Antes de ir a comprar mi collar de la Torre Eiffel y ser feliz el resto del mes (?) siento el deber de subir el capítulo~ (si no, se me va a hacer muy tarde e_é) ¡Espero que les guste! :3 y así como digo una cosa, digo otra: Muchas gracias a mis lindas comentaristas, las quiero mucho (L).
Advertencias:... Más agresiones verbales hacia Jeanne :I
Al otro día del incidente, Jeanne despertó dolorida, como era normal. Sentía los vendajes en su herida, llevándose una mano allí a donde la flecha se había clavado, sintiendo la sangre que había traspasado las telas. Sólo unos centímetros más abajo, y la flecha hubiese atravesado su corazón...
La habitación en la que se encontraba era la misma en la que había estado ayer, con una única diferencia: El Reino que se encontraba dormida a un lado de su cama, con los brazos y la cabeza apoyados en ella. Se veía en paz durmiendo, tranquilo... Jeanne no podía evitar amarlo. Era hermoso, una obra divina de Dios, En Francia, ella podía ver Su voluntad divina.. y eso la llenaba de gozo.
–¿Francia? -susurró ella, moviéndolo suavemente, buscando despertarlo. Él no tardó mucho en reaccionar, abriendo sus ojos con pereza.
–Hmm... Jeanne, despertaste...
–¿Cómo están todos? ¿Qué ocurrió ayer? ¿Alejamos a los ingleses? -preguntó, emocionada, sonriendo, pero la mirada baja de él no fue muy alentadora...
–Nos retiramos... -admitió-. Jean dijo que era mejor el retirarnos... Y yo lo acepté... Estábamos perdiendo, y me encontraba muy cansado como para seguir... Mis soldados tenían hambre, y sueño... Sé que prometimos continuar, y por favor no te ofendas con nosotros -la miró, suplicante, pero desvió su mirada al notar el descontento de sus ojos-, pero no podíamos seguir...
Ella no respondió. Corrió las sábanas de la cama, poniéndose de pie, colocándose su armadura. Francia también se enderezó.
–¿Qué haces?
–Iré a despertar a las tropas -contestó, firme-. Debemos acabar lo que comenzamos ayer, ¿vienes conmigo?
Él apretó los puños sobre la cama, respirando hondo. ¿Para qué contradecirla? Pensó, y asintió, dispuesto a seguirla...
Abandonaron la tienda, y la cara de fastidio a Jeanne fue aún mayor al ver a todos dormir sobre el pasto, como si nada más importase. Entendía que estuviesen cansados, y no podía culparlos, pero no podía evitar sentirse molesta porque todos ellos abandonasen el campo de batalla en cuanto ella fue herida.
Estuvo a punto de gritar para despertarlos y animarlos a seguir, cuando una voz se hizo eco en la campo abierto...
–¡Fraaaanciaaa~! -el aludido la reconoció de inmediato como la voz de Inglaterra.- ¡Fraaaancia! -volvió a llamarlo en forma de cántico-. ¡¿Dónde está tu ángel ahora, ah?! -se mofó-, ¡Oh, cierto! ¡La asesinamos! ¡Casi lo olvidaba! ¡Pobre, pobre Francia!... ¡No deberías hacer amistades con brujas!
–No lo escuches... -dijo él a Jeanne, cuyos ojos comenzaban a cristalizarse-. Le gusta molestar...
–¡Seguramente ahora ella esté en el infierno! -esa era una vez diferente, se oía más cruel. Era Clasdas- ¡Revolcándose con el diablo!
Y ante eso, Francia quedó petrificado, mirando atentamente la reacción de Jeanne...
Sólo vio una lágrima recorrer su mejilla, y luego corrió. Corrió hacia la fortaleza inglesa. No dudó en seguirla.
–¡Cobardes, ¡¿por qué no vuelven y pelean como hombres?! -siguió gritando, y el chico de ojos verdes rió.
–¡¿Acaso están rezando para que su brujita regrese de entre los muertos?!
–¡¿Por qué no responden?! ¡¿Es que acaso están ocupados preparando el funeral?! ¡¿O el hambre hace que se coman hasta la carne de la zorra?! -Clasdas rió, como si su chiste hubiese sido el más magnífico jamás contado... pero su risa, y la de su nación, desaparecieron cuando oyeron el grito de una mujer.
–¡Estoy viva! -ambos bajaron su mirada, asustados. Frente al fuerte, con su estandarte clavado en el suelo, y su nación a un costado, Jeanne d'Arc los miraba, con su rostro bañado en lágrimas y sus manos temblando-. ¡Que Dios los perdone por sus blasfemias!... Porque yo no lo haré -su voz se quebró, pero no más lágrimas salieron de sus ojos-. ¡Nunca lo haré! -y, gritando esto, dio media vuelta, volviendo con el ejército.
Francia tardó unos segundos más, disfrutando de la mirada asustada de Clasdas e Inglaterra, a quien le sonrió.
–¡Inglateeerraaa~! -imitó su canto de hacía unos minutos, y el inglés dirigió su mirada hacia él, molesto-. Mi ángel está aquí, conmigo... me gustaría a mi saber dónde está el tuyo.
