detuvieron al pie de una puerta al darse cuenta que el pasillo se terminaba; lo que quedaba de la madera, pendía de las bisagras con movimientos sumamente lentos. Estaban a punto de volver sobre sus pasos, cuando la blanca mirada de Hanabi notó una figura en el suelo. Tiró suavemente de la manga de Sakura y le señaló al suelo, pero la muchacha tuvo que acercarse un poco más para poder ver.
—Hay alguien ahí… —susurró.
Miró a la muchacha, disimulando un escalofrío.
—¿Gaara? —susurró, volviendo la mirada hacia la oscuridad y manteniendo a Hanabi detrás de ella, sentía que al ser la mayor, debía protegerla.
La persona se mantuvo inmóvil, pero parecía respirar. Se miraron unos momentos y Hanabi negó, pero Sakura dio un paso al frente, sin soltar la mano de la muchacha.
—¿Gaara? —susurró un poco más alto, pero no obtuvo reacción alguna. —Creo que está inconsciente…
—Vámonos —pidió, tomándola por el brazo e impidiéndole entrar a la habitación.
Miró a Hanabi y le sonrió, intentando tranquilizarla; mantenía la esperanza de que alguien llegara a ese sitio con un móvil. —Espera aquí… no tardo.
Sus ojos barrieron el cuerpo del muchacho y se clavaron en la enorme boca que tenía en el pecho desnudo. Se detuvo. La sangre se enfrío en sus venas y sintió débil la nuca; miró a Hanabi, la muchacha había estado mirando la boca también y sus ojos estaban más redondos de lo normal. Ninguna quería permanecer ahí un segundo más, pero no quería hacer ruido al correr y llamar la atención de lo que sea que eso fuera... o lo que pudiera encontrarse cerca.
Hanabi estuvo a punto de decirle a Sakura que mejor regresaran, cuando la voz sorprendida de la muchacha la obligó a mirar de nuevo a aquella persona.
—Es el hermano de mi mejor amiga— murmuró, acuclillándose. —¡Ayúdame!
Lo arrastraron a la habitación más cercana y cerraron la puerta. Hanabi se mantuvo vigilando el pasillo, mientras Sakura intentaba reanimar al muchacho, sin lograrlo, hasta que le vació un poco de agua en el rostro. El muchacho pareció atragantarse con el líquido y despertó tosiendo. Hanabi le observó, tensa, desde la puerta y Sakura se alejó unos cuantos pasos de él. Las miró confundido unos momentos y cuando estuvo a punto de gritar, al reconocer a Sakura, ella se abalanzó sobre él y le cubrió los labios.
—¡Cállate, cállate! —susurró.
Deidara se mantuvo inmóvil, mirando a Hanabi, que se mantenía pegada a la puerta y le miraba con desconfianza. Luego de unos segundos, Sakura soltó al muchacho y se sentó con cuidado en el suelo, a lado de él. Exhaló aliviada y sostuvo su cabeza entre sus manos. Hanabi cerró suavemente la puerta, asegurándose de no dejarla emitir un solo crujido.
—¿Qué están haciendo? —preguntó, confundido e incrédulo. —¿Tienen idea de cuánto tiempo llevamos buscándolas?
Hanabi juntó ligeramente las cejas.
—¡Semanas, hn!
Hanabi miró a la muchacha de cabellos rosas, temerosa de verla desmoronarse, pero lo único que hizo fue girar el rostro y recargar la mejilla sobre una mano, para poder mirar al muchacho.
—No hables tan alto o nos encontrarán.
—¿Eh?
—Ahora estás aquí, Deidara —le dijo, mirándolo a los ojos.
—Probablemente ya esté tu nombre en la lista de desaparecidos —agregó Hanabi.
Miró a Sakura, fijándose entonces del estado en el que se encontraba, y las palabras que no había comprendido en un principio, comenzaron a hacer conectar los últimos eventos con la travesía del último mes. Hanabi aprovechó que dejaban de prestarle atención y se acuclilló en el suelo, respiraba de manera controlada, en un vano intento por deshacerse del dolor de estómago que se tornaba insoportable; limpió el sudor que le humedecía la frente, con una mano temblorosa, y cerró los ojos.
—¿Qué te pasa? —preguntó Sakura, mirándolo fijamente.
—¿Eh? ¿Estás molesta conmigo?
Se frotó el rostro y negó. —A todos aquí nos pasa algo, ¿qué te pasó a ti? ¡Mírate!
Con las cejas juntas, se miró el cuerpo y no tardó en notar una extraña cicatriz en su pecho. —¿Qué mierda?
—¿Traes tu móvil?
—¡Soy un fenómeno! —exclamó, mirando las bocas que había en sus manos. —¡¿Qué demonios es esto?! ¡Esto no es normal, Sakura! ¿Qué te pasa a ti?
Sakura lo miraba, demasiado sorprendida para sentir miedo aún; se encogió de hombros y negó, comparándose con Gaara y Deidara, ella había corrido con suerte... de cierta manera.
—Es... complicado. ¿Desde cuándo…?
—¿Las tengo? —interrumpió. —N-No lo sé, ¿unas horas? ¡No llegué con esto, Sakura! Estaba caminando, buscando una salida y algo me golpeó... ¡y desperté aquí con ustedes y ahora tenía esto, hn!
—Espera, ¿qué? —le interrumpió. —¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—¡No lo sé! Te digo que algo me golpeó, pudieron pasar días...
—¿Qué día era antes de que llegaras a aquí? —le volvió a interrumpir. —¡¿Traes tu móvil?!
Se palpó los bolsillos y negó. —No, no sé qué le pasó… cuando desperté no lo tenía.
Se frotó el mentón, intentando recordar la fecha y su gesto se ensombreció; se llevó las manos a la cabeza e intentó no arrancarse el cabello. No podía seguir jugando a la hora del té. Sakura se alejó un poco de él, preocupada.
—¿Qué pasa?
Levantó el rostro y la miró a los ojos. —Mi mamá está muerta, Sakura-chan.
Se cubrió los labios con la mano y negó. —L-Lo siento tanto…
—Dieciséis.
—¿Ah?
—Mamá murió el dieciséis —murmuró, bajando la mirada. —Septiembre.
Bajó la mirada, aun sin creerse que la señora Anzu estuviera muerta. —Tu mamá murió y despertaste aquí...
Se quedó en silencio, recordando que ella también había despertado en aquel lugar, al igual que Gaara y Hanabi, y, al igual que Deidara, ellos habían dejado detrás a parientes al borde de la muerte. Levantó la cabeza y miró hacia la puerta, se había olvidado por completo de Hanabi; la muchacha estaba recostada en el suelo, echa un ovillo y no parecía reaccionar.
—¡Mierda!
Se levantó y corrió hacia ella, a pesar de sentir que le dolía la encía. Se acuclilló a lado de ella y acercó su mano a la frente de la muchacha, estaba hirviendo.
—¿Qué le pasa?
—Está muy enferma —susurró, acariciándole el cabello. —Ponla en la cama, iré a buscar agua... y no salgas de aquí.
Deidara se quedó detrás, la confusión que le había dejado la inconsciencia no se disipaba, pero la realidad se trasminaba lentamente en su cabeza.
~oOo~
Se rendía.
Rara vez se malhumoraba de esa manera, comúnmente le dejaba los silencios incómodos a Sasuke. Arrojó los palillos al tazón vacío y negó, aquello le superaba de muchas maneras, había demasiada información que considerar, demasiados puntos de vista y muy poco sentido en las conclusiones expuestas; simplemente no podía mantenerse al día. Se rascó la cabeza y entrecerró los ojos.
—¿Estás seguro? —preguntó, cruzándose de brazos. —Porque sufrió un ataque, quizá esté confundida.
—¿De cuándo a acá reaccionas de esa manera? —preguntó, incrédulo, normalmente Naruto se tragaba hasta las mentiras. —Ya te dije, le pregunté si se conocían y me dijo que estuvieron juntas en primaria. ¿Qué hay de increíble en eso?
—Teme… ¿crees que nos pasé algo? —hizo un ligero mohín y recargó el mentón en la mesa. —Nos va a pasar algo... —añadió, convencido.
—No va a pasar nada —siseó, más alarmado de lo que Naruto podría llegar a imaginar o sentirse.
Miró a Sasuke, ceñudo, y frotó la mesa con los antebrazos.
—¿Crees que porque vimos a Ino dos veces ahora vamos a morir o algo?
Se encogió de hombros.
—Eso no tiene sentido.
No tenía argumentos... pero por alguna razón no podía dejar de pensar que algo pasaría. —Tú leíste su expediente, estaba loca, ¿no?
Apretó los labios y contuvo de recargar la frente en su palma, pero lo miró fijamente. —Sufre trastorno bipolar, grandísimo idiota.
El tazón de miso que había estado comiendo permanecía ignorado frente a él… frío.
—¿Por qué atacaría a Hinata y Sakura? —preguntó, en un intento por ayudar al rubio a pensar.
—¡No lo sé! Temari y ella se odiaban, ¿no?
—Esa fue una estúpida riña de adolescentes —respondió, masticando las palabras. Comenzaba a molestarse.
—Quizá tuvo una con Hinata... no le preguntaste eso ¿o sí?
Dejó caer la palma en la mesa y miró fijamente a Naruto. —¿Por qué podrían reñir dos niñas en primaria y odiarse por ello quince años después?
—¿Le preguntaste?
Lo miró, fijamente, el enojo hirviéndole en la cabeza. —No.
—Entonces no puedes decir que esa no haya sido una razón.
—¿Tienes idea de lo absurdo que es eso?
—¡Solo digo! Quizá tuvo problemas con Hinata-chan y se le zafó un tornillo, quiso saldar cuentas...
—¿Qué hay de Sakura? —preguntó, desarmando al rubio. —Sakura estuvo con ella ese viernes, no parecía que tuvieran problemas.
—Ok, no lo sé, no sé nada, ¡no entiendo qué está pasando! —sus manos marcaban cada palabra. —Hay cosas que no tienen sentido, pero podría ser una posibilidad... Itachi lo dijo por algo.
—¡Itachi no tiene idea...!
—Y tú sí —se recargó en la silla y sonrió. —Olvidaba que tú lo sabes todo.
Se quedó en completo silencio, apretando los puños; Itachi no tenía idea, ni Naruto... y tampoco él. Separó los labios y relajó su quijada, que comenzaba a doler.
—Solo digo que esa teoría no tiene sentido.
—No lo sabremos hasta que le preguntes a Hinata.
—Pregúntale tú, si tan seguro estás de tus palabras —murmuró, cansado de esa discusión absurda. Se frotó los párpados, buscando una manera de dejar de mirar a Naruto sin levantar sospechas. —Tú mismo dijiste que Ino no parecía una asesina.
Permaneció en silencio unos segundos, pero no lo negaría. —Ya no sé qué pensar, teme...
~oOo~
Sakura luchó contra un bostezó, al tiempo que cambiaba la toalla de Hanabi por una fresca. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se llevó una mano a la mejilla, comenzaba a sospechar que su encía estaba infectada.
—¿Por qué no estamos pensando en maneras de huir? —preguntó Deidara, harto de estar ahí encerrado.
No le miró, estaba molesta y escuchar los gimoteos de Hanabi no la ayudaban. Le había dicho que se preparara, en caso de tener que salir corriendo de ahí, pero él no había comprendido la advertencia. Cambió la toalla de nuevo y apretó el gesto, durante días se había negado aquel pensamiento a sí misma, pero ahora la amargura de ver a sus amigos involucrados en ello la estaba dominando.
—No se puede…
Estaba cansada.
—Sakura, si pudimos entrar, podemos salir… hn.
Apretó con fuerza la toalla y miró a Deidara por el rabillo del ojo. Respiró profundo y, con manos temblorosas, dobló la toalla y la acomodó en el balde con cuidado de no dejarla caer al agua de nuevo.
—¿Sigues creyendo que esto es un sueño?
—Yo nunca dije…
—Estás en negación, Deidara —murmuró, ignorándolo de nuevo.
Juntó las cejas. —No es como si estuviésemos atrapados en una dimensión des-…
—Si lo estamos —interrumpió, con la voz apretada. —Un niño que es capaz de esfumarse me acosa y hay una mujer que tiene el rostro destrozado y apesta a cadáver, pero sigue en pie, vivita y coleando. Hay una jodida canción que se me enreda en los sesos y me manda a dormir, no importa si estoy en pie o bajando escaleras o corriendo; me duermo, como un crío. ¿Y has echado un vistazo al exterior? ¡El cielo es rojo! Y hay unas esferas de luz por todos lados que parecen lamentarse… ¡Nada aquí es normal! —concluyó. —Así que te recomiendo que vayas abriendo los ojos y te acostumbres.
No pudo evitar mirarse las palmas de las manos, las bocas le sonreían y una le enseñaba la lengua; cerró los puños y levantó la mirada, sin posarla en un lugar en particular. Los quejidos de Hanabi interrumpían el silencio, pero casi podían pasar desapercibidos. Deidara miraba a Sakura atender a la menor, mientras ignoraba la sensación de las lenguas lamiendo sus dedos o sus palmas. Recordó que al estar solo, buscando una salida, le había parecido notar que el edificio se movía, y en aquel instante había descartado la idea, pero después de escuchar a Sakura balbucear que llevaba días o semanas buscando una salida, para terminar en el sitio donde había comenzado, pensaba que quizá si estaban jugando con ellos.
—¿Solo somos nosotros tres?
Negó y se frotó el rostro. —Hay alguien más… se llama Gaara, pero él… no es...
Se cruzó de brazos y recargó la espalda en la pared; intentó imaginarse que podía pasarle a ese muchacho. ¿Dos cabezas? Negó, no creía que aquello pudiese poner a Sakura tan ansiosa y triste.
—¿Qué le pasa a él?
Lo miró unos segundos, antes de desviar la mirada a Hanabi y encogerse de hombros. Deidara chasqueó la lengua.
—Dime.
—… está poseído.
—Genial.
—¡Estoy hablando en serio! ¡Maldita sea, esto no es divertido! —siseó, arrojando la toalla al balde con fuerza y mirándolo con una furia que desconocía. —Por una vez en tu vida, Deidara, deja de ser un niño...
Resopló y volvió a la tarea de refrescar a Hanabi, maldiciendo por lo bajo al notar que la temperatura no disminuía. Deidara decidió mantenerse en silencio, aunque también estaba molesto por ser ignorado y obligado a permanecer ahí dentro; aunque admitía que le llamaba la atención conocer a ese muchacho, recordar lo que llevaba en las manos y en el pecho, le hacía pensársela dos veces y preferir no tenerlo enfrente.
Un extraño sonido, proveniente del pasillo, hizo que ambos miraran hacia la puerta; Deidara sintió que las cosas marchaban mal al ver el rostro lleno de pánico de Sakura, su sospecha creció más al ver que intentaba cargar a la menor.
—¡Tómala! —dijo en voz sumamente baja, mirando la puerta. —¡Escóndanse en el baño!
Recibió el cuerpo delgado de la menor y miró a Sakura, confundido. —Sakura, ¿qué dices?
Pero Sakura no le permitió terminar, a empujones lo dirigió al baño y cerró la puerta, no sin antes decirle que no hiciera ni un solo ruido ni saliera a menos que ella se lo dijera. Se giró hacia la puerta, las lágrimas volvían a empapar sus mejillas, mientras buscaba un lugar donde esconderse y que resultara obvio para Gaara, si era el caso, la haría de carnada. Caminó en círculos hasta que se decidió por esconderse bajo la cama, desde donde pudo ver algo que se arrastraba por debajo de la puerta y entraba lentamente a la habitación, tanteando de manera silenciosa el suelo.
La asquerosa y repugnante arena que rodeaba a Gaara.
Se recogió un poco al ver que la arena se dirigía de inmediato hacia ella y se cubrió los labios con la mano para no gritar. La se abrió con un estruendo y sus ojos vieron las botas de Gaara; levantó la mirada hasta toparse con el rostro, el gesto parecía peligroso y amenazante. Sangraba, no supo si solo su cabeza estaba herida o también el brazo, pero la sangre aun goteaba de su codo. Sakura siguió con sus ojos el trayecto de la arena, que se encontraba a centímetros de ella, cuando el sonido de otra puerta golpeando la pared la obligó a mirar hacia el baño. La arena se alejaba de ella y se interponía entre Deidara y el pelirrojo.
—¿Quién eres? —demandó Gaara.
Deidara no pasó por alto la arena que se arremolinaba alrededor del muchacho. —¿Quién eres tú?
Infló el pecho, amenazante, a pesar de tener el rostro pálido, y Gaara no pudo ignorar la enorme boca que se mantenía cerrada sobre el pecho. La arena volvió a sus pies y relajó su postura.
—Gaara —contestó. —Sakura, sal de ahí.
Lo dudó, pero luego de recuperar un poco de tranquilidad, se arrastró por el suelo y al levantarse sacudió sus ropas a pesar de que no podían encontrarse más sucias.
—¿Cómo nos encontraste?
Se recargó en el muro y luego dejó que su cuerpo se deslizara al suelo, se sentía tan débil que podría creer si le dijeran que estaba hecho de papel. —Puedo sentirlos…
Sakura palideció, eso no la ayudaba a sentirse más segura ahí dentro. Deidara miró con insistencia al pelirrojo. Gaara los ignoró, consciente del miedo que había provocado en la muchacha y sintiéndose molesto de pronto, odiaba que le tuvieran miedo.
—¿Cómo es eso? —preguntó Deidara, cortando con la tensión.
—Raro.
—Pero ¿qué sientes?
Los ojos aguamarina miraron al rubio unos segundos, con aparente escepticismo. —Es como calor, vibraciones… son más fuertes conforme me acerco. Raro.
—Raro… —coincidió.
—Deidara, trae a Hanabi… —susurró Sakura.
Esperó a que volviera con Hanabi y lo ayudó a acomodarla sobre el colchón que quedaba libre. Gaara no pudo estar más agradecido de que ya no le miraran con la desconfianza de antes o al menos no se lo demostraran; saber que le temían le calentaba demasiado la sangre y perder los estribos no lo ayudaría a mantener el control de su cuerpo. Agradeció en silencio que estuvieran ellos ahí para ayudarlo a aferrarse a la realidad de la cual ya no parecía poder ser parte.
—¿Quieres que te limpie la herida?
Negó una sola vez. —¿Qué era lo que querías decirme?
Sakura y Deidara miraron al pelirrojo, ambos extrañados y confundidos. Deidara se desentendió pronto del asunto y decidió continuar con la tarea de mantener fresca a Hanabi. El sonido del agua al gotear hizo que el silencio se sintiera menos incómodo y entonces Sakura casi sintió que los recuerdos la golpeaban.
—¡Es cierto! —exclamó, asustando a los muchachos. —Encontré algo… vas a… ¡tengo que mostrarte!
—¿Qué es? —preguntó, Deidara, interesando.
—¡Es una mujer! ¡Es esa mujer! ¡Pero esta está viva!
Deidara les miró con las cejas ligeramente juntas, no entendía de qué iba todo aquello, ni el cambio de humor tan drástico de Sakura. Gaara se levantó del suelo con pesadez y caminó detrás la muchacha, que no sabía si correr era una mejor idea que caminar.
—Tienes que verla… quizá puedas sacarla con tu arena.
—¿De qué hablas, mami?
Sakura detuvo sus pasos y miró a Gaara, sus manos comenzaban a temblar. Deidara estuvo a punto de hablar, pero un movimiento por parte de Gaara los cubrió en un remolino de arena que los desapareció del lugar, enviándolos lejos de la amenaza que representaba el niño. Yukimaru los miraba, luciendo tan inocente como un niño normal, moviendo su cuerpecito de izquierda a derecha sobre su propio eje. Sus ojos sonreían un poco.
—¿Por qué quieres robarme a mi mami?
No alcanzaron a reaccionar.
Gaara sintió un fuerte golpe por la espalda que lo tumbó al suelo y lo desorientó por unos momentos; confundido, se llevó una mano al área que dolía y sintió algo caliente humedecerle los dedos. Gruñó y golpeó el suelo con los puños. Levantó la mirada y el corazón se le detuvo al ver que frente a Sakura estaba una mujer con el rostro completamente desfigurado, mirándola fijamente.
La muchacha parecía estar dentro de un severo trance y no quitaba la mirada de la mujer.
—¡Déjala!
Con un rápido movimiento de su mano, la arena se lanzó sobre la mujer, pero el niño se paró en medio del ataque. Solo pudo ver como la arena parecía rodear una esfera invisible y se estampaba con fuerza en el muro que había detrás de ellos, dejándolos intactos tanto al niño como a la mujer del rostro deshecho. Apretó los puños, furioso, recordaba que el demonio había podido atacar al niño días antes. ¿Qué estaba haciendo mal?
—Voy a llevarme a mi mami a dónde no puedas molestarla más —un brillo azulino comenzó a rodear al pequeño, al tiempo que sus cabellos flotaban.
Una última sonrisa fue lo que Gaara pudo ver, antes de lanzar toda su arena contra el niño y que este desapareciera. Dejó de sentirlos y su arena cayó al suelo, revelando un espacio vacío donde habían estado antes los otros tres. Se llevó una mano a la cabeza y golpeó con fuerza el suelo, lastimándose la mano. Dentro de su cabeza, podía escuchar las risas y el regocijo de la bestia.
—¡Cállate!
—Nunca me aburriré de esto...
Se jaló el cabello con fuerza, logrando que unas cuantas hebras se quedaran atoradas entre sus dedos y gritó. Quería agarrar a aquella cosa entre sus manos y estrangularla; quería ver como la vida escapaba de los ojos negruzcos y dorados del mapache estúpido que tanto le jodía la vida. Tembló y la arena se arremolinó alrededor de él, moviéndose rápida y peligrosamente, cortando el viento con cada latigazo que daba al exterior. Lanzando miles de astillas al viento, las cuales quedaron clavadas en las paredes y luego de unos segundos comenzaron a desmoronarse.
Tenía que salvarlos…
La arena regresó lentamente a formar un aro alrededor de sus pies. Cerró los ojos unos momentos y al abrirlos se encontró frente al tanuki, que le miraba sonriente desde su gran estatura, moviendo la cola como lo haría un gato.
—¿Qué es tan gracioso? —el mapache sonrió aún más. Gaara sintió que perdía la paciencia. —¡Dime!
Miró al muchacho, como lo haría un padre que está cansado de las travesuras de su hijo.
—No hay nada que puedas hacer por ellos, ni por ti.
Gaara lo miró con las cejas juntas y los puños apretados. Shukaku dejó salir una fuerte carcajada que retumbó en todos los recovecos de la mente del pelirrojo.
—Bienvenido a la condenación eterna.
Abrió los ojos y se encontró de nuevo en la habitación oscura y destruida.
El vértigo lo obligó a caminar a la pared y sostenerse de ella. ¿Qué iba a pasarles? ¿Qué significaba eso de condenación eterna?
Con pasos torpes salió de la habitación, esperando deshacerse al menos de la ansiedad de ese modo. Había aprendido que la desesperación y la ira lo volvían débil y vulnerable y era entonces cuando aquella cosa salía.
En el fondo de su mente escuchaba carcajadas, agudas y burlonas.
~oOo~
Se detuvo en la entrada y miró detrás de él, Sasuke se mantenía en la sala de espera, con los brazos cruzados y le miraba con insistencia. Rodó la mirada y la volvió al frente. El parloteo de las enfermeras le llegaba de alguna parte, al igual que una canción de moda que lo tenía harto. Levantó la mano y para llamar a la puerta y no asustar a Hinata, pero sus labios lo traicionaron.
—¿Te duele algo?
Se limpió el rostro, avergonzada, antes de levantar la cabeza y mirar hacia la puerta. Negó lentamente y se obligó a mantener la calma.
—Soy... Uzumaki Naruto, amigo de Sasuke.
Lo miró unos momentos, sentía que le conocía. —¿Va a interrogarme?
Sonrió un poco y se llevó las manos a los bolsillos. —No exactamente, pero algo así.
Miró la habitación unos momentos, antes de carraspear y señalar la silla que había dispuesta cerca de la cama; cuando Hinata asintió, cerró la puerta y caminó, inusualmente cohibido, hasta la silla. Giró la silla y se sentó, recargando los brazos sobre el respaldo.
—Le mencionaste a Sasuke que conocías a Ino...
Se miró las uñas. —Él... me preguntó si la conocía, yo solo respondí.
Asintió, a pesar de sentir que era ignorando. —¿Eran buenas amigas?
—Solo compartíamos el curso —levantó el rostro entonces.
Sonrió ligeramente. —Entiendo.
—¿En verdad… mató… a s-su… madre?
Desvió la mirada ligeramente de ella, hizo un movimiento extraño con la cabeza y miró su teléfono móvil, como si leyera algo en él. —No lo sabemos, pero estamos intentando averiguar.
Bajó la mirada y asintió. —Creyeron que era su amiga y podría... ayudar.
Sus ojos desaparecieron detrás de los parpados al sonreír, avergonzado. —Algo así...
Miró el gesto unos momentos y luego volvió la mirada a las sábanas; no pudo evitar contagiarse y sonrió ligeramente. —L-Lo siento... si digo que hablé con ella tres veces, me parece que exagero.
—¿Tuviste problemas con ella? —balbuceó, dejándolo salir.
Hinata le miró confundida, antes de negar suavemente. —Era muy linda... voluble, pero... no era problemática.
—Entiendo.
Hinata aprovechó el pequeño espacio para mirarlo fijamente, tenía rato pensando que el muchacho brillaba con luz propia y no podía estar segura aún de que aquella impresión fuera correcta; sus ojos se detuvieron sobre las marcas que había en las mejillas. Frunció ligeramente el entrecejo, había algo que estaba olvidando.
El sol comenzaba a ocultarse.
—¿Cómo te sientes?
—¿Eh? —parpadeó y bajó la mirada al notar que el muchacho volvía a prestarle atención, su rostro se calentó.
—¿Cómo estás? —repitió, removiéndose incómodo en la silla.
Desvió la mirada hacia la ventana y forzó una sonrisa amable. —Estoy bien… gracias…
Permaneció en silencio, ligeramente incómoda, podía paladear el sabor de los medicamentos que le suministraban vía intravenosa. Quería preguntar por Hanabi, pero una parte de ella tenía miedo de escuchar la verdad, que ya sabía, y la detenía.
Sin embargo, la sensación de que estaba olvidando algo la seguía molestando.
—M-Mi hermana… ¿saben algo de ella o cómo está?
Negó y agachó la mirada. —Seguimos buscándola...
Lo miró, tomando nota mental de cada centímetro del rostro. Aquella incertidumbre que la embargaba creció cuando vio al muchacho sonreír, mientras se frotaba la nuca y se disculpaba, hablando a una velocidad casi vertiginosa. Algo le decía que ya había visto al muchacho antes… algo le decía que lo que necesitaba saber estaba a la vuelta de la esquina, pero no podía alcanzarlo.
—¿Quién eres? —susurró.
Confundido y temeroso de que la muchacha tuviera algún tipo de amnesia, repitió su nombre, pero Hinata negó.
—Ya sé tu nombre, pero... —susurró.
La respiración se le agitó y tomó de la mesa de noche la mascarilla que la esperaba para esos episodios; accionó un interruptor y el oxígeno no tardó en ser impulsado a sus pulmones. Naruto se había levantado de la silla y acercado a ella, alarmado. Se perdió en la claridad de los ojos azules que la miraban.
¿Por qué brillas de esa manera?
—No tienes que hacer esto, Uzumaki-san... —murmuró, a pesar de la mascarilla. —Te puedes ir.
Se irguió, un tanto confundido. —¿Te molesta que esté aquí?
Hinata no lo miró, pero se dio cuenta de lo grosera que se había estado portando, a pesar de que el muchacho no había hecho más que hacerla sentir a gusto... o al menos se esforzaba. Se limpió una lágrima que no había podido contener y negó despacio, bajando la cabeza un poco, incapaz de mirarlo.
Naruto asintió un poco y volvió a la silla, recargó el mentón sobre sus brazos y clavó la mirada en las sábanas blancas que cubrían a Hinata. —Sasuke me dijo que quieres salir de aquí.
Lo miró de reojo unos momentos y sus labios temblaron.
—¿Por qué? Tuviste una cirugía invasiva... estuviste muy mal…
Lo miró, separó los labios para hablar y los juntó de inmediato, no estaba familiarizada con aquel muchacho tan confianzudo y definitivamente no podía seguir la corriente tan fácil. Se encogió ligeramente de hombros y miró por la ventana de nuevo.
Naruto no dejó de mirarla.
—Quiero encontrarla... —dijo al fin.
No necesitó un nombre, sabía de sobra a quién se refería.
—No quiero bajarte el ánimo, pero... aun no te recuperas.
—No me importa —añadió con voz temblorosa. —Así sea l-lo… último que haga…
—¿No crees que a ella no le gustará saber que moriste por encontrarla?
Levantó la mirada, recordando a Hanabi, las riñas y los silencios. Lo miró unos momentos y desvió la mirada de nuevo, negando, el no entendería... no había visto, ni vivido, lo que ella.
—¿Tienes… hermanos? —el rubio negó. Sonrió y dejó que las lágrimas escurrieran.—En-Entonces… no vas a entender.
Se limpió las lágrimas de la única mejilla que podía empapársele en esos momentos y sorbió por la nariz, despacio, avergonzada por el sonido que causaba esa acción.
—Si entiendo... —aseguró, irguiéndose. —Sasuke-teme es como mi hermano, haría lo que fuera por él. Pero si mi situación fuera similar a la tuya, no llegaría lejos y entonces de nada serviría, porque no podría salvarlo... necesitas ayuda.
Sabía tenía razón, ella más que nadie lo sabía... pero también sabía que no se perdonaría estar recostada en esa cama mientras Hanabi estuviera desaparecida y enferma. Eso la atormentaba.
Si no la hubiera soltado… entonces, no estaría sola o me hubieran llevado a mí en lugar de a ella... pensó, amargamente. Se llevó ambas manos a la cabeza y se quedó así, mirando sus rodillas sobresaltar en las sábanas, sintiendo como dolía un poco su caja torácica por el esfuerzo que estaba empleando para no llorar frente a aquel extraño.
Naruto se mantenía con la mirada clavada en la muchacha; la comprendía, él también había saltado a situaciones que lo superaban por sus amigos o completos desconocidos en desventaja.
—Te propongo algo.
Hinata levantó la mirada y le sorprendió encontrarse con la mano de Naruto, extendida frente a ella.
—Yo buscaré a tu hermana, mientras te recuperas. ¿Trato?
¿Trato? Observó la mano, antes de levantar la mirada y enfrentarse a los ojos azules. —¿Cómo puedo… confiar…?
—¿En mí? —concluyó el rubio y se encogió de hombros. —No lo sé, pero te estoy dando mi palabra. Te juro que vamos a encontrar a tu hermana.
Hinata miró la mano, de nuevo, ya había sido suficiente con confiar en Sasuke.
"Estás dentro de algo muy oscuro, no puedes ni debes enfrentarlo sola."
Aquella voz hizo eco en su cabeza, antaño no hubiera hecho caso de algo que apenas y recordaba, pero estaba la nota y... sus ojos se abrieron, reconoció al rubio, había visto su rostro dibujado en el revés de la hoja que le habían dejado entre sueños. El corazón le latió con fuerza y sus labios se separaron ligeramente, el muchacho irradiaba una luz cálida.
¿Confiar o no confiar?
"Únanse, no pueden hacer esto solos"
Levantó la mirada hacia los ojos del rubio, los cuales destellaban; se sintió confundida, ¿por qué sentía que podía confiar en él?
Su mano tembló ligeramente, la vio agitarse en el aire los segundos que se tardó en alcanzar la del rubio; estrecharon palmas e intercambiaron miradas, una intensa y solemne, otra confundida y esperanzada.
Un extraño cosquilleo comenzó a bajar por su brazo, sintió que la mano se le calentaba un poco, demasiado rápido, a pesar de estar estrechando la mano de la muchacha, que pronto dejó de estarlo.
Hinata casi alejó la mano al sentir una extraña calidez recorrer su cuerpo, pero el agarre era tan delicado, que no tuvo el valor de desairarlo con un movimiento errático. Su cuerpo parecía recibir la seguridad que había ansiado los últimos días y las lágrimas volvieron a llenarle los ojos. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo, estancándose en su pecho.
La sensación desapareció y se soltaron.
Los ojos blancos volvieron a clavarse en las sábanas. Se sentía ligera de pronto… mejor.
—¡Ah! Casi lo olvido... —exclamó al sentir un pequeño frasco en su bolsillo. —Te traje algo.
Cuando Naruto le mostró la mano, apretaba con fuerza un frasco transparente, dentro del cual se veían unas pastillas de color verde, redondas, pequeñas y brillantes, se asemejaban a los dulces o a las cuentas de las pulseras. Hinata miró el frasco, que terminó depositado entre sus manos. Levantó la mirada, preguntándole al muchacho qué era eso, con la mirada.
—Mamá me las da cuando... cuando algo me duele —se rascó la nuca, nervioso. —Creí que podrían servirte.
—P-Pero…
—Son naturistas —se apresuró —, no tienes que preocuparte por efectos secundarios o reacciones raras.
Bajó la mirada hacia el frasco, el cual apretó entre sus manos, no sabía qué decir, aunque era obvio que dar las gracias sería la manera de empezar. Una diminuta sonrisa se dibujó en sus labios, era el primer extraño que mostraba un poco de interés en que mejorara.
—Gracias…
—Je, de nada.
Naruto se rascó la nuca otra vez, en un tic nervioso demasiado arraigado, mientras que su sonrisa se iba empequeñeciendo y desvió la mirada hacia una de las paredes, sin saber que más decir. Hinata se removió un poco en la cama y lo observó de reojo, sin tener el valor de mirarlo de frente y sintiendo que la cara se le calentaba un poco más, miró las grajeas y movió el frasco, escuchado los pequeños sonidos producidos por las perlillas al golpear contra el contenedor.
—Es mejor que me vaya... te ves cansada —murmuró, caminando hacia la puerta y despidiéndose con un gesto de la mano. —No dejes que el amargado de Sasuke te intimide.
—O...Ok —respondió, con una sonrisa cansada. —Hasta luego, Uzumaki-san.
—Naruto está bien —balbuceó. —Bye.
Lo observó alejarse, llevándose su luz y calidez, y una vez estuvo sola, dejó salir un largo suspiro. ¿Por qué le había prometido eso? Se llevó una mano a los labios al sentir que bostezaba, recordó que cada que lo hacía la herida en su labio volvía a abrirse, cerró los ojos con fuerza, esperando sentir como la piel tronaba, seguida de esa sensación cálida y la sangre escurriendo por su barbilla.
Pero las sensaciones jamás llegaron y al terminar de bostezar, se llevó los dedos a los labios, sintiendo un ligero borde suave sobre la piel; juntó un poco las cejas y buscó un espejo en el bolso que Natsu le había dejado días atrás. Al mirarse, notó impactada que la herida ya había cicatrizado.
¿En qué momento?
~oOo~
Deidara despertó de golpe y observó su alrededor, confundido, hasta que recordó los últimos eventos. Se limpió la saliva de la mejilla y miró a Hanabi, que seguía inconsciente y en la misma posición en la que la había dejado antes de quedarse dormido.
Luego de que Gaara los mandara lejos de la habitación, se había encargado de encontrar una que luciera segura y un poco más cómoda que las demás y luego de encontrar agua se encargó de mantener fresca a la muchacha, al no tener idea de qué otra cosa hacer. Se había mantenido en guardia toda la noche, pero al llegar la mañana el sueño le había vencido y justo iba despertando. Estiró la mano y rozó la mejilla de Hanabi, exhaló aliviado al sentirla fresca.
—¿Qué hago ahora? —susurró, levantándose del suelo y estirándose. —… esto es un fastidio, hn.
Caminó por la habitación, en un intento por espabilar y luego de tomar agua limpia, caminó hacia el baño. Empujó la puerta con cuidado y vio el espacio, lleno de polvo y maltrecho como todo. Al entrar uno de sus pies resbaló a causa de una hoja de papel que había tirada, escondida bajo la capa de suciedad del suelo; juntó un poco las cejas al ver la hoja y la recogió, la agitó, quitándole capas de polvo y entonces pudo ver que había algo escrito. Las letras parecían estar arrastradas con fuerza y rapidez, casi con desesperación. Se encogió de hombros y la guardó.
Caminó hacia el lavamanos y quitó del espejo el polvo con la palma, encontrándose con una imagen velada de sí mismo. Observó con preocupación la boca en su pecho, la única que no había podido inspeccionar. Desde ese ángulo podía notar los puntos perfectos que mantenían cerrada esa enorme boca y solo pudo pensar que había algún aspirante a médico loco ahí dentro. Tocó con su dedo la abertura y notó como los labios se apretaban, alejó la mano y no pudo evitar sentir asco de sí mismo.
—¡No!
Corrió a la habitación, asustado, y dejó caer los hombros al ver a Hanabi, aún dormida, en la cama. Se acercó a ella y le tocó la frente, provocando una extraña sacudida en la muchacha, que abrió los ojos y le miró sorprendida. Había creído que se encontraba sola. Escondió el rostro detrás de su brazo y apretó los labios, recogió sus piernas e intentó no quejarse del dolor de estómago.
—¿Todavía te duele? —preguntó, preocupado.
Una fuerte punzada y la sensación de que algo en su estómago tronaba, la obligaron a hacerse un ovillo. Deidara recordó el estado en que había dejado a Ino, quien no parecía mejorar de salud y se preguntó cómo se encontraría en esos momentos. Miró la habitación, buscando una solución a su nuevo problema y resopló, sintiéndose estúpido.
—¿Quieres que te traiga algo?
—¿Qué podrías encontrar aquí? —preguntó entre dientes. —¿Y Sakura?
—No la encontré… —murmuró. —Quizá debamos buscar a Gaara.
—No…
—Es el único que puede ayudarnos, hn.
Hanabi maldijo en su fuero interno por haber pensado en voz alta. Respiró profundo, obligándose a acostumbrarse al dolor y se levantó lentamente, cuidando de no hacer esfuerzo innecesario. Miró la cama en la que estaba, la cual era un cúmulo de sábanas gastadas y roídas; la habitación se sentía menos calurosa que el resto, estaba menos maltratada por el tiempo y también parecía estar más iluminada. Bostezó y se cubrió el rostro con ambas manos, quería permanecer ahí, se sentía tan débil.
Dejó caer las manos y miró a Deidara. —¿Gaara sabe que estamos aquí?
—No lo sé, quizá.
Miró la habitación, notando un cúmulo de arena y el aire se le estancó en los pulmones. —Debemos irnos de aquí…
—¿Por qué?
Se levantó del suelo, con ayuda de Deidara, quien no tardó en asirla por el brazo; miró el suelo fijamente durante unos segundos, mientras se estabilizaba.
—Gaara está poseído, cuando esa cosa toma control, la arena se convierte en un ojo… y podrá vernos…
Deidara sintió un escalofrío.
—Además debemos encontrar a Sakura… antes de que le extirpen otra cosa.
—¿Qué?
Lo miró por el rabillo del ojo y negó. —Nada.
Estaba empezando a caminar, ignorando su debilidad y guardando el poco orgullo que aún le quedaba, cuando sintió que el corazón le latía lento y un mareo la atacaba, seguido de una severa taquicardia. Se sostuvo del muchacho e intento recuperar el aliento, cada que inspiraba era como si le pusieran un pañuelo y no entrara suficiente aire. La frente se le perló en sudor y se sintió aún más débil que los otros días. Miró a Deidara, asustada y cerró los ojos al sentir un latido peculiarmente doloroso que la obligó a encorvarse un poco.
—¿Qué tienes, qué pasa?
Negó. —No sé… bus… busca… a Sakura… ¡Oww!
Deidara se movió, sin saber a dónde dirigirse o si dejar a Hanabi era buena idea, así que la tomó en sus brazos y corrió por los pasillos con ella.
No tenía idea de dónde más buscar, ya había intentado encontrar a Sakura mientras buscaba un lugar donde dejar descansar a Hanabi y durante los cortos minutos que Gaara les acompañó, el muchacho le hizo saber que no encontraría a nadie en los dos pisos superiores ni anteriores. Así que se ahorraba la pérdida de tiempo de estar deteniéndose de puerta en puerta, mas no el aliento al ir llamándola mientras corría.
Hanabi apretó un poco más las manos contra su pecho y comenzó a toser, al recordar que hacer en caso de un ataque al corazón, aunque dudaba que aquello lo fuera.
El subir y bajar que ocasionaban los pasos de Deidara marearon aún más a Hanabi. Cerró los ojos y recargó la cabeza en el pecho del muchacho, pero aquello solo hizo que el mareo empeorara. El recorrido le pareció eterno, sintió que llegar a las escaleras les había tomado más de la cuenta, bajaron tres pisos y al llegar al cuarto, Hanabi no pudo más.
—¡Detente!
Deidara sintió un fuerte empujón en su pecho y Hanabi cayó al suelo, tras intentar mantenerse en pie; sus manos aferradas a su pecho, su rostro pálido, sus ojeras un poco más marcadas, su frente perlada en sudor y una extraña mirada que le erizó la piel al muchacho. Miró al rubio y en voz muy baja le pidió que se fuera de ahí, que buscara a Sakura y luego buscaran ayuda. Jaló aire con dificultad y se apretó más contra sí misma, sintiendo como todo daba vueltas.
Deidara permanecía parado frente a ella, mirando el pasillo, como si de ese modo fuera a encontrar a Sakura.
Los sonidos comenzaron a perder volumen, la voz de Deidara dejó de llegarle a los oídos, al igual que los latidos de su corazón; creyó que caía en la inconsciencia y al abrir un ojo, vio que en las escaleras, retorciéndose como un insecto y de manera repulsiva para poder avanzar, se encontraba el cadáver descompuesto de la mujer de los ojos rojos.
Los sonidos la golpearon de nuevo.
—¡Contéstame, joder!
Miró a Deidara sin saber qué contestar y notó una figura negra regodearse detrás de él. Estiró la mano, sin quitar la mirada de aquello.
—Cuidado…
Publicación original: Sábado, 22 de marzo de 2014
Edición publicada: Viernes, 07 de septiembre de 2018
