La fuerza del Imperio

Capitulo 11

Alcemena se tapó la boca para contener un gemido. Sus ojos veían con asombro el aspecto de Gaius. Tenía el rostro y las manos ennegrecidas, como si hubiese estado revolcándose en hollín, y tenía la túnica cubierta de sangre.

– ¡Debe tratarse de un error!– exclamó horrorizada– ¿Dónde está?

– Con el magus Galeno. No podía traerlo aquí.

Galeno era un curandero loco al que nadie hacía caso.

–¿Cómo lo llevaste hasta allí? La distancia es muy larga– inquirió con un hilo de voz.

Gaius le narró lo sucedido.

– Si te han descubierto…– Alcemena no terminó la frase.

Gaius le hizo un gesto de negación.

– ¡Tengo que ver a Yolao!– Alcemena se colocó el manto sobre los hombros, pero Gaius le hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Piénselo, señora, pueden seguirla. Conocen la gran amistad que os uno con la familia de Yolao… Es mejor que crean que todos están muertos en el interior de la villa. Si algún soldado se percata de que camina por la ciudad, podría dar la voz de alarma.

Gaius tenía razón.

Alcemena tenía el pecho una congoja terrible.– ¿Qué harán con Calíope?

De pronto, unos golpes insistentes en la puerta de acceso a la villa le hicieron dar un respingón. Gaius mostró el terror que sentía.

"¡Lo habían seguido!" Se escucharon pasos apresurados, empujones y órdenes marciales. Era Lucius Quintus con sus dos solados Triciptin y Postumio.

– Busco a la joven Meg hija de Creonte– la voz masculina había sonado prepotente.

Alcemena inspiró fuertemente. Trató de recobrarse de la impresión que había recibido, pero no logró engañar a nadie. Le temblaban demasiado las manos.

– la joven se encuentra descansando– dijo Alcemena inquieta.

Lucius hizo un gesto a los dos guardias que lo acompañaban, y estos acataron la orden de inmediato. Dos sirvientes se interpusieron en su camino y fueron empujados con violencia.

– ¿Qué sucede?– preguntó Alcemena con voz natural – No olvide que se encuentra en el hogar de mi difunto marido Anfitrión, un respeto señor Lucius Quintus.

– Tengo órdenes del prefecto de llevarme a la joven. Ya no es ciudadana romana. Todos sus privilegios de venir aquí en Roma ya no las tiene.

– ¿Y por qué motivo, se le priva de tal derecho, mi general? – insistió con la voz cada vez más temblorosa.

– La familia de senador Yolao ha asesinado a Titus Sempronio y a tres miembros más de esa familia.

Alcemena el estómago se le hizo un nudo. Lo que le había contado Gaius era completamente diferente y supo que el centurión mentía.

– No puede llevarse a Meg. No lo permitiré.

Lucius la miró con insolencia.

– La muchacha será vendida como esclava, igual que su hermana.

Gaius mantenía los ojos bajos.

Alcemena pensó algo rápidamente y al fin dijo:

– La joven hija de Creonte es la esposa de mi hijo Hércules, general de Roma… señor Lucius Quintus, y es un hombre de confianza por el mismísimo emperador Julio César. – por un momento, Lucius vaciló. Sus ojos mostraron la confusión que la información le había provocado–¿ De verdad desea enfrentarse a su furia sacando a su esposa de su hogar?

Lucius no era tan estúpido. Si la muchacha estaba casada con Hércules, no podía perder los privilegios como romana porque entonces pertenecía a la familia de su esposo…

Gaius parpadeó atónito. Era la primera noticia que tenía al respecto.

Por la puerta entraron Triciptin y Postumio llevando a Meg a la fuerza.

La tía de Hércules la seguía de cerca con el corazón en un puño. Ninguna de las dos había oído los golpes en la puerta, ni las voces subidas de tono.

– ¿Qué sucede, Alcemena?– preguntó Meg completamente alarmada.

Lucius tenía que cerciorarse porque podía ser una mentira urdida con el fin de evitar que se la llevaran.

– Tengo que comprobar si es cierto– le dijo Alcemena

Esta le hizo un gesto afirmativo.

– Por supuesto– aceptó la mujer–, le mostraré el consentimiento de el padre de Meg y el de mi hijo, estas quedaron registradas por el juez Pomponio.

Lucius miró al soldado que sujetaba a Meg y le indicó con un gesto que esperara pero que no la soltara. Poco después ambos regresaron, aunque el rostro del oficial era más severo todavía.

– Hablaré con el perfecto sobre este nuevo cambio.– Alcemena asintió con la cabeza– Regresaré.

Los militares abandonaron la villa de forma rápida.

Alcemena se apoyó sobre una columna y soltó el aire poco a poco. Gaius no se había movido del sitio y Meg tenía en los ojos un brillo de confusión.

– Gaius, por favor, tráele a Meg una infusión , lo necesitara…– dijo– Meg querida, siéntate aquí con migo.

Gaius regreso con la infusión.

Meg se preguntaba que pasaba, "¿algo le ha pasado a sus padres, Yolao?"

Alcemena la tomó por los hombros y la abrazó muy fuerte. Los ojos de Meg se iban llenando de lágrimas que trataban de contener porque se temía lo peor.

Alcemena se dirigió hacia el oído de ella y le fue susurrando la desgracia que se había abatido sobre su familia. Meg trató de separarse de ella porque necesitaba respirar, pero Alcemena no se lo permitió.

No obstante, Meg no lloró. Alzó el rostro para mirar a los ojos de Alcemena, inspiró profundamente e instantes después se desmayo. Uno de los criados acompañado por Galena se la llevaron a una de las habitaciones.

– Gaius, envía un mensaje al juez Pomponio para que me reciba de inmediato. Una vez lo hayas hecho, prepáralo todo para emprender un viaje. – Gaius le hizo un gesto apenas perceptible con la cabeza.

– Alcemena, ¿qué sucede?– preguntó Galena cada vez más asustada.

– Muchos problemas, mi querida Galena; por eso trato de ganar tiempo.

Alcemena le pidió que acompañara a Meg hasta que despertara para servirle de apoyo. Galena lo hizo sin dudar un solo instante.

Meg estaba palida y alguna que otra lagrima caía en su bello rostro.

Alcemena regresó mucho después y continuó con la preparación del viaje.

– Gaius– llamó Alcemena mientras esperaba la llegada del médico, para que viera a Meg.– debes ir hasta Gallia y encontrarte con Hércules.

El criado la miró con los ojos atónitos porque era un viaje largo y peligroso.

– Lo haré, señora– le dijo con firmeza– ¿Qué mensaje debo darle?

Alcemena se masajeó el cuello bajo la nuca para aliviar la tensión que sentía.

– El mensaje no será escrito y solo debes transmitírselo a él… Esto mi fil Gaius es muy importante. Si no das con su paradero, regresa.

Cuando Gaius se marcho, Alcemena se dejo caer en la silla. "¡ Hércules hijo mío, ni te imaginas cuánto te necesito!"

– Lo he preparado todo para que marches a Tebas de inmediato– la voz de Alcemena le llegó entre brumas. Apenas era consciente de todo lo que trataba de todo lo que trataba de explicarle–. ¿Entiendes lo que digo, Meg?

Meg sentía el corazón roto.

– Tu padre Creonte sospechaba que Yolao iba a tener muchos problemas, decidió protegerte y te unió en matrimonio con Hércules.– los ojos de Meg se agrandaron–Por ese motivo no han podido llevarte, aunque temo que Lucius logre salir con la suya y consiga…

– No puedo marcharme a Tebas, ¡tengo que ayudar a mi hermana!– exclamo enfadada.

– Escúchame, Meg, se que es difícil pero, necesito que me escuches.– le pidió Alcemena– He podido hablar con el juez Pomponio, que era un gran amigo de mi esposo, para que compre a Calíope. A mí no me lo permitirán porque ahora tú eres parte de mi familia.

– Temo por la vida de mi hermana– confesó entre balbuceos– ¡Tengo que ayudarla! ¡No puedo huir!

– Mírame, Megara.– la orden femenina no admitía discusión. – Juré a tu padre, que os protegería a ambas si algo le ocurría a él o a tu hermano. Conseguiré que tu hermana se reúna contigo en Tebas, vale– Alcemena le tocó el rostro en una caricia de afecto .– Logré salvarte uniéndote en matrimonio a Hércules y dedicaré todas mis fuerzas en salvar a Calíope.

Meg respiro hondo y después de unos minutos, pregunto:

– He… Hércules ¿lo sabe?

Alcemena sabía que tenía que mentir, y lo hizo con un gesto aunque no con palabras.

– He preparado tu marcha a Tebas. Galena te acompañara

– ¿Qué ocurrirá… con mi hogar, el hogar de mis padres y mis hermanos?– pregunto Meg de pronto.

Alcemena inspiró profundamente porque la muchacha comenzaba a aceptar su destino. Hasta ahora, todo había salido bien, pero temía seriamente el comportamiento de su hijo cuando se enterase de su nueva posición.

Yolao desmontó del caballo que jadeaba y espumaba por la boca. Había cabalgado sin descanso hasta el punto de agotar al animal por completo.

Se encontraba débil, al punto del desmayo, porque apenas se había alimentado durante el viaje. El trayecto de Roma hasta Gallia había resultado agotador y muy peligroso, pero él tenía la intención de buscar la ayuda del único hombre en la que podría brindársela: Hércules. Desde la altura en la que se encontraba pudo observar con atención la creciente actividad que había en el campamento. Yolao sopesó la forma más idónea de introducirse en la tienda de Hércules sorteando la extrema vigilancia.

Mientras…

Hércules miró el pliego que le había sido enviado desde Roma. El mismo se le informaba de la muerte de su primo Caesar en el hogar de Creonte. Parpadeo varias veces porque la noticia le resultaba difícil de creer.

"¿Que había pasado, por que la muerte de su primo?" "¿Qué has hecho, Yolao?" Lo mas preocupante de todo era, "¿por qué?"

Dejó el pliego encima de la mesa y se giró un terció sobre sí para mirar la sombra que se cernía sobre él.

Era Yolao…

Su rostro estaba demacrado y ojeroso. Parecía un hombre derrotado.

Yolao dio un paso al frente y, al hacerlo, el dolor de la herida del costado le provocó un gemido.

– ¡Necesito tu ayuda, Hércules!– rogó con el alma en vilo.

El mentón de Hércules se tensó hasta el punto de hacer crujir los dientes.

– Han asesinado a mis padres, Hércules. En mi presencia. Nada pude hacer para ayudarlos, y nada , me tortura más que esa circunstancia.

El silenció de su amigo de la infancia le resulto incómodo, desquiciante.

– Yolao, los informes me dicen todo lo contrario a tus palabras y me advierten que eres un asesino– dijo algo frio. Hércules se encontraba entre la espada y la pared…

– No… Tiberio Lépido y tres familiares suyos mataron a sangre fría a mi padre. Violaron y asesinaron a mi madre y a mi hermana la violaron sin compasión…– Yolao no pudo continuar, el nudo en su garganta se lo impedía.

Hércules se paso una mano por su nuca, inspiró hondo al escuchar las revelaciones. Se sintió profundamente afectado por la muerte de sus amigos. Sin embargo, el prefecto Lavio, el hombre que él consideraba fiel a Roma, no había mencionado nada sobre ello, y se preguntó el motivo…

– Me retuvieron y me apuñalaron– continuó Yolao.

– Yolao…– interrumpió Hércules– ¿Quién mató a mi primo Caesar?

Yolao no pudo responderle lo ignoraba.

– No… no lo sé Hércules, lo siento.– La respuesta era la que esperaba Hércules – Los mataron a todos; incluso lo intentaron con migo, salvo que no lo consiguieron.– Yolao se levantó la túnica y le mostró la herida del costado, que parecía infectada.– Por ese motivo imploro tu ayuda, ¡necesito encontrar a mis hermanas! Y solo confío en ti.

Hércules inspiró abatido, quería ayudar a su amigo pero la duda estaba.

– ¿Mataste a Tiberio Lépido?

El rostro de Yolao palideció todavía mas y comprendió que si pretendía la ayuda de Hércules, tenía que ser completamente sincero con él.

– No lo hice con mis manos, pero pagué a otro para que lo hiciera.

Hércules cerró los ojos con un gran pesar en su ánimo. Había esperado que Yolao negara la pregunta.

– Permíteme que te explique por qué lo hice– se apresuró a decir, aunque era demasiado tarde.

Hércules levanto la mano para detenerlo.

– ¡Hércules! ¡No es lo que imaginas!– trató de defenderse.

– ¡Por los dioses, Yolao!¿Qué piensas que puedo imaginar?– le espetó de forma abrupta– Ibas a ser juzgado por asesinato. Tienes las manos manchadas…¿Cómo pudiste dejarte llevar por la rabia Yolao? Te creía un hombre íntegro– Hércules guardó silencio mientras se frotaba la cara con las manos. Estaba agotado, necesitaba unos minutos para tomar resuello.

– Mi padre– dijo Yolao lentamente– descubrió una conspiración en el senado y Tiberio Lépido tenía un papel relevante en ella.

– Eso no te daba derecho tomarte la leí por tu cuenta.– le recriminó Hércules con voz algo elevada.

– Lo sé…– admitió dolido–, y pagaré por ello. Sin embargo, no me encuentro aquí para rogarte por mi vida, sino para suplicarte que me ayudes a encontrar a mis hermanas.

– Lamento la muerte de tus padres– se condolió Hércules.

Yolao intuyó que no iba ayudarlo – ¿No… no me vas ayudar?– y una ira se apodero de él– ¡Degollaron a mi madre!– La voz de Yolao se desgarró– ¡A mi padre!– continuó–. De haber estado en mis manos, los habría matado a todos sin compasión, pero no fui yo, ¡maldita sea!

Publio Cornelio y Bruto Tarquinio habían escuchado los gritos y corrieron a la tienda de Hércules.

Hércules les hizo un gesto apenas perceptible con la cabeza para que entraran.

– Prendedlo– les dijo a ambos.

Los ojos de Yolao se abrieron con horror.

– ¡Ayúdame, Hércules, ayúdame! Imploro con la voz entrecortada.

– Encerrarlo con los presos galos.

Los dos guardias lo sujetaron y lo arrastraron fuera de la presencia de Hércules, pero Yolao se revolvió.

– No me importa mi vida, Hércules, cóbratela, pero ayuda a mis hermanas, protégelas de Lucius Quintus, o juro que te haré conocer la misma desdicha que yo.

Hércules se giró hacia él, que lo miraba con los ojos llenos de odio.

– Roma no ayuda a los asesinos, ni yo tampoco.

Tras las palabras del general. Yolao comenzó a gritar como un poseso.

Publio y Bruto lo arrastraron fuera de la tienda perdiéndose los gritos desgarradores.

De repente, con infinita rabia, Hércules barrió con un brazo todos los rollos y pergaminos que había encima de la mesa.

"¡Maldito estúpido, le acabas de salvar la vida", se recriminó con dureza. Al encerrarlo con los presos galos y no devolverlo a Roma, le había salvado la vida… " Espero no equivocarme porque algo me dice que todo esto huele mal" pensó.

Los dos guardias regresaron a la tienda. Eran hombres que no hacían preguntas y se limitaban a catar las órdenes.

– Regreso a Roma– dijo Hércules de pronto– Publio, te quedarás a cargo de los hombres hasta que el emperador decida lo contrario. Bruto, registra el senador Yolao con nombre galo y ocúpate de que no difunda la noticia de que se encuentra apresado en Gallia.

Hércules tenia que llegar al fondo de la cuestión.

– ¿Es grave, mi señor?– se decidió a preguntar Publio

Durante un momento Hércules no respondió– Mucho, me temo. El senador Yolao habla de una conspiración en el senado y del asesinato impuesto de dos miembros de su familia.– Ambos guardias tensaron los hombros.

– Aquí todo está controlado, señor– apuntó Bruto

– Marche tranquilo, nos ocuparemos de que todo siga igual– dijo Publio.

Con mas tranquilidad Hércules se fue preparando para partir hacía Roma.

Un capitulo intenso , espero que os guste.

Veremos lo que le espera a Hércules con la nueva noticia del matrimonio :P . Y si podrá averiguar algo de la conspiración…

Un saludo mis queridos lectores.