Beta: Azkaban
10. If Ever I Fall
Sirius llegó a Hogwarts sintiéndose abatido y miserable. No importaba cuanto habían rogado, hablado y discutido, Romulus no cambiaba de opinión. Remus incluso había amenazado con dejar de comer si no le permitía quedarse. Eso solamente hizo que Romulus se riera mostrando una barra de chocolate, haciendo que Remus babease durante diez minutos.
Sirius había intentado usar su encanto, pero aunque Romulus ya no estaba tan enfadado con él, no logró convencerle para que cambiase su opinión.
Subió lentamente las escaleras del dormitorio de los chicos de Gryffindor con pasos pesados, y su corazón más todavía.
Todavía tenía en el bolsillo su espejo de doble sentido, y lo único bueno que pudo hacer fue devolverle a Remus el suyo sin que su hermano lo notase. Pero Sirius sabía que no iba a ser lo mismo que antes. Incluso cuando a Remus le habían prohibido estar con él, estaban cerca el uno del otro. Ahora, Sirius no sabía si Remus se iba a quedar en el país.
Cuando abrió la puerta de la habitación, Sirius fue recibido por las sonrisas brillantes de James y Peter. No estaba lo suficientemente descansado para saber que las expresiones de sus caras no indicaban nada bueno.
—Así que, ¿dónde has estado toda la noche? —preguntó Peter con una sonrisa—. James pensó que te habías escapado, pero yo le dije que no íbamos a tener tanta suerte.
—¿Has estado llorando? —preguntó James con sorpresa mientras se acercaba para verle mejor. Sirius apartó su mirada del chico y deseó haberse pasado por el baño para limpiarse la cara.
—¡Vete a la mierda! —soltó Sirius mientras enderezaba su cama a pesar de que ya había sido hecha perfectamente por los elfos domésticos.
—¿Eso es lo que le vas a decir a McGonagall cuando te pregunte? —preguntó James— Quiere verte enseguida.
—¿Para qué?
—Porque estás en problemas, idiota —dijo Peter poniendo los ojos en blanco y James riéndose en voz alta—. ¿Crees que nadie se daría cuenta de que no estabas?
Estaba a punto de responderles de que no le importaba, pero el sonido de los pasos firmes de la profesora McGonagall en las escaleras detuvieron sus palabras.
—Sirius Black —dijo McGonagall con el ceño fruncido—, ven conmigo, por favor.
Sirius asintió con la cabeza, aunque la profesora McGonagall ya se había dado la vuelta y estaba bajando por las escaleras.
—Tal vez lo expulsen —sugirió Peter esperanzado.
Sirius vaciló un momento cuando llegó a la puerta, y se dio la vuelta para mirarle.
—Con un poco de suerte —espetó—. Cualquier cosa es mejor que estar aquí con vosotros dos el resto del año.
Vio fugazmente la sorpresa en la cara de los muchachos antes de cerrar la puerta y apresurarse a ir tras la profesora McGonagall.
—¿No vamos a su despacho? —le preguntó un momento después de que la profesora pasara de largo la escalera que llevaba al mismo.
—No —le respondió McGonagall.
Sirius quería preguntar adónde iban, pero tenía la sensación de que ya sabía la respuesta. Sus sospechas se confirmaron cuando llegaron a las gárgolas del despacho del director.
—Ratones de azúcar —dijo firmemente haciendo que los dejaran pasar.
Sirius sentía que tenía los pies de plomo mientras caminaba por las escaleras; McGonagall se quedó en la puerta, pareciendo un guardia, como si tuviese intenciones de escaparse.
—El profesor Dumbledore le está esperando. Sólo toca la puerta y entra —le dijo.
Sirius asintió con la cabeza inexpresivamente antes de obligarse a sí mismo a seguir adelante. Imágenes de la cara de su madre flotaban espontáneamente por su mente, y la imaginó gritándole furiosa al enterarse de que lo habían expulsado.
La oficina de Dumbledore estaba vacía salvo el fénix, y Sirius se preguntó si tenía que sentarse o esperar de pie. Afortunadamente, Dumbledore no tardó mucho en regresar al despacho.
—¡Ah, señor Black! Gracias por venir, tome asiento.
Sirius parpadeó un par de veces ante el saludo del director, que parecía el recibimiento de un amigo cuando te recibía para tomar el té por la tarde en lugar de ser llamado por su ausencia en la escuela.
—¿Quieres un caramelo de limón? —preguntó Dumbledore mientras señalaba un gran plato de dulces en su escritorio. Sirius negó con la cabeza aturdido, y deseó que el director acabara de una vez y que lo expulsara; eso sería mucho más preferible que la tortura por la que estaba pasando.
—Umm… Ahora, ¿para qué te había mandado llamar? —murmuró Dumbledore para sí mismo, mostrando una distracción que casi engañó a Sirius. Pero algo en los ojos del director le hacía suponer que el profesor sabía perfectamente porqué estaba allí, y que estaba esperando que él le dijera los detalles.
Se miró los zapatos, notando que estaban bastante sucios por la larga caminata desde Hogsmeade.
—Porque me escapé de la escuela —susurró finalmente mientras se obligaba a mirar a los ojos al director.
—Ah, sí. Estabas visitando anoche a los Lupin, ¿no es así?
Dumbledore le sonrió, y Sirius se preguntó cómo es que sabía exactamente dónde había estado.
—El joven Remus es amigo tuyo, ¿no?
Sirius asintió, sintiendo como aumentaba su ritmo cardiaco por el miedo que tenía. ¿Sabía Dumbledore qué era Remus? ¿Sabía que los hermanos Lupin estaban huyendo del Ministerio?
—No conozco a Remus personalmente —continuó Dumbledore volviendo a sonreír—. Aunque su hermano estuvo aquí durante cinco años, hasta que terminó sus TIMOs. Un estudiante excepcionalmente inteligente, una pena que las circunstancias le impidieran continuar con su educación.
Sirius asintió obedientemente, preguntándose si Dumbledore sabía las circunstancias exactas que habían impedido que Romulus regresara a la escuela por su sexto año.
—Los dos chicos están muy cerca —dijo Dumbledore levantándose para mirar a través de la ventana. Sirius se frotó la parte posterior de su cuello, mirando nerviosamente a su alrededor los distintos retratos que adornaban el despacho. La mayoría de los ocupantes estaban escuchando atentamente la conversación.
—Es una pena que no cuenten con los padres que se merecen —comentó una de las brujas de la pared con tristeza.
—Cierto —respondió Dumbledore—. Romulus tiene una pesada carga sobre sus hombros, y me temo que está empezando a ser demasiado para él. Teme por su hermano, y es muy consciente de que tienen los días contados.
—El Ministerio debe de tener cosas más importantes que hacer en este momento —se quejó un viejo mago en voz alta detrás de Sirius.
Se volvió para ver quién había hablado, y vio un mago de aspecto severo con túnica color carmesí muy anticuado. Sirius volvió a dirigir la mirada hacía el profesor Dumbledore, que seguía mirando, aparentemente perdido en sus pensamientos, por la ventana hacia el Bosque Prohibido.
Tosió en silencio para tratar de llamar la atención del director, que no estaba completamente seguro de lo que quería, por lo que la palabra expulsión todavía seguía flotando en su mente.
—Ah, sí —dijo Dumbledore volviéndose hacía él con una sonrisa de disculpa—. Aunque realmente no deberías de salir de la escuela y, obviamente, no por la noche —negó ligeramente la cabeza, pero todavía había una pequeña sonrisa en su rostro. Fue suficiente para dar esperanzas a Sirius de que quizás no iba a coger el próximo tren a Londres.
—Lo siento, profesor.
—Pensabas que tu amigo estaba en problemas —respondió Dumbledore despreocupadamente—. Es perfectamente comprensible, dadas las circunstancias. No es que hubiera algo para que pudieras ayudar la noche anterior.
Sirius frunció el ceño ante las palabras del director. Tenía la ligera sospecha de que el profesor estaba tratando de determinar si Sirius sabía qué era Remus, por lo que no lo quiso decir directamente en el caso de que no lo supiera.
—¿Cree que estará bien? —preguntó Sirius, esperando la pregunta fuera lo suficientemente abierta para darle a entender que tenía conocimiento de ello—. Se fueron, y Remus dijo que si se aparecían el Ministerio los atrapará, pero Rom no quiere hacerle caso y...
Se detuvo cuando Dumbledore levantó la mano tranquilamente.
—No se aparecieron en ningún lado, estoy seguro. De haberlo hecho, el Ministerio estaría merodeando por los alrededores de Hogsmeade y no escuchado ni una palabra de su presencia. Estoy seguro de que ellos estarán bien por el momento, pero…
—¿Va a informar sobre ello? —preguntó Sirius.
—No. No veo ninguna necesidad de molestar al Ministerio por tan insignificante asunto como este —dijo Dumbledore riéndose en voz baja, con las cuales unos pocos retratos se unieron como si se tratase de una broma privada de la que sólo ellos estaban al tanto.
—Ahora, ¿estoy en lo cierto al asumir que te aventuraste en el sótano de la casa de los Lupin anoche?
Sirius asintió en silencio.
—Lo sospechaba —respondió Dumbledore—. Nada excepto que alguien descubra a Remus sería capaz de hacer que Romulus empacase las cosas tan pronto a la luna llena.
—Es mi culpa —confesó Sirius con voz quebrada y ojos llorosos—. Él no confía en mí, y aunque le prometí que no se lo iba a decir a nadie, no me creyó y dijo que debían irse.
—Bueno, bueno —le consoló Dumbledore conjurando un pañuelo y pasándoselo a Sirius—. No te preocupes por el que Romulus todavía no confíe en ti. No se fía de nadie, por lo menos cuando se trata de proteger a Remus.
— Pero si no hubiera ido a ver a Remus...
Sirius resopló y se sonó la nariz ruidosamente.
—Pero lo hiciste, y nada que pueda decir o hacer va a cambiar eso —señaló Dumbledore—. Lo que tenemos que hacer ahora es averiguar la mejor forma para ayudar a su amigo.
—Pero, ¿qué puedo hacer? —preguntó Sirius— ¡Se han ido!
—Dudo que hayan ido demasiado lejos por el momento —comentó Dumbledore mientras volvía a mirar por la ventana—. A menos que me equivoque, probablemente estén en el campamento centauro.
—¿Eso cree? —le preguntó Sirius, animándose visiblemente con la idea de que Remus esté cerca todavía.
—Eso no quiere decir que te haya dado permiso para visitarle —le advirtió Dumbledore.
—Pero ¿de qué otra forma puedo ayudar a Remus?
Dumbledore miró a través de él durante varios minutos. Sirius se retorció en su asiento ante la tranquila mirada del director mientras esperaba su respuesta.
—Romulus está asustado por la seguridad de su hermano —dijo Dumbledore en voz baja—. Él no se da cuenta, o se niega a reconocer, que el destino de ellos será peor si son capturados.
—¡Pero van a matar a Remus! —exclamó Sirius en voz alta—. ¿Cómo puede haber un destino peor que eso?
—Si son capturados, Remus probablemente acabará en uno de los campos de criaturas peligrosas —explicó—. Es todavía un niño y no puede ser responsabilizado de las circunstancias. Incluso podría ser adoptado si el Ministerio cree que puede ser "entrenado para ser más humano".
—Pero es humano —señaló Sirius con el ceño fruncido—. ¿Cómo puede ser "más humano"? Yo ni siquiera sabía lo que le había pasado hasta anoche.
—Un excelente razonamiento, pero no lo bastante buena para el Wizengamot —respondió con una sonrisa triste—. Pero sería poco probable que Remus recibiera la pena de muerte a menos que fuera detenido en su forma de hombre lobo y atacase a un auror. Romulus, por otra parte, está en una situación mucho peor.
—¿Por qué?
—Me temo que es bastante complicado —suspiró.
Sirius frunció el ceño ante la insinuación de que no sería capaz de comprender la situación, pero no pidió al director que se lo explicase.
—¿Cómo puedo ayudar a Remus? —preguntó en su lugar.
—Creo que deberías tomar algunas clases extra con la señora Pomfrey —sugirió Dumbledore en voz baja.
—¿Clases extra? —preguntó gimiendo ante la idea, incluso mientras se preguntaba que era lo que la sanadora podría enseñarle.
—Romulus enseña a su hermano todo lo que puede sobre curación —continuó Dumbledore—. Pero no lo sabe todo, y Remus no es el más paciente de los estudiantes, por lo que he oído. La señora Pomfrey es una de las curanderas más talentosas del país, la mejor de su clase en Beauxbatons y la mejor persona que necesitas para ayudar a tu amigo.
—Pero...
—No, eso no significa que tengas permiso para dejar la escuela —interrumpió Dumbledore guiñándole el ojo.
Sirius sintió que una pequeña sonrisa se extendía por la cara desde la primera vez que le había dicho adiós a Remus.
—¿Tendré que examinarme al final del año? —preguntó.
—No, estas lecciones serán informales —le aseguró Dumbledore—. La verdadera prueba de si has aprendido suficiente será cuando tengas que usar lo que has aprendido... cuando Remus necesite tus habilidades curativas.
Sirius sintió que se le revolvía el estómago ante la idea de que su conocimiento marcaría la diferencia entre la vida y la muerte de Remus.
—Podrás empezar con los encantamientos curativos y luego pasar a la restauración con pociones —explicó Dumbledore—. Ahora, creo que es casi la hora de la cena. Traeré a Poppy para hablar contigo sobre las lecciones extra de mañana.
Sirius se puso de pie, pero no se movió hacia la puerta.
—¿Sí? —preguntó Dumbledore.
—¿Por qué no puede Remus venir a Hogwarts? —soltó Sirius—. Eres el director, ¿no puedes dejarle venir?
—Me temo que no es fácil —respondió Dumbledore con tristeza sacudiendo la cabeza—. Nada más me gustaría que todos los jóvenes asistieran para recibir una educación. Estoy seguro que el joven Remus sería tan bueno en la escuela como su hermano. Lamentablemente, el Ministerio guarda una lista de todos los estudiantes de Hogwarts, una que no puede ser manipulada y que muestra los verdaderos nombres de todos los estudiantes, y en el momento en el que el nombre de Remus aparezca en la lista, sería arrestado.
–Pero… ¿no podría detenerlos?
—Tengo miedo de que si yo o alguien más —dijo Dumbledore lanzándole a Sirius una mirada significativa— se metiera en el camino de los aurores, sea arrestado.
—Así que Remus nunca será capaz de venir a Hogwarts —declaró Sirius en voz baja.
—No mientras sea buscado por el Ministerio —declaró Dumbledore tristemente.
—¿Cree usted que alguna vez los atraparan?
—Estoy seguro de que lo harán —suspiró Dumbledore, y volvió a la ventana—. Es mejor que bajes a cenar.
Sirius asintió aunque el director no pudiese verlo, y salió de la habitación. Se preguntó si Dumbledore tenía razón sobre la ubicación de los Lupin, pero él sabía que sería demasiado arriesgado salir tan pronto a hurtadillas de regreso del campamento de los centauros. También tenía la terrible sospecha de que, si Romulus lo veía, se irían de nuevo.
Remus todavía seguía de mal humor cuando llegaron al campamento centauro.
—Pasaremos la noche aquí y seguiremos mañana —explicó Romulus mientras se acercaban a Torin.
Remus permaneció en silencio, con las manos metidas en los bolsillos de su túnica, agarrando su apreciado espejo de doble sentido.
—Saludos —les llamó Torin mientras caminaban por el campo hacía la cabaña principal—. ¿Qué trae a los Lupin por aquí?
—Saludos, jefe Torin —respondió Romulus una formalidad que Remus nunca había visto cuando habla con el centauro—. Buscamos refugio para pasar la noche.
—Los dos son bienvenidos aquí —respondió Torin. Miró un momento hacía el cielo antes de continuar—. Fue luna llena anoche, ¿no?
—Tuvimos visita —confirmó Romulus en respuesta a su pregunta no formulada.
Torin asintió con seriedad, pero Remus se puso a buscar a Firenze y ya no escuchó la conversación. Sólo se volvió hacia su hermano y Torin cuando oyó el grito de rabia de Magorian.
—¿Les dejas atraer al Ministerio hacía nosotros? —gritó a su líder el centauro.
—Para mañana nos habremos ido —explicó Romulus.
—¡No te metas en esto, humano! —le contestó Margorian antes de dirigirse a Torin—. No puedes dejar que se queden.
—Todavía soy el jefe —declaró Torin con voz cansada de quien parecía que estaba acostumbrado a este tipo de discusiones todos los días—. Van a quedarse con nosotros todo el tiempo que necesiten.
—Gracias —murmuró Romulus inclinándose respetuosamente hacía él e indicando a Remus que hiciera lo mismo.
Remus lo hizo, y cuando se levantó, se encontró a Firenze dirigiéndose hacía él.
—Saludos, cachorro —le saludó—. ¿Vienes a ayudarnos con la nueva despensa?
—¿Puedo? —preguntó emocionado sabiendo que Firenze había elegido ese trabajo por todas las deliciosas comidas que le daban después.
Torin asintió y movió la mano para que se fueran.
—Simplemente ignora a Margorian —dijo Firenze tan pronto como estuvieron lejos de su alcance—. Está enfadado porque Ebony ha sido enviada a otras tierras. Mi padre quiere que se una con uno de los líderes de allí.
—¿Qué se una? —preguntó Remus con curiosidad.
—Algo así como el matrimonio entre magos —explicó Firenze—. Margorian quiere unirse con ella, pero mi padre lo rechazó porque quiere tener alianzas con otras manadas.
—¿Por qué el Ministerio está tomando vuestras tierras? —preguntó al recordar las conversaciones que había escuchado en el campamento.
—Los centauros estamos siendo empujados a espacios más reducidos —se quejó Firenze—. El Ministerio utiliza como excusa que los muggles se están extendiendo más por el país y debemos ocultarnos o estaremos exponiendo el mundo mágico… ¡como si considerasen a los híbridos parte de ellos! —Firenze sacó un par de manzanas de una cesta de mimbre y le lazó una a Remus, y dio un gran bocado antes de continuar—. La mayoría de los líderes tienen muchos hijos para proteger la manada, pero sólo estamos Ebony y yo.
—¿Por qué? —preguntó Remus con la boca llena de manzana.
—Nuestra madre murió cuando hubo un deslizamiento de tierra poco después de que yo naciera. Mi padre no se dejó caer ante la presión de la manada cuando le dijeron que se uniera de nuevo. Su única esperanza es formar un vínculo con otra manada con Ebony y poder juntar las dos… Seríamos más numerosos y tendríamos mayor seguridad.
—Pero ¿y si ella quiere realmente a Magorian? —preguntó Remus tratando de sonar como un adulto.
—¿Qué sabes tú sobre el amor? —rio Firenze—. Sólo tienes doce años.
—Tengo trece —replicó Remus con un resoplido y una sonrisa.
—Eso me acaba de recordar algo —declaró repentinamente—. ¡Espera aquí!
Remus iba a responder que no tenía intención de moverse a ninguna parte, pero Firenze ya había desaparecido por una cabaña. Siguió comiendo manzanas mientras esperaba. Unos minutos más tarde, Firenze reapareció con una sonrisa en la cara, y con un arco y un carcaj en sus manos.
—¿Tienes otro arco nuevo? —suspiró Remus— ¡Qué suerte!
—No es mío —rio Firenze—. Yo ya tengo tres. Este es uno para ti, de mi parte y de mi padre por tu cumpleaños. Tendría que habértelo entregado ayer, pero se predijo una tormenta y tuvimos que terminar el techo del almacén.
—¿En serio? —preguntó esperanzado, aunque con un poco de duda.
—Por supuesto —dijo Firenze señalando el borde del carcaj.
Remus se inclinó para echar un vistazo y dejó de escapar un silbido al ver lo que encontró allí.
—¿Te gusta? —le preguntó.
—¡Oh, sí! —suspiró contento—. Me gustan los pequeños lobos que se han añadido.
—Sabía que te gustaría —dijo Firenze—. Mi padre dijo que tuve poco tacto al añadirlos.
—¿En serio que es mío? ¿Puedo quedármelo? —preguntó todavía sin poder creérselo.
Firenze sonrió y asintió.
—Feliz cumpleaños… aunque es un poco tarde. Lo siento.
—Está bien —respondió Remus mientras tomaba el arco y probaba su elasticidad—. Es el mejor regalo que he tenido nunca.
—Mentiroso —susurró Firenze con una sonrisa—. Sabes que el espejo que te regaló Sirius es mucho mejor.
—Los dos son grandes regalos —dijo Remus—. Ojalá nos quedáramos aquí para que pudiera aprender a usarlo en el bosque.
—¿Qué quieres decir? ¿Te vas? —preguntó Firenze—. ¿Qué pasó?
—Sirius llegó a casa ayer por la noche —explicó Remus—. Vio a Lunático, y ahora Rom quiere que nos vayamos porque dice que le va a contar al Ministerio donde estamos.
—¿Crees que lo hará?
—¡Nunca!
—Pareces muy seguro de ello.
—Sirius es mi amigo, no le dirá a nadie lo que ha visto.
—¿Por qué Romulus no lo cree?
—No lo sé —murmuró Remus soltando un suspiro de frustración—. He estado discutiendo con él todo el día, pero no me quiere escuchar.
—Tal vez podrían quedarse aquí un tiempo, y si el Ministerio no viene, podríais volver a casa. Si Sirius les habló de ti, no perderán el tiempo en buscarte.
—Él quiere irse fuera del país a finales de esta semana —murmuró Remus—. Le convencí de no aparecernos, pero no pude convencerle de nada más.
—Hablaré con mi padre —dijo—. Nadie le gana en una discusión. Si alguien puede convencerle, es él.
—¿Seguro? —preguntó Remus esperanzado.
—¿No conoces a mi hermana? —preguntó Firenze un poco sarcástico—. No es la más fácil de las yeguas. Es terca como una mula. Sin embargo, ella se fue con la otra manada.
Remus sonrió a su amigo mientras saboreaba la idea de pasar un tiempo en el campamento. Allí siempre pasaban muchas cosas, y estaría cerca de la escuela y de su casa en Hogsmeade. Al menos estaba más cerca si pasaba por el bosque, evitando a las acromántulas y encontrando el camino. Ciertamente era mejor que andar viajando por todo el continente.
Para cuando Remus se retiró a dormir, Torin todavía seguía tratando de convencer a Romulus. Le hubiera gustado quedarse para saber el resultado, pero estaba agotado y se fue a dormir. Aunque tenía una tienda mágica con todas sus cosas, Romulus había decidido no usarla en el campamento centauro en el caso de que el Ministerio estuviera cerca, a la espera de alguna señal mágica por la zona.
El aire de la noche era frío, y Remus se tapó con varias mantas antes de acostarse. En parte, su cansancio se debía a que anoche había sido luna llena, cuando normalmente él se quedaba al día siguiente todo el día durmiendo. Pero antes de que el sueño le venciese, quiso hacer algo.
—¿Sirius? —susurró mientras le daba un pequeño golpe al espejo—. ¿Estás ahí?
—Por supuesto —respondió Sirius mientras su rostro sonriente aparecía en el espejo—. ¿Estás bien?
—Sí, sólo cansado —susurró Remus—. No puedo hablar mucho tiempo, de todas formas.
—Yo tampoco —dijo Sirius, quien parecía dudar un momento antes de seguir hablando. Remus le miró con el ceño ligeramente fruncido mientras observaba a su amigo sumido en sus pensamientos. Finalmente, habló—. ¿Están en el campamento de los centauros?
Remus asintió.
—¿Cómo lo sabes?
—Dumbledore dijo que tal vez podrías estar allí.
—¿Le hablaste de mí al director? —le acusó, empezándole a brotar lágrimas en los ojos ante su traición.
—No, él ya lo sabía —le aseguró Sirius apresuradamente—. Se dio cuenta de que no estuve anoche y me llamó a su despacho. Ya sabía sobre vosotros dos, del Ministerio, y todo.
Remus suspiró aliviado, aunque no podía evitar sentirse un tanto alarmado ante la idea de que alguien más conociera su secreto.
—Dumbledore no le dirá a nadie. Me dijo que no lo haría.
Remus asintió con cautela ante su respuesta.
—¿Tuviste muchos problemas por salir del colegio? —le preguntó.
—Ni siquiera me castigo —contestó Sirius con una sonrisa.
—¿En serio? —preguntó Remus con asombro—. ¿Ni tareas extra, ni detención ni nada?
—Tengo clases extra con la señora Pomfrey, pero eso es todo —admitió Sirius.
—¿Quién es ella?
—La sanadora de la escuela. Dumbledore pensó que podría ser útil que aprendiera encantamientos y cosas sobre curación.
—Pobre de ti —simpatizó Remus. Sabía cual laborioso y aburrido podía ser.
—No me importa —respondió Sirius—. Dumbledore dice que podría ser útil que aprendiera ese tipo de cosas… en caso de que algún día necesitases mi ayuda.
—Puedo cuidar de mi mismo —se quejó Remus—. Y Rom siempre está conmigo para cuidarme, de todas formas.
—Pero si no es así, me gustaría hacerlo.
—No tienes por que hacerlo, no por mí —insistió.
—Remus, eres mi mejor amigo —suspiró Sirius con una pequeña expresión de impaciencia en su rostro—. ¿No lo entiendes todavía? Deseo hacer esto por ti. No puedo hacer mucho por ayudar, pero puedo hacer esto. Podría estar ahí para ti, al igual que Rom.
—¿Realmente deseas tener clases extra sólo por mi? —susurró Remus empezando a tener lágrimas en los ojos por la emoción.
Sirius le miró con seriedad.
—Haría cualquier cosa por ti.
