Indiferencia
Bien, lo admitía. Sí, joder, lo admitía. Quizá se había pasado, pero no mucho. Un poco. Mínimamente. Se había excedido tan poco que él apenas le habría dado importancia. Pero ella no, ¡oh, no! Por supuesto que no. Ella tenía que darle más importancia de la que merecía, tenía que hacer una montaña de un grano de arena, ¡tenía que hacer un maldito número al enterarse, un drama!
Maldita sea. ¡Maldita sea! ¿Cuántas veces había repetido aquellas dos palabras esa semana? No lo sabía, pero contando que las decía tres veces más o menos por minuto, por sesenta minutos cada hora, por 24 horas cada día, por siete días cada semana, daban un total de… Se maldijo mentalmente. Mierda, no tenía tiempo de ponerse a hacer cálculos estúpidos que no servían para absolutamente nada. Estaba perdiendo el juicio, o peor, estaba perdiendo la cordura.
Merlín, ¡si era lo mismo! Definitivamente estaba perdiendo algo, lo que fuera.
Y todo era culpa de ella. Casi había perdido la cuenta de cuántos días llevaba así, o hacía cuánto que ella había montado en cólera de aquella manera tan desproporcionada, tan de bruja, tan… Gryffindor, amargándole a él por completo la existencia.
Zabini había tratado de tranquilizarle y hacerle entrar en razón los primeros días de aquella tortura a la que ella lo sometía apropósito cuando se enteró de lo que había ocurrido. Después de intentar calmarle llamó a Nott, seguramente porque vio que no estaba dando fruto ninguno de sus esfuerzos, y de ahí que Theodore hubiera aparecido un buen día en su casa como si él le hubiera invitado, entrando en su salón como si fuera su casa. Era increíble a veces su desfachatez. El comienzo de su conversación todavía le molestaba al recordarlo.
—Debiste hacerme caso cuando te lo advertí, Draco. Ella no iba a soportar esa forma de actuar a escondidas otra vez después de haber hecho cosas normales y en público— dijo Nott en cuanto sus miradas se cruzaron al entrar en el salón—. Te estabas comportando como un estúpido y esa situación no iba a aguantar eternamente. Debiste escucharme cuando te lo dije.
Justo lo que necesitaba. Que Nott viniera a llamarle estúpido.
—Pensaba que era lo mejor para que funcionara, hacerlo todo como siempre—respondió frunciendo el ceño.
El otro bufó ante su respuesta.
—Sólo hay una explicación para que creyeras semejante estupidez— replicó Theodore negado con la cabeza—: Cuando se trata de ella, te vuelves idiota.
Malfoy rodó los ojos.
—Eres un gran apoyo, Nott—respondió el rubio irónico y mordaz.
Pero tenía que admitir que su aplastante lógica, tan fría como la suya propia lo era siempre—o al menos como lo había sido antes de lo ocurrido con Granger—, lo tranquilizó un poco. Nott se ocupó de explicarle la situación nuevamente desde su calculadora y milimétrica forma de ver las cosas, y terminó por convencerlo de que había cometido una estupidez, e incluso consiguió tranquilizar su estado de ánimo un poco. Y subrayaba: Un poco, nada más.
No tardó en volver a enfurecerse tanto como lo había estado antes de la llegada tanto de Zabini como de Nott al recordar de nuevo lo sucedido. El porqué de que Hermione Granger le hubiera retirado la palabra.
Y su furia había crecido y crecido con el paso de los días. Él había pensado que las cosas se arreglarían en un par de días, a lo sumo cinco, y que luego volverían a la normalidad. Pero no había sido así.
Ella se había encargado personalmente de ello. Había puesto encantamientos alrededor de su casa, había cerrado la red flu que conectaba su chimenea con la suya para impedir que la encontrara de aquella forma, había prohibido que le dejaran entrar en su oficina en el Ministerio, no le abría la puerta cuando iba a su casa, le devolvía sus cartas, le devolvía a veces rotos y a veces enteros sus regalos, no respondía a sus llamadas de ningún tipo ni había querido escuchar a Nott cuando, desesperado, lo había enviado para que intentara hablar con ella.
Se abstuvo de enviar también a Zabini, Theodore tenía más labia.
Y que un Malfoy como él se humillara de aquella manera era mucho decir. Pedir ayuda a cualquiera de aquellos dos había supuesto rebajarse más de lo que lo había hecho en toda su vida. Y aun así no le había servido absolutamente de nada. ¡De nada! Nada había funcionado. Esa mujer era una cabezota y más orgullosa de lo que lo acusaba a él mismo de ser. ¡Ni siquiera le había dado opción para explicarse!
"No quiero más excusas, Draco" había dicho ella la última vez que habían cruzado palabra hacía ya casi dos semanas. "Yo te he perdonado cosas mucho peores y he confiado en ti. ¡Tú nunca confías en mí!"
Lo admitía, era un completo imbécil. ¡Claro que ella confiaba más en él de lo que él lo hacía en ella! ¿Es que no veía que él perdía el juicio cuando…
Se pasó una mano por el pelo, desesperado. La había cagado. Completamente. La había jodido bien. Incluso había perdido su perfecta educación y ahora no decía más que estupideces malhabladas, palabrotas, maldiciones e insultos contra todo lo que tuviera a tiro.
Se escuchó un trueno destrozar el cielo e iluminar en un resplandor la mansión Malfoy, y con ella a su inquilino encolerizado, que ante el estruendo perdió durante un instante el hilo de sus escabrosos pensamientos. No pudo evitar penar que el tiempo parecía compartir su estado de ánimo, no como el individuo moreno que en aquel momento ocupaba uno de de los sillones de su salón, observándole.
Le importaba una mierda que Zabini pensara que se había vuelto loco por llevar en aquel estado de furia más de una semana y que creyera que debía estar con él para asegurarse de que no cometía alguna locura, pero si seguía molestándole con su palabrería lo aturdiría con la varita para que se callara de una puñetera vez.
—Fuiste un imbécil— escuchó decir al moreno, que seguía sentado en uno de los sillones del salón.
Draco caminaba por la sala furioso. Había varias cosas tiradas por el suelo, evidentemente destrozadas a propósito. Suerte que su padre, y sobre todo su madre, no estuvieran aquella semana en casa para reprochárselo. El elfo doméstico de la familia esperaba agazapado en un rincón para limpiarlo. Su amo se lo había prohibido por el momento, y en sus enormes ojos con forma de pelota de golf se evidenciaba una preocupación profunda por su señor y por el aspecto sucio de la estancia. Era una ofensa para un elfo doméstico tener la casa así, pero mientras su amo no se lo permitiera, él no podía hacer nada. Eso le generaba una ansiedad insoportable, como buen elfo que era.
—No te necesito para decirme cosas que son evidentes— rezongó el rubio.
—Te lo repito para que te des cuenta de tu estupidez— le aclaró el moreno con tranquilidad mientras bebía de su copa—. Buen whisky de fuego, por cierto— dijo saboreándolo.
—El mejor para quedarse inconsciente— dijo el rubio con cinismo bebiendo también.
Aunque una cantidad considerablemente mayor. Se acercó a la botella y volvió a llenarse el vaso hasta arriba. Hizo caso omiso del ceño fruncido de su amigo y volvió a caminar por la sala como un animal enjaulado con la bebida en la mano. Draco vio cómo Zabini le daba vueltas al líquido dentro del vaso de forma pensativa. Frunció el ceño. Odiaba que hiciera eso.
—Suéltalo de una maldita vez— murmuró el rubio de mala gana.
Blaise alzó la vista hacia él.
—¿Has probado a disculparte?— preguntó por fin.
Malfoy lo miró alzando una ceja. Después bufó bebiendo de nuevo. Estaba poniendo a prueba su paciencia.
—Lo he intentado— dijo marcando cada sílaba como si tuviera que controlar las ganas de explotar—. Pero ella no me ha dejado decir ni una puñetera palabra.
—Ni una puñetera palabra que no fuera agresiva, supongo.
—Zabini, no me tientes a desquitarme contigo— le advirtió Malfoy.
Blaise tomó aire. La cosa estaba complicada.
—¿Y qué me dices de la víctima?
—Por desgracia ese bastardo salió pronto de San Mungo. Debí haber sido más duro.
—Creo que ese tipo de cosas son las que han hecho que Hermione haya decidido no volver a dirigirte la palabra, Draco.
Malfoy frunció el ceño, y Zabini temió que se le rompiera el vaso de whisky por lo fuerte que lo sujetaba. Parecía que el mero recuerdo de la "víctima" avivaba de nuevo su furia.
—Entonces supongo que he tenido suerte— dijo irónicamente el rubio—, no haber llegado a hacerle cosas peores a ese tipo ha hecho que por lo menos Hermione no me ataque y sólo me mantenga a base de hechizos a kilómetros de distancia de su casa y de su persona.
—Ambos sabemos que podría haber sido peor.
—¿Podría?— inquirió Draco— Lo dudo, Blaise.
—Podría haberte atacado para detenerte o para hacértelo pagar.
—Ojalá lo hubiera hecho— replicó Malfoy molesto—. Lo prefiero a esto y a su maldita indiferencia.
Caminaba dando vueltas despacio a la habitación, pensando en silencio de nuevo. Terminó pisando los restos de uno de los jarrones de su madre que había destrozado. Su mirada oscura por el alcohol y la furia se clavó en la pequeña criatura que esperaba agazapada en las sombras de una de las esquinas del salón. El elfo doméstico tembló perceptiblemente ante la recién estrenada atención de su amo.
—Tú— dijo señalándolo—. Limpia esto. ¡Ahora!
La criatura saltó de su sitio como movida por un resorte, temblando y asintiendo frenéticamente con la cabeza. Se movió rápido y, tras chasquear un par de veces los dedos, todos los jarrones, platos, bandejas y demás objetos destrozados volvieron a sus estantes y a colocarse sobre los muebles como si nunca nadie los hubiera roto en miles de diminutos pedazos.
—Y ahora largo—gruñó bebiendo de nuevo.
—Sí, amo—respondió servilmente la criatura, feliz por haber podido limpiar aquel desastre por fin y tenerlo de nuevo todo ordenado.
Draco miró el licor mientras arrugaba la frente. No le estaba haciendo todo el efecto que deseaba aquel estúpido alcohol. Debía de ser su estado. Ni el whisky de fuego aplacaba su creciente cólera.
—No creo que a tu querida bruja le hiciera mucha gracia que trataras al elfo doméstico de esa manera, Draco— comentó el moreno ligeramente divertido—. Le tiene mucho cariño.
—Entonces que esa criatura me haga un favor y vaya a contárselo— replicó con una cruel mofa el otro Slytherin—. Así a lo mejor me concede el honor de aparecer por aquí y de dirigirme la palabra, aunque sólo sea para gritarme más cosas absurdas sobre los derechos de los elfos domésticos.
Zabini negó con la cabeza. Definitivamente, no se podía razonar con él. Y llevaba así ya dos semanas, quizá un poco más. Lo cierto era que empezaba a preocuparle. Draco nunca se había enfadado por culpa de una mujer durante más de dos minutos en cuestiones del corazón, siempre lo había banalizado todo. Y el récord con Granger había sido de un día y medio. Lo de esta ocasión lo superaba con creces y, a decir verdad, había que admitir que la ex Gryffindor tenía muchas razones para comportarse como lo hacía.
—Sigo pensando que deberías disculparte.
—Ya te he dicho que eso ya lo he intentado. ¿Es que piensas que soy estúpido?— inquirió el rubio con indignación.
—Lo cierto es que un poco sí— respondió Zabini. Draco se giró hacia él como si fuera a decirle algo más que palabras, y el moreno hizo un gesto conciliador para tranquilizarle y no pasar a mayores—. A lo que me refiero, es a que deberías intentarlo nuevamente pero manteniendo la calma. ¡Compórtate como un Slytherin, por Merlín! Actúa con la cabeza fría, sé más sutil.
Draco observó de nuevo lo que le quedaba en el vaso. Bebió un poco más y, de repente, pareció volver a ser el mismo de siempre. Su cara volvió a su gesto frío e imperturbable de siempre y su mirada adquirió ese oscuro brillo metálico que tanto recordaba al mercurio. Acto seguido lanzó el vaso y el resto de su contenido a la chimenea, que estalló en una pequeña llamarada al consumir el preciado alcohol.
—Interesante desperdicio— comentó Zabini observándole con atención.
—Me marcho—dijo entonces Draco colocándose bien con la varita las ropas que su anterior estado de furia le había estropeado.
—¿Te vas?— Zabini no entendía este repentino cambio de actitud.
—Tal y como tú has dicho, me voy a comportar como un Slytherin.
Zabini abrió los ojos por la impresión.
—¿Vas a ir ahora a hablar con Granger?— preguntó sin dar crédito al ver sus intenciones— Hay una tormenta y es de noche, por si no lo habías notado. Quizá veas las cosas más claras por la mañana.
—Ahora mismo estoy teniendo un momento de extrema lucidez— replicó Malfoy, irónico.
—¿Crees que ella va a estar más dispuesta a hablar contigo en plena noche que por la mañana y a la luz del sol?
—No lo creo—dijo Draco mirándole fijamente—, estoy seguro de ello. Y aunque no quiera, va a escucharme igualmente.
Entonces Blaise no pudo más que admirarse de su temeridad, imaginando que además Malfoy tendría alguna idea oculta de la que no le haría partícipe hasta llevarla a cabo. Observó también el resto de su whisky y lo alzó hacia el rubio como si brindara por él. Se lo bebió de un trago y contuvo la sensación de amargor en su garganta. Después le miró fijamente.
—Está bien, pero hagas lo que hagas, intenta que no te metan en Azkaban— le dijo tan despreocupadamente como sólo un Slytherin podría serlo al hablar de un tema tan delicado—. No tengo muchos amigos tan ricos como yo con los que pasar el rato. Y ya sabes, los demás me aburren.
Ambos esbozaron una sonrisa sardónica.
—Descuida. Te dejaré en herencia el whisky que me quede.
Zabini asintió levemente, como si con eso se diera por satisfecho. Draco se desapareció entonces dejándolo en el salón de su casa, dispuesto a llevar a cabo lo que fuera que el whisky le hubiera inspirado hacer.
Draco no tardó en aparecerse en la calle que tan nítidamente imaginó en sus pensamientos. La de ella. La de Hermione.
Llovía con una fuerza tal que le dificultaba incluso ver, el agua parecía caer más en forma de pequeñas cascadas que como gotas de lluvia, y la oscuridad era persistente, cegadora. Aunque lo cierto era que no necesitaba la vista para nada: Habría podido llegar a esa casa con los ojos cerrados. Echó a andar. No es que le gustara demasiado mojarse, pero sabía que no podría acercarse a la casa de Hermione de otra manera. La magia sería inútil.
Ya lo había intentado.
Pronto estuvo frente a la casa. Dos pisos, no demasiado grande, acogedora, normal, muy al estilo del resto de las casas de aquel barrio residencial, con un pequeño jardín no especialmente cuidado. Eso le hizo recordar la ocasión en la que le ofreció su elfo doméstico para arreglarlo y ella se lo tomó como una tremenda ofensa personal. Casi como un insulto.
Aunque esa ocasión no tenía nada que ver con la actual. Aquella vez no le retiró la palabra.
Se detuvo frente a la puerta de madera blanca, única forma de atravesar civilizadamente la verja que rodeaba la pequeña y acogedora propiedad. Tomó aire. ¿Por qué demonios no le hacía efecto el maldito whisky? Debía de ser por su estado mental, demasiada intensidad como para que el alcohol lo adormeciera.
Observó las ventanas. No había luces encendidas, debía de estar ya dormida. Ni siquiera sabría que él estaba allí, observando su casa bajo la lluvia como si fuera un desequilibrado mental.
Y entonces, quizá iluminado por Merlín, por Morgana, o simplemente por una alucinación fruto del alcohol, lo vio claro. Aquel no era el día, ni el momento ni el modo. Pero la respuesta a estas tres preguntas estaba ya en su mente y también la forma de solucionarlo todo.
Miró una última vez la casa sin notar aún la lluvia que ya le había empapado por completo. Debería estar congelándose, pero para eso el whisky sí que estaba haciendo efecto. No tenía ni una pizca de frío. Pero si una lucidez demencial que por fin le había traído el sosiego que necesitaba. Por fin su mente trabajaba como lo había hecho siempre, como un Slytherin. Con astucia.
Acto seguido se desapareció dispuesto a hacer lo que tenía que hacer, y ni Hermione Granger, ni su estúpido gato asilvestrado ni ningún otro vecino cotilla supieron que él había estado allí aquella noche.
OOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOO
Su semana había sido una completa locura y un persistente tormento. Y no por el exceso de trabajo, eso era algo con lo que ella ya contaba de antemano y no le molestaba en absoluto. No, todo era por culpa de aquella estratagema estratégicamente premeditada con la que alguien, cuyo nombre no pensaba ni siquiera recordar en sus pensamientos, estaba tratando de atosigarla y conseguir que cambiara de opinión.
Pues que Draco Malfoy esperara sentado, porque no pensaba cambiar de parecer ni mucho menos perdonarlo.
Sujetó con más fuerza la pluma de ganso que estaba utilizando para escribir cuando se dio cuenta de que había dicho su nombre. ¿Por qué tenía que tener esa capacidad de sacarla completamente de sus casillas incluso sin estar presente? Y lo peor de todo, tenía también una inexplicable facilidad para actuar de forma que ella no pudiera adelantarse. Una forma inesperada y extraña de comportarse que ella era incapaz de calcular desde su fría lógica.
Durante las dos primeras semanas tras el catastrófico suceso del que Malfoy era el único culpable, había hecho todo para mantenerlo a raya, mostrándose implacable para dejarle claro que jamás iba a perdonarle. Al ver que ella no iba a permitirle acercarse, Malfoy había pasado a otro tipo de táctica: el envío indiscriminado de regalos. Insulsos, normales, comunes, nada especial. Nunca llevaban tarjeta, pero ella sabía que era ese rubio presuntuoso quien se los enviaba y los había tirado a la basura sin miramientos o se los había devuelto sin abrir. E incluso cuando en una ocasión el regalo fue una carta que tenía un olor a menta tan suavemente potente que le hacía recordarle, no pudo resistirlo más y llegó a sacar el cubo de la basura fuera de su oficina.
Ese olor avivaba sus recuerdos, y era lo último que quería que sucediera. Recordar a Draco Malfoy hasta en su santuario de trabajo en el Ministerio. Eso no podía ser.
Sobraba decir que, al principio, nadie se fijó en aquellos detalles diarios. Sin embargo, llegó un momento en que el resto del departamento de Leyes Mágicas del Ministerio empezó a ser consciente, al menos quienes trabajan cerca de su oficina, de que algo raro pasaba. Y ese algo raro era que Hermione Granger estaba recibiendo regalos y detalles por parte de alguien de forma continua. Y nadie hasta entonces la había visto recibiendo nunca ninguno.
Sin embargo la comidilla no llegó a los oídos de demasiados magos o brujas. La antigua Gryffindor era una persona discreta y comedida que se cuidó mucho de que los demás no vieran demasiado aquellos presentes. Llegaba pronto al Ministerio para esconder lo que sabía que aparecería a primera hora encima de su mesa, negaba con desinterés los rumores y actuaba con completa normalidad. Los demás no tardaron entonces en perder interés, y ella puso respirar tranquila.
Hasta que esas dos primeras semanas pasaron, y entonces, por alguna razón que no alcanzó a entender, los regalos dejaron de ser como todos los días. Descubrió el primero de esos regalos una mañana cuando, llegando algo más tarde por culpa de un embotellamiento en la Red Flu, entró corriendo en su despacho. No parecía haber nadie husmeando, ni comentarios sobre que alguien hubiera visto nada inusual sobre la mesa de su escritorio. Entró en su oficina saludando a algunos compañeros y cerró tras ella. Su vista se volvió inmediatamente hacia su mesa, pero no vio nada extraordinario ni que llamara la atención.
Ilusamente, creyó que por fin todo había terminado, que Draco había abandonado sus insistentes intentos para que ella volviera a dirigirle la palabra o tolerara su presencia. Dejó su capa y sus cosas en la percha y se sentó frente a su mesa respirando tranquila por fin en dos semanas. Empezó a ordenar todas los quehaceres que tenía para aquel día, carpetas, informes, expedientes… Y fue entonces cuando vio lo que desentonaba entre sus cosas.
Un expediente.
Era viejo, muy viejo. Tenía una leve mancha que no había sido borrada, como si hubiera caído al suelo y nadie se hubiera molestado en quitarla cuando lo guardaron. Había perdido consistencia por el paso del tiempo y estaba algo estropeado por la humedad de los sótanos donde seguramente habría estado guardando durante Merlín sabía cuántos años. Su mirada escrutadora comenzó a leerlo para ver de qué se trataba, y antes de terminar la primera línea se vio obligada a detenerse.
Miró la fecha. El año, el mes, el día. Era demasiada coincidencia como para creer que se trataba de una casualidad. Aquel expediente estaba sellado con la misma fecha en que ella visitó por primera vez el Ministerio de Magia con su tío, y había…
Suspiró mientras se reclinaba lentamente en la silla sin soltar todavía aquel papel. Era el mismo día en que se había encontrado con Draco Malfoy y habían hecho saltar cajas de expedientes por los aires por culpa de la magia involuntaria infantil. Probablemente aquel había sido uno de los expedientes que habían caído al suelo mientras se peleaban.
Había sido el mismo día en que ella había decidido que trabajaría allí. El mismo día en que Malfoy la salvó de un terrible castigo empujándola para ayudarla a esconderse tras unas enormes cajas, evitando así que alguien supiera que fueron ellos quienes hicieron saltar por los aires cajas y sillas. El mismo día en que se reconocieron por primera vez después de años sin verse.
Volvió en sí misma rápidamente al notar molesta que se le había ablandado la mirada. Y ni siquiera quiso pensar en la palabra enternecer. Eso era demasiado para ella en aquel momento. Apretando los labios para contener una extraña sensación en el pecho, guardó cuidadosamente aquel expediente en un cajón. Ya se ocuparía de guardarlo luego, en aquel momento no tenía tiempo.
Se pasó trabajando sin descanso el resto del día, aunque no todo lo eficientemente que a ella le hubiera gustado. Aquel regalo la había turbado. Era un recuerdo de otro nivel, no un simple obsequio banal y tonto como los que había estado recibiendo hasta ahora. Contuvo las ganas de maldecir cuando, terminado su día laboral, bajó a los sótanos y buscó el ala de almacenaje de aquella época para devolver aquel expediente. Todo estaba polvoriento y sucio. Evidentemente, los de mantenimiento se habían olvidado hacía tiempo de que allí también había que limpiar.
Se detuvo sin saber muy bien por qué frente a una caja entreabierta.
Su inteligente mirada brilló al descubrir los rastros de una mano sobre el polvo acumulado en la tapa. Se acercó y abrió la caja. Los expedientes guardados dentro estaban en su mayoría doblados y un poco sucios. Sin lugar a dudas aquella fue una de las cajas que Draco hizo explotar aquella vez.
Negó con la cabeza entonces, reprochándose a sí misma el dejarse ablandar por los juegos psicológicos de esa serpiente. No, no iba a permitírselo, no iba a perdonarlo ni a hablarle en lo que le quedara de vida, había tomado una decisión y no iba a desdecirse. No quería volver a verle nunca más. Ya se lo había dejado bien claro cuando él trató tan falsamente de disculparse.
Negó con la cabeza con fuerza para no recordar ese momento.
Metió el expediente de nuevo en su caja con más fuerza de la que pretendía. La cerró de un golpe y se alejó de allí a paso rápido. Quería marcharse de allí cuanto antes, se sentía extrañamente… Nostálgica.
OOOOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOO
Ese día había sido inusualmente tranquilo. O al menos para lo que últimamente tenía como rutina. Había llegado al trabajo sin incidentes, no había sucedido nada extraño en el Ministerio, nadie la había interrumpido mientras trabajaba y, sobre todo, no había encontrado ningún regalo sobre su escritorio. Pensando que quizá estuviera escondido, había buscado sobre la mesa, en los cajones, debajo de las sillas, en los estantes, en el suelo, en todos sitios hasta que ella misma se dio cuenta de que estaba buscando algo, lo que fuera, con una ansiedad que no debería tener, debería estar feliz.
Había vuelto a casa tranquila pero algo extrañada. Se le hacía raro que Malfoy al fin hubiera desistido, pero sin duda era un alivio. Salió del Ministerio cansada y directa a casa, dispuesta a tomarse un baño relajante. Cuando se apareció frente a la verja de su jardín y se detuvo frente a su puerta buscando distraídamente las llaves, casi se cayó del susto al descubrir el ramo de flores que había en el suelo.
Se quedó inmóvil todavía con las llaves en la mano observando el ramo, mirándolo fijamente. Entonces se agachó para recogerlas y sintió que temblaba por dentro al reconocerlas.
Eran gardenias. Eran inconfundibles, preciosas con sus pétalos de un blanco resplandeciente y su centro ligeramente dorado, rodeadas y alternadas con crisantemos de fogosos colores. Esas flores no podían ser una casualidad. Eran más especiales. Menos comunes. Más puras.
Frunció el ceño al recordar que eso era lo que Draco decía siempre, "Son especiales". Nunca le había regalado rosas porque según él eran unas flores comunes y corrientes sin ningún significado, y a regañadientes admitía que ella compartía su opinión. Pero para ella las gardenias lo tenían, tenían mucho sentido y él lo sabía. Estaba segura de que era por eso por lo que Draco se las había enviado. Eran las primeras flores que él le regaló, y todavía recuerda lo mucho que le gustaron. Su olor despertó de nuevo su memoria haciéndole recordar otras ocasiones en las que él también le había regalado flores.
Siempre había sabido cuándo regalárselas para que fueran regalos completamente inesperados.
Un momento. Se detuvo mental y físicamente con el ramo aún en la mano. Malfoy la estaba manipulando y doblegando otra vez, ¡y lo hacía con aquellas estúpidas y preciosas—no podía creer que hubiera vuelto a decir eso— flores! Esperaba que al menos por su propio bien no hubiera tenido la poca vergüenza de haber entrado en su jardín para dejarlas allí después de haberle prohibido tajantemente la última vez que se vieron que pusiera un solo pie en los terrenos de su casa.
Furiosa por haber sido manipulada durante probablemente minutos enteros por aquel regalo demasiado bonito como para resistirse, tiró las flores al suelo con virulencia. Sacó la varita y no le tembló el pulso. Les prendió fuego. No quería tener la tentación de dejarlas allí y terminar metiéndolas en su casa y poniéndolas en un jarrón.
Dejó que se quemaran despacio, ocultando firmemente la tristeza interior que sintió al ver los hermosos pétalos arder y evidenciando externamente la molestia por haber recibido otro regalo por su parte.
Idiota. Él no iba a comprar su perdón con unas estúpidas flores, ni ahora ni nunca. ¡No iba a permitir que intentara manipular sus sentimientos! Y esperaba que estuviera al acecho escondido en algún sitio viendo cómo había calcinado su interesado regalo o que al menos hubiera enviado a su elfo doméstico para que luego se lo contara y que al saberlo se le revolvieran las tripas por la frustración.
A Hermione Granger nadie la manipulaba. Y mucho menos Draco Malfoy.
OOOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO
Había recibido aquel expediente del tiempo de su niñez. Había recibido flores. Había encontrado un cromo de cierto mago de barba plateada y gafas de media luna en el buzón de su casa, había recibido regalos que evocaban en ella memorias del pasado en las que siempre aparecía él cada día sin falta alguna.
Y de repente, nada.
Habían pasado varios días desde el último regalo que había recibido. Y no quería admitirlo, pero ella lo sabía: Estaba preocupada, y mucho. Ni siquiera había tenido una señal de él, ni una aparición en los periódicos en la sección de sociedad, ni un encontronazo casual de compras en el callejón Diagon, ni se habían cruzado cuando había ido a Gringotts a sacar dinero, ni siquiera había llegado a verlo tomando algo en su cafetería favorita.
Parecía que se hubiera esfumado, que hubiera desaparecido. Era de lo más extraño. Y de lo más preocupante.
Con el paso de los días su congoja fue creciendo. ¿Ni una señal de Draco? ¿Nada? Era muy extraño, él no era de los que se daban por vencidos, al menos no hasta no haber utilizado primero sus armas más sucias y sus tácticas más viles. Así era él, ella lo conocía bien, ¡mejor que nadie! Entonces, ¿dónde se había metido?
No podía creer que de verdad estuviera preocupándose por alguien a quien había decidido no volver a dirigirle la palabra y olvidarse de su existencia.
Aquel día, mientras comía con Harry, Ron y Ginny, su amigo pelirrojo le preguntó si le ocurría algo. Ella le miró parpadeando confundida sin entender a qué venía su pregunta, y después se sonrojó sin poder evitarlo. Si incluso Ron, la persona menos observadora que conocía, se había dado cuenta de que algo le ocurría, debía ser que su estado de inquietud y zozobra era de lo más evidente.
No podía creer que estuviera preocupándose por él cuando ella misma fue quien decidió no volver a saber de él nunca más. Y lo peor de todo, que Ron lo notara.
Al final había conseguido manipularla con sus regalos, era inaudito. No podía creer que hubiera caído en su juego de serpiente y estuviera pensando en él cuando se había prometido a sí misma no hacerlo.
Draco era un idiota, era todo culpa suya. No saber si estaba bien la tenía sumida en una intranquilidad exasperante.
Cuando terminaron de comer, Ginny trató de sonsacarle algo, pero Hermione se deshizo de sus intentos de presión cambiando de tema con facilidad hacia uno que despistaría a sus tres amigos sobre su aparente apatía: El Quiddith. Era una táctica de distracción infalible. Nombró a los Chuddley Canons y los tres se enzarzaron en una ardua discusión sobre si ganarían o no algún día la liga. Tras hacer un par de aportaciones sin importancia, por fin pudo mantenerse al margen y sumirse en sus pensamientos mientras ellos debatían enérgicamente.
Malfoy no se merecía su preocupación. Pero entonces, ¿por qué diablos se preocupaba? Suspiró frustrada mientras se disculpaba para ir al baño. Al volver, los dos Weasley y Harry habían pedido ya la cuenta y se disponían a salir del pequeño y tranquilo restaurante.
Hermione, que iba la primera caminando distraídamente sumida en sus pensamientos de no—preocupación, se encontró de frente con alguien que le resultó de lo más familiar al ir a cruzar el umbral de la puerta del restaurante para salir a la calle.
—¡Zabini!— exclamó sorprendida al reconocerlo de inmediato.
El moreno la observó. Parecía sorprendido de verla. Y lo más preocupante de todo: También parecía preocupado. Y tenía la asfixiante sensación de que era por la misma razón que ella. De repente sintió todo el cuerpo frío. Zabini asintió como si comprendiera la razón de su estado y fue a decir algo, pero una voz lo detuvo antes de poder hablar.
—¿Hermione?
La castaña se dio la vuelta para encontrarse con Ron, que observaba a aquel viejo enemigo de Slytherin con el ceño fruncido y mostrando sin disimulo alguno la poca ilusión que le había hecho encontrárselo. Pero Hermione no podía permitir esta vez que los perjuicios de Ron le impidieran hablar con Blaise. Estaba claro que iba a decirle algo importante, y ella necesitaba saberlo. Sobre todo si ese algo iba a versar sobre cierto rubio prepotente y narcisista.
Harry y Ginny saludaron al moreno al reconocerlo con un leve gesto que les fue devuelto. Ron lo miró con el ceño fruncido saludándolo con un gesto breve que dejaba en claro que lo reconocía, pero que no le hacía especial ilusión encontrárselo ni que hablara con su amiga castaña.
—Tenemos que salir ya, Hermione, estamos colapsando la entrada— dijo el pelirrojo de una forma bastante insistente.
Pero la castaña hizo caso omiso a su encubierta petición.
—Sí, es verdad— dijo para tranquilizar sus ánimos—, pero esperadme fuera, ahora mismo salgo— dijo ella haciéndole un gesto tranquilizador con la mano.
A ninguno de los tres les sorprendió su respuesta. Hacía mucho que todos sabían que había entablado cierta amistad con Malfoy —por supuesto, ella se había encargado de no explicarles con detalle hasta qué punto de profundidad llegaba esa "amistad"—, y que había terminado inevitablemente mediante el Slytherin teniendo también amistad con Zabini e incluso Nott. No es que los Weasley o Harry pensaran que era la mejor compañía para ella, pero tampoco se quejaban demasiado a esas alturas, cuando ya no habría forma de cambiarlo. Hermione siempre había sido inflexible con lo del "deber de crear lazos con los del otro bando", lo cual siempre se había tomado casi como una obligación personal.
—Está bien— asintió Harry empujando un poco a Ron para que empezara a caminar y seguido por Ginny que observaba con cierta curiosidad a la castaña.
Zabini siguió serio y saludó con un leve movimiento de cabeza a los tres magos al salir. Cuando la puerta se cerró y estuvieron solos, volvió su mirada hacia Hermione, y ella sintió que se le paraba el corazón.
—Hermione, tenemos que hablar— dijo en tono serio.
Y que Blaise Zabini utilizara un tono serio nada más empezar una conversación no era buen augurio. Hermione trató de tragar el nudo que se le hizo en la garganta.
—¿Ocurre algo?— preguntó tratando de mantenerse en calmada e indiferente y al mismo tiempo temiendo la respuesta.
Blaise miró en rededor, como si temiera que alguien pudiera estar escuchándoles. Después bajó el tono y ella se acercó algo más para asegurarse de que oía a la perfección cada palabra.
—¿Sabes algo de Draco?— y ante aquella pregunta Hermione palideció— Estoy empezando a preocuparme, hace días que no sé de él y es muy extraño.
No estaba pálida, simplemente había perdido todo el color en el rostro y sentía que la sangre había dejado de fluirle en las venas. Que ella no hubiera sabido nada de él durante días siendo que no le dirigía la palabra era comprensible, pero que a Zabini le ocurriera lo mismo no lo era. Algo malo había pasado, lo intuía y lo sentía en cada centímetro de su piel que de repente estaba helada.
—No, no sé nada— consiguió decir balbuceante.
—¿No?— dijo él frunciendo el ceño y masajeándose el puente de la nariz. Parecía contrariado— La última vez que lo vi estaba muy borracho.
—¿Borracho?— repitió Hermione con creciente aflicción.
Blaise pareció tratar de ocultar cierto sentimiento de culpabilidad al notar su preocupación. Y entonces Hermione sí que empezó a desesperarse. Algo había ocurrido.
—Blaise, dime lo que sabes. Ahora.
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Continuará…
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Hola! Aquí está el nuevo capítulo. ¿Qué habrá pasado para que ella no le hable? Pronto lo sabremos. Espero que os haya gustado. He metido un poco de Blaise y Nott para animar la cosa. Muchas gracias a todas de nuevo por vuestros reviews, y a dashamalfoy, Jenny, Livier(cuánto tiempo!) que comentaron sin registrar.
-Tiempo hasta nueva actualización: 3 días, a no ser que una tormenta de arena me deje ciega por el ataque de pequeños proyectiles arenosos, en cuyo caso me será imposible.
