Capítulo 11: Alerta mundial
Tal y como se tratara de una bomba, la noticia de que un misil había llegado cerca de las costas del Reino Unido repercutió con la misma intensidad que hubiera habido un atentado. De cierta forma era lo más parecido a ello en lo ocurrido en el último tiempo.
Los medios de comunicación no tardaron en apuntar a Estados Unidos como el responsable. No tardó en comprobarse, lo que causó un gran revuelo a nivel mundial.
Las autoridades gubernamentales de los Estados Unidos se hallaban de igual modo, atónitas. Los altos mandos del ejército no se explicaban lo sucedido. Habían recibido la orden de lanzamiento de un misil de largo alcance al mar de Norcorea, argumentando que una potente amenaza se encontraba lista para atacar, precisamente, al Reino Unido. ¿Cómo entonces el misil que iba dirigido para proteger a su aliado terminó siendo el causante de su ataque? Era la incógnita. El presidente de Estados Unidos negó haber dado alguna orden sobre el uso de misiles a las zonas de NorCorea o Inglaterra. Éste nisiquiera estaba al tanto de la situación.
¿Quién lo había hecho entonces?
Las demás naciones intentaron ponerse en contacto con Estados Unidos para estar al tanto de lo sucedido. Pero no hubo caso. No contestaba ningún llamado. Lo mismo se repitió en el caso de Rusia, Francia, Japón y tantos otros. No había forma de comunicarse con ellos.
—¡¿Ya supiste?! ¡¿Lo de Inglaterra?! —preguntó Dinamarca con más energía que nunca.
—¡Claro que supe! ¡Está en cada canal del mundo! ¡No paran de hablar de ello! —exclamó alterado Turquía.
—En el mío igual, no deja de transmitirse. Estoy asustada, no se dice nada sobre el estado del señor Inglaterra —pronunció preocupada Seychelles desde su celular.
—¿Dónde está America? ¡Tiene que responder por esto! —exclamó embravecido Suiza.
—No sólo de America no hay noticias, los demás aliados y los del eje no se han presentado —aportó el austriaco, impasible—. También Cuba y Corea del sur andan desaparecidos.
—No hemos visto al señor Rusia, y la señorita Belarús está vuelta loca —gimió titubeando Lituania, como queriendo suplicar por ayuda.
—¿Crees que lo de NorCorea haya sido cierto? —se sumó España a la conversación.
—Ni idea, pero no me sorprendería —respondió Roderich, arreglándose los lentes—. Hoy por hoy se puede esperar cualquier cosa de parte suya.
—Romano, ¿tú sabes algo? —le preguntó Antonio.
—¡Qué voy a saber yo, bastardo! ¡Hace días que no tengo noticias del estúpido de mi hermano! —respondió, molesto—. Donde sea que esté, de seguro debe estar en compañía del macho-come patatas.
—No me pregunten a mí, el grandioso yo tampoco sabe nada de mi hermano West —informó Prusia con su tono característico de voz.
—Todo esto es muy extraño —reflexionó preocupada Hungría—. Hasta el momento son once naciones a las que no podemos contactar.
Y así fueron sumándose las conversaciones de otros países por medio de la línea telefónica, totalmente consternados con la noticia que se acababa de transmitir. Hasta que llegó una noticia de parte de México, que los dejó aún más intrigado que de un principio.
—Sí, tengo una llamada perdida de America —respondió él, con total certeza—. No, no sé para qué habrá sido, cuando me dispuse a contestar ya tenía apagado su teléfono.
Siguieron las preguntas e interrogantes por un buen rato, sin que al final no pudiera arreglarse nada. Pero la incógnita continuaba:
¿Qué les habría pasado?
Alfred cayó de rodillas al piso de la nave. Su rostro quedó paralizado debido a la conmoción, mientras algunos músculos de su cuerpo se estremecían con fuerza. Ante sus ojos sólo podía ver la destrucción que se elevaba hacia el cielo en forma de humo, y se dispersaban las llamas del fuego, consumado el buque, que ya se había hundido en medio del mar.
No podía creer que cayera en la trampa.
Las noticias anunciaron minutos después que otro misil de largo alcance (además del que había ordenado disparar) había impactado contra las tierras de su amado inglés. Se desconocía el daño, porque todo hasta el momento era un verdadero caos en el Reino Unido.
¡¿Cómo pudo suceder?! ¡Estaba seguro de haber mandado las coordenadas correctas! ¡Había destruido el buque con el misil que amenazaba con destruir el lugar en donde se encontraba Inglaterra! ¿Entonces, por qué…?
El buque…
¡No, no, no! ¡Todo menos eso! Rogaba desesperado el rubio para sus adentros. No podía ser que él… que con sus propias manos hubiera…
—¡Idiota America! ¡¿Ves lo qué has hecho?! —le recriminó descontrolado el moreno—. ¡Tú eres el causante de este desastre! ¡Maldita sea, te dije que no te precipitaras!
Estados Unidos seguía sin reaccionar. Luego de que una cantidad apabullante de aviones y buques se encontraran amenazando la aeronave cubana, sin darles posibilidad de escape.
—El espectáculo terminó, Cuba —volvió a escucharse la voz de NorCorea por el radio transmisor—. Entréguense sin hacer ningún movimiento que me haga ordenar abrir fuego.
El cubano suspiró, resignado. No quedaba más opción que hacer lo que les decía. Volteó la mirada a su acompañante, quien seguía en estado de shock y sin levantarse. Ni siquiera se había percatado (o no le importaba) que en esos momentos se encontraban a merced de su enemigo jurado, que les esperaría con un destino incierto una vez que pisaran tierra. Por primera vez creyó sentir pena por el norteamericano, pero ya no había más que hacer.
—Mi jefe me matará por esto —murmuró para sí, antes de volver a tomar el mando de la nave y disponerse a aterrizar hacia el lugar, al cual eran guiados por la flota norcoreana.
Desde lejos, los países del eje junto a Corea del Sur pudieron vislumbrar la explosión, producida hacía unos minutos, en dirección a la costa.
—Ve ¿Qué fue eso? —preguntó Feliciano, asustado.
En ese momento, el general a cargo de la tropa se dirigió con un tono fuerte y firme a las cuatro naciones, que se habían salido un poco de la fila.
—¿Q-qué dice? —susurró el italiano, más nervioso aún.
—Dice que nos mantengamos en la línea —respondió el surcoreano en voz baja, también inquieto por la mirada acusadora del milico.
—Quietos todos, hagamos lo que nos dice —aconsejó el alemán, haciendo un esfuerzo por no perder la calma.
Yong Soo rogó con toda su alma que el general no se les acercase. De ser así, optaría por exigirles al trío del eje que lo mirasen de frente, acción con la cual los descubriría de inmediato. Pero en cambio volvió a dirigirse, esta vez, a la tropa entera.
—Corea san, ¿qué pasa? —preguntó preocupado Japón, temiendo que pudiera tratarse de algo que ver con la explosión.
—Schtt, sólo hagan lo que yo. Si vuelve a ver algo sospechoso no dudará en acercarse —contestó Yong Soo lo más breve y silencioso posible.
—Cierto, lo lamento —se disculpó Kiku, manteniendo la mirada baja y a la vez asombrado de la postura tan seria que había optado su vecino. Cosa demasiado extraña viniendo de él.
Poco después la tropa marchó un par de kilómetros en dirección donde había surgido la explosión. Se dio la orden de formarse, dejando un gran círculo al centro, esperando el aterrizaje de una aeronave.
La cantidad de soldados era impresionante. Los aviones que rondaban cerca, para asegurarse que la nave extranjera aterrizara donde se le indicaba, también era con qué sorprenderse. A los países del eje y a Corea del Sur no les quedó otra que observar atentos a quienes fueran que salieran por esa puerta.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó el alemán cada vez más curioso, en voz baja, tratando de avistar a los pasajeros de dicha nave—. ¿Será un recibimiento?
—Creo que es todo lo contrario —susurró Corea del Sur, inquieto—. Son prisioneros.
La noticia les perturbó, no obstante hicieron su mejor esfuerzo para mantenerse serenos y esperar que la nave tocara tierra para averiguar las identidades de los desconocidos a bordo de la nave.
Una vez que aterrizó, pudieron verlo.
El primero en bajar resultó alguien familiar. Era una nación al igual que ellos, de piel morena y contextura gruesa, a la que pudieron reconocer como Cuba.
—¿No es Cuba-san? —preguntó desconcertado Kiku al verlo.
Efectivamente se cercioraron que se trataba de él. Pero lo más sorprendente, fue que venía acompañado nada más ni menos que de Estados Unidos. La sorpresa y el temor no cabían en las mentes de los países del eje y el surcoreano viéndolo descender de la nave.
Parecía tan irreal. El norteamericano lucía decaído, con la mirada perdida hacia el piso, apenas pudiendo caminar, como si sólo se dejase llevar por una fuerza invisible. Para Yong Soo y los demás fue desconcertante. Ninguno de ellos imaginó jamás ver a la mayor potencia mundial así.
—N-No… No puede ser… —murmuró el surcoreano, completamente consternado—. ¡America!
El general dio un rápido vistazo a la tropa, creyendo haber escuchado algo. Por fortuna no le dio importancia debido a que tenía que encargarse de los prisioneros. Japón y los demás suspiraron aliviados. Hecho que no duró cuando el milico a cargo trazó la división de tropas, una que separó a Corea e Italia de Alemania y Japón, sin que los tres últimos supieran el motivo de ello.
—V-ve ¿Por qué nos ha separado? —preguntó en voz baja y asustada el italiano.
—Es porque la mitad de los soldados, que nos incluyendo a nosotros dos, debe acompañar a los prisioneros y la otra quedarse a vigilar la frontera —susurró el coreano, pasivo.
—Oh, no…
—Tranquilo, esto es bueno —siseó con más cautela y confianza en lo que decía—. Tendremos la oportunidad de ir con America y encontrarnos con los demás.
Alemania y Japón en tanto, veían intranquilos como Feliciano y Yong Soo se alejaban con la otra mitad de la tropa que escoltaba al estadounidense y a Cuba. El italiano volteó por última vez a ver a su compañero alemán a los ojos, antes de perderse de vista en medio de la multitud.
—Italia… —murmuró preocupado Ludwig una vez que la tropa se había marchado.
—Tranquilo, Alemania san, él estará bien al lado de Corea san —le consoló el país del sol naciente, ni creyéndose él mismo lo que acababa de decir.
Pero de cierta forma, sabía que no se equivocaba al decir eso.
—¿Ya se dirigen para acá? —preguntó Hyung Soo, de pie en el salón principal de su hogar, mirando hacia la ventana con el rostro impasible.
—Sí, señor. Dentro de unos minutos más llegarán aquí —informó el soldado—. También se inició la búsqueda y aumentamos la seguridad de los espías que se infiltraron.
—Bien… —pronunció el norcoreano un poco más tranquilo. Le tranquilizaba saber que cuando menos su plan estaba dando resultado, sólo quedaba liquidar a aquellos molestos países del eje y, por supuesto, a su torpe mellizo del sur.
En ese instante, otro soldado con la mirada perturbada y la respiración agitada, irrumpió en el salón, atrayendo la atención de la representación humana de su nación y del otro soldado que le acompañaba.
—¡Señor, mi señor! ¡Tenemos problemas! —anunció con desesperación.
NorCorea volteó con un semblante de preocupación, clavando una mirada mortal en el soldado, a lo que éste se estremeció de terror.
—No-No podemos encontrar a la nación canadiense por ningún lado —titubeó nervioso frente a su superior—. C-Cuando entramos a la base, él… n-no sabemos cómo pudo escapar…
—¡Es imposible! —bramó alterado Hyung Soo, acercándose con un fulgor de furia y amenaza a su subordinado—. ¡¿Cómo pudo pasar?!
Poco a poco sentía recuperar la consciencia y sus sentidos cobrar vida dentro de su cuerpo. Pudo percibir que sus manos tocaban tierra, y una brisa helada llegaba a su rostro y cabello. No se explicaba esto. Creyó morir. El último recuerdo que venía a su mente era la oscuridad, sus gritos y luego el sonido de una fuerte explosión que lo dejó sordo. Tras eso, una intensa luz naranja, fuego, dolor, quemaduras en su cuerpo, metal esparciéndose por todos lados y al segundo… agua. Agua que empezaba a entrar por sus pulmones, razón por la cual no tardó en caer inconsciente y entregarse a su destino.
—Inglaterra, Inglaterra —le llamaba una voz que se le hacía familiar.
Abrió los ojos a medias y entonces lo vio; la imagen borrosa de su antigua colonia le observaba con preocupación en espera a que despertara. Podía notarlo en su expresión acongojada, inclinada hacia su rostro, que se sentía aliviado.
Su corazón latía con fuerza. Logró sentir que estaba vivo otra vez. Un destello de emoción le inundaba el pecho y empezaba a propagarse por todo su cuerpo como una corriente eléctrica y con un sentimiento de alegría, que tomó forma en una sonrisa ligera hacia su ser querido.
—America… —musitó con la voz apagada, para luego volver a perder el conocimiento.
N.A: ¿Qué tal? No podría matar a Inglaterra aunque lo intentara :3 eso sí, se salvó por una razón. Lo de Canadá se explicará más adelante ;)
Bueno, decidí actualizar más pronto esta vez por ser un capítulo corto xP Dentro de poco vendrán los capítulos finales, así que agradezco de antemano a todos quienes han comentado, leído, dejado favoritos… de verdad me pone muy contenta x3
Nos vemos en la siguiente actualización.
