Capítulo 11

LOS VAQUEROS de Bella se habían secado el lunes por la mañana, así que podían marcharse en cuanto quisieran.

Edward se había puesto un poco nervioso al llegar a su piso el domingo. El lugar no estaba exactamente limpio y ordenado. Y aunque lo hubiera estado, carecía de la calidez y la alegría que tenía la casa de Bella en Los Ángeles.

Mientras ella se duchaba, él aprovechó para acomodar su ropa, lavar los trastos y vaciar los ceniceros. Descubrió dos paquetes de cigarrillos y los mojó en el fregadero antes de tirarlos a la basura. Ni siquiera se le cruzó por la cabeza la posibilidad de fumar mientras ella estaba en la ducha. Al menos, no durante más de dos o tres segundos. Pero esos momentos habían sido un auténtico padecimiento.

Edward se detuvo a mirar a su alrededor, preguntándose qué podía hacer para que el lugar fuese más aceptable a los ojos de Bella. En ese momento, su piso le parecía horrible. Pero no había nada que pudiera hacer con los carteles de ciencia ficción sin enmarcar que colgaban de las paredes, ni con el mobiliario gastado y deslucido, ni con el sofá a cuadros violetas y verdes que parecía que gritar que su propietario carecía de buen gusto. Aunque, al parecer, de lo que Edward carecía era de tiempo para su villa personal, porque nadie podía pasar demasiadas horas en esa sala con aquel espantoso sofá sin volverse loco. Sólo eso bastaba como prueba de que aquel piso era simplemente el lugar al que Edward iba a dormir de tanto en tanto. Pero aquélla no era su casa.

Sin embargo, sus preocupaciones fueron en vano: Bella y él se pasaron todo el domingo en la habitación. O más exactamente, en la cama.

Bella había llamado a su trabajo y a un colega de la escuela para contarles todo lo que había pasado con Jasper y advertirles que se ausentaría de Los Ángeles por varios días. Por tanto, no tenían nada que hacer salvo esperar noticias de Jasper.

El chico llamó varias veces al móvil de Edward. Su última llamada había sido en la mañana del lunes. Les había contado que Alice tenía una cita con un médico de San Diego esa tarde y que concurriría con su padre. Pero el jueves, estarían regresando a Los Ángeles

Por lo demás, y según les había dicho Jasper, el fiscal del distrito quería reunirse con Alice para discutir la posibilidad de que presentara cargos. Ya tenían otra denuncia contra Gary Laress, y el testimonio de Alice podía servir para fortalecer la acusación.

Por supuesto, siempre era complicado y molesto lo que involucraba un caso de ataque sexual. Se tendía a caer en una guerra por desacreditar los testimonios. La reputación, la vida personal y la historia sexual de Alice serían escrutadas por gente que intentaría demostrar que ella había consentido en tener sexo con Gary.

Poco importaría su costilla rota; tratarían de mostrar que también había disfrutado el forcejeo y el maltrato físico.

Las buenas noticias eran que Alice no tenía nada que ocultar. Era, como Edward había señalado, públicamente virgen. Había sido explícita en su decisión de esperar para mantener relaciones sexuales. Y no sólo lo había discutido con otras muchachas sino que también lo había hablado con sus médicos y con su consejero estudiantil.

Porque era una «buena chica» existía la posibilidad de que su testimonio sirviera para condenar a Gary Laress.

De todas maneras, Bella estaba indignada. Después de hablar por teléfono con su hijo, se desahogó.

—Entonces yo podría volver a Los Ángeles, y en una semana, cuando tu licencia se termine y te marches, mientras una noche camino a casa desde el hospital, soy atacada, alguien me empuja a un callejón y me viola...

Sentado en la cama junto a ella, Edward se estremeció.

—No quiero que hables así. ¿Por qué no mejor decimos que no sueles caminar sola de madrugada?

Bella suspiró con exasperación.

-Sólo me estaba poniendo como ejemplo. Pero tienes razón: eso no puede ocurrir porque soy precavida. Si es muy tarde para pedirle a Jasper que me venga a buscar, tomo un taxi.

-Es bueno saberlo.

-Bien, digamos entonces que finalmente acepto cenar con Josh pastk, un neumólogo del hospital... Me invita una vez al mes y siempre lo rechazo -dijo y se rió—. Debe de tenerlo anotado en un calendario, porque es como un reloj: no pasa un mes sin que insista.

—¿Es un médico? —preguntó Edward.

Intentó no sonar celoso, pero falló tan penosamente en su objetivo que Bella se enterneció ante la reacción y lo besó

—No es que tenga algún problema con los médicos —aclaró—. Sólo para seguir con mi razonamiento, digamos que pierdo la razón y acepto a cenar con él. Salimos a cenar y me acompaña a la puerta. Entonces quiere entrar pero yo no lo invito porque es nuestra primera cita y considero que necesito conocerlo más antes de acostarme con él. Pero él es menos perceptivo que una roca y trata de besarme; entonces yo aparto la cara. Intento darle a entender que no habrá sexo entre nosotros esa noche, pero él insiste y me obliga a decirle un categórico «no». Pero Jasper no está en casa, así que me empuja dentro y abusa de mí.

—Ésta es una conversación verdaderamente desagradable.

—Sí, es algo que les ocurre a las mujeres todo el tiempo —afirmó Bella.

Tenía ese gesto severo que Edward comenzaba a reconocer y adorar. Ella quería hablar sobre el tema, así que hablarían sobre el tema. Era difícil imaginar que alguien pudiera obligarla a hacer algo cuando actuaba así, pero Edward sabía muy bien que, a pesar de la actitud ruda, él mismo podía dominarla, incluso con una mano atada a la espalda.

—Le ha ocurrido a Alice —continuó Bella—. Ella dijo que no y Gary dijo: «Mala suerte». Imagina cuánto debe de haber intentado resistirse que tiene una costilla rota. Estas cosas suceden, Edward.

—Más vale que nunca te pase a ti.

Ella volvió a besarlo.

—No te preocupes. Soy precavida. Siempre que salgo con alguien, o llevo mi coche o me aseguro de que Jasper esté en casa a mi vuelta.

—Pero no has sido precavida conmigo —replicó él—. Me has invitado a tu casa sin más...

—No me cambies de tema, por favor. Si algo así me ocurriera, ¿qué pasaría después? Podría ir a la policía y presentar cargos, pero la fiscalía podría no aceptar el caso porque el cerdo del médico que presentaría la defensa desenterraría cosas para ensuciar mi imagen y recordaría el hecho de que no he vivido como una monja durante los últimos años. Y sobre todo, durante estos últimos días.

Lo miró a los ojos, tomó aire y continuó:

-Me he acostado contigo por propia voluntad. Además, tú no eres el único hombre con el que he mantenido una aventura desde que me divorcié. Incluso, encontrarían cosas sobre mi Ex. Y, desde luego, las dos relaciones que tuve antes de casarme, mientras estaba en la universidad. Fueron relaciones muy intensas que duraron algunos meses —explicó—, pero servirían para que los abogados defensores engrosaran mi lista de aventuras. Entonces tratarían de probar que he sido una buscona y que me acostaba con cualquiera. No es justo.

—Tienes razón, no lo es.

—Aunque me hubiera acostado con todos los hombres que he conocido, e incluso en el caso de que fuera una prostituta, un «no» es un «no».

—Tienes toda la razón —respondió él, tragando saliva—. ¿Realmente tuviste relaciones en la universidad que fueron más intensas que lo que hemos compartido en estos días?

Bella sonrió.

—No, me refería a que fueron más prolongadas. No sé qué te ocurrirá a ti, pero las cosas que he hecho contigo no las había hecho con nadie. Quiero decir... creo que en los últimos tres días he hecho más veces el amor que durante todos los años en los que estuve casada.

Edward soltó una carcajada, aliviado.

—Qué bien... Por un momento me has preocupado. Me he sentido como si no lo estuviera haciendo bien o algo así.

—Lo estás haciendo maravillosamente —afirmó con Bella, con una sonrisa—. ¿Y cómo lo estoy haciendo yo, encanto? ¿Estoy consiguiendo evitar que pienses permanentemente en lo mucho que deseas fumar?

—Definitivamente.

Acto seguido, la besó. Ahí estaba otra vez el deseo irrefrenable que le hacía sentir que nunca podría cansarse de ella.

Quizá el pensar en que había una fecha marcando el final de su aventura, el que sólo la tendría hasta que terminara su licencia, serviría para aplacar su necesidad.

Pero Edward no quería que su licencia terminara nunca.

—Salgamos un rato —dijo Bella—. El periódico dice que hay una especie de celebración en un lugar llamado Antiguo San Diego esta tarde. Vayamos, bailemos pegados uno al otro y después regresemos para hacer el amor en el horrible sofá de la sala.

Edward rió.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Necesitas una buena razón para conservarlo —respondió, riendo y simulando bailar—. Necesitas tener un recuerdo erótico asociado a él; así, cuando la gente que te visita se sienta, puedes decir que lo conservas por alguna razón. Y cuando te miren, podrás sonreír y decir: "Mm... sí, sé que es un atentado estético, pero... bueno, realmente me gusta ese viejo sofá".

En aquel instante, sonó el teléfono y Bella levantó el auricular.

—Fábrica de muebles horribles Edward Cullen, ¿en que lo puedo ayudar? —hizo una pausa—. ¿Hola? -Luego, le alcanzó el teléfono a Edward y comentó:

—Creo que se han espantado.

—Cullen —dijo Edward contestando el teléfono. Pero entonces, quien fuera que estuviera al otro lado de la línea, cortó la comunicación.

—Lo siento.

—No es nada —afirmó él—. No te preocupes. Al parecer hay algún problema con las líneas telefónicas. Esto mismo me ocurrió varias veces en tu casa. Atendía y se cortaba. Si fuese alguien de mi trabajo, habría dejado un mensaje. Y Jasper habría llamado a mi móvil. Además, habría reconocido tu voz.

Tras decir eso, la besó y preguntó:

—¿Así que quieres salir?

—¿Te apetece?

—Sí. Antiguo San Diego no está muy lejos. Podríamos ir en mi motocicleta.

Bella abrió los ojos, con sorpresa.

—¿En tu moto? ¿De verdad?

Recordó la inquietud que le había provocado al verla aparcada en la cochera de Edward.

—¿Pero tienes un casco para mí?

—Claro que sí —dijo Edward, mientras se calzaba las botas.

—Prométeme que conducirás despacio.

El sonrió.

—Tus deseos son órdenes.

Edward Cullen no era el mejor bailarín del mundo. Pero lo que le faltaba de estilo y creatividad, le sobraba de entusiasmo. Además, la mayoría de los hombres ni siquiera llegaban a eso: detestaban bailar.

Por otra parte, a Bella le importaba poco que Edward no fuera un as en la pista de baile, siempre que le sonriera del modo en que sonreía en aquel momento.

—¿Quieres algo de beber? Aunque se me ocurre una idea mejor: aquí en la esquina hay una heladería. ¿Te apetece un cucurucho?

Ella dejó que la guiara a través del local.

El lugar estaba lleno. Incluso fuera de la pista de baile, apenas había espacio para caminar. Pero todos estaban sonriendo y disfrutando de la fiesta.

Cuando por fin consiguieron alejarse de los altavoces, Bella dijo:

—Parece que conoces bien el lugar.

Él la miró de reojo.

—Sí, he estado aquí un par de veces.

—¿En serio? —preguntó Bella, arqueando una ceja—. Por alguna razón, nunca habría imaginado que un museo de historia municipal pudiera interesarte.

—Bueno... —respondió Edward, con aparente vergüenza—. Me interesa la historia. Me gusta venir a lugares como éste.

—¿De verdad?

Bella se detuvo para mirarlo sorprendida.

—Es algo estúpido. Lo sé —comentó él.

—No, no lo es, Edward.

—Sé que no es estúpido venir aquí. Quise decir que es estúpido mantenerlo en secreto. Es sólo que... Tengo una reputación entre mis compañeros, ¿sabes? Tatuajes, motos, desfachatez... Estoy haciendo lo imposible por mantenerte al margen de eso...

—Te lo agradezco —aseguró Bella—. Pero no entiendo. ¿Crees que eso se opone al hecho de ser inteligente? ¿Qué no puedes ir a un museo además de a billares, bares y concursos de camisetas mojadas?

El se rió

—No es eso —reflexionó Edward—. La mayoría de los que ingresan a la Marina son endemoniadamente inteligentes Carlisle. Muchos han ido a Harvard o a otras universidades de nivel. De verdad, algunos son brillantes. Incluso lee muchísimo. Siempre me recomienda libros, pero... leo muy despacio El mismo libro que a Carlisle le lleva una semana leer a mí me llevaría dos meses. Y después de llevarlo conmigo todo este tiempo, he comenzado a sentirme... no sé...

—¿Qué, Edward? ¿Has comenzado a sentirte qué? -La miró a los ojos y, en ese instante, Bella supo que tenía en claro cuánto podía confiar en ella.

—Estúpido —respondió él.

Bella sintió que le dolía el corazón. Lo que Edward le había contado era casi más importante que si le hubiera dicho que la amaba. Casi.

—Tendré que esforzarme mucho para llegar a ser jefe, Bella. Carlisle, en cambio, lo consiguió fácilmente. Todo lo que hay que leer y escribir me resulta muy duro.

—¿Tienes dislexia?

—No... —dijo él, con una sonrisa forzada—. Ojalá tuviera esa excusa. Simplemente... soy lento.

—Quizá los seas cuando se trata de leer —concedió—. Pero el resto del tiempo... lo dudo, Edward. Nunca había conocido a nadie que tuviera la velocidad mental que tu tienes; y eso, para mí, es prueba de inteligencia. Te cuesta leer, ¿y qué? Eso no te convierte en un estúpido. Existen otras maneras de aprender. Por ejemplo, venir a lugares como éste y hacer una visita guiada. Así también aprendes historia, pero en lugar de leerla en algún libro viejo y lleno de polvo, la escuchas.

Está vez, él sonrió sinceramente.

—Sí, lo sé. He estado mirando muchos documentales de historia por televisión. Y, a veces, también escucho libros grabados en cassette.

En ese momento, Edward se dio cuenta de que le estaba contando cosas a Bella que nunca le había contado a nadie. Ni siquiera a su mejor amigo, Carlisle.

Para entonces, a Bella ya no sólo le dolía el corazón, sino que tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar.

Mejor así, porque de lo contrario no habría podido evitar decirle que estaba perdidamente enamorada de él y que su amor crecía con cada minuto que pasaban juntos.

En lugar de hablar, lo besó. Quería besarlo con la misma dulzura con la que él la había besado por primera vez en la casa de Kate.

—Si te digo algo, ¿prometes que te seguiré gustando? —susurró él.

—Lo prometo —respondió—. Puedes decirme lo que sea... no me iré a ninguna parte.- La miró fijo con sus enormes ojos verdes.

—Se siente uno muy bien al poder confiar de esta manera. Y esto vale para ti también. Puedes confiarme lo que quieras. Lo que quieras.

Ella asintió.

—Lo sé —afirmó, con una sonrisa—. Pero no tengo secretos.

Bella sabía que eso no era cierto. Estaba enamorada de Edward, pero ése era el único secreto que no iba a compartir con nadie. No todavía. Pero, de pronto, algo vino a su mente y dijo:

—Si de verdad quieres escuchar, hay algo que podría contarte.

—Sólo si confías en mí. -Ella lo hacía, y sin reparos.

—Si me tocara la lotería, tendría un hijo. Iría a un banco de esperma y haría que me inseminaran artificialmente.

Él sonrió.

—Eso no me impresiona ni me sorprende, ¿sabes?

—Bueno, lo siento, lamento ser tan transparente.

—No me refería a eso —replicó Edward—. Es sólo que... quizá he llegado a conocerte tan bien en los últimos días que, de alguna manera, me parece obvio que tú no te gastarías el dinero de la lotería en coches caros, salvo los que comprarías para tu hermana y para mí, desde luego.

Bella rió a carcajadas.

—Entonces, ¿realmente lo harías? ¿Si tuvieras el dinero te convertirías en madre soltera?

—Sí. La adopción de Jasper me permitió apreciar cuánto me gustan los niños y lo mucho que disfrutaría la experiencia de tener a uno en brazos desde el primer segundo de su vida —explicó—. Y en cuanto a ser una madre soltera, la verdad es que lo soy desde hace siete años. Y creo que lo estoy haciendo bien. Aunque parece algo improbable que el príncipe azul vaya a aparecer a esta altura de mi vida, así que...

Edward miró hacia la pista de baile y asintió.

—Sí, supongo que tienes razón.

Sin embargo, en su interior, se maldijo. Se suponía que en ese momento tenía que tomarle la cara, besarla intensamente y decirle que él era su príncipe azul, y que había llegado para quedarse.

A fin de cuentas, ella seguía creyendo en los finales felices de los cuentos de hadas.

Pero no lo hizo.

—Los niños me asustan mortalmente —admitió—. He ayudado a cuidar a Liz y a Shaun desde que nacieron. No me asusta cambiar pañales, no me refiero a eso. Es sólo que... los amas tanto, y...

—Y un día, se mueren en tus brazos —dijo Bella—. Como Ethan, ¿verdad?

—Sí, igual que Ethan. ¿Sabes una cosa? Hace algunos años me uní al programa de hermanos mayores.

Bella soltó una carcajada.

—Corazón, hace diez minutos, eso me habría sorprendido, pero ahora no. O, al menos, eso creo. —¿Qué te llevó a unirte a ellos?

—Era el día de cumpleaños de Ethan y yo me sentía muy mal, así que simplemente, fui y me inscribí —contestó Edward—. Me aceptaron y me asignaron a un Chico: Codyt Anderson. Acostumbraba a traerlo aquí y, después, siempre nos tomábamos un helado. Era... era un gran chico. Realmente me caía bien, era bastante problemático, pero nos llevábamos muy bien. Nos sentimos unidos en poco tiempo. Le gustaba venir aquí. Para cuidar mi secreto, tenía que fingir que la gran atracción era el helado. Pero lo hacía muy bien.

En ese punto del relato, hizo una mueca de pena y continuó:

—Después, su madre se volvió a casar y se mudaron a Seattle, y... se suponía que yo debía llamar a la oficina para que me asignaran a otro chico, pero nunca lo hice. Fue demasiado... —movió la cabeza de un lado a otro—. Sentí que era como tener un nuevo cachorrito después de que el anterior se escapara o algo así.

Bella lo abrazó.

—Lo lamento.

—Yo también lo lamento. No quise decir que las cosas vayan a ser iguales para ti —suspiró—. No sé, Bella. Creo que no serviría para tener hijos.

—Bueno, tienes mucho tiempo para pensarlo.

Edward pensó que ésa no era una respuesta típica. A la mayoría de las mujeres solía desesperarlas la maternidad cuando se acercaban a los cuarenta años. Pero era Bella quien había respondido, y ella era alguien fuera de lo común.

—No lo sé —repitió Edward—. He estado pensando en hacerme una vasectomía, para asegurarme que nunca ocurra.

—Eso es un poco drástico. Tal vez debieras discutirlo con Tanya antes de hacerlo.

Él le sostuvo la mirada en silencio por algunos segundos. Después, miró hacia otra parte y se rió.

—Eres la única persona en el mundo que se atrevería a hablarme de Tanya en esos términos.

—Ella parece muy especial —dijo Bella, con tranquilidad.

Edward asintió.

—Lo es, pero nunca va a dejar a James, así que...

—No lo sabes.

—Sí, lo sé —afirmó Edward—. De hecho, ella cree que él sólo la engañó en dos ocasiones. Y yo diría que fueron unas doscientas. Hablamos sobre ese tema la otra noche, pero no pude decirle la verdad. Yo sólo... ella parecía tan... no sé, esperanzada, supongo, con la posibilidad de que James cambie.

—Tal vez debería decírselo yo.

En cuanto terminó esa frase, Bella pensó que era una estúpida por sugerir algo así. Se preguntó si realmente quería que Edward y Tanya vivieran felices para siempre y enseguida se respondió positivamente. Amaba tanto a Edward que quería que fuera feliz.

—Yo se lo contaré —dijo, convencida—. Hablaré primero con Emmett para ver si conoce a James...

—Lo conoce —interrumpió él—. Pero...

—Le diré a Tanya que fue Emmett quien me lo contó. De esa manera, no podrá culparte a ti. Ya sabes, por lo de matar al mensajero y todo eso... A mi no me importa que se enoje conmigo y me odie mortalmente.

Edward negó con la cabeza.

—No, Bella, no quiero que lo hagas.

—¿Por qué no?

Él la miró a los ojos.

—Mira, ¿por qué no vamos de una vez a buscar ese helado?

—Piénsalo, corazón —insistió ella—. Quizá puedas conseguir lo que de verdad deseas,

—Ahora mismo sólo deseo un helado... y un cigarrillo.

Pero si será gafa Bella, que deje de arrojar a Edward a los brazos de Tanya y le diga de una vez lo que siente, yo no se por que siempre tienen que enredarse la vida con tanto drama y no van directo al grano. Bueno déjenme sus Reviews y nos leemos la próxima semana, besoss