Lo sé. Soy lo peor del mundo. Ya sabéis, miento más que los políticos en campaña electoral. Pero al menos vengo con un capítulo larguísimo. Más de treinta páginas para compensaros por vuestra paciencia, y vuestro cariño. Siempre lo digo, pero no está de más repetirlo: ¡Gracias por seguirme leyendo!
-Cariño, ¿no te alegras de ver a tu padre?- los ojos de su madre denotaban una mezcla de confusión y decepción. Siempre que le miraba de aquella manera, Draco acababa claudicando y haciendo lo que ella quería.
Incluso mentir.
-Claro que me alegro- respondió, esforzándose por sonreír. Sentía la piel del rostro imposiblemente dura, como si fuera incapaz de moldearla para expresar alguna emoción.- Hola, papá.
Lucius estaba frente a él, en el vestíbulo de casa, pisando la misma alfombra persa roja y negra de siempre, apoyándose en el mismo bastón de siempre, con la ropa de siempre. Narcissa estaba aferrada a su brazo derecho, llorosa y radiante de felicidad.
Pero Draco tenía la sensación de que aquello no podía ser real. ¿Su padre no había muerto, un año atrás? ¿Qué hacía allí, con su silueta oscura recortándose contra la luz de la mañana? ¿Por qué le sonreía y le besaba su madre?
No podía ser él.
Lucius había muerto un año atrás.
Tenía que ser un impostor.
Pero su madre parecía muy feliz. Estaba convencida de que era él. ¿Y si no había muerto? ¿Y si se había ido de viaje? El estómago se le revolvió de miedo y de aprensión. Sintió ganas de vomitar.
-¿No me dices nada, hijo?-le preguntó entonces aquel que tanto se parecía a su padre. Incluso su voz, firme y serena, sonó exactamente igual que la de Lucius.
-Creía que habías muerto.-las palabras abandonaron la boca de Draco sin que éste pudiera reprimirlas.
Su madre soltó un resuello horrorizado. Las cejas rubias de Lucius se arquearon en una mueca jocosa.
-¿Muerto?-repitió-¿Yo?- se rió suavemente- ¿Por qué dices eso? ¿No ves que estoy perfectamente?
-No digas tonterías, Draco- le amonestó su madre, dolida.
Draco tragó saliva, angustiado. ¿Había soñado la muerte de su padre? ¿Acaso seguía vivo? No podía estar vivo. Había asistido a su funeral. Había visto a los empleados de las pompas fúnebres cubrirlo de crisantemos blancos y enterrarlo. Lo había visto. Lo había vivido.
-Hace un año- dijo débilmente, mirando a su padre con expresión de súplica- estabas dentro de un ataúd, cubierto de flores blancas. Estabas muerto. Mamá, estaba muerto. Tú estabas conmigo, y le viste.
Narcissa estaba pálida. Apretó con fuerza el brazo de Lucius.
-Draco, no sé qué dices, pero no tienes gracia. Deja de mentir.
-Sí, Draco, deja de mentir- silbó suavemente Lucius. Al mirarle, Draco vio que su padre tenía los ojos completamente negros, como si le hubieran vaciado las cuencas y sólo hubiera dos orificios oscuros.
Un terror frío le inundó.
-No estoy mintiendo- dijo, sintiendo que se le secaba la boca- No estoy mintiendo.-miró a su madre, presa del pánico- Mamá, este no es papá. Es otra persona.
-¡Draco!- gritó Narcissa, con los ojos azules muy abiertos y una vena palpitándole en el cuello- ¡Te he dicho que dejes de decir tonterías!
Lucius le puso una mano en el hombro a su mujer para tranquilizarla y clavó sus ojos negros en los de Draco.
-¿Por qué dices estas cosas, hijo?- su tono de voz era extraordinariamente amable, pero la oscuridad de sus ojos comenzó a manarle, espesa y brillante, por las mejillas, borrando la carne de su rostro. Draco abrió la boca para chillar de terror, pero no salió un solo sonido de su garganta- ¿No te alegras de verme? ¿Es que preferirías que estuviera muerto?-ladeó la cabeza y preguntó, casi con pena- ¿Por qué quieres que tu padre esté muerto, Draco? ¿Es que no me quieres?- dio un paso hacia él.
-Tú no eres mi padre- balbució Draco, con el rostro lívido, retrocediendo- Mi padre está m-muerto.
El líquido negro le alcanzó la boca, convirtiendo la efigie de su padre en una máscara grotesca. Draco se pegó a la pared. El corazón le retumbaba en los oídos.
-Mira lo que me has hecho- se lamentó Lucius, con una voz anómalamente aguda. Draco vio que su lengua se había vuelto negra; el líquido le chorreaba por la barbilla y goteaba sobre la alfombra- Maldito desgraciado. Eres una deshonra. ¿Crees que no sé lo que piensas? ¿Crees que no sé que te alegras de que esté muerto?-extendió las manos hacia él, como una súplica, pero escupió- Ingrato.
Draco no esperó a oír más. Echó a correr escaleras arriba, a tal velocidad que los colores se convirtieron en un amasijo chillón de luces y sombras. Oyó cómo Lucius le perseguía, profiriendo unos escalofriantes sonidos agudos que no eran humanos. Draco giró en el primer pasillo y se dirigió tambaleándose hacia su cuarto.
Repentinamente, todo quedó en silencio.
Draco sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Temblando de manera incontrolable, se pegó a la pared y avanzó de espaldas hacia la puerta de su habitación, sin apartar la mirada de la entrada del pasillo.
De pronto, algo crujió a su espalda. Se dio la vuelta, con el corazón a punto de salírsele por la boca.
Su padre estaba detrás suyo, acercándose a él a cuatro patas, como un animal. Respiraba ominosamente por la nariz, y tenía el rostro completamente negro.
Draco cerró los ojos y sollozó.
-Por favor- suplicó.- Por favor.
El jadeo desapareció. Draco abrió los ojos. Su padre estaba de pie frente a él, sin rastro alguno de sustancia negra, perfectamente peinado y vestido. Le observó, demasiado aterrorizado como para moverse.
-Hola, Draco- habló, con una voz femenina que conocía muy bien- ¿Quieres ver algo?
Lucius se abrió la camisa y exhibió dos grandes pechos femeninos, con los pezones grandes y castaños. El efecto era monstruoso.
Draco profirió un grito y echó a correr de nuevo.
El crujido de los escalones llamó la atención de Hermione. Levantó la vista de los deberes de Historia de la Magia y miró a su primo, expectante.
-¿Y bien? ¿Has podido despertarle?
Dickie negó lentamente con la cabeza. Aún llevaba puesto un pijama algo gastado estampado con balones de fútbol, y las zapatillas de estar por casa del señor Granger, que le iban descomunalmente grandes.
-Ni se ha movido.
Hermione suspiró.
-¿Has probado a taparle la nariz?- normalmente, eso funcionaba para despertar a cualquiera, por más profundo que fuera el letargo- Vuelve y tápale la nariz. Ya verás cómo se despierta.
Dickie apretó los labios en una mueca contrita.
-Es que me da pena hacerle eso- respondió.- Parece muy cansado.
-Oh, pues que no te dé ninguna- terció Hermione, con un deje de irritación en el tono- No está cansado, lo que tiene es una resaca porque ayer bebió como una esponja. Así que entra y tápale la nariz con todas tus fuerzas. Se lo merece.- al ver que su primo seguía en la escalera, sin moverse, arqueó las cejas- ¿Qué pasa?
-¿Draco es tu amigo?- preguntó Dickie, sin pestañear.
Hermione se puso roja, y durante un segundo, no supo realmente qué decir.
-Cla…claro- balbució al fin, alisando nerviosamente una esquina del pergamino, que estaba algo arrugada.- ¿A qué viene eso?
Dickie se encogió de hombros.
-No sé, es que parece que le odies.
Hermione tosió. No sabía qué la descolocaba más, si la sagacidad de su primo, o la brutal sencillez de sus afirmaciones. Impostó una sonrisa afable y recurrió a la lógica para salir de aquel espinoso trance.
-No le odio, claro que no. Si no fuera mi amigo, no le habría invitado a pasar la Navidad con nosotros, ¿no crees? Y dudo que él tampoco hubiera aceptado si pensara que me cae mal- Dios, cuantas mentiras en una sola frase.
Dickie arqueó las cejas.
-Yo creo que hubiera venido de todas maneras- declaró con una sonrisilla enigmática, mientras bajaba a saltitos los escalones.
Hermione frunció el ceño, intrigada. ¿Qué había querido decir? Su primo rara vez hablaba por hablar. ¿Sabía algo de los motivos por los que Malfoy estaba en su casa? Intentó recordar si les había visto hablar la noche anterior, pero su memoria no dio con nada destacable. Y tampoco había peligro de que Draco hubiera hablado con él borracho, porque Dickie no estuvo con ellos en el pub irlandés.
Bueno, ¿y qué más daba? Sólo se trataba de Malfoy. Seguramente, no era nada importante.
Observó cómo Dickie cogía un lápiz verde y se concentraba en pintar la copa del árbol que acababa de dibujar. La punta de la lengua asomaba entre sus labios, y por el la leve oscilación de su cuerpo supo que estaba balanceando los pies por debajo de la mesa. ¿No era adorable? Y terriblemente sagaz.
Carraspeó.
-Mm, Dickie…
Éste dejó de pintar momentáneamente y levantó la vista de la hoja para mirarla.
-¿Si?
Hermione se sintió de pronto muy estúpida. ¿Por qué estaba haciendo aquello? ¿No había concluido que lo mejor era ignorar un comentario que seguramente sólo había sido eso, el comentario de un niño?
-¿A qué te referías antes cuando has dicho que creías que Mal…Draco habría venido aunque me cayera mal?- ya está. Lo había preguntado. Dios.
-Ah- Dickie pestañeó, sin variar apenas su expresión.- Pues porque le gustas- respondió, concentrándose de nuevo en los colores.
Hermione se echó a reír.
-Qué va. - le dijo.
Dickie no respondió. Se limitó a encogerse de hombros, y siguió pintando su árbol. Hermione meneó la cabeza, sonriendo aún, y se concentró de nuevo en el pergamino de Historia de la Magia.
O más bien, lo intentó. Porque en algún momento dado, la frase que estaba leyendo se convirtió en una escena de lo que había sucedido la noche anterior, cuando estaban en el O'Malley. Concretamente, cuando Malfoy se había acercado a ella borracho, y la había cogido por los hombros, como si quisiera…
Ya está bien, se regañó a sí misma, obligándose a interrumpir el curso de sus pensamientos. ¿Para qué vas a darle más vueltas? Estaba borracho como una cuba y se comportó como un pulpo avasallador, que es exactamente lo que hacen los borrachos. Será un milagro si hoy recuerda algo de lo que intentó hacer ayer, pensó con amargura.
Ni tan solo sabía por qué estaba tan enfadada con él. Objetivamente, sólo había sido eso: un episodio lamentable propiciado por la total falta de autocontrol de Malfoy. Ni siquiera debería tenérselo en cuenta, pero por algún motivo, pensar en ello la ponía de pésimo humor. Al fin y al cabo, cuando él se le había acercado de aquella manera, la había puesto en una situación muy incómoda, y todo porque había bebido más de la cuenta.
Pero quizá había algo más, algo que no quería, que no se atrevía a identificar. Cuando él le había puesto las manos en los hombros y se había inclinado sobre ella, mirándola con aquellos ojos vidriosos y aquella expresión extraña, una intensa sensación de vergüenza se había apoderado de ella. Cinco segundos más tarde, le había empujado para librarse de él. Lo que la atormentaba eran esos cuatro segundos en que no había podido hacer otra cosa que mirarle, como si no tuviera fuerza de voluntad, como si hubiera dudado. Esos míseros cuatro segundos son los que habían mantenido a Hermione despierta mientras Malfoy roncaba borracho en la escalera. Porque no había sido capaz de subirla.
Y seguramente, no recordaría nada de lo sucedido. Ni siquiera al señor Granger levantándole del suelo a primera hora de la mañana y arrastrándolo hasta su cama.
No era justo.
Y allí estaba su primo pequeño, pintando tranquilamente como si nada hubiera sucedido.
¿Podía llevar razón? ¿Existía la remota posibilidad de que le gustara a Malfoy? Su primer impulso era rechazar de pleno aquella idea y reírse, pero las palabras de su primo habían hecho aflorar algunos recuerdos que habían estado vagando por su memoria a la espera de ser explicados y encajados. Como, por ejemplo, el hecho de que la protegiera en el coche de Gabrielle, cuando ambos creían que aquel espeluznante chirrido de los frenos sería lo último que oirían en sus vidas. O la manera en que sus ojos se encontraron cuando estaban comparando sus respectivas alturas.
Hermione se mordió el labio. El estómago le bullía con una inexplicable excitación.
-Oye, Dickie…
Dickie terminó de repasar una rama en marrón oscuro y miró a su prima en silencio, expectante. Hermione se miró las uñas nerviosamente y dijo, procurando sonar totalmente fría y desinteresada:
-¿Por qué crees que le gusto?
Dickie se encogió de hombros.
-Porque te mira todo el rato- respondió con sencillez.
Hermione sintió que la sangre le fluía masivamente hacia el rostro.
-¿Me mira? -repitió, en un inesperado tono chillón.
-Sí- respondió Dickie, como si fuera algo más que evidente.
-Y cómo… ¿cómo me mira? Es decir, cómo sabes que…- no acabó la pregunta. Ya se sentía bastante ridícula de todas formas.
Dickie parpadeó.
-Pues…te mira, pero no normal, te mira así- Dickie abrió mucho los ojos y clavó la mirada en su prima, en una imitación bastante ajustada de un psicópata con manía persecutoria.
Hermione no pudo evitar echarse a reír.
-¿Me mira así?
-A veces- contestó el niño.
Hermione meneó la cabeza, divertida.
-¿Y tú como sabes todo eso?
-Porque a veces, cuando mi padre viene a recogerme al cole mira así a mi señorita. Pero sólo cuando se da la vuelta. ¿Tienes un sacapuntas?- le preguntó, dando por zanjada aquella poco interesante conversación.- Voy a pintar de rojo el pájaro, y el lápiz no tiene punta.- dijo, enseñándoselo.
-Oh- Hermione pareció despertar de un trance- Sacapuntas. Claro. Espera, te lo busco- dijo, revolviendo en el interior de su cartera.
En aquel momento, el ruido de las llaves en la puerta anunció la llegada de la señora Granger, que venía con la cara roja y el pelo completamente despeinado.
-Hola, tesoros- saludó mientras se quitaba el abrigo- No sabéis el frío que hacer fuera. Hoy nevará seguro. ¡Dickie! ¿Estás aún con el pijama? Tu abuela va a venir a comer dentro de una hora. ¿No deberías cambiarte? Y tú igual, Hermione. La tía Rosie llegará de un momento a otro.
Hermione miró a su madre de hito en hito.
-¿La tía Rosie?- repitió, con desmayo.
-Pero si ya te lo dije- le reprochó su madre.
Hermione sintió que le entraba un sudor frío.
-No. Me dijiste que estaría estas fechas. En un congreso católico en Escocia. ¡Por eso la fuimos a ver el otro día Draco y yo!
-El congreso duraba tres días, cariño. Nadie, y menos un grupo tan religioso como el de la tia Rosie estaría en un curso por Navidad. Todos quieren comer con sus familias. Ya sabes- dijo su madre, haciendo un gesto significativo con los ojos hacia Dickie.
Hermione se llevó las manos a la cara y ahogó un grito de frustración. ¿La tía Rosie, comiendo con ellos? ¡No podía ser! ¿Podían ir peor las cosas?
-Ooh, qué dibujo tan bonito, cariño- aplaudió la señora Granger, mirando la obra maestra de Dickie por encima de su cabeza- Me encanta la casa. Y el árbol también está muy bien. ¿Por qué hay tantas piedras?
-No son piedras, son vacas. Es que no tengo color negro- explicó Dickie.
-Oh- la señora Granger se inclinó sobre el dibujo y asintió- Es verdad, ahora que me fijo bien, tienen patas. –se incorporó y miró a su hija- A todo esto, ¿y Draco? ¿Sigue durmiendo?
-Letargo sería más apropiado- puntualizó Hermione, sarcástica.- Dickie ha ido ya dos veces a despertarlo, sin éxito.
La señora Granger suspiró.
-Pues eso no puede ser- dijo, mirando su reloj- Ya sé que anoche bebió y que probablemente lo último que quiere hacer ahora es comer, pero en una hora o así tu tía estará aquí, y más vale que esté presentable. Así que grítale o échale agua, pero que se levante.
Hermione tuvo que apelar a todo su autocontrol para que el disgusto no se le reflejara en la cara.
-Voy- dijo, poniéndose en pie pesadamente y dirigiéndose hacia la escalera con el mismo ánimo con que un condenado a muerte subiría al patíbulo. Tendría que haber sabido que mandar a Dickie a despertarle no funcionaría, ¿cuándo había tenido buena suerte alguna vez?
Además, había sido un gesto francamente inmaduro. Sí, era cierto que se sentía confusa respecto al comportamiento de Malfoy la noche anterior, y más aún después de lo que acababa de soltarle alegremente Dickie, pero evitarle desde luego no era la solución. Y además, era estúpido suponer que viviendo bajo el mismo techo podría evitarle eternamente.
Sus pies se detuvieron frente a la puerta cerrada de la habitación de invitados.
Hermione se sorprendió a sí misma cogiendo aire, como si estuviera a punto de enfrentarse a una prueba muy importante.
Por Dios, Hermione. Limítate a abrir la puerta y despertarle.
Molesta consigo misma, agarró el pomo y abrió la puerta con tanta energía que golpeó con fuerza en la pared. A su alrededor, la pálida luz matinal irrumpió triunfal en la oscuridad del cuarto e incidió sobre el bulto que yacía inmóvil bajo la colcha de fresas, a menudo conocido como Draco Malfoy.
Como si esperase que la luz hiciera el trabajo sucio por sí sola, Hermione aguardó unos segundos en silencio, al acecho de alguna señal de vida por parte de El Bulto.
No la hubo.
Titubeante, se acercó un par de pasos a la cama. Malfoy estaba completamente tapado; no se le veía ni el pelo.
-Ejem- carraspeó Hermione suavemente, y esperó.
Nada.
-EJEM- insistió.
Tampoco.
Hermione resopló, enfadada. Se situó en el borde de la cama, lo suficientemente cerca de la crisálida-Malfoy como para que pudiera oírla, y se inclinó hacia él.
-Malfoy. Malfoy. Eh. Despierta.-le zarandeó ligeramente, pero todo fue en vano. Sintiendo que su exasperación crecía por momentos, Hermione optó por coger el borde de la colcha y tirar de él con fuerza, descubriendo a un Malfoy profundamente dormido en postura fetal, y, como no, aún vestido con la ropa del día anterior.
Hermione suspiró. Se inclinó hacia él. Se había quedado dormido con la cara oculta por una mano. Olía a sudor y a cerveza, y estaba tan quieto que no pudo evitar preguntarse si no estaba muerto.
-Malfoy, son casi las doce. Arriba- dijo, y para reforzar lo poco amistoso del tono, le sacudió el brazo con bastante poca delicadeza.-Malfoy, ¿me oyes? ¡Despierta!
Para su alivio, Malfoy se movió…para darse la vuelta y seguir durmiendo. Hermione ahogó un gruñido de rabia.
-Sé que me estás oyendo, así que no me ignores- le amenazó, con la mirada fija en su espalda- Es muy tarde, tienes que levantarte, ¿me oyes?
Si la oía, estaba claro que había decidido pasar de ella, porque no se movió, y encima empezó a emitir una especie de jadeo muy parecido a la risa.
Hermione palideció.
-Pero bueno, esto es el colmo- gruñó entre dientes. Apoyó una rodilla en la cama y se inclinó sobre él, dispuesta a sacudirle hasta descuartizarle si era preciso. Sin embargo, se detuvo al ver su expresión.
No se estaba riendo.
Parecía estar en mitad de una cruenta pesadilla, porque respiraba fuertemente, como si alguien lo persiguiese. Su rostro estaba ceniciento y una película de sudor frío cubría su frente y su labio superior. La mano que le cubría la cara se abría y cerraba ligeramente, como si quisiera formar un puño. Fuese lo que fuese lo que estuviera soñando, tenía que ser extremadamente desagradable.
El ceño fruncido de Hermione se disipó lentamente. La sorpresa, y algo muy parecido a la compasión, reemplazaron su enfado inicial. Le chocaba verle tan distinto a como solía hacerlo; tan…vulnerable. Tan poco él.
-Malfoy- llamó, inclinándose junto a su oído. Él se movió, como si respondiera a su voz, así que insistió, esta vez llamándole por su nombre de pila.- Draco. Estás teniendo una pesadilla.- tras dudar un segundo, puso una mano sobre su brazo frío y se lo acarició, en un intento de confortarle.
No fue una buena idea. Su respiración se aceleró visiblemente, y comenzó a farfullar cosas ininteligibles al tiempo que se revolvía, como si quisiera zafarse de algo-o de alguien.
Preocupada, Hermione decidió que había llegado el momento de despertarle. Sabía que no era aconsejable hacerlo, pero era preferible que se llevara un susto a que siguiera sumido en aquella especie de trance. Corrió hacia el baño, tomó el vaso que usaba para enjuagarse la boca cuando se lavaba los dientes, lo llenó de agua, y volvió a su cuarto.
-Te prometo que esto es por tu bien- murmuró con sinceridad, antes de vaciarle el vaso encima.
Surtió efecto. Al notar el estallido de agua helada, Draco profirió un grito y se revolvió como si acabaran de electrocutarle. Se incorporó de golpe y miró en derredor, jadeante. Tenía los ojos desorbitados, y el pelo empapado aplastado contra la frente.
-Papá- fue lo único inteligible que escapó de sus labios.
Hermione pestañeó, sorprendida.
- No, Hermione. - murmuró. Dejó el vaso en la mesita de noche y le miró con preocupación.- ¿Estás bien?
Draco no contestó. Su mirada vagó por la habitación, intentando reconocer la cómoda, el armario, la mesita, hasta posarse finalmente en ella, mirándola sin verla. Hermione sintió una punzada de compasión.
-Has tenido una pesadilla- le explicó, con amabilidad.
Draco se miró las manos, y luego la sábana mojada. Luego la miró a ella.
-Granger.-murmuró, como si por fin se hubiera acordado de su nombre. Miró de nuevo la sábana y frunció el ceño- ¿¿Me has mojado??- preguntó, con un deje de irritación mucho más propio de él.
Hermione suspiró. Sí que había durado poco la paz. Pensándolo bien, Malfoy asustado y vulnerable tampoco estaba tan mal.
-No he tenido más remedio. Llevábamos una hora intentando despertarte.-se defendió, algo hostil. Al ver que él no decía nada, suavizó el tono considerablemente- Estabas teniendo una pesadilla. No sabía qué más hacer para despertarte. Lo estabas pasando muy mal.
Draco hizo una mueca y desvió la mirada. Puede que su cabeza estuviera despierta, pero su cuerpo aún estaba enmarañado en la sensación de peligro; podía sentirlo en el nudo que era su estómago
-¿Has soñado con tu padre?- Hermione se hubiera abofeteado. Apenas podía creerse que acabara de decir aquello. Si la mandaba a la mierda, estaría en su derecho. No era asunto suyo.
Pero para su sorpresa, no la mandó a la mierda. Quizá estaba todavía demasiado atontado para reaccionar como lo habría hecho usualmente, o quizá seguía afectado por lo que fuera que hubiese soñado.
-Sí.- murmuró, con la voz ronca.- Soñé que estaba vivo. Que había vuelto a casa.
Hermione asintió en silencio, pero arqueó las cejas, desconcertada.
-¿Y eso es algo malo?- preguntó.
Su pregunta estaba absolutamente desprovista de mala intención. Era una pregunta inocente, lógica. Pero daba justo donde tenía que dar; en el mismísimo centro de su angustia. Draco quiso contestarle desabridamente, pero se sentía demasiado débil.
-No.-respondió, en un susurro rasposo.- Supongo que no.- se llevó una mano a la garganta e intentó aclarársela sin éxito un par de veces. Hizo una mueca.-Me duele el cuello.
-¿Quieres un vaso de agua?- preguntó ella, en un derroche de afabilidad.
Draco le lanzó una mirada aviesa.
-Si me lo vas a tirar encima, no.
Hermione se rió.
-¿No te gusta que te echen agua helada encima? Qué raro eres.-se inclinó a coger el vaso y se fue hacia el baño, diciendo- De todas maneras, tengo noticias y prefiero que tengas algo en las manos para que no saltes de alegría.
-¿Noticias?- graznó Draco. Se llevó las manos a la garganta, horrorizado por su propio sonido.
-Por Dios, no abras la boca hasta que hayas bebido algo.-dijo ella, entrando en el cuarto y ofreciéndole el vaso de agua- Tienes una voz espantosa. Pareces un grajo.
-Pues tú…
-Bebe- le interrumpió ella. Esperó hasta que él estuvo concentrado en beber, y dijo:- Mi tía Rosie viene a comer hoy. Llegará en media hora.
Draco abrió los ojos desorbitadamente y escupió el agua, rociándola a ella también.
-¿Qué?- gritó. Habría sido un grito poderoso si el tono se le hubiera quebrado como una rama seca. Se secó la cara con el dorso de la mano, y Hermione hizo lo mismo.
-Sí, yo también me he sorprendido. Pensaba sinceramente que no tendríamos que verla más estas Navidades, pero aparentemente su congreso católico en Escocia ha finalizado justo a tiempo para pasar las Navidades con sus seres queridos.
-¿Y vosotros la queréis?- inquirió Draco, en tono sombrío. Dejó el vaso en la mesita de noche.- Porque esa podría ser la solución a todo esto.
Hermione suspiró.
-Mira, yo tampoco tengo ganas de verla. Estoy cansada, y tengo deberes que hacer. Pero es mi tía, y sé que me quiere. Y tú…-ladeó la cabeza, mirándole pensativa- Quizá deberías ducharte. Apestas a cerveza todavía. Y casi mejor si no abres la boca demasiado. Tienes una voz…
-Espantosa, sí, gracias- remató Draco.-Me lo has dicho antes.- de pronto, y contra todo pronóstico, una sonrisa desprovista de malicia apareció en su rostro- Cómo te aprovechas de que estoy demasiado atontado para responderte como es debido. Pero mañana, o cuando sea que se me pase este horrible dolor de cabeza, te las devolveré todas juntas.
Hermione sonrió con suficiencia.
-No eres rival para mí, ni sereno, ni borracho.
Draco se rió con un sonido que parecía el de una sierra podando ramas.
-Eso lo veremos. Bueno. - se quedó mirándola fijamente, como si esperara que ella hiciera, o dijera algo.
-¿Bueno?- repitió Hermione, desconcertada.
-Bueno, me voy a desnudar. Así que vete, o quédate a mirar, pero en ese caso cierra la puerta.
-En tus sueños- bufó Hermione, con las mejillas coloradas, antes de salir atropelladamente y dejarle solo en la penumbra.
En tus sueños.
Draco se llevó ambas manos al rostro y ahogó un sonido que bien podía ser una carcajada, o un sollozo.
-Ahí viene- dijo su madre, dejando caer el visillo de la cocina.- Dickie, ven a darle un beso a tu abuela. Hermione, por favor, corre a ver si Draco ha terminado. Dile que se dé prisa.
Hermione suspiró y cerró el libro. Aquella iba a ser la segunda parte del Malfoy versus Tía Rosie; y no estaba segura de que le hubiera gustado tanto la primera como para vivir una secuela. La ventaja- si es que podía llamar así-, era que al menos Malfoy no estaría en todo su esplendor debido a la resaca. Lo cual era de agradecer. Ahora sólo quedaba rezar por que la tía Rosie se hubiera olvidado totalmente de aquel asuntillo del matrimonio.
Se imaginó casada con Malfoy, con dos bebés rubios llorando como pequeños tiranos y una casa gigantesca e inmaculada. Tuvo que reprimir un escalofrío.
Por Dios, que no se acuerde, rogó para sus adentros. Eso era lo que más miedo daba de la tía Rosie: que nunca se sabía a ciencia cierta hasta qué punto lo que decía o hacía iba en serio.
No tuvo que llegar hasta el final de la escalera para saber que Malfoy ya había salido de la ducha; desde el penúltimo escalón sintió el efluvio cálido del vapor acumulado en el cuarto de baño, y el olor a manzana de su champú.
La puerta del cuarto de Draco estaba abierta. Hermione hizo ademán de llamar para avisarle, pero su mano nunca llegó a rozar la madera. Se detuvo bruscamente en el aire, como suspendida por un hechizo. Como si hubiera olvidado repentinamente qué tenía que hacer.
Ni tan siquiera pestañeó.
Malfoy estaba sentado en la cama, completamente desnudo, con la cabeza inclinada hacia delante, cubierta por una toalla que en aquellos momentos estaba usando para secarse enérgicamente el pelo.
No se había percatado de su presencia. Todavía. En algún lugar de la cabeza de Hermione, el instinto de supervivencia le recomendó que reaccionara, que se sobrepusiera al estupor y ordenara a su cerebro que coordinara una retirada silenciosa.
Pero Hermione estaba demasiado aturdida para reaccionar. Demasiado escandalizada por su falta de decoro- ¿a quién se le ocurría la desfachatez de cambiarse con la puerta abierta en casa ajena?-, demasiado enfadada por su comportamiento de ayer, y la resaca de hoy; demasiado confundida por la conversación de antes con su primo; y demasiado fascinada por la rotundidad de su desnudez.
Sobretodo esto último.
Contempló, como si nunca lo hubiera visto antes, cómo los últimos hilillos de agua corrían por sus piernas hasta formar un charquito en la moqueta, alrededor sus pies blancos; como su piel brillaba, aún húmeda, en algunas partes, y cómo en otras estaba seca y erizada por el frío. Se fijó en la fibra apretada de sus antebrazos al frotarse la cabeza con la toalla; en los pequeños pliegues de su estómago, graciosos, humanos; en el relieve de su columna vertebral, que tensaba la piel de su espalda en un arco limpio y esbelto.
En el vello sorprendentemente oscuro que se perdía en la sombra entre sus piernas.
Si le hubieran preguntado antes, habría dado por supuesto que era rubio también ahí, pero allí estaba la prueba, inconfundible, de que no. ¿Era posible aquello?
Se mordió el labio sin querer, sin poder apartar la mirada de aquella sombra. Las mejillas y las orejas le ardían; sentía la garganta seca, muy seca, y la lengua pastosa y torpe dentro de la boca.
En ese momento, Draco dejó de secarse el pelo, y la miró.
Hermione sintió que la invadía un terror helado, petrificante. Ni siquiera intentó moverse, o farfullar alguna excusa. Sabía que no lo lograría.
Esperó, con el corazón martilleándole en las sienes, a que él gritara, o la insultara. Que se enfadara. Estaba en su derecho.
Pero, para su sorpresa, Malfoy no hizo nada de eso. Permaneció en silencio, con el rostro terriblemente serio, mirándola a los ojos con una emoción imposible de definir. Con un giro de muñeca, se extendió la toalla por encima de los muslos y se puso en pie, sujetándosela a la altura de las caderas.
Al verlo erguirse en toda su estatura, Hermione tragó saliva, y retrocedió un paso cuando él avanzó uno, sin pronunciar palabra, extrañamente digno y elegante a pesar de su desnudez.
-Ha llegado mi tía- logró articular, arrancando su mirada de él y clavándola a la moqueta. Su propia voz le sonaba ajena.- Venía a avisarte.
Vio que sus pies se detenían junto a ella. El calor que irradiaba su piel húmeda, y el olor a limpio se volvieron más intensos. Hermione se sorprendió conteniendo la respiración.
-Pues ya me has avisado.- musitó él, con la voz áspera. La miró brevemente en silencio y añadió- ¿Querías algo más?
En aquel punto, Hermione alzó la vista y le miró a los ojos, sobresaltada.
-¿Eh? No. No.
Draco echó la cabeza hacia atrás y asintió.
-Ah. Pensaba.- dijo simplemente.
Y le cerró la puerta en las narices.
-Te espero...abajo.-la frase murió en los labios de Hermione. Contempló durante unos segundos la puerta cerrada, como si esperara que apareciera escrita en ella una explicación para lo que acababa de suceder. .Sus mejillas podrían haber alumbrado la ciudad entera en la noche más oscura. Se llevó las manos al rostro y presionó las palmas frías contra la piel ardiente.
Qué. Está. Pasando.
Fuera lo que fuera, el análisis tendría que esperar. Oyó que su padre acababa de llegar, y en ese momento su madre asomó la cabeza por el hueco de la escalera y arqueó las cejas.
-¿Pero qué haces ahí parada? ¡Venga, a la mesa!
Con un último vistazo hacia la puerta cerrada, Hermione emprendió renuentemente el descenso hacia el comedor. Hacia el Infierno.
- ¿Y por qué estás afónico?
Draco dejó de masticar y le lanzó una mirada de auxilio a Hermione. El tono con el que la tía Rosie había formulado la pregunta habría hecho ruborizarse a la Inquisición. Al otro lado de la fuente de porcelana con los restos de pavo de la noche anterior, el matrimonio Granger sonrió como si la cosa no fuera con ellos y miró a su hija con innecesaria preocupación.
Innecesaria porque Hermione ya sabía lo que tenía que decir. Había previsto que su tía querría saber por qué Malfoy estaba tan misteriosamente silencioso y dócil. Y también sabía que si había algo que sus padres querían evitar a toda costa, era una diatriba sobre la vida disoluta de los jóvenes en fechas santas.
-Es que ayer estuvimos cantando villancicos, durante, eh, mucho rato- respondió finalmente.
-¿Villancicos?- los ojillos oscuros de la tía Rosie se estrecharon al examinar a Draco, que se apresuró a asentir con un inusitado entusiasmo.- ¿Qué villancicos?
Pero Hermione también había previsto aquello.
-Noche de Paz, Oh arbol de Navidad, y Ha nacido el señor.
-¿Oh árbol de Navidad?- la tía Rosie arqueó las cejas.
-Es su favorito. Verdad, Draco?- éste asintió obedientemente, y Hermione aprovechó para adornar un poco el discurso con detalles casuales- No lo sabíamos, pero tiene muy buena voz, así que le pedimos una y otra vez que la cantara. Nosotros también le acompañamos, claro. Por eso esta mañana me he levantado un poco ronca- carraspeó discretamente para reforzar el efecto.- Pero no tanto como él, pobrecillo.
-Oh árbol de Navidad no debería cantarse en ningún sitio.-dijo la tía Rosie, mortalmente seria. Clavó una mirada ominosa en Draco- Es una canción pagana.
-Pero tía, si habla del árbol de Navidad- intervino entonces el señor Granger, con una sonrisa apaciguadora.
-Precisamente- en el tono de la tía Rosie había un reproche nada velado.- El árbol de Navidad es un elemento pagano. Ningún católico que se precie de serlo debería ponerlo. Es una tradición de origen pagano que se ha adoptado recientemente, para desgracia de otras tradiciones genuinas, como el Belén.-suspiró dramáticamente.- Ya nadie pone el Belén.
Se hizo silencio entre los paganos sentados a la mesa.
-Bueno es saber, no obstante- retomó la tía Rosie, mientras reducía el pavo de su plato a trozos geométricamente perfectos- que aún hay jóvenes sanos que respetan la santidad de estas fechas y no se van por ahí de noche, emborrachándose y comportándose como vándalos.
-Sí, menos mal.- asintió el señor Granger, con un finísimo deje de ironía que sólo su hija y alguien con resaca percibieron.
-…a veces, al volver de la misa del gallo, los veo por las calles, abrazados a las farolas, o tirados por el suelo, incapaces de dar un paso más- llegado aquel punto, Hermione habría jurado que Draco se había hundido ligeramente en el asiento- y pienso en lo que deben sentir sus madres cuando les ven en ese estado.- dicho esto, se metió un trozo de pavo en la boca y se quedó callada.
El silencio se extendió al resto de la mesa. Incluso Dickie, que no había abierto la boca en toda la comida, parecía masticar más despacio para no hacer ruido. Draco alargó la mano para coger el vaso de agua y su mirada se encontró fugazmente con la de Hermione. La Gryffindor se apresuró a concentrarse en su plato.
-Entonces, tía- habló el señor Granger, limpiándose la boca con la servilleta- ¿Deduzco por tus palabras que ayer no saliste a ninguna parte?
Hermione no pudo evitar sonreír veladamente ante el humor de su padre.
-Por supuesto que no- oyó que respondía su tía, casi ofendida- Y además, no están las cosas como para salir. Esta ciudad se ha vuelto muy peligrosa. Hasta hago que me traigan la compra a casa, y casi he estado a punto de no venir.
-¿Peligrosa?- intervino la señora Granger, por primera vez desde que se sentaron a la mesa.
-¿No leéis las noticias?- la tía Rosie enrojeció- Se están produciendo asesinatos. ¡Y no de homosexuales o vagabundos, sino de gente decente! ¡Familias! Ayer Londres en Directo dijo que se trata de una banda de asesinos en serie. ¡Las últimas víctimas murieron a diez manzanas de mi casa!
-Se trata de un fenómeno preocupante sin duda- concedió el señor Granger- pero no por ello podemos dejar de hacer vida normal. La desgracia podría ocurrirnos en el momento menos pensado, y eso no quiere decir que tengamos que dejar de salir a la calle. Estoy seguro de que la policía está haciendo todo lo posible, y que no tardarán en cogerlos.
-Yo veo muchas más patrullas en las calles que antes- corroboró su mujer.- Cada mañana, cuando voy hacia la consulta, me encuentro al menos dos coches de ronda.
Los ojos negros de la tía Rosie brillaban con un deje siniestro.
-Están buscando en el lugar equivocado, os digo- aseveró.- Esa gente no es normal. No vive en un vecindario como este. Forman parte de una secta. ¿Por qué si no iban a dejar ese símbolo horrible en las paredes? Sólo una secta haría algo así.
-¿Ah, dejan un símbolo? Eso sí que no lo sabía- dijo la señora Granger, intrigada.
- Pues sí.- respondió la anciana, con cierto triunfo en el tono ahora que había conseguido la atención de todo el mundo- Una calavera, y una serpiente. Está por todas partes.
De repente, hubo un estruendo de cubiertos y Draco se puso en pie de un salto. Se había echado el agua encima sin querer. La señora Granger se levantó y le ofreció una servilleta para que se secara. Desde la alfombra, los cubiertos caídos reflejaron una luz mortecina.
-Sólo es agua, no te preocupes.- le dijo, pero entonces se dio cuenta de la palidez cadavérica que había adoptado el rostro de su invitado.- ¿Te encuentras bien?
Hermione, sobrecogida, observó a Draco sin ser capaz siquiera de moverse de la silla. Éste parecía estar a punto de vomitar en cualquier momento.
-Estoy bien- susurró, pero su expresión contradecía aquella afirmación de tal manera, que la señora Granger le puso una mano en la frente y la retiró, preocupada.
-No, no lo estás. Parece que tienes fiebre. Hermione, por favor, acompáñale arriba. Quizá le haya sentado mal la comida. Vomita si lo necesitas, y luego échate en la cama, ¿de acuerdo? Ahora te subiré una manzanilla.
Hermione se puso en pie y le rodeó la cintura con el brazo para guiarle hacia las escaleras. Él no opuso resistencia Bajo la camisa, sentía su piel húmeda y fría. Sintió deseos de cogerle las manos y hacerle jurar que aquella repentina enfermedad no tenía nada que ver con lo que acababa de escuchar; que no se había dado cuenta de que su tía acababa de hablar de mortífagos matando en Londres. Quería, necesitaba que le jurara que no tenía nada que temer por su familia, que el hecho de que su corazón aleteara asustado en su pecho no tenía fundamento. Que todo estaba bien.
Pero había visto sus ojos cuando la tía Rosie había pronunciado aquellas palabras, y por segunda vez había vuelto a sentir terror por lo que él podía ser; por lo que podría llegar a ser algún día. Porque él podría convertirse en mortífago, y nada de lo que hubiera vivido aquellos días con ellos le detendría. Darse cuenta de aquello le atenazó la garganta con tal angustia que tuvo que hacer un esfuerzo para respirar.
Llegaron al final de la escalera.
Hermione le soltó, y antes de que pudiera decirle nada, Malfoy entró en el baño, sin molestarse siquiera en cerrar la puerta, y acuclillándose frente al inodoro, comenzó a vomitar violentamente.
Hermione se abrazó los costados. Para su sorpresa, estaba temblando de ansiedad. La cabeza le hervía de conjeturas y temores. Había confiado en que Malfoy nunca se enteraría de aquello, así que nunca se había planteado qué podía pasar si eso ocurría. ¿Intentaría ponerse en contacto con ellos? Hermione sabía que, antes de la muerte de Lucius Malfoy, y desde los tiempos de la guerra, los mortífagos nunca habían realizado ataques tan directos, tan osados, en la sociedad muggle. Y menos aún habían dejado su símbolo expuesto allí, para que todos lo vieran, arriesgándose a ser pasto de los aurores.
Eso sólo podía significar una cosa: que esos ataques habían sido realizados para ser vistos. Para que alguien lo viera. Era un mensaje dirigido a alguien, una señal: "seguimos en activo".
En aquel momento, Draco salió del baño. Olía a rancio, por el vómito, y las ojeras parecían aún más pronunciadas. Podría haber sido un cadáver. Hermione le observó con infinita aprensión, buscando ansiosamente en su rostro alguna señal, alguna reacción, alguna intención. Pero no encontró nada, y eso fue lo que más la preocupó.
-Has… ¿te…te encuentras mejor?- preguntó, con timidez.
-Sí- musitó él, parpadeando. Tanteó la pared torpemente en busca de apoyo.- Pero quiero tumbarme. Estoy mareado.
-Ah, claro- Hermione se acercó a él e hizo ademán de cogerle por la cintura para acompañarle al cuarto, pero Draco le apartó la mano y masculló:
-Puedo solo.
Y habría sonado lapidario, si no fuera porque un inoportuno tropiezo con el felpudo del pasillo le restó la poca dignidad que le quedaba. Hermione arqueó una ceja y dijo, sarcástica:
-Ya lo veo.- le asió del brazo a pesar de sus protestas y le guió hacia su cuarto- Pero a mi madre no le gustaría que nuestro invitado se partiera la crisma, así que, sólo por esta vez, vas a dejar de ser autosuficiente y me vas a permitir que te lleve a la cama.- se mordió el labio. Aquello había sonado raro.
Le lanzó una mirada de reojo, casi esperando algún comentario jocoso del tipo "con que eso era lo que querías desde el principio", pero para su alivio, no hubo ninguno. Malfoy parecía un muñeco al que se le han agotado las pilas: era poco más que un peso muerto contra su hombro, y el golpe sordo con que se desplomó sobre la cama sonó exactamente igual a como sonaría un fardo cayendo al suelo.
-Bueno.- suspiró Hermione- Tengo que bajar con los demás. Después de comer subiré a traerte la manzanilla, y a asegurarme de que no te has muerto. ¿Vale?
No hubo respuesta. Era increíble, pero parecía que Malfoy se había quedado dormido. En menos de cinco segundos. O eso, o estaba tan mal que no tenía ni fuerzas para responder.
Hermione meneó la cabeza. Contempló durante un segundo su larga figura, echada de cualquier manera sobre la cama, y el desorden rubio que era su cabello, y sintió una mezcla de pena y aprensión.
Ahora ya lo sabes, pensó, como si él pudiera oírla. Los mortífagos han movido ficha, y probablemente estén esperando a que tú muevas la tuya. La pregunta es, ¿qué vas a hacer, Malfoy?
Salió del cuarto sin hacer ruido.
Cuando por fin abrió los ojos, se percató de tres cosas.
Primero, de que era noche cerrada, lo que le condujo a preguntarse cuantas horas llevaba durmiendo.
Segundo, de que había una taza con manzanilla, ya fría, en la mesita de noche, y que ya no llevaba puestos los zapatos. (¿Quién se los había quitado?)
Tercero, de que tenía una erección descomunal, pero no le hizo falta preguntarse por qué. No cabía duda de que había tenido sueños muy interesantes, y más después del episodio sucedido aquella mañana.
Aquella mañana…
Al recordarlo, la erección se recrudeció, convirtiendo su entrepierna en un tejido dolorosamente tirante, como si la piel se le hubiese quedado pequeña. Se pasó la lengua por los labios resecos. El corazón le latía fuertemente en los oídos mientras debatía si debía o no debía hacérselo.
Se había masturbado antes de bajar a comer –había rezado por que se le bajara sola, pero después de haber pillado a Granger observándole desnudo, su cuerpo había protagonizado un feroz motín y no le había quedado más remedio que aliviarse de manera rápida y urgente-, pero aparentemente, aquello no era suficiente.
Metió la mano bajo la colcha y comenzó a tocarse por encima de la ropa, despacio y con deleite. Aún estaba fresco en su memoria el recuerdo de sus ojos abiertos de par en par; su rostro congestionado; la manera en que había bajado la mirada cuando él la había acorralado.
No había podido pensar con claridad. Había sido absolutamente imposible en aquel estado de brutal excitación que sólo sienten aquellos que disfrutan siendo observados. Si hubiera podido mantener la sangre fría, habría montado en cólera y le habría hecho pagar caro aquella invasión de su intimidad. Pero había sido incapaz. Sólo había sentido el bombeo de una lujuria caliente y líquida en el interior de su cabeza, llenando la cuenca de sus ojos, tiñendo de rojo su visión. Mandando al traste cualquier vestigio de prudencia o raciocinio.
Ahora no se sentía particularmente avergonzado, pero sabía que más tarde, cuando realmente tuviera la cabeza fría, sentiría horror al recordar cómo las manos le habían temblado al envolverse la cadera con la toalla, y se le había erizado el vello de la nuca al acercarse a ella y ver que bajaba la vista al suelo.
No podía siquiera inventarse una excusa, se dijo, y aquello le aceleró el corazón. Se metió la mano dentro de los pantalones y se mordió el labio para ahogar un elocuente jadeo.
¿Cuánto tiempo hacía que me estaba mirando? ¿Cuánto vio? ¿Qué pensó? ¿Piensa en ello? Su cabeza reverberaba, reventaba con un flujo de preguntas, tan palpitante, tan sanguíneo, como lo que atenazaba en su sudorosa mano derecha.
Aquella última pregunta le situó al borde del precipicio.
¿Piensa en ello?
Su mente disparó, con la rugosa imperfección de una cámara fotográfica antigua, la imagen de Granger sola en su cuarto. Quizá tumbada en la cama, quizá mirando la pared que separaba sus habitaciones. Quizá con la piel sudorosa, como la suya en esos momentos, y con la mano hundida entre los muslos apretados, buscando entre aquellos rizos oscuros, que él había visto aquel día desde el armario, una respuesta a lo que había presenciado esa misma mañana.
Draco cerró fuertemente los ojos abrió la boca en un gemido sordo, empujando la cadera hacia arriba, como si le doliera, como si quisiera expulsar un terrible demonio. El mundo enteró quedó en suspensión durante ese segundo de extáctica gloria; luego se desplomó sobre él, gris y pesado.
Y húmedo. Draco abrió un ojo cansado e hizo una mueca de disgusto al notar los muslos pegajosos. Se quedó quieto, muy quieto, durante unos diez minutos, disfrutando de la laxitud de su cuerpo, de cómo su corazón reducía la velocidad de galope a paseo. No pensó en nada en particular; sólo en el placer que había sentido. No se culpó por pensar en ella. Sabía que eso llegaría más tarde, y no tenía prisa. Siempre había tiempo para el remordimiento. Pero ahora…ahora todo estaba en paz.
Cuando por fin se decidió a levantarse y cambiarse de ropa – y hacer desaparecer las pruebas del delito-, aprovechó para mirar el reloj despertador que había sobre el escritorio.
Las once de la noche.
¡¿He dormido nueve horas?!
Dejó el despertador donde estaba y se frotó los ojos. No era de extrañar que no se oyeran ruidos en la casa; todos debían estar durmiendo ya. Él, sin embargo, no tenía sueño. ¿Cómo iba a tenerlo, después de nueve horas de sueño? Y lo bueno es que ya no le dolía la cabeza, y además se había librado de aguantar a la tía psicópata y sus desvaríos matrimoniales.
Se desnudó con cierto asco – los calzoncillos estaban pegajosos; y aunque fuera obra suya, siempre había sido absurdamente escrupuloso respecto a la cuestión de los fluidos- y abrió el cofre en busca de unos limpios. Sin embargo, al sacarlos, algo cayó al suelo.
Un grueso cuaderno gris.
Una punzada de reconocimiento recorrió su espalda.
Su diario.
Ya ni se acordaba de que se lo había robado y escondido entre sus propios calzoncillos, pero nunca había estado más agradecido. La noche era joven; todo el mundo dormía, y él no tenía sueño. Era perfecto.
Enfundado en el pijama, se dejó caer bocabajo sobre la cama. Abrió el diario sin el menor atisbo de pudor y se dispuso a leer, apoyándose sobre los codos.
La primera página, llena hasta los márgenes con una caligrafía grande y redonda, era tan lamentablemente precoz como había sospechado.
Hola, diario.
Me llamo Hermione Jane Granger y tengo nueve años. Los acabo de cumplir hoy. La novia de mi tío Robert, Millicent, me ha regalado este diario para que escriba las cosas que me pasan. Así que empiezo: hoy me ha pasado que me han regalado este diario, y lo voy a empezar a escribir.
Draco se rió con la nariz. ¿Se podía ser más cursi? No obstante siguió leyendo, no sin sorprenderse de la fluidez y corrección gramatical de la prosa de Granger a los nueve años.
…hemos comido tarta, bueno yo no he comido porque con los aparatos no puedo. No me gusta llevarlos pero papá dice que dentro de unos años se lo agradeceré.
¿Granger había llevado esos hierros en la boca?
Merlín.
La siguiente página la leyó en diagonal. Más tarta, un regalo de un peluche, y a continuación una larga lista de libros de los que no reconoció ni uno.
Bla, bla bla.
Pasó varias páginas y se detuvo en una al azar.
Arqueó las cejas, horrorizado.
Era una lista de deberes.
Pero qué coño, Granger.
Pasó la siguiente. Más deberes. Y la otra. Más deberes, y una nota al pie: Katie Sullivan ha celebrado su cumpleaños. Han ido todos, incluso Brian Reed. Me da igual.
Draco frunció el ceño y observó aquellas palabras durante un segundo: "Me da igual". Uno no escribía sobre cosas que le daban igual; eso lo sabía muy bien, por eso nunca había llevado un diario.
Siguiente página: otra lista de deberes, y un comentario sobre un libro: es precioso, me ha gustado mucho. A lo mejor a mi me pasa como a ella y cambio de mayor.
Draco puso los ojos en blanco.
-Tú sigue esperando- dijo en voz alta, pero por algún motivo, no le pareció divertido su propio chiste.
El resto de páginas que ojeó contenían exactamente lo mismo: listas de deberes de algo llamado ciencias sociales, matemáticas, inglés. Ni rastro de alusiones a nadie que no fueran su padre y su madre. Ni a compañeros de clase. Draco se preguntó qué tipo de infancia marginal había llevado Granger.
De pronto, apareció entre sus dedos una página profusamente escrita. La caligrafía se había vuelto algo más esbelta, y estaba muy inclinada hacia la derecha, como si hubiera sido escrito con prisas. O con gran emoción.
Querido diario
Vaya, ¿ahora era querido? Draco miró la fecha del encabezamiento. Hermione tenía once años. Sí, ya empezaba a ser una edad en la que necesitas querer algo, aunque sea un diario.
No te vas a creer lo que ha sucedido,
Pues no, observó Draco con cinismo. Es un diario, Granger. Si pudiera creer algo, lo que no se creería es que le hablaras como si fuera una persona.
Ha llegado una carta, con la dirección escrita de una manera extraña: pone hasta la situación de mi habitación! Viene de un sitio llamado Hogwarts. He tenido que mirarlo porque no recordaba como se llamaba .¡Es un colegio de magia! Papá y mamá han dicho que tiene que ser una broma y la han roto, pero la he leído antes de que lo hicieran. La carta decía que tengo poderes y que tengo que asistir a ese colegio! Ya sé que seguramente será una broma, pero…eso explicaría las cosas raras que pasan a veces, como lo de la maceta. Ojalá fuera verdad.
Draco se frotó la barbilla con interés. Nunca se había parado a pensar cómo viviría un muggle su entrada en Hogwarts. Ahora lo sabía. Pasó a la siguiente página, y leyó el resto: la llegada de una segunda carta, la reticencia de sus padres a aceptar lo que ella llamaba "estafa extraña" y finalmente, la aceptación. Un trozo captó su atención.
Sabía que todos estos años tenían que pasar por algo. Ya no soy rara, soy una maga. En Hogwarts nadie será raro, o todo el mundo lo será por igual. Por fin podré dejar el colegio. Tengo muchas ganas de ir a Hogwarts y de tener amigos.
Ooooh, conmovedor, pensó Draco. Se saltó las páginas que hablaban de los preparativos y llegó a una que, aparentemente, había sido escrita durante el primer viaje en tren a Hogwarts.
…ellos también son de primero. Uno lleva gafas y tiene una cicatriz en la frente, parece muy simpático, y me ha dicho que me siente a su lado. El otro es muy pelirrojo, más que el tío Robert, y no me cae tan bien porque parece un poco bruto
Es cierto que se pierde perspicacia con los años, pensó Draco. De pronto, vio algo que le sorprendió.
…era el chico que había visto en el andén al lado de un señor mayor muy guapo de negro, con el pelo rubio muy largo, como una chica, y liso.
-Pero será posible- dijo en voz alta- ¡¿Te parecía guapo mi padre?!- recorrió la página ávidamente en busca de cualquier alusión a él y frunció el ceño- Gracias por no hablar de mí, zorra.
Siguió pasando las páginas con el morro torcido. Le parecía increíble que le hubiera dedicado más palabras a su padre que a él mismo. ¿Acaso no se suponía que había sido su pesadilla durante todos estos años? ¿No se merecía siquiera una mención?
Pero como si la Hermione de entonces le hubiera leído la mente, encontró toda una página dedicada a él más adelante. Draco recordaba ese día. Estaba a punto de empezar segundo, y había ido con su padre a la librería a comprar los libros de texto para el curso.
Querido diario,
Ya tengo los libros de segundo. No puedo esperar a abrirlos, aunque si te digo la verdad estoy tan enfadada que ni he pensado en ellos en todo el camino de vuelta. Resulta que en la Librería nos hemos encontrado a Draco Malfoy con su padre, que se llama Lucius. No sé como pude pensar que era guapo. Su pelo parece que se lo haya chupado una vaca. Es tan estúpido como su padre. Me caen fatal. Le han dicho unas cosas terribles al señor Weasley y me ha puesto triste ver a Ron tan furioso. Me da la sensación de que hay muchas cosas que no sé de este mundo, y de que quizá no es todo tan perfecto como yo pensaba.
-Pues anda que tu arbusto- bufó Draco, ofendido, mientras se tocaba el pelo. Sin embargo, aquello había despertado una interesante cuestión: ¡ella había creído que era guapo! Y también lo había pensado de su padre, claro. Vale que era de cuando tenía doce años, pero estaba clarísimo: donde hubo fuego siempre quedan brasas.
-Estás loca por mí y lo sabes- canturreó, pasando las páginas y leyendo por encima algunos fragmentos sueltos.
A medida que avanzaba, más y más profundo se volvía su ceño Quizá no habían quedado brasas, después de todo. Granger le mencionaba a menudo, pero casi hubiera sido mejor que no lo hubiera hecho. El desprecio que destilaban sus palabras era inaudito; y a cada página que pasaba, los comentarios se volvían más y más agrios, como por ejemplo:
Pero es Malfoy; qué se podría esperar de alguien como él. Nacer rico ha sido sin duda lo mejor que le podía pasar, porque si además de no tener personalidad tampoco tuviera dinero sí que sería terrible.
…lo que verán en él las demás chicas. Es flaco y tan blanquecino que cada vez que le veo pienso en un espárrago. Un espárrago racista.
Hoy en aritmancia me ha tocado sentarme con Crabbe. Ha sido horrible, pero gracias a Dios, no ha sido Malfoy.
Superado por Crabbe. Draco se encogió por el golpe bajo y meneó la cabeza. No podía negarlo, estaba muy sorprendido. Sabía que ella le odiaba, pero sólo ahora se daba cuenta de hasta qué punto no se trataba de una emoción halagadora. No era odio. Era desprecio, y no había nada halagador en ello. De todas las referencias a él, se desprendía la imagen de un tirano elitista, xenófobo y cruel; alguien manipulador, arrogante y cobarde.
¿Era así como ella le veía?
¿Era él así…realmente?
Le llevó unos segundos reconocer la extraña sensación que bajó por su garganta y se instaló en su estómago. No era vergüenza, pero se le parecía. No era tristeza, pero se le parecía. Tampoco era indignación, pero también se le parecía. Si lo había sentido antes, no lo recordaba. Por eso le costó tanto reconocer que se sentía herido.
Sí, era cierto que le había dado motivos para odiarle. Siempre la había ridiculizado, y mentiría si dijera que no había sentido un gran placer al hacerlo. Pero no había igualdad en el odio que Hermione sentía. Le veía, realmente, como un ser inferior. Como alguien digno de lástima. Como un imbécil superficial y simple que sólo vive para repetir como un loro las opiniones de otros.
Y eso, que debería darle igual porque se trataba de Granger, y Granger nunca le había importado, le dolía.
Cree que es demasiado buena para mi. Demasiado superior.
Ahora sí que sentía rabia.
Volvió a bajar la vista hacia el diario con una mueca de disgusto. No debería haber leído nunca las estupideces que Granger escribía. No le iban a servir de nada. No había nada jugoso que airear, ningún detalle embarazoso o comprometedor que usar en su contra.
O puede que sí, se dijo, inexplicablemente helado ante la perspectiva. Se puso a pasar las páginas frenéticamente hasta llegar más o menos hasta donde se suponía que empezaba el cuarto curso en Hogwarts. El curso en que Hermione Granger había ido al baile con el imbécil de Viktor Krum.
Curiosamente, apenas hablaba de él. Sólo mencionaba a Harry. Harry esto, Harry lo otro. Él tampoco salía, excepto en una línea que decía:
Se ha sentado al lado de la alimaña de Malfoy. Me pregunto cuánto tardará en hartarse de él y buscar una mesa con gente normal con la que pueda hablar de algo que no sea matar muggles.
Finalmente, lo encontró, y el corazón se le disparó ante la perspectiva de estar ante algo verdaderamente íntimo y revelador sobre ella. La entrada no tenía fecha y la escritura era sorprendentemente caótica, lo cual traicionaba un estado de ánimo agitado. Ni siquiera había puesto "querido diario".
Ayer por la noche me encontré con Viktor detrás del invernadero. Al principio pasé miedo porque había quebrado el toque de queda para verle, y porque se retrasaba. Pero pronto apareció. Y aunque no es muy guapo, me lo pareció en ese momento. Cuando me cogió para subirme a la escoba con él tuve la misma sensación de nervios que cuando me besó en el baile.
Draco resopló.
Así que la besó.
Sucio búlgaro aprovechado.
Volamos muy alto, mucho rato. Hacía mucho frío, pero como iba abrazada a él, no lo notaba
-Voy a vomitar- musitó Draco, asqueado, pero continuó leyendo:
Entonces bajamos a ese prado que hay al lado del río, donde los tres árboles. Él tenía una manta, y cuando la echó en el suelo y me dijo que nos tumbáramos, me puse un poco nerviosa porque no estaba muy segura de lo iba a pasar, o de lo que tenía que hacer. Entonces,
Draco giró la página, conteniendo el aliento sin darse cuenta…y se encontró con que la siguiente hoja había sido arrancada. ¡Arrancada! Pasó el dedo por el borde irregular de la hoja rota. Allí acababa todo, con aquel"Entonces" y aquella coma, que presagiaba más, mucho más…
…que él nunca sabría.
-No puede ser.- dijo en voz alta. Hizo volar las hojas frenéticamente entre sus dedos, leyendo por encima los siguientes días, buscando algo, una alusión a lo que había sucedido esa noche. Lo que fuera. Pero no encontró ninguna. Por los motivos que fuera, Granger había decidido deshacerse de lo que había escrito ese día nunca había retomado el hilo.
Se sintió tan frustrado que cerró el diario de un manotazo y lo tiró al suelo.
Lo hizo con él. Con Krum, ¡Merlín!
Incapaz de asimilar la terrible realidad estando tumbado, se levantó de un salto y se puso a caminar nerviosamente por la habitación, sintiéndose tan enfadado que sintió deseos de gritar.
¡Con Krum!
¿Cómo había podido?
¡Si ni siquiera había abierto un libro en su vida!
Le parecía atroz que se hubiera abierto de piernas para alguien tan vulgar, tan absolutamente despreciable. Un campeón de quidditch de Durmstrang, ¡por favor! Ella ya sabía que él vivía en otro país, así que era imposible que persiguiera una relación estable con él.
Lo que había querido era follar, eso es, y le había dado igual con quién, porque si no no se explica que le eligiera a él.
El solo pensamiento le ponía enfermo, y darse cuenta de ello todavía lo enfureció más. Se dijo a sí mismo que lo que le molestaba no era que Granger se hubiera tirado a Krum, no. ¿Qué más le daba? ¡Como si le importara! No, lo que le enfurecía es que se fuera tan hipócrita como para ir por ahí, con su camisa abotonada hasta el cuello, mirando por encima del hombro a los estudiantes a los que pillaba metiéndose mano, cuando ella se había abierto de piernas para el primer estudiante de intercambio que le había hecho cuatro fiestas.
Cómo puedes ser tan hipócrita, Granger. Cómo puedes ir con la cabeza tan alta cuando tienes unos requisitos tan cortos. Cuando se lo pusiste tan fácil a Krum que incluso un subnormal como él supo lo que tenía que hacer.
Si se había dejado hacer por Krum, es que no tenía el menor viso de dignidad, pero aún así, caminaba altiva como la virgen inmaculada, más allá de todo reproche.
Apretando los puños fuertemente, se dejó caer de nuevo en la cama y dio vueltas en ella, incapaz de encontrar una postura cómoda.
Un pensamiento comenzó a tomar forma en su interior.
Lo hizo con Krum, pero no lo haría conmigo, oh no. Sería incapaz. Antes volvería a hacerlo con el retrasado búlgaro a permitir que yo le pusiera un dedo encima.
Recordó la expresión horrorizada de su rostro cuando la noche anterior, en el O'Malley, se había acercado a ella borracho. Le había mirado como si estuviera loco, como si no pudiera soportar la perspectiva de que la tocara.
Draco se tapó la cara con las manos y hundió la cabeza en la almohada, como si quisiera asfixiarse.
Se dio cuenta de que eso le dolía. Le escocía como la sal en una herida. Le hacía sentir miserable y despreciado.
Admitirlo le asustó lo indecible. Un pensamiento, lejano pero urgente, se asomó a los confines de su cabeza.
Tengo que salir de aquí.
No sabía cuándo, ni cómo. Pero de algo estaba seguro: era la única manera de cortar de raíz con todo aquello.
Bueno. Se acabó la comedia, ¿eh? Las cosas se están volviendo bastante oscuras para Draco. Y es que incluso en historias con tan poca profundidad como esta, hay un punto en que el tono comienza a volverse serio. Bueno, al menos eso creo yo. Un DracoHermione no puede ser mínimamente interesante sin conflicto emocional, y Draco desde luego está teniendo lo suyo.
Una cosa: es posible que como muchas de vosotras ya me contestasteis a este capítulo- cuando era una nota y no una actualización de la historia-, ahora fanfiction no os deje dejar el review de este capítulo. Si eso sucede, no os preocupéis. Esperaré vuestras opiniones en el siguiente capítulo (de aquí a dos años XD), y cruzaré los dedos porque este os haya gustado.
Gracias de nuevo, chicas. Sois las mejores.
