Epílogo

El Neo-Rey Endimión descendió del cielo repentinamente ennegrecido y aterrizó elegantemente en el desierto suelo de un céntrico parque del Tokio del siglo XX. Endimión dirigió una reverencia agradecida al cielo y le guiñó un ojo a las nubes antes de comenzar su camino. Aunque no lo había visto, estaba seguro de que Plutón se había sonrojado.

Caminó por el parque con un sentimiento de creciente melancolía. Habían pasado más de treinta siglos desde la última vez que había recorrido aquel parquecito, donde compartía imborrables recuerdos con Serenity de un tiempo que había quedado muy atrás. La última vez que había estado allí con su esposa fue el día antes de la batalla final que les llevaría al trono de Tokio de Cristal, con la Pequeña Dama ya en sus brazos, preguntándose si volverían alguna vez a recorrerlo juntos o si habría un mañana. Ninguno de los dos sabía entonces el destino que se les había deparado. Pero estaban juntos y eso era, en realidad, lo único que importaba.

Endimión no se preguntó ni una sola vez, después de tantos siglos, cuál era el camino que debía tomar para llegar a su destino. Todos sus recuerdos como Darien Chiba estaban íntimamente ligados a esas calles. Sonrió con nostalgia al pasar por delante del Arcade, donde Andrew, en su época consejero real, aún seguía en su antiguo puesto y se paró con una sonrisa en el mismo lugar donde cierto examen de 30 puntos cambió su estrella, mientras la gente miraba su atuendo con desaprobación o incluso repulsa, pensando que era algún tipo de loco o de hortera por ir vestido así en mitad de la calle. Endimión se preguntó con una media sonrisa si cuando llegara el advenimiento de Tokio de Cristal recordarían que un día vieron de cerca a su rey y pensaron que alguien debería internarle en un manicomio. Probablemente no.

No recordaba lo mucho que echaba de menos el Tokio en el que había pasado su juventud pues, si bien los recuerdos de su infancia eran horribles, los de su mocedad junto a su amada Serena y las aventuras pasadas con las guerreros eran felicísimos. Cada olor, cada rincón, cada persona le traía recuerdos, la mayoría de ellos alegres, pero también tristes, de dolor, angustia y lucha por el destino del mundo y por sus vidas junto a Serena. El advenimiento de Tokio de Cristal había sucedido sin previo aviso y todo el mundo que había conocido desapareció tan rápidamente como uno nuevo le tomaba como gobernante y jamás tuvo tiempo de echar un último vistazo a lo que había sido su vida como Darien antes de tener que convertirse en Endimión. Y, aunque llevaba consigo lo único que realmente importaba, su esposa y su hija, algunas veces deseaba volver a ese Tokio donde había sido más inocente, más joven y libre de todas las responsabilidades que su cargo le confería. Darien sonrió al pensar que Serenity le contestaría que seguía tan joven como antaño y se dijo que no había dejado de ser la muchachita ingenua a la que le divertía molestar todos los días en el Arcade. No comprendía que lo que esos siglos habían hecho envejecer en Endimión no era su aspecto, por supuesto, sino su corazón, curtido a base de batallas, lágrimas, sangre y fuego. Pero que Serenity curaba cada noche en la intimidad de su habitación con una simple palabra de amor susurrada en su oído siempre dispuesto a demostrarle su amor incondicional. Mil sufrimientos más habrían valido la pena para poder verla sonreír solo una vez más. Endimión suspiró y deseó que Serenity hubiera podido volver al pasado junto a él.

Cuando llegó al edificio de su apartamento, no pudo evitar que miles de recuerdos le asaltaran la mente, pero no tenía tiempo para perderse en ellos. Serenity le estaba esperando y debía volver al futuro lo más pronto posible. No se perdonaría que algo importante pasara en su ausencia por sus sensiblerías de anciano atrapado en el cuerpo de un veinteañero. Ignoró al portero del edificio que le miraba con la boca abierta y cogió el ascensor hacia el que, eras atrás, había sido su hogar.

-¡Serena, tonta! ¡Has vuelto a quemar las galletas! –gritaba ChibiUsa en el interior del apartamento.

-¡No están quemadas! ¡Sólo están muy hechas, como le gustan a Darien! –protestó Serena, sacándole la lengua. La niña la imitó como respuesta.

-¡Sí que lo están! ¡No sirves para nada, eres una inútil!

-¡Cuida esa boca, recuerda que estás hablando con tu madre! –le dijo Serena.

-¡Mi futura madre, todavía no lo eres, así que no tengo que respetarte! ¡Tonta, tonta, tonta, tonta! –le decía ChibiUsa, mientras le hacía burla. Serena se puso roja del enfado y, mientras pensaba en los métodos anticonceptivos que iba a tomar con respecto a aquella irritante niña de cabellos rosas, cogió uno de los paquetes de harina que descansaban sobre la repisa de la desordenada cocina de Darien y miró a la niña-. ¡No te atreverás...!

Como respuesta, Serena volcó el contenido del paquete sobre su cabeza, inundando toda la cocina del polvillo blanco. Su tos fue ahogada por la risa que le provocó ver a ChibiUsa con el aspecto de un pequeño muñeco de nieve con coletas y cayó al suelo con las manos sujetándose el estómago mientras la niña le miraba de forma asesina y cogía otro paquete de harina. Antes de que se diera cuenta, Serena y su delantal rosa de conejitos estaban tan cubiertos de harina como ChibiUsa.

-¡Ahora verás! –dijo Serena, cogiendo el último paquete y corriendo detrás de ChibiUsa, llenado toda la casa de Darien de harina, riendo y lanzándose el polvo blanco la una a la otra sin parar.

-¿Qué estáis haciendo? –preguntó Darien que, recién salido de la ducha, miraba a las chicas y a su apartamento anteriormente pulcramente ordenado con sorpresa. Ambas pararon en seco su juego y lo miraron con atención-. ¿Qué me veis? ¿Tengo monos en la cara o qué?

-No –dijo Serena, intercambiando una mirada cómplice con ChibiUsa-. Es solo que...creemos que estás demasiado limpio.

-¡Ni se os ocurra! –dijo Darien, cuando ambas comenzaron a acercarse a él enarbolando sus paquetes de harina. Comenzó a correr por toda la casa intentando huir de las chicas, que le perseguían sin piedad y que le arrinconaron en su sofá de cuero negro-. ¡Chicas! ¡Que me acabo de duchar!

-¡Oh, qué lástima! ¡A él, ChibiUsa! –dijo Serena, y ambas saltaron sobre Darien, inmovilizándole sobre el sofá y vaciando todo el contenido de los paquetes sobre el indefenso Darien. Cuando terminó el ataque, Darien no podía distinguir a simple vista donde terminaba su sofá, ahora blanco, y empezaban los contornos de las figuras de la familia, cubiertos de harina de la cabeza a los pies.

-¿Os habéis divertido? –preguntó Darien.

-¡Sí! –rieron Serena y ChibiUsa a la vez.

-¡Genial, porque ahora me toca a mí! –dijo Darien, lanzándose sobre Serena y comenzando a hacerle cosquillas sin parar. Serena empezó a reírse sin control.

-¡Para, jajajajaja, para Darien, jajajaja! ¡Por favor! ¡Jajajajajajaaja! –decía Serena, mientras ChibiUsa trepaba a la espalda de Darien.

-Lo siento, princesas, pero ambas merecen un castigo –dijo Darien, cogiendo a ChibiUsa con un rápido movimiento y haciéndole también cosquillas mientras Serena se recuperaba. Entonces, llamaron a la puerta.

-Yo abriré –dijo Serena, intentando sacudirse un poco la harina de la ropa-. Mientras limpiaos un poco, que mira como os habéis puesto.

-¿Y de quién es la culpa? –dijo Darien con una sonrisa, mientras cogía en brazos a ChibiUsa y se metía en el baño, el único sitio libre de harina de toda la casa. Serena le sacó la lengua antes de dirigirse riendo hacia la puerta. Se quedó sin palabras al ver al Neo Rey Endimión sonreírle desde la entrada.

Endimión había escuchado toda la escena desde fuera con una sonrisa, hasta que decidió llamar al timbre y dar por terminado su juego. Podía haber cogido la llave de repuesto que estaba escondida debajo de la maceta del pasillo desde el día en que Serena y Darien se habían hecho novios pues ella, olvidadiza por naturaleza, habitualmente se dejaba la llave en casa y, de esa forma, podía tener acceso franco al apartamento. Pero decidió que no; si Darien hubiera escuchado a alguien intentar entrar en su casa sin permiso con Serena y la Pequeña Dama junto a él, le habría pegado primero y preguntado después ante la amenaza de que fuera un enemigo. Y no tenía tiempo para pelear con su pasado por muy interesante que esa situación le pareciese. Él esperaba a Darien, pero cuando vio a Serena abrirle la puerta con su perenne sonrisa cubierta de harina de arriba abajo, no pudo menos que dejar escapar una risita.

-Buenos días, mi reina –le dijo Endimión, sonriendo ante su asombro y dejando que se repusiera de la sorpresa. Darien, al advertir el extraño silencio que reinaba en el apartamento, sacó la cabeza por la puerta del baño.

-¿Quién es, Serena? ¿Sere? –preguntó Darien, comenzando a alarmarse-. ¡Serena! ¿Ocurre algo? ¡Serena!

Darien, temiendo que fuera un enemigo, dejó a ChibiUsa en el baño y corrió hacia la entrada, quedándose igualmente sorprendido al ver su alter ego.

-¡Rey Endimión! –exclamaron por fin Darien y Serena a la vez.

-Vaya, hola, Darien. Parece que vuestra pequeña batalla personal ha sido bastante dura –dijo él, señalando las ropas manchadas de harina de su pasado-. ¿Puedo pasar?

-¡Por supuesto, que tonta soy! ¡Pase, pase! –dijo Serena, con un gesto-. Aunque está todo perdido. ¡Oh, Dios, debo de tener una pinta horrible!

-No digas tonterías, Serena. Tú siempre has sido la estrella más bella del cielo –le sonrió Endimión, limpiándole delicadamente un poco de harina de las mejillas con los dedos. Ambos se miraron a los ojos durante unos segundos que les parecieron eternos mientras Serena se sonrojaba.

-Gracias –murmuró ella, bajando la mirada.

-No; gracias a ti, Serena. Por todo –murmuró él, besándole la mano. Ella rió y Darien, rojo de celos, se apresuro a separarla de él y cogerla posesivamente de la cintura. Sabía que era una idiotez estar celoso de él mismo, pero nadie coqueteaba tan descaradamente con su Serena, ni siquiera su yo futuro.

-¿Qué es lo que quieres, Endimión? ¿Hay problemas? –preguntó Darien, abrazando a Serena.

-No. Vengo a buscar a la Pequeña Dama, tal y como prometí. No puede perderse el nacimiento de su hermano o hermana. Sé que vive con Serena, pero si me hubiera presentado en casa de los Tsukino, hubiese tenido que dar demasiadas explicaciones. Decidí venir aquí; tarde o temprano vosotros apareceríais y podríais traer a mi hija para que me la llevase.

-ChibiUsa está aquí. ¡ChibiUsa, ven! –gritó Darien. Una mata de despeinado pelo rosa apareció por la puerta del baño.

-¿Qué pasa, Darien? ¿Quién ha venido? –preguntó la niña, apartándose el pelo de la cara, advirtiendo entonces la figura del rey-. ¡Papá!

La niña corrió hacia su padre, que la cogió y la abrazó con ternura, besándola en las mejillas y en la frente cariñosamente.

-¡Hola, mi Pequeña Dama! ¿Cómo estás?

-¡Bien! ¡Te he echado de menos!

-Y yo a ti, pero seguro que Serena y Darien te han cuidado bien. Y como te prometí, he venido a por ti yo mismo.

-¿Ya ha nacido el bebé?

-No, mi niña, mamá aún está de siete meses, pero Ami dijo que podía adelantarse, así que he venido a por ti para que seas la primera en ver al bebé cuando nazca. Mamá ha estado un poco enferma, así que tienes que cuidarla mucho y portarte bien, ¿de acuerdo? –le dijo Endimión. La niña asintió-. Ahora ve a por tus cosas. ¿Necesitas que pasemos por casa de Serena a por algo?

-No; he traído a Luna P. y mi mochila conmigo, porque sabía que tarde o temprano vendrías. ¡Ropa y juguetes tengo cientos en casa!

-¡Esa es mi chica! Ve a por ello, que nos vamos –dijo Endimión, dejando a la niña en el suelo, que corrió enseguida hacia la habitación de Darien.

-¿Algo ha ido mal...en el embarazo de Serenity? –preguntó Serena, acongojada.

-Realmente, no. Tiene muchas molestias y ha tenido que guardar mucho reposo, pero nada que pudiera poner en peligro al niño o su salud. La obligué a dejar sus deberes de reina cuando comenzaron sus malestares, pero, con Rai como regente a mi lado, el reino está muy asustado; guerrero Marte inspira temor adonde quiera que va y todos rezan por la vuelta de Serenity –dijo Endimión. Los tres rieron, más relajados, mientras ChibiUsa volvía, acompañada de Luna P.

-¡Ya podemos irnos! ¡Quiero ver a mamá y a Plutón! –dijo la niña. Endimión sonrió mientras Serena y Darien reían ante el aspecto desaliñado de la pequeña.

-No puedo llevarte a palacio con ese aspecto, a tu madre le daría un infarto si viera a su pequeña princesita como si acabara de salir de un molino. Tienes que limpiarte un poco toda esa harina. Darien, ¿tienes ropa de la niña aquí?

-Sí; Serena y ella prácticamente viven aquí –dijo él.

-¡Vamos, Darien! ¡Ponme guapa para ir a ver a mamá! –dijo la niña, tirando del brazo de Darien hacia la habitación. Él, aunque no le agradaba la perspectiva de dejar a Endimión y Serena solos en una misma habitación, la siguió.

-Es toda una niña de papá –apuntó Serena, riendo.

-No creas; solo tienes que ver lo que sucedió cuando vino al pasado. Yo estaba en coma y ella no paraba de llamar únicamente a su mamá. Yo también necesitaba ser salvado, por el amor de Dios –dijo Endimión, con un atisbo de celos en su voz-. Pero no importa; seguiría adorándola aunque ella me odiase.

-¿Quiere sentarse? –le preguntó Serena, señalando el sofá lleno de harina-. Pero bajo su propia responsabilidad.

-Me arriesgaré –sonrió Endimión, sentándose al lado de Serena en el sofá -. Me alegra verte recuperada. Y no sólo por lo que a mi esposa y a mis hijos respecta.

-Nunca tuve la oportunidad de darle las gracias por lo que hizo por mí. Sé que si no hubiera venido del futuro, nunca habría podido volver y se lo agradezco mucho –le dijo Serena, mirándole a los ojos. Endimión le cogió las manos.

-Aunque la vida de Serenity y la de nuestros hijos no hubiese corrido peligro, yo hubiera corrido a salvarte, porque tú eres para mí, como lo eres para Darien, la luz de nuestra vida. No importa que tengas treinta siglos más o menos, tú sigues siendo mi Serenity. Y jamás dejaré de luchar por ti.

-Gracias por tus palabras. Me hubiera gustado encontrarme alguna vez con Serenity; aunque Darien no me lo ha contado, sé que vuestro encuentro alivió gran parte de sus pesares. Pero parece que no es nuestro destino.

-Pregúntame a mí lo que quieras. Como te habrán contado, desde luego el futuro ha cambiado pero, si los hechos fundamentales que yo viví hubieran sido sustituidos, nuestra vida no sería la misma y lo es, así que parece que nuestra boda, el advenimiento de Tokio de Cristal y nuestro alzamiento como reyes sigue en pie, al menos, de momento, ya que cada decisión que tomes cambiará todo lo que podría pasar y ya no tomarás las mismas disposiciones que hizo Serenity en su momento. Darien tuvo la oportunidad de conocer cosas sobre su futuro y es justo que yo ahora te dé a ti la misma opción. Te diré lo que quieras, el resultado de batallas, la llegada de amigos y enemigos, incluso, si es lo que deseas, qué es lo que Darien tiene pensado regalarte por Navidad. Dime, pues, ¿qué es lo que quieres saber?

-Sólo tengo una pregunta –dijo Serena, sin apenas pensarlo.

-Dime lo que sea. Además, jamás pude negarle nada a tus ojos azules –sonrió Endimión.

-¿Te he hecho feliz? –preguntó Serena. Endimión la miró, emocionado, durante un minuto.

-Mucho más de lo que nunca pude siquiera imaginar –contestó Endimión. Serena sonrió.

-Entonces, nada más importa. El resto de las preguntas que pudiera tener están contestadas porque, mientras nos amemos, podremos superar todos los obstáculos. Y yo te amo más de lo que sería capaz de expresar con palabras. Y estoy segura de que Serenity estará de acuerdo conmigo –le dijo Serena, con una sonrisa.

-Serena, gracias por entrar en mi vida.

-De nada. Díselo a tu mujer, es ese el tipo de cosas que nunca te cansas de oír.

-Se lo diré –sonrió Darien.

-¡Papá, ya estoy lista! –gritó ChibiUsa, corriendo hacia su padre ya limpia y arreglada, con un vestidito blanco y unos zapatitos de charol. Endimión sonrió complacido y se levantó del sofá, mientras Darien y se acercaba a Serena y la besaba. Serena se pregunto si habría oído su conversación con Endimión.

-Entonces, vámonos –dijo Endimión, cogiendo en brazos a la niña. Echó un vistazo a sus ropas, manchadas de harina a causa del sofá-. Bueno, ahora Serenity me matará a mí, porque estoy seguro de que no tendréis ropas de un rey futurista, ¿verdad? Bueno, confiemos en que esté tan contenta con volver a ver a su hija que no me prestará atención hasta que haya tenido la oportunidad de cambiarme. Despídete, Pequeña Dama.

-Iremos a despediros al parque, esperad un momento a que nos cambiemos –dijo Serena. Endimión negó con la cabeza.

-Lo siento, Serena, pero tenemos que darnos prisa. Si Serenity se pone de parto antes de que nosotros lleguemos, jamás me lo perdonaría. Además, pronto volveréis a ver a la Pequeña Dama; se quedará un tiempo con nosotros tras el nacimiento del bebé, pero luego debe volver a terminar su entrenamiento, así que no creo que sea necesaria una despedida prolongada.

-Está bien, entonces –dijo Serena-. ChibiUsa, te daríamos un abrazo, pero te mancharíamos de harina y tienes que estar guapa para ver a tu mamá, por lo que solo digo que te portes bien y que cuides bien de tu hermanito. ¿Lo harás?

-Sí. No te metas en líos, que parece que nada funciona cuando yo no estoy cerca –dijo la niña, entre risas.

-Ten cuidado, ChibiUsa, sé buena –dijo Darien, guiñándole un ojo.

-No te preocupes, Darien, me comportaré como toda una princesa –dijo la niña.

-Bueno, Darien, Serena, espero que nunca nos volvamos a ver, dado que eso siempre significa una desgracia –dijo Endimión, haciendo una reverencia-. Disfrutad de vuestro futuro, que os lo habéis ganado a pulso. Yo voy a reunirme con el mío. Adiós.

Y con una sonrisa, salió por la puerta con su hija en brazos, rumbo al siglo XXX. Serena y Darien salieron al balcón, desde donde pudieron verlos entrar en el parque y desaparecer entre unas nubes negras que oscurecieron momentáneamente la luz anaranjada del atardecer que bañaba la ciudad de Tokio.

-Voy a extrañarla, pese a todo –sonrió Serena-. Pero va a conocer a su hermano. Nuestro segundo hijo, Darien. Parece mentira.

-Serena –dijo Darien, de repente, inclinándose hacia ella hasta que, con los labios pegados a su oído, su voz se convirtió en un leve susurro-. Gracias por entrar en mi vida.

-Darien –dijo ella, riendo-, no deberías escuchar las conversaciones ajenas.

-Estabais en mi casa y yo en una habitación que quedaba a menos de cinco metros de donde hablabais. ¿Crees que estoy sordo? De todas maneras, aunque él no lo hubiera dicho, tú sabes que mis sentimientos no cambiarán ni en mil años ni en un millón. Tú siempre serás mi ángel.

-Y tú el mío, Darien. Ahora que nos hemos quedado solos, ¿qué tal si nos quitamos toda esta harina del cuerpo? –dijo ella, mirándole con picardía-. Sabes que adoro tu bañera.

-Me gusta más cuando tú estás en ella –dijo Darien, besándola-. Te quiero.

-Yo también –dijo ella y, entre risas, él la cogió en brazos y entraron en el apartamento mientras su luna guardiana comenzaba a brillar sobre el cielo de Tokio, siendo el único testigo de lo que allí pasó.

Cuatro meses después...

Serena y Darien esperaban impacientes en el claro más alejado del parque el regreso de ChibiUsa, después de pasar cuatro meses con sus padres en el distante siglo XXX. Una semana antes, Plutón les había hecho llegar un mensaje con la fecha y el lugar donde debían ir a buscar a la Pequeña Dama y allí estaban, temblando bajo el aire invernal de principios de diciembre. La niña se estaba retrasando.

Darien notó a Serena temblar bajo su abrigo rosa ante la helada brisa invernal y la atrajo hacia sí para darle calor. Su mano encontró el camino adecuado para pasar por debajo de su ropa y acariciar la suave piel de su espalda, llegando rápidamente a la cicatriz de su costado en forma de media luna que le quedó a resultas del ataque del esbirro de Muerte. A Darien le gustaba besar aquella cicatriz en sus momentos de pasión, como un recordatorio de lo cerca que había estado de perder su única razón para vivir. De camino a la cicatriz, sus dedos se toparon con el bolsillo interior de su falda que guardaba aquella cajita estrellada tan preciado para ambos y los recuerdos de la mañana siguiente a su salida del hospital tras el ataque se dibujaron en su mente tan vívidos como si los estuviera viendo en aquel mismo instante:

Flashback:

En el apartamento de Darien, la tenue luz del amanecer dibujó dos figuras enlazadas sobre el sofá tapizado de negro. La puerta de la habitación de Darien estaba abierta, lo que les permitía vigilar a la pequeña niña de cabellos rosas que dormía en la cama, perdida entre las mantas. El dolor de la herida y la fiebre habían despertado a Serena de madrugada y se había ido al salón intentando no despertar a ChibiUsa y a Darien, muy falto de descanso. Pero su novio, como siempre su fiel protector en la sombra, aún dormido la vigilaba y se despertó enseguida ante su intento de fuga. Sabiendo los motivos de su despertar sin que ella tuviera que decirlos, se fueron al sofá para no molestar a ChibiUsa y, envueltos en una manta, observaban el amanecer a través de la cristalera abierta de la terraza, mientras Darien intentaba distraerla de su dolor recordando anécdotas entretenidas y susurrándole palabras de amor al oído.

-Siento haberte despertado, Darien. Sé que necesitas dormir. Deberías volver con ChibiUsa, yo estaré bien –dijo Serena, mientras se acomodaba en el pecho de Darien. Él la envolvió en sus brazos, asegurándose de que quedaba bien arropada por la manta.

-Yo me quedaré a cuidarte y eso no es cuestionable. Debe dolerte mucho, los calmantes que te han recetado no son tan potentes como los que te daban en el hospital y no he conseguido bajarte la fiebre. No te preocupes por mí; tú relájate y trata de dormir.

-No puedo dormir –dijo ella, acurrucándose aún más en su pecho. De repente, Darien recordó algo. Dejando a Serena delicadamente en el sofá, corrió hacia su habitación y cogió del bolsillo de su chaqueta la caja de música que compartían para volver rápidamente al lugar que ocupaba anteriormente, con ella sobre su pecho.

-Tengo que devolverte algo –dijo él, poniendo la caja de música en sus manos. Serena sonrió -. Luna cumplió con lo que le pediste.

-Al igual que tú lo hiciste con Rai –dijo ella, acariciando la caja estrellada llena de recuerdos-. Me devolvió el cetro llorando a moco tendido en el hospital.

-¡Les tenía prohibido hablarte de batallas o cosas relacionadas con tu muerte mientras aún estuvieras en peligro! –gruñó Darien, maldiciendo a las amigas de su novia por hablarle de ese tipo de cosas cuando todavía podía morirse y necesitaba a toda costa estar tranquila.

-Me lo dijeron aprovechando una de las pocas veces que saliste a comer algo. Rai estaba muy emocionada; incluso prometió no volver a llamarme cabeza de chorlito nunca más. Pero esa promesa durará hasta que todo vuelva a la normalidad, supongo –Darien siguió gruñendo-. ¡Oh, vamos, no te enfades tanto, ellas también lo han pasado mal!

-¡Eras tú la que te estabas muriendo, la que necesitaba atenciones y cuidados y van ellas a molestarte con recuerdos amargos y con sus lloros! ¡No tienen conciencia! –gruñó Darien.

-No te preocupes tanto. Al fin y al cabo, ahora estoy solo contigo y ellas se han tenido que quedar fuera. Ahora mismo Rai debe estar maldiciéndote por no dejarla quedarse. Y tratándose de Rai, eso puede ser una auténtica tortura.

-Que me maldiga lo que quiera –bufó Darien, comprobando de nuevo la fiebre de Serena-. Tienes suerte de que no te haya subido la fiebre una sola décima y te haya obligado a ir al hospital.

-¿Es que quieres que me separen de ti? Porque eso es lo que harán –ronroneó Serena, abrazándole-. Y cuando las chicas se enteren, no volverán a dejarme sola contigo hasta que me recupere. Si es necesario, se quedarán por la fuerza.

-No me chantajees. Tu salud es lo más importante –dijo él, volviendo a mirar la caja-. ¿Es cierto que siempre la llevabas contigo?

-Cada día a todas horas.

-¿Por qué nunca me lo dijiste?

-Nunca preguntaste. Me recordaba a ti; solo escuchar su melodía hacía que se iluminase mi día más oscuro. Es el símbolo más tangible de nuestro amor; hasta que tengamos a ChibiUsa, claro. Mi guía cuando todo parece ir mal, cuando incluso mi voluntad flaquea y quiero que todo acabe, sobre todo cuando te apartaban de mí. Es algo muy especial para nosotros. Quería que tú lo conservaras para que me recordaras si me pasaba algo.

-Serena, ¿cómo podías pensar que yo iba a olvidarte? Yo te voy a amar siempre.

-Siempre es demasiado tiempo para adorar a una muerta, Darien.

-Si tú me faltaras, no creo que tardara mucho tiempo en seguirte al otro mundo.

-Darien, yo quiero que tú vivas.

-No puedes condenarme a una vida sin ti, eso sería el Infierno. De todas formas, cuando tú no estuvieras, yo haría lo que quisiera sin que nadie pudiera evitarlo, ni siquiera las guardianas que dejaste para custodiarme.

-¿Guardianas?

-Ami me dijo que tú les habías hecho jurar a todas que nunca me dejarían solo si tú faltabas.

-¿Te referías a eso? Pero yo no lo hice para que fueran tus guardianas, sino para que fueran tu familia. No quería que nunca volverías a estar solo; sabía que ellas cumplirían su promesa, te cuidarían y protegerían como a mí misma. Me horrorizaba la idea de que volvieras a ser infeliz, aunque estoy seguro de que, fuera a donde fuese, seguiría cuidando de ti.

-Mi querida Serena, ¿no comprendes que por mucha gente que dejases a mi alrededor, sin ti, yo volvería a estar solo? Se puede estar solo en medio de una multitud, Sere. Tú eres la única que me conoce de verdad, la única que me separa de la soledad y el dolor. Si tú te fueras, ya podría tener todo el planeta a mis pies, que seguiría siendo el ser más desgraciado del mundo. Sólo aquel que puede comprenderte sin una palabra, mirarte a los ojos y leer en tu alma como un libro abierto, es tu verdadera alma gemela. Y eso sólo lo puedes hacer tú. Serena, tú eres mi luz al final del camino, mi ángel redentor. Y te amaré hasta el final, aunque sea la misma muerte. Porque aunque muramos, volveremos a encontrarnos, una y mil veces reencarnados, hasta que logremos ser felices. Y nada de lo que tú digas cambiará mi promesa de no volver a vivir un día más sin ti.

-No pensemos en cosas tristes, Darien. Disfrutemos del presente mientras dure la paz, porque la guerra siempre vuelve para nosotros. Pero un solo instante juntos nos compensará de todo. Sólo por eso, merece la pena luchar un día más –dijo Serena, acomodándose en su pecho y abriendo la caja de música, dejando que la melodía, llena de belleza y de tristeza de un futuro truncado por el odio que no pudieron salvar en aquella ocasión, les arropara como si fuera un cálido sueño de la niñez. Quedándose de nuevo adormilada bajo la tibia luz arrullada por la música, Serena se acomodó un poco más en los brazos de Darien.

-Creo que la música del cielo sonaba así... –dijo Serena, quedándose dormida. Darien la besó en la frente mientras cerraba la cajita.

-Por supuesto que suena así; tú eres el cielo –susurró Darien en su oído, mientras terminaba de ver el amanecer.

Fin del Flashback

La grácil mano de Serena moviéndose hábilmente por debajo de su ropa le sacó de su ensoñación.

-¡Dios, Serena! ¡No hagas eso! –dijo Darien, cerrando los ojos, presa de un escalofrío.

-¿El qué? –dijo Serena, mordiéndose el labio inferior.

-¡Sabes perfectamente a qué me refiero! ¡Deja de hacerlo! ¡Maldita sea, creo que haría cualquier cosa que me pidieras!

-¿Cualquier cosa? –dijo Serena, pícara.

-¡Basta! ¡Si no lo haces, ahora mismo te cogeré, te llevaré a mi apartamento y mandaré al resto del mundo al Infierno mientras te obligo a hacer cosas no aptas para menores! ¡Para!

-¿No aptas para menores? –dijo ella, abrazándole-. Entonces me temo que no podré estar presente.

-Después de milenios de amor más allá de la muerte y de luchas inenarrables por el destino del universo, ¿crees que realmente importa el año que aparezca en tu partida de nacimiento? –dijo Darien, abrazándola a su vez.

-Supongo que no –dijo ella y se besaron con pasión. Darien se planteaba seriamente llevar a cabo su amenaza cuando oyó que algo rasgaba el aire sobre sus cabezas y, de repente, cierta niña de pelo rosado cayó sobre la cabeza de Serena, haciéndola caer al suelo y sustituyéndola en el beso.

-¡ChibiUsa! –exclamó Darien, abrazando a la niña, mientras Serena se levantaba con una gran vena hinchada en su frente.

-¡ChibiUsa, vigila donde aterrizas, es la segunda vez que casi me partes el cuello! –le gritó Serena. ChibiUsa le sacó la lengua desde los brazos de Darien.

-¿Es que no me has echado de menos, Serena? –le dijo ella.

-Sí, porque había olvidado lo irritante que podías llegar a ser –gruñó Serena, pero rápidamente su cara se iluminó con una sonrisa expectante-. Ahora, dinos, ¿nació el bebé? ¿Cómo es?

-Papá me dijo que el futuro había cambiado, por lo que ya no importa que os lo diga o no. Sí, nació. Ha sido un niño. Mamá fue inflexible en cuanto al nombre: se llama Darien Chiba, príncipe de la Tierra. Todos dicen que es igual que papá con una mata de pelo rubio, pero yo no veo el parecido... –dijo ChibiUsa, un poco molesta, bajándose de un salto de los brazos de Darien-. A propósito, papá me dio esto para ti, Darien. Me dijo que no lo abriera, pero le vi meter fotos dentro cuando estaba en la habitación, supongo que serán del mocoso.

ChibiUsa le tendió un sobre lacrado con el sello de una rosa y una media luna entrelazadas en el que ponía su nombre con su cuidada caligrafía habitual.

-¡He tenido un niño! –gritó Serena, contenta-. ¡Ya tengo la parejita!

-No te alegres tanto, tú no has tenido nada... –bufó ChibiUsa.

-¿Qué te pasa, ChibiUsa? No pareces nada contenta. ¿Es que no te gusta ser una hermana mayor?

-No. Yo quería un hermano para jugar con él y se pasa todo el día llorando, durmiendo, llorando, comiendo, llorando un poco más, manchando los pañales y luego llorando todavía más. ¡Es aburrido y encima es feo! ¡Pero no, todo el mundo está pendiente de él! ¡Simplemente abre los ojos y ya están mamá, papá y las chicas diciendo: "¡Aw, que mono es"! ¡Y los cortesanos se inclinan delante de su cuna y le llaman Pequeño Señor! ¡Es absurdo! ¡ "Pequeño Señor"! ¡Bah! ¡Si ni siquiera puede mantener la cabeza erguida! –protestó ChibiUsa, burlándose. Serena y Darien rieron.

-Entonces, ¿has vuelto tan pronto porque tu mamá y tu papá hacían más caso al bebé que a ti? No te preocupes por eso, te siguen queriendo tanto como antes, lo que pasa es que el bebé necesita muchos cuidados, no puede hacer nada solito y... –le dijo Serena.

-¡No es eso! ¡He vuelto pronto porque necesitaba dormir desesperadamente toda una noche seguida! ¡Ese maldito niño no ha dejado de llorar todas las noches a las cuatro de la mañana desde que nació y mantiene despierto a todo el palacio! ¡Es insoportable! –protestó ChibiUsa. Serena la cogió de la mano y comenzaron a andar hacia la salida del parque.

-¡Ay, la princesita ha sido destronada por el recién llegado! No te preocupes, ChibiUsa, aquí seguirás estando igual de mimada. Vamos, que te invito a unos pasteles –le dijo Serena. ChibiUsa la miró suspicaz.

-¿Tú invitándome a algo? ¿¡Qué es lo que vas a pedirme!?

-¡No voy a pedirte nada, niña caprichosa, solo quería complacerte porque parecías triste por lo de tu nuevo hermanito, pero ahora, por portarte mal conmigo, te has quedado sin pasteles! –le dijo Serena, sacándole la lengua.

-¡No importa, porque seguro que Darien me invita porque me quiere más a mí que a ti!

-¡Eso no es verdad, Darien me quiere más a mí! –le dijo Serena.

-¡Mentira, Darien es sólo mío y me voy a casar con él!

-¡ChibiUsa por Dios que es tu padre! –le gritó Serena.

-¡Ya tuvo que salir eso! –protestó ChibiUsa. Mientras ambas discutían, Darien se sentó en un banco cercano y abrió el sobre que le enviaba Endimión. Como bien había dicho ChibiUsa, dentro había varias fotos y una carta. Cogió las fotografías con mano temblorosa mientras las miraba con emoción. La primera de ellas mostraba a la Neo Reina Serenity sentada en una mecedora junto a una ventana desde la que podía distinguirse el paisaje de Tokio de Cristal. Su embarazo estaba bastante avanzado y la Pequeña Dama, aún con el vestido blanco que Darien le había puesto para volver a su época, miraba a su madre extasiada mientras ponía la oreja sobre su barriga para intentar oír el corazón del bebé. Darien supo inmediatamente que esa foto la había hecho su yo futuro; después de tantos siglos, parecía que no había conseguido evitar que le saliese el dedo en las foto al ponerlo sin querer sobre el objetivo.

La siguiente fotografía hizo que su corazón saltara de gozo: allí estaba Serenity, en la inmensa cama de su habitación, con el pelo enredado y con símbolos inequívocos de agotamiento, pero ahora llevaba en brazos al pequeño Darien Chiba. Endimión, sentado junto a ella en la cama con ChibiUsa en brazos, inclinaba levemente a la pequeña sobre el bebé, al que besaba en la frente con cuidado mientras sus padres intercambiaban una mirada cómplice. Apenas podía apreciar los rasgos del pequeño completamente cubierto por las mantas bordadas, pero sí que pudo ver en él una pelusilla rubia como el cabello de Serena. Darien esbozó una sonrisa pensando que sus dos hijos parecerían clones de su madre.

La siguiente foto parecía oficial. En el salón del trono del palacio de Tokio de Cristal, los reyes presentaban a su nuevo hijo a sus súbditos. Serenity, ataviada ya como reina, llevaba en brazos al pequeño Darien mientras que Endimión, sentado en el otro trono gemelo, sostenía a la Pequeña Dama, vestida y coronada como la princesa heredera. Detrás de ellos, las guerreros del amor y la justicia se mostraban en todo su esplendor: guerrero Mercurio, Marte, Júpiter, Venus, Urano, Neptuno y Plutón se presentaban así como defensoras de los reyes y de la Tierra, manteniendo el mismo aspecto con el que Darien las conocía. Darien advirtió que, un poco alejada del grupo principal, junto al trono en el que estaban Endimión y ChibiUsa, había una octava guerrero que reconoció con sorpresa como guerrero Saturno, en su época de nuevo un bebé tras renacer después de la batalla librada junto a Serena. Darien sonrió; la protectora de la Pequeña Dama era su mejor amiga, aquella por la que casi había dado la vida. Era increíble lo mucho que se parecía a su madre.

Pero fue la última foto la que más le conmovió: de vuelta a la habitación de los reyes, Serenity y ChibiUsa dormían entrelazadas, lejos ya del boato y la gravedad que les confería su rango mientras Endimión, sentado junto a ellas, sostenía cuidadosamente al pequeño Darien en brazos, el cual le miraba directamente a los ojos inocentemente, con una sonrisa tierna en sus cándidos labios, mientras su padre le devolvía una sonrisa cargada de afecto. Tapado con una leve mantita, pudo ahora Darien apreciar mejor los rasgos del niño que, aparte de su pequeña melena rubia como la de su madre, era su vivo retrato: tenía su color de ojos azul oscuro, su nariz, su barbilla...todo. Pero tenía la sonrisa de su madre. Y no podía, se dijo Darien, imaginar un regalo mejor para su hijo recién nacido que la sonrisa tierna de Serena.

Guardó las fotografías de nuevo en el sobre y sacó la carta de Endimión a él dirigida. La leyó con atención mientras ChibiUsa y Serena seguían discutiendo.

-¡Darien, vámonos, que nos van a cerrar la pastelería! –le gritó ChibiUsa, mientras él releía la carta una y otra vez-. ¡Darien!

-¡Sí, ya voy! –dijo Darien, volviendo a la realidad. Guardó el sobre con la carta y las fotos en el bolsillo interior de su chaqueta y corrió hacia ellas.

-¡Darien, dile a ChibiUsa que me quieres más a mí! –le dijo Serena, mientras Darien cogía a amabas de las manos.

-¡No es verdad! Darien, ¿a que quieres más a tu adorable hija que a esa cabeza de chorlito? –dijo ChibiUsa. Serena la sacó la lengua.

-¡Calmaos, chicas! ¡Creo que hay suficiente Darien para las dos! –dijo él y los tres, entre risas y alborotos, abandonaron el parque bañado por la luz del atardecer invernal, mientras en la cabeza de Darien resonaban las palabras contenidas en la carta de Endimión:

Esta es nuestra familia, tu futuro. Un futuro mucho mejor del que jamás pudimos imaginar mientras veíamos llover a través de la ventana de nuestro orfanato de Tokio. Un futuro del que jamás me creí merecedor y que pudo llevarse a cabo gracias a que el bondadoso corazón de Serenity me salvó de convertirme en una sombra amargada y solitaria que pasea por Tokio, con la verdadera desgracia de no saber lo que es amar y ser amado. Ellos son nuestro verdadero tesoro, millones de veces más importante que las riquezas, las dignidades y el poder; tú, que has conocido la verdadera soledad, lo sabes bien. Te envío estas fotografías para que cuando lleguen las inevitables desgracias y sientas que las fuerzas te flaquean a la hora de acudir a luchar a su lado, las mires y puedas ver el maravilloso futuro que te espera si luchas siempre una vez más. Pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, pelea por ellos, por conseguir la felicidad que te aguarda después de todas las pruebas que el Cielo os enviará. No permitas que nadie te los arrebate. Vive, Darien; ama a tu esposa y sé feliz. Que tu vida sea para ti un eterno vergel de felicidad junto a Serena y, si algún día Destino elige que se acabe, haz que puedas coger la mano de Serena y decir "Nadie puede decir que alguna vez me rendí ni que hubo un día hombre más afortunado que yo por tenerte a mi lado". Porque guerras, pérdidas y luchas siempre habrá, pero también triunfos, risas y amor. Vuestro afecto prevalecerá por encima de todo y recuerda que, si algo malo sucede, la luz de vuestro eterno amor te guiará de nuevo hacia Serena. Presente, pasado, futuro, son tan sólo medidas de tiempo hechas por los humanos. El amor verdadero es eterno. Recuerda siempre mis palabras, pues para nosotros, nuestro sueño más profundo es la realidad junto a Serena; la vida sin ella es solo un reflejo inútil del Infierno. Hasta nunca y me despido firmando con el título del que más orgulloso me siento:

Endimión, amado esposo de Serenity.

FIN

¡Ahora sí, se acabó, snif, snif! Sé que lo he hecho un poco corto, pero no quería meter cosas innecesarias que estropearan la historia o la hicieran tediosa para vosotros. Ya es momento de colgar el cartelito de completo. Sólo espero no haberos decepcionado. No sé qué más deciros para agradeceros vuestro apoyo y vuestras reviews, nunca imaginé un apoyo así y deciros que jamás os olvidaré y espero veros pronto en próximos proyectos. Darien no sabe la que le ha caído encima conmigo, jeje. Por lo pronto, antes de hacer otro fic, me gustaría traducir este al inglés, más que nada para intentar mejorar el mío, jeje, pero prometo que pronto habrá un nuevo fic mío si me seguís queriendo. ¡Muchísimas gracias, un beso y hasta siempre!

Celia Chiba: ¡Hacía mucho que no me dejabas una review, te he echado de menos! Espero que te haya gustado la historia y que nos veamos pronto.

Freiya: Espero que ahora que he terminado el fic no me olvides, porfis. ¡Nos vemos!

Selene: Comprendo muy bien que no quieras leer fics de menos capítulos, a mí también me molesta mucho empezar a leer un fic y que me dejen a medias y sin actualizar casi en años, pero espero que te haya gustado el mío. Un besito.

Y a todos los que habéis dejado reviews, muchas gracias, os llevaré siempre en el corazón: serychiba, freiya, Celia Chiba, jaz021, ydiel, Isabel, varnett, usakochibaO1, Selene, sabel, lovemamoru, kaoru himura t., artemisa, Kira Moon, Beatriz Ventura, Liho Sakuragui, Laus Moon, martha, pOlet, Alejandra N., Gabriela Chiba, kaory1, baby.suhe, asa, Lunita K., Fénix d´Alba, Lamsi-chan, LuLa, Kiara n.n, Yamiana, Diel y chibamarigaby. Gracias también a todos los que dejen reviews en este último capítulo y que no voy a poder contestar y, por último, gracias a mi mami y a mi oneesan, ¡que por fin se han decidido a leerme, jeje!

Muchos besitos, hasta siempre.

Rochi Sayajin