Capítulo 11 – Midnight Runners, Part 2
Aquellas criaturas de metal, creaciones de la peligrosa Dexy Fuery, avanzaban imparables a través del baldío frente al Hotel Cabracornia. No eran más de veinte, pero por la manera en la que resonaban sus patas mecánicas cualquiera hubiera pensado que eran cientos, siendo el único sonido que le hubiera podido hacer frente el de las explosiones del rifle que había acabado con sus compañeras del hotel, las que habían subido las escaleras en un intento por alcanzar al zorro y a la coneja, y de las que no había quedado nada más que fragmentos.
A medida que se acercaban al punto donde estaba el francotirador, las arañas se separaron y formaron en una línea. Querían rodear a su objetivo y destrozarlo, sin darle oportunidad de escapar o contraatacar, y apenas vieron el negro cañón del rifle montado en el suelo cubierto de pasto, se lanzaron a toda velocidad, cortando y aplastando con sus afiladas patas cada centímetro de esa mole de metro y medio de largo a cientos de pedazos no más grandes que una uña. Pero a pesar de que hicieron añicos el arma, el que la había usado para disparar no aparecía en las cercanías.
—¿Dónde estás? ¿Dónde estás? —se repetía Dexy en la recepción mientras dirigía a las arañas a través del pasto—. ¡Maldición, Bucky! ¡¿Qué tu no viste a donde se fue?! —preguntó al títere al instante en que las decenas de ojos que exploraban el lugar se centraron en una extraña luz parpadeante, a pocos metros del lugar en donde antes había estado el rifle. Unos segundos después, el pitido que producía comenzó a acelerarse, hasta que finalmente se detuvo en seco, y la luz se apagó. De repente, un fuerte resplandor invadió toda su visión—. ¡Maldito infeliz! —gritó con toda su furia.
En la habitación del hotel, Nick y Judy se encontraban barajando sus posibilidades para poder salir de su encierro. Aunque estaban en un espacio muy reducido libre de telarañas, algunos de los finos hilos creados por los arácnidos metálicos bajaban poco a poco, dispuestos a cazarlos a ambos apenas hicieran un mal movimiento.
—Uno de los dos debe llegar hasta la puerta y abrirla —dijo Judy.
—Iré yo —se ofreció Nick, preparándose para atravesar ese laberinto de hilos.
—¡No! ¡No puedes ir! ¡Tu enorme cola de zorro va a tocar los hilos!
—¿Disculpa? —dijo el zorro, casi ofendido—. ¿Planeas ir tú? ¡Tus enormes orejas de conejo serían imposibles de controlar!
—¡Soy más pequeña!
—¡Y yo más ágil!
—¡Claro! ¡Porque eso fue muy útil! —replicó la coneja, irritada— Mira Nicholas, ¡no tenemos más…!
Las palabras de Judy fueron interrumpidas por una explosión a la distancia, una que hizo que casi todos los objetos de la habitación temblaran al unísono con sus ondas.
—¿¡Qué fue eso!? —se preguntó el agente, y fue entonces que vio un resplandor por el gran agujero en la puerta, justo en el baldío de donde habían venido los disparos de antes —. Oh no... —Nick dejó escapar un susurro con un terror que Judy no había escuchado nunca antes, y el zorro se volteó hacia ella—. Tenemos que salir de aquí. ¡Ahora!
—¿Y cómo lo haremos? ¡Tenemos el camino bloque…! —Iba a decir algo más, pero se interrumpió nuevamente, aunque esta vez no por una explosión—. Momento… ¡tengo una idea! —exclamó la coneja, y sacó una zanahoria.
—¡No es momento de ponerse a comer!
—¿Puedes callarte un poco… —pidió ella, clavando sus dientes incisivos en la zanahoria—…y degarme zacarnoz de aquí?
El zorro iba a decir algo, pero sintió que era mejor dejar que la coneja hiciera lo que quería hacer. Mientras pensaba eso, Judy comenzó a girar la zanahoria y a cortarla en tiras, que cortó de la misma manera con los dientes una y otra vez hasta quedar con decenas de tiras largas en la pata.
—¿Y qué hay de nuevo, viejo? —dijo Nick—. ¿Acaso ese era el plan?
—Voy a hacer de cuenta que no escuché eso, y sólo voy a decirte que no estás pensando de la manera correcta —explicó, tomando una de las finas tiras—. Si no podemos ir a través del camino por las arañas, ¡tendremos que desviarlas! ¡The Bunnyman!
Entonces, el Stand salió de la coneja. Judy lanzó la tira de zanahoria al aire y The Bunnyman lo golpeó justo en el medio con el dorso de su pata. Convertida en un fino metal que se fue alargando en el aire, un extremo de la tira pasó sólo a milímetros de una de las telas y se clavó en el techo, mientras que otro se clavó en la parte baja de la pared más alejada de la puerta. La coneja hizo lo mismo con el resto de la zanahoria, extendiendo los hilos metálicos a través de toda la habitación y con todos convergiendo en el mismo punto donde había clavado la primera, en el suelo frente a ella.
—Y ahora… ¡probemos! —exclamó.
The Bunnyman tocó uno de los hilos metálicos como si se tratara de una cuerda de arpa. Apenas comenzó a vibrar, Nick y Judy pudieron sentir el ruido de las patas acercándose, y una sombra moverse en línea recta hasta encontrarse con el hilo metálico recién creado, donde se desvió y fue a dar contra la pared del fondo, con un estruendo que resonó en la habitación.
—¡Las arañas siguen cualquier hilo! —exclamó Nick—. Eso significa que funcionan de manera automática. ¡No están bajo su control directo!
—Y tú dudabas de mí —se mofó Judy.
El zorro y la coneja fueron presionando los hilos uno por uno, guiando a sus enemigos por un camino que parecían haber planeado sin necesidad de palabras, destinado a una colisión segura que nunca hubieran previsto. Y así, cuando la coneja tocó los últimos hilos, las criaturas de metal que había en aquella habitación chocaron entre sí con todas sus fuerzas para caer al suelo, gravemente afectadas por el impacto.
—Bien, ¡ahora solo nos queda escapar! —exclamó Judy al tomar el bolso de zanahorias—. Aunque…
Y fue entonces que Nick abrazó a la coneja.
—Nicholas, ¿¡qué estás…!?
—¡Foxy Lady! —exclamó Nick.
El Stand apareció y empujó con fuerza al zorro y a la coneja contra la puerta, que se partió al medio ante el impacto de la espalda de Nick, ambos terminando contra la barandilla del pasillo, notando entonces que el fuego generado por la explosión en el baldío comenzaba a expandirse. La coneja supo entonces que el zorro confiaba ciegamente en su juicio, dado que se había lanzado contra la superficie que antes le había cortado la pata a ella, sin poner en tela de juicio el hecho de que eso mismo podría haberle pasado a su cuerpo.
Apenas fueron conscientes de aquella treta, las arañas se lanzaron hacia la salida dejando atrás los hilos, y cuando Nick notó esto, no dudó al momento de abrazar fuertemente a la coneja contra su pecho, tomando impulso y pasando por sobre la barandilla, mientras The Bunnyman destrozaba a puñetazos a tres enemigos que intentaron saltar en su caza, aunque varios de sus afilados componentes se clavaron tanto en el cuerpo del zorro como en el suyo, incluyendo una larga esquirla que se clavó directamente en el pecho del agente.
Por alguna razón, las arañas habían perdido algo de velocidad, algo que le había permitido a la coneja ocuparse de ellas sin la dificultad que habían presentado con anterioridad en el interior del cuarto, pero no tuvo tiempo de considerar esto cuando estaban cayendo del primer piso. Nicholas se balanceó lo suficiente para quedar con la espalda apuntando al suelo, aterrizando contra el techo de un automóvil estacionado frente a la habitación. La alarma del mismo comenzó a sonar sin descanso, mientras que los faroles iluminaban titilantes dos entradas a las habitaciones de la planta baja.
—Judy, ¿estás… bien? —dijo Nick, tratando de acallar tanto el dolor en su espalda y en su pecho, como el zumbido en sus oídos.
La coneja levantó la mirada, y el zorro pudo ver sus enormes ojos y su expresión entre el terror y el alivio.
—Maldición, Nicholas. ¡Podrías haberme avisado! —exclamó con enojo al tiempo que extraía con The Bunnyman el fragmento de metal en el pecho del zorro, resultando en un quejido por parte del mismo, pero sus ánimos se calmaron al poco tiempo—. Pero confiaste en mí, así que... gracias —dijo la coneja con una media sonrisa.
Nick sintió que su dolor comenzaba a apagarse, al saber que su protegida estaba con bien. Pero aquella sensación no duró mucho más cuando el zorro, gracias a su visión nocturna, alcanzó a ver muchas más arañas saliendo de la habitación, a punto de saltar sobre el techo del auto. Solo en ese instante notó que el abdomen de aquellas arañas mecánicas tenía la forma de una calavera.
—¡Cuidado! —gritó con terror al rodar hacia un costado, cayendo al suelo nuevamente sobre su espalda, al instante en que las arañas arremetieron contra el techo a toda velocidad, clavando sus afiladas patas en el espacio en donde ellos dos habían estado un segundo antes, y no perdieron tiempo para avanzar hacia el borde, dispuestas a acabar tanto con el depredador como con la presa.
—Oh no, ¡eso no! —gritó Judy al sentarse a horcajadas sobre el abdomen del zorro, sacando a su Stand y disponiéndose a destrozar a las siete arañas que se cernían sobre ellos a pesar de saber que la situación era realmente precaria para ambos.
Difícilmente sería capaz de acabar con todas antes de que las mismas los alcanzaran, lo tenía más que claro, pero no podía simplemente rendirse a ese destino que entonces les depararía. Después de todo, Judy June Hopps no era la clase de animal que se rendiría frente a una situación por más desesperada que esta fuera, era la clase de animal que se lanzaba de cara contra el problema sin sombra alguna de duda en su corazón. Y así había estado a punto de actuar frente a los aterrorizados ojos de Nick cuando, para su sorpresa, oyó una voz a sus espaldas. Se trataba de una voz que había oído en algún momento, pero no supo recordar ni cuando ni en donde.
—¡Hopps! —gritó la voz, y una poderosa luz alumbró aquel espacio—. ¡Al suelo!
Judy sintió las patas del zorro cerrándose sobre las suyas, e impulsándola hacia adelante, devolviéndola contra su pecho. El sonido de las balas invadió el ambiente, y la coneja observó por el rabillo del ojo cómo, una por una, las arañas explotaban chispeantes, quedando reducidas a un camino de pedazos metálicos humeantes que caían del techo del auto, mezclándose con los cristales del vehículo.
Todo había pasado tan de repente, que Judy tardó en levantar la mirada. Cuando lo hizo, vio que la figura se acercaba, sosteniendo un rifle con una linterna incorporada, dejándolo descansar en su hombro mediante una correa para poder extenderle la pata.
—Espero no haber interrumpido nada —dijo aquel animal con tono amable y mirada afilada al notar la posición en la que se encontraban tanto el zorro como la coneja.
—Juro que no planee nada de esto —se defendió el zorro, y la coneja giró los ojos y negó con la cabeza ante lo ridículo de aquella frase, antes de aceptar aquella pata.
Cuando la coneja pudo ponerse en pie, pudo ver claramente a su salvadora. Parecía una venado, pero era apenas más alta que ella, aunque Judy recordara a los venados como seres imponentes. Llevaba unos anteojos de marco fino, una falda negra que le llegaba hasta debajo de la rodilla, y una camisa celeste y zapatos sencillos, lo que le recordó a la manera de vestir de la señorita Carnegie, la jirafa que manejaba la biblioteca de Bunnyburrow. Pero claro, la señorita Carnegie nunca se había aparecido con un rifle frente a ella.
—Eh... gracias —dijo Judy, sin saber muy bien qué decir frente a aquella figura que le inspiraba respeto y, en menor medida, algo de miedo.
—Siento el retraso, pero las rutas no estaban en las mejores condiciones —dijo la cierva al voltearse hacia la derecha, dirigiendo su mirada a la recepción, y solo entonces la coneja pudo notar una amplia cicatriz en un espacio carente de pelaje, que trepaba el lado izquierdo de su cuello como una araña, asomando en su rostro.
—Uh... sí, mi padre dice que… —iba a responderle, pero la pudú pasó junto a ella sin hacer caso a sus palabras—. Que...
—Lo lamento si no te recibo con los brazos abiertos. De hecho, no creo que pueda abrirlos correctamente por un tiempo —dijo el zorro frente a ella, aún recostado en el suelo, extendiendo su pata con dificultad y alcanzando a ver una divertida sonrisa en los labios de su compañera.
—De verdad que no tienes remedio —dijo al darle una pata, tirando y ayudándole a incorporarse, y el zorro no pudo evitar soltar un quejido por causa del dolor—. Incluso te has vuelto más delicado.
—Me alegra verte de nuevo… —dijo al sonreírle sin soltar su pata, en un gesto que su compañera correspondió, y al cabo de un momento el zorro se dirigió a la coneja—. Judy, te presento a Clarice Lamarr Starfang… nuestra salvadora de la noche.
Judy miró de arriba a abajo a quien tenía enfrente, y no pudo dejar de pensar que no sabía si de verdad tenía que asombrarse de cómo se veía, porque no sabía cómo imaginarse a Clarice en primer lugar.
—Es un placer conocerte en persona, Judy June Hopps —dijo Clarice, con su manera dulce de hablar como la única cosa que la coneja podía conectar con la voz que se comunicaba por los anteojos—. Pero no es momento de presentaciones, hay una Usuaria que derrotar y a la que le tengo que pasar cuentas por un rifle muy, muy caro.
—Espera, ¿acaso sabes quién nos atacó? —preguntó Judy a Clarice.
—¿Qué te hace pensar que lo sé? —retrucó la cierva, más desafiante que desconfiada, mientras que Nick se recostaba contra la parte trasera del automóvil, examinando la herida en su pecho por debajo de la ropa que Judy le había hecho.
—Dijiste "usuaria". Si sólo supieras que nos está atacando un Stand, lo más seguro es que hablarías del enemigo en masculino —respondió la coneja.
Una ligera sonrisa apareció en los labios de la cierva.
—Eres atenta a los detalles, Hopps. Y aunque haya animales capaces de destrozarte por asumir el género de alguien de esa manera, tienes razón —dijo Clarice, mientras seguía recorriendo el lugar con la mirada a través de sus anteojos—. De acuerdo, no veo señales de calor cercanas, y has sido de gran ayuda para el cabeza dura de mi compañero…
—¡Oye! —reclamó Nick, con un quejido de dolor.
—Cierra el hocico Wilde, o te dolerá más —dijo Clarice, y se dirigió de nuevo a la coneja—. Decía que, como lo ayudaste, creo que te mereces saber quién estuvo a punto de matarte —dijo la cierva al ajustarse sus anteojos, haciendo que la coneja pudiera ver cómo unas líneas comenzaban a pasar por el cristal de sus lentes, dirigiendo la mirada lentamente a lo largo del lugar, explorando—. Nuestra chica de la noche es Dexy Fuery, una hiena con pasado en las fuerzas especiales del ejército. Nació en un barrio pobre de las regiones bajas de Zootopia, en una de esas casas donde el sonido de los platos rotos y los gritos eran algo bastante común, no sé si me explico. Se unió al ejército el día que cumplió dieciséis años, y estuvo involucrada en operaciones clandestinas de las que no tenemos muchos detalles, más allá de su papel como especialista en instrumentación tecnológica.
—Instru… ¿qué? —preguntó Judy, confundida.
—Lo siento, por poco olvido que eres una conejita de granja —dijo Clarice sin mirarle, con Judy pensando que era claro que la cierva no era la clase de animal que temiese ofender a alguien con sus palabras—. Me refiero a que manejaba robots y aparatos electrónicos de todo tipo. Encontramos un par de informes de esa época que hablaban de ciertas inestabilidades mentales en Fuery, pero el ejército los ocultó para mantener a una de sus soldados más valiosas.
—¿Cómo que los ocultaron? ¿Me quieres decir que dejaron que una... una loca... manejara robots? —dijo Judy, sin saber si tenía que medir sus palabras o no.
—No los culpo —dijo la cierva—. Que le faltaran unos cuantos tornillos era algo aparte de su talento para desarrollar y manejar una gran variedad de unidades de ataque no tripuladas —Clarice ajustó de nuevo sus anteojos, explorando la zona con una nueva configuración—. Si me lo preguntas, creo que los que mandan a esas operaciones son psicópatas con uniformes de camuflaje, así que una chica que no venga del todo bien de fábrica no estaría fuera del lugar entre esa gente. ¿Pero quién soy yo para juzgar? —sonrió al decir aquello, tomando su rifle con ambas patas—. El punto es que a los genios de los sacos llenos de medallas les salió el tiro por la culata, porque a la soldado Fuery la castigaron con unos días de arresto por insubordinación, y mientras estaba encerrada encontraron muerto al sargento Hartman, el búfalo que le había impuesto el castigo, y a quien se le había insinuado con anterioridad. Lo encontraron en el baño del cuartel, cortado y apuñalado por todos lados. Pero lo que llamó la atención fue el hecho que le faltara parte de su uniforme y que le hubieran sacado partes de su piel de manera muy precisa, casi quirúrgica.
—Y nunca encontraron al culpable, ¿verdad? —preguntó Judy, suponiendo el rumbo que estaba tomando el relato.
—Estaban las cámaras y la seguridad que uno esperaría en un cuartel militar pero, curiosamente, no se encontró nada. Hartman entra solo al baño, y no se lo vuelve a ver hasta que los investigadores lo sacan en una elegante bolsa negra con cierre —dijo al avanzar unos pocos pasos en dirección hacia la recepción, examinando el lugar nuevamente en busca de un rastro de la hiena—. Obviamente, las sospechas sobre Fuery estuvieron presentes como un secreto a voces, pero nunca se pudo comprobar nada a ciencia cierta. No fue hasta eso que decidieron darla de baja.
—¿Pero cómo lo hizo? —preguntó Nick, sin comprender.
—No me sorprendería que Fuery haya usado algún robot que decidió ocultar a sus superiores, pero lo más seguro es que por esa época ya hubiera despertado a su Stand. El último informe describía la obsesión que Fuery tenía con unas criaturas a las que llamaba "Midnight Runners", unos seres que decía haber creado y que respondían a sus órdenes. El psiquiatra recomendó que la dieran de baja pero, antes de que los del ejército pudieran actuar, ella desapareció del cuartel junto a una muestra de TG-01, una aleación metálica experimental que estaban probando en el campo. Creemos que su Stand le da la habilidad de crear seres a partir del metal y controlarlos a su gusto, y dada su preferencia por la oscuridad para actuar, y el hecho de que su velocidad se haya visto reducida frente a los faroles y a mi linterna, podemos suponer que no les gusta mucho la luz. De hecho, los deja completamente vulnerables.
Fue entonces que comenzó a sonar un pitido desde los anteojos de Clarice, apuntando hacia la recepción. La cierva lo sabía; Dexy nunca había dejado aquel lugar.
—¿Detectaste algo? —preguntó Judy.
—Una señal de calor —respondió Clarice—. Fue por un segundo, pero está ahí.
—Perfecto, llegó la hora de acabar con est... —intentó decir el zorro al separarse del auto, pero sus patas le traicionaron y cayó de rodillas al suelo nuevamente, tomándose del pecho. Había perdido mucha sangre.
Clarice lo contempló por un instante, afligida por el estado de su compañero, un sentimiento que no se permitió expresar frente a aquel zorro.
—Hopps, quédate aquí y trata de parchear a Wilde con tus zanahorias.
—¡Pero está muy malherido!
—Dije que lo parchearas, no que lo dejaras perfecto —replicó relajadamente y sin voltearse, mientras cambiaba el cargador de su rifle—. Yo iré a comprobar la señal de calor —Sacó unas llaves de su bandolera y se las lanzó a la coneja, que las atajó en el aire—. Si no vuelvo en tres minutos, váyanse en la camioneta que dejé a cien metros de aquí. No tiene pérdida, es la única que hay en la calle.
—Entendido —respondió Judy mientras sacaba una zanahoria y se acercaba a Nick.
—¡Clarice! —exclamó Nick, tratando de levantarse— ¡No puedes ir so...! —La voz del zorro fue interrumpida por un quejido reprimido de dolor, proveniente de la herida de su pecho.
La cierva aseguró su rifle y corrió hacia la recepción del hotel sin dejar pasar un instante más, ignorando el llamado del zorro.
—¡Nicholas! —exclamó Judy al tomarle por los hombros—. ¡No puedes levantarte!
—¡Esa loca es muy... peligrosa! ¡Tengo que ayudar a…! —Otro quejido ahogó las palabras de Nick, y Judy partió hábilmente la punta de la zanahoria en su pata para clavarla en el agujero del pecho del zorro, provocándole un aullido de dolor que en vano intentó reprimir cuando aquella verdura comenzó a adaptarse a la carne de su cuerpo, conectando los puntos que habían sido separados.
—¡No vas a ayudar a nadie en ese estado! —exclamó Judy, intentando hacerle entrar en razón—. Puedo cerrar la herida de tu pecho, pero puede que te hayas hecho daño en la espalda con el golpe. Hasta que lo sepamos, trata de tomarlo con calma —continuó, y Nick no pudo hacer más que esperar pacientemente a que su cuerpo se acostumbrara al cambio, dejando todo en las capaces pezuñas de la cierva.
Clarice se asomó a la boca del lobo sin dudar un instante, avistando el interior de la recepción a la luz de la potente linterna de su rifle, buscando el origen de aquella fuente de calor que antes había detectado. El lugar era un completo desorden, y en el suelo no quedaba nada más que el cuerpo de un órice que, la cierva supuso, habría sido el recepcionista. El terror había quedado marcado en su rostro al momento de su muerte y, tal y como la agente suponía, faltaban retazos de ropa y varias partes de la piel del animal, lo cual no hacía más que confirmar lo que ella ya sabía. Se atrevió a entrar al cuarto al disipar la oscuridad con su linterna, teniendo claro que Dexy no podría atacarle mientras la pudú tuviese una fuente de luz con ella.
Explorando el lugar con más detenimiento, y detectando cualquier sonido en las cercanías mediante el micrófono de los lentes, Clarice supo que sería cuestión de tiempo antes de que diera con su enemiga. Pero... ¿en donde se escondía?
Desde el instante en que había puesto sus patas en aquella habitación oscura, el pensamiento de que aquella señal de calor podría ser en realidad una treta no había dejado de rondar en su mente. El problema era que, de serlo, aquel movimiento no tendría sentido, dado que la pudú tenía todas las de ganar, porque la hiena no lograría atacarle con sus Midnight Runners si estos se encontraban bajo una luz intensa.
Ya había comprobado que el resplandor del fuego en el baldío que ahora iluminaba el estacionamiento apenas alcanzaba a afectarles, pero la luz de la linterna reducía su velocidad a la de unas arañas normales. Aún así, también era obvio que Dexy era consciente de sus debilidades, dado que lo primero que hizo antes de entrar en acción fue encargarse de la electricidad, por lo que el hecho de que guiara a su única debilidad hacia ella tenía incluso menos sentido. A menos que...
—¿Qué... rayos es esto? —se preguntó la pudú al encontrar que, bajo el escritorio que había sido movido para quedar apuntando hacia la entrada, había sido ubicada una maquina de hielo que, en una situación normal, debería estar en el exterior, al alcance de aquellos que se hospedaban en el hotel—. ¡Bastarda! —gritó al apuntar.
Ahora lo comprendía. La hiena lo había preparado todo desde el momento en que la cierva había disparado con el rifle desde el baldío, destrozando a la araña que había estado a punto de acabar con el zorro. Lo había razonado en ese entonces, pues la única forma de acertar un tiro así sería que el francotirador poseyera algún método para rastrear el calor de su blanco.
Fue por eso que había enviado a las arañas en las dos direcciones, no porque quisiera ponerla en el dilema de protegerse a si misma y dejar a sus amigos morir, y viceversa, lo había hecho con la intención de crear una distracción, de conseguir el tiempo suficiente para meter aquella misma máquina en la habitación, con objeto de ocultar su señal de calor y poniendo un cebo tan obvio como lo había sido el supuesto "descuido" de exponerse. Todo había sido planeado hasta en el más mínimo detalle.
Apenas había alcanzado a razonar esto y su significado al apuntar su rifle contra el aparato cuando la tapa de la máquina salió despedida en dirección a la puerta, a una velocidad que no le permitió posibilidad alguna de evasión al ataque. La pequeña puerta impactó de lleno contra la cierva, destruyendo la linterna, haciendo que el rifle se clavara contra su pecho y destrozando los lentes que hasta entonces había utilizado para rastrear a su enemiga. Dexy había conseguido su objetivo: la agente cayó en el exterior de la recepción con un grave daño en la mayor parte de su cuerpo, alejada de su rifle, e incapaz de incorporarse justo después.
—¡Maldición! —gritó asustado el zorro al ponerse de pie, disponiéndose a correr hacia ella, pero fue detenido por el Stand de la coneja cuando este le tomó por el brazo.
—¡Nicholas, no! ¡Es una trampa! —gritó con seguridad.
La coneja tomó de su bolso tres zanahorias con sus patas y la libre de The Bunnyman, aplastándolas en un rápido movimiento para que las mismas convergieran en un cable de acero de tres gruesas cuerdas que la granjera usó a modo de lazo para capturar la pata de la pudú, todo en el escaso espacio de cuatro segundos en los que la hiena se había acercado lo suficiente a la puerta.
Empleando tanto el poder de The Bunnyman como de Foxy Lady, la coneja y el zorro tiraron de la agente con todas sus fuerzas para traerla hacia ellos de una sola vez, un instante antes de que una barra de metal se clavara en el suelo frente a ellos, en el lugar donde antes había estado la cierva, cuya frente sangraba al haberse herido con uno de los cristales de los lentes perdidos. Habían logrado salvar a la agente justo a tiempo.
—¡Clarice! Clarice, por favor. ¡Reacciona! —decía el zorro desesperado, abofeteando con delicadeza el rostro de su compañera, quien detuvo su pata con la suya al tercer intento, abriendo sus ojos lentamente con cierta debilidad.
—Wilde, vuelve a abofetearme otra vez... y juro que si esta hiena no te corta lo que tienes ahí abajo, seré yo quien lo haga —dijo con seriedad una dolorida cierva, y el zorro sonrió ante aquella respuesta, al igual que la coneja.
—No lo había pensado, pero ahora estoy más que curiosa... —comenzó a decir una tétrica voz, mientras aquella temible criatura asomaba a las puertas de la recepción.
Aquella extraña hiena, que tenía en su pata derecha un títere con la forma del órice al que había dado muerte, se quitó con la izquierda sus lentes oscuros, revelando unos enloquecidos ojos verde esmeralda, inyectados en sangre. Dejó caer los anteojos al suelo, antes de avanzar nuevamente con un paso lento.
—Más que curiosa por averiguar... a qué sabe un zorro —dijo al sonreír ampliamente, exponiendo dos hileras de dientes puntiagudos que habrían sido material para las pesadillas de toda una vida.
