Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto
Hola, gracias por entrar n.n
Soy de la época de los cassettes, por lo que para describir un poco el contenido del capi de hoy, diría que es el "Lado B" del capítulo anterior XD En términos actuales, diríamos que se trata de una secuela.
Agradezco a todos por su paciente lectura. A veces en mis fics el amor se desarrolla de manera más activa, entonces me critican que no lo haya hecho más lento. Cuando lo hago lento -como en la presente ocasión-, me señalan que va demasiado despacio... Amén de que uno no puede darle en el gusto a todos, un escritor lleva la historia según su ritmo y aquí hay muchos fics y muy variados como para encontrar en ellos lo que se busca en una historia. Pero también me gustaría señalar algo: nada tiene que ser rápido para ser bueno. Lo "bueno" o lo "malo" no depende del ritmo, hasta donde creo suponer. Y en el caso de la lectura, además, considero que el disfrute se obtiene a partir de la atención, de tomarse el tiempo para leer y deleitarse con cada línea, si es que este deleite se produce. Aunque estén apurados, aunque no les quede otro remedio que leer desde el celular, les recomendaría que se tomen el tiempo. De otro modo, nunca van a disfrutarlo de verdad, la historia nunca les va a gustar, ni a cerrar, no podrán engancharse y entenderán todo mal.
Bueno, ya me dejo de parlotear moralinas XD Saludos para Cami-shama, me alegra que te haya gustado el capi anterior, ahí tenemos a Sasuke ya conciente de sus sentimientos, veremos cómo lo maneja a partir de ahora. Muchas gracias por leer y comentar n.n Ema, jejeje, ¿de verdad te lo pudiste imaginar? Es muy gracioso pensar así de Sasuke XD Sí, ya hemos pasado la mitad del fic, ahora habrá que empezar a redondear el asunto. Muchas gracias por tu afecto y compañía n.n The Noroi, tu review me ha conmovido profundamente, sos demasiado generosa en tus apreciaciones. Que el fic te sirva para sobrellevar los asuntos cotidianos es lo mejor que me podés decir, porque uno transita por estas páginas justamente para eso, por lo que te agradezco sentidamente que lo hayas mencionado. Te agradezco mucho por seguir la historia, por el aliento y por tu tiempo para leer y comentar. Te contesto por aquí porque no tenés habilitada la opción para hacerlo desde el review, y realmente necesitaba responder a tan afectuosas observaciones. Te mando un gran abrazo :D
Disculpen por los errores que puedan encontrar y muchas gracias por leer :D
XI
Empieza cosas nuevas
¿Cómo podía ser posible que después de un despliegue de entusiasmo, satisfacción y superación de fracasos amorosos se viniera abajo tan súbitamente? ¿En qué momento había quebrado? ¿Y por qué razón? Sasuke la observaba gimotear y no lograba hallar la explicación. Pero más que desconcertado, se sentía como un idiota por no haberlo previsto, por haber bajado la guardia confiando en su determinación.
Había olvidado cuán sensible podía ser Hinata en realidad. Era fuerte, sí, y voluntariosa, pero también anidaba dentro de ella una fragilidad que podía manifestarse en el momento menos pensado. Y ese era el momento menos pensado. A Sasuke le molestó terriblemente ese inopinado retroceso, pero supo ocultarlo con el traje de consejero sentimental que cargaba siempre consigo.
Después de la misión con Naruto y la consecuente rendición de cuentas ante su maestro, la templanza de Hinata terminó por colapsar. Por más superada que se hubiera mostrado, Sasuke alcanzó a entrever que sólo se trataba de una coraza a punto de resquebrajarse. Cuando lo encontró una de las criadas de los Hyuuga para comunicarle que la joven lo mandaba a llamar nada extraño sospechó, hasta que se encontró con ese panorama. Entonces fue asaltado por una catarata bastante atrasada de recelos, inquietudes y cuestionamientos.
¿Realmente se había sentido tan cómoda trabajando con Naruto? ¿Realmente había olvidado su amor por él? ¿Realmente había superado la prueba? ¿Realmente habían funcionado sus consejos?
En el amplio y solitario dojo, sentados ante un kotetsu con un refrigerio que la propia Hinata había preparado, al parecer en un torpe intento por canalizar la tristeza que sentía, soportó acodado frente a ella y sin probar bocado los lastimeros gemidos que de vez en cuando emergían a través de la grieta que formaba con su cabeza oculta entre los brazos. Porque la kunoichi no se atrevía a levantar la vista y enfrentarse a los ojos de su sacrosanto mentor.
Sasuke supuso que trataba de esquivar su mirada de decepción. No obstante, sus sentimientos no podían estar más lejos de ello, aunque Hinata era incapaz de detectarlo. Tampoco estaba muy interesado en sacarla del error, le gustaba permanecer en su compañía incluso en ese apoteósico estado de melancolía.
Sí, se había resignado a ser su paño de lágrimas, su papel tissue abollado, el oso de felpa al que abrazase llorándole la frustración amorosa más calamitosa del mundo. Sí, Sasuke lo haría… Mejor él que cualquier otro pelmazo. En el estado en el que se encontraba podría haber terminado en los brazos de alguno de sus compañeros tranquilamente, y la esforzada paciencia de Sasuke ya no podía lidiar con eso.
Jamás lo permitiría. Antes oso de felpa que consentir que sucumbiese a la perniciosa influencia de esos clanes tan frikis de perros e insectos, sobre todo después de la cantidad de tiempo de análisis y vaivenes emocionales que le llevó admitir cuán enamorado estaba de ella.
Que llores por otro, vaya y pase, pero sólo lo harás delante mío, maldita sea, le dijo mentalmente a Hinata como si con eso pudiese conjurar aquellas amenazas.
Un oso de felpa resultaba inofensivo, poco comprometedor y convenientemente discreto. Era un simple muñeco carente de emociones, de intereses y de conciencia, un muñeco que por invento de algún artesano insomne se limitaba a transcurrir sentado de patas abiertas en el banquito de madera del rincón. Rellenito, tal vez, apapachable y esponjoso, pero carente de voluntad y, por ende, de inconvenientes tentaciones.
En eso se convertiría esa tarde, entonces, en un tierno, insondable e incógnitamente sonriente oso de felpa… Los caminos de la expiación podían ser imprevisibles.
-Le dije que pre-prestara atención a su de-derecha –gimoteó ella por centésima vez, aunque la voz surgía apagada por persistir en esa defensiva postura-, cu-cuando en realidad el enemigo se acercaba po-por el frente…
Sasuke suspiró. Recordaba perfectamente la situación, pero no tenía más remedio que disimular y escuchar aquel quejumbroso descargo con la infinita paciencia de la divinidad que todavía era, al menos para Hinata. Ella necesitaba desahogar las instancias más bochornosas por las que había transitado ante los ojos de la cucaracha de su ídolo y tendría que soportarlo estoicamente, como el enamorado recién graduado que era.
-Luego tropecé con una rama que se partió de inmediato, cu-cuando la consigna era deslizarse con si-sigilo… ¡Y casi quedo atrapada en la su-sujeción de sombras preparada por Shikamaru-kun junto a uno de los rivales!
Las anécdotas de actos fallidos, equivocaciones tontas, tropezones absurdos e intervenciones verbales desentonadas se sucedieron como las cuentas de un rosario, o como un mantra recitado para alcanzar la sanación, Sasuke no podía definirlo. El desahogo femenino era un territorio nuevo y totalmente inexplorado, por lo que se limitaba a escuchar en silencio mientras sopesaba posibles aberturas por las que deslizarse, aunque fuese de lo más complicado. El cerebro y la templanza del ninja constituían el único recurso con el que contaba para afrontar la situación, pero el monólogo de Hinata era realmente inexpugnable.
-Po-por la noche le ofrecí onigiri para cenar –continuó ella después en un susurro lastimero-, pe-pero Naruto-kun ya se había terminado su ración y estaba durmiendo…
Sasuke gruñó con hastío. ¿Por qué le preocuparía tanto quedar como una boba delante de un tipo casado? ¿Por qué no habría eliminado esos absurdos detalles de su memoria y por qué se habría venido abajo tan de repente por los avatares de una misión ya concluida? Entender las enrevesadas cadenas de razonamiento de una mujer le resultaba imposible.
Quizá se había esforzado demasiado delante de él con el único fin de evitarle el disgusto, o quizá no había olvidado a Naruto aún hasta el grado de no dejarse afectar por los incidentes propios de la convivencia. Sea como fuere, fiel a su nuevo rol de oso de felpa, se mantuvo imperturbable.
-Pe-pero lo peor, lo peor, Sasuke-kun –volvió a proferir ella desde su escondite existencial-, lo peor fue cu-cuando junté flores silvestres a lo largo del camino de regreso… ¡pa-para que se las diera de regalo a Sakura-san!
El ninja no supo qué hacer con semejante información. Eso sí que era patético, hasta alguien tan parco como él lo sabía. Había creído que esa tarde sería él quien se llevase los laureles al respecto, pero por lo visto Hinata podía sacarle una cabeza de ventaja en la carrera del patetismo.
La atmósfera del dojo se volvió más deprimente. El oso de felpa, aún paciente, cambió de mano en la que acodarse sin dejar de mirar la coronilla de la joven, el único rasgo que distinguía de esa cabeza oculta, avergonzada y sollozante. ¿Debería convertirse ahora en un kilo de crema helada de chocolate? En más de una ocasión había oído que las mujeres podían vaciar sus crisis a la par de un recipiente repleto de ese delicioso postre.
Pero entonces, además de deprimirse por su torpe manera de comportarse delante de su amor trunco, se deprimiría por haber comido de más. Sasuke se conformó con seguir siendo un oso.
-Me decepciones, Hyuuga –dijo por fin.
-Lo sé, shisho –murmuró apagadamente ella.
-Pero no por la forma como te comportaste con Naruto.
Se hizo un expectante silencio. Hinata se removió, asomó los ojos por encima del antebrazo que salvaguardaba los vestigios de su dignidad y finalmente se irguió, mirándolo con interrogación. Las oscuras bolsas sobrecargadas de los pesares del bochorno y las horas de insomnio consternado que se dibujaban debajo de aquéllos eran el signo inequívoco de la congoja fatal que la acometía.
-¿No?
-No –confirmó Sasuke.
-¿Entonces qué te ha decepcionado?
Al oso de felpa le gustó que, una vez atraída la atención sobre sí, haya dejado de tartamudear. Y de paso, para no perder la costumbre, se sintió estúpido porque un detalle tan simple le acarreara semejante sensación de bienestar.
-Que lo lamentes –respondió.
Hinata pestañeó, confusa. Lo pensó durante algunos instantes, realmente interesada en esa insospechada perspectiva. Sasuke, por su parte, volvió a guardar silencio, aunque acompañó con la mirada esa nueva remontada de razonamientos. Sólo ella podía llegar a la conclusión adecuada, a esas alturas él se sentía demasiado molesto como para darle más pistas o motivaciones. Se sentía más a sus anchas, además, cuando seguía conduciéndose con ella bien parco de emociones, de otro modo temía verse expuesto.
Aunque persistió en la idea de que mejor él que cualquier otro pelmazo. Kakashi no se librará del desquite que le espera. Si no fuera por él…
De pronto pareció que Hinata entendía.
-No debería haberle dado tanta importancia –susurró, comprendiéndolo por fin. Seguía triste y algo apagada, pero ya se veía más ligera, como si se hubiera sacado un peso de encima. El peso de su propia inseguridad.
-Exacto –dijo Sasuke-. Te comportaste como lo haces siempre, Hyuuga: con compañerismo, con generosidad, con la dedicación que te caracteriza. ¿Qué importan unos cuantos errores? ¿Acaso eres la única que los comete? Lo importante es que estés atenta, que seas conciente de ello para poder repararlo, que no tengas que arrepentirte de nada.
-Lo sé, lo entiendo, pero...
-Hace unos días llegaste a la más que razonable conclusión de que Naruto no tiene por qué ser el epicentro de tu vida –la interrumpió el otro para cortar de plano el rumbo de la negación-, ni él ni nadie. ¿Qué ha cambiado para que estés ahora en este estado?
Hinata tuvo que detenerse a pensarlo.
-Tal vez pretendí haber mejorado antes de tiempo.
-Ni tú te lo crees.
-Es que aunque ya no lo quiera co-como antes, ¡tampoco quiero que crea que soy una tonta!
-Eso es ridículo.
-Lo sé, shisho, ¡lo sé! –exclamó ella, volviendo a ocultar con gesto teatral el apenado rostro entre los brazos.
Sasuke masculló una maldición. Sólo el conocimiento que tenía de Hinata lo mantuvo a salvo de los celos ante tales declaraciones, pero todavía no podía manejar el detallito de la posesividad. Aun así, se condujo como todo un profesional… es decir, como un auténtico oso de felpa.
-Pues entonces tómate más tiempo.
-Creo que ya no es cuestión de tiempo –dijo ella, emergiendo de nuevo.
-¿Entonces de qué crees que se trata? –indagó él muy orgulloso de sus incipientes e inusitadas habilidades de terapeuta.
-No estoy segura –admitió la joven, pensativa-. Sé que ya no se trata de amor, pero aún hay algo que me impide sentirme por completo cómoda con él.
-Con la cucaracha –aportó Sasuke, mitad por rencor, mitad para recordarle la táctica principal. Tal vez un poco más por lo primero que por lo segundo. Luego suspiró con resignación-. Piénsalo con cuidado entonces y volvamos a encontrarnos cuando lo tengas claro.
-Puede que me cueste un poco.
-No importa. Hazlo.
-Lo haré, shisho –repuso con más firmeza Hinata, ansiosa por hacer lo que interpretó como una tarea escolar.
El oso de felpa volvió a farfullar maldiciones debido a esa persistente y exagerada manera de tomarse sus intervenciones, pero de todas formas se sintió aliviado. Ahí estaba de nuevo la mujer determinada que conocía.
-No fuerces las cosas –continuó él, más confiado-. Si todavía te duele, deja que duela. Llegará el día en que ese dolor se vuelva insignificante.
Ella asintió con la cabeza.
-Lo sé –le aseguró, ya más repuesta-. Estos días han sido un poco complicados, pero estoy segura de que todo mejorará.
-Bien dicho, Hyuuga. Aprovecha ese tiempo para iniciar cosas nuevas.
Ahora Hinata se sentó mejor, acusando recibo del nuevo consejo. Cada vez que el maestro de los corazones embrollados hablaba, aportaba un poco de orden en el complicado universo de los desafueros amorosos.
-Iniciar cosas nuevas –repitió como para memorizarlo.
Al oso de felpa le pareció que ya estaban volviendo a la normalidad, a la peculiar normalidad del extraño vínculo que habían forjado. Sin embargo, fue incapaz de decidir si le alegraba o si volvía a fastidiarle. En todo caso, lo mantenía conectado con ella.
-Además de tu trabajo en la academia, podrías… no sé… dar clases particulares aquí mismo.
-¡Lo he pensado varias veces, shisho! –exclamó Hinata con entusiasmo.
-También podrías pensar en abrir tu propio negocio, muchos de tus compañeros lo han hecho.
-¡Es verdad!
-O quizá podrías tomar clases avanzadas de ninjutsu, eso es algo que siempre ayuda a mejorar.
La lista de sugerencias prosiguió. Sasuke proponía actividades con un nivel de inspiración e interés francamente imprevisto y Hinata, predispuesta a todo despliegue de su ancestral sabiduría, asentía repetidamente con la cabeza, tomando nota mental de cada una de esas posibilidades. Iniciar cosas nuevas… Podía ser difícil, pero tener proyectos era mucho más saludable que desahogarse frente a un kilo de crema helada de chocolate.
Y a Sasuke lo ayudó a distraerse de la ligera sospecha de haber jugado el papel de idiota a lo largo de toda la conversación. Sólo un idiota, o un hombre muy enamorado, podía soportar que la mujer pretendida gimotee delante suyo por alguien más. Aunque ya hubiese sido glorificado como la divinidad de los amores frustrados, realmente fue así como se ganó un lugarcito en el cielo.
Al final Hinata optó por unificar dos de las sugerencias enumeradas: ofrecer clases particulares obraría a la vez como un emprendimiento. Sería su propio negocio, una forma de emancipación. El oso de felpa asintió con aprobación, satisfecho, y dieron por terminada la sesión… o la nueva y esmerada consulta al oráculo sentimental.
A continuación consiguieron empezar a comer.
-Le daré clases particulares a cualquiera que, sin tener formación shinobi, quiera aprender al menos algo de ninjutsu –decretó ella.
Una vez más, ante la sola idea de que acudieran hombres de toda laya Sasuke se removió en su asiento, incómodo. Antes de que tuviera el buen tino –y el disimulo- de pensar qué decir, mandó al cuerno su impostada vocación de gurú.
-Sólo trabaja con niños -dictaminó.
-¿Con niños?
-Como lo oyes.
-¿Por qué? –se extrañó Hinata.
-Porque son más dóciles –improvisó él.
Mentía, por supuesto, pero como ya sabemos y repetiremos a coro: ¡mejor con niños que con cualquier otro pelmazo!
-Tendré que organizar mi horario y preparar el dojo –consideró ella, sin que se le cruzara por la cabeza objetar la arbitraria decisión de su venerado maestro-. Haré folletos y luego los repartiré. ¡Tendré trabajo, shisho!
-De eso se trata –secundó él-. Pero sólo con niños –reiteró por si acaso.
Al oso de felpa le gustó que aquel entusiasmo barriera por completo la anterior depresión. Los sentimientos típicos de los seres humanos eran un misterio, por lo que necesitaba someterse a las vivencias necesarias para experimentarlos y entenderlos mejor. Tal vez hubiese sido esa incipiente predisposición a empatizar lo que entrevió Hinata en él los pasados días cuando le dijo que había mejorado.
Jamás olvidaría esas palabras. Al evocarlas, se sintió más a gusto.
De todos modos todavía le costaba. Más allá de lo que sentía por ella y de todas las sensaciones nuevas que se removían en su interior, incluida la dichosa cosa cálida, en el fondo seguía siendo el joven apático que aún proyectaba seguir su vida fuera de Konoha. El plan de Kakashi había sido bueno, tenía que reconocerlo, pero todavía no podía tildarse de efectivo.
No mientras el orgullo Uchiha siguiera fluyendo por sus venas… de oso de felpa.
Hinata podía ser exactamente lo que necesitaba, ni más ni menos, estaba dispuesto a admitirlo. Pero él tenía sus propias inquietudes, sus propias frustraciones y sus propios modos de procurarse algo de paz.
-¿Shisho? –indagó Hinata al advertir su retraimiento.
-Sólo pensaba –dijo él, de regreso de sus cavilaciones.
-¿Me ayudarás con mis clases?
Sasuke elevó la vista con asombro, casi con horror.
-¿Quieres que te ayude a dar clases?
Hinata asintió con una sonrisa.
-Sería maravilloso –dijo con timidez.
El ninja ni siquiera se dignaba a imaginarse en un rol semejante. Se lo había dicho ya en otro momento, ¿por qué insistiría? Jamás se sometería a la tortura pedagógica de tratar de transferir un pensamiento sensato en la testaruda cabeza de un molesto rapaz.
Podía convertirse en un papel tissue abollado, podía condescender a ser un oso de felpa e incluso un kilo de crema helada de chocolate si la situación lo requería, ¿pero entrenador? ¿Él ofreciendo clases? ¿De veras? ¿No tenía suficiente con aquella absurda labor de consejero?
-En tus sueños, Hyuuga.
-¡Pero shisho!
-Ni pensarlo.
-¡Eres uno de los más indicados para esa función!
Él decidió cortar de plano con la estupidez y con cualquier intento de persuasión.
-¿Nunca has pensado que tarde o temprano me marcharé de Konoha?
Ahora Hinata pareció convertirse en piedra. Con un bocado de arroz a medio camino, la kunoichi permaneció estática, como si no pudiera procesar esas palabras. El oso de felpa se sintió un poco avergonzado por haber esgrimido tan súbitamente ese recurso, pero ni modo, ya lo había hecho y no podía desdecirse.
-¿Irte de Konoha? –preguntó ella en un susurro sin poder digerir la novedad.
Sasuke asintió, preguntándose por qué reaccionaría ella de esa manera.
-Hace tiempo que quiero marcharme, pero por alguna u otra razón lo he tenido que postergar -confesó.
Hinata se retrajo durante algunos instantes con angustia contenida, hasta que pareció recuperar la voz.
-¿Por qué te irías? –quiso saber, mirándolo con una interrogación del tamaño del universo. A Sasuke nunca se le hubiera ocurrido que la noticia de su partida pudiera conmocionarla tanto, ni siquiera que hubiera una persona que en verdad lo lamentase. En todo caso, había creído lo contrario: que todos esperaban que se fuera.
-También yo quiero iniciar cosas nuevas –se limitó a decir. Su semblante, como de costumbre, no transmitió emoción alguna.
Sin embargo Hinata, que había aprendido a leer bastante bien dentro de él, no se conformó.
-Puedes hacer eso aquí –dijo-, puedes crecer y terminar de reparar tus acciones del pasado aquí. Este es tu hogar, Sasuke-kun.
Esas, precisamente, eran las palabras que más lo exasperaban y le dolían, así como le dolía la lucidez con la que había vislumbrado sus verdaderas inquietudes.
-Konoha no es mi hogar. Dejó de serlo hace tiempo, Hyuuga, lo sabes.
Ella se negó a admitir semejante afirmación.
-Naruto-kun dice que el hogar está en donde se encuentra tu corazón.
-¿Y?
Esta vez fue Hinata quien lo miró con cierta decepción.
-Creí que aquí es donde está tu corazón –dijo casi con tristeza-. Aquí es donde viven las personas que te quieren, aquellos a los que quieres y aquellos en quienes confías.
Ella no podría imaginar hasta qué punto eran ciertas esas palabras, y con qué magnitud Sasuke había aprendido a amar.
Si supieras, Hyuuga…
-Eso no me alcanza –dijo él de todos modos.
La kunoichi ya no supo qué contestar. Desvió la vista, compungida, tal vez buscando una palabra que pudiera acertar en su corazón así como él había buscado antes, sin éxito, las apropiadas para salvarla de su depresión. Pero nadie puede salvar a nadie, sino que cada uno debe bastarse por sí mismo. Una dura lección, pero necesaria para sobrevivir.
Y Sasuke, por ese entonces, sólo atinaba a sobrevivir.
-No te preocupes, todavía no me iré –le aseguró-. Al parecer aún necesitas de orientación y no suelo dejar mis misiones a medias.
Volvió a ponerse así la máscara de gurú, aunque ni de ese modo consiguió atenuar la evidente preocupación de Hinata, que persistía en su contrariedad y en cuestionar con otras razones una decisión de ese tipo. Sasuke retrucó a cada observación, pero Hinata sólo se volvía más insistente y parecía cada vez más angustiada.
La única persona que podía doblegarlo, la única que podía hacerlo dudar. De repente vislumbró que la había lastimado.
¡Qué idiota!, se reprochó.
En un intento por controlar la herida, más interesado en dejarla tranquila que en el enojo contra sí mismo por haber revelado sus verdaderas intenciones, le repitió que se quedaría, que sólo se trataba de un proyecto a largo plazo, que permanecería a su lado hasta que se cansara de él. Pero ya la había lastimado. Involuntariamente, la había herido.
Hinata no dio señales de haber comprendido, pero al final calló. Acto seguido, volvió a mostrarse cabizbaja e inusitadamente más deprimida que cuando lo que le preocupaba eran sus torpezas. Ni veinte kilos de crema helada la rescatarían ahora de la desazón.
Sasuke se maldijo por lo bajo, irritado contra sí mismo. Al diablo con su temperamento, con sus dilemas ¡y con el condenado afán expiatorio!, ahora era él la causa de aquella consternación y de esa tristeza que lo sobrepasó por lo inesperada y lo contundente. ¡En menudo guía espiritual se había convertido!
Se moría por jurarle contra toda lógica y sentido común que se quedaría junto a ella, pero fue incapaz de hallar el modo de hacerlo. Aunque asegurarle semejante cosa no fuese más que un intento de consuelo e incluso aunque terminara por decepcionarla de veras.
Pero lo había arruinado, había metido la pata en grande.
Para repararlo de algún modo, Sasuke se propuso ser mejor para ella, tolerar cada uno de los malditos roles en los que lo pusieran sus sacudidas emocionales y adoptar para siempre el condenado traje de gurú. Sí, si dejaba de mirarlo con ese ruego en los ojos sería un buen gurú, un gran gurú, ¡el mejor gurú del mundo shinobi! Su gurú, su oso de felpa, su desesperado kilo de crema helada... Mejor él que cualquier otro pelmazo.
