Bienvenidos un domingo más a la lectura de un nuevo capítulo de Buscando un Corazón. Me alegro que os gustase el anterior y que no hayáis querido matarme al leerlo. xD Quería deciros que se acerca el final del fic, que esta aventura que hemos vivido durante meses está próxima a acabarse. Reconozco que no podré evitar echar unas lagrimillas cuando escriba el final, pero bueno, ya estoy acostumbrada a hacerlo con cada uno de los fics. xD Aunque éste es muy especial para mí, quizá mucho más que "As Long as you're there" Quizás porque poco a poco conseguí crear una historia de una familia de la que nada sabía al principio y que acabaron ganándose por completo mi corazón. No hay personaje de esta historia al que no le tenga un cariño enorme. Los adoro, empezando por el anciano Samuel Riley, hasta llegar a la dulce y traviesa Stacy. Los echaré de menos cuando se vayan, pero siempre estarán ahí pase lo que pase. No sé cuántos capítulos me llevará escribir ese final, pero espero que estén a la altura de la historia y que no os defrauden. Mil gracias por leerlo, de verdad y por dejar esos reviews cargados de cariño. ¡Os mando un beso enorme!

Para ti, Andrea, porque esta historia tenía que tener un capítulo dedicado a ti y porque nunca podría haber otro que se adecuase tanto. :) Gracias por estar ahí, espero que el regalo esté a la altura de lo que te mereces, lo he hecho lo mejor posible o eso creo :D Puedes gritarme o asesinarme si no es así. xD jejeje


Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario los chicos jamás se graduarían y seguirían en ese club del coro toda su vida, hasta convertirse en viejecitos. xD (¡Era broma, eh!)


Capítulo 11: Give into me:

You're gonna take my hand

Whisper the sweetest words

And if you're ever sad

I'll make you laugh

I'll chase the hurt

Come on, come on

Into my arms

Come on, come on

Give into me


Como si en una nube se encontrase, Scott Evans caminó lentamente hacia la mesa en la que sus hermanos estaban sentados. Todavía no se creía la suerte que había tenido hacía unos minutos en el exterior del local. No sólo había conseguido saber por fin cuál era el verdadero nombre de su querida doctora, sino que también había podido robarle dos besos y una cena.

Scott caminaba ahora hacia ellos con una sonrisa de triunfo en sus labios, mientras a su lado, la veterinaria seguía sus pasos aún dudosa de lo que había terminado aceptando. Lo que de verdad le fastidiaba a Scott era el hecho de tener que compartir su cena con sus hermanos. Le hubiese gustado haber podido invitarla a un restaurante, ellos dos solos. O que ella le diese la oportunidad de conocer su casa. Pero no importaba, Scott se encargaría de que esa noche fuese perfecta. Todo dependía de sus hermanos y de él mismo, tratando de no ser un patán incorregible.

Llegaron a la mesa, donde Dave y Sam se levantaron como auténticos caballeros sureños para saludar a la guapa veterinaria.

- Doctora Harbor, me alegro de verla por el Country Bar – le dijo Dave, tendiéndole la mano.

- Muchas gracias, David. ¿Era David, cierto? – La chica aceptó su mano, gentil.

- Prefiero Dave – respondió él, mientras Mary Ann bufaba a su lado. ¿Se había puesto celosa? ¡Perfecto! ¡Y más que lo estaría!

Dave aprovechó para presentarle a los demás, mientras Scott lo miraba con ganas de estrangularlo.

¡Tenía que hacerlo yo!

- Doctora Harbor, le presento a Sam Evans y Mercedes Jones. Supongo que los recordará. Estuvieron también en la visita de ayer.

- Sí, claro – les dijo, con una sonrisa, mientras les saludaba ofreciéndoles la mano.

- Yo soy Mary Ann Evans – dijo ésta, levantándose y evitando así que Dave las presentase. – Encantada.

Mary Ann le tendió la mano con una sonrisa, provocando que todos la mirasen atónitos.

Es su manera de disimular los celos.

Pensó Scott.

- ¡Bueno! Hechas las presentaciones, ¿nos sentamos ya?

Todos se miraron entre sí. La mesa solo tenía dos bancos, cada uno con sitio para tres personas.

- Mary Ann, levántate y siéntate con Sam y Mercedes. Déjame tu sitio – le pidió su hermano.

- De eso nada – rió la chica. – Yo ya estoy sentada, siéntate tú con ellos.

Scott miró de reojo a su mejor amigo, esperando que él se levantase y le dejase su sitio, pero Dave no tenía esos planes en la cabeza.

A regañadientes, Scott se acercó al banco de Sam y Mercedes y espero a que la doctora se sentase para hacerlo él. Ahora el chico compartía banco con la pareja mientras Dave permanecía entre las dos chicas. En tan solo unos segundos, Dave McCain había cobrado los dos favores que le debía. Y Scott esperaba que él mismo se diese cuenta de ello.

Todos se miraron sintiéndose fuera de lugar. Era una situación extraña, rara. Apenas conocían a la doctora Harbor y Scott ya la había invitado a sentarse con ellos. ¿Habría sido buena idea?

Sam se recostó en su asiento, incómodo. A un lado se sentaba su hermano mayor y al otro, completamente pegada a él, estaba Mercedes. Incluso antes había habido un espacio entre ellos. Un espacio que impedía que sus piernas se rozasen. Un espacio que había muerto desde el momento en el que su hermano les había empujado para poder sentarse con ellos. Ahora sus manos permanecían libres, encima de la mesa, cuando antes habían estado unidas en ese espacio. Se habían soltado al juntarse y Sam ya no sabía cómo agarrarla de nuevo por debajo de la mesa, sin rozar sus hermosas piernas.

¿Por qué se había empeñado en ponerse falda? Dudaba que Stacy la hubiese convencido verdaderamente. ¿Acaso tendría celos? ¿Se sentía insegura? ¡No tenía porqué! El jamás podría mirar a ninguna chica que no fuese ella. Ya no.

Ni siquiera recordaba la última vez que había mirado a una mujer con ganas de acostarse con ella. Ni Anna había podido lograr que se olvidase de ella tratando de hacerle el amor. No había podido esa vez y jamás podría volver a hacerlo. Solo tenía ojos para ella. ¿Es que acaso no se veía con claridad? Sam ya no sabía qué más hacer para enamorarla. Había agotado sus recursos y ya nada le quedaba por intentar. Pero no se rendiría, sabía que algún día, ella reconocería sus verdaderos sentimientos hacia él. Y ese día, Sam Evans moriría de amor.

Centrándose, observó como la camarera se acercaba hacia ellos para anotar sus bebidas. Uno a uno fueron pidiendo, mientras Scott, a su lado, se removía intranquilo. Inclinándose hacia él después, oyó cómo le susurraba al oído.

- Deja que Mercedes se siente en el medio. No es justo que sólo tú puedas ver sus hermosas piernas.

Sam apretó su puño, tratando de calmarse, para no perder el juicio y pegarle un codazo en su estómago. ¿Es que no se cansaba? ¡Ni siquiera teniendo delante a su querida doctora!

Sintió ganas de estrangularle, agarrarle por los cuellos de su camisa y advertirle que se dejase de tonterías. Pero no llegó a hacerlo. Su ángel había vuelto a impedirlo. Su ángel guardián había agarrado de nuevo su mano, descansando ambas encima de sus piernas desnudas.

Sam se volvió hacia ella, fijándose en su sonrisa. Esa que le volvía loco y que lo hacía desear sacarla de ese bar, llevarla hacia la camioneta y levantarle esa falda para introducirse en ella.

Las bebidas llegaron por fin, haciéndole volver a la realidad. Pero, por desgracia, no llegaron solas.

- Oh oh – oyeron decir a Scott. – Dave, tu ex mujer viene hacia aquí.

- ¿Ex mujer? – preguntaron a la vez, Sam y Mercedes.

La chica observó la reacción de Mary Ann, mientras la ex mujer de Dave se acercaba a la mesa. La hermana de Sam agarró su vaso y bebió un trago, fijando su vista hacia la pared del bar. Al parecer, nada le importaba que la ex mujer de Dave fuese a hacer acto de presencia.

- ¡David! – exclamó su ex, llegando ya a la mesa.

- Hola Lindsay – respondió él, sin ganas.

- Cuando me dijeron que estabas aquí, no podía creérmelo.

- ¿Por qué? – preguntó Scott. - ¿Es que acaso no puede divertirse como todo el mundo?

- Oh, Scott... Tú siempre "tan" adorable. David sabe hablar, ¿sabes? – dijo, posando su mano en el hombro del chico, mientras él le dedicaba una mirada cargada de odio.

Mercedes abrió los ojos, alucinada. ¡Si era peor que Mary Ann! ¿De verdad Dave había estado casado con esa arpía?

- ¿Quieres algo, Lindsay? – le espetó Dave, esperando que su ex mujer se marchase pronto de esa mesa y de sus vidas para siempre.

- ¿Yo? ¿De ti? – La chica estalló en risas, sin poder parar. – No, David. Solo venía a comprobar que lo que me habían dicho era cierto.

- Bien. Ahora que lo has comprobado. ¿Puedes irte y dejarnos disfrutar de la tarde en paz?

- Guau, David. Se te está contagiando el mal humor de tu amante.

- ¿Se refiere a mí? – le susurró la doctora a Scott, con miedo. Ya sería la segunda vez en esa tarde que la llamaban fulana. ¿Qué demonios le pasaba a la gente en ese pueblo?

Scott negó con la cabeza, sonriéndole brevemente y señalando con la cabeza a su hermana Mary Ann.

- ¿Sabes? Creí que te buscarías algo mejor cuando te dejé, pero... Veo que no ha sido así. Mírate, David. Has acabado juntándote con la amargada del pueblo. Pobre, ¿nadie más te hacía caso? No, claro que no.

- ¡Ya está bien! – chilló Mary Ann, levantándose del banco y asustando por completo a Dave. - ¡Sal de aquí ahora o yo misma te agarraré de los pelos y te sacaré a rastras de este bar!

- ¡Wow! La amargada ha sacado su genio. ¿Qué pasa? ¿No folla bien? Oh, cierto. No, no lo hace. Por eso mismo lo dejé.

- Tú no lo dejaste, zorra mentirosa. Fue él quién te dejó a ti.

- Mary Ann... – Dave quiso levantarse para tranquilizarla, pero ella le empujó para que se sentase de nuevo.

- Lindsay, sal de aquí. Ya oíste a mi hermana, déjanos en paz – le pidió Scott, lo más amablemente posible.

- Por supuesto que me voy. No me apetece seguir oyendo cómo un grupo de perdedores me insulta y me llama mentirosa. Todos sabemos que fue lo que en realidad ocurrió.

- ¡Claro que lo sabemos! ¡Le engañaste! Le hiciste creer que el hijo era suyo para casarte con él. Si no lo hubieses hecho, sabes que él jamás se hubiese casado contigo. Estabas obsesionada con él, ¿lo recuerdas? Pero Dave no te quería. Nunca lo hizo y eso te jode. Te jode porque sabes que es el mejor hombre que existe. Te jode porque sabes que nunca podrás tenerlo. Por eso le haces la vida imposible. A él, a mí. No soy nada suyo, Lindsay. Nada. Dave tampoco se merece compartir su vida con una amargada como yo.

Todos la vieron salir corriendo de aquella mesa, tratando en vano de encerrar sus lágrimas en su interior. Mary Evans, la mujer más fuerte del pueblo, acababa de derrumbarse delante de casi toda su familia.

Dave se levantó rápidamente, empujando a su ex mujer a un lado y corriendo detrás de la mujer que tanto amaba.

- Sal de aquí – le soltó Scott a la mujer que todavía se encontraba en aquella mesa en la que todas las risas se habían convertido en muecas de tristeza. – Alégrate de que soy un caballero, Lindsay, porque de no serlo... – se calló, tratando de calmarse. Tratando de borrar las lágrimas de su hermana pequeña y a su mejor amigo corriendo detrás de ella. Pero era imposible. La rabia se había apoderado de él. La rabia y él cariño que sentía por esos dos chicos que habían salido huyendo de esa mesa. Sin pensárselo dos veces, agarró con sus manos el vaso de agua de Sam y se lo vació en la cabeza, mojándola toda.

- No lo soy, Lindsay. No soy un caballero – le dijo, dejando el vaso vacío encima de la mesa.

La mujer empezó a chillar improperios e insultos sin descanso.

- ¡Largo de aquí! – Scott saltó de nuevo, perdiendo la paciencia, provocando que Sam le agarrase con miedo a lo que su hermano pudiese hacerle.

- ¡Eres un estúpido cabrón! – chilló Lindsay, mirándole con odio y golpeándole en el hombro con fuerza.

- ¡Ya lo sé! ¡Puedes insultarme cuántas veces quieras! Estoy acostumbrado a ello. Pero ni se te ocurra llamarle amargada de nuevo a mi hermana o lo próximo que haré será vaciarte el vaso de cerveza.

- ¡Que te follen, Scott Evans! – chilló, echando a correr hacia la puerta del local.

- ¡No seas vulgar, Lindsay! ¡Se dice hacer el amor! – le gritó él, elevando la voz lo suficiente para que todos en el bar le escuchasen.

Y acto seguido, se dejó caer en su parte del banco. Cansado, rendido. Agachando la cabeza y tratando de esconderse entre sus manos.

Pronto sintió la mano de Sam sobre su espalda tratando de reconfortarlo. Acariciándolo y dándole cariño como cuando eran pequeños y alguna chica le rechazaba.

¿Cómo podría haberse estropeado tanto la tarde? ¿Cómo?

Todo se había ido al traste. Ahora, la cena que la doctora le había prometido ya no tendría lugar. ¿Cómo podría aceptar cenar con alguien que había tratado tan mal a una mujer? ¡Le había tirado un vaso de agua por encima! ¿Qué clase de persona era?

Una que había sufrido en sus carnes las lágrimas de su hermana y la tristeza y desesperación de su mejor amigo. No había podido evitarlo. No había podido cruzarse de brazos. La rabia y el odio que sentía por Lindsay habían ganado la partida, hasta el punto de quedar como un cabrón delante de su querida doctora. Se lamentó, pensando en cómo había conseguido que ella aceptase haciéndole chantaje. Y ahora, ni siquiera habiéndole hecho chantaje lograría que ella cenase con él.

- Scott... – le llamó, esperando que él descubriese su cabeza y la mirase.

Se iba a ir. Scott estaba completamente seguro de que ella se iría esa tarde. Lo había fastidiado, lo había echado todo a perder.

¿Por qué Lindsay? ¿Por qué tuviste que joderlo todo hoy?

Levantó la cabeza despacio, y la miró con esos azules que ahora se oscurecían tristes.

- Te vas, ¿verdad? – susurró.

- ¿Irme? ¡No! Claro que no. Le iba a decir si quería sentarse a mi lado, para que Sam y Mercedes estén más cómodos mientras ellos no regresan.

Scott creyó estar soñando despierto. No solo ella no se iría, sino que le estaba proponiendo que se sentase a su lado en el banco.

- ¿No te vas? – preguntó de nuevo, creyendo que en algún momento se despertaría y ella ya no estaría sentada enfrente de él.

- ¿Quiere que me vaya? – dijo ella, asustada.

- No. No quiero – le confesó, mientras sus mejillas enrojecían por completo.

La doctora le sonrió, notando el rubor en las mejillas de él y se movió hacia un lado, colocándose enfrente de Sam y Mercedes, que le regalaron una mirada de cariño. Como si de verdad le agradeciesen lo que estaba haciendo por su hermano.

- Acepté una cena y todavía no hemos cenado – le recordó, viendo cómo él se sentaba ya a su lado.

- Cierto – respondió él, sin dejar de mirarla.

- ¿Estás bien? – preguntó Mercedes a Sam, mientras agarraba su mano de nuevo.

- Estoy preocupado por mi hermana – le dijo, triste.

- Dave está con ella, Sam. Estará con ella siempre. Por mucho que ella le rechace, él no la dejará sola. No lo hará.

- Sí – le dijo él, besando su mejilla.

Y yo tampoco, bonita. Yo tampoco te dejaré sola.

Separándose, vieron como Scott les observaba preocupado, jugando con su vaso, pensativo.

- ¿Qué estará pasando? – les preguntó, triste.

Sam y Mercedes se miraron, mientras apretaban fuertemente sus manos.


- Mary Ann, abre la puerta, por favor – suplicaba Dave una y otra vez, en el pasillo de los baños.

- ¡Vete!

Dave apoyó su frente sobre la puerta, cansado. Rendido. Ella no abriría, no lo haría y él terminaría volviéndose loco si ella no le dejaba entrar para abrazarla y secar sus lágrimas. Mary Ann se había derrumbado. La chica más fuerte e insensible del pueblo, como todos la llamaban, había terminado derrumbándose delante de todos en ese bar. Lo único que quería era poder abrazarla, decirle que sí lo merecía, que no habría mujer en el mundo que le mereciese más que ella. Que la amaba, que le había curado su corazón herido para luego rompérselo de nuevo. Pero, ¿qué importaba su corazón si el de ella también estaba roto? ¿Qué importaba su infelicidad cuando ella se veía no merecedora de él?

¿Por qué tenía que haber aparecido su ex mujer? ¿Por qué? Mary Ann había salido ya de su vida, quería sacársela ya de su corazón, pero era imposible. La amaba, como nunca antes había amado a una mujer. Ni siquiera recordaba cuánto llevaba enamorado de ella. Quizás incluso antes de conocer a Lindsay. Quizás, muchísimo antes. Se había enamorado de ella por su desdén y altanería, por lo hermosa que se veía cuando sonreía., las pocas veces que se permitía sonreír. Por cómo dormía a su lado cuando hacían el amor, abrazada a él y respirando tranquila sin preocupaciones de ningún tipo.

Mary Ann tenía razón. Lindsay le había engañado haciéndole pasar por suyo al hijo de otro hombre. Habían terminado casándose sin amor.

Él jamás podría dejar a un niño sin padre. Pero el secreto pronto se había hecho eco en el pueblo. Y en poco tiempo, todos habían creído que ella era la que lo dejaba por que había terminado enamorándose de otro. Cuando no era así. El mismo Dave la había echado de su casa cuando se enteró de la verdad. Ella le suplicó, pero él no se rindió hasta conseguir los papeles del divorcio. En poco tiempo había pasado de tener mujer y un hijo en camino a no tener absolutamente nada. Hasta que Mary Ann había entrado en su vida para volvérsela completamente del revés. Para sufrir de nuevo el desamor y la falta de confianza. Para sufrir de nuevo el rechazo de la chica que ocupaba su corazón.

- Mary Ann, abre la puerta. Tenemos que hablar.

- ¡No! – La chica sollozaba en el interior, odiándose por ello. Odiándose por haber creado una barrera durante años y haberla roto en tan solo un segundo. Un solo segundo que había marcado un antes y un después. No saldría de ese baño por mucho que lo desease. Por mucho que necesitase que sus brazos fuertes la protegiesen y abrazasen. No saldría.

- Por favor, Mary Ann. Sal de ahí, déjame verte.

- No puedo.

- ¿Qué te detiene?

- Dave... – La chica cerró los ojos, tratando de olvidarse por completo de todo lo que había pasado.

- Abre, cariño. Déjame verte.

No me digas así, me rompe por dentro.

Pensó, cansada de todo. Cansada de amarlo con todo su corazón y no merecer su cariño. Él la quería, la adoraba. Pero no podía aceptarle, no sabiendo lo infeliz que acabaría siendo a su lado. Lindsay tenía razón, ella era una amargada y jamás conseguiría dejar de serlo.

- Abre, Mary Ann – Dave suspiró profundamente al otro lado de la puerta. Había tratado en vano de guardar las lágrimas en su interior, pero éstas ya salían a trompicones, volviéndole vulnerable. Haciéndole sentir cómo su corazón se desgarraba por dentro. – Cariño, ábreme.

- Dave, es mejor que te marches – se lamentó, odiándose por decirle aquello.

- No me iré. Me da igual que no me quieras abrir. No me iré. No puedes obligarme.

- Ya lo sé.

- Déjame abrazarte, Mary Ann. Por favor.

- Dave...

- Abre la puerta.

Ábreme tu corazón y déjame entrar en él, por favor.

Dave sintió como el cierre se giraba y la puerta se abría lentamente, segundos después. Despacio, demasiado despacio para él. Y sin pensarlo, entró en el cubículo antes de que ella pudiese arrepentirse de haber abierto.

Mary Ann todavía lloraba. Las lágrimas aún manchaban su delicado rostro. Sus ojos estaban rojos y cansados y sus manos todavía temblaban.

Dave se aproximó a ella, agarrándoselas y apretándoselas fuertemente.

- Te quiero – le susurró, sintiendo como una lágrima se deslizaba por su mejilla derecha y se perdía en su cuello. – Jamás he amado a una mujer como te amo a ti. Lo sabes.

Ella bajó la cabeza, avergonzada. No se merecía que él la siguiese amando después de todo el daño que le había hecho. Después de todos aquellos insultos que le había gritado.

- No lo hagas.

- ¿Por qué me apartas de tu lado, Mary Ann? Podríamos ser tan felices – El chico dejó sus manos y acarició sus mejillas empapadas en lágrimas.

- No, Dave. Jamás podrías ser feliz a mi lado. Yo no sé hacer feliz a nadie. No puedo hacer feliz a nadie.

- Sí sabes, Mary Ann. Sí puedes. Soy feliz cuando sonríes, soy feliz cuando me besas. Cuando hacemos el amor y te quedas dormida entre mis brazos. Te echo de menos.

- ¿Eres feliz cuando te insulto? ¿Cuándo te echo de mi lado una y otra vez? ¿Cuándo rompo tu corazón y te hago daño?

- No, no soy feliz. Me destrozas cuando lo haces.

- Entonces, ¿por qué regresas Dave? ¿Por qué?

- Porque sé que yo puedo hacerte feliz a ti, cariño. Sé que yo puedo hacer que me aceptes. Me quieres. Tú también me amas. No podemos estar lejos el uno del otro. Lo has intentado, pero no funciona. La soledad no se ha hecho para ti, Mary Ann. No te empeñes en aferrarte a ella.

Ella guardó silencio durante unos segundos.

Dave quería hacerla feliz. Quería verla sonreír. Pero, ¿cómo hacerlo si lo único que él deseaba quizás nunca pudiese llegar a tenerlo? Quizás jamás pudiese llegar a dárselo.

- Mary Ann... – Dave la llamó, secando una de sus lágrimas con sus dedos. – Por favor, acéptame. No huyas de mí, no otra vez. Déjame ser feliz a tu lado.

- Jamás podrías serlo – le dijo, cerrando los ojos y odiándose por no poder detener sus lágrimas. – Yo no puedo darte lo que deseas, Dave. No puedo.

- ¡Yo te deseo a ti! ¿Por qué no lo entiendes? – Las manos del chico se alejaron de su rostro, impotentes, viajando hacia su cabeza y tirando de su pelo.

- No me deseas a mí. Deseas una familia a mi lado y yo no puedo dártela – Una de sus manos se limpió con fuerza las lágrimas que bañaban su mejilla derecha. Pero éstas seguían saliendo, como si no hubiese llorado en años y sus ojos hubiesen retenido un océano en su interior.

- ¿Qué quieres decir? No... No lo entiendo.

- No puedo darte hijos, Dave. No puedo darte la familia que tanto deseas. La familia que siempre has querido tener y que Lindsay te arrebató. Te engañó haciendo pasar por tuyo al hijo de otro. Deseaste tanto que fuese tuyo, lo deseaste con todas tus fuerzas. Querías tenerlo a pesar de no sentir amor por ella. Querías tenerlo porque pensaste que era tuyo. Un hijo tuyo vendría al mundo. Estabas feliz. Feliz por poder cumplir tus sueños.

- Cariño...

- No. Yo no puedo dártelos, Dave. No puedo darte esa familia que tanto deseas.

Dave la pegó a él, sosteniéndola entre sus brazos y besando su pelo con cariño. Poco a poco, ella se fue relajando mientras aferraba sus manos a su ancha espalda.

Una familia, sí. Deseaba tener una familia con ella. Con nadie más. Solo con la mujer que había amado con todas sus fuerzas. La mujer que le volvía loco una y otra vez con sus rechazos. Solo con ella. Jamás podría buscar a otra. Jamás podría olvidarse de ella por mucho que lo intentase. Quería tener una familia, pero por encima de todo, la quería a ella a su lado. Mary Ann ya no volvería a echarle de su vida. No por esa razón. Ahora sabía cuál era el verdadero motivo de sus rechazos. Ahora sabía porqué ella le alejaba continuamente cuando le hablaba de una vida juntos. No podía darle hijos, ese era el verdadero motivo.

- No me importa – dijo él, separándola y haciendo que le mirase a los ojos.

- Sí. Sí te importa.

- ¡No! ¡No quieres entenderlo! No quiero una familia, no quiero tener hijos si no es contigo. No quiero.

- Dave...

¿Por qué no comprendía que con ella no podía? Quizás nunca podría llegar a concebir. Debía alejarse, buscar a otra mujer. Otra que no le hiciese daño una y otra vez. Otra que le hiciese feliz dando a luz a sus hijos. ¿Por qué no podía comprenderlo?

- Te quiero a ti, Mary Ann. Te amo a ti, cariño. Tú eres lo único que necesito para ser feliz. Tú eres mi familia. Entiéndelo, por favor – Dave se inclinó, sosteniendo su rostro entre sus manos y besándola suavemente. Quizás entendiese con gestos lo que las palabras no eran capaces de hacerle ver.

Y ella no pudo rechazarle, no esa vez. Quizás sentía que ese sería su último beso, quizás pensaba que ellos jamás volverían a tener una oportunidad para amarse sin preocupaciones. Como se habían amado durante meses, escondiéndose de los demás. Un amor secreto. Un amor del que ella había querido olvidarse, pero no había podido. Para ambos era más que una aventura, era más que diversión. Se habían enamorado, y habían terminado sufriendo por amor. Entonces, él le había pedido más y ella, consciente de que jamás podría merecerle, se había alejado de él, rompiendo su corazón y el suyo propio.

- Dave, yo... Yo no te basto – dijo, separando sus labios de él y acariciando sus mejillas. – Yo no puedo hacerte feliz, no sé cómo hacerlo.

- Aprenderemos juntos, M. A. Yo te enseñaré y tú me enseñarás a mí. Podemos conseguirlo, cariño. De verdad podemos.

- Solo me tendrás a mí. Sabes que no puedo ofrecerte nada más que a mí misma – se lamentó la chica.

- Lo sé. Y no sabes lo que le agradezco a Dios que me permita tenerte a mi lado.

- Dave – Mary Ann reprimió un sollozo. No se merecía el amor tan grande que él le tenía. No se lo merecía.

- ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué apartarme así de tu lado? Te eché tanto de menos. Me dolía tanto estar lejos de ti y no poder tocarte.

- No quería que nadie lo supiese. No quería que se enterasen que la amargada del pueblo no puede tener hijos.

- No te llames así.

- Ellos tienen razón, Dave. La tienen.

- No, no la tienen. Y me duele oírtelo decir.

- Siento haberte hecho daño. Lo siento tanto – Mary Ann volvió a reposar su cabeza sobre su cuello. – Creí que lo mejor era alejarte de mí. Creí que podría olvidarte. Que tú me olvidarías.

- Jamás – dijo, acariciando su precioso pelo rubio. – No importa cuánto te empeñes en alejarme de ti, no puedo separarme de tu lado. ¿No lo ves?

- Seremos los dos solos, Dave – se empeñaba en recordárselo todo el tiempo.

- Sí. Prométemelo cariño. Dime que estaremos juntos – El chico acarició sus orejas, esperando su respuesta.

Trató de negarse, cerrando los ojos. Tenía que negarse o le condenaría a una vida de infelicidad a su lado. Pero él no la dejó, pidiéndole que los abriese de nuevo y lo mirase.

- No lo hagas, Mary Ann. No otra vez. Te casarás conmigo y viviremos juntos, los dos. Solos. Seremos una familia, tú y yo. Me agacharía ahora, pero estoy en el baño de un bar y no tengo anillo, cariño. Pero no lo necesitas, ¿verdad? Para darme un sí, no lo necesitas.

Esperó su respuesta, intranquilo. Con su mirada fija en sus ojos verdes. La esperó demasiado y lo que oyó finalmente, no le gustó.

- Llévame a casa, Dave.

El chico bajó la cabeza, derrotado. Cansado de luchar. Cansado de todos sus rechazos.

¿Por qué no entendía que sólo la necesitaba a ella para ser feliz?

Cerró su puño derecho con rabia. Impotente. Ella no atendía a razones y nada le importaba. Ni las súplicas, ni los ruegos de él. Solo su soledad.

Mary Ann le levantó la barbilla e hizo que su rostro escondido le mirase, susurrándole despacio.

- Llévame a tu casa.

- ¿A mi casa? – Una sonrisa de bobo se le formó rápidamente en su boca. – ¿Eso quiere decir que me aceptas? – Preguntó, entusiasmado, como si de un niño se tratase.

- Eso quiere decir que me llevarás a tu casa, te lo contaré todo y luego te suplicaré que te alejes de mí. Tú te negarás de nuevo y entonces, allí, me lo pedirás otra vez. Allí, Dave McCain. No en uno de los baños del Country Bar – le reprochó, enojada.

- ¿Y si no te lo pido de nuevo? – le dijo, desafiante.

- Entonces seré yo quién lo haga. Porque sé que si no es hoy, será otro día. Eres tozudo. Jamás había conocido a alguien tan tozudo como tú en toda mi vida.

Dave no se rió. Contrario a lo que la chica esperaba., se mantuvo serio.

- ¿Y si me niego a aceptarte? – preguntó. Esperando no ver como ella se alejaba de nuevo. Esperando que ella por fin entendiese que eso nunca sucedería, que él jamás se alejaría de su lado. Mary Ann tenía que darse cuenta de ello. Tenía que saber que ninguno de los dos llegaría a ser feliz sin el otro.

- Entonces te convenceré una y otra vez de lo que te perderías si no lo hicieses.

Y ambos sabían a qué se refería.

Lo había hecho. Mary Ann había sido la que se lo había pedido de nuevo, aún sin darse cuenta de ello. Ahora era la chica la que quería pasar el resto de su vida con él. Como siempre debía haber sido.

Dave le sonrió, pegándola contra él y besándola con cariño, mientras acariciaba su espalda con sus grandes manos.

- Te quiero, Mary Ann. Contigo me basta para ser feliz. No necesito nada más.

Que así sea, por favor.

Pensó ella mientras le abrazaba.

- Vámonos a casa, vaquero. Tenemos mucho que aprender – dijo dulcemente, regalándole uno de sus besos.

- Usted primero, señorita – Dave ya había abierto la puerta del aseo y agarraba su mano para salir al exterior. Entrecruzando sus dedos, ambos se miraron al espejo antes de salir.

- Estás horrible – le dijo ella, observando las marcas que habían dejado sus lágrimas en su rostro.

- Tú, en cambio, estás preciosa.

- ¡No es cierto!

- ¡Sí lo es! – rió él.

- No me discutas. No llevas razón.

- Sí la llevo.

- ¡Cállate!

Dave soltó su mano. Callándola a ella con un beso.

Un beso que le hizo agarrarse a su cuello y elevarse con sus botas, mientras Dave tiraba de ella sosteniéndola entre sus brazos.

- No sabemos vivir sin pelear –le dijo ella, una vez roto el beso.

- No. Siempre lo hemos hecho. Pero las reconciliaciones son las mejores, o eso dicen.

- ¿Y a qué estamos esperando? – preguntó ella de nuevo, tirando de él para sacarle del baño. – Avisémosles y vayámonos de aquí.

Dave se rió por su insistencia y la fuerza con la que su amante, novia, prometida, futura esposa o lo que quiera que ahora fuese, hacía sobre él.

Compartiría su vida con ella. Solo con ella. David McCain jamás había tenido tanto que agradecerle a Dios.


Scott les observó salir por la puerta que daba al pasillo de los baños. Llevaban casi cuarenta y cinco minutos esperando que uno de los dos saliese. Ella, él, o los dos juntos, aunque la última opción la había visto cada vez menos posible.

Pero cuando se fijó en cómo los dedos de su hermana se entrelazaban con los de su mejor amigo y les vio sonreír, Scott supo que todo se había arreglado.

Gracias a Dios.

Pensó, y acto seguido, se echó a reír. En realidad, que ellos se hubiesen reconciliado, ¿debía agradecérselo a Dios o a Lindsay? Ella les había hecho el mayor daño de sus vidas y aún así, nada había conseguido con ello. Solo reunirlos por fin, y esa vez, esperaba que fuese la definitiva.

- Sam... – le susurró su hermano, señalándole como la pareja se acercaba ya a la mesa.

Mercedes y él se dieron la vuelta, observando a su hermana con una sonrisa en su rostro y a Dave no pudiendo evitar mirarla enamorado. Ambos se agarraban de la mano, tal y como Sam y Mercedes habían hecho siempre. Sam no pudo evitar pensar en cómo los verían los demás cada vez que ellos lo hacían. Quizás igual que como ahora se encontraban su hermana y Dave. Mercedes con una hermosa sonrisa en su rostro y él, enamorado, sin poder dejar de mirarla.

Scott se levantó, viéndoles llegar y camino hacia su hermana menor, mostrándole su apoyo.

- ¿Estás bien? – dijo, suavemente.

La chica asintió con la cabeza, mientras se soltaba de Dave y abrazaba a su hermano.

- Me voy con Dave a su casa. ¿Le dirás a mamá que estoy bien y que no se preocupe? – le pidió al oído, mientras le apretaba fuertemente contra sí.

Puede que su hermano fuese un estúpido integral, pero era su hermano mayor y ella le necesitaba.

- Siento haber fastidiado tu cita, Scott – bajó la voz para que nadie más la oyese.

- Si alguien casi la fastidia fui yo, después de vaciarle un vaso de agua por la cabeza a Lindsay.

- ¿Le tiraste un vaso de agua encima a Lindsay? – chilló su hermana, abriendo los ojos como platos.

- ¡Bien hecho! – Oyeron decir a Dave, provocando que la doctora y Mercedes estallasen en risas.

- Casi le tira el de cerveza también – dijo Sam, divertido, mientras todos los demás rompían a reír.

- Nosotros nos vamos, chicos. Mary Ann se viene conmigo – habló Dave, agarrándole de nuevo su mano. – Espero que podamos repetir esto otro día. – Sus ojos se posaron en Mercedes, que le regaló una de sus sonrisas y luego, viajaron hacia la doctora. – Siento mucho todo lo ocurrido, Doctora Harbor. Creerá que todos en esta familia estamos completamente locos.

Sam y Scott se miraron, descifrando sus palabras. ¿Acaso Dave ya formaba parte de su familia? ¿Acaso Mary Ann ya le había dado el sí?

- No se preocupe, Dave. Mi tarde ha estado de lo más entretenida gracias a ustedes.

- En ese caso, espero que la noche sea igual de buena, doctora.

Ella asintió con la cabeza, observando como Scott le hablaba a la pareja.

- Ya sabéis, a cenar y a la cama.

Todos rieron, mientras Mary Ann resoplaba, cansada ya de sus impertinencias.

- Buenas noches, chicos – les dijo a todos ellos.

- Buenas noches – respondieron todos al unísono.

No tardaron mucho en salir ya del bar, directos hacia la felicidad.

- Bueno, ¿qué? ¿Cena o baile? O cena y baile. O baile y cena. ¿Qué preferís? – preguntó Scott, sentándose de nuevo al lado de la doctora.

- Nadie está bailando – le respondió Mercedes, rápidamente.

- ¿Y? Ni que no pudiésemos hacerlo nosotros.

- No hay música – le recordó Sam.

- Eso lo arreglo yo en cinco segundos.

Dicho y hecho, Scott salió disparado hacia la antigua gramola del local, demorándose tan solo unos segundos en escoger la canción adecuada.

Todos los habitantes del pueblo que se encontraban en ese bar se giraron para oír cómo la canción Give into me empezaba a sonar en el local.

Scott volvió hacia la mesa, triunfante, guiñándole un ojo a su hermano y ofreciéndole la mano a la doctora Harbor.

- Prometo que la cena vendrá después y entonces podrá irse – le dijo, pidiéndole a Dios que ella le aceptase.

- Si me lo promete, entonces no podré negarme.

Ella se levantó, uniendo su mano a la de él y saliendo ya ambos hacia la pista, donde otras parejas se habían sumado ya a bailar.

De reojo, observó como su hermano pequeño invitaba también a bailar a su novia y ésta se levantaba del banco con una sonrisa de oreja a oreja, acompañándole a la pista. Scott se movió unos pasos, dándoles privacidad.

- Hacía mucho que no bailábamos juntos – le recordó Sam, acariciando su cintura con su mano izquierda.

- Lo sé.

Una semana, pensó Mercedes. Tan solo una semana, pero a ella también le parecía una eternidad.

Aquella vez había sido diferente. Aquella noche habían bailado Unchained Melody con sus cuerpos pegados, mientras Sam trataba de no pisarla y se ponía nervioso sintiendo sus dedos sobre su cuello. Esta vez sería diferente, esta vez ella era solo de él. Habían hecho el amor y aunque ella no le había abierto su corazón, Sam sabía que Mercedes le quería. Quizás fuese el hecho de que su abuelo, el hombre más sabio que jamás había conocido, se lo había revelado o el hecho de cómo ella temblaba con cada una de sus caricias. O por la sonrisa que asomaba en sus labios cuando él decía cualquier tontería. No sabía cuál era la razón, pero Sam esperaba que algún día, ella se animase a declararle sus sentimientos. Él jamás podría hacerlo. No lo haría temiendo que ella preparase su maleta y se marchase para siempre de su vida. Esa misma tarde había creído que todo se acabaría, que jamás la volvería a ver. Lo había creído, pero no había sido así.

Ella había decidido vestir una falda sólo para volverle loco. Ahora Sam estaba completamente seguro de ello. Mercedes deseaba que él solo tuviese ojos para ella. Quizás ella pensase que con esa falda resultaría. Pero él jamás podría dejar de mirarla, llevase falda, pantalón o el vestido más horroroso que se hubiese confeccionado. Y se lo haría entender de una forma u otra. Mercedes terminaría por saber que él ya no quería separarse de su lado nunca más. Entonces ella le confesaría sus verdaderos sentimientos hacia él y después... Nadie podía saber lo que pasaría después, lo único que en realidad importaba era que ellos jamás se separarían.

- Me has pisado, Sam – rió, divertida.

- Oh, Dios. Perdona – Sus mejillas se tiñeron de rojo y sus orejas les acompañaron.

Mercedes le sonrió, con esa hermosa sonrisa que hacía que su piel se derritiese, y luego, se estiró para darle un beso suave en sus labios.

El corazón del chico se llenó de amor, creyendo que pudiese explotar de un momento a otro. Ella lo había besado delante de todo el bar, delante de su hermano y de su cita. Un beso suave y rápido, pero un beso al fin y al cabo. Un beso no actuado. No escondido entre las cuatro paredes de su habitación. Un beso que le había sabido a poco y a la vez había sido uno de los mejores que ella le había regalado.

Feliz, Sam la separó de él, dándole una vuelta mientras bailaban, haciéndola girar un par de veces, mientras ella no podía parar de reír.

Risas que murieron en un instante.

Risas que no volverían a oírse esa noche.

- ¡Aparta, gorda! – le soltó uno de los hombres que había en esa pista de baile.

Mercedes se quedó congelada en el lugar donde sus pies se encontraban. Su mano todavía se aferraba a la de Sam, mientras sus ojos oscuros miraban al hombre que había hecho el comentario.

- ¿Qué has dicho? – preguntó Sam, soltando la mano de ella y poniéndose delante del hombre.

- ¿Es que no me has oído? Le he dicho a la gorda de tu novia que se aparte – dijo, haciéndole rabiar.

- Retira ahora mismo lo que has dicho – Sam apretó sus puños, tratando de calmarse.

- Sam... Déjalo, por favor – Mercedes buscó su mano, pero el chico no se la aceptó. Colérico, empujó al hombre, insistiéndole que se disculpase.

- Podré retirarlo cuánto quieras, chico. Pero eso no cambiará el hecho de que esté gorda. G-o-r-d-a.

Mercedes palideció al ver como Sam empujaba con todas sus fuerzas al hombre, rabioso.

- ¡Scott! – la chica le llamó como la única opción que tenía.

Pero él ya venía de camino. Había escuchado toda la conversación y no pensaba quedarse con los brazos cruzados. Poniéndose entre Sam y aquel hombre, se dirigió a su hermano, colocando su mano en su pecho.

- Tranquilo, Sam. Tranquilo... – dijo, relajado, como si nada hubiese pasado.

Sam lo miró durante unos instantes, creyendo que su hermano se había vuelto loco y un segundo después, vio cómo éste le lanzaba un puñetazo a la nariz del hombre que había osado insultar a Mercedes.

- ¡Auch! – se quejó Scott, moviendo su mano en el aire para que no le doliese tanto, y girándose hacia su hermano. - ¿Lo ves, Sam? Las cosas calmadas, mejor.

Sam ni siquiera pudo responder. El hombre al que había golpeado su hermano, se giraba ahora, asestándole un puñetazo a Scott en el ojo y otro en el estómago.

- ¡Joder! – pudo decir Scott, antes de tambalearse y caerse al suelo.

- ¡Cabrón! – gritó Sam, saltando sobre el hombre y derribándolo. Cayendo ambos al suelo y haciéndose rápidamente un lío con sus piernas, brazos y puños.

Mercedes, asustada, trató de separarlos. Pero uno de los hombres, que al parecer acompañaba al otro, la apartó de encima. Echándola a un lado mientras ella pataleaba para ayudar a Sam.

- ¡Suéltela! – chilló la doctora Harbor, rompiéndole una botella de vino en la cabeza. - ¡Oh, Dios mío! – exclamó, cuando el hombre se cayó redondo al suelo.

Mercedes, liberada, volvió a la carga, tratando de soltar a Sam y salvarle de los golpes que estaba sufriendo, pero Scott se le adelantó y un silencio se hizo en el local al oírse una bocina.

- ¡LARGO DE AQUÍ! – gritó el dueño del bar.

Todos se miraron unos a otros, sin saber a quiénes se refería.

- ¡Scott Evans, fuera de aquí! Llévate a tus amigos y no vuelvas a poner el pie en mi bar.

- Pero Dallas, ¡nosotros no hicimos nada! – trató de disculparse, mientras levantaba a su hermano del suelo y le separaba del jodido cabrón que había insultado a su novia.

- Tú empezaste la pelea, Scott. Tú te vas y te los llevas a todos contigo.

- ¡No es justo! – le dijo, posando su mano sobre su estómago dolorido.

- ¡Largo!

¡Joder! ¿Por qué cojones tenía tan mal suerte? Cuando creía que todo saldría bien, que por fin podría disfrutar de una cena agradable con su querida doctora, otra vez todo se había ido al traste. ¿Acaso el destino le decía que no era la indicada para él?

La buscó con sus ojos, esperando una mirada de rencor, pero ella ya caminaba hacia él.

- Vayámonos de aquí. No merece la pena intentar quedarnos en un bar donde se permite insultar a la gente.

Scott miró de refilón como Sam se apoyaba en Mercedes, a la vez que ella le sostenía con cariño, acariciando sus manos magulladas.

- Doctora, le recuerdo que usted le rompió una botella en la cabeza a uno de mis clientes – le dijo el dueño, viendo cómo Scott abría sus ojos, alucinado.

- ¿En serio hiciste eso? – preguntó, maravillado.

- Él estaba atacando a la chica. Todos en este bar han podido verlo. Pero no importa, no se preocupe. No volveré a poner un pie en este bar. ¿Nos vamos? – le preguntó a Scott.

¡Cómo había podido cambiar su suerte en tan sólo unos segundos? Quizás la doctora no se diferenciaba tanto de él como Scott había pensado.

Asintió con la cabeza, haciéndole una señal a Mercedes, que ahora se abrazaba a Sam mientras acariciaba su pelo rubio con suavidad. La chica le animó a salir ya al exterior, detrás de Scott y la doctora. El frío de la noche les golpeó en la cara y la luz de la luna les mostró sus heridas. Estaban horribles, sobretodo Sam. Lo mejor sería que regresasen a casa para descansar y dormir, pero Scott no quería renunciar a su cena.

- Creo que lo mejor es que dejemos nuestra cena para otro día. ¿Le parece bien? – Con tristeza, Scott Evans asintió ante lo que la doctora le ofrecía. – Le prometo que no me olvidaré de su proposición.

Scott se llevó una mano al ojo dañado, sin poder evitar quejarse de dolor. Ella se acercó a él, rozando con sus dedos el ojo que no tardaría mucho en ponerse morado.

- Póngase hielo en él y échese a dormir. Mañana todo estará mejor. Siento haberle mordido.

Scott le sonrió, mientras notaba sus dedos, acariciando su ojo.

- Éste es el momento en el que yo diría que lo he pasado genial, pero creo que no ha sido así – bromeó él.

- Quizás la próxima vez sí lo diga – rió ella, dándole un beso en la mejilla sana y saliendo ya de allí, no sin antes despedir a Sam y Mercedes con la mano.

Scott la observó marcharse, mientras su hermano y su novia se metían ya en el coche, ambos ocupando el asiento de atrás. Él también hizo lo mismo, subiéndose en el asiento del conductor y arrancando ya el motor.

De vez en cuando, los miraba por el espejo retrovisor. Completamente pegados, con sus manos entrelazadas. Su hermano mantenía los ojos cerrados mientras su novia le acariciaba los golpes que el hijo de puta le había causado. Existía una conexión entre ellos. Algo más que amor. Complicidad, cariño. Devoción. Se querían y se necesitaban el uno al otro. Todo había sido culpa suya. Todo. Por su culpa, Sam había terminado en el suelo, recibiendo golpes de aquel hombre, cuando debía haber sido él, su hermano mayor, quién debería haberlo defendido. Por su culpa les habían echado del Country Bar. Ahora jamás podrían volver a poner un pie en el local.

Se centró en la carretera, deseando llegar lo más pronto posible a casa para poder dejarles a solas. A la mañana siguiente ya se disculparía con su hermano, tal y como ya se había acostumbrado a hacer.


Con cuidado, Scott le ayudó a subirlo a su habitación y lo tumbaron en la cama sin quitarle las botas.

- ¿Quieres que te ayude?

- No. Yo podré. Gracias, Scott. Gracias por todo.

- No me las des. Yo tengo la culpa de que esté así. Míralo, si ni siquiera puede abrir sus ojos.

- No es cierto. Tú le defendiste a él.

- Y él a mí, lo que le llevó a esto.

- Chsss, no fue así. ¿Vale? Ve a descansar. Mañana lo hablaremos con calma. Todos necesitamos dormir.

- Tienes razón. Buenas noches, Mercedes – le dijo, dejando un beso suave en su pelo.

- Buenas noches, Scott – Mercedes le sonrió, observándole salir y cerrar la puerta detrás de él.

Se giró hacia Sam, que ahora dormía encima de la cama con las botas puestas. Estaba horrible. Con su rostro resentido por los golpes, sus nudillos destrozados y su estómago hecho polvo.

- Todo esto es culpa mía – comenzó a decir, sacándole los mechones rubios que le caían sobre los ojos. – No tenías que haberlo hecho, Sam. Otra vez te han golpeado, otra vez por mi culpa.

Trató de no recordar lo que había sucedido aquella noche en el Rouge Bar, pero era imposible. Los golpes en el rostro del chico y sus quejas por el dolor, no hacían más que regresar a su mente.

Sam respiraba profundamente, perdido en sus sueños, mientras ella le sacaba ya las botas y los calcetines, dejándole los vaqueros y la camiseta. No quería despertarle, aunque sabía que él tampoco estaría cómodo así. Pero, se los dejaría puestos igualmente, separando las mantas y echándoselas por encima, se acostó a su lado.

- Jamás pensé que ésta noche acabaría así. Pensé... – comprobando que él estaba dormido por enésima vez, siguió hablando. – Pensé que llegaríamos a casa y me sacarías por fin esta falda que llevo, para hacerme el amor. Pensé que esta noche volverías a amarme. Lo deseaba tanto. Pero no fue así. No será así porque soy una estúpida que te mete en líos todo el tiempo. Que te hace daño sin poder evitarlo. Que te quiere, que te desea – dijo, bajando la voz, temiendo que él fuese a despertarse. – Y que no dejará de cuidarte. Una estúpida que no se separará de ti, que velará tu sueño esta noche. Te quiero – susurró junto a sus labios, sin reunir el valor para besarlo, por miedo a despertarle. – Te quiero.

Yo también te quiero, bonita.

Sam no estaba dormido. No lo estaba. Había escuchado todo lo que Mercedes le había dicho, pero no había querido despertarse. No lo haría. Ella se había declarado porque lo creía dormido. Él también había deseado llegar a casa y sacarle esa falda para hacerle el amor una y otra vez. Pero en lugar de ello, ahí estaba, tirado en esa cama, con su cuerpo golpeado mientras Mercedes se recostaba a su lado y le dedicaba palabras de amor. No podía despertarse y asustarla. Quería que ella volviese a repetírselo, quería que volviese a reunir el valor suficiente para decírselo a él. Directamente, sin creerlo dormido. No quería que ella le dejase solo escapando asustada de su lado. Porque ella se iría si supiese que de verdad no estaba dormido. Se iría y él la perdería para siempre. Algún día ella volvería a decírselo y ese día, él no se haría el dormido. Ese día él no estaría tirado en esa cama, molido a golpes. Ese día, él le haría el amor una y otra vez, feliz de que ella se lo hubiese confesado por fin.

- Te quiero – repitió ella, acurrucándose junto a él, y quedándose pronto dormida.

Más tarde, él la cubriría con su manta, moviéndose ligeramente y pegando su cuerpo aún más al de él.


Unos golpes en la puerta terminaron de despertarle. Mercedes ya no se encontraba a su lado. El agua de la ducha se oía ya en el baño.

Intentó moverse, levantarse. La puerta seguía sonando sin descanso.

Con cuidado, Sam consiguió ponerse en pie, caminando lentamente hacia ella. La abrió despacio, encontrándose con su hermano pequeño del otro lado.

- Dios, Sam. ¿Qué te ha pasado? – preguntó, preocupado.

- ¿Qué necesitas, Stevie? – dijo, a la vez que se frotaba su ojo sano.

- Necesito hablar contigo.

- ¿Qué hora es?

- Las ocho de la mañana.

- ¡Las ocho de la mañana! Dios mío, ¡las ocho de la mañana! Me has despertado a las ocho de la mañana – Sam se quejó de dolor, por los aspavientos que había hecho, apoyándose en la puerta.

- Necesito hablar contigo antes de irme al instituto.

- ¿Qué te ocurre? – preguntó, notando la cara de preocupación de su hermano.

- Necesito hablar.

- Eso ya lo has dicho.

- Siéntate. No puedes con tu vida.

Sam caminó hacia la cama, mientras Stevie cerraba la puerta detrás de él y le seguía.

- ¿Qué te pasó? – El chico le miró sentarse en la cama, quejándose de dolor.

- Ya habrá tiempo para hablar de eso. Cuéntame qué te preocupa.

Stevie respiró profundamente antes de hablar por fin.

- Estoy recibiendo anónimos.

- ¿Anónimos? ¿De tipo amenazante? – Sam abrió los ojos como platos. ¿Quién querría desearle mal a un chico tan bueno como Stevie? No tenía sentido.

- No... Anónimos... de amor.

- ¿De amor? Stevie... ¿Tienes una admiradora? ¿Qué pasa con Abby?

- No lo sé. ¡No lo sé! – chilló, cubriéndose el rostro con sus manos, mientras la puerta del baño se abría lentamente. – Sam... Hermano. Estoy confundido. ¿Cómo... cómo supiste que estabas enamorado de Mercedes?

El ruido que hizo el neceser de la chica al caerse, les sacó de su conversación. En unos segundos, las orejas y las mejillas de Sam se sonrojaron como nunca antes.


Y hasta aquí el nuevo capítulo de Buscando un corazón. Sentíos libres de dejarme un review con amenazas, gritos o lo que deseéis. Me hará muchísima ilusión leerlos. :)

La canción del capítulo es "Give into me" de la película "Country Strong" y está interpretada por Garret Hedlund y Leighton Meester.

¡Nos vemos el próximo domingo! Recordad, ya queda menos para que se acabe la historia. ^^