Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.

Capítulo 11

Estaba retirándose de Azaleh cuando la puerta que comunicaba el pasillo al dormitorio de Leyna comenzó a ser aporreada. La fiesta del solsticio de verano había acabado hacía algo menos de una hora y después de esa segunda ronda de sexo pensaba instar al otro a marcharse y dormir después de todo el día y la noche en vela, por eso necesitó otra tanda de golpes en la puerta para comprender que no los podía ignorar, que eran importantes.

—Vístete y vete, Azaleh —indicó soltando sus caderas con una caricia y yendo tal cual estaba a abrir la puerta.

En cuanto abrió la puerta Leyna se tambaleó casi llegando a caer y se llevó la mano a la boca sintiendo náuseas. Altais se alarmó al verla así, obviamente había ocurrido lo que temía, él no era un buen sujeto de pruebas, con la magia del nundu podía eliminar algunas toxinas más fácilmente. Se concentró en encerrar todo lo que era posible la magia dentro de sí mismo, aunque intuía que no sería suficiente.

—¿Qué síntomas tienes? —preguntó a Leyna antes de girarse para mirar al otro que acababa de terminar de vestirte—. Azaleh, ve a mi laboratorio, coge una poción transparente del estante superior de la estantería de la derecha, está etiquetada como "filtro magia".

El aludido salió de la habitación preocupado por qué le habría pasado a la mujer capaz de alterar a Altais y que también era importante para su mejor amigo.

—Me… mareo, y… veo borroso… —le contó apoyando la espalda en la pared y escurriéndose hasta quedar sentada en el suelo—. Cuando vino… el elfo, tengo náuseas.

—Tienes que aguantar un poco más, luego te llevaré a un lugar sin magia y se te pasará —dijo sintiéndose preocupado, no debería haberle dado la poción, quería que pudiera verlo como un regalo, pero había sido un error. Se movió para ponerse una túnica y así cubrir su desnudez.

Azaleh llegó al poco, él se guardó el bote y le dijo que se marchara. Después se agachó frente a Leyna, la miró casi con disculpa y realizó un elaborado hechizo para quitarle la pulsera del tobillo y de ese modo poder sacarla de las barreras. Ella se levantó despacio, con los ojos cerrados y soltando una larga respiración. Lo siguió sujetándose a su túnica un poco, aunque eso no ayudaba demasiado ya que seguía balanceándose bastante, tenía la cabeza embotada, pesada y dolorida y el estómago revuelto. Él se detuvo en mitad del pasillo, a ese paso estaba exponiéndose más de lo que lo estaría si él la cogiera, por ello decidió cogerla en brazos para hacer el resto del camino hasta el exterior de las barreras a paso ligero.

—Sólo un poco más —la consoló cuando fue evidente que con él en contacto empeoraba.

Se detuvo en el límite un segundo, necesitaba una gota de su sangre para poder salir y llegar al terreno adyacente. Al traspasarla Leyna se quejó y rozó la inconsciencia, la barrera estaba demasiado cargada de magia. Caminó por el frondoso bosque hasta que divisó un viejo molino. Entró en la construcción de madera y la dejó en el suelo. Él se arrodilló a su lado y se tomó tres gotas de la poción que le había encargado a Azaleh. Se encogió soltando un quejido y se sujetó el pecho, la poción aislaría su núcleo mágico para que no siguiera dañándola.

—Ya está. ¿Te sientes mejor? —preguntó mirándola con sus ojos felinos.

Ella se tomó un par de segundos para responder, tomando un par de hondas respiraciones más antes de abrir los ojos y asentir.

—Sí… mejor —confirmó acurrucándose un poco en sí—. Ya no siento náuseas y el mareo… creo que se va —dijo.

—Bien, en un par de horas probaremos. Sólo necesitas tiempo para desintoxicarte por así decirlo —informó mientras se sentaba apoyando la espalda contra la pared, estaba temblando, lo que estaba haciendo era una locura y él acostumbrado a sentir su magia dejar de hacerlo prácticamente por completo era un shock para él, esa poción podía afectar a su poder, pero no había dudado un segundo en hacerlo por ella, ni había considerado dejarla allí y esperar fuera unos metros más allá, cosa que ahora pensaba que habría sido lo más lógico.

Ella lo miró y pensó en lo preocupado que se había visto cuando abrió la puerta, en lo que estaba haciendo por ella en ese momento, había escuchado lo que le pedía a Azaleh y podía intuir un poco para qué servía. Cerró los ojos de nuevo y se inclinó hasta recostarse en el hombro de él, rodeando su brazo con el propio.

—Hace frío aquí —murmuró, era una buena excusa, aunque también era cierto que los sudores del mareo estaban haciendo que se quedara helada.

Altais no se lo rebatió, en ese momento se sentía casi como una mañana de invierno en vez de inicio del verano. Cerró los ojos aunque sabía que no iba a lograr dormir, para esperar a que pasaran esas dos horas y con ello el efecto de la poción que había tomado.

—Descansa —musitó apenas conteniendo el castañear de sus dientes, pensando que debería haber cogido unas mantas.

Ella pensó que era eso lo que debía hacer, pero antes se movió despacio, colocándose entre las piernas de Altais y abrazándolo para compartir el calor de ambos y pasar menos frío.

—Gracias, otra vez.

Él la rodeó con sus brazos y apoyó la cabeza en la de ella, pero no dijo nada más, sólo comenzó a contar los minutos que faltaban para acabar con esa locura ahora que recuperaba la razón después del susto al pensar que podría haber dañado para siempre a Leyna por un descuido, tal vez matarla. El hecho le daba algunas respuestas que ya conocía, pero había preferido no saber.

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Despertó lentamente sintiendo sus ojos pesados y la superficie sobre la que estaba más dura que su cama. Se removió un poco mientras su mente empezaba a funcionar lentamente. Altais la había llevado allí después de que llamara a su puerta con los efectos secundarios por la poción. No sabía cuándo se había quedado dormida ni cuánto tiempo había pasado durmiendo, lo que no cabía duda era que él ya lo había hecho y no estaba abrazándola.

Se levantó frotándose los ojos y una manta cayó de sus hombros. La había tapado, se había preocupado por taparla. Eso la hizo sonreír y se cubrió los hombros con esa manta antes de levantarse. No creía que él se hubiera marchado, por lo que si no estaba en el interior del molino estaría fuera.

Lo encontró sentado a unos pasos de la puerta junto al río, había doblado una rodilla y apoyaba la cabeza en ella, y se acercó despacio quedándose un poco atrás y a un lado.

—Hola.

Altais salió de su duermevela y la miró, el enrojecimiento de sus ojos era la única evidencia de la falta de sueño, de que no estaba tan perfectamente como su máscara de vuelta a su lugar pretendía mostrar.

—Buenas tardes —saludó, ya pasaba un poco del mediodía—. ¿Algún síntoma persistente? —preguntó, aunque no creía que lo hubiera. Cuando habían pasado las dos horas y su magia había vuelto para su consuelo, ella ni se había inmutado, por si acaso había salido del molino y había esperado otro par de horas antes de regresar y comprobar que ella seguía sin achacar su presencia, aunque estaba más encogida que cuando la dejó, por eso había creado una fina manta y la había cubierto con ella antes de volver a salir.

Leyna negó con la cabeza y lo miró con preocupación.

—Tú no estás bien, aunque tu magia volvió, estás cansado —contestó agachándose a su lado, pero sin atreverse en ese momento a acariciar su mejilla. Era como si ya hubiera puesto esa máscara que cubría no sólo su rostro sino también sus sentimientos, lo que había sido anteriormente.

—En ese caso ya no hacemos nada aquí —contestó ignorando sus palabras aunque lo molestaban, ella veía la debilidad en él, necesitaba dormir antes de enfrentar a nadie, habían pasado más de veinticuatro horas.

Con la varita tomó una porción de agua y la elevó delante de su rostro a modo de espejo para poder realizar el fuerte hechizo que ocultaría la verdadera forma de sus ojos. Los apretó inevitablemente, siempre escocían, y se levantó sin demorarlo más.

—Vamos —la instó a levantarse y seguirlo.

Ella lo hizo sin decir palabra, aunque eso no quitaba que siguiera preocupada por él, no podía evitarlo, aunque se había repetido muchas veces en el pasado que todo había quedado atrás estaba demostrado que no era así y que seguía sintiendo cosas por Altais, no podía decir que era el mismo amor que había sentido seis años atrás, habían pasado demasiadas cosas en ese tiempo, ambos habían cambiado, pero sin duda seguía siendo importante para ella y cuando esos pequeños gestos hacia ella eran dulces, casi como lo fueron antaño, no podía evitar sentir todo más en la superficie.

Quería salvarlo como él había hecho ese día con ella. Había asumido que salvarlo de esa maldición no significaba que cambiara sus ideales, pero aun así podía cambiar otras cosas, quizá si sacaba de nuevo al Altais cariñoso que sabía que podía ser, su visión se modificara ligeramente y gente inocente podría dejar de morir y él luchar por lo que quería de ese modo astuto del que de vez en cuando hacía gala.

Con todo eso en mente pasaron la barrera mágica y caminaron hacia la casa. Una vez en el dormitorio de ella Altais volvió a colocarle la pulsera en su tobillo con un movimiento de varita, se sorprendió al percatarse de que no había ni pensado en escapar. Miró al joven alejarse a la puerta que unía ambas habitaciones, pero antes de que abriera la puerta las palabras salieron solas de ella.

—No fue tu culpa, Altais.

Él la miró unos segundos, pero no dijo nada, ni lo confirmó ni lo desmintió, no tenía el ánimo para discutir, tampoco veía porqué gastar más energías en ella, no le estaba haciendo bien, los recuerdos se estaban filtrando como si forzara la cerradura de ese cofre, aunque él sabía que en realidad ella tenía la llave. Necesitaba un poco de espacio y la mente clara, estaba volviendo a hacer estupideces por ello, no, no era bueno para él. Abrió la puerta y se marchó sin más.

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Sentado en la cabecera de la larga mesa dirigió su mirada a cada uno de sus alfiles de cada país, por así decirlo sus generales, que controlaban a las tropas en cada lugar. Era uno de julio, y como siempre en el aniversario de la fundación de su organización realizaba una reunión con éstos para repasar los avances anuales y compartir pequeños detalles sobre el futuro, apenas lo justo para infundir ánimos, poner la zanahoria delante de la boca para que siguieran avanzando sin cuestionar nada.

—Eso es todo por hoy. Podéis marcharos y continuar luchando por esta causa, dar todo por la magia —los despidió dando la reunión por concluida, cuando se fueran tendría una más trascendental con sus cuatro favorecidos.

Magos y brujas se levantaron, salieron del amplio comedor y las puertas se cerraron tras el último de ellos. Altais tamborileó una sola vez con los dedos en la mesa y miró a los cuatro que se quedaron, como en la fiesta del Ministerio y otras tantas veces se preguntó cuánto tendría que esperar para librarse de Atwood, el hombre era inteligente, creativo, pero su crueldad y excesiva ambición daban más problemas de lo que lo beneficiaban las otras cualidades. Ivanov estaba a la izquierda de este, a su derecha, su mirada era un tanto inquietante desde hacía unos días, en concreto desde el solsticio, se preguntó cuánto sabría del suceso con Leyna e intuía que, si no esa misma noche, pronto reuniría valor para volver a la carga con el tema. A su izquierda estaba Azaleh siempre calmado y con ese brillo inteligente en sus ojos azules que verdaderamente le gustaba. Y al lado de éste se encontraba Elven, se veía con el orgullo algo más hinchado que unos meses atrás debido a su éxito en la misión de reclutamiento en los países del norte.

—Hablemos de presente y futuro —dijo con media sonrisa—. Ivanov, ¿algún cambio en las instituciones educativas? —indagó, el hombre desde las últimas conquistas además de vigilar Hogwarts también se encargaba de coordinar a infiltrados en otros colegios.

El hombre sacó unos papeles y se aclaró la garganta. —En Beauxbatons tenemos a la mayoría de los alumnos belgas interesados en nuestra empresa, son alumnos muy aplicados —le contó—. Por otro lado los alumnos rusos son más difíciles, pero tenemos cinco nuevos para nuestras filas, mi Lord. En Hogwarts tenemos tres alumnos más para las listas.

—¿Alguna novedad con el profesorado?

—Sí, según mis hombres tenemos tres profesores más en Beauxbatons que se unen a nosotros con seguridad. Tenemos cinco del colegio que se abrió en Rusia que aún están reticentes, pero que aseguran que se unirán en cuanto las fuerzas en los demás países se afiancen —contestó el profesor—. Seguimos trabajando con los profesores de Asia.

—Bien, Rusia lo hará en unos meses —dijo con seguridad—. Atwood, ¿has hecho algún progreso? —cuestionó dándole su mirada más dura, cortando todo intento de sus discursos para concluir en que no tenía nada.

—El ministro es un hombre seguro de sus ideales, sin embargo, los ánimos en el Ministerio no son tan adversos, hay quienes están viendo los cambios en los países tomados de un modo pacífico y positivo… —respondió Atwood hasta que Altais levantó una mano deteniéndole.

—Más de lo que te he preguntado e irrelevante para mí —lo reprendió—. Batchel, ¿cuál es la situación en Rusia?

—Todo avanza según lo previsto, mi Lord —contestó Elven—. He conseguido acceder directamente al primer ministro, esta semana he quedado para ver con él un partido de quidditch y he conseguido un pase para una fiesta en la que van a estar todas la eminencias del país. Estoy seguro de poder convencerlo en una de esas dos veces.

—Bien, espero esos resultados —dijo complacido con ese avance, era importante para sus planes. Miró a Azaleh a su lado, hacían mucho más que reunirse por sexo, con él había consultado algunos de sus planes, en algunos casos mejorando la estrategia de él había propuesto—. Una vez tengamos al ministro, poco después Rusia caerá y en seis meses lo hará toda Europa —informó como si fuera una cosa hecha, toda la estrategia estaba ya en el mapa en su despacho—. En cuanto a la toma de Suecia será dentro de tres días, mañana irán movilizándose los seleccionados a los puntos clave. Batchel te informaré de la hora para que hagas contacto con el ministro sueco.

Elven asintió. —Por supuesto, mi Lord, estaré preparado —contestó el hombre.

Altais se tomó unos segundos, tal vez tuviera que admitir que tenía un problema porque le gustaba demasiado hacer esperar por el mero placer de poder hacerlo.

—Bien. Podéis retiraros —indicó y él mismo se levantó para marcharse por una puerta lateral.

—Mi Lord, desearía poder hablar con usted en privado —intervino Ivanov antes de que él saliera.

Él se detuvo conteniendo una sonrisa, parecía que después de todo iba a ser esa noche. Asintió y continuó su camino esperando que lo siguiera hasta llegar a su despacho en el ala en que se encontraban sus dependencias.

—¿Y bien? —lo instó a hablar apoyándose en el escritorio, la conversación no le parecía propia para sentarse cómodamente.

—¿Qué pasó con Samuels en el solsticio, Altais? —preguntó el profesor tras tomarse unos minutos, había escuchado que él la había sacado de la casa, en brazos, estaba intrigado a la par que preocupado.

Altais se tomó un momento para quitarse el hechizo de los ojos como solía hacer cuando ya no iba a ir a ninguna parte y frotárselos unos segundos.

—Una poción experimental tuvo efectos adversos en ella —contestó simplemente.

—Una poción experimental… ¿para qué servía esa poción?

—Para ver la magia, ayuda a aprender magia ancestral —respondió aunque un poco más reticente a contarle lo que fuera de sus experimentos, si hubiera sido un hechizo no habría soltado prenda.

Ivanov frunció el ceño. —¿Sabes que estás ayudando a que el enemigo aprenda una magia muy poderosa? —preguntó retóricamente—. Te está afectando tenerla aquí, y lo sabes.

Los ojos de Altais se achicaron un poco. —No puede salir de aquí y la magia ancestral se tarda años en dominar, para el mago promedio —dijo ante esa pregunta retórica e ignoró la otra parte.

—Ambos sabemos que Samuels no es una bruja promedio —repuso el hombre.

Altais hizo un gesto displicente con la mano. —Para cualquier mago que no sea yo.

Ivanov negó con la cabeza y suspiró. —En cualquier caso, ella es una distracción, un punto débil, deberías haberte deshecho de este pequeño problema.

—Haré lo que considere conveniente cuando deje de tener utilidad, Dimitri —replicó, que le dijera lo que debería o no hacer lo molestaba, era sintomático.

El hombre volvió a suspirar, ese chico tenía un punto débil, lo admitiera o no, y seguía llamándose Leyna, tenía que solucionarlo de un modo u otro.

—Quizá puedas hacerla cambiar de opinión como no hiciste hace seis años —sugirió.

Altais elevó una ceja, tuvo que admitir que eso lo sorprendió. —Los años no te pasan en balde —se burló ante ese cambio de opinión tan pronto.

—Si no puedes deshacerte de los problemas, al menos ponlos de tu lado —repuso Ivanov—. Además ella siempre ha sido una buena adquisición. Sino no tendré problemas en desmemorizarla.

—Ya te he escuchado suficiente. Márchate —ordenó, si tuviera que desmemorizarla lo haría él mismo, no se sentía nada dispuesto a dejar que otro entrara en ella.

El profesor asintió. —Con su permiso —dijo antes de dirigirse a la puerta y salir de la habitación.

Altais soltó un bufido cuando el hombre salió, unos minutos después pasó a la habitación contigua en que estaba el mapa con sus figuras listas para la estrategia como un tablero de ajedrez. Estar un tiempo observando el futuro, uno que parecía presentarse brillante y casi podía tocar con las puntas de sus dedos al fin, lo tranquilizó y cuando se encontró frotándose los ojos descubrió que había pasado una hora. Entró en su dormitorio, miró la puerta que comunicaba con la de Leyna y suspiró. Dimitri creía que no se daba cuenta, pero lo hacía, analizando cómo había reaccionado en el solsticio sabía que se estaba colando de nuevo a donde nadie más podía llegar, o no con tanta fuerza, por eso llevaba desde entonces, una semana, sin verla, si el hombre supiera lo que había hecho por ella Leyna estaría muerta… y él lo hubiera matado después, habría perdido mucho, más que dos personas que habían tenido bastante importancia en su vida. El profesor no lo comprendía, no conseguía ver la utilidad de Leyna; ella era la base de su magia blanca, cuando precisaba hacer algo poderoso con ella era a sus recuerdos a los que tenía que recurrir, sin ella sería otro Señor Oscuro.

Bajó la mirada, no, no iba a acercarse. Sí, la necesitaba, pero no tan cerca como lo había estado, tenía que aguantar, aunque desearía poder tenerla de su lado, pero por el momento no estaba seguro de cómo hacerlo, tendría que tantearla, pero de un modo más espaciado, o eso intentaría.

Se desvistió y se metió en la cama, los pensamientos de las reuniones y sobre ella bullían en su mente y por un momento rememoró esa breve caricia que lo delató, deseando tener aunque fuera ese leve toque en ese instante. Sí, tenía un grave problema, su cofre estaba rompiéndose.

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Apretó la carta de Elven en su mano e inconscientemente su magia devoró el pergamino. Se dirigió hacia la mansión, había estado en el bosque cuando la carta había llegado, las lechuzas no podían encontrar el lugar, se dirigían a una pequeña casa también protegida desde donde todas las cartas se aparecían allí. Las noticias eran desafortunadas, no podía pensar en ese momento en un mayor contratiempo y todo por una estupidez, por la de un mago en concreto, el ministro ruso. El hombre había dimitido por razones ajenas a su causa, ya estaba de su lado, en unas pocas semanas más podrían haber tomado Rusia, pero ahora tenían que volver a empezar para reclutar al nuevo ministro al que apenas habían tanteado con anterioridad. El trabajo de meses se había ido al garete porque el muy imbécil tenía que meterla donde no debía, concretamente en muchachitos apenas mayores de edad, y para colmo lo pillaban.

La magia pulsaba a su alrededor de un modo nada agradable para todo el que se cruzara en su camino, parecía pedir sangre. Había estado tan, pero tan cerca de poder poner en marcha su plan de dominación europea con Gran Bretaña como guinda del pastel…

—Altais —Leyna lo llamó al verlo pasar con pasos largos y firmes por su lado, se levantó del sillón en el que estaba leyendo y lo siguió preocupada—. ¿Qué pasa?

—Nada que te incumba —replicó entre dientes continuando su camino hasta llegar a sus habitaciones, las puertas se abrieron sin tocarlas ni uso de varita.

—Parece que vas a matar a alguien —comentó ella colándose entre las puertas y alcanzando a coger suavemente su mano para que se detuviera.

Él la apartó súbitamente. —Debería, pero no merece ni eso —siseó, pero sus palabras al razonar qué merecía o no ese indeseable le hicieron ver que de hecho tampoco merecía ni su descontrol, su cabreo, sufriría en su momento, eso era seguro, ahora tenía que calmarse.

Se alejó hasta una alacena a un lado del salón en que se encontraba, abrió las puertas y sacó tres ranas de chocolate de una de las columnas formada por esas cajitas apiladas. Se sentó en un sofá, puso una de las cajitas en la mesa de café, la abrió y con concentración felina esperó pacientemente a que la rana saltara para atraparla y devorarla, ignorando al público que tenía esa vez.

Leyna sonrió divertida ante esas acciones, esa agilidad y la manera de cazar la rana como si de una presa se tratara. Mientras él abría la segunda se acercó a él, sentándose en el reposabrazos, y despacio dejó una sola caricia en su pelo.

—Sea lo que sea seguro que tienes una solución.

—Llevo demasiados años esperando para que ahora se joda por semejante estupidez —replicó de mal humor aunque al menos su magia ya no parecía lista para matar por su cuenta.

Viendo que ese gesto no lo había molestado en un primer momento lo repitió dejando su mano en el pelo de él.

—No creo que se haya perdido todo, seguramente será un retraso, y sé que ante todo eres paciente —contestó con voz suave.

Los párpados de Altais cayeron a la vez que se movía esa mano por su pelo y sólo sus reflejos impidieron que se le escapara la tercera rana.

—Hasta yo puedo aburrirme de esperar —objetó Altais.

—Pero supongo que enfadándote así no consigues nada, ¿verdad? —comentó siguiendo con la dinámica relajada.

—Ya lo sé —gruñó sintiéndose tan relajado por esas ocasionales caricias que estaba permitiendo como frustrado porque no fueran continuadas, pero no iba a pedir nada, para empezar no debería dejar que lo tocara, había aguantado con alguna breve conversación ese casi mes y medio para ceder en un momento más que antes.

Leyna se movió, bajando del reposabrazos y acurrucándose a su lado haciendo más constantes las caricias y sonriendo dulcemente cuando empezó a ronronear. Lo sintió tensarse un segundo, él sentía algo de vergüenza por esa reacción incontrolable, pero al ver que ella seguía se permitió aceptar eso que tanto añoraba en algunas ocasiones. Ella se mantuvo en silencio largos minutos, dejando que se calmara y empezó a tararear un poco, no llegó a cantar claramente porque igual eso era demasiado, muchos recuerdos le vendrían si cantaba para él, aunque en realidad ya lo había hecho cuando aún no sabía la verdad de lo que era, pero hacerlo conscientemente… era mucho para ella.

—¿Mejor? —preguntó cortando un segundo el canto.

Esa palabra lo sacó de la bruma de relajación en que había entrado, movió la cabeza con esfuerzo deshaciéndose de ese toque. No tenía que haber permitido tanto, se había acurrucado contra él y casi había cantado, ¿qué demonios estaba haciendo?

—Sí —dijo secamente y se levantó para eliminar el contacto.

—Volviste —murmuró para sí y suspiró, aunque después de ese tiempo sin apenas avances ese había sido muy grande, le daba esperanzas. Se recostó más en el sofá y lo miró—. ¿Y si vamos a entretenernos en algo?

—¿Te parece que estoy para entretenerte? —replicó fríamente—. Ni siquiera sé qué haces aquí.

—Estoy aquí para que no mueras de frustración, y sí, lo que necesitas es entretenerte, o un polvo, aunque eso también sirve para lo primero —contestó Leyna despreocupadamente—. Deberías buscar a alguien.

—No soy un niño para precisar la ayuda de nadie, menos para esto. Márchate —ordenó moviéndose hacia el despacho lentamente, debería de reestructurar los planes.

Ella negó con la cabeza y se quedó donde estaba. —Pero necesitas algo que te ayude a desconectar —murmuró un poco para sí—. Estuve practicando para sentir la magia del ambiente —se le ocurrió decir—. También hay muchos libros en la biblioteca que aunque no la nombran específicamente sí hacen referencia a ella, supongo que al final la magia oscura y la blanca vienen del mismo lado.

Altais se detuvo y la miró, lo cierto era que hacer nuevos planes no serviría de mucho en ese momento, cuando supiera cómo podían progresar con el nuevo ministro ruso sería más sencillo hacer algo productivo y permanente. Tal vez fuera buen momento para intentar atraerla a su lado, o al menos inculcarle gran parte de sus conocimientos ya que ella había sido quien había sacado el tema. Se lo pensó unos segundos porque no estaba en él retractarse, más habiendo dado una orden clara, pero al final cedió.

—La magia es magia, son las personas las que han decidido clasificarla —objetó mientras se acercaba para sentarse en el otro extremo del sofá.

—Sin embargo, sí es necesario tener sentimientos que pueden considerarse oscuros para ese tipo de magia —repuso ella.

—Del mismo modo que para la considerada magia blanca. Muchos hechizos sencillos puedes realizarlos sin más, pero con el sentimiento adecuado puedes hacer de pequeños encantamientos algo poderoso —argumentó Altais.

—Como con el patronus, necesitas buenos recuerdos, los más felices —comentó ella asintiendo conforme con su argumento—. El problema es que es muy extraño que los buenos recuerdos te consuman, pero los malos… es diferente, se precisaría mucho autocontrol.

—Sí, se precisa autocontrol, pero no es tan extraño que esos sentimientos te consuman como crees. Por ejemplo, para muchos hechizos de creación es necesaria ilusión, la ilusión por alcanzar algo puede tornarse tan obsesiva como la de destruir algo, en ambos casos el mago puede acabar dañándose a sí mismo o a otros, la diferencia es que el primero lo hará con una sonrisa y unos propósitos más aceptables para la sociedad, no sabrán qué los golpeó hasta que sea demasiado tarde —repuso el hombre.

—No creo que el problema sea que eso sea más o menos aceptable para la sociedad, sino que la magia oscura ha sido generalmente utilizada para hacer el daño, desde hace años esos hechizos parecían haber estado creados para dañar, o aunque esa no fuera su finalidad final el dolor de alguien era uno de los pasos a seguir para lograr hacer el hechizo correctamente —argumentó la joven.

—Muchos de esos hechizos que requieren dolor no concretan el de quien, es un sacrificio, la diferencia es que con magia blanca se concreta que ha de ser autosacrificio, ese pequeño matiz es lo que hace clasificar un hechizo como luminoso u oscuro —dijo Altais—. Y el verdadero estigma de la magia oscura es que son los hechizos de tortura o asesinos los que perduran en el recuerdo de la gente ignorante. Algunos pueden lograr grandes cosas, incluso pueden curar cosas fuera de los límites de la magia blanca, un ejemplo simple es el incidente de pociones de Higgs, aún podrías seguir pegada.

Leyna mostró el horror que la mera idea le causaba. —Imagínate, tendría que haber presenciado todos sus encuentros con su querida esposa —dijo con desagrado haciendo una graciosa mueca.

Las comisuras de los labios de Altais se curvaron unos segundos en una sonrisa contenida.

—Es bueno comprobar que sigue dando utilidades inesperadas.

—Utilidades, desde que lo supe me pregunté qué utilidades podía tener Higgs, a parte de la clara satisfacción de la venganza al mantenerlo en los rangos inferiores, claro —comentó ella con diversión.

—Es resistente, como una mala hierba —respondió y se mostró más relajado al apoyar la cabeza en el respaldo del sofá.

—Yo creo que se ve más como un parásito que siempre se pega a lo que más le conviene y es muy complicado de aniquilar —repuso ella encogiendo las piernas para apoyar su barbilla en ellas sin dejar de mirarlo.

—Me es indiferente la analogía. En cuanto a la magia, ¿ahora la comprendes? —retomó el tema de conversación, girando la cabeza para mirarla.

—Sí, mucho mejor que antes, pero aún me queda mucho. Eso sí, estoy deseando que llegue el equinoccio —respondió sonriendo brillantemente, emocionada con la idea—. Aunque todavía no veo eso de que sea buena idea permitir la magia oscura, no creo que haya mucha gente preparada para eso.

—Todo es magia, al renegar de una vertiente de ella se reniega de toda ella. Es como si en una familia unida la sociedad desterrara a uno de sus integrantes, ¿qué harían los otros? Y por supuesto la magia oscura, como he dicho, tiene sus riesgos, por ello es preciso una regulación, pero no de ella misma, sino de la sanidad mental de los magos que hacen uso de ella —explicó pacientemente.

—Como lo que estás haciendo en los países que vas "conquistando" —dijo ella poniendo comillas con los dedos, porque conquistar igual no era la palabra correcta para definir lo que hacía, era más bien una toma pacífica—. Supongo que podría ser posible, pero en Inglaterra, con todo lo que se ha sufrido con la guerra no lo veo factible, al menos no desde un punto de vista de auror.

—Con las políticas de ahora no evitan que pueda haber otro loco como Voldemort. No es la magia la culpable sino los magos como Tom Riddle. Si no estuvieran prohibidas en ese tiempo no habría practicado con esa magia con la despreocupación con la que se enseña magia blanca. Con interés en esa materia hubiera tenido una guía básica escolar sobre el uso de magia oscura y sus riesgos, habría tenido alguien que lo instruyera, y si incluso pese a ello hubiera resultado tener esa falta de salud mental se habría podido controlar antes que desatara los genocidios de magos, las incursiones en el Mundo Muggle y las guerras que protagonizó —hizo ver su punto de la óptima política que proponía.

Leyna frunció ligeramente el ceño, vale, tenía razón en cada palabra que decía, pero Altais siempre tenía razón, nunca decía nada sin haberlo meditado antes, sin estar seguro de que iba a ser un argumento que tuviera relevancia, pero eso no quería decir que el uso de la magia oscura, por muy controlada que estuviera, fuera algo bueno, algo factible para el mundo mágico. Evidentemente no tenía noticias sobre lo que estaba ocurriendo en los países tomados, pero no parecía que hubiera revueltas ni nada por el estilo, ¿pero eso le daba definitivamente la razón al joven? Su cabeza era tal lío en ese momento que no estaba segura de qué contestarle, no debería tener dudas sobre eso, debería ser tajante, pero quizá era el encierro o simplemente que una parte de ella quería creer que los ideales de Altais no eran malos. Suspiró suavemente y se frotó los ojos con las manos.

—No es algo que se pueda saber, sólo hacemos conjeturas —murmuró, aunque ella sabía que él podría exponerle pruebas de ello, pero esperaba que dejara la charla ahí.

—Te dejaré pensar que son conjeturas —contestó Altais, también creía que era mejor dejarla reflexionar.

Ella sonrió suavemente. —Gracias —dijo con cierta ironía. Bajó los pies del sofá calzándose con la clara intención de marcharse, pero antes de levantarse se acercó a Altais y dejó un dulce beso en su mejilla—. Creo que me ordenaste que me fuera —comentó caminando hacia la puerta que comunicaba con su propia habitación—. Nos vemos, Altais.

Él pestañeó, ¿por qué ese gesto dulce? Su cordura sí que se iba a ir a pique a ese paso, decidió que le vendría bien más aire fresco y decidió dejar salir al nundu, con el cual las emociones salían fácilmente y gruñó mientras iba hacia la puerta abierta previamente. Leyna se sobresaltó con ese gruñido, miró hacia atrás, sonrió al verlo transformado y negó con la cabeza antes de salir de la habitación finalmente. Altais lo hizo inmediatamente después, divertido por haberla visto asustarse y se dirigió al bosque para correr, sentir el viento y que los problemas acabaran siendo tan ligeros como el aire.

Continuará…

Notas finales: Muchas cosas pasaron en este capítulo. Altais y Leyna comienzan a acercarse, ¿creéis que Leyna conseguirá llegar a Altais de nuevo o por el contrario será ella la que será arrastrada con las triquiñuelas del Lord?