¡Hola a todos! Nuevamente, gracias por sus comentarios. Me alegra saber que aún conservo lectoras a pesar del tiempo que pasé sin actualizar. Ahora tengo tan definido todo lo que quiero que pase en esta historia, que escribir las continuaciones ya no es un problema. Espero que este capítulo les guste.

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Capítulo 10

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Respuestas

Cada segundo el pánico la invadía más. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué hacía en su habitación? Acaso… ¿acaso había sido todo un sueño?

Se paró de un salto y corrió hacia la ventana, abriendo las cortinas violentamente. La luz de la mañana la deslumbró un poco al principio, pero, a medida que su vista se adaptó, comenzó a ver las siluetas de aquellos edificios que tanto conocía. Pisos más debajo de su departamento, los peatones caminaban agitadamente y los autos avanzaban lentamente por la gran cantidad de tráfico como cualquier día de semana. Estaba en Tokio.

Caminó frenéticamente de un lado a otro por la habitación, intentando pensar con claridad. Hacía lo que parecía un segundo estaba en el Sengoku junto a Sesshomaru y Jaken, ¿cómo había llegado a su casa? ¿Estuvo realmente ahí? ¡Tenía que haber estado! Sin embargo, su alma cayó a sus pies cuando repasó todo lo ocurrido allá en su mente. La verdad era que todo parecía bastante irreal. ¿Estaba volviéndose loca?

Se sentó en el piso y se abrazó las rodillas, enterrando su cara en ellas. Todo había sido tan real… ¿Cómo podía su imaginación hacerle una jugada tan sucia? No le parecía justo, ¿es que no había sufrido lo suficiente todos esos años? Recibir un golpe así ahora… No estaba segura de cómo reponerse.

Se paró, desganada, y prácticamente se arrastró hasta el baño. Entró, cerrando la puerta tras de sí con un suspiro y se miró al espejo. Entonces, sus ojos se abrieron como platos de la sorpresa.

Estaba vestida exactamente igual que como había estado en el Sengoku: la ropa igual de sucia y arrugada. Se abalanzó contra el mesón del baño para acercarse más al espejo y se estiró el cuello de la camisa.

Las cicatrices seguían ahí. No había sido un sueño.

Salió del baño como una bala. No debía perder tiempo. Sin siquiera tomarse el tiempo de cambiarse aquella ropa tan sucia, tomó el primer par de zapatos que encontró y se dirigió hacia la puerta de entrada del departamento.

Iría a ver a la bruja.

Abrió la puerta, quedándose estática con lo que encontró tras ella. Misaki la miraba con un puño alzado, como si hubiera estado a punto de tocar la puerta.

—¿Misaki? —No pudo evitar que un poco de exasperación se mezclara junto con la sorpresa en su voz. Realmente quería ir a resolver el problema que tenía entre manos rápido.

—¡Kagome, gracias a Dios…! —Se detuvo a verla mejor—. ¿Qué demonios te pasó?

Sin previo aviso entró como un rayo al departamento y miró a Kagome con los brazos cruzados y pose enfadada.

—¿Tienes idea de lo preocupada que he estado? —Prácticamente gritó—. ¿Dónde has estado? ¿Por qué estás así? No te habrá… no te habrá pasado nada malo, ¿verdad? ¡Te ves terrible!

Kagome nunca creyó que realmente extrañaría el parloteo de Misaki. No estaba segura de si lo hizo para callarla o por que la extrañó, pero le dio un fuerte abrazo a su amiga.

—Estoy bien, tranquila.

—¡Claro que no! —lloriqueó en su oído—. ¡Te ves horrible!

A pesar de todo, Kagome rió.

—Gracias, siempre es bueno que te digan eso. —Soltó con ironía.

—¡No te rías! —Misaki se separó un poco para mirarla a la cara—. He estado muy, muy preocupada. Ni siquiera me contestabas el teléfono, tonta.

Misaki hablaba con un tono tan infantil, que era difícil muchas veces tomarla en serio, pero hizo un esfuerzo esta vez, sabiendo que la preocupación de su amiga era real. Si por ella fuera, le habría dicho que estaba ocupada y que ahora mismo tenía que salir, pero decidió que, a pesar de la desesperación interior que sentía en el momento y de que realmente no tenía cabeza para pensar en las preocupaciones de Misaki, le dedicaría un momento.

Se movió hacia la cocina, esperando que su amiga la siguiera, y así hizo.

—He estado enferma —mintió—. Me sentía tan mal que tiré el celular a un rincón y no lo vi en todo este tiempo.

Rebuscó entre las alacenas unas tazas, sintiéndose repentinamente torpe dentro de su propia cocina, hasta encontrar unas y poner a hervir agua para preparar té. Sinceramente, no estaba de ánimo para beber nada, mucho menos para hablar con alguien, pero la situación era más fuerte que ella en ese momento.

Misaki se sentó en un pequeño taburete en una esquina de la cocina, observando detenidamente a Kagome.

La joven azabache no quiso siquiera imaginarse lo que debería parecer a los ojos de ella: toda sucia y con la ropa tan arrugada. Tampoco se le ocurría una justificación coherente. Ya que Misaki no le preguntaba nada al respecto, decidió ignorar ese asunto.

Un extraño silencio se instaló en el departamento. Ninguna se atrevía a decir nada. Finalmente, Misaki rompió el silencio.

—Vine ayer también —comentó como quien no quiere la cosa—. Tampoco estabas.

En pocas palabras, acababa de dejar en evidencia la mentira. Misaki sabía que Kagome no había estado enferma, sabía que algo le ocultaba y que le estaba mintiendo. Lo que no se imaginó era el sentido que estaban tomando los pensamientos de su amiga.

—¿Estás… teniendo algún problema de algún tipo?

Kagome alzó una ceja, mirando fijamente a Misaki. ¿Algún problema? El tono de su pregunta era sospechoso, como si insinuara algo.

—¿Qué quieres decir?

Misaki se paró del taburete y se acercó a Kagome, tomándole ambas manos a modo de consuelo.

—Ya no tienes que mentirme más, Kag. Ya sé lo que pasa.

Un escalofrío recorrió a la azabache de arriba abajo y sus ojos se abrieron con sorpresa. Aquello no podía ser bueno.

—¿Lo sabes? —preguntó en apenas un susurro.

—¡Pues, claro! No puedes engañarme a mí. —Hizo una pausa, como dudando si soltarlo todo o no—. Estás saliendo con alguien.

Kagome casi se cae de espaldas al escuchar eso. Un sonido de incredulidad se escapó de sus labios, pero eso no detuvo a Misaki de seguir explicando su teoría.

—¡Por eso nunca aceptabas las citas que te ofrecía! ¿Por qué nunca me lo dijiste? Por eso desapareces misteriosamente, ¡y por eso estás tan sucia! Seguramente salieron anoche y quién sabe qué anduvieron haciendo entre unos matorrales. Pero, bueno, ya te descubrí. ¿No andará él por aquí, cierto? —comentó, mirando hacia el pasillo que daba a las habitaciones.

Con cada palabra que salía de la boca de Misaki, Kagome sólo quería más y más que la tierra se abriera y la tragara. ¿Cómo demonios podía tener una imaginación tan loca? Ahora no sólo tenía un supuesto novio misterioso, sino que al parecer también tenía sexo salvaje con él entre matorrales como si no existieran las camas. ¿Qué demonios…?

—Espera un momento, Misaki…

Entonces se detuvo de golpe. Si le decía a Misaki que aquello era mentira, entonces tendría que darle otra explicación, la cual, lamentablemente, no tenía. Prefería que su amiga creyera esa estupidez antes que contarle la realidad. Quería muchísimo a su amiga, pero era una parlanchina sin remedio. Si llegara a saber algo, corría el riesgo de que la historia se regara, ya fuera porque creía que era una locura o porque creería todo y le parecería algo genial.

Apretó los labios y esbozó una sonrisa.

—¿Cómo lo supiste? Es cierto… ¡excepto lo de los matorrales! —agregó rápidamente—. Dios, ¿qué pasa por tu mente? —murmuró más para sí que otra cosa.

La sonrisa en respuesta de Misaki fue radiante.

—¡Lo sabía! —Juntó ambas manos, complacida. Entonces arrugo el ceño al ver la ropa de Kagome—. Pero, entonces, ¿cómo es que…?

Oh, por Kami-sama… Kagome le agradeció a todo lo conocido en ese momento, en que el celular de Misaki sonó, impidiéndole terminar lo que estaba diciendo. Luego de una breve conversación, la castaña cortó.

—Debo irme, Kag, iré a almorzar con mi novio —Le dio un abrazo a la joven azabache—. Deberíamos hacer una cita doble algún día. Nos vemos luego.

Y así de rápido como entró, se fue. Kagome no tuvo tiempo ni de responder. Se quedó como tonta mirando la puerta, hasta que el agua en la tetera hirvió, lanzando su típico sonido chirriante, haciéndola reaccionar.

Misaki se había ido, lo que significaba que debía continuar lo que había estado a punto de hacer antes de encontrarse con ella. Iría a la casa de la bruja. Sin embargo, la visita de Misaki le había servido para calmarse un poco, ahora pensaba con un poco más de claridad y coherencia. Volvió a su habitación, tomó una muy necesaria ducha y se cambió de ropa, optando por algo cómodo esta vez: unas calzas negras, una fina blusa verde ajustada en la cintura y lo suficientemente larga para taparle el trasero, y unas balerinas negras. Luego de la falta y la camisa que tenía puestas antes, no podía sentirse más cómoda y libre con el nuevo conjunto.

Una vez limpia y presentable, no perdió más tiempo y salió. Nuevamente maldijo el no tener auto, pero tuvo la suerte de que un taxi paró casi inmediatamente junto a ella.

Unos minutos más tarde, ya estaba adentrándose en aquél barrio de bajos recursos en el que la bruja vivía. Identificaba perfectamente el camino, por lo que supo inmediatamente cuando llegaron al lugar donde estaba la casa de la bruja. Sin embargo, se llevó una gran sorpresa al llegar.

Se bajó del auto, sin poder creerlo. No le cabía duda, aquél era el lugar donde se encontraba la casa, pero… ahora no había nada. No quedaba más que un pequeño lote vacío.

—No puede ser… —susurró.

Se subió al taxi nuevamente, entrando en pánico. Sin la bruja, ¿cómo iba a encontrar una solución? Casi le gritó una nueva dirección al taxista, que la miró con expresión extrañada. No lo culpaba, ya que acababa de pedirle que la llevara desde allí —un barrio probablemente de los más pobres de la ciudad— a el vecindario más aventajado de esta.

Alguien tenía que darle respuestas, y si no era la bruja, sabía de otra persona que podía saber algo.

Iría a ver a Sesshomaru.

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Bueno, no es un capítulo de grandes revelaciones, pero creo que, después de la cantidad de información con la que los he cargado en los últimos capítulos, era necesario uno algo más ligero para darle continuidad a la historia. Espero que les haya gustado y que les haya entretenido leerlo tanto como a mi escribirlo. Saludos y nos leemos en la próxima.