Saludos a todos los que hayan decidido pasar por aquí, amigos escritores y lectores.
Desde aquí, amigos míos, la senda se vuelve más tortuosa y es que cada vez queda menos para el final. Según mis cálculos, faltarían aproximadamente unas dos o tres actualizaciones, no creo que más, pero eso todavía está por verse. De momento, todo cuanto puedo decirles acerca de este capítulo es que, de aquí en adelante, busco responder a algunas preguntas planteadas en instancias anteriores, así como dejar unas pocas que no tardarán en ser respondidas. También debo reconocer que este capítulo es, por lejos, una de las cosas más personales que jamás he escrito, de manera que es muy probable que a muchos no les agrade, pueden encontrarlo demasiado enredado o incluso, demasiado lento por no avanzar demasiado (ya me entenderán cuando lo lean), pero de cualquier manera, como siempre, todas, absolutamente todas sus opiniones son bien recibidas. Si quieren criticar, con confianza. Amenazar…con idéntica confianza, todo es bien recibido.
Antes de dar comienzo, quiero agradecer de todo corazón a Nara375, Minecrandres, LeeGillesD, Qua3183, Mas alla de la realidad y Chaarlii3, gracias a todos por sus muestras de apoyo, espero sinceramente estar a la altura de sus expectativas con este capítulo y si no…ya saben, cualquier amenaza será merecida y bien recibida, incluso agradecida.
Ahora, sin nada más que añadir, los invito a pasar, sean todos bienvenidos.
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Dios mío… ¿Qué he hecho para merecer esto?
Ah, ya me acordé.
No es lo que he hecho, es lo que he omitido. Lo que he callado y que otros han dicho por mí, acaso porque me faltaba el valor, acaso porque la verdad parecía gritarla todo mi ser sin darme yo cuenta…acaso porque nuestros silencios, para bien o para mal, tendrán incidencia en el actuar de otros…acaso porque nuestro silencio nos recuerda que no estamos solos a través del actuar de otros, aquellos a quienes les molesta nuestro mutismo, aquellos que se ven afectados indirectamente por nuestro actuar. Porque pensamos que determinadas noticias nos pueden poner en vergüenza o perjudicar ante el mundo, pero no pensamos que el mundo no necesariamente nos quiere ver hechos pedazos, tal vez se trata de cierto sentido de la autodestrucción…tal vez nosotros, a diferencia del resto, sentimos que no vale la pena darle mayor importancia a algo en particular.
No le damos importancia a nada…o yo, al menos, decidí no darle importancia a nada o al algo que me afectaba…hasta que, claro, un verdadero desfile me obligó a replantearme la situación…no, no es que todos ellos me obligaran a torcer mi punto de vista. A decir verdad, no podía afirmar que careciera de preocupación. Después de todo, daba igual lo que sintiera, no estaba solo literalmente, sólo tenía a mi gente lejos…exactamente, "tenía". Pero si al menos hubiese sido mi gente la razón de mi presencia en esa habitación…
No había demasiada luz, pero sí podía verla dormir…sí, sí podía verla ajena al mundo real, sumida en su paraíso onírico (a veces infierno, quién no ha tenido pesadillas), aunque…el término de paraíso es tan variable para cada uno…bastaba para mí el tener la certeza de que estaba tranquila, a diferencia de minutos pretéritos…si me hubiera dicho alguien que la vería así alguna vez…y que indirectamente tendría la culpa…no, indirectamente no, a propósito había omitido la información y no tenía por qué enterarse, pero claro, se había hecho con tales datos…y aunque tuviera conocimiento, ¿cómo chingados se me iba a pasar por la cabeza que tendría tal impacto? Además…no es que me sorprendiera la certeza de que ocupaba mi cama, más bien…más bien las circunstancias, sí, porque todo depende de eso, del lienzo sobre el que se desarrolla nuestro actuar, porque éste último, al fin y al cabo, no es más que una consecuencia de los estímulos a los que nos vemos enfrentados, a veces reflejos, a veces acciones calculadas…pero esto no tenía nada de reflejo ni de calculado, a menos que entrara en reflejos la improvisación, sobre eso estaba versado.
Pero todo eso lo complicaba más…no tenía que estar ahí y sin embargo, le había permitido el paso (no es como que esperara demasiado ni bien cruzó el umbral) con la esperanza de salir rápidamente del atolladero (había estudiado para dilatar y contraer según la conveniencia y la naturaleza de cada caso), mas había olvidado que no estaba enfrentando un caso (si bien podía relacionar su nombre con algún caso del pasado) y que la independencia de cualquier ficha con antecedentes o de cualquier consulta o de cualquier lugar de trabajo nos convertía a ambos en dos adultos sosteniendo una conversación convencional (adulto es una palabra subjetiva, no puedes determinarla psicológicamente sólo porque has llegado a la mayoría de edad, ésta sólo sirve para fines legales y yo no tenía intenciones de estudiar Derecho o Leyes como lo llamaran en cualquier país), de manera que cualquier argumento profesional venía a ser perfectamente inválido (según las circunstancias, cualquier argumento puede carecer de validez y la racionalidad convertirse en una magna estupidez) y en lugar de dar con una solución, me encontraba ahí, viéndola dormir tranquilamente, percatándome de que era la primera vez en muchos años que veía a alguien dormir en mi cama, sintiendo la creciente necesidad de escribir algo relacionado con ello, preguntándome en qué momento exactamente se había escapado la situación de mi control…cayendo en la cuenta de que por su presencia, todo giraba una vez más ante mis ojos y se tornaba más turbio, más complejo…
−¿Qué carajos voy a hacer contigo? –Dejé escapar en un murmullo que no alcanzó a alterar su pacífico sueño, el cual, sin embargo, no borraba las emociones que se habían hecho presentes en su rostro, huellas visibles o perceptibles o quizás puestas allí por mi mente que había presenciado su auge y caída…en semejante entorno, silencioso…sabiendo que el silencio te puede confundir más que el sonido…sabiendo que su respiración no bastaba para tener certeza de mi posición en el lienzo… ¿Por qué no creer que estaba teniendo una pesadilla, sabiendo que el tiempo encontraba su relatividad en el subconsciente? ¿Por qué no creer que todo cuanto necesitaba era una pequeña dosis de dolor para despertar? Ah, por supuesto…ya tenía una dosis constante de dolor que bastaba para mantenerme alerta, porque más allá de la cabeza…demonios, las vendas que cubrían mi mano derecha no estaban lo suficientemente firmes, sólo eso podía explicar que un hilillo de sangre se escapara de ellas y bastara para mancharme la camisa…no, todo era real, yo era real, porque incluso si dudaba de la presencia de la sangre, su olor bastaba para hacerme sentir sólido, tangible…por un largo "por ahora".
−¿Hermano? –La voz a mi espalda me sobresaltó, mas no di señales de ello. En su lugar, volteé hacia la puerta (de allí provenía la voz) y le hice señales a quien me hablaba de que volviera, añadiendo con los gestos la advertencia clara, podía despertar y eso era lo último que quería o necesitaba, ambos verbos venían a poseer el mismo valor. Por eso, mejor ponerse de pie, asegurarme de que ese hombro no estuviera descubierto (arropar más la que era una silueta bastante definida) y salir silencioso de la habitación para encontrarme con quien me había hablado allí, junto a la mesa, mirándome con preocupación (como si ésta no hubiese estado presente las horas previas)–. Hermano…quién…
−Ahora no tiene importancia, Melina, sólo…
−Claro, tiene tan poca importancia que duerme en tu cama y la ves dormir –soltó con sorna, aunque en las sílabas se apreciaba la mezcla de la primera con algo de molestia, curiosidad…la preocupación ya la había mencionado antes y ésta no se iría, estaba más que claro.
−No sabía dónde más estar…ya sabes, es…es como estar en el hospital…
−Tú deberías ser el que esté en un hospital ahora y aquí estás, así que si tiene tantos problemas, pues que se vaya a un hospital, ¿no? Ya bastantes tienes tú como para meterte en más líos ajenos y no me vengas con que forma parte de tu trabajo, porque eso no te lo crees ni tú…
−Melina, por favor, sí tiene que ver con el trabajo…o al menos…al menos sí tenía que ver al principio, porque ahora…ahora no sé qué chingados pensar…
−Ni que te pagaran por ser el hotel de quienes huyen de casa…
−No hermanita, no, no huyó, simplemente…vino por el mismo motivo que tú e incluso…sé que incluso recuerdas su nombre…
−No me importa su nombre, Gael, no me importa si vino acá o no por el mismo motivo porque aquí tu hermana…tu única familia soy yo y no tengo por qué tolerar que venga alguien más a pedirte que les soluciones la vida…
−No vino por eso, carajo…si al menos así fuera… ¿Crees que habría llegado a esta instancia?
No quería reconocerlo, mas ante mi niña no tenía secretos, si bien ella nunca me había visto llorar o aceptar que algo me sobrepasaba (qué clase de ejemplo le habría dado como hermano mayor), pero…claro, no podía decirle que ella misma hacía que no pudiese estar tranquilo y que por primera vez me atreviera a considerar seriamente una propuesta que habría rechazado de haber sido otra persona, de no haber tenido a nadie realmente…pero no, la tenía a ella, estaba orgulloso de ser su hermano…y tenía un lodazal de problemas que me llegaban al cuello…o quizás sólo uno, pero lo suficientemente grande como para crear un pinche pantano cuya perspectiva me llevaba a dejarme caer sobre el sillón más cercano (siempre mi favorito) sintiendo por vez primera en largo tiempo que el parche que cubría el ojo izquierdo me estorbaba…porque sentía que podía llorar en cualquier momento y mi niña así lo percibía…
−Melina –articulé, sintiendo cómo ella se acercaba a mí, agachándose hasta quedar a la altura de mi rostro–, yo… ¿Qué chingados se supone que haga ahora?
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Dios mío… ¿Qué he hecho para merecer esto?
Porque…algo debí haber hecho más allá de decir "Hay que hablar con los que chocaron con las chicas". Tal vez no había hecho nada efectivo o quizás sí, pero eso ya estaba lejos de mi alcance y del de cualquier reloj que sólo sabe del efímero presente y de la eterna promesa de un futuro que vivimos al tiempo que lo soñamos sin percatarnos de que es nuestro actuar el que le da forma a las acciones que soñamos o visualizamos. Pero claro, teníamos que ir todos, ¿no es así? Los padres de las chicas y yo como propietario de la motocicleta e indirecto responsable porque conmigo vivían, de mí habían obtenido el permiso (mentira, yo no les habría prestado nunca mi moto, pero de ahí a decirlo…nunca tan cabrón dada la situación) y todo con la esperanza de lograr un acuerdo, porque estaba claro que la culpa parecía ser más de ellas que de ellos (una luz roja, un disco Pare o Stop o Alto, como se viera o bien podía ser el exceso de velocidad, cualquiera que fuera la razón sólo servía para añadir más leña al fuego) y que con justa razón, podrían intentar llegar a las últimas consecuencias (después de todo, por efectos del mismo choque, ellos habían perdido el control y se habían estampado con una pared cercana) y si bien estaban fuera de peligro, estaba claro (por testimonio de la policía) enfadados parecía ser uno de los tantos sinónimos que en ellos encajaban a la perfección.
Claro que no tenía claro qué hacía allí si al cabo de unos minutos había llegado a la conclusión de que era una estupidez creer que mi presencia serviría de algo, porque daba igual que la moto fuera mía o no, yo no la manejaba y responsabilizarme de algo habría sido tan estúpido como buscarle el dolo al lanzamiento ciego de una piedra en un campo abierto…ah, pero claro, necesitaban de alguien para disminuir las responsabilidades y por eso, qué mejor que presentarme con David y West (el misterio detrás del primer nombre del segundo lograba distraerme por momentos de la situación en la que me veía inmerso, cómo era posible que después de tanto tiempo siendo mi jefe, jamás me tomara la molestia de conocer tan básico detalle) en esa habitación, tras la puerta, manteniéndome lo más lejos posible de ellos, preguntándome cuándo acabaría todo…cuánto más haría por esas muchachas…hasta qué punto podía impulsarme la ya repetida hasta la saciedad ética o simplemente la preocupación que procuraba disimular lo mejor posible tras la expresión neutra que me acompañaba allá donde fuera.
−Esto ya es demasiado –gruñí sin mirarlos, pero ambos sabiendo que me dirigía a ellos, no había nadie más.
−Fuiste tú el que…
−No siga, ¿quiere, West? Que la moto era mía y recuerdo el costo, sé por qué chingados estoy aquí, no es necesario que me lo recuerde…
−Si quisieras, podrías no estar aquí –soltó Vega, teniendo la cara dura de hablarme con molestia, como si tuviera por asomo el pinche derecho…
−¿Crees que lo hago por alguno de ustedes? Piénselo dos veces antes de decir una estupidez como ésa otra vez –dicho esto, me adelanté a ambos y toqué la puerta, un par de golpes, luego otro par y un segundo, luego dos, tres, cuatro, cinco…y luego seis…y ninguna respuesta, pero se oía movimiento, incluso las voces amortiguadas de algunas personas…dos debían ser, no concebía más, de manera que fue esa misma evidencia de actividad la que me dio el valor necesario para abrir ligeramente y asomarme sin alejarme demasiado del umbral, sabiendo que dos figuras más me seguían de cerca−. ¿Señores? Buenas noches, venimos por…por…
Me hubiera gustado decir, afirmar que en ese instante habría sido capaz de pronunciar un discurso convincente que reforzara la entrada innecesariamente dramática o que le restara importancia, pero claro, no tardé en descubrir que, en sí misma, la acción poseía más importancia de la que hubiera deseado o siquiera imaginado. Acaso porque apenas me oyeron hablar, los presentes, una pareja, voltearon a verme, la mujer sobre una camilla con algunas contusiones y el hombre de pie junto a ella, con algunos daños, pero menores, carecía de importancia…o al menos ellos parecieron dejarlo todo de lado en cuanto nos vieron pasar…no, vieron, como si se enfocaran en la manada cuando sabía que sus ojos estaban sobre mí, toda la presión de éstos, todos los sentimientos que éstos acarreaban…acaso un vago reflejo de los míos propios…acaso un largo silencio que descolocó a los pendejos que las chicas tenían por padres, sabiendo que algo no marchaba bien dentro de la destroza que era la situación mucho antes de toparnos con ellos, siendo el hombre, de pie, el que se decidió a escupir, devolviéndome al pasado…
−Tú, grandísimo… ¿Qué haces aquí?
No eran demasiadas palabras, sí se apreciaba la ira en ellas, pero más allá de ese pequeño detalle, más los desconcertó el que fuera un idioma que ninguno conocía, aunque no sé qué les sorprendía tanto si las facciones hablaban de otro continente, los ojos rasgados, la estatura, la complexión, la forma misma de la cara…y no habían considerado que de sus bocas pudiera escapar semejante parrafada de algo que para ellos bien podía ser galimatías…ni mucho menos que un sonido similar podía escapar de mis propios labios…
−De todas las personas con las que podían chocar… ¿Tenían que ser ustedes?
−Santana –chistó la voz de West en mi oído, claramente molesto por verse inmerso en una situación en la que él era incapaz de manifestar cierto dominio–, se puede saber… ¿Qué están diciendo?
−Es coreano y no se preocupe, me está saludando a mí –expliqué sin despegar la mirada de la pareja que parecía aguardar por mí.
−¿Coreano? ¿Es en serio? ¿Cómo es que tú sabes coreano y yo no tenía idea de ello? −Por supuesto, había perdido demasiado tiempo en silencio y sin control, de manera que mi antiguo jefe parecía incapaz de mantener el hocico cerrado mientras que Vega parecía comprender a cabalidad la razón que se escondía detrás del conocimiento que poseía de un idioma tan poco hablado a nivel global.
−Ellos son mis suegros, West, Samuel y Grace Park–ni siquiera se dieron por aludidos cuando pronuncié los nombres que adoptaron ni bien pisaron la tierra de la libertad hacía ya tanto tiempo –Pero también parecen ser…un problema para ustedes.
−¿Quiénes son ellos, Gael? –Habló la señora Park desde la cama, hablando en la lengua que el par de pendejos pudiera comprender, sorprendiéndome en parte la cuota de amabilidad para dirigirse a mí, a diferencia de su marido…intentando yo mismo no mirar demasiado a ninguno de ellos, porque sabía que si me detenía un segundo, me encontraría en ella los mismos ojos y en él facciones similares…la aterradora forma física de los recuerdos que nada tenían que hacer aquí.
−Los señores West y Vega –noté la tensión de éste último…claro que sí, comprensible al fin y al cabo, ¿acaso creía que yo era la única forma física de su responsabilidad pasada? Por supuesto que no, pero él parecía tener mejor memoria para recordar mi nombre, mis palabras…los gritos de esa noche…y el hecho de ser uno de los más cercanos a la niña de sus ojos…pero… ¿Qué sacaba si una parte del sentido común me decía que, de saber ellos el motivo adicional de la tensión del hombre, todo aquello por lo que había luchado hasta esa perra noche se habría ido a la mismísima chingada? Y una vez más, todo giraba en torno a ellas…y ninguna de ellas tenía la culpa del pasado que pudiéramos compartir sus padres y yo…
("Por mucho que puedan parecerse, muchacha, tú sigues siendo tú y tu padre es un cuento aparte, creer que tu sangre o tu apellido pudiera incidir en tu actitud o en lo que eres es algo factible y la presencia de tu viejo me lo ha probado, pero…basar mis conclusiones en un detalle tan subjetivo habría sido una actitud muy poco profesional de mi parte, ¿no crees?").
Yo estaba obligado a ser consecuente con mis palabras. Porque no se trataba ni de ellos ni de mí ni de nadie que no fuera ellas en particular, ajenas a todo, el punto de partida que separaba el pasado del presente y al mismo tiempo, me llevaban a maravillarme y aterrarme por el solo hecho de que ambas caras de una misma moneda compartieran tantos detalles que lograran que confundiera el tiempo y el espacio, lo vivido de lo que vivía en presente supuesto, creación del futuro, fantasmagoría presente ya en el recuerdo sin siquiera darme la ocasión de asumirlo, de comprender su principio y fin…no, podía responsabilizarlas de todo y sin embargo, quizás todo habría sido diferente de no haber dejado las llaves de la moto en el departamento…de no haber jugado una última carta para que volvieran, creyendo así que lograría algo de paz…de no haberles permitido la entrada a mi casa…de no haberlas echado sus padres por afirmar que amaban a otra mujer…de no haberse amado nunca…si el pasado que no me concernía hubiese sido otro…si nada desde el principio hubiese desembocado en esa línea en particular, con ellos enfrentándome y el recordatorio de que eran ellas las que necesitaban una mano…un recordatorio genético de pie a mi espalda.
−Los señores West y Vega son los padres de las muchachas que manejaban mi moto…la misma que chocó con ustedes y que…causó todo este desastre –impertérritos, los señores Park me escuchaban dar una explicación que parecía no tener que ver conmigo, más allá de la mencionada moto…como si el legado de sus antepasados decidiera hacer acto de presencia a través de esa tranquilidad con la que recibían las noticias.
−Sentimos mucho todo lo ocurrido, han de saber que…todo esto no ha sido más que un lamentable accidente –obviamente West, no hacía falta que emplearas toda esa diplomacia que has ganado con la experiencia en negocios riesgosos para referirte a algo que saltaba a la vista, que no se ponía en duda–, y si…ustedes están dispuestos a no levantar cargos contra nuestras hijas…tienen mi palabra de que correré con los gastos médicos, así como también…los compensaré por todos los daños materiales –sólo él podía permitirse ese ofrecimiento, quién mejor que él sabía que lo mejor siempre sería llegar a un acuerdo extrajudicial con las partes, no mancha antecedentes y si de nada se han enterado los medios de comunicación, nadie cuestionará en el futuro el intachable carácter de un empresario de su nivel o su familia…y a decir verdad, ¿qué más habrían ganado con una demanda? ¿Los ayudaría en algo enviar a las chicas a prisión? No, visto desde cualquier punto de vista…todo cuanto hacía West era adelantarse a la consecuencia lógica del embrollo, esforzándose así por borrar toda la evidencia.
−Se trata, ciertamente, de un acuerdo aceptable, señor West –afirmó el señor Park, recordándome así que ambos se entendían, más allá del idioma, gracias al campo de acción que los definía como hombres acaudalados–, en vista de que esto no ha pasado a mayores…somos plenamente conscientes, mi esposa y yo, que todo esto ha sido un accidente que bien podría deberse a…los comprensibles impulsos de las muchachas, sus hijas, de manera que si usted cumple con dicho compromiso, y estoy seguro de que así será, podrá usted estar tranquilo, tiene usted mi palabra de que no levantaremos cargos de ninguna naturaleza.
Y como para reafirmar la improvisada relación jurídica, ambos sellaron el compromiso con un apretón de manos, ritual al que ya me había acostumbrado hacía ya tanto…sin embargo, hacía mucho que no veía algo así tan de cerca…la manifestación de un lenguaje que yo apenas comprendía y que los había unido a ellos, a pesar del desastre, a pesar de las calamidades, en cuestión de minutos, sabiendo que, mediando una curiosa forma de estipulación, ambos hombres revivían el espíritu romano que valoraba la palabra empeñada, confiriendo al contrato verbal el mismo valor que al escrito…empeñando el mismo honor, probando, de alguna manera, que entre semejantes se podía o se obligaban a creer, acaso porque el mismo incumplimiento podía derrumbar la frágil estabilidad que habían alcanzado de una forma casi milagrosa.
−En vista, señores, de que hemos llegado a un acuerdo satisfactorio con relativa facilidad… ¿Sería mucho pedirles que abandonaran la habitación? Me interesa mucho hablar a solas con…el dueño de la moto.
No podía ser de otra manera…no, no podía ser tan sencillo, ¿lo había dudado alguna vez? Si no les tocaba a ellos directamente, me tendría que llevar yo la peor parte, mas no por eso las palabras educadas del señor Park dejaron de sorprenderme. Después de todo, ¿para qué carajos querrían hablar ellos conmigo si parecía ser que todo había sido dicho y dejado en claro hacía ya bastante? Porque de alguna manera, me estaban permitiendo estar a solas con ellos y mi rabia, la misma que podía dejar escapar, ¿para qué negarlo si la tentación seguía siendo grande, incontrolable por momentos, seductora como cualquier tentación? Y así pareció percibirlo Vega al verse obligado a hacer abandono de la habitación en compañía de su consuegro (la palabra no debía de agradarle demasiado a ninguno de los dos), permaneciendo allí, plantado en medio de esas cuatro paredes, preguntándome por qué algo que no me concernía directamente terminaba por devolverme al punto de tormentos, el más grande de mi maltrecha memoria.
−Las cosas son por algo, ¿no crees, Gael? –Ya a solas, el viejo se permitía volver a la lengua materna, la que le acomodaba a él y a su esposa, obligándome a mí a hacer uso de ella a pesar del dolor que acarreaba.
−Desde hace mucho que no sé en qué creer, señor –ambos fruncieron el ceño al oírme hablar, actitud que no me sorprendió demasiado.
−Sigues teniendo un acento horrible, muchacho –me reprochó la señora Park, siempre un poco más amable, menos adusta que su marido.
−Créame, no importa el idioma que emplee, todos me dicen lo mismo.
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−Hermano…qué… ¿Qué me quieres decir? –Estaba confundida mi pequeña, no podía ser de otra manera si yo mismo me atragantaba con las palabras…yo mismo sentía que al hablar, no expresaba la totalidad del tormento que parecía arrasar lo más profundo de mis creencias y certezas, acaso la destrucción de la base de toda mi supuesta seguridad.
−Nada…nada de esto debió de ser así, Melina, nada…y de pronto siento que…que todo cuanto he hecho desde que salí de la universidad se me viene encima en la recta final, cuando…cuando ya no puedo hacer nada salvo…permitir que todo esto me ahogue…
−Espera…todo esto…todo esto es…es por… -Parecía incapaz de completar la idea que tenía en la punta de la lengua, de manera que se limitó a desviar la mirada en dirección a mi habitación, la misma de la que acababa de salir.
−Melina… ¿Nunca te has detenido un segundo a pensar qué habría sido de tu vida actualmente si no hubieras tomado una decisión en particular? Una, un solo…un solo momento de tu vida que parece determinar el inicio de algo, el punto final de un pasado…un punto de quiebre que, sabes, tendrá incidencia en todo lo que hagas después…pero no es como que…en el momento pienses que…por una acción…por una decisión que tomas porque…porque es tu responsabilidad o es lo correcto, pienses…pienses que la vida dará tal giro que lamentarás todo lo que pudieras haber hecho que…que te ha llevado hasta ese punto…
−Hermano, tú…sencillamente no tenías forma de saberlo –si bien ella misma parecía incapaz de creer que algo así pudiera mantenerme al borde del colapso…no estaba dispuesto a decirle que con su presencia, con el recordatorio de que tenía una familia, me era imposible mantener la calma, más preguntándome qué pasaría después…qué haría después, sabiendo que por mi culpa…
−No tenía forma de saberlo ni mucho menos…mucho menos tenía por qué ser así, ¿no lo entiendes? Hacía ya años que no veía a ninguno de ellos…hace años que tomo todas las decisiones pensando…pensando que si he estudiado esto…si soy lo que soy es porque de alguna manera, para bien o para mal…estoy ayudando a los demás, ¿no es así? Durante años, hermanita…durante todos estos pinches años…he intentado ser de utilidad para mi entorno…ser un buen elemento, pero…dime por qué…por qué ahora… ¿Por qué chingados ahora, cuando quiero tomar una decisión en lo tocante a mí, debo sentirme culpable? ¿Por qué ahora debo permitir que otros decidan por mí si en el fondo todo esto podría ser un alivio?
−Gael… ¿Cómo puedes preguntar eso? Tienes…tienes una familia –hacía mucho que no la oía hablar con tamaña cuota de miedo en la voz, con ese nivel de angustia –Es importante, Gael…todos están aquí y…yo estoy aquí, ¿no lo entiendes?
−Melina…tú ahora estás aquí… ¡Ahora! ¡Pero demonios! ¿Tienes idea de lo que se siente estar aquí o en cualquier parte y al mismo tiempo desear no estar? Ahora mismo tú me preguntas…no, me dices…me dices que todos están aquí, pero…has pensado… ¿Has pensado quiénes son esos todos de los que me hablas? ¿Qué representa para mí ese todo? ¿Has pensado qué sabe de mí ese todo? O siquiera…siquiera, hermana… ¿Sabes tú lo que se siente vivir así o lo que he sentido todos estos pinches años?
No quería permanecer sentado más tiempo del necesario, débil y expuesto ante la niña que seguía viendo, la muchacha que debía saber de mí por la fuerza que podía brindarle y que pudiera hacerle falta…no, a quién quería engañar si mi hermana ya hacía mucho que había crecido, no faltaba mucho para que saliera de la universidad…y desde mucho antes que vivía ya lejos de mí, lejos de todo, acaso porque nuestros padres ya no estaban y ella tenía que extender sus propias alas…y desde mucho antes que había dejado de tener el significativo peso de un hermano mayor, ¿qué más podía esperar si, al fin y al cabo, ella era mayor de edad y vivía del otro lado del océano? Quizás cuántos amigos habría hecho, cuántas penas, alegrías o rabias había vivido…cuántos hombres habían pasado por su vida, cuántas veces se había ilusionado o decepcionado…cuánto sabía de sus triunfos y fracasos…y yo no había estado ahí… ¿Qué caso tenía estar para ella si hacía ya mucho que no me necesitaba? ¿Y qué sacaba con engañarse si sabía que su presencia no cambiaría nada, ni la suya ni la de nadie, más allá del miedo que me producía el recordarme que no estaba solo y eso sólo me ataba a las decisiones que no quería tomar?
−¿Te parece justo, hermana, que tenga que tomar una decisión obligado por todos ellos? ¿Sabes acaso que son todos ellos para mí? Todo…todo lo que he hecho o pudiera hacer de aquí a un tiempo ha sido por ti…y todo cuanto te pido ahora, mi niña, todo cuanto te pido ahora…es que me entiendas tú a mí –tuve que voltear, dejar atrás la ventana y mirarla a los ojos…se suponía que se parecía a nuestros padres, se suponía que debía existir algún parecido incluso conmigo mismo y sin embargo…seguía siendo muy diferente en muchos sentidos–. Yo…ya estoy cansado, hermana… ¿Por qué nadie es capaz de comprenderlo? ¿Acaso es mucho pedirle a cualquiera que me deje en paz por una vez? Que si tanta gratitud sienten…entonces… ¿Por qué chingados no me dejan optar a mí en lugar de creer que necesito que elijan por mí?
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−De modo que…la moto era tuya, muchacho –detestaba que empleara esa última palabra, como si yo siguiera siendo el pobre iluso que habían conocido, por lo que no me extrañó que interpretara mi silencio como evidente molestia–. Deberías cobrársela a West, ¿no crees? Después de todo, ha sido su hija la que la chocó.
−La moto es lo de menos y lo sabe, no es como que le dé mucha importancia, pero si estoy aquí es porque, de alguna manera, algo de responsabilidad tenía por haber dado yo el permiso –dejé escapar una sonrisa que algo debía tener de ironía, puesto que a ellos pareció molestarles–, y ustedes ya lo tenían presente, ¿no? Por lo que…no tiene sentido el que hablemos a solas, ¿no les parece?
−Que tuviéramos una conversación pendiente… ¿Te parece motivo suficiente para pedirles que nos dejaran solos?
Por supuesto, pendientes… ¿Qué pendientes tendríamos si habíamos perdido el contacto hacía ya años? Ya de por sí era un milagro que mantuviera el conocimiento del coreano que había aprendido a pulso, con tanta dificultad...y sólo me había servido en su momento por ser ellos mi familia política. ¿Qué nos quedaba de esos días salvo la certeza de que así había sido y no volvería a ser? Pendiente decía la señora Park, pendiente parecía confirmar su marido… ¿Qué podía quedar entre nosotros si estaba claro que a ambos, más a él que a ella, les molestaba mi presencia o el saber que me había visto involucrado en una nueva desgracia que los afectaba, tal vez menor, pero desgracia al fin y al cabo?
−¿Qué más tendríamos que hablar, señores Park? –Quizás se debiera a la rabia, quizás al dolor de tenerlos frente a mí habiendo huido desde hacía ya tanto…qué más daba si ya había vuelto a la segunda lengua de la que poseía dominio–. Sé que nunca estuvieron de acuerdo que me casara con su hija, mucho menos siendo tan jóvenes…sé que por mi culpa…si no hubiese estado conmigo, ella no estaría…no estaría…nada de esto habría pasado, demonios, lo sé, así como también sé que…no importa cuántas veces se los diga, ya no tiene caso pedirles perdón por nada, pero aunque sea por una vez…si creen que tenemos algún pendiente o yo tengo que pagar, al menos déjenme decir esto –respiré profundo, intentando contener el nudo en la garganta, pero también sabía que si me permitía un segundo más de pausa, no sería capaz de decirlo–. Su hija…Angie es…es lo mejor que jamás me ha pasado en la vida y si tuviese la oportunidad de pedir un deseo…quizás fuera que ella encontrara a alguien mejor o…o menos peligroso que yo, porque…aunque no se lo diga a nadie, sigo esperando el día en que ella cruce la puerta y me diga que todo ha sido un mal sueño…pero de momento me basta…me basta con seguir vivo porque…porque ella así me lo pidió, aunque…no entiendo por qué me hizo prometer algo así –no me atrevía a mirarlos, temía quebrarme más si apenas me quedaban las fuerzas para hablar–, así que…si creen que tenemos algo pendiente…pues hagan lo que quieran, no soy quién para oponerme, pero sí les pediré… sólo recuerden que…a su hija nadie la amará tanto como yo, sea en esta vida o en la otra.
Apenas fui capaz de decir todo cuando sentí súbitamente la presencia de ese hombre junto a mí, dejando caer con algo de dificultad su mano en mi hombro, un gesto casi amistoso que me desconcertó precisamente por su naturaleza inesperada, porque no parecía encajar en un hombre que hacía tan poco me había recibido con muestras claras de hostilidad…y en lugar de un golpe, en lugar de una muestra de cólera o rencor…en lugar incluso del comprensible desdén…tenía a ese hombre al que tanto había temido en el pasado dejando caer su palma en mi hombro mientras con la otra me sujetaba la mano izquierda, mirándome como si recién cayera en la cuenta de que había estado ahí desde mucho antes de cruzar la puerta.
−Nunca…nunca te quise para mi hija, es cierto –no hacía falta que lo dijera, vivía con el recuerdo de esos días e incluso sabiendo que habían acarreado tantas dificultades, yo los extrañaba –y a decir verdad…no estoy seguro de permitirlo si tuviera la oportunidad de volver, sé que lo entiendes –podía tomarse como una ofensa, pero en verdad lo entendía, me había puesto en la situación innumerables veces–, sin embargo…me queda claro que en todo lo que acabas de decir…ha habido verdad, lo pude sentir y ahora lo puedo ver y comprobar y quizás…quizás fuera el único pendiente que nos quedaba –dicho esto, pude notar que miraba con ojos brillantes la alianza que portaba en el anular–, porque incluso siendo nosotros sus padres…no hemos sido nunca capaces de hablar de ella como lo has hecho tú…siempre en presente…como si temieras olvidarla…como si te culparas ahora mismo de vivir cuando sería algo comprensible.
−Ella…ella era mi vida, señor, ¿no lo ve? Ahora mismo…yo…yo…Dios mío –qué horror…no sabía si era la falta del sueño o acaso la presencia de ambos, pero qué más podía dar si estaba a punto de desmoronarme ante ellos y eso…eso habría sido imperdonable…
−Nosotros la extrañamos tanto como tú, Gael –era el turno de Grace de hablar, la misma que me llamaba con la mirada, la misma a la que no me habría acercado de no ser porque el mismo Samuel parecía tirar de mí–, y es cierto que…en algún momento te culpamos de todo esto, pero…ella no lo hubiera querido así, porque…de tantas y tantas opciones que tenía…por algo debió escogerte y aunque nunca fue de nuestro agrado…hasta el día de hoy, respetamos su decisión y ahora más que nunca ya que sabemos que tú…hasta el día de hoy vives por y para ella…
−Perdónenme –no supe a ciencia cierta de dónde carajos había salido eso…quizás porque me había atrevido finalmente a mirarlos a los ojos, comprobando en un segundo que mis temores eran ciertos…sí, cada noche de los últimos años…cada noche, al irme a dormir, la veía junto a mí, mirándome con esa sonrisa que tanto me había fascinado…cada noche y cada día al levantarme, la veía y siempre, siempre le pedía perdón…siempre las palabras escapaban de mi boca en su lengua…y en ellos podía verla también, porque gracias a ellos, tenía la certeza de que ella había pisado el mundo alguna vez–. Nada…nada habría pasado si…si…
−Pero pasó, Gael, y tienes que aprender a aceptarlo –aunque a juzgar por su tono de voz, a Grace parecía costarle tanto como a mí, al igual que su marido…comprensible, puesto que de todas las cosas que podrías esperar o para las que podrías estar preparado, la última de ellas es la pérdida de un hijo o hija o en mi caso…perderla a ella…en la misma ciudad…ante el mismo hombre al que ayudaba y del cual no había hablado…en ese mismo hospital…
Sí, el mismo hospital…el mismo lugar que tanto evitaba…el mismo que me había llevado a enfrentar más demonios de los esperados o imaginados…el mismo que bastaba para hacerme recordar o sentir el dolor de la herida que parecía incapaz de cerrar…el mismo lugar que me veía llegar buscando no enfrentarlo, más bien escapar de todo, de todos, de ellos, de mí, del reflejo que me recibía en las ventanas, de las chicas que habían desatado el funcionamiento complejo y siniestro de la máquina que parece regir nuestras vidas más allá de la voluntad del Todopoderoso, gigantescos dados o una rueda irregular llamada Azar…el mismo que las había llevado a ellas allí…su azar, mi condena…la obligación de aceptar ser recibido por esos hombres que esperaban frente a la puerta, apoyados contra la pared, recibiéndome en silencio, pareciendo incapaces de hablar o siquiera enfrentarme, siendo David el primero en dirigirme la palabra:
−Gael…yo…
−No dije nada, David, si es lo que te preocupa –y no necesitaba decirlo por segunda vez, la idea me provocaba náuseas, más de las que ya tenía…como si no fuera carga suficiente el mantener la calma cuando sentía que las paredes comenzaban a cerrarse en torno a mí.
−¿De qué hablaron exactamente?
−Carajo, West, ¿por qué te interesa saberlo? ¿Crees que intenté convencerlos de que reconsideren la posibilidad de interponer cargos? ¿Tan mezquino me crees? –Y que agradeciera que sólo había respondido con palabras, porque necesitaba estar solo, que no vieran el rastro de lágrimas…que si decían las palabras incorrectas alguno iba a salir con la jeta rota.
Por supuesto, después de eso no supieron que más decir y yo…yo no sabía por qué me quedaba quieto si no esperaba nada de ellos. Finalmente todo había acabado… ¿Cuántas pinches veces me había dicho lo mismo? Pero recapitulando…ellas parecían estar fuera de peligro a pesar de todo…no levantarían cargos los señores Park…supuestamente, los padres se habían tomado en serio mis palabras relacionadas con hacer las paces con sus respectivas hijas… ¿Qué más querían de mí, hijos de la chingada? Quería gritarlo, necesitaba decirlo, que me dejaran en paz…y sin embargo, era incapaz de hablar, de voltear…de hacer siquiera algo, apenas mantenerme en pie con una mano en la pared, incapaz de contener la súbita angustia que me invadía, el terror…la certeza de que las paredes caerían sobre mí, arrebatándome el aire…como si el aire mismo fuera incapaz ya de llegar a mis pulmones, demasiado denso…demasiado esquivo…
−¿Estás bien? –La maldita voz del hijo de la chingada… ¿Qué carajos podía importarle a él lo que a mí me pudiera pasar?
−No es de tu incumbencia, Vega –por qué no le había dicho directamente que sí…ah, estaba demasiado ocupado caminando hacia las escaleras, el ascensor podía tardar y no estaba dispuesto a esperar con ellos a mi lado.
−Santana, estás…estás pálido y sudas…
−¡Por última vez, ya…!
Estaba en los primeros escalones…últimos…a una altura media…menos…en las escaleras todas las alturas son considerables, todas las precauciones se justifican, además…la distorsión me impedía percibir las cosas, porque a ratos parecía más, parecía menos…parecía el piso…el cielo…el aire o la tierra…pero no importaba…no me podía importar si la ya familiar rigidez, los músculos sintiendo la repentina descarga que se desataba…cómo si las pastillas…las había ingerido…cómo…cómo se desataba el fuerte impulso…cómo en ese lugar, haciéndome perder el equilibrio…rebotando…apenas pudiendo reaccionar al dolor…a pesar del golpe final, en la cabeza…el dolor me mantenía en un rincón de mi mente azotada por la súbita tormenta mientras las enormes sombras se cernían sobre mí…y los gritos…era mi nombre…pero no respondía, no podía responder…porque de a poco yo mismo me sentía desaparecer…mientras me llamaban a gritos…parecían pedir ayuda, pero… ¿Importaba algo en medio de la tormenta de un cuerpo que me traicionaba?
Ya había caído en la realidad…y en mi mente también caía…caía…caía…
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−No hables de todos como si ellos tuvieran algún valor, sabes que aquí…la única persona que podría importarme…eres tú…la única a la que podría importarle realmente todo esto…
−¿Y cómo explicas que le hayas cedido tu cama? Nadie es tan importante…a nadie más podría importarle… ¿Y qué prueba eso entonces? –Estaba furiosa, pero procuraba mantener bajo control su volumen de voz –Si no vas a escuchar a los que te acompañan a diario, aunque sea como parte de tu trabajo…escúchame a mí, Gael, no puedes…sencillamente no puedes…
−No habrías venido si ellos no te hubieran llamado…
−Ni tú me hubieras dicho que iba a perderte, te conozco –resultó inesperado sentir el tacto de sus fríos dedos sobre mis mejillas, obligándome a mirarla a los ojos–, no me habrías hecho un favor y lo sabes, en realidad…te habría odiado por no permitirme estar contigo…canijo, Gael, soy tu hermana…se supone que somos una familia…se supone… ¡Se suponía que tú siempre me cuidarías!
−¿Lo he hecho estos años, mi niña? ¿Podría hacerlo en el futuro? Además…tú ya eres una mujer… ¿Me harías caso en algo?
−Siempre has estado en todo… ¿Acaso no lo ves? ¡Estudio Psicología porque quiero ser como tú! Demonios, hermano…siempre te he necesitado…sabes que no soy la única que te necesita…
−¿Lo dices por…? –Claro, miraba la puerta de mi habitación…no pude evitar esbozar una sonrisa irónica ante el burdo argumento del cual se valía mi hermana sin siquiera ella misma saberlo–. Ni siquiera sabe lo que quiere, en realidad…todo ha sido un maldito error.
−Es que… ¿Es que acaso tienes una excusa para todo?
−Tengo la misma excusa para todo, simplemente estoy cansado…
−No, tú no estás cansado, simplemente quieres volver a verla –una vez más…una vez más demostrando que la distancia no bastaba para acallar la voz de la sangre–. Estás desesperado porque sientes que su ausencia te está enloqueciendo y todo lo que quieres es alcanzarla…
−¿Y qué si así fuera? ¿Qué tendría de malo…?
−¿Crees acaso que estaría muy contenta de ver que ya no queda ni la sombra del hombre del que se enamoró? –Cómo era posible que todo aquello que tuviera su nombre bastara para generarme más dolor…para hacerme sentir peor–. Ella amó a un hombre que se aferraba a la vida a pesar de todo…un hombre que le prometió que viviría por ella, estuviera o no…se lo prometiste, Gael…se lo prometiste…se lo prometes cada maldito día que la llamas y te contesta su grabadora… ¿Es que acaso no lo recuerdas? ¿Acaso te has cerrado tanto en tu dolor que no piensas que ella llora cada día viendo cómo eres incapaz de seguir adelante?
Cada día…cada llamada… ¿Por qué tenía que ser tan fácil no llegar hasta el final?
−Hola, soy Angella, si estás escuchando esto, definitivamente es porque me has atrapado en un mal momento y no te puedo contestar, así que si es muy urgente, te sugiero que dejes tu mensaje después de la señal…y si eres tú, Gael…sonríe por mí, amor, ¿quieres? Sé feliz y vive siempre, así como me haces feliz y sentir viva a mí…sí, amor, gracias por un día más que me das, por eso no te rindas…y recuérdalo, te amo muchísimo.
−Como…como si hubiese sabido siempre…que ella se iría antes que yo –articulé con dificultad, sintiendo su voz no desde el otro lado de la línea, sino su eco resonar en mi mente…en cada fibra de mi ser–. Por qué… ¿Por qué tiene que ser tan difícil ahora?
−Tal vez…sea su forma de pedirte…a través de otros…que todavía no es la hora, ¿lo has pensado alguna vez?
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−Los medicamentos ya no son efectivos, señor Santana, porque las convulsiones tienen otro origen, más allá de padecer usted la condición por predisposición genética, lo cual no suele verse con frecuencia…me temo que tengo malas noticias.
−Doctor, sea cual sea la noticia, le pediré por favor que hable en cristiano, que no tengo paciencia para metáforas médicas.
−Los análisis indican que el aumento de los episodios de crisis se debe a la presencia de un…de un tumor cancerígeno que tiene alojado en el cerebro.
No debería uno estar acostumbrado a no esperar nunca nada. Al final, cuando debes recibir el impacto, no tienes idea de qué chingados hacer, decir o cómo reaccionar…al final, sientes que el tiempo se detiene y las palabras parecen adquirir mayor extensión en sílabas empleadas y segundos necesarios para darles la forma, para pronunciarlas…para poder tú mismo procesarlas y aceptar que sí, te hablan a ti, intentan darte…no, te han dado una mala noticia, te concierne directamente, no es menor, es grave…algo tienes que decir, algo tienes que manifestar…sabes que te tiene que importar, ya es un milagro que la lógica acuda a ti cuando la impresión debería bastar para nublar tu juicio, para ser incapaz de coordinar el pensamiento con el habla, porque tienes una masa descontrolada alojada en los sesos…
−No es… ¿No es un poco apresurado afirmar que es cancerígeno? –Incluso en esa situación, parecía imposible que hiciera una pregunta de tal nivel técnico.
−Me temo, señor, que…el alcance del tumor nos permite decir que…usted se encuentra entre la Etapa III y IV, no es posible determinarlo con certeza, pero sí…sí se puede decir que…su extensión…su crecimiento…
−Se ha descontrolado –completé yo, ganándome un movimiento afirmativo de la cabeza del facultativo.
Lo peor de todo quizás fuera el verle el lado lógico. Después de todo, eso no sólo explicaba el descontrol, también algunas migrañas…sí, el dolor estaba presente y también…no, no podía recordar con claridad, ¿sería otro síntoma que había pasado por alto?¿Cambiaría algo el saberlo? Una prueba más de que parecía no darle la debida importancia al asunto…o tal vez sí se la daba en la medida en que me afectara o impactara la noticia… ¿Realmente me importaba mi propia reacción? ¿O acaso me encontraba demasiado aturdido como para actuar acorde a la situación?
−He informado a…a quienes lo trajeron aquí –no es como que esperara la noticia anterior, pero la segunda frase sí logró arrancar algo de naturalidad de mi parte.
−¿Traerme? ¿Quiénes?
Que alguien lo supiera me desagradaba, pero que fueran además West y Vega, los cuales cruzaron la puerta que amablemente les abrió el doctor…sí, aquello no tardó en revolverme el estómago a causa de la rabia…que ellos tuvieran conocimiento de un detalle que sólo me concernía a mí…algo que dependía de mí que se supiera o no (y tenía claro que no quería que se enterara nadie) y en un segundo, las personas que más lejos quería de mí tenían dominio pleno de mi vida en base a ese detalle… ¿Dónde quedaba mi capacidad de decisión o siquiera un atisbo de mi libertad de acción? Y lo peor de todo era que…parecía ser que el médico creía que quería estar solo con ellos… ¿Acaso parecíamos amigos o algo así? Esa última idea bastó para acentuar el mareo que me acompañaba desde que despertara…incluso para sentar las bases del incómodo silencio que parecía dominar el encuentro, percibir incluso la lástima con la que ese par de pendejos me miraba, lo cual me encabronaba más…
Dios mío… ¿Qué chingados he hecho para merecer esto?
−Gael…yo…
−Ya que pareces enterado David, y usted también, señor West… ¿Sería mucho pedirles que mantuvieran cerrada la boca y no permitan que nadie se entere de esto?
−Se trata de algo serio…
−Que no le concierne a nadie, mucho menos a usted, jefe, de manera que si van a manifestar su gratitud por lo que hecho por ustedes en las últimas horas, sabrán mantener la boca cerrada y dejarme en paz…
−¿Dejarte en paz? –Hacía mucho que no escuchaba algo de autoridad en la voz de David, la cual no tardó en alzarse ante mi petición–. Qué, ¿acaso te volviste loco? Estás enfermo de gravedad, te vimos caer de las escaleras producto de las convulsiones… ¿Y esperas que lo olvidemos y te dejemos así como así?
-Se han inmiscuido en mi vida más de lo necesario y de hecho, si por mí hubiese sido, ni siquiera se hubieran enterado…
−Pero ya lo sabemos, así que es un poco tarde para especular qué habrías hecho de haber estado en la vereda contraria –tan frío y sereno como siempre, West también parecía dispuesto a manifestar su innecesario interés por el asunto.
−Pues qué bien, ya saben, ¿y qué con eso? No es como que puedan hacer uso de dicha información, ni siquiera tienen para sacar algún beneficio…
−¿Tan mal concepto tienes de nosotros, Santana? –La pregunta de West no dejaba de causarme cierta gracia mezclada con molestia, acaso porque sentía que una pregunta de esa naturaleza sobraba.
−Pues…más allá del pasado que nos pueda unir…en el presente no han demostrado ser las personas más decentes…a menos, claro, que dentro de su concepto de "decencia" calce el echar a sus hijas por su condición sexual –ninguno pareció inmutarse mayormente ante la mención de dicho acontecimiento, lo cual no ayudaba precisamente a mejorar la impresión que en mí habían dejado–. Sinceramente, señores… ¿Qué chingados les puede importar a ustedes lo que tenga o deje de tener?
−Eres el psicólogo de nuestras hijas, ¿lo olvidaste?
−No hay mayor mérito en ello, Vega.
−Hiciste el trabajo que nosotros no hicimos en su momento…o quizás sí te lo pedí yo en su momento y supiste cumplir, por eso quiero pagarte…
−¿Pagarme, West? Si no hubiese sido por el pinche accidente, probablemente ni se habrían dado por enterados del estilo de vida que llevaban sus hijas…además, ¿por qué carajos cree que necesito que me paguen por algo así? ¿Acaso cree alguno que cuando hacía todo eso pensaba en hacerles alguna clase de favor? ¿Tanto les cuesta aceptar que todo eso que ustedes ven como favores en realidad nacieron de la necesidad de esas muchachas? –Sonreí con desagrado, incapaz de aceptar todas esas decisiones ya lejanas, ya enterradas, asimiladas como recuerdos, que me habían llevado a esa instancia–. Ustedes las dejaron solas, yo no las iba a dejar atrás, pero de haber sabido que ustedes eran sus padres desde el principio…les habría cerrado la puerta en la cara mucho antes de siquiera considerar si debía ayudarlas o no, por lo que antes de considerar el hecho de que soy el psicólogo de esas chicas, recuerden primero que son las hijas de los cabrones a quienes más odio en esta vida y si soy capaz de alejarlas de mi vista, tanto mejor.
Tal vez toda esa rabia viniera de antes o puede que también tuviera su origen en lo que acababa de suceder. Acaso…acaso la idea de que ellos, precisamente ellos, me vieran en un momento de debilidad me molestaba tanto o más que haber salido del departamento a hacer el trabajo que a ellos les correspondía. Dios bendito, ¿cuidar del bienestar de dos muchachas que llevaban los apellidos Vega y West? ¿En qué pinche cabeza podía caber? West, el que me había convertido en un cerdo arruinando las vidas de quienes más necesitaban una oportunidad…y Vega…no, no hacía falta recordar más, pensaba en él cada día, cada noche, más desde que su hija compartía mi cama con la gótica, la digna heredera del apellido que portaba muy a su pesar…pinches brujas…pinches cabrones…
−No les dijiste nada a los señores Park, ¿no es así, Gael? –Inesperadamente, la voz de David me arrancó de mis furiosas elucubraciones–. Todos los profesionales tenemos nuestra propia ética y la tuya siempre ha sido…no decir nada de nadie, aunque eso pueda beneficiarte…
−No le veía ningún beneficio a abrir la boca, Vega…
−Podrías hundirme con todo lo que eso significa…
−Ya te dije que nada sacaría con hacer algo así…
−Sacarías, claro que sacarías, porque en el fondo, sé que ansías más que ninguna otra cosa el verme caer…o al menos, lo ansiabas –con el único ojo útil me bastaba para ver su expresión desolada, pudiendo, a pesar de ésta última, esbozar una sonrisa cansada, trémula–. Tienes… ¿Tienes idea de lo que ha sido para mí el vivir todos estos años con esta culpa? Por lo general…he visto tu mirada en otros hombres y mujeres…en el pasado y sé que también en el futuro, pero…todas las he aprendido a soportar porque todos ellos…todas ellas…todos han hecho algo que ha merecido su caída o captura…dejar un rastro de dolor tras de sí…es decir, por eso me hice policía, ¿sabes? Porque desde siempre he…he creído en la justicia, en que alguien debe hacerse cargo de impartirla, de hacerla llegar allá donde la necesitan…de tender una mano a las víctimas capturando y haciendo pagar a los responsables de su dolor…al menos…así lo veía y lo sigo viendo, porque el mismo pensamiento me ha ayudado a encontrar consuelo cada vez…cada vez que todos ellos me ven y veo el odio en sus miradas…no sé si sea lo correcto, pero casi siempre merecen lo que les pasa y eso me tranquiliza –no sabía qué podía esperar de mí con esas palabras más allá de un profundo desagrado, mas no sabía qué decir o de qué manera impedir que mantuviera esa cháchara–. Pero…si digo casi es…es porque en tu caso, Gael…esa mirada de odio…y todo lo que pasó…no justifica ni justificará nunca lo que ocurrió…
−¿Qué chingados sacas con decirme algo que ya sé?
−Sé que no me creerás si te digo que…no pasa un solo día sin que recuerde…la noche en que murió Angella…y no sienta la necesidad de volver a ese instante…y haber hecho las cosas un poco mejor –por qué…por qué tenía que hacerme recordar esa noche…por qué tenía que siquiera mencionarla el muy cabrón–, por eso…por eso recuerdo también…tu mirada, Gael…tu mirada y más tu silencio que tus palabras porque éstas, al parecer, nunca bastarán para describir tu dolor y…lo entiendo, es…es comprensible, no puede ser de otra manera, ¿qué más podría esperar del hombre al que le arrebaté lo que más amaba en esta vida? Y a pesar de todo, Gael…a pesar de todo…has ayudado a mi hija…incluso después de saber que yo soy su padre…incluso después de todo…has venido aquí a prestar tu ayuda sin siquiera mencionarles a los señores Park que yo…yo fui el responsable de ese accidente –por qué lo decía, si a medida que transcurrían los minutos recordando eso, más me arrepentía de haber cerrado la boca…como si hubiese conseguido algo diciendo algo así–, da igual lo que digas sobre ser profesional o que formaba parte de tu trabajo, ¿o me vas a decir que te pagan por permitir que dos muchachas se queden en tu departamento? ¿Acaso forma parte de tu rol como psicólogo el ir más allá de una oficina? –Bastaba con que lo dijera de esa forma para hacerme sentir un perfecto estúpido, acaso porque lo peor que podía pasarme era el darle la razón, incluso en mi fuero interno, mi orgullo me impedía siquiera considerar la posibilidad de asentir con la cabeza–. No importa lo que digas, Gael, si nos odias…ambos lo entenderemos, pero…no puedes negar…que desde hace mucho tiempo, todo este asunto…ha pasado a ser algo personal para ti…
−Por lo que no nos puedes culpar si decidimos que, a partir de ahora, tu bienestar pasará a ser nuestra responsabilidad –la profunda voz de West interrumpió a Vega, completando a la perfección la idea de éste último–, da igual si no quieres una muestra de gratitud, es una decisión que nos concierne a nosotros y no es como que tú tengas cabida en ella, tu respuesta ya la teníamos presente desde mucho antes…
−¿Cuál es ese pinche afán de meterse en mi vida, cabrones? ¿Es que acaso no les basta con todo lo que han hecho que ahora se dan el lujo de humillarme de esta manera? −Cualquier muestra de ira parecía flaquear ante la aparente tranquilidad que manifestaban ambos hombres, de pie junto a mi cama.
−No, Santana, nos limitamos a actuar en consecuencia –y estaba claro que West había captado mi falta de comprensión ante esa respuesta, la cual parecía causarle cierta gracia, se notaba en la ligera curva de sus labios–. Hace mucho que tú llegaste a nuestras vidas y no hemos sabido devolverte la mano, así que si tanto te molesta que hagamos esto por ti…al menos intenta consolarte con el pensamiento de que quizás…quizás no lo hacemos por ti sino por nuestras hijas, porque has sabido estar ahí para ellas…porque quizás no les haga mucha gracia que su psicólogo las deje así como así…y por nosotros mismos como una forma de expiar nuestras propias culpas.
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−Si te preguntas la razón…creo que por eso West decidió llamarte, cuando pareció descubrir que…estaba perdiendo el control sobre mí.
−Todos parecen dar por hecho…que tengo algún poder sobre ti –murmuró mi niña con tristeza, como si ni ella misma se creyera sus palabras.
−No es como que existan demasiadas personas que puedan afirmarlo, ¿acaso lo has dudado alguna vez? –Logré que tomara asiento sobre mi sillón favorito, cansándome ya el hablar en voz baja con tal de evitar que despertara–. Sólo por ti…yo podría considerar una propuesta que no me agrade…o trabajar donde no quisiera…a decir verdad, mi niña, tu vienes siendo la única motivación que me queda, aunque…estando lejos…no sé qué tanta validez tenga pensarlo si…ya sabes, tú…tú ya has crecido y aunque…aunque digas lo contrario…sabes que no me necesitas tanto como dices…
−No intentes ponerlo de excusa, sabes que…que no volveré a ese país hasta tener la seguridad de que tendré a mi hermano el tiempo que haga falta –estaba a punto de decirle que aquella era la decisión más estúpida que podría tomar, pero no parecía dispuesta a perder el control de la conversación, más bien tenía clara la intención de convertirla en una declaración de valores o en un reproche del todo–, porque ahora mismo…ahora mismo siento que hay demasiadas cosas que no están claras en ti y tú pareces dispuesto a guardarte todo porque crees que sigo siendo la niña pequeña que has protegido del dolor y las malas noticias desde el principio…
−Melina, yo…todo esto…lo he hecho para no hacerte daño…
−Hace ya años que dejé de ser una niña, Gael, así como hace ya años…no, ni siquiera estoy segura de haber creído alguna vez en los cuentos de hadas o que el mundo en el que vivimos es perfecto, porque desde el momento en que nacemos, estamos expuestos a la mentira, a la verdad y al dolor que ambas pueden acarrear –furiosa, parecía realmente la mujer que me negaba a aceptar en lugar de la niña que habitaba los más gentiles de todos mis recuerdos, una niñita de cabello rizado, ojos oscuros y mirada alegre, la misma que había sido dejada atrás en favor de una muchacha alta, del mismo cabello rizado y ojos oscuros, reemplazando la alegría por la desesperación–. Eres tú el que se ha quedado atrapado en el pasado por Angella y por mí y a ninguna de las dos…nos gusta ver cómo te mantienes ahí porque te resulta más sencillo…es decir… ¿De qué me sirve ser tu hermana o estar aquí si eres incapaz de notar que hace mucho dejé de ser la niña que protegías hasta el aire? ¿De qué mierda nos sirve decir que somos una familia si tú eres incapaz de confiarme tu dolor?
Confiarle mi dolor… ¿Cómo podía pedirme algo así con tanta seguridad? ¿Sabía acaso de la naturaleza de mi cruz? No…no podía cargarla ya más, sobre todo sabiendo lo que sabía. No podía atormentarla más, porque a veces la confianza que otros depositan en nosotros se vuelve un suplicio, la certeza que nos llega el día en que descubrimos que deseamos desesperadamente olvidar una noticia, una palabra, una información, por la implicancia, el verdadero valor que otros le dan a dicha noticia, la influencia que posee en nosotros mismos, llevándonos a extrañar la ignorancia previa al llamado de nuestra curiosidad que nos llevó en su momento a pedir insensatamente por aquello que otros nos ocultaban, no porque le confirieran un excesivo valor sino porque sabían exactamente de ese mismo valor y por eso nos querían salvar del rol de obligados custodios de aquellos secretos que nos atormentan en silencio, el mismo que puede dañar más cualquier sonido…pero no, excesiva me parecía la palabra "secreto" si en esencia, no existía demasiado que ocultar, todo estaba al alcance, todo llamaba la atención, pero Melina era incapaz de unir las piezas, tenía las pistas, las señales, pero no sabía cómo interpretarlas, cómo leer o entender una historia de la que me adivinaba protagonista cuando en realidad, no lo era, seguía siendo un recién llegado, seguía sintiendo que nada tenía que hacer ahí…seguía sintiendo que mi presencia no era más que el capricho de un creador desesperado por unir cabos sueltos en su propia imaginación valiéndose de un universo ajeno a él y ajeno a mí…seguía sintiéndolo, seguía apreciando su constante girar…y sin embargo, ya no podía escapar…
−No sé…no sé cuánto tiempo nos queda para compartir, hermanito, pero sin importar cuánto éste pueda ser… ¿Podrías, aunque sea por una vez, permitirme actuar como una hermana para ti?
−Chiquilla…antes de preguntarme a mí, ¿por qué no le preguntas a tu padre? Después de todo…a la familia no se le niega nada.
Tal vez debía de pensar mejor mis palabras antes de dejarlas escapar, nunca supe cómo hacían para volver a mí cuando me encontraba en una situación determinada, como si éstas se sintieran llamadas por el instante y se encargaran de recordarme que, en algún momento, había trazado verbalmente mi camino a seguir, acaso mi propio destino sin siquiera saberlo…o sería que yo buscaba inconscientemente mi propio camino entre las palabras que ya había pronunciado y que, por tanto, creía abandonadas, mas no por eso, volvía a descubrirlo, olvidadas. Quizás la conciencia no es otra cosa que el rastro de nuestros pasos ya abandonados, los mismos que vuelven a recriminarnos o revivir para nuestra supuesta conveniencia una palabra, una acción, el rastro de un pensamiento que bien podría encajar en la acción que enfrentamos en tiempo presente, siendo su reproche el resultado de ignorar su voz que, al final, termina siendo nuestra propia voz que nos grita desde innumerables ayeres para mantener, así, viva nuestra identidad, el ser, el hacer, un solo verbo en inglés…uno solo, es lo que somos.
−Renuncié a Hollywood Arts –dejé escapar, rompiendo las pausas que había dejado mi hermana en espera de una respuesta de mi parte, pudiéndolo interpretar como una afirmación, una nueva rendición–, hace poco…dejé ese trabajo, sé…sé que lo recuerdas, te hablé de él en más de una ocasión.
−No parecías estar muy cómodo allí… ¿O acaso le tomaste cariño?
−Pensé que…si debía pasar el tiempo de alguna manera, prefería que fuera manteniéndome alejado de…de todo aquello que me causaba malos ratos…
−Hermano…todo trabajo trae malos ratos y…mira, no es que cuestione esa decisión en particular, pero…creo que…de todos los lugares…
−Melina, en sí el sitio traía algunos malos ratos, pero…estaba tan ligado a mi ser…en el sentido de que…a la vuelta de la esquina aparecía algo que tenía relación con mi pasado…sin contar que…era necesario…porque si bien le había dicho a West que me permitiera pensarlo…ya tenía claro que había aceptado su propuesta mucho antes de que me diera la opción de aceptar o rechazar…
−Tú… ¿Aceptaste la propuesta de West? –Aquello parecía desarmarla por completo. Sabía ella lo que pensaba de ese hombre, de manera que mi decisión parecía contradecir mis más arraigados principios.
−Me parecía…sensato si…después de todo…hay muchas cosas que no tendré la certeza de que se vean cumplidas –por no decirle que aquella decisión in extremis la había tomado precisamente pensando en ella, en asegurar su porvenir…en asegurarme de que no le faltaría nada en caso más que probable de que llegara a estar ausente permanentemente.
−Y… ¿Qué tiene que ver todo eso con la chica de tu habitación? –Parecía incapaz de sacarse el tema de la cabeza…sí, curiosa por naturaleza, aunque siempre había sabido disimular esa parte de su personalidad.
−Yo dejé, un poco antes de renunciar, la certeza en los muchachos de que…todo cuanto hacía lo hacía por ser un profesional y no por ser un amigo de alguien –era verdad…una verdad tan grande que casi me parecía grotesca en retrospectiva –una forma de…establecer distancias después del accidente y del…de la presencia de una pareja en esta casa…
−Sigo sin entenderte.
−Nadie tenía que enterarse de nada, había creado una burbuja que me aislaba de ese mundo, por lo que…ellos no tenían por qué saber si renunciaba o no más allá de mi ausencia o siquiera…siquiera darle demasiada importancia, pero tampoco contaba con que…no se puede contar nunca nada, ni el apoyo ni las palabras ni mucho menos la confidencialidad de nada ni nadie…
−En cristiano, Gael, porque ahora no estás escribiendo.
−La chica que duerme en mi habitación, Melina…se enteró de todo y no sólo vino a exigirme una explicación sino que…lo ha complicado todo mucho más.
−¿Explicaciones? ¿A ti? ¿Una paciente? Pero…si era confidencial…si supuestamente esos tipos…te dieron su palabra de no decirle nada a nadie, más allá de mí misma… ¿Por qué tendrías que explicarle tus decisiones? ¿Cómo le hizo para enterarse en primer lugar? −Seguramente no era el mejor momento para sonreír…pero a veces, el gesto puede manifestar más cansancio que dicha…o más tribulaciones que certezas…y ella parecía especialista en romper supuestas estabilidades y sumir en la incertidumbre.
−¿Cómo le hizo? Es bastante sencillo, hermanita, cuando piensas que la chica tiene el apellido West.
