Enfermedad

Si algo de si mismo apreciaba Bones era su sistema inmune. A lo largo de sus años en la facultad, luego en la consulta y ahora en la academia, sólo había enfermado dos veces. Para su desgracia la tercera se produjo esa misma mañana. Después de un triple turno en el hospital, el médico había comenzado a sentir escalofríos seguidos de un leve dolor de estómago.

Maldijo en voz baja a lo largo de su camino de vuelta a la habitación. Si tenía suerte tal vez después de dormir se hubiese recuperado, pero si no era así no quería ni imaginarse lo que sería estar en la misma habitación que el desastre andante que Jim era a nivel médico. Con su suerte seguramente el muchacho acabaría contagiándose y él teniendo que cuidar de ambos.

Con semejante pensamiento, Bones llegó a su habitación, se puso la ropa más cómoda que encontró a mano y se metió en su cama rezando para que el dolor desapareciese.


Algo le despertó, era un incesante murmullo. Parpadeó un par de veces antes de lograr enfocar su mirada: Jim estaba sobre él, observándole con preocupación.

–¿Estás bien?

Iba a responder que sí, pero evaluó su estado: el dolor del estómago se había desplazado al vientre y la fiebre ya había hecho acto de presencia, acompañada por nauseas. Sin duda había empezado a desarrollar una "bonita" infección intestinal.

–No, pero lo estaré. Pásame mi bolsa.

Jim desapareció momentáneamente de su vista para regresar con la bolsa. Abriéndola, Bones tomó con manos temblorosas su hipo y cargó un medicamento que él mismo se inyecto en el brazo.

–Ya está– musitó el hombre dejándose caer de nuevo en su cama.

–¿Qué tienes? ¿Qué te duele?

–Es sólo un poco de gastroenteritis– dijo Bones tratando de acomodarse en la cama–. Unas horas y todo…

No pudo terminar la frase pues, en ese momento, su estómago se reveló. La bilis subió por su garganta sin que él pudiera reaccionar. Hubiera vomitado sobre si mismo si Jim no se hubiera movido a tiempo, pero lo hizo: Jim le pasó un brazo por la espalda y le hizo inclinarse por un lado de la cama por lo que el contenido de su estómago cayó al suelo.

–Maldita sea.

–No pasa nada.

–Tengo que ir al baño– gimió McCoy.

Los brazos de Jim ayudaron al médico a sentarse en la cama, a ponerse en pie y a llegar hasta el baño en dónde lo poco que quedaba dentro de él fue vaciado. Antes de que pudiera recobrarse, Jim le había despojado de sus ropas y le había metido en la ducha sónica. Iba a preguntarle que estaba haciendo cuando su compañero comenzó a vestirle con un pijama limpio.

–Ahora los dientes– le dijo Jim dejándole el cepillo en la mano–. Cuando acabes de lavártelos te sentirás mucho mejor. ¿Quieres que te ayude?

El médico sólo alcanzó a negar con la cabeza mientras se cepillaba los dientes. Jim desapareció. Bones continuó con su tarea pero, apenas acababa de dejar el cepillo en el armario cuando Jim volvió junto a él. Sin decir nada el muchacho le condujo de nuevo a la cama en dónde le obligó a recostarse contra varios cojines.

–Ahora ten– dijo tendiéndole una humeante taza de algo que había estado preparando en la cocina, y que el médico no supo identificar.

–¿Qué es?

–Un remedio casero contra el dolor de tripa– Jim puso un orgulloso gesto–. Lo aprendí de mi madre y te aseguro que es cien por cien efectivo.

–Sólo necesito otro hipo y…

–No dudo que eres un buen médico, el mejor de cuantos he tenido. Pero Bones, apenas alcanzas a ponerte en pie, no me fio de tu autodiagnóstico ni de tu automedicación. Tómate mi infusión, si de noche no te sientes mejor te llevaré al hospital.

Incapaz de replicar, Bones dio dos tragos a la bebida que rápidamente descendió por su maltratada garganta.

–Otro poco más, vamos– le animó Jim.

Haciéndole caso, Bones tomó casi la mitad del contenido de la taza y, sin saber cómo, sus párpados se cerraron.


El paso de las horas fue extraño para el georgiano. La bebida le había dejado adormilado pero, aún así, se despertaba cada poco bajo las atenciones de Jim que, a lo largo de la tarde, le hizo beber otra taza más de su remedio, le puso dos paños fríos en la frente para aliviar los sudores que había empezado a padecer, y le cambió la camiseta cuando esta se bañó con su sudor.

Volvió a despertar en plena noche, con la mente más despejada y una grata sensación de alivio en el estómago. Palpó la zona y encontró que no estaba hinchada.

–¿Cómo estás?– le preguntó Jim acercándose desde su propia cama.

–Mejor– admitió el médico–. ¿Qué hora es?

–Casi medianoche. Un momento– sin fuerzas para incorporarse y ver hacia dónde iba, Bones tuvo que esperar a que el muchacho regresase, de nuevo llevaba una taza de su infusión–. Tómala entera. Mañana por la mañana te sentirás aún mejor y al mediodía podrás comer algo.

–¿Desde cuando eres médico?– preguntó Bones tomando con agradecimiento la taza.

–Desde que encontré al mío tirado agónicamente en su cama, gimiendo de dolor– Jim le dedicó una sonrisa–. La próxima vez que te encuentres mal avísame antes de llegar a estos extremos.

–Jim, ¿te das cuenta de lo absurbo que es que tú me digas a mi eso?

–Tal vez– contestó el rubio encogiéndose de hombros–. Pero no me gustaría volver a encontrarte así.

–Maldita sea muchacho, tampoco me gusta a mi remendarte cuando llegas de una pelea de bar, o cuando te rompes las manos en clase de lucha, o cuando enfermas por comer cualquier mierda a la que eres alérgico sin saberlo.

–Pero yo tengo excusa: soy un desastre. Tú no.

–Lo que eres es imbecil– siseó McCoy terminándose su bebida.

Al hacerlo, Jim le retiró la taza y, para su sorpresa, los cojines que le habían mantenido sentado.

–Te ves mejor, y no creo que tengas nauseas así que puedes volver a acostarte por completo. Descansarás mejor.

Bones era médico y sabía de aquellos trucos, lo que le inquietaba es que Jim los manejase también cómo él. Decidió preguntarle en otro momento ya que, por segunda vez, el sueño se apoderó de él.


A la mañana siguiente Bones no sentía dolor alguno, sólo una acuciante debilidad en sus músculos que no le impidió levantarse para ir a clase. Jim se ofreció voluntario para acompañarle, algo a lo que Bones se opuso y, sorprendentemente, el rubio pareció aceptar. Sin embargo el joven se cruzó con el médico tras cada una de sus clases, algo que jamás había pasado. Finalmente, a la hora de la comida y con la tarde libre de acudir al hospital tras realizar tres turnos el día anterior, Bones decidió regresar a su habitación para descansar.

Acababa de entrar por la puerta del dormitorio, y estaba a punto de cerrarla, cuando Jim apareció.

–Justo a tiempo– dijo entrando con su desbordante alegría–. ¿Cómo estás?

–Ya lo sabes, has estado siguiéndome toda la mañana.

–Oh Bones, no gruñas– dijo Jim deshaciéndose de su uniforme y colgándolo en el armario–. Técnicamente sólo te he seguido estos últimos minutos.

–¿Ahora eres mi guardaespaldas?– musitó el hombre dejándose caer en su cama.

–Algo así, al menos hasta que termines de recuperarte.

No queriendo discutir, Bones se cubrió los ojos con uno de sus brazos y dejó a sus oídos bagar por los suaves sonidos que Jim producía con diferentes utensilios en la cocina. Minutos después un agradable olor impregnó el dormitorio.

–Vamos Bones– le llamó Jim–. Hora de comer.

Sabiendo las más bien nulas capacidades culinarias de Jim, Bones se incorporó, más que por hambre, por curiosidad de saber que había podido cocinar Jim con semejante buen olor.

–¿Verduras a la plancha?– preguntó observando con estupor la comida perfectamente cocina.

–En efecto: sanas, fáciles de digerir, y con todos esos aportes de vitaminas místicos de los que tú siempre hablas.

Aún con estupor, Bones se sentó frente a Jim y comenzó a comer comprobando que la comida sabía tan bien cómo olía. Durante el tiempo que duró su almuerzo McCoy no pudo encontrar una tacha al comportamiento de Jim que, inclusive tras la comida le instó a tomar otra ducha, momento que aprovechó para mudarle la cama por lo que cuando volvió a acostarse lo hizo entre limpias sábanas, y al lado de una humeante infusión que descansaba sobre su mesita. Dio un sorbo y se recostó en la cama sintiéndose de nuevo agotado. Jim apareció de algún lugar incierto, le retiró la taza de la mano y le arropó con suavidad.

–Descansa Bones.

El médico intentó replicarle, decirle lo sorprendido que estaba, lo que le agradecía sus cuidados esas últimas horas, pero todo lo que pudo hacer fue suspirar mientras sentía cómo su cuerpo se relajaba bajo el calor de las mantas.