Como cada mañana, Ludwig se dirigió hasta el túnel tras desayunar con los tres hermanos italianos, pero esta vez con la compañía de su hermano mayor, Gilbert. Hoy también tenía día libre, que coincidía con el de su hermano mayor, por eso se lo llevó con él para ayudar en la excavación. Como era de esperar, todos los judíos se sorprendieron al ver a alguien más con ellos para cooperar pero sorprendentemente, creyeron en las palabras de Ludwig la primera vez que les relató la situación, que fueron bastante largas y detalladas, como siempre que les daba una charla importante. Tras la explicación, todos se pusieron manos a la obra muy animados por lo poco que les quedaba mientras que Gilbert, el cual se turnaba con Ludwig, se quedaba vigilando en una esquina por si venía alguien.

A media mañana, el túnel ya llegaba hasta el otro lado de la valla, pero sólo podía salir una persona y muy difícilmente debido a lo estrecha que era la salida, así que continuaron cavando haciéndolo más ancho para que al menos, pudieran salir dos personas a la vez.

Llegaron la una del mediodía y el turno matutino acabó para todos, incluido para los hermanos y Ludwig lo respetó, aunque era algo extraño que no se quedara trabajando de más, aunque parecía que esta vez se fiaba por el poco trabajo que quedaba por hacer. Tras una dura y exhausta mañana, los dos hermanos volvieron a su habitación.

-Esto de cavar y vigilar es una lata…- dijo el mayor estirando los brazos algo exhausto de camino adentro del edificio. –Menos mal que ya queda poco para acabar con el túnel.- intentó animarse a sí mismo.

-Pues que conste que yo hice más que tú hace unos días.- le replicó Ludwig cargado de razón mientras cerraba los ojos y se cruzaba de brazos. –Recuerdo que apenas me podía mover y estaba muy mareado, con heridas en las manos, y no sé cómo pude…- se giró mirando a su lado, pero Gilbert no estaba. Miró por los alrededores y vio cómo corría hasta la zona donde se encontraban las mujeres. Fue con él vigilando que no los viera nadie de hablar con una de ellas.

-¡Elizabetha!- se agarró a las vallas entrelazando los dedos con los cables de le alambre mientras miraba a una mujer de espaldas y larga melena castaña, rodeada de niños.

-¿Sí?- se giró llena de miedo por temor a que algún soldado fuera a maltratarla delante de los demás por haber hecho algo malo sin saber el qué, pero estos pensamientos cambiaron cuando vio al joven de cabellos grisáceos y ojos rojizos como un rubí. -¿Gilbert Beilschmidt?- forzó la vista mientras se acercaba a él, alejándose de los pequeños.

-¡El mismo!- dijo eufórico. La joven se acercó a él con algunas lágrimas en los ojos tras tanto tiempo sin verlo y él se las limpió pasando los dedos por dentro de los finos cilindros férreos. –Te he echado mucho de menos.- le sonrió.

-Yo también…- dijo entre sollozos. –Dijiste que siempre ibas a estar conmigo…- replicó aún con lágrimas.

-Elizabetha, lo siento, ya sabes que mi entrenamiento en Hungría fue corto y debía marcharme, pero siempre te he llevado dentro de mi corazón.- le sonrió dulcemente mientras le acariciaba los labios. -¿Qué haces tú aquí? No deberías estar entre estas vallas.-

-Tras irte, mi odio se concentró en el ejército, la razón de nuestra separación. No es que antes me gustara, siempre he odiado las guerras y más aún desde la muerte de mi difunto marido, pero esa vez el odio me influyó bastante. Unas semanas después de marcharte, me uní a la Resistencia para recaudar información, pero un día descubrieron nuestro escondrijo y nos invadieron. Mataron a la mayoría de los miembros. pero a mí me dejaron con vida, no sé por qué. Me torturaron como a los demás supervivientes de la Resistencia húngara.- le enseñó unas magulladuras y moratones que tenía por los brazos, piernas y cuello. –Aunque supongo que tú ahora también me odiarás.- bajó la cabeza y se quedó mirando al suelo mientras sonreía temiéndose lo peor.

-No digas eso ni en broma, yo siempre te amaré.- hizo que alzara el rostro. –Mi hermano y yo estamos cavando un túnel para salir de aquí, y vamos a pegarle fuego a esto.- le dijo en voz baja.

-¿Qué?- se sorprendió bastante mientras miraba al rubio que lo acompañaba.

-Gilbert, debemos irnos.- dijo Ludwig nervioso viendo como unas sombras se acercaban a ellos.

-Ahora no puedo contártelo, ¿de acuerdo?- Ludwig lo cogió del hombro y se lo llevó a la fuerza. –Nos vemos esta tarde. Te amaré por siempre.- le lanzó un beso mientras su hermano menor lo arrastraba para llevárselo adentro.

-¿Quién era esa mujer?- le preguntó Ludwig extrañado cuando entraron adentro y se dirigían al comedor.

-Elizabetha Héderváry, la conocí cuando fui una temporada a Hungría por motivos de entrenamiento. Recuerdo que regentaba una posada en la que me hospedé durante esa época. Congeniamos bastante bien y nos hicimos buenos amigos, pero esa amistad se convirtió en amor con el tiempo, a pesar de que ella lo negaba. Tenía bastante dinero que heredó de su marido, un noble austríaco que pereció en la guerra años antes de conocerla, así que decidió mudarse a su país natal y empezar una nueva vida. El día que nos separamos lo pasé muy mal y, como te habrás dado cuenta, cuando la conocí aún era Gilbert, y no Christoph.-

-Me alegro de que os halláis podido reencontrar.- sonrió levemente. –Espero que cuando salgamos de aquí podáis vivir juntos de nuevo y empezar una relación más formal y calmada.-

-Gracias, Lud.- rió y le acarició la cabeza despeinándolo. –¡Lo mismo digo contigo, Feliciano y los renacuajos!–

El rubio se sonrojó sin decir nada y fue a por la comida que, junto a la de su hermano, habría más y podían saciar más el hambre de los hambrientos niños y de su amor italiano.

-¿Ludwig?- dijo el italiano incorporándose en la cama. Los niños dejaron de hablar y se asomaron aún echados en la cama.

Nada más entrar los dos, se quitó los símbolos y cerró la puerta con llave, como de costumbre. También le obligó a su hermano a quitarse la esvástica y la cruz de hierro.-Sí, ya estoy aquí.- se agachó frente a la cama y le agarró la mano tras dejar la comida sobre el escritorio. Le acarició la mejilla mientras él le sonreía.

-¿Qué tal os ha ido?- besó su mano.

-Ya lo hemos acabado, sólo nos queda ensancharlo. Esta noche de madrugada saldremos de aquí.-

-Por una parte me alegro, pero por la otra…- la soltó.

-Feliciano, te juro que no me ocurrirá nada.- volvió a agarrar su mano fuertemente. –Además, si algo me pasara, estoy seguro de que Gilbert os ayudaría.-

-Eh, eso ni se duda.- se acercó. –No puedo abandonar a la pareja de mi hermano a su suerte, y menos en ese estado y con dos niños pequeños, pero seguro que eso no llega a ocurrir, porque no le ocurrirá nada a Lud, ¿verdad?- Su hermano menor no le dijo nada.

A Feliciano le empezaron a caer algunas lágrimas pensando en lo que podría ocurrir. –B-Bueno, cambiemos de tema.- dijo sonriente mientras se limpiaba las lágrimas.

-Hey, ¿sabéis que he encontrado a una amiga?- dijo alegremente Gilbert.

-¿Sí?- respondió Feliciano contento. –Eso es fantástico, ¿sois pareja?-

-¿Q-Qué?- se sonrojó. –Sólo es una vieja amiga…-

-Es mentira.- intervino el rubio. –Me ha dicho que su amistad se convirtió en algo más. Además, está rojo como un tomate y se ha puesto eufórico nada más verla.-

-¡Lo mismo digo de vosotros dos!- replicó molesto.

-¡Yo acepto que soy su pareja!- bajó el tono señalando a Feliciano. –No grites tanto, que sospecharán.-

Feliciano se sonrojó pero no dijo nada. Caterina rió en voz baja mientras los miraba a los dos y Bertram le decía que se callara.