Cp. 11 – Día 21
Uno, dos, tres, espirar, uno, dos, tres, inspirar, no detenerse, dos, tres, espirar, visualizar la rueda, dos, tres, que no se detenga, dos, tres, espirar…
Cada vez le llevaba más tiempo relajarse y conciliar el sueño. Para empezar, estaba el aluvión de sentimientos que la asediaba desde que había visto ese holovideo. No parecía disminuir con el tiempo. No es que no recordara Alderaan antes de eso pero ahora se daba cuenta que había faltado una dimensión a su memoria. Antes de ese día, había recordado solo los hechos, no los sentimientos.
Gracias a la Diosa, Han estaba siempre allí, para evitar que se perdiera en el mar de sentimientos donde a veces temía ahogarse. Han era su ancla, su salvavidas, el muelle esperando imperturbable que volviera a la orilla. Él la aceptaba así. Podía sentirlo. Su aceptación incondicional era el regalo más precioso que hubiera podido hacerle.
No era porque no dificultara las cosas a veces, no. Han tenía su propio método de volverla a la realidad, a esta realidad donde Alderaan era solo un recuerdo y ellos se acercaban más día a día. Y su método particular consistía nada más ni nada menos que el contacto físico.
Contacto. El antiguo, básico, primordial medio de comunicación entre seres vivos.
Han mantenía su palabra, a pesar de todo. No la presionaba en lo absoluto. Había aprendido rápidamente donde se encontraban sus límites y se controlaba admirablemente. Por supuesto, de vez en cuando cometía pequeños errores, pero Leia ya no se enojaba tanto con él. Su contacto la hacía sentir segura ahora, no amenazada como en el pasado, y se sentía profundamente agradecida por eso.
De todas maneras, había un momento del día que era especial, diferente del resto. Era ese momento de la noche en que ella decidía irse a dormir y Han la acompañaba hasta la cabina. Entonces le daba un beso de buenas noches. En este especial beso, Han ponía toda su habilidad, todo su encanto, su cuerpo, su mente y su espíritu. Quizá estaba rogando en silencio ser admitido dentro del compartimiento que, de una forma u otra, se había transformado en territorio prohibido para él desde que esta extraña relación entre ellos había comenzado; quizá era simplemente su forma de ser.
Lo que era seguro era que, noche tras noche, cada vez le resultaba más difícil despegarse de su abrazo. Y cuando se encontraba sola en su cama, cada vez le costaba más conciliar el sueño. Tenía que usar el ejercicio de relajación de Luke durante períodos más largos cada vez y aun así, muchas veces se despertaba al cabo de unas pocas horas, sin razón aparente. Y algunas veces, con una razón.
/
El comunicador sonó y Han Solo se despertó de golpe. Tanteó en la oscuridad y contestó.
- ¿Qué pasa? – preguntó. Una voz familiar le contestó pero no pudo entender nada.
- ¿Qué pasa, Chewie? Habla más fuerte, no te escucho… - subió el volumen al máximo y lo acercó a su oído. Siempre lo dejaba activado, de la misma manera que ponía su DL-44 bajo la almohada. No podía dormir de otra manera. Estas simples precauciones, tan parte de su rutina nocturna como lavarse los dientes, le habían salvado la vida en más de una ocasión.
- ¿Otra vez? – dijo en el micrófono. – No lo se, viejo, quizá quiere estar sola… - siguió escuchando y sacudió la cabeza. - ¿Estás seguro? Ok, ok, ya voy…
Han cerró la transmisión y se desperezó, bostezando sonoramente. Apuesto que Luke es mejor que yo en esto, pensó, algo desanimado. Sin embargo se levantó de su improvisada cama y se puso un par de pantalones holgados.
Descalzo, se acercó al área de recreo sin hacer ruido.
La Princesa no registró su llegada hasta que Han se sirvió un vaso de agua ostentosamente. Rápidamente apagó el holo-visor y se frotó los ojos con el puño de su uniforme blanco.
Solo la observó de reojo y decidió que Chewie tenía razón. Eso lo decidió y se aproximó a ella.
Leia había subido su pies, cubiertos con simples medias blancas, sobre el asiento alrededor del la mesa de holoajedrez y abrazaba sus piernas, descansando la barbilla sobre las rodillas. Han se le acercó y le apartó un pequeño mechón de cabello que había caído sobre su rostro. - ¿Qué pasa, Corazón? – preguntó con gentileza.
- Nada – respondió la joven.
- No es nada. Estuviste llorando – afirmó Han sin vueltas, sentándose a su lado. – ¿Otra pesadilla?
- Si. No. Más o menos…- respondió la Princesa sacudiendo la cabeza con desazón.
- Cuéntame.
- Soñé con Luke.
- ¿Qué hace el chico en tus sueños? – pretendió indignarse Han – ¡Se supone que tienes que soñar solo conmigo!
La fanfarronada del coreliano hizo sonreír a Leia, pero su sonrisa se disipó cuando siguió relatando.
– Estaba enojado conmigo. Me gritaba porque yo había olvidado su cumpleaños. '¿Cómo podría olvidarlo?' le grité yo. '¡Es dos días después del mío!' 'Te olvidas de todo' me dijo. Y luego me desperté. Y recordé… - su voz se apagó y se detuvo.
- …Lo que habías olvidado.
- Si.
- Que era…
- Mi padre.
- ¿Qué a cerca de tu padre?
Leia soltó sus rodillas y giró para enfrentarlo. – Ayer fue su cumpleaños, Han, ¿cómo pude olvidarlo?
Algunas lágrimas pendían de sus pestañas nuevamente. Han simplemente abrió sus brazos y la Princesa se arrojó en ellos, hundiendo el rostro en su pecho, como había hecho tantas veces en los últimos días.
Pero en cuanto su mejilla hizo contacto con sus músculos pectorales, el suave vello de su pecho le hizo cosquillas y la Princesa lo rechazó instintivamente.
- ¿Quieres que me ponga una camisa? – preguntó Han con resignación.
- No hace falta – respondió Leia luego de unos segundos, volviendo a apoyar la mejilla en su pecho con cierta timidez, buscando el sitio exacto donde podía escuchar mejor el latido de su corazón. El sonido, fuerte y firme, la calmaba, algo que había descubierto en los últimos días.
Lo que sí era una sorpresa que ahora teñía de rosado sus mejillas, era que el contacto de la varonil pilosidad de la que él estaba tan orgulloso no le resultaba precisamente desagradable. El olor de su piel era más perceptible de esta manera también, provocándola y acelerándole el pulso. ¿Quién lo hubiera dicho? Tres años atrás encontraba casi desagradable su agresivamente masculina anatomía y ahora…
La culpa repentina que la invadió le hizo dar un quejido ahogado; con la distracción casi había olvidados por qué había estado llorando.
- Vamos, no es tan grave – la consoló Han, acariciándole la espalda. Él había olvidado tantas cosas a lo largo de los años. ¿Por qué se ponía así por olvidar un cumpleaños? De todas maneras, le encantaba abrazarla así, contra su piel. Que ella lo dejara abrazarla así.
- No lo entiendo, Han. He estado recordando tantas cosas estos días. Cosas en las que no he pensado en años se me aparecen de pronto todo el tiempo. ¿Cómo pude olvidar su cumpleaños?
- ¿Qué más recordaste, Corazón?
Tantas cosas. El perfume que usaba Padre. Las canciones de cuna de Madre. La risa de Trevin. La fuerza del viento contra su cuerpo cuando subía a la torre más alta del Palacio. El sabor de la hierba de Alderaan, cuando había mordisqueado unas hebras en una tarde de ocio. Y la leve, triste sensación que asociaba con su otra madre. Tantas cosas. Tan pocas explicables. Y lo había olvidado casi todo en los tres años pasados.
- Mira – dijo, súbitamente animada, girando en el círculo de los brazos de Han para encender el holo-video nuevamente. - ¿Ves esa playa? Yo solía ir allí de madrugada, cuando los demás dormían aún. Me llevaba algo de pan de las cocinas y alimentaba a las gaviotas. Me sentaba en la arena y los pájaros volaban a mi alrededor, yo les arrojaba los trozos al aire y ellas los atrapaban… ¡No he pensado en eso en más de diez años!
- ¡Debías ser todo un espectáculo! – rió Han Solo.
Leia trató de cambiar el ángulo de visión del holograma pero en vez de eso la grabación retrocedió a la escena de la niñas que bailaban donde aparecía Bail.
Como siempre, su cuerpo se envaró al verlo. Han la estrechó un poco más fuerte entre sus brazos y apretó sus labios contra la nuca de la Princesa. Por un momento, Leia se preguntó que hubiera pensado Padre de Han. De que ella estuviera allí, en medio de la noche nominal, varados en el medio de la nada, dejándose abrazar por este increíblemente apuesto y semidesnudo contrabandista con gran corazón.
Una pequeña voz dentro de ella le respondió que, dadas las circunstancias generales de su vida, Bail Organa hubiera estado feliz por ella, probablemente.
Otro recuerdo surgió de pronto. Era de la época inmediatamente después que su madre falleciera, cuando ella contaba siete años, ocho como mucho. Se había despertado en medio de la noche y se había dirigido a la habitación de su padre, deslizándose en la cama con él. Bail la había estrechado contra su pecho, y ambos habían llorado. En realidad, había sucedido varias veces, se daba cuenta ahora. Y también ahora había aparecido una nueva pieza del rompecabezas: su padre había estado llorando antes que ella llegara, cada vez.
- ¿Por qué blanco?
La pregunta de Han la trajo de vuelta al presente.
- ¿Perdón?
- El Virrey vestía de blanco, tú vistes blanco todo el tiempo, ¿por qué?
- Duelo.
- Ah – Han deseó no haber preguntado.
- Padre vistió blanco por mi madre por cinco años – explicó Leia – y mi primo Trevin falleció un mes antes de… - se estremeció antes de continuar - …antes de la estrella de la Muerte.
Maldición, estaban allí de nuevo.
- ¿Sabes qué? – continuó la Princesa – si yo vistiera blanco por cada uno de los que murieron en Alderaan por un minuto y solo un minuto, cien vidas no serían suficientes…
Suficiente, Solo, nuevo tópico, ¡AHORA!
- No te pareces mucho a tu padre.
La joven lo miró con extrañeza. – No.
- ¿De quien sacaste la baja estatura? ¿Tu madre?
- No lo sé – respondió Leia secamente.
- ¿Cómo que no lo sabes, Corazón?
- No lo sé, Han – respondió con voz apenas audible – porque fui adoptada.
Solo no hubiera estado más sorprendido si alguien le hubiera tirado un balde de agua helada encima. Sus miradas se cruzaron, los ojos de Han virando al verde en la tenue luz del holo-video, los de Leia casi perdidos en la oscuridad. Otra vez lo había dejado sin palabras, así que simplemente la atrajo hacia él y la abrazó con tanta fuerza que casi no la dejaba respirar. Pero a Leia no le importó en lo más mínimo.
- Vamos a dormir de nuevo, Aviador – suspiró al fin la Princesa.
- Con tal de recibir uno de mis besos de las buenas noches, eres capaz de cualquier cosa, ¿no? – bromeó Han.
Leia Organa sonrió.
