Una vez alcanzada la avenida, detuvieron la marcha. Permanecieron en su lugar junto al semáforo, estirando las piernas para relajar sus músculos antes de reanudar el trote. Aprovecharon esa pausa para intercambiar palabras, ya que cuando corrían no podían hablar, de hacerlo la respiración se hubiera visto interrumpida y habría estropeado todo sentido que el ejercicio mañanero pudiera tener.
—Deberíamos tomar el camino que costea el río —opinó Arthur—. Digo, la vista es más bonita.
—Sí, ¿por qué no?
Arthur agradeció que tenían ese tiempo solos, cualquier otro día de la semana hubieran invitado a Thomas, como cada vez que salían a ejercitarse, pero era sábado a la mañana y él trabajaba. Era el momento ideal para llevar a cabo una idea súbita que se le había ocurrido durante los últimos días. Se había motivado a sí mismo en busca de la oportunidad ideal. Sin embargo, había un detalle que no iba a reconocer y es que se le había ocurrido después de la última cita con su analista, desde entonces no había tenido ocasión de discutirlo en el consultorio. Pero así lo prefería, planeaba actuar antes del próximo día en terapia, aunque fuera por motivos que no se había puesto a discutir consigo mismo.
Estiró su pierna izquierda una última vez antes de inclinarse contra el alto poste del semáforo, intentando parecer relajado, pero el frío del día era tal que la helada superficie del metal había provocado que Arthur saltara al instante.
—¿Estás bien? —preguntó Amelia, genuinamente preocupado.
—¡Sí! Sí, no es nada —respondió, enfadado consigo mismo por su torpeza—. Oye —comenzó—, había estado pensando que nos conocemos desde hace algún tiempo, somos buenos compañeros —dijo, tanteando el terreno—. Podríamos hacer algo que no tenga relación con el gimnasio…, o entrenar… Podríamos ir a comer, ¿no crees?
Al instante de terminar de hablar se odió a sí mismo, pues a sus oídos no había sonado como una invitación, sino como si le pidiera permiso y no tuviera idea de lo que hacía. Una total falta de confianza que no se había dispuesto a demostrar. Otra parte de sí consideró que en verdad estaba desorientado cuando se trataba de ese tipo de situaciones.
—¿Tú dices salir juntos? ¿Juntos, juntos? Porque he estado viendo a alguien... —Ante estas palabras y la expresión preocupada en el rostro de Amelia, sintió que era el fin y no había vuelta atrás para la humillación en la que se había envuelto. Sin saber qué más hacer, negó con la cabeza y se retractó—. ¿No? No era... ¡Oh, Arthur! Por supuesto, lo siento —se apresuró a decir, abochornada—. Lo he malentendido. Claro que te referías a una salida como amigos, ¿no? —quiso asegurarse.
—Era eso, sí. ¡Thomas también! Todos juntos.
—Por supuesto, ¡suena genial! Mira el semáforo, mejor no apuramos.
Los dos cruzaron la calle retomando el ritmo del trote. Ese día Arthur se reencontró con el sentimiento de inutilidad que había experimentado años atrás, en su adolescencia, cuando comenzaba a descubrir el mundo de las citas románticas.
