XI

Obsesión

Despertó de su letargo. No recordaba en qué momento se había quedado dormido, mucho menos cuándo volvió a su habitación. Se deshizo del nudo de sábanas que aprisionaban su cuerpo con un desliz de sus piernas. Su cabeza daba vueltas, se sentía mareado sin siquiera saber la razón. La dicha lo embargaba y no era por otra razón que por amor. Sentía cómo las olas los mecían suavemente, cómo la madera crujía con el paso tosco de los hombres impacientes; pero nada le inmutaba.

Ella le recordaba a una tormenta, tempestiva, improbable, bravía. Intentaba pensar en algo más, pero sea lo que fuere que se atravesaba por su pensamiento era eclipsado por su figura instantáneamente. Añoraba tenerla entre sus brazos una vez más, poder sentirla y abrazarse a su cuerpo firmemente para no dejarla ir. Sí, la deseaba más que nada. Desfilaban frente a sus ojos los gestos de su rostro y el lenguaje mudo con que se comunicaba con él; entre el toma daca, la confusión había tomado parte de ella, pero sólo necesitó de un beso para liberar sus matices. Sus desenfrenados roces y sus caricias arrebatadas, aún las sentía en su piel. No había querido dejarla ir, pero tampoco podía retenerla.

Maldito español. Mil veces maldito. Tantas veces había buscado venganza; ahora sin desearlo se le presentaba ante sí, desnuda y sugerente. Se las pagaría caro, porque esta vez... Esta vez, iba a ser diferente. El amargo sabor de la ira en su garganta le hizo arrepentirse de mezclar ambos pensamientos. Sin embargo, no podía evitarlo. Las miradas que le dedicaba no tenían comparación, el misterio contorneando su silueta.

—Está mal—reflexionó en voz alta. Fijó la mirada hacia arriba quizá buscando algo de cordura, deseando estar afuera bajo el firmamento aspirando el aroma de los abetos impregnado a la vez con la pantanosa humedad de los lagos frente a su casa, pero su campo de visión se vio bloqueado por el techo conformado por nada más que tablas, húmedas, correosas y llenas de moho. Definitivamente debía llevarlo a la Marina Real cuando regresara a casa. El problema era querer regresar—. No es mi problema. Si ella no hubiera querido, no se habría atrevido a venir. Pero... vino. ¿Es acaso mi culpa?

— ¿Hablando solo capitán, no se estará volviendo loco?

—Cállate, chico—espetó, aún despatarrado en la cama—. Me ayuda a reflexionar.

—Y vaya que debe hacerlo—dijo taimado—. No pudimos dormir anoche.

—Así que por eso estaban tan irritables. —De los labios de Arthur salió un sonora carcajada—. Pues lo siento tanto, mi querido maese.

—No es lo único—indicó el muchacho de color—: los hombres comienzan a hartarse de este puerto casi tanto como yo.

—Pues qué lastima—sopesó falsamente el inglés—. Nos quedaremos aquí tanto como me plazca. Y me place mucho. Díselo a los hombres.

—Con sus exactas palabras.

—Con mis exactas palabras—repitió Arthur con suficiencia.

El muchacho dio una vuelta agresiva, con sus pasos resonando en el suelo abrió la puerta y la cerró con mayor violencia aún. El ex-capitán tomó una almohada y la lanzó contra la pieza de madera como un niño emberrinchado.

—No me interesa lo que digan, la veré de nuevo—expresó empecinado. Tocaron a su puerta—. What the bloody hell you want now?!

—Adivina quién ha venido—susurró Connor detrás de la puerta.

— ¿El perro faldero del spaniard?—inquirió.

—No—apuntó el chico—, el perro faldero del perro faldero... ¿Vas a salir?

— ¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Claro que voy a salir!—señaló levantándose y poniendo sobre sus hombros la levita negra abrió la puerta, ahí estada el muchacho esperándole—. Acaso quieres que nos echen a patadas.

—De hecho sí—admitió.

—Ya, vamos...

Subieron a toda prisa a la cubierta. Sus hombres parecían inquietos ante la presencia imponente de los dos soldados, que sin bien no parecían ser la gran cosa, un vistazo a la armadura bastaba para intimidar a cualquiera. Arthur intentó hacer notar soltura y despreocupación, aunque por dentro le estuviera carcomiendo la ansiedad por no haber podido evitar pensar que tal vez hubieran visto a María entrar a su barco.

— ¡Caballeros!—exclamó casi con alegría—. Qué dicha verlos aquí. ¿No es lindo el día?—González entornó los ojos. Se parecía tanto a su tío que el parentesco era indudable; sin embargo, el muchacho parecía más tosco y adusto en comparación a lo que pobre capitán Alborán pudo o podría ser, la mandíbula cuadrada del menor se hallaba rígida por la presión y su cabeza se encontraba en un ángulo que denotaba superioridad. El rubio rió a sus interiores—. Acompáñenme a mi camarote.

—Quédate—indicó Joaquín al soldado que lo acompañaba.

—Connor—señaló Kirkland—, acompaña al chico, no vaya a ser que se caiga por la borda. —González bufó, pero aún así siguió a Arthur hacia abajo—. ¿No le interesaría, soldado, que le muestre todo el barco antes de comenzar nuestro asunto?

—En lo absoluto—siseó—. Pero confío en que las tienes en excelentes condiciones. Si no te importa sólo quisiera ver el lugar en que guardas tu mercancía.

—Por supuesto, por aquí—dijo tendiendo la mano hacia el frente para indicar el camino.

No tardaron mucho en estar en el enorme y vasto compartimiento que fungía de almacén. El joven soldado escrutaba sin mesura por doquier, queriendo encontrar cualquier anomalía que fuera suficiente para poder vetarlos de ahí. Los fragantes olores a nuez moscada y especias danzaban dentro de su nariz, raspando su garganta y nublando sus sentidos con inmensidad de aromas, en ocasiones dulzón y en otras salobre. El cabo no pudo soportar por mucho tiempo la colección caótica que le pretendía asfixiar y salió disparado del lugar.

— ¿Qué, soldado?—preguntó avanzando en dirección hacia el camarote, mientras el hombre lo seguía—. Por lo visto no ha...

— ¿Dónde guarda su otra mercancía?—cuestionó intentando cambiar el curso de la conversación.

—Ah, la otra mercancía. ¿Dónde más?—inquirió—. Descargo mercancía y vuelvo a cargar. Así es el trabajo de un simple comerciante.

Llegados al lugar, Arthur procedió a abrir la puerta.

—Disculpe el desastre—dijo—. Un hombre de mar no puede permitirse muchos lujos...

—Parece como si alguien hubiese tenido una pelea en este lugar. —El soldado dirigía su mirada en toda dirección, juzgando la mínima posición de cada objeto dentro de la habitación.

—Ya sabe cómo es para un hombre vivir completamente solo—manifestó, hiriendo imperceptiblemente el orgullo del soldado—, la limpieza no es una de nuestras prioridades, ¿cierto?

—No he venido a hacer tertulia, Kirkland—expresó el joven soldado—; llevas ya demasiado tiempo en el puerto. Quiero averiguar el porqué. Es muy sospechoso, incluso para ti.

— ¿Sospechoso?—cuestionó—. ¿Qué tiene de sospechoso que esté disfrutando tanto mi estadía? Estoy seguro que ustedes harían lo mismo si estuvieran en mi lugar.

—No—indicó.

—Tal parece que no me comprende; hay algo en el puerto que le sienta muy bien a nuestros huesos llenos de sal...

—Hablas como un anciano.

—Esa es la tragedia del mar. Nos hace envejecer antes de tiempo. Pero no es nuestra culpa que su puerto se presente tan favorable para nosotros, siendo el elixir que necesitamos; tal vez es el clima, no lo sé.

—Si hay tal elixir, no creo que esté hablando estrictamente del clima, comerciante.

— ¿Y quién lo hace en estos días?—preguntó ufano—. ¿Ha venido a preguntar sólo de mis relaciones con el puerto u otra cosa se le ha de ofrecer?

—Sí, tiempo de estadía.

—Eso sí que es difícil—admitió con sorna.

—Dándose el caso entonces deberá aumentar su tributo—señaló.

—No hay problema—respondió—. Servirá para romper la rutina. Además, uno nunca sabe qué se puede encontrar por estos puertos.

—No, nunca se sabe—indicó acentuando las últimas palabras de manera misteriosa.

— ¿Otra cosa?—inquirió Arthur con enfado.

—Me temo que no.

—Sabe el camino—manifestó.

Con una mirada poco grata el soldado dio media vuelta dando la espalda al inglés y con pasos remarcados abandonó la habitación. Un resoplido casi animal fue emitido por los labios del sajón y girando su cabeza para deshacer la tensión que se había apiñado en su cuello se lanzó hacia la cama.

Inspiró y cerró sus ojos.

Bajo el velo de sus párpados las siluetas se perfilaban tomando las formas de sus recuerdos, las luces y las sombras parecían mimetizarse con un solo color; parecía como si los mares que inundaban su subconsciencia hubiesen robado el iris de sus ojos. Los mirlos de su infancia henchían su pecho aspirando hondamente el aire insuflado por su cintura. Todo el peso que habían soportado sus hombros se había alejado, lejos, muy lejos de él. La soledad se esfumaba como humo de tabaco en el entorno, una vida sumida en suplicio, tan tortuoso, tan continuo. En ese paraíso sin tiempo, el dorado de su mirada se convirtió en la inmensa negrura de su cabello; su mente excitada había desplazado el brillo de su sonrisa hacia el lecho superior que emulaba al cielo. Por primera vez, atrevió a abrir los ojos.

Desorientado levantó su cabeza. Era de noche. Su imaginación había comprimido el tiempo de espera hasta volverlo no más que unos segundos. La luna se alzaba en lo alto, la inclinación de las sombras la delataban. Qué no haría por tener un reloj en ese momento. Asomó el rostro a través del ventanal, de nuevo, el astro en la cúspide celeste le mostraba el camino; no podría saberlo con certeza, pero al menos sabía que era tarde.

Llevó su mirada hacia el suelo por alguna razón. Como teniendo una revelación con pasos decisivos se dirigió hacia su escritorio, tomó un par de monedas y salió de la habitación sin siquiera molestarse en cerrar la puerta de nuevo. Al salir a cubierta se topó directo con el ceño fruncido de Connor.

— ¿Disfrutaste tu siesta?—cuestionó sardónico, pero Arthur lo hizo a un lado—. What the bloody hell is wrong with you?

Al no recibir respuesta, el muchacho alzó los brazos hacia el cielo. El inglés volvió la vista y pudo ver cómo el joven giraba en redondo y gritaba a uno de los centinelas. Sin mayor tardanza atravesó la marina entera, sorteando uno que otro soldado, tropezando una que otra vez con algún transeúnte desbalagado. Corrió hacia la caballeriza más cercana, el cuidador, un anciano petiso y malhumorado, quizá con algunas copas de sobra, con los ojos cerrados, visiblemente más dormido que despierto, se arrebujó en su deslavado gabán.

—No molestes—gruñó

—Quiero un caballo—manifestó Arthur con firmeza.

—No se puede.

—Lo necesito—insistió.

—No es posible, por ahora no—señaló—, vuelva por la mañana.

—Tengo con qué pagar.

El interés se deslizó por el único ojo abierto del hombre. Se medio enderezó y terminó por abrir su otro párpado. Una sonrisa zorruna atravesó su rostro surcado de arrugas ennegrecidas por la suciedad. Un tanto enfadado, el británico sacó un par de monedas y las lanzó a las manos del viejo. Éste presto se levantó y abrió la puerta del establo.

—El más rápido que tenga.

— ¿Cómo sé que regresará?—inquirió, deteniéndose frente a la cuadra de un inmenso caballo.

—Regresaré.

—Es extranjero, ¿cómo sé que no está huyendo?

—Porque no estoy huyendo—repuso—. Hace demasiadas preguntas.

—Y los soldados tienen un oído muy atento.

—Bien, ¿con esto es suficiente? —espetó entregando otra moneda al hombre.

Por toda respuesta, abrió la puerta del animal y comenzó a ensillar lo más rápido que pudo. Cuando el caballo estuvo listo, Arthur subió con destreza. Azuzando a la criatura salió disparado del establo y comenzó la carrera. Se adentró en la garganta oscura de la selva; de no haber sido por los rayos mortecinos que se colaban por los árboles de seguro se hubiera estampado contra algo en el camino.

El paso a la hacienda estaba completamente cerrado, vistas desde abajo parecían impenetrables. Claro, parecían. Avanzó más adelante; justo donde ella le había dicho estaba la abertura, con extremo cuidado cruzó al caballo y lo guió de nuevo hacia la vegetación. Por entre la penumbra atravesó la distancia de terreno hasta el establo. Se refugió bajo la sombra del edificio antes de poder apearse del animal; amarró su brida a una de las tablas que salían de la estructura; atisbó el panorama antes de poder avanzar.

Unas cuantas almas aún pululaban en la oscuridad; siempre al ras de la pared avanzó hasta poder observar la puerta de entrada. En ese momento escuchó voces femeninas; las siguió. Dos jóvenes vivarachas avanzaron al interior, y cuando abrieron la puerta supo que era su oportunidad.

Mi señora, ya está lista su habitación—indicó una mujer en la lejanía.

Gracias, en un momento subo—respondió una voz conocida, entonces el inglés supo su rumbo. Deslizando su cuerpo con el menor ruido posible, se dirigió hacia las escaleras.

— ¿Crees que el señor esté bien?—cuestionó una mujer mayor. Sobresaltado, Arthur pegó su cuerpo contra la esquina de una pared, ocultándose de la vista de las mujeres.

—No lo sé, Jacinta—respondió a su vez una joven—. Pero, oiga, si o no la niña andaba rara.

—Mucho, a la mejor y es porque extraña a su padre—indicó.

— ¿Y no se ha sabido nada del Don-ese?

—N'ombre ni lo quiera el Cielo, que el capitán se pone como fiera.

Poco a poco, ambas mujeres se fueron alejando hasta que se perdieron sus palabras. Con un poco más de confianza, Arthur subió las escaleras. Escuchó pasos, y pudo observar una silueta conocida; revestida en un camisón de ala ancha ahí estaba su sirena, etérea e irreal. Sus pasos cobraron más impulso; cuando ella tocó el picaporte la sorprendió por detrás y le tapó su boca; la joven cayó por un momento en la desesperación, pero al reconocerle se calmó. Arthur bajó su mano y ella giró.

—Estás loco—susurró ella.

—Es posible.

—Muy probable.

—Aunque reprochable—manifestó él.

La chica corrió sus brazos alrededor del cuello del hombre y le dedicó esa mirada que bien sabía qué significaba. Sonriendo taimada María le tomó por el cuello de la casaca y abriendo la puerta lo guió al interior. Una vez estuvieron dentro cerró la puerta y corrió el cerrojo.


Gracias por leer. No olviden comentar.

sheblunar: Pobrecita, pero eso le pasa por atrabancada. Haber cómo le hace para salirse de esta, nada que no se pueda solucionar con un poco de ingenio ;)

Wind und Serebro: Jeje, pues nunca me dieron clases donde se incluyera el tema, pero me pareció interesante, sobre todo si a una le gustan los caballos jajaja. Si que necesitarán mucha paciencia conmigo XD Soy pésima para actualizar.

LadyLoba: Qué preocupación la tuya con la dama y el mozo de cuadras, jajaja; descansa por ahora que es posible no entren en escena hasta más adelante... O quién sabe.

...

¿Cómo la ven con los enamorados? Si el amor es canijo, pero haber hagan sus apuestas, ¿cómo creen que se saldrán de esta? Si no hay demoras, esperen la actualización al próximo viernes ;) Hasta el próximo. Ciao!